Sin ti no hay nosotros

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SUKI KIM, Sin ti no hay nosotros

Kim Suki es una periodista que, y esto no sabemos muy bien cómo lo consigue, se infiltra entre un grupo de misioneros cristianos (que por otro lado parecen sacados de la más cerrada y anticuada comunidad cristiana del globo) para ser profesora de inglés en una nueva universidad en la que estudiarán las elites de Corea del Norte. Ni el gobierno de Corea del Norte sabe que su intención no es tan sólo la de enseñar inglés, ni sus compañeros profesores saben que tampoco es la de extender la fe en Jesucristo, sino la de ir tomando nota de todo lo que allí vea para contarlo posteriormente.

Lo que prometía ser una visión bastante fría de todo aquello que se oculta tras las fronteras del opaco país, se convierte enseguida en una mucho más emotiva. Kim toma contacto con sus alumnos y se implica emocionalmente con ellos, algo imposible de evitar con los propios alumnos, por otro lado, y pierde de vista que no sólo son un producto del enfermizo sistema de ese país, sino también sus artífices y continuadores. Sorprende cuando, hacia el principio, fantasea con el levantamiento de la población oprimida contra sus opresores, y lo descarta, no por imposible, sino porque esos opresores que probablemente tendrían que pagar con sus vidas son sus propios estudiantes. Es a partir de ese momento que no los ve ya como lo que son, los pilares sobre los que se mantiene ese sistema, sino como simples víctimas, y se esfuerza en diferenciarlos, de los dirigentes del régimen o de sus vigilantes y espías internos, cuando eso es exactamente lo que serán en un futuro no muy lejano. Quizá en este mismo instante ya lo sean, puesto que lo que se cuenta sucede en los meses previos a la muerte de Kim Jong-Il.

Por otro lado, lo que se pretende destacar es como estos jóvenes pertenecientes a la elite intelectual del país, muestran una serie de patrones preprogramados, fruto de un sistema educativo que los ha estado adoctrinando durante toda su vida sin ninguna oposición. Sus principales rasgos son que todos ellos creen que viven en el mejor país del mundo, que todos los sistemas de todos los demás países son peores que el suyo y hay que estar precavidos contra ellos, que Japón es el enemigo y hay que odiar mucho a los japoneses, que los extranjeros son malos, y que todas aquellas cosas que les han enseñado no admiten discusión. Esto se presenta como algo característico de Corea del Norte, pero no lo es tanto en realidad, otros países, de los que ni de lejos hablamos tan mal como de éste, muestran los mismos problemas, salvando las distancias producidas por este salvaje régimen, por supuesto. Como profesor de estudiantes chinos durante cuatros años, quizá no de una forma tan exagerada como la que muestra el relato, esos mismos problemas los he visto en muchos de mis estudiantes, ante los que no se puede decir nada malo de China, ni nada bueno de Japón, ni rebatir ninguna de sus verdades absolutas, pues zanjan siempre la discusión con un: “Eso es así desde siempre”. No es de extrañar, en esta situación, que la autora señale que todo el material educativo que utilizan es el aprobado en China. Ella no se explica por qué, si todo está tan anticuado, pero lo que realmente sucede es que los objetivos de ambos países con respecto a sus estudiantes, no son tan diferentes después de todo. Salvando las distancias, repito, pues mientras que nadie puede salir de Corea del Norte, China anima a sus estudiantes a salir a países del primer mundo pues lo ve como una forma muy rentable de utilizar los recursos extranjeros para formar a su ciudadanía.

No es hasta el final, con la muerte de su gran líder, cuando se revela que no hay posibilidad de cambio para el país, no al menos desde la política, pues ninguna generación de intelectuales puede nacer ahí, algo que queda muy claro cuando todos esos alumnos que empezaban a mostrar algo de iniciativa y pensamiento individual de nuevo se encierran en aquello para lo que habían sido adoctrinados con la trágica noticia. Toda la estancia de la periodista allí es una lucha a paso de cangrejo en la que cualquier logro que consiga está destinado a ser inútil, pues la maquinaria de supresión del pensamiento está demasiado bien organizada para hacer frente a cualquier escollo que pueda surgir.

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Un grito de amor desde el centro del mundo

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KYOICHI KATAYAMA, Un grito de amor desde el centro del mundo

El adolescente Sakutaro viaja con los padres de Aki, su novia muerta, para esparcir sus cenizas en Australia. Así comienza esta historia japonesa de amor adolescente, que les aseguro que merece la pena en cada una de las escasas páginas que ocupa. Quizá sea cosa mía, pero tengo la sensación de que las historias japonesas de amor siempre se producen entre adolescentes, gente que aún no ha tenido que sufrir los desengaños de la vida ni enfrentarse al hecho de tener que sacar adelante su propia existencia. Muy raras son las excepciones que me he encontrado a esto. Es como si supusieran que, una vez perdido el candor de la temprana juventud, los sentimientos ya no fueran puros, estuvieran condicionados por otros elementos, y las relaciones amorosas ya no tuvieran esa capacidad de transformar a uno por dentro, sino que se enmarcaran en el grupo de todas las demás relaciones personales, sin diferenciarse demasiado de ellas. Como si enamorarse sólo pudiera transformar el mundo de alguien sin experiencia en la vida, porque para alguien experimentado el amor es menos amor. O quizá se trate tan sólo de una estratagema, pues a nadie se le escapa que los adultos entramos mejor en ese juego romántico cuando nos evocan nuestra temprana juventud. Al evocar nuestra juventud, todo lo que de bueno hubo en ella suele aparecer maximizado y, si bien con nuestros actuales conocimientos de la vida no podemos entender demasiado bien aquellos que antes no hacía afligirnos o pasarlo mal, lo que nos afectaba positivamente viene a nuestra memoria magnificado, y lo en realidad pudo ser en su momento tan sólo una atracción provocada por la curiosidad de la novedad hacia un chico o una chica, regresa a nosotros como la experiencia casi mágica del primer amor. Y ante esos engaños de la memoria, un idilio adolescente acuna nuestra imaginación mucho mejor que un supuesto romance que acontece en nuestra realidad cotidiana, demasiado prosaica.

Así es como comienza este romance de novela, desvelándonos su trágico final, por lo que cuando estos dos chicos se conocen ya no nos preocupa a dónde les llevará su relación, pues lo sabemos de sobra: se harán novios y ella morirá. A pesar de ello resulta fácil sentirnos conmovidos por lo que sucede en la historia, pues los tópicos romanticoides a los que estamos acostumbrados están ausentes de ella, afortunadamente. El autor no se molesta en explicarnos cómo la pareja protagonista estrechó su relación y comenzaron a salir, sino que del momento en que se conocieron, que nos explica mediante una anécdota tan extravagante que roza lo fantástico, pasa directamente a otro en el que su relación ya está tan consolidada, que hablan entre ellos de manera abierta y directa de las cuestiones del amor, de su relación, e incluso de casarse, pero no de una manera infantil en un futuro lejano que en la juventud creemos que nunca llegará, sino de forma muy seria, con unas reflexiones capaces de hacer a los adultos recapacitar sobre sus propias motivaciones. Además, todo nos es contado, por medio de retrospectivas, desde un momento en que el narrador protagonista ya ha vivido la historia y sabe que su amor de juventud murió, lo que aporta el punto de vista del adulto y rompe con la idea de cómo el presente conforma toda nuestra vida, pues tras desaparecer aquello que configuraba su presente en su juventud, él ha seguido viviendo y es un presente diferente el de su existencia actual: el antiguo colegio ha sido sustituido por la universidad, su antigua ciudad por el lugar en el que vive ahora, e incluso hay una nueva mujer (esta vez ya mujer) en su vida, que no es su compañera sentimental, pero que nos recuerda bastante a cómo comenzaron las cosas entre él y Aki.

Pero, aunque sería absurdo pretender decir que esta no es una historia de amor, pues no otra cosa es el hilo conductor de toda la novela, hay algo más en ella. Y es que la mayor parte de las conversaciones y reflexiones no versan sobre el amor, sino sobre la existencia, con un carácter profundamente filosófico. Por un lado, el abuelo de Sakutaro le cuenta una historia de su juventud. Él tenía una novia, con la que iba a casarse, y de la que se vio separado a causa de la guerra. Pero a pesar de la separación, continuó amándola el resto de su vida, hasta que ella murió, así que pide ayuda a su nieto en una misión para que sus espíritus puedan volver a encontrarse después de la muerte, con una profunda convicción en que existirá algo tras nuestra existencia actual. Por otro, Sakutaro, mucho más pragmático, no puede creer en ninguna otra existencia tras ésta, lo que lo deja sin armas para enfrentarse a su pérdida, aferrado a una pequeña cajita con cenizas de Aki como lo último que queda de ella en este mundo, y sin valor para cumplir su última voluntad y dejarlas marchar.

En realidad no creo que la novela guste demasiado a quienes busquen una historia de amor con la que derramar lágrimas junto a un paquete de pañuelos, pues esa parte es tan sólo el armazón. Sin embargo se me antoja perfecta para aquellos lectores que buscan hacerse preguntas (casi de seguro no podrán leerla de un tirón a pesar de lo breve que es, pues en más de una ocasión se sorprenderán habiendo desviado la vista del libro y con la mirada perdida recapacitando sobre algo que acaben de leer), aquellos que buscan que les zarandeen un poco su esquema de ideas, y todo esto sin ser ni mucho menos pesada, más bien todo lo contrario, pues uno llega a identificarse con los protagonistas con gran facilidad y el estilo en que se cuentan las cosas es muy sencillo y de gran fluidez.

Kwaidan

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LAFCADIO HEARN, Kwaidan. Cuentos fantásticos del Japón

Vi la película El más allá (Kwaidan) cuando tenía unos 16 años. Mis espectativas a esa edad no iban más lejos de lo que pudiera ofrecerme una interesante historia de fantasmas cualquiera (era aquella la época en la que estaba totalmente atrapado por lecturas como Otra vuelta de tuerca, El extraño caso del doctor Jeckyll y míster Hyde, Frankenstein, Drácula y otras historias por el estilo, de esas que tanto estimulan la imaginación adolescente). La grabé en vídeo, pues la echaban a altas horas de la noche, y al día siguiente la vi toda seguida (tres horas, duraba), incluido el otras veces soporífero debate sobre la película, que no llegó a entrar entero en la cinta. A partir de entonces me convertí en fan incondicional del cine japonés, esperando erróneamente encontrar en él más maravillas como ésta, pero la sensación de estar totalmente hipnotizado por lo que veía en la pantalla jamás ha vuelto a producirse con ninguna otra (aunque reconozco que Kagemusha o La isla desnuda le anduvieron cerca).

Han tenido que pasar casi veinte años para que tuviera entre mis manos los cuentos recogidos y adaptados por el medio griego, medio británico, Lafcadio Hearn, cuatro de los cuales son los que conformaban las cuatro historias de fantasmas independientes de aquella película. Y tras leerlos, no veo el momento de ver de nuevo la película, tras casi siete años sin haberla revisado ni siquiera parcialmente. Hay que reconocer que, a pesar de sus deficiencias como anotador, Hearn hizo un excelente trabajo de adaptación de toda esta mitología japonesa al gusto occidental. Cuando uno lee los cuentos (por lo demás cortísimos, ninguno alcanza las diez páginas, la mayoría de ellos se sitúan en las cuatro o cinco) se siente atrapado por esa neblina que supone la magia de un mundo remoto perteneciente a una cultura aún más remota. Los comentarios intercalados que hace durante la narración para explicar algo desconocido para el lector occidental, o para cubrir los huecos dejados por las fuentes de las que provienen los relatos, también ayudan a que uno pueda situarse sin problemas en ese mundo del que no tenemos ninguna referencia cultural. Mientras nos cuenta la historia nos va contando también por qué a determinados objetos se les confiere determinada importancia, qué són todos esos espíritus y seres mágicos de los que nosotros no tenemos noticia, cuáles son las correctas maneras de proceder y comportarse en la sociedad japonesa de la época para que entendamos por qué actúan como actúan algunos personajes… Todo eso va incluido en el relato de una manera natural y fluida que nos hace poder disfrutar de él sin molestias externas.

Las afortunadamente pocas anotaciones al texto que Hearn realiza no están tan bien traídas como sus comentarios. Suele tratarse de traducciones de términos que ya han sido explicados en el texto, por lo que resultan del todo innecesarias, explicaciones redundantes o añadidos que nada añaden, como que el nombre de alguien, a pesar de ser algo extraño, todavía se utiliza, cuando para sus lectores no hay diferencia ninguna entre un nombre normal y uno raro, o incluso uno inventado si me apuran. Uno empieza, por la curiosidad natural que provoca este tipo de historia exótica, leyendo todas esas anotaciónes, pero éstas terminan por convertirse en molestos números que van salpicando el texto sin que les hagamos mucho caso.

Mi cuento favorito ha sido, sin duda, el mismo que ya lo fue cuando vi la película, quizá por los recuerdos que provocaba en mí. En aquella ocasión la historia quedó en mi cabeza como la del músico ciego. Ahora he sabido que su título era La historia de Mimi-Nashi-Hôîchi. En ella, un músico ciego entra a vivir a un monasterio para cantar para los monjes. Pero una noche un samurai lo reclama para cantar en secreto para su señor, que está de paso, y ha oído lo buen intérprete que es. El músico obedece y se dirige junto al samurai hasta el palacio en el que interpretará, a lo largo de varias noches la historia y la batalla de los Heiké. Cuando, una noche, los monjes notan su ausencia, lo siguen y descubren que está tocando en un cementerio entre las tumbas de los Heiké y rodeado de sus espíritus. Para proteger al músico, le escriben una oración budista por todo el cuerpo y le dicen que cuando los espíritus lo llamen esa noche permanezca mudo y sin moverse. No contaré el final. Aunque quien haya visto la película ya lo conoce, pues ésta reproduce el cuento punto por punto.

Esto no sólo son historias: es magia.

Mitos y leyendas de China

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CHEN LIANSHAN, Mitos y leyendas de China

A alguien debería caérsele la cara de vergüenza por haber perpetrado semejante engendro, y no sólo eso, alguien debería ser inmediatamente despedido (en concreto el traductor, Guo Hongkun), y otro más debería dimitir o ser también despedido en su defecto (me refiero, por suspuesto, al editor de este despropósito).

Quizá el original en chino de Chen Lianshan esté muy bien, pero no tengo manera de saberlo debido a la aniquilación total que ha sufrido a manos de sus editores en español, por lo que voy a referirme, en todo lo que diga a partir de ahora, exclusivamente a la traducción (lo de traducción es un decir).

El libro en cuestión habla de leyendas chinas, pero eso es lo de menos. Uno puede leérselo de la primera a la última página (cosa que, por supuesto, no he hecho, mi salud mental estaría demasiado comprometida) y entender tanto como si hubiera leído el original en chino (quizá en chino habría entendido más). No se trata de que la traducción sea mala, pues el nivel de desastre está a otro nivel. Se trata de que a duras penas puede considerarse que esta traducción esté escrita en español. Ya nada más empezar, antes de empezar con las leyendas en sí, nos encontramos con un maravilloso “Plólogo”. Sí, ya sé que suena a chiste por tratarse de una traducción del chino, pero eso es lo que pone no sólo en el encabezado de esa página, sino también en el índice. Seguramente ustedes estarán pensando que eso lo podía haber visto antes de comprar el libro, pero es que ni en mis peores pesadillas me podía haber imaginado cosa semejante. Y lo malo aún no ha empezado.

Tras ver el “plólogo” (y con el libro, por desgracia, ya pagado; para quienes estén pensando ahora mismo en devoluciones, los reto a que vengan a China y lo intenten alegando ante un dependiente que sólo habla chino que el texto es español no se entiende) y comprobar la repetición del error en el índice, cerciorándome de ese modo de que no se trataba de una errata, continúo leyendo dicho índice y maldito sea el momento. En él encuentro títulos de capítulos tan sugestivos como “Nüwa Remendar el Cielo”, “Nüwa Crear la Institución del Matrimonio”, “Fuxi y Nüwa: el Dios del Matrimonio y la Creadora Humano”, “Los Caos en la Era del Emperador Yandi”, “Yi Dispara los Soles” (no, no dispara ningún sol hacia el cielo, sino que dispara flechas a los soles, de diez que había sólo dejó uno), “Gun Domina las Aguas de Inundación” (y tampoco, no hay nadie llamado Inundación), “El emperador Yao Abdica el Trono”, “Recibiendo la Orden y Controlando las Aguas de Inundación”, “Teniendo Todos los Ríos Bajo su Control”, “Kuafu Cazar el Sol” o “Vaquero y Tejedora”. Un absoluto desastre gramatical y un festival de mayúsculas, y esto sólo en el índice. Pero aún hay más.

Porque tras ser consciente de esto hay que armarse de valor para leer el texto. Les transcribo a continuación el primer párrafo del “plólogo” de este volumen lleno de perlas, quizá el más inteligible de todo el libro: “La humanidad lleva la vida entre el azul cielo y la gran tierra, y usando su sabiduría e imaginación para explicar la vida y el mundo; La humanidad, durante el proceso de crear riqueza material, también crea una gran cantidad de la riqueza espiritual. Los mitos y leyendas han sido una riqueza espiritual más importante creada por la humanidad antigua”.

Ya les he avisado de que éste era el fragmento más inteligible del libro (no, no exagero), así que todo lo que van a ver venir a continuación será peor, hasta el punto de asistir a la formulación de frases con un punto esquizoide. Les voy a servir algunos ejemplos más, si alguno logra desentrañar su significado, por favor que me lo comunique (son todo frases completas, no hago trampa de ningún tipo): “De qué nuestro universo proviene?”, “Los antiguos chinos adoraron en la serpiente y el dragón aún más”, “Para hacer que la humanidad dura para siempre, ella creó el sistema de matrimonio”, “Un día, Huaxushi va a Leize den el este, es un lugar hermoso y de repente se ve una huella muy grande y curiosa, y pone uno de sus pies en ella para la diversión”, “No sólo los seres humanos son tocado por el Emperador Yao, sino que también impresionó a los dioses”, “Por último, Yi llegó en el bosque de morera en la llanura central, donde solía ser un lugar sagrado, pero fue ocupado por un jabalí gigante”, “Gun tira el suelo especial Xirang en la inundación creciente y ve que en lugar donde Xirang cae se aparece un pedazo de tierra, inmediatamente, se hace más grande y más alto y bloquea la inundación, obligando los ríos volver a los canales”… Y así podríamos continuar eternamente.

Díganme ustedes si esto es un libro que puede ponerse a la venta. Pero no contentos con hacerlo así de mal, a nuestros padecimientos añaden una descarada burla en el texto de gancho de la cubierta. “Este libro es rico en contenido, proporciona una escritura suave, agradable de leer”, dicen. Estoy convencido de que si lo someto al calor, en alguna parte encontraré escrito con tinta invisible: “idiota”.

Pero quien verdaderamente merece todas las críticas y desprecios es el “traductor” Guo Hongkun, un tipo del que hay que huir como de la peste, viendo los resultados de su “trabajo”, y que para colmo de males veo que tiene otras muchas “traducciones” en la misma editorial, China Intercontinental Press, de la que les recomiendo, por lo tanto, que jamás compren nada de nada. Otro más que posible desaguisado de Guo Hongkun en la misma editorial: La comida china.

Mención aparte merece la editora, Wang Feng (aunque juraría por el nombre que es un hombre), que es en última instancia la que ha permitido que esta desvergüenza viera la luz. Noventa y nueve yuanes que nadie me devolverá y, por supuesto, la confianza en cualquier editorial china totalmente aniquilada.

Una vida en China 3 – El tiempo del dinero

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del dinero

Con este tomo terminan la comiqueras memorias e Li Kunwu, y he de decir que lo que en los dos volúmenes anteriores se me había antojado un acierto, ahora se me presenta como el mayor defecto que arrastra la novela. Estoy hablando, por supuesto, de su ánimo por contarlo todo de manera testimonial, de su afán por mantenerse al margen, pues ahora semejante pretensión se vuelve falsa al silenciar determinadas características de la sociedad china actual, ofrecer excusas para no hablar de acontecimientos capitales y terminar con un alegato que de ningún modo puede estar en boca del narrador puramente objetivo que nos había vendido.

Las estructuras narrativas que habíamos visto en los dos primeros tomos desaparecen aquí para dar paso a una narración más abierta que no responde a los modelos anteriores. Ya no hay un fin de ciclo ni se nos remite a momentos anteriores que crean estructuras en anillo: la historia se nos presenta ahora como un continuo avanzar sin detenerse, que a fin de cuentas es la ilusión que planea sobre la sociedad china actual. La historia puede dividirse claramente en dos partes: una primera que cuenta los hechos acontecidos antes de la primera salida al extranjero, a París, del protagonista, que muestra una China en rápida evolución en la que los valores revolucionarios se han cambiado por la posibilidad de hacer negocio, y una segunda que se inicia al regreso de ese viaje y que muestra una sociedad china actual altamente competitiva pero situada en un limbo que sugiere que no ha llegado aún a su destino.

No hay ninguna recriminación formal que hacerle al cómic, su forma de contarnos la historia sigue siendo tan correcta y estimulante como en los dos tomos anteriores. El problema está en su manía de no tomar partido, no porque no lo tome, sino porque ahora así lo dice abiertamente, y sin embargo es mentira. Ahora habla de la apertura de China al mundo, pero ni una sola pincelada hay sobre la relación real de China con los extranjeros, sobre el racismo de tantos ciudadanos chinos alimentado por el gobierno chino… la presentación que se hace de la nueva situación no responde a la nueva situación, sino que permanece anclada en una visión revolucionaria de obediencia al partido y camaradería social, cuando esos ya no son los valores imperantes.

Además, todo lector de la obra espera encontrar aquí algo sobre la revuelta estudiantil de Tian’anmen, y no sólo no encuentra nada, sino que además el autor cae en justificaciones que contradicen otras partes de su obra. La excusa para no decir nada (ni una palabra) sobre Tian’anmen es que él no estuvo allí, estaba muy lejos en el interior de China y sólo le llegaron algunas noticias. “Lo poco que sabía de Tian’anmen lo escuchaba por la radio”, dice. Pero tampoco estuvo presente en la muerte de Mao y sí que explica cómo le llegó aquella noticia. Ésta no es menos importante, sólo más incómoda de contar. Tampoco estuvo presente cuando se conocieron sus padres y nos lo cuenta, ni estuvo presente en la formación y crecimiento de los negocios de sus amigos y conocidos y también nos lo cuenta. Utiliza también una llamada a evitar todo aquello malo para el progreso, muy en la línea de lo que exige el Partido Comunista Chino: “China, por encima de todo, necesita orden y estabilidad para su desarrollo. Lo demás, en mi opinión, es secundario”. Pero lo que más me escama es que de pasada, en el discurso para evitar mencionar este suceso, lo trata como un enfrentamiento y lo compara con otros sucedidos en la historia de China, entre los que cuenta la revolución cultural, como si pudiera establecerse el más leve parecido entre unos estudiantes que se levantaban para reclamar sus derechos y otros que lo hicieron para aplastar los derechos ajenos. Termina el alegato de la siguiente manera: “Me gustaría dejar este debate para las generaciones venideras”. Claro, para aquellas a las que les resultará ya demasiado lejano, y si alguien intenta reabrirlo le dirán eso de que no hay que remover el pasado. Enterrar las injusticias, en suma, para que no se hable de ellas. Una actitud bastante cobarde.

Por último está el gran discurso final, en el que se hace un rápido recorrido por toda la historia china, para mostrar cuánto se ha desarrollado, y terminar diciendo que aún tiene que avanzar mucho más, haciéndose así eco de ese sueño chino de que su país puede continuar desarrollándose sin parar, con el latiguillo de “aunque todavía no sea perfecto”, tantas veces escuchado en esta tierra para terminar con cualquier crítica que pueda hacerse hacia el país. Evidentemente, nada de objetivo tiene este discurso, resulta más bien una arenga que otra cosa.

En conclusión, un final que, a pesar de ser narrativamente tan bueno como lo que había venido antes, resulta más bien decepcionante, al convertirse en un discurso político encubierto que no sólo evita cualquier tipo de crítica, sino que defiende las políticas oficiales y que se introduce siempre en los momentos más emotivos para que sea asimilado sin más.

Una vida en China 2 – El tiempo del partido

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del partido

La historia de este segundo tomo de Una vida en China, abarca desde la muerte del Gran Timonel Mao, hasta que ya se adivina que Deng Xiaoping se hará cargo del Partido Comunista Chino, es decir, que termina justo en el momento en el que comenzará a forjarse la China actual. Eso en cuanto a la historia externa, porque en cuanto al tiempo narrativo interno, finaliza con otro fin de época personal de vital importancia para el protagonista. Durante todo el primer tomo vimos cómo se identificaba a Mao con el padre de la patria, y cómo se repetía a los niños la enseñanza de que el amor del padre no era tan grande como el amor de Mao, y cómo ese mantra repetido provocaba que toda una nación, incluido nuestro protagonista, se sintiera huérfana con la muerte de su héroe, padre y guía. Pues bien, este segundo tomo se cierra con la muerte del padre del protagonista, que ahora queda sólo ante su futuro, sin nadie que lo guíe, habrá llegado el momento de tomar sus propias decisiones. Había desaparecido la casi divina guía de Mao, y ahora ha desaparecido la guía paterna. Todo lo que lo unía al pasado ya no existe, por lo que a partir de ahora (ya veremos qué sucede en el tercer y último volumen) es cuando comienza la nueva China, no sólo históricamente (Deng Xiaoping está a punto de alcanzar la dirección del partido), sino también personalmente (ya no hay guías, ahora Li es el único timonel de su destino).

Pero he empezado por el final y no sólo final tiene este cómic. Si en la primera parte vimos cómo Li crecía y se educaba en la China revolucionaria, ahora veremos su carrera por intentar entrar en el Partido Comunista Chino. Para ello primero se hará soldado, no sin problemas en un principio, pues su abuelo era un terrateniente y por lo tanto enemigo de la revolución. Sin embargo convencerá al alistador de que es un buen dibujante, una habilidad muy útil para extender el mensaje revolucionario, que es uno de los deberes del ejército. De esa manera se convertirá en dibujante de propaganda para el Partido. Todo esto no será suficiente para entrar al Partido, por lo que pedirá que lo trasladen a un destino muy duro de trabajo por el pueblo, en donde deberá cultivar él solo unos campos para entregar toda la producción al ejército revolucionario. Cuando las cosas se caldeen de nuevo, será reclamado por el ejército para ayudarlos dibujando carteles de propaganda, con lo que, ya al final del tomo, conseguirá su entrada en el Partido.

En medio de todo esto, su padre estará en un campo de reeducación por el delito de haber sido un alto cargo durante la revolución cultural, y es precisamente la situación del padre la que hace que no podamos comprender cómo Li ama tanto al Partido y jamás flaquea en su dedicación a él, ni se cuestiona nada de lo que hace. Pero no sólo él, sino también el propio padre que, tras diez años en el campo de reeducación, asume que la culpa de su cautiverio fue de los enemigos de Mao, pero como el Partido ya los ha castigado, hay que olvidar todo el daño sufrido.

Y así continúa todo, sin una sola crítica a la situación, y eso es lo que escama. Se trata de una población que avanza por inercia, sin realizar jamás una crítica, eso ya lo sabíamos, pero la pasividad con la que lo relata el autor, reduce una serie de hechos que fueron provocados con toda la intención a meros errores del pasado. No hay un análisis de esos errores, ni una crítica que busque que no se repitan. Todo aquello sólo sucedió, era la época, y ya está. Eso es lo que echo en falta en esta por otro lado fabulosa narración: un poco de implicación por parte del narrador-autor, algo que pueda animar al lector a ponerse del lado del pueblo chino en sus anhelos, pues esa falta de autocrítica al final sólo produce indiferencia hacia cualquiera que sea la suerte que pueda correr.

Hombres sin mujeres

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HARUKI MURAKAMI, Hombres sin mujeres

Haruki Murakami es un escritor al que, al parecer, se ama o se odia (lo digo por las opiniones encontradas que he tenido con otras personas), y yo me he enamorado. Esta es la segunda vez que tengo uno de sus libros entre mis manos, y la sensación de plácida soledad que produce su lectura es tan embriagadora que cuesta trabajo ser objetivo. Algunos lo acusan de ser pura fachada y creo que no les falta razón, pero tampoco creo que eso lo haga desmerecer. Hace poco tiempo leí la última novela de Luis Landero, El balcón en invierno, en la que él mismo advertía contra la impostura de sus relatos pasados en el primer capítulo, que comenzaba con una de esas imposturas, y debo decir que, aun estando sobre aviso en esa ocasión caí en su trampa (como supongo que muchos más), y que como lector está visto que me gusta que me engañen. La ficción novelesca me parece primordial, y si eso falla poco pueden importarme otras posibles virtudes del libro que estoy leyendo. Aún es más, no echo demasiado en falta esas otras posibles virtudes si la historia que se me ofrece está bien construida.

Murakami es un escritor japonés que constantemente utiliza referentes occidentales en sus narraciones. Creo que ese es el motivo principal por el que lo critican sus detractores, pues muchos buscan una lectura exótica oriental, y prácticamente lo único oriental que encuentran son los nombres de los personajes. Y con respecto a que sus historias son sólo fachada, pues me parece una fachada muy bien construida. La soledad, sentimiento que parece predominar siempre, no sólo es algo que asedia a sus protagonistas, sino que a las pocas páginas es el lector el que empieza a sentirla, y provoca en él (en mí) algo que siempre me ha fascinado: un sentimiento de nostalgia de un tiempo que no le ha tocado vivir. Esto sucede en las historias cuyos protagonistas son universitarios (algo bastante recurrente), en la que, además, una nube de erotismo lo envuelve todo, convirtiendo al sexo en un vehículo de esa soledad, al tiempo que lo muestra casi como la única vía de escape de ella. A pesar de que Murakami no se prodiga en describir las escenas eróticas, éstas suelen ser de una gran intensidad, con momentos previos al sexo propiamente dicho bastante prolongados, salpicados por conversaciones que pueden resultar chocantes, y resueltos siempre con una descripción del acto sexual que no suele ir más allá de las tres líneas, y que jamás ahonda en detalles.

En Hombres sin mujeres, una colección de siete relatos (algunos de los cuales parecen más bien una novela a la que le faltaron páginas para llegar a serlo), por supuesto la soledad y el sexo están siempre presentes. Todos ellos tratan sobre hombres que, o bien perdieron o bien no alcanzaron a la mujer de su vida, un campo perfecto para entrar en este juego de soledad y erotismo. De ellos mi favorito ha sido Yesterday, la historia de un estudiante universitario cuyo único amigo le pide que salga con su novia. Es el ejemplo perfecto de lo dicho anteriormente, pues la incomunicación producida entre el chico y su novia, y el rechazo voluntario del protagonista a salir con ella crean una sensación de soledad que embarga al lector, al mismo tiempo que, sin haber ninguna escena de sexo, el erotismo está siempre presente en forma de conversaciones, pensamientos y posibilidades.

¿Todo es una construcción hueca para provocar esto? Es posible, aunque no podrán negarme que, en el mundo en que vivimos, no resulta nada gratuito el alertar contra nuestra soledad autoimpuesta o proponer una sensualidad relajada frente a los fuertes estímulos sexuales que constantemente recibimos en todos los ámbitos.