Tong Men-G

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SHI YANG SHI, Tong Men-G

No tengo demasiada afinidad con el teatro moderno, yo soy más bien clásico, aunque hay ocasiones en las que la propuesta llama la atención, y puede pasarse por alto eso de “moderno”. Este era uno de esos casos. Tong Men-G es un monólogo dramático en el que el actor de origen chino Shi Yang Shi cuenta la historia de su familia y la suya propia como inmigrantes en Italia, y pretende convertirla en reflejo de la inmigración china en el mundo, particularmente en Italia.

Al tratarse de una historia dramática con un solo actor la cosa podría haber sido bastante tediosa, pero no es el caso, puesto que Shi la adereza con buenas dosis de humor, incluso en los momentos más dramáticos. La historia del niño que pasa de ser el primero de la clase a un desubicado en la escuela por su desconocimiento de la lengua es contada casi como un chiste, la explicación de lo que significaban los pies de loto de oro de su abuela es representada con una cómica exageración, la situación de pobreza de un niño que debe dormir entre los ruidosos electrodomésticos de la cocina de un conocido es solventada con un humor que nos hace distanciarnos, e incluso a la única escena que llega a ser verdaderamente dramática, la muerte de siete chinos en un taller textil en Italia, es inmediatamente seguida por una discusión resuelta de forma bastante cómica. La única excepción a esto, a mi modo de ver, es la imitación que hace de su tío con síndrome de Down, que a pesar de ser evidente que no tiene ninguna malicia, entre otras cosas por su lazo familiar, llega al límite de poder resultar ofensiva por la excesiva insistencia que se hace en ella.

Por otro lado, había también elementos, de esos que resultan “muy modernos”, que no entendí muy bien a qué venían, qué papel tenían dentro de la representación. Por ejemplo, el gag con el que se abre la función, en el que un mayordomo vestido de rojo presenta una bandeja llena de bombones Ferrero Rocher y termina lanzando al público un enorme globo “disfrazado” de bombón gigantesco, escena que me pareció hecha simplemente por eso tan de moda de hacer que el público interactúe con la obra, pero continuando acto seguido con otra cosa totalmente diferente que en nada aprovechaba lo anterior. Es más, suponía una ruptura bastante brusca con el juego que acabábamos de presenciar.

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Aunque quizá, de entender en condiciones aquello que veía, me habría gustado más, todo debo reconocerlo. El único actor se desenvolvía con tremenda facilidad en chino y en italiano, pues en ambos idiomas discurría la obra, y yo me encontré con que en el teatro no había ninguna pantalla de subtítulos en inglés, por lo que pude comprobar al momento que aquella representación no estaba destinada a ningún extranjero de los que residen en Pekín que no hablara la lengua. Puede parecerles demasiada mi pretensión de la pantalla con los subtítulos, pero suele ser lo habitual en Pekín, tener una con subtítulos en chino cuando hay un espectáculo en inglés, en inglés cuando el espectáculo es en chino, o en ambos cuando no es en ninguno de los dos. Sin embargo allí no había nada, cosa que en principio no me preocupó en exceso, pues mal que bien un hispanohablante puede captar medianamente un discurso en italiano. La verdadera sorpresa llegó cuando escuché la increíble velocidad a la que el actor hablaba en italiano. Así que allí estuve, afinando el oído en su velocísimo italiano y rellenando los huecos con las palabras sueltas que podía captar en chino.

Al final no me fue tan mal, más o menos pude seguir el argumento, aunque espero poder ver la próxima de manera más relajada.

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Crónicas de Jerusalén

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GUY DELISLE, Crónicas de Jerusalén

Leí aquellos tres cómics de Guy Delisle (Pyongyang, Shenzhen y Crónicas birmanas) hace lo que parece ya una vida entera y, si bien el de Corea y el de China me gustaron mucho, el que versa sobre Birmania me dejó más bien frío, con la sensación de que el dibujante trataba de colar un cúmulo de chistecillos sin demasiado interés. Crónicas de Jerusalén, sin embargo, ha borrado aquella mala impresión, y constituye una historia como mínimo interesante y, por supuesto, muy disfrutable.

En ella Guy Delisle viaja a Jerusalén junto con sus dos hijos (ahora son dos) y su esposa, puesto que esta tiene trabajar en la franja de Gaza para Médicos Sin Fronteras. Nuevamente, al igual que en los tres tomos anteriores, hace una descripción a base de secuencias breves de las cosas que allí se va encontrando. Al igual que sucedía en los anteriores volúmenes, Delisle no pretende hacer un retrato complejo ni por supuesto completo de la situación del país, sino que se limita a contar con grandes dosis de humor (incluso en muchas escenas que de seguro ninguna gracia le harían en el momento de vivirlas) aquellas anécdotas interesantes que le iban sucediendo en un día a día que no tiene ningún afán de investigación social ni nada por el estilo, y que por eso mismo resulta tan interesante.

Lo más llamativo es la manera en que la imparcialidad se va perdiendo mientras avanza la historia (aunque tampoco tengamos una historia propiamente dicha), pero sin perder nunca la compostura ni la visión cómica de cuanto sucede. Eso sí, hay ocasiones en las que la comedia debe quedar aparcada, porque sería imposible aceptarla, pero jamás, ni por un leve instante, se permite caer en la ira, ni llevar a cabo un discurso a favor de unos o de otros.

¿Tienen un par de horas libres el fin de semana? Pues aparquen los dramones insoportables que suelen emitir en televisión después de comer y abran esta novela gráfica. Les aseguro que, como mínimo, se divertirán, y, quizá como consecuencia, dediquen la semana a buscar otra del mismo autor para el fin de semana siguiente.

El balcón en invierno

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LUIS LANDERO, El balcón en invierno

Este me ha parecido un libro extraño de Landero. Y cuando digo extraño no quiero decir malo, ni mucho menos, pues es maravilloso, sino tan solo diferente. Diferente porque parece que decide apartar conscientemente la magia a la que nos tiene acostumbrados y, sin embargo, la magia sigue ahí.

Me explico. La prosa de Luis Landero siempre me ha parecido que tenía algo de mágica, que nada más comenzar a leer te atrapa en una especie de hipnotismo que tiene más que ver con la música que con historia, y que te envuelve con una especie de nostalgia del tiempo narrado, que sin embargo la mayoría de nosotros nunca conocimos, y, antes de darnos cuenta, estamos tan imbuidos del relato que ya ni podemos ni queremos abandonarlo. Y más sorprendente es que no importa qué nos cuente, si las fantasías absurdas de Faroni, o la llegada de la coca cola a su pueblo, o el apocamiento de un oficinista, o las ridículas envidias de un chaval… él es capaz de hacernos vivirlas de tal manera que casi las hacemos nuestras, nos hace sentirlas.

Sin embargo Landero se confiesa en las primeras páginas de esta novela desencantado con la literatura (algo difícil de creer a tenor de lo que viene después), y nos presenta las supuestas primeras páginas de una nueva novela, que descarta a renglón seguido por lo vacío de su contenido, juzgándolas nada halagüeñamente para desilusión de un servidor, que estaba ya absolutamente embaucado por la trampa de su narrativa. Y a partir de ese momento todo cambia y comenzamos a leer una novela con un estilo más limpio, que no crea esa ilusión mágica que siempre nos ha ofrecido Landero, sino que nos presenta una realidad más dura, sin el adorno de la fabulación, pero que poco a poco va dejando deslizar algunas de las viejas costumbres, pues pocos conocen el oficio de cuentacuentos como él lo conoce.

Sabemos ya a las claras que estamos ante una autobiografía del escritor, en el que nos presenta a su familia y su vida, primero en el campo, después en el pueblo y, por último, en Madrid. Incluso ya muy avanzada la novela, y por si alguno de nosotros estuviera pensando en lo comúnmente conocido como autobiografía ficción, nos deja caer, en una conversación con su madre, que en lo que escribe “esta vez no hay mentiras. Es un libro donde todo lo que se dice es verdad”. Incluso en las últimas frases nos da una justificación de por qué la veracidad, por qué contar la realidad y por qué huir de los subterfugios literarios.

A grandes rasgos, nos cuenta Landero aquí cómo fue su vida, su infancia huérfana de libros y de formación, pero no de historias, siempre presentes en los cuentos orales de la infancia, o en las novelas del oeste, o en las ocurrencias fantásticas de Paco, o en las mentiras que siempre le acusaban de contar… Muestra el crecimiento poco común del escritor en que se ha convertido, y quizá explica también el porqué de la habitual magia de sus novelas (la magia del relato oral, pensado no para la solitaria lectura siempre interrumpida a voluntad, sino para el auditorio, que debe querer abandonarlo todo para no moverse de su sitio y continuar escuchando). Y, a pesar del cambio de actitud a la hora de contar, acercándose a la realidad y alejándose del artificio literario, al terminar de leer queda la sensación de la magia y el deseo de comenzar de nuevo la lectura para averiguar en qué momento exacto nos atrapó.

>Perder teorías

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ENRIQUE VILA-MATAS, Perder teorías

Quizá no hay sido la manera más apropiada comenzar a leer a Enrique Vila-Matas por este título, pero así ha sucedido, de modo que pediré disculpas de antemano a los profundos conocedores del mundo literario, que yo desconozco por completo, de este novelista, si digo algo ajeno a su literatura que pueda ser tenido por una metedura de pata monumental.

Hace un par de meses Enrique Vila-Matas estuvo en Pamplona presentando su nueva “novela” Perder Teorías. Allí dio un pequeño discurso plagado de errores gramaticales bastante abundantes hoy en día, que me hicieron echarme atrás en buena medida en mi decisión de leer por fin algo de este señor (ya rondaba por mi cabeza entonces leer su última novela, Dublinesca, a la que aún no me he acercado). A esta impresión se añadió la “extraña” sintaxis utilizada en el título del libro, aunque he de reconocer que, en un inexplicable proceso mental, quizá eso haya influido en la decisión final de leerlo.

Perder Teorías es un falso (o así me lo parece) episodio biográfico del señor Vila-Matas en la ciudad de Lyon, a donde ha ido como participante en un simposio internacional. Una vez allí, va a la habitación de su hotel y se queda allí esperando a que los organizadores del evento se pongan en contacto con él, mientras su mente empieza a divagar sobre lo que debería ser una teoría general de la novela.

La prosa utilizada en esta novelita metaliteraria es extremadamente sencilla, cosa que se adapta muy bien a su clara intención de centrar la atención sobre las ideas y no sobre la historia ni la forma, aunque al mismo tiempo lo que defiende es la supremacía de la forma sobre la historia como razón de ser de la novela, y tampoco renuncia a varios giros novelescos (esto es, de historia), entre los que destaca ese final en el que el protagonista esquiva a sus mecenas. Queda claro, pues, que en estas breves páginas priman los contrastes, que niegan inmediatamente con los “actos” lo que acaba de ser dicho con las palabras. Mediante esta pequeña historia encaminada a aumentar la leyenda de “bicho raro” de Vila-Matas en la que él parece sentirse bastante a gusto, extrae cinco máximas que, considera, son las de deben regir toda novela (no las escribiré porque considero que tiene más interés leer la novela y por tanto el proceso por el que se llega a ellas). Esas máximas son las que aplicará a su próxima novela, dice, tratando de mezclarse lo más posible con su personaje, que sin lugar a dudas es Dublinesca, así que parece que no me quedará otro remedió que leerla para ver en qué acaba todo esto.

Una cosa al menos ha hecho extraordinariamente bien el autor en esta última incursión literaria, aunque por lo que dijo en Pamplona eso se lo debemos más bien a su nueva editorial, y es que haya publicado estos dos títulos por separado, creando así cierto juego literario que obliga a volver sobre la novela tras haber leído el tratado, para buscar, como buenos investigadores, en ella las cinco máximas que toda novela moderna debe cumplir.

>Confesiones de una máscara

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YUKIO MISHIMA, Confesiones de una máscara

No puedo evitar comenzar aventurándome en terrenos extraliterarios que en bien poco conciernen a la “autobiografía” en cuestión: Mishima es el creador o cuando menos el mejor publicista de los emos. No en vano la presentación del protagonista se hace, al principio de la novela, con la siguiente sentencia: “Pero no puede negarse la tendencia de mi corazón hacia la Muerte, la Noche y la Sangre”. Bien es cierto que por el desarrollo posterior nada tiene este muchacho que ver con ellos pero, qué quieren, viviendo en el mundo en el que nos ha tocado vivir la relación se vuelve inevitable.

Quizá lo más discutible sea el carácter autobiográfico que el propio autor atribuía a esta novela, hasta el punto de que al entregarlo a su editor, a los veinticuatro años, lo hizo con el anuncio de que esa era la primera de sus autobiografías. Resulta difícil dar crédito a esta afirmación si tenemos en cuenta la grandilocuencia mezclada con elementos ridículos que rodean al protagonista, demasiado extremos incluso para un hombre del tipo de Mishima (este choque de conceptos recuerda incluso al del Buscón).

El autor parece empeñado en no dejar que su personaje se reconcilie con la sociedad, siempre le está poniendo trabas de tipo moral (y aquí me recuerda una vez más a los emos) según las cuales él es “raro” y es por eso que no puede ser feliz en este mundo. En realidad lo que arrastra es una serie de tabúes que hoy en día no resultarían problema de ningún tipo (básicamente se trata de un sádico y homosexual) pero que en la rígida mentalidad japonesa de posguerra resultaban todo un problema, pero también una paradoja, pues Mishima se oponía a perder esa moral tradicional.

No se trata de una novela, de todos modos, anclada en el Japón tradicional, sino que recurre constantemente a motivos literarios occidentales, muchas veces de forma evidente, incluso nombrándolos aun en boca de un niño que resultaría harto complicado que los conociese, otras veces de forma más velada, haciendo uso de ellos pero sin nombrar explícitamente las fuentes: “No padeces esa tristeza que sigue a la unión carnal con una mujer”.

Les dejo a continuación con un párrafo que les dará una idea de lo que es la novela y les animo a leerla sin dilación:

Conduces a la víctima a una curiosa columna hexagonal, lo cual haces llevando oculta, a la espalda, una cuerda.Entonces atas su desnudo cuerpo a la columna, colocándole los brazos por encima de la cabeza. Procuras que ofrezca mucha resistencia y que grite mucho. Das a la víctima una detallada descripción de su próxima muerte, y mantienes en todo momento una extraña e inocente sonrisa en tus labios. Sacas del bolsillo un cuchillo muy afilado, te acercas a tu víctima y le cosquilleas levemente, como acariciándolo, la tensa piel de su pecho con la punta del cuchillo. Jadea a rugidos, aterrado. Le tiemblan las piernas y sus rodillas entrechocan produciendo un seco sonido. Lentamente introduces el cuchillo en el pecho. (¡Sí, ése es el indignante acto por ti cometido!) La víctima arquea el cuerpo, emite un desolado y desgarrador chillido, y un espasmo estremece los músculos alrededor de la herida. El cuchillo ha sido clavado en la carne estremecida con la misma calma con que hubiera sido enfundado. Salta un chorro de sangre burbujeante, y la sangre sigue manando hacia los suaves muslos de la víctima.

>Persépolis

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MARJANE SATRAPI, Persépolis
Este cómic vino acompañado hace un par de años por su correspondiente película de animación, que fue la que le dio fama en España. La historia trata la vida de una niña Iraní que emigrará a Europa para huir de la guerra contra Irak y más tarde regresará.

Hay en el cómic una más que evidente crítica a la sociedad islámica radical que gobierna el país, lo que da esperanzas dado que está contada por una musulmana y nos hace ver progresismo en el Islam, algo a lo que no estamos acostumbrados. Sin embargo no desaparece ese “desprecio” que los musulmanes parecen tener por occidente. En la primera parte occidente aparece como represor. En el colegio católico como hipócrita. En la universidad como superficial. Lo malo no es que se hagan esas críticas, que por otro lado también se hacen en el mismo cómic sobre el Islam, sino que al hacerlo sobre occidente se hacen sobre la sociedad en general, y al hacerlas sobre el Islam queda bien claro que sólo se hacen sobre los grupos más extremistas que manipulan el mensaje musulmán.

Creo que es un buen libro para leer con espíritu crítico, pues la mirada que lanza sobre Europa en comparación de la que sitúa sobre Irán está muy deformada, puesto que está sita en un espíritu adolescente (el momento en el que ella vivió allí) y no parece capaz de mirar más allá. Como botón de muestra, ante la superficialidad de sus amigos europeos, ella la extrapola a toda Europa, y ante la de sus amigas iraníes la reduce a un grupo de personas, no a toda la sociedad iraní.