Falcó

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Falcó

Ya he comentado en otras ocasiones que Arturo Pérez-Reverte me parece un escritor bastante desigual, capaz de entregarnos desde historias maravillosas a otras de la mayor simpleza, aunque casi siempre entretenido (con permiso de esa abominación titulada Cabo Trafalgar, o de El tango de la guardia vieja, que abandoné a las pocas páginas). Es por esto que, cuando comencé a leer Falcó, con las altas expectativas que me había dejado la excelente Hombres buenos, tenía la terrible sensación de que me hallaba ante otro de sus patinazos. Pero nada más lejos de la realidad. Por fortuna la cosa mejoró tras el primer capítulo y terminó siendo, si no una obra maestra, al menos sí una novela de lo más sugestiva.

Falcó es la historia de Lorenzo Falcó, un mercenario sin escrúpulos ni ideología que vende sus servicios, sangrientos las más de las veces, al mejor postor, que en el caso de nuestra historia es el bando nacional durante la Guerra Civil Española. Tras la pobre presentación del personaje en el primer capítulo, la historia afortunadamente entra en harina y descubrimos de que irá el asunto: Falcó tiene la misión de ayudar a un grupo de falangistas infiltrados en territorio republicano a liberar a su líder, José Antonio Primo de Rivera.

Se trata, podemos adivinar, de una novela de espías en la que, como viene siendo costumbre en Pérez-Reverte, se pone más peso en el efecto que tienen sobre los personajes aquellas acciones que se ven obligados a realizar que el discurso de los acontecimientos en sí mismos. Y ésa es la virtud y al mismo tiempo el defecto de la novela. Este foco narrativo hace que, como lectores, nos sintamos implicados con todos los personajes secundarios, sintiendo simpatía por unos, odiando a otros, preocupándonos por alguno… pero Falcó, el principal, nos resulta un tanto indiferente. Y es que, a fin de cuentas, se trata del mismo protagonista de siempre: el antiguo fotógrafo de El pintor de batallas, la cazadora de artistas de El francotirador paciente o el cada vez más asimilado a este tipo de protagonista, El capitán Alatriste. De hecho, uno de los puntos a favor de Hombres buenos era que este sempiterno personaje de Reverte, que allí sería Pedro Zárate, permanecía bastante a raya por las tramas secundarias gracias a que no era el protagonista absoluto. Y es que este típico protagonista de Reverte es, además, alguien cuyas constantes disquisiciones metafísicas a cada paso que da o a cada movimiento que hace o en cada conversación que tiene con alguien lo vuelven poco real (aunque eso no tiene por qué ser un problema mientras mantenga la verosimilitud, claro), y que pretende sernos simpático (en cierta medida, al menos), cuando de encontrárnoslo en la vida real nos aburriría y asquearía a partes iguales. No sólo Falcó: cualquiera de sus protagonistas.

Y esa suele ser la zancadilla que Reverte se pone en todas sus novelas: pretender armarlas en torno a un protagonista que, de entrada, ya resulta antipático. Pero hay ocasiones en que la historia supera al personaje, se pone en primer término, y nos hace olvidar aquello que no nos gusta de él. Eso sucedía en El maestro de esgrima, en Hombres buenos, y eso sucede también en Falcó, aunque no de manera tan determinante como en las dos primeras. La historia de espías, si bien no de trama demasiado complicada, o quizá gracias a ello, atrapa al lector y le permite evadirse de la realidad, para fugarse a un mundo emocionante a pesar del dramatismo que plantea. Y es cuando la aventura toma el control cuando las novelas de Reverte ganan enteros, porque, seamos serios, se le da mucho mejor dejar miguitas de pan por la historia que las sesudas disquisiciones morales.

No entraré en la crítica social que Reverte hace en su novela, pues a fin de cuentas siempre es la misma, e Internet está lleno de entrevistas en las que él mismo no se cansa de repetirla una y otra vez. Diré sólo que, en Falcó, la aventura se impone a todo lo demás, y es cuando eso sucede que Pérez-Reverte escribe buenas novelas.

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Las máquinas del tiempo

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Hace poco he leído El Anacronópete, la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo. Descubrí su existencia por casualidad, y me llamó la atención que, en primer lugar, La máquina del tiempo de H. G. Wells no fuera la primera novela que explotara el tema y, en segundo lugar, que la novela iniciadora de tan sugerente subgénero fantástico fuera obra de un español, siendo la literatura española un terreno en el que los escritores, tradicionalmente, se han dedicado a asuntos mucho más realistas y de índole social, suponiendo el terreno de las aventuras y las fantasías algo marginal e incluso tenido en poca consideración.

Lo primero que a uno le llama la atención al comenzar la lectura de tan singular novela es una sensación de que, si bien entre los escritores españoles no estaba muy bien visto el dejarse arrastrar por las fantasías literarias, no parece que tales ideas tuvieran el mismo arraigo entre los lectores (algo curioso, pues los primeros necesitan de los últimos siempre). Pero un escritor siempre es en primera instancia un lector, y en los primeros capítulos de la novela de Enrique Gaspar puede verse con total nitidez lo mucho que le atraían las aventuras salidas de la imaginación de Jules Verne. De hecho, esos primeros capítulos podrían haber sido firmados perfectamente por el novelista francés de no ser por cierto tufillo nacionalista (o patriotero, que viene a ser lo mismo) que emanan. Una presentación en sociedad con grandes personalidades, una explicación detallada del ingenio científico que será centro de la historia, una declaración de intenciones sobre la aventura que se pretende llevar a cabo… todo muy de Verne.

Bien diferente resulta, en cambio, el inicio de La máquina del tiempo, en una reunión social pero privada a fin de cuentas, con un viajero temporal que no se molesta en explicar los entresijos de su invención y que centra nuestra atención en los detalles que la rodean. En otras palabras, mientras que El Anacronópete coloca como centro de la historia la máquina, La máquina del tiempo coloca como centro de la historia el viaje en sí, creando de ese modo un punto de partida más potente, pues en la novela de Wells la aventura comienza ya con la presentación, mientras que en la de Gaspar deberemos esperar a que la presentación termine para que comience la aventura, lo que supone una ralentización de la narración por un peor manejo de los elementos narrativos. Más de lo mismo podemos observar en los elementos que acompañan al viaje. Wells nos cuenta con detalle en qué consiste el viaje y qué hechos se suceden en él, implicando al lector desde que el viajero acciona la palanca de su máquina. Todo lector de la máquina del tiempo o espectador de alguna de sus dos adaptaciones cinematográficas recuerda como todo adquiere una velocidad de movimientos cada vez mayor durante el viaje, algo que en la novela de Gaspar sólo es mencionado casi de pasada durante la Batalla de Tetuán, pues prefiere dedicar sus esfuerzos a describir la máquina.

Y este sencillo hecho viene a explicar la gran diferencia entre las dos novelas, que partiendo de la misma base resultan tan desiguales: mientras que la novela española se queda en el armazón y le hace responsable del éxito o fracaso de su historia, pues más allá de eso nada de novedoso hay en sus páginas, la novela inglesa utiliza ese armazón como punto de partida para contar su historia. Una historia que nos arrastra muy inteligentemente a través de varias etapas para ponernos frente a un final, si no desolador, sí al menos muy poco esperanzador. La máquina del tiempo comienza con los preparativos, con ese cientifismo optimista de la época, con una serie de sucesos encadenados que nos hacen entusiasmarnos ante los avances científicos que todo lo pueden y que llevarán al hombre a la grandeza. Pero en una segunda instancia, al llegar al año 802.701, las cosas no son así, y aquellos avances han llevado al hombre a la degradación en una suerte de lucha de clases ganada por la clase social más baja, la que no innova, a la que ni siquiera se presenta ya como humana, y por tanto perdida por la humanidad en su conjunto. Sin embargo su relación con uno de los descendientes humanos nos hace tener cierta esperanza en el futuro, una esperanza que queda erradicada en la tercera etapa, cuando el viajero salta a una etapa en la que cualquier sueño de grandeza de la humanidad no es ni tan siquiera humo, pues ya no es que no quede rastro de que alguna vez nuestra civilización pisara la Tierra, sino que ni siquiera la misma Tierra que el viajero observa es aquella que habitó el hombre. El pesimismo que encierra la novela nos hace preguntarnos hacia dónde conducen nuestros pasos y aplasta nuestras pretensiones como especie, no digamos los absurdos orgullos nacionalistas.

La novela de Gaspar, mucho más tradicional, toma el camino contrario y se pierde, primero en comentarios de exaltación patriótica (hemos de alabarle el gusto, al menos, de no articular discursos), y después en colocar frente a frente al grupo de viajeros, una representación de la sociedad española, y los otros dos grandes imperios a los que viajan, el chino y el romano. Porque está claro que su concepción de España es todavía la de un imperio, no de otra manera se pueden entender las dos paradas que realizan durante su viaje, una en una victoria militar española y otra frente a Isabel la Católica, justo antes de terminar la reconquista y del descubrimiento de América, en el nacimiento del imperio.

Así pues, dos novelas que parten exactamente de la misma premisa, son tan diferentes como el día y la noche, pues mientras una se queda en lo conocido, lo tradicional y lo patriótico, vistiéndolo con un llamativo ropaje fantástico, la otra decide adentrarse en el sentido de nuestra existencia como especie y en nuestro futuro y nuestra función en el universo, aunque sus conclusiones no sean las que al siglo del progreso le hubieran gustado.

El Anacronópete

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ENRIQUE GASPAR, El Anacronópete

Me he visto arrastrado hacia esta lectura por mi inclinación hacia las historias de ciencia-ficción y mi deseo de saber en qué consistía la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo, anterior a la famosísima novela de Wells y, para colmo de sorpresas, escrita por un español, algo bastante poco común en este tipo de literatura, aunque los tiempos actuales parece que están tratando de poner solución a esto. Y la verdad es que no es de extrañar que La máquina del tiempo goce de enorme fama y tan perfecto estado de salud hoy en día, a pesar de no ser la novela inauguradora de tan fantástica idea aunque muchos crean lo contrario, y este Anacronópete haya pasado a mejor vida. Wells no sólo nos ofrecía una aventura más allá de lo que podríamos haber imaginado, sino que nos hacía reflexionar sobre la sociedad que estábamos creando y sobre la condición humana, con un planteamiento pesimista que sin embargo no empañaba la impresionante aventura. Enrique Gaspar, por su parte, si bien comienza con una escena en la Exposición Universal de París que nos sorprende en un autor español del momento, y que podría recordarnos más a la literatura de Jules Verne, se desinfla rápidamente al transitar caminos que, desde mi punto de vista, desperdician las posibilidades del magnífico comienzo que nos había planteado.

El sabio español don Sindulfo ha creado una máquina con la que se puede viajar a través del tiempo y del espacio, y la presenta ante la comunidad científica en la Exposición Universal de París, donde explica su casi mágico funcionamiento. Hasta aquí la cosa promete. Pero tras esto viene el primero de los tres errores que lastran una novela que, como mínimo, podría haber sido muy interesante si sus aspiraciones no buscaban sendas más elevadas. La primera ocurrencia para la que pretenden utilizar un aparato con tantas posibilidades es la de rejuvenecer. El sabio explica que, al viajar en el tiempo, todo lo que viaja en el tiempo queda sometido a su acción, por lo que si se viaja al futuro se envejecerá y si se viaja al pasado se rejuvenecerá. Para evitar eso, ha creado un fluido que impide los efectos del tiempo y que deben aplicarse los viajeros temporales. Así pues, si uno viaja al pasado sin aplicarse el fluido rejuvenecerá, y al aplicárselo para regresar al presente podrá volver sin envejecer de nuevo, y por lo tanto con la edad de su juventud. Y así lo hacen con un grupo de señoras mayores que, a fuer de ser sinceros, cumplen el mismo objetivo que las cada vez más comunes escenas en las que una mujer de buen ver enseña una teta en las series actuales: captar la atención del público masculino de la manera menos trabajosa y rápida posible, pues no duda tampoco en describir cómo al viajar en el tiempo y rejuvenecer, sus vestidos también se degradan y quedan desnudas al tiempo que tratan de ocultarse de la vista de sus compañeros varones de viaje.

El segundo error consiste en el viaje en sí, que se realiza al pasado y se narra con un aire de aventurilla sin capacidad para más. Aunque aceptemos como parte de la fantasía el hecho de que el invento sólo pueda viajar al pasado (cosa que no se nos asegura), el viaje en el tiempo resulta de lo más decepcionante, amén de plagado de lugares comunes (aunque no sé hasta qué punto lo serían entonces, dada la novedad de la idea). Asistimos a un episodio en la Batalla de Tetuán cuyo único objetivo parece ser el de exaltar el patriotismo. Después hacen una parada frente a Isabel la Católica para más de lo mismo. Tras eso llegan a la China en el siglo III, en busca de lo que creen es el secreto de la inmortalidad, donde tienen una escaramuza presentada de forma demasiado infantil. Tras eso, y siguiendo la pista del secreto de la inmortalidad, viajan al imperio romano, a Pompeya, en el momento exacto de la erupción del Vesubio. Y, por último, dan un último salto hasta el momento del diluvio universal, hundiendo de esa manera definitivamente cualquier ilusión que al lector pudiera quedarle de estar frente a una obra de ciencia ficción seria. Ya sólo les queda viajar un poco más atrás, hasta el comienzo del Génesis, para fundirse en el caos previo a la creación del mundo por parte de Dios. Un viaje hacia atrás en el tiempo, mezclado con las creencias religiosas (Wells fue mucho más inteligente con su máquina del tiempo), en busca del secreto de la inmortalidad. Y pudiendo utilizar el Anacronópete uno para rejuvenecer cuantas veces quiera, supongo que a nadie se le escapa que la premisa resulta de lo más ridícula.

El tercer error es uno que convierte la historia en poco más que una aventurilla infantil. Y es que, con la excusa del fluido que evita la corrupción y del que los viajeros están cubiertos, se salvan de las más imposibles situaciones una y otra vez, pues su estado no puede alterarse, y con esa tonta excusa asistimos a resurrecciones, gente que sale viva tras ser arrojada a volcanes y demás tonterías más propias de la imaginación infantil que otra cosa.

La novela, que había comenzado de manera muy interesante, recordándonos a Verne y sorprendiéndonos con una propuesta a la que en España estamos poco acostumbrados, se desinfla rápidamente al no saber dirigirla correctamente, más interesado su autor en mostrarnos escenarios exóticos y en hacer alarde de patriotismo y conocimientos históricos (con permiso de la muy poco acertada parte bíblica). Un detallado resumen de la época y sus entresijos precede a cada nueva aventura, aunque bien poco se aprovechan los datos que en él se nos dan, pues la situación no sirve en ningún caso para profundizar en el relato, sino tan sólo como marco de una aventurilla breve que termina ineludiblemente con una huida fantástica cuando las cosas se ponen difíciles. Tiene, eso sí, el honor de ser la primera novela que se saca una máquina del tiempo de la manga, y puede quedarnos eso como curiosidad, pero me temo que ahí terminan sus aciertos. Además, su estructura teatral en tres actos, que evidencia un deseo de llevar su historia a las tablas, tampoco le ayuda mucho.

Todo esto acompañado de un constante humor de chiste grueso e intención patriótica, que tampoco contribuye a mejorar el conjunto.

A El Anacronópete hay que tomarlo como lo que es: una rareza, no me atrevería a decir que una novela inaugural pues es más bien La máquina del tiempo la que cumple esa función, una pequeña joya por su singularidad dentro de la narrativa española, pero una novela de segunda fila (incluso de tercera o cuarta) condenada al olvido por no haber sabido aprovechar las inmensas posibilidades de un punto de partida cuyo potencial otros se encargaron de exprimir.

¡¡¡SPOILER!!!

Además, para colmo de males, todo lo leído previamente resulta ser un sueño de Antonio Resines.

Lazarillo de Manzanares

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JUAN CORTÉS DE TOLOSA, Lazarillo de Manzanares

Creo que sólo con leer el título, por pocos conocimientos que uno tenga de literatura, todo el mundo se da cuenta de que estamos ante una novela picaresca. Resulta imposible no pensar inmediatamente en el Lazarillo de Tormes: mismo nombre y sólo cambia el río. Y el desarrollo de la historia tampoco transita caminos muy diferentes a los de su predecesora, si bien incurre en más tópicos burlescos de los que gustaban en el siglo XVII para mover a la risa. Esto es debido a que, a pesar de hacer esa clara referencia en su título a la novela fundacional (con permiso del Guzmán) del género, su vista está puesta en ella de manera meramente superficial, encajando mucho mejor en la narrativa barroca y recordando en su expresión mucho más a piezas de esta época, como El Buscón, por poner un ejemplo que no se salga de nuestro asunto.

Para ahondar un poco más en la miseria del pícaro protagonista, este Lázaro ni siquiera conoce cuáles son sus orígenes, pero sus padres adoptivos, una bruja y un ladrón, para no salirnos de la norma y que recuerdan bastante a los padres de Pablos, se preocuparán de que tenga estudios y, con ellos, un medio mejor de ganarse la vida, algo poco habitual en los pícaros, que tienden a sobrevivir sólo por su ingenio. Nuestro Lázaro sabe bien leer y escribir, y también sabe latín, virtudes con las que resulta difícil de creer que no pudiera conseguir un puesto de secretario de algún hombre importante, con el cual poder mantenerse con comodidad.

Pero ese no es su camino, pues se lanza a la vida de ir cambiando de amos, y lo hace refugiándose en uno de los tópicos de la época: en las ciudades no se conocen los unos a los otros. De modo que, huyendo de que lo relacionen con su madre adoptiva, condenada por brujería, marcha a Sevilla. No contaré la historia ni sus muchas aventuras: tiene varios amos, sufre varias desventuras y, en otra coincidencia con El Buscón de Quevedo, termina su historia embarcándose para las Indias.

Si hay algo que diferencia a esta novela del Lazarillo de Tormes, es que su complicado lenguaje la ha hecho envejecer bastante mal. Bueno, eso y que su propósito sea el mero entretenimiento, dejando al margen la denuncia social, aunque a veces se meta a censora, pero lo hace por medio de premáticas o de historias intercaladas destinadas a ese objetivo, lo que resta naturalidad a la crítica. Y esas historias intercaladas dificultan todavía más la lectura, pues en su afán por buscar la risa, las acciones se suceden muy rápido, y además se meten en ellas historias externas al núcleo central de la novela, y ese batiburrillo nos hace perder en ocasiones el hilo de la historia.

Pero si hay algo que acerca la historia a nuestros días es su protagonista en sí. Estamos acostumbrados a que los protagonistas de las novelas picarescas provengan de ambientes demasiado bajos, a que sean delincuentes, parias sociales… todas ellas figuras demasiado alejadas de nosotros mismos. Pero este Lázaro es un joven con estudios que, a pesar de sus conocimientos fruto de su estudio, no consigue alcanzar un estadio en el que poder ganarse la vida con holgura (más bien lo que consigue son muchos trabajos precarios y sin futuro), y eso es algo que hoy en día nos resulta demasiado común a muchos. En España se habla de que la generación más preparada tiene que huir del país para ganarse la vida. No sé si perteneceré o no a esa generación, y tengo por seguro que no soy de los más preparados, pero sin duda yo también he tenido que huir, y mi tiempo tuve que pasar también estudiando para no tener ningún futuro en mi propio país. Por una carambola del destino, este Lázaro resulta hoy en día más actual que su tocayo de Tormes, aunque su dificultoso lenguaje, amén de otros defectos, no vaya a permitir que se vuelva ni mucho menos tan popular.

La constelación del perro

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PETER HELLER, La constelación del perro

El mundo ha llegado a su fin. Tras una extraña enfermedad que ha aniquilado a casi toda la población del planeta, los últimos supervivientes permanecen en él casi como depredadores, dispuestos a matarse los unos a los otros sin hacer preguntas, por un buen motivo, por uno malo, o sin ningún motivo en absoluto. En medio de esta situación dos hombres totalmente opuestos conviven en una suerte de simbiosis. Bradley, un tipo violento que parece haber estado preparándose toda su vida para este apocalipsis, y Hig, un piloto que con su avión sale a diario a vigilar el perímetro de seguridad que rodea el lugar en el que viven, para prepararse si se acercan intrusos. Y Jasper, el viejo perro de Hig.

Bradley es un violento que mata sin preguntar a quien ose acercarse, todo por la supervivencia. Hig un sentimental que tiene en su perro Jasper a su único amigo, el único que de verdad le importa en este mundo post apocalíptico. Pero tras la muerte del perro, Hig comenzará a darse cuenta de lo unido que está a Bradley, y de cómo la actitud del matón también ha cambiado. Ambos se han convertido en familia, y no sólo eso, sino que además han aprendido, el uno del otro, cosas que nunca habían apreciado en sus respectivas vidas: mientras Hig casi ha recibido un entrenamiento militar, Bradley ha comprendido la importancia de contar con alguien.

Con excepción de la relación entre estos dos dispares protagonistas, todo se parece mucho a una película moderna de zombies: se ahonda en la necesidad de relaciones humanas más allá de las establecidas por una sociedad que ya no existe, y se observa la degeneración de esas relaciones y las nuevas bases sobre las que se asientan.

Eterna

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Eterna

Llegamos al final de la trilogía vampírica propuesta por Guillermo del Toro, y con el final descubrimos por qué en las historias que amenazan con desencadenar el apocalipsis al final siempre terminan ganando los buenos. Para no ofrecer un panorama tan descafeinado como éste: una suerte de París ocupado por los nazis, con colaboracionistas, una pequeña resistencia oculta y el añadido tan “americano” de los grupos que sólo se preocupan por sí mismos. O la segunda temporada de la antigua serie televisiva V, si lo prefieren. El terrible vampiro de origen incierto y oscuro, al final no pasa de ser un dictador con ansia de poder que quiere que todos le obedezcan, bien como vampiros, bien como humanos, y que monta sus propios campos de concentración, en este caso de exprimido de humanos para tener siempre sobre la mesa su ración de sangre a la hora de la comida. Así que el apocalipsis no es tal, sino una situación de gobierno opresivo, por mucho que el dictador, en este caso, se literalmente un monstruo.

El ambiente en el que todo se desarrolla es el típico de la tierra después del desastre que tantas veces hemos visto, y que en los últimos tiempos está bastante de moda, con títulos en el cine como La carretera, Hijos del hombre, el regreso de Mad Max y un largo etcétera, y en televisión con otros como Revolution o Los 100. Ahora hay un nuevo orden y los protagonistas tratan de luchar contra él, todo muy terrenal. El único personaje que entroncaba con esa sensación de misticismo de las dos primeras entregas, Abraham Setrakian, ya no aparece en ésta, y es sustituido por un vampiro que, la verdad, no da la talla, pues no es lo mismo que alguien se adentre en los misterios de lo incomprensible, a que alguien te lo cuente porque mira, lo ha vivido y sabe de qué va el tema. Lo único que el señor Quinlan, el sustituto de Setrakian, no sabe es el origen del amo, que por una retorcida relación de ideas ha decidido que es su padre (y si lo expreso así es porque llamar a esto paternidad me parece excesivo).

Y aquí viene donde se remata el asunto, en el origen del amo, y ahora voy a reventar el final (más o menos) así que no sigan leyendo si no quieren. Y es que, después de haber insistido tanto en el funcionamiento del vampirismo como una enfermedad, después de haber detallado la existencia de los parásitos y el proceso de infección, después de haber puesto tanto énfasis en hacerlo todo tan científico, a pesar de esa sombra de misterio y misticismo que siempre había estado detrás de todo, resulta que ni ciencia ni misterio sobrenatural: todo se soluciona leyendo la Biblia, porque el amo es un ángel caído, rebelado contra Dios. Y si el sol le hace daño es porque se parece al rostro de Dios. Uno se había hecho ilusiones con la cantidad de referencias al mundo de Lovecraft que inundaban las páginas de Oscura, para que al final suceda esto.

¡Ojo! No estoy diciendo que la resolución final sea mala per se, sino que no se pueden estar dejando pistas en una dirección durante todo un relato para al final dar una solución completamente diferente a la que habías estado dejando germinar en la mente de tus lectores. Si nos hubieran llevado por el camino de Dios y la Biblia y sus ángeles y la guerra celestial, uno podría aceptar esta resolución, pero así no. Es una rueda de molino demasiado grande. También, digo yo, los autores podían haber acabado diciendo que todo había sido un sueño de Ephraim, el que en un principio se perfilaba como principal protagonista de la historia.

Deadpool, El arte de la guerra

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PETER DAVID, SCOTT KOBLISH, Deadpool, El arte de la guerra

Deadpool es divertido. Ya está, poco más hay que decir. Es cierto que es un antihéroe, no transmite ningún valor positivo y tiene conciencia de ser un personaje de cómic, pero todas esas historias sobre la ruptura de la cuarta pared me parecen un intento desesperado por darle una trascendencia que no tiene. Ni la necesita. ¿Acaso ser divertido es un objetivo insuficiente? Pues dentro de lo que es un universo, el de los superhéroes, plagado de tipos con disfraces de colores que se toman demasiado en serio a sí mismos, a mí me parece una grandísima virtud.

Hacer a un personaje con la desfachatez de Deadpool consciente de su origen ficticio me parece una genialidad. El mata sin parar pero sus asesinatos no tienen ninguna consecuencia, pues no olvidemos que mata a otros seres ficticios. Y la conciencia de que existe otro mundo aparte del suyo de papel lo convierte en un viajero interdimensional que maneja una información muy superior a aquella de la que disponen el resto de personajes, con unas consecuencias desternillantes. ¿De verdad hace falta intentar buscarle un enfoque serio y filosófico a un personaje con tales facultades para convertir cualquier situación en algo sin pies ni cabeza, alguien cuyo planteamiento está sin duda al servicio de la pura comedia?

Y esta historia nos lo demuestra una vez más. El asunto arranca de manera extremadamente seria, con una exposición de las enseñanzas de Sunzi, pero todo se va al traste con la aparición de Deadpool, a quien han contratado para vengarse del maestro chino, al que mata sin contemplaciones e ignorando todas esas virtudes que él estaba enseñando y que hacen temible a un guerrero. Tras lo cual Deadpool aparece en nuestro presente con el libro de El arte de la guerra, pues él no está sometido al tiempo del mundo real puesto que se mueve en la ficción, lo que permite que el mundo real no sea tampoco demasiado lógico. Él quiere vender su traducción del libro de Sunzi, y decide que para aumentar las ventas es necesaria una guerra en la Tierra, así que busca en Internet personajes de cómic que pudieran provocarla, y luego regresa con ellos a su mundo, ya representado como el mundo de los cómics. Creo que pueden hacerse una idea de lo descerebrado de la situación.

El caso es que toda la acción viene acompañada por una voz en off que es la traducción que Deadpool está haciendo de El arte de la guerra, con lo que vemos acompañar, durante toda nuestra lectura, las serias enseñanzas de Sunzi a las descerebradas situaciones que crea Deadpool.

Un personaje al servicio de la aventura y el humor, que no necesita (más bien necesita evitarlas) de sesudas segundas lecturas para ser maravillosamente disfrutable.