Barcelona al alba

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ALFONSO FONT, JUAN ANTONIO DE BLAS, Barcelona al alba

  Barcelona al Alba es una historia de novela negra ambientada en Barcelona en el período de entreguerras. Tras la aparición de cuatro cadáveres en el puerto de Barcelona, un periodista comienza a investigar los hechos, lo que hace que se vea envuelto en una trama criminal y política.

  Si hay algo que podría destacarse de Barcelona al alba es su ambientación general, que hace sentirse al lector como si contemplara una película de cine negro. El protagonista se mueve en los bajos fondos al tiempo que amenaza a las altas esferas, creando problemas diplomáticos y viendo entorpecida su labor, porque en su periódico no quieren que continúe investigando. Tenemos también la figura del policía misterioso, que dispone de información que no puede utilizar debido a su cargo, y que en nuestro caso es un guardia civil. Vamos viendo cómo nuestro periodista va consiguiendo su información poco a poco, sin ponérnosla en relación hasta que llega su debido momento. Los movimientos sociales de la época también tienen su representación y permiten una perfecta ambientación del cómic en el momento histórico narrado.

  La sensación general, repito, es la de estar viendo una película, una muy buena, además. Les recomiendo encarecidamente la lectura de este cómic cuya trama histórica no puedo desvelar, pues supondría poner sobre la mesa la resolución de la historia.

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El secreto de la modelo extraviada

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EDUARDO MENDOZA, El secreto de la modelo extraviada

Esta es la quinta aventura del detective loco de Eduardo Mendoza, que sigue la estela de las anteriores novelas cómicas del novelista barcelonés, no sólo las de este detective, sino también las de Gurb, Horacio Dos y Pomponio Flato. En ella, nuestro detective, que sigue trabajando en el mismo restaurante chino en el que trabajaba al terminar la anterior, se cruza en la calle con un perro que le recuerda un caso en el que trabajó en su juventud, y al recordarlo con detalle se da cuenta de que algo quedó sin cerrar, así que decide ponerse a investigarlo de nuevo. Como sucede en las anteriores, la historia general está envuelta por una multitud de chistes y juegos que, si bien no nos harán soltar sonoras carcajadas sin parar (lo digo por mí, que no soy dado a reír a carcajadas con ninguna lectura) sí que nos tendrá con una perpetua sonrisa cómplice en los labios. Y quién sabe, quizá alguno sí que se ría con ganas.

Pero además de risas o sonrisas constantes, Mendoza siempre nos da un espejo del mundo actual en sus novelas cómicas, a las que parece haberse entregado por completo (cosa que en cierta medida me apena, pues a mí siempre me entusiasmaron aquellas más serias que escribía, y comienzo a echarlas de menos). Así pues, el independentismo en Cataluña, el regionalismo y las opiniones extremas de tertulianos televisivos, junto a la sensación de que Barcelona, poco a poco, se está echando a perder, no podían faltar aquí. Todo a través del filtro del humor, claro está, pero muy acertado. Así, vemos a unos jóvenes que gritan que si después de independizarse, España ya no les quiere comprar más cava, quitarán los viñedos y plantarán marihuana, que eso sí que tiene salida, lo cual no deja de recordar a las fantasías económicas del señor Mas. O por otro lado tenemos a un tertuliano televisivo de extrema derecha, anti independentista y ferozmente conservador, que cuando desparece de antena se descubre como un travesti de sueños malogrados que utiliza esa otra fachada para sentirse importante, a pesar de las enemistades que le granjea.

En un momento de la novela, el protagonista, despistado, se queda dormido mientras un camionero lo lleva al “centro ciudad”, y al despertar se encuentra que está frente a la Basílica del Pilar. Al ver esa enorme iglesia, cree que se trata de una de nueva construcción porque él no recuerda ninguna así en Barcelona. Aquí sí que me reí, pues pude imaginar perfectamente a quien presume de vivir en una ciudad cosmopolita, pero nunca ha ido más allá de donde acaban las vías de los trenes de cercanías, y por supuesto desconoce cualquier cosa que allí pueda encontrarse.

Pero la peor parada, en cierto modo, es la ciudad de Barcelona en sí, sobre la que tantas esperanzas tienen los personajes de la novela en la primera mitad de la historia, que se desarolla calculo que en los años ochenta, y ante la que tan decepcionados se encuentran en la segunda mitad, que transcurre en la actualidad. Aunque, tal y como deja entrever uno de ellos, quizá no se trate de que la ciudad se haya echado a perder, sino de que sus sueños eran demasiado elevados y recuerdan con nostalgia cómo era antes. “No sé…, a veces tengo la sensación de haberme hecho viejo sin madurar”, expresa al rememorar los tiempos en los que había sucedido la primera mitad de la historia.

Pero a pesar de lo serio que parezco haberme puesto, lo más importante en la novela es el humor, que se mantiene magistralmente desde la primera línea hasta la última, que casi da lástima que llegue.

El juego del ángel

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CARLOS RUIZ ZAFÓN, El juego del ángel

La impresión que me ha dejado El juego del ángel es muy parecida a la que en su día me dejó La sombra del viento. Lo cierto es que no encuentro grandes diferencias entre ambas novelas. Las dos nos ofrecen una historia de la que no puede negarse que esté bien contada, las dos tienen ese toque fantástico que no termina de concordar demasiado bien con la historia entre detectivesca y costumbrista, las dos tienen personajes bastante planos, arrastrados por cierto afán de que la mitad de las frases que pronuncien sean demoledoras, y las dos dan la sensación de ser novelas juveniles aderezadas con una escena de sexo y algo de violencia que las catapulte al terreno de los adultos.

Con esto que acabo de escribir parece que no recomiende su lectura, pero nada más lejos de la realidad. Si cuando leí La sombra del viento afirmé que se trataba de una novela mucho más interesante que la mayoría de a las que el mercado nos tiene acostumbrados, lo mismo debo decir de esta segunda parte (algún día leeré también las novelas juveniles de Ruiz Zafón, pues con lo que he visto en estas dos creo que hay posibilidades de que sean muy interesantes, y confieso mi debilidad por la literatura infantil), pero recordando mis palabras de hace unos días: tenemos que tener en cuenta lo que estamos leyendo, y esto no es el Quijote.

La novela trata sobre la vida de Daniel Martín, un niño obsesionado con los libros pero cuyo padre, que nunca recibió una educación pero sí bastantes palos por parte de la vida, no quiere que los lea, pues tan sólo ve en ellos fantasías que lo único que pueden ofrecer a alguien de su condición es sufrimiento. Al hacerse adulto, Daniel se convertirá en novelista, aunque nadie lo reconocerá por sus novelas de mayor éxito al estar todas ellas firmadas con un pseudónimo. Entonces un extraño personaje le encargará escribir los textos sagrados de una religión. Durante su trabajo, Daniel descubrirá que no es la primera vez que alguien recibe este encargo, pues hace años otra persona también lo recibió, y entonces todo terminó en una serie de crímenes. Las cosas no son diferentes esta vez, y Daniel se ve envuelto en una conspiración salpicada de cadáveres de la que deberá encontrar una salida.

La historia parece interesante y en realidad lo es. Es una de esas novelas en las que una vez que has leído la primera página estás perdido, pues ya no puedes abandonarla hasta llegar al último punto, y eso es algo que tiene un increíble mérito. Les adelanto que esta es una experiencia que yo sólo he vivido con Dumas, y que con Ruiz Zafón casi he revivido. Las pistas del misterio van deslizándose por las páginas, sin trampas, para ser recogidas después por el narrador y dar sentido a lo que hemos leído. Sólo hay una trampa en la composición policíaca, y se trata del elemento fantástico de la novela. Un elemento que también aparecía en la novela anterior aunque en menor medida. Y es que en medio de esta historia que comienza como un relato de época y continúa como uno policíaco, los milagros, los espíritus y la inmortalidad, que también forman parte de la novela, no encajan demasiado bien. Por no hablar del cementerio de los libros olvidados, metido aquí porque se supone que es el nexo de unión de las tres novelas que conforman la trilogía, pero que en realidad no aporta nada a la historia, y podríamos haber pasado perfectamente sin su inclusión.

El otro punto flaco de la novela son sus diálogos. Zafón parece empeñado en que todos y cada uno de sus personajes tengan un lado misterioso, y constantemente nos pone frente a diálogos llenos de frases lapidarias, sentencias con segundas intenciones. Todos parecen necesitar tener un pasado misterioso al que referirse sólo en alusiones, incluso el protagonista, del que en realidad conocemos toda su vida. Está bien que alguno de los personajes sea así pero… ¿todos?

Pero estos dos pequeños defectos no la hacen desmerecer en absoluto. Estamos ante una novela perfecta para disfrutar de nuestro tiempo libre, que nos atrapará sin mucho esfuerzo y que casi lamentaremos que termine. Una opción mucho mejor que la de la horrible oferta de bestselles de estos tres últimos años, que no son más que pornografía para todas las edades.

>Missing Barcelona

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Pues ya he regresado a Pamplona. Llevo un día aquí y, quién me lo iba a decir, echo de menos Barcelona, no tanto la ciudad, aunque también, sino la gente que dejo allí: un venezolano un poco raro, una sueca un tanto zumbada, un italiano con mala leche (casi peor que la mía), un barcelonés cansado, una búlgara un poco loca, un valenciano de tintes bohemios… y una china encantadora (a saber qué dirán todos ellos de mí).
No echaré tanto de menos a los turistas, demasiados en esa ciudad, ni a los catalanes, casi inexistentes (o eso parece por lo difícil que resulta dar con ellos). A los primeros porque para despedida consiguieron que me costara diez minutos de reloj cubrir los cincuenta metros que separan la puerta de mi casa de la estación del metro la última vez que realicé el trayecto (como para salir con el tiempo justo). A los últimos porque siguen empeñados en hablarme catalán a toda costa. Mi último día allí comí en un McDonalds (ya lo sé, moriré gordo) y tras quince minutos haciendo cola, cuando al fin llegué a la caja para pedir, la tipa de detrás de mí, que me había oído varias veces jurar en español, me soltó que si podía pedir sólo no sé qué antes que yo para llevárselos abajo, así, en catalán. Evidentemente me giré, pedí y no le hice ni puñetero caso.
Pero hecho de menos el hecho de que haya gente en la calle más allá de las diez, de que la gente vista como más o menos le venga en gana y no con un patrón casi uniforme, de que me dejen comer algo más tarde de las diez sin alegar que han cerrado la cocina… incluso el calor de esa ciudad empiezo a echarlo de menos.
Aunque quizá sea tan sólo una ilusión, pues los últimos días allí los he pasado con gente a la que aprecio (toda la lista de arriba, a pesar de algunos engañosos adjetivos). Ya veremos si al final me acostumbro de nuevo a esta ciudad o tengo que huir de nuevo.

>Guiris en la Sagrada Familia

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Es que no lo aguanto más. Si ustedes tienen un cociente intelectual superior a 30 les hago una seria recomendación: nunca visiten la Sagrada Familia. Allí encontraran cosas difíciles de soportar para la paciencia humana. Les hago a continuación una enumeración de algunas de las que yo mismo he visto o he tenido que soportar.

1) Guiris que a pesar de tener toda la calle para ellos tienen que pararse justo donde hay una terraza, provocando así el bloqueo de la calle y no dejando caminar.

2) Guiris que cruzan la calle por donde les sale de los cojones, con todos los semáforos para los coches en verde y además a paso de paseo, y cuando un coche tiene que pegar un frenazo para no llevárselos por delante, el pavo tiene la caradura de hacerle un gesto con la mano al tiempo que le espeta “slow down”. Lástima que el conductor no tuviera un arma en la guantera en ese momento.

3) Guiris con coche (el peligro crece) que pasan por un semáforo (que por supuesto está en rojo), mirándolo fijamente, y a los que no les importa pasarte por encima si estás cruzando.

4) Guiris siguiendo una paleta con un número a paso de tortuga y que te empujarán a la carretera si intentas adelantarlos.

5) Guiris sacando fotos a la Sagrada Familia desde el extremo de la acera y que encima se cabrean cuando pasas por delante y les jodes la foto. Porque puedes parar delante de uno de esos sacando una foto, pero es que los hay a patadas.

6) Guiris que se paran en la entrada del metro (claro, como ahí hay sombra) e impiden el paso a cualquiera que tiene que entrar ahí (a estos los empujaría escaleras abajo, a ver si alguno se rompe el cuello).

Guiris a fin de cuentas, y parece que haya un límite de inteligencia: todos aquellos capaces de atarse los cordones de los zapatos deben de tener prohibido acercarse a menos de quinientos metros de la Sagrada Familia.

>Casting final

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Por petición popular, es decir, petición hecha por uno de esos mamonazos de Pamplona que leen pero no comentan, me veo en la obligación de contar quién se quedó al final con la habitación que pasamos durante dos semanas sorteando. La cosa es rápida: el afortunado ganador, para nuestra desdicha, es un italiano tan raro como él solo (espero que nunca llegue a encontrar esta página). Al tío parece que le cuesta hasta saludar y no sé si es que no entiende muy bien el español o es tonto perdido, porque le dijimos que con el teléfono fijo sólo podía llamarse a números nacionales y el otro día, trasteando, vi las llamadas realizadas y ya iban cuatro a Italia. Menos mal que están bloqueadas. Por no hablar de que parece que tiene intenciones de traer a toda Italia, uno cada fin de semana: habrá que pararle los pies, a este no pienso darle cancha para que nos pase como con la puta valenciana.

Diré sólo que siguió viniendo gente como mínimo extraña, y que los pocos normales que se acercaban encontraban otra casa echando leches. Llegó incluso una madrileña, camarera de un conocido bar de la ciudad, que me hizo incluso olvidar a la cordobesa, pero no pude retenerla aquí… lástima.

Uno de los diez o doce más que vinieron merece una mención especial. Se trataba de un Argentino, uno de los especímenes más extraños que he visto en mi vida. Cuando él llegó yo estaba solo en casa y Sergio llegó a mitad de la visita, así que yo me encargué. El tío entró y decidí enseñarle la habitación en primer lugar. Nada más abrir la puerta se puso a mirar por la ventana, así que ahí estaba yo, enseñándome la habitación a mí mismo. De ahí pasamos al baño, y mientras le hablaba me giré para mirarlo y descubrí que nuevamente estaba hablando solo, porque él se encontraba mirando fijamente la puerta de la habitación de Sergio, que se encontraba cerrada. Le enseñé el salón y se me escurrió por el pasillo, le enseñé la cocina y a la que me giré se coló en el salón, le enseñé el otro baño y ya no sé dónde estaba… ¡Joder, qué tío!

En estas llegó Sergio y lo dejé hablando con él porque mis nervios ya no daban para más. Otro dato: el pavo va y nos suelta que lo mismo se larga en dos semanas si le da el aire. Un desastre, vamos. Y ahora viene el colofón: cuando terminó de soltar perlas por esa boquita nos pregunta que si puede entrar a ver la habitación una última vez (no sabes lo acertado que estás con lo de la última, pensé yo). Y lo hizo: eran ya las nueve y media de la noche y el imbécil entró a la habitación sin dar la luz, a oscuras, y allí estuvo durante tres minutos, al cabo de los cuales salió y se despidió. Yo ni me moví, ya lo había padecido bastante, así que dejé que mi compañero lo acompañara a la puerta.

Cuando ya se hubo ido (bonito arcaísmo, por cierto; no pienso cambiarlo, reivindico el pretérito anterior), Sergio regresó y me dijo que cuando había pasado por la puerta de mi habitación, que estaba abierta y con todos mis trastos ahí, el muy imbécil había preguntado si ahí vivía alguien porque esa habitación le gustaba más.

Sin comentarios.

>Casting en la Sagrada Familia (5)

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Último día de casting: el que vaya a venir a esta casa tiene que haber aparecido ya, porque yo ya estoy hasta las narices, me niego a seguir buscando.

Concursante nº24: Otro argentino. Parece que se multiplican en Barcelona. De momento este es la segunda opción, en el caso de que Nacho Vegas se lo haya pensado mejor (yo quiero a mi cordobesaaaaaaa). No era demasiado argentino, o sea, que era agradable conversar con él y parecía encantado con el piso. A ver.

Concursante nº25: Un barcelonés de 24 años. Un poco crío pero aceptable. Me ha hecho gracia sobre todo, cuando le hemos hablado de tranquilidad, que ha dicho que a partir de las doce de la noche él se mete a ver películas en su “habita”. Lo de “habita” lo ha dicho varias veces. Sólo aceptable.

Concursante nº26: El último, me niego a recibir a nadie más. No sé si se nota que ya escribo incluso sin ganas sobre los visitantes. Otro argentino. Majo también. De 22. Haciendo su tour europeo.

En conclusión, y tras la deserción de la cordobesa (por qué, por qué, por qué), los candidatos son los siguientes: 1) Nacho Vegas, 2) El primer argentino de hoy, 3) El segundo argentino de hoy. Deséenme suerte con la elección.