>Rostros como rocas

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Más de uno parece que ha sacado matrícula en este curso

Actualmente y generalizando (parece mentira que tenga que advertir esto) existen tres tipos de camarero cuando entras a un bar: chinos, patrios y sudamericanos (así, gradados de mejor a peor). Ya expliqué en otra ocasión cómo yo ya casi me dedico a buscar a los primeros. Pero es que a veces caigo en manos de los segundos. Eso fue lo que me sucedió el fin de semana pasado: iba con dos amigas a tomas unas cañas y tuvimos que lidiar con un tipo con una absoluta falta de vergüenza. La cosa fue como sigue: Entramos a un bar cuyo nombre no mencionaré (¡qué coño!, era el Txuribeltz, en la esquina de las calles Tejería y Merced) y nos sentamos en una mesa que juro que no tenía ningún cartel de reservado. Pedimos. Pagamos. Y una vez con las vueltas en la mano el tipo nos suelta que si no íbamos a cenar iba a necesitar la mesa. Y esto es algo despreciable que acometen continuamente el segundo y el tercer tipo de camareros: te sirven y después te sueltan que aligerando, que si alguien quiere cenar la mesa tiene que estar libre, o que cierra en diez minutos, o qué se yo. Todavía no me ha hecho eso un chino. Bueno, sí, pero ha tenido la decencia de decírmelo ANTES de servirme, y las copas cafés o lo que se terciara, me las he tomado en otro lugar, agradeciendo la advertencia y, por supuesto, con la idea de regresar en otra ocasión para, digamos, consumir la ronda pendiente. Pero claro, si me toman el pelo (y eso es lo que pretendían en el Txuribeltz), pues no vuelvo.

La cosa es que, efectivamente, a los diez minutos el tipo ya estaba en nuestra mesa echándonos, y lo que vino a continuación es imperdonable. Nosotros le informamos de los mal que nos parecía lo que había hecho, y aquello dio lugar a una serie de justificaciones que enumeraré a continuación con sus correspondientes contrarréplicas.

1) “Os lo dije antes de serviros” A esto se le llama negar la mayor, y cuando sucede en un comercio en el que uno está pagando debería ser motivo de reclamación inmediata, cosa que aún me pregunto por qué no hicimos. Cabría preguntar: Si me lo dijiste antes ¿podrías explicarme por qué, a pesar de ello, pedimos las consumiciones para no poder disfrutar de ellas?

2) “Podéis tomároslas en la barra” Ya, pero yo no quiero tomármela en la barra, de ahí que me haya sentado. No debería tener que explicar los motivos de que yo prefiera sentarme o quedarme de pie a ningún camarero, así que no lo haré.

3) “Esto es un restaurante. ¿Tú vas a un restaurante, te sientas en una mesa y no comes?” En primer lugar el Txuribeltz no es ningún restaurante, es un puto bar, y yo no veo que abra sólo para dar comidas y cenas. Aquí yo abandoné la discusión ante la revelada estupidez congénita de mi interlocutor: no iba a entrar en una controversia sobre si aquello era un bar o un restaurante. Pero mis dos acompañantes se quedaron y resistieron un último asalto que yo seguí en la distancia.

4) “¿Es que en algún bar os dejan usar las mesas a la hora de cenar?” Pasaré por alto el detalle de que su restaurante de pronto se había convertido en un bar. Yo no tengo por qué saber cómo funciona el negocio de nadie, y si alguien quiere que lo sepa, que me informe. Pero que lo haga a tiempo. En este caso era tan sencillo como colocar un cartelito de reservado para cenas en las mesas, o decírnoslo antes de servirnos. Precisamente íbamos desde otro bar en el que dicho cartelito estaba puesto, y nos habíamos marchado advertidos por su presencia. Y podíamos haberle dicho que sí, que sí hay bares que sirven cenas y permiten sentarse sólo a beber.

Sólo una cosa me queda por decir: no vayan al Txuribeltz… cuando visiten Pamplona al menos, si están fuera.

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>Sonría por favor

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Cada vez me toca un poquito más las narices el grito de alarma de: “los chinos están comprando todos los comercios, van a acabar con el comercio local.” Pues bien, hoy me he tomado un café en un bar de esos de toda la vida: he tenido que llamar a la camarera de un extremo al otro de la barra porque no se dignaba a venir a atenderme, ha venido con cara de perro, cuando le he preguntado cuánto era me ha dejado solo en la barra con el dinero en la mano y para colmo el café estaba frío. Y esto no es un ejemplo aislado, es algo que suele pasar muchísimas veces, sobre todo en los bares de Pamplona, ciudad en la que parece que te están perdonando la vida cuando te sirven una caña. Ayer me tomé el café en un bar chino: el camarero me recibió sonriendo, acudió a atenderme en cuanto me acerqué a la barra, me sirvió el café caliente, me cobró cuando le pedí que me cobrara (cosas todas estas que no debería tener ni que mencionar, pues entran dentro de lo que deberíamos entender por lógico) y, como plus, atendió pacientemente a todos los disparates que a mi compañero de cafeína se le ocurrieron con un libro de chino en la mano (y esto ya no tenía por qué haberlo hecho, así que ya me ha ganado como cliente). Y esto sí es algo bastante habitual en todos los bares regentados por chinos.

Esta anécdota que acabo de contar, por desgracia, es aplicable a casi todo tipo de comercio: los comerciantes chinos generalmente te atienden, te sonríen y te tratan con amabilidad, mientras que los comerciantes españoles muchas veces son ariscos y antipáticos. Visto así cómo vamos a extrañarnos de que aquellos tengan éxito en sus negocios mientras vemos como los que siempre nos han acompañado van cerrando poco a poco. Antes no quedaba más remedio que tragar, pues en todos lados era lo mismo, pero ya no es así. Ahora tenemos empresarios de ojos rasgados que por lo visto son bastante más avispados, al menos lo suficiente como para darse cuenta de que si alguien deja dinero en tu local no lo puedes tratar mal, regla básica que parecía habitar alguna especie de limbo hasta su llegada.

Hay bares en Pamplona a los que yo procuraba acercarme lo menos posible por la antipatía congénita de sus camareros, y a los que he empezado a ir al cambiar estos a manos orientales. Y si los locales “patrios” se van todos al garete, pues qué quieren que les diga, bien poco culpable me sentiré yo. Que sonrían y nos atiendan como es debido, y entonces acudiremos.

>Las sorpresas de la capi (2)

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Pues… si se ponen así de serios habrá que pedir un frapuchino ¿no? Cualquiera se atreve a pedir una cerveza por eso del calor; pero si esto también está frío. Lo único es que no creo que la montaña esa de nata que lleva por encima quite demasiado la sed, pero eso son tonterías sin importancia, no hay que ser tan quisquilloso.

Además nos regalan una pelota y todo. Para la playa. Menos mal que no se les ha ocurrido escribir que “frapuchino por cojones”, porque no quiero ni pensar en cuál sería el regalo. La verdad es que a mí esta publicidad agresivo chistosa dejó de hacerme gracia a los quince años, y no sé por qué pero no creo que ningún adolescente vaya a ir a una terraza a tomarse un café que cuesta lo que una coca-cola.

>La frase definitiva para ligar

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Todo el mundo se ríe cuando los hombres son zafios ligando y utilizan frases tan manidas como estúpidas, del tipo “no soy celoso” cuando una fémina les advierte de que tiene novio, o se acercan a su próxima víctima completamente borrachos y exhibiendo un discurso inarticulado cuya finalidad es, inexplicablemente, que ella quede embebida por tan interesante exposición. Todo el mundo, especialmente ellas, que luego lo cuentan como chascarrillos destinados a mostrar su superioridad moral sobre el sexo opuesto o algo así. Cuántas veces hemos oído decir a una mujer en un bar un fin de semana por la noche: ese tipo es un pesado, parece tonto, ¿no sé da cuenta de que no me interesa? Y repetirlo una y otra vez a sus amigas, y si aparece uno en ese momento pues también se lo cuentan (y claro, a saber cómo tomárselo), y recordarlo en varias conversaciones en las semanas sucesivas para vergüenza del pobre chaval si lo escuchara… y lo peor de todo es que demasiadas veces ellas tienen razón.

Pero se acabó, que ninguna vuelva a reírse de nuestras lamentables frases para ligar, porque ayer yo fui víctima de una verdaderamente demencial, y por supuesto me la soltó una chica. Estábamos en un local y nos acercamos a la barra a pedir unas copas. Mientras esperábamos para pedir, dos chicas aparecieron por detrás con intenciones de llegar al vendedor de los líquidos espiritosos antes de que nosotros pudiéramos hacerlo. Habíamos salido en grupo, sólo a divertirnos, sin intenciones de ligar esa noche, así que ante tal avasallamiento pudimos comportarnos con la libertad que eso permite (porque seamos serios, cuando uno sale a ligar ni por equivocación lleva la contraria a los deseos de una chica). Así pues, les informamos de que no había caminos rápidos para llegar a la barra y que deberían esperar a que nosotros nos hiciéramos con nuestras bebidas. No pareció esto convencerlas e insistieron en que como educados caballeros deberíamos dejarlas pasar (caballeros un sábado noche cuando cuando los efluvios del alcohol ya han comenzado a hacer su efecto, ¡por favor!). Sin embargo algo raro sucedía, pues ellas no hacían la más mínima insistencia por avanzar, sencillamente permanecían allí, hablándome (mi amigo ya se había escaqueado) y cada vez más preocupantemente cerca.

Y entonces llegó el momento, hasta el último de los pelos de mi brazo se erizó de terror al oír aquella proposición. Cuando consideró que ya estaba lo suficientemente cerca dijo, y esto lo recuerdo palabra por palabra, así que no hay ni un solo sonido de mi propia cosecha: “¿Quieres un trozo del pastel?” DIOOOOOOOOOS. No me digáis que no es para salir corriendo. Así lo hice yo, no había bebido lo suficiente para enfrentarme a semejante tipa.

No sé qué pasaría por su cerebro para hacer semejante proposición de semejante manera, pero quizá Galatea tenga razón al afirmar que cuando una chica es fea (un chico también, ojo), pues tiene que entrar a saco, porque si no, no ligaría jamás. Yo por mi parte, creo que lo superaré: mañana comienzo la terapia.