El Anacronópete

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ENRIQUE GASPAR, El Anacronópete

Me he visto arrastrado hacia esta lectura por mi inclinación hacia las historias de ciencia-ficción y mi deseo de saber en qué consistía la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo, anterior a la famosísima novela de Wells y, para colmo de sorpresas, escrita por un español, algo bastante poco común en este tipo de literatura, aunque los tiempos actuales parece que están tratando de poner solución a esto. Y la verdad es que no es de extrañar que La máquina del tiempo goce de enorme fama y tan perfecto estado de salud hoy en día, a pesar de no ser la novela inauguradora de tan fantástica idea aunque muchos crean lo contrario, y este Anacronópete haya pasado a mejor vida. Wells no sólo nos ofrecía una aventura más allá de lo que podríamos haber imaginado, sino que nos hacía reflexionar sobre la sociedad que estábamos creando y sobre la condición humana, con un planteamiento pesimista que sin embargo no empañaba la impresionante aventura. Enrique Gaspar, por su parte, si bien comienza con una escena en la Exposición Universal de París que nos sorprende en un autor español del momento, y que podría recordarnos más a la literatura de Jules Verne, se desinfla rápidamente al transitar caminos que, desde mi punto de vista, desperdician las posibilidades del magnífico comienzo que nos había planteado.

El sabio español don Sindulfo ha creado una máquina con la que se puede viajar a través del tiempo y del espacio, y la presenta ante la comunidad científica en la Exposición Universal de París, donde explica su casi mágico funcionamiento. Hasta aquí la cosa promete. Pero tras esto viene el primero de los tres errores que lastran una novela que, como mínimo, podría haber sido muy interesante si sus aspiraciones no buscaban sendas más elevadas. La primera ocurrencia para la que pretenden utilizar un aparato con tantas posibilidades es la de rejuvenecer. El sabio explica que, al viajar en el tiempo, todo lo que viaja en el tiempo queda sometido a su acción, por lo que si se viaja al futuro se envejecerá y si se viaja al pasado se rejuvenecerá. Para evitar eso, ha creado un fluido que impide los efectos del tiempo y que deben aplicarse los viajeros temporales. Así pues, si uno viaja al pasado sin aplicarse el fluido rejuvenecerá, y al aplicárselo para regresar al presente podrá volver sin envejecer de nuevo, y por lo tanto con la edad de su juventud. Y así lo hacen con un grupo de señoras mayores que, a fuer de ser sinceros, cumplen el mismo objetivo que las cada vez más comunes escenas en las que una mujer de buen ver enseña una teta en las series actuales: captar la atención del público masculino de la manera menos trabajosa y rápida posible, pues no duda tampoco en describir cómo al viajar en el tiempo y rejuvenecer, sus vestidos también se degradan y quedan desnudas al tiempo que tratan de ocultarse de la vista de sus compañeros varones de viaje.

El segundo error consiste en el viaje en sí, que se realiza al pasado y se narra con un aire de aventurilla sin capacidad para más. Aunque aceptemos como parte de la fantasía el hecho de que el invento sólo pueda viajar al pasado (cosa que no se nos asegura), el viaje en el tiempo resulta de lo más decepcionante, amén de plagado de lugares comunes (aunque no sé hasta qué punto lo serían entonces, dada la novedad de la idea). Asistimos a un episodio en la Batalla de Tetuán cuyo único objetivo parece ser el de exaltar el patriotismo. Después hacen una parada frente a Isabel la Católica para más de lo mismo. Tras eso llegan a la China en el siglo III, en busca de lo que creen es el secreto de la inmortalidad, donde tienen una escaramuza presentada de forma demasiado infantil. Tras eso, y siguiendo la pista del secreto de la inmortalidad, viajan al imperio romano, a Pompeya, en el momento exacto de la erupción del Vesubio. Y, por último, dan un último salto hasta el momento del diluvio universal, hundiendo de esa manera definitivamente cualquier ilusión que al lector pudiera quedarle de estar frente a una obra de ciencia ficción seria. Ya sólo les queda viajar un poco más atrás, hasta el comienzo del Génesis, para fundirse en el caos previo a la creación del mundo por parte de Dios. Un viaje hacia atrás en el tiempo, mezclado con las creencias religiosas (Wells fue mucho más inteligente con su máquina del tiempo), en busca del secreto de la inmortalidad. Y pudiendo utilizar el Anacronópete uno para rejuvenecer cuantas veces quiera, supongo que a nadie se le escapa que la premisa resulta de lo más ridícula.

El tercer error es uno que convierte la historia en poco más que una aventurilla infantil. Y es que, con la excusa del fluido que evita la corrupción y del que los viajeros están cubiertos, se salvan de las más imposibles situaciones una y otra vez, pues su estado no puede alterarse, y con esa tonta excusa asistimos a resurrecciones, gente que sale viva tras ser arrojada a volcanes y demás tonterías más propias de la imaginación infantil que otra cosa.

La novela, que había comenzado de manera muy interesante, recordándonos a Verne y sorprendiéndonos con una propuesta a la que en España estamos poco acostumbrados, se desinfla rápidamente al no saber dirigirla correctamente, más interesado su autor en mostrarnos escenarios exóticos y en hacer alarde de patriotismo y conocimientos históricos (con permiso de la muy poco acertada parte bíblica). Un detallado resumen de la época y sus entresijos precede a cada nueva aventura, aunque bien poco se aprovechan los datos que en él se nos dan, pues la situación no sirve en ningún caso para profundizar en el relato, sino tan sólo como marco de una aventurilla breve que termina ineludiblemente con una huida fantástica cuando las cosas se ponen difíciles. Tiene, eso sí, el honor de ser la primera novela que se saca una máquina del tiempo de la manga, y puede quedarnos eso como curiosidad, pero me temo que ahí terminan sus aciertos. Además, su estructura teatral en tres actos, que evidencia un deseo de llevar su historia a las tablas, tampoco le ayuda mucho.

Todo esto acompañado de un constante humor de chiste grueso e intención patriótica, que tampoco contribuye a mejorar el conjunto.

A El Anacronópete hay que tomarlo como lo que es: una rareza, no me atrevería a decir que una novela inaugural pues es más bien La máquina del tiempo la que cumple esa función, una pequeña joya por su singularidad dentro de la narrativa española, pero una novela de segunda fila (incluso de tercera o cuarta) condenada al olvido por no haber sabido aprovechar las inmensas posibilidades de un punto de partida cuyo potencial otros se encargaron de exprimir.

¡¡¡SPOILER!!!

Además, para colmo de males, todo lo leído previamente resulta ser un sueño de Antonio Resines.

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Deadpool, El arte de la guerra

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PETER DAVID, SCOTT KOBLISH, Deadpool, El arte de la guerra

Deadpool es divertido. Ya está, poco más hay que decir. Es cierto que es un antihéroe, no transmite ningún valor positivo y tiene conciencia de ser un personaje de cómic, pero todas esas historias sobre la ruptura de la cuarta pared me parecen un intento desesperado por darle una trascendencia que no tiene. Ni la necesita. ¿Acaso ser divertido es un objetivo insuficiente? Pues dentro de lo que es un universo, el de los superhéroes, plagado de tipos con disfraces de colores que se toman demasiado en serio a sí mismos, a mí me parece una grandísima virtud.

Hacer a un personaje con la desfachatez de Deadpool consciente de su origen ficticio me parece una genialidad. El mata sin parar pero sus asesinatos no tienen ninguna consecuencia, pues no olvidemos que mata a otros seres ficticios. Y la conciencia de que existe otro mundo aparte del suyo de papel lo convierte en un viajero interdimensional que maneja una información muy superior a aquella de la que disponen el resto de personajes, con unas consecuencias desternillantes. ¿De verdad hace falta intentar buscarle un enfoque serio y filosófico a un personaje con tales facultades para convertir cualquier situación en algo sin pies ni cabeza, alguien cuyo planteamiento está sin duda al servicio de la pura comedia?

Y esta historia nos lo demuestra una vez más. El asunto arranca de manera extremadamente seria, con una exposición de las enseñanzas de Sunzi, pero todo se va al traste con la aparición de Deadpool, a quien han contratado para vengarse del maestro chino, al que mata sin contemplaciones e ignorando todas esas virtudes que él estaba enseñando y que hacen temible a un guerrero. Tras lo cual Deadpool aparece en nuestro presente con el libro de El arte de la guerra, pues él no está sometido al tiempo del mundo real puesto que se mueve en la ficción, lo que permite que el mundo real no sea tampoco demasiado lógico. Él quiere vender su traducción del libro de Sunzi, y decide que para aumentar las ventas es necesaria una guerra en la Tierra, así que busca en Internet personajes de cómic que pudieran provocarla, y luego regresa con ellos a su mundo, ya representado como el mundo de los cómics. Creo que pueden hacerse una idea de lo descerebrado de la situación.

El caso es que toda la acción viene acompañada por una voz en off que es la traducción que Deadpool está haciendo de El arte de la guerra, con lo que vemos acompañar, durante toda nuestra lectura, las serias enseñanzas de Sunzi a las descerebradas situaciones que crea Deadpool.

Un personaje al servicio de la aventura y el humor, que no necesita (más bien necesita evitarlas) de sesudas segundas lecturas para ser maravillosamente disfrutable.

Mitos y leyendas de China

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CHEN LIANSHAN, Mitos y leyendas de China

A alguien debería caérsele la cara de vergüenza por haber perpetrado semejante engendro, y no sólo eso, alguien debería ser inmediatamente despedido (en concreto el traductor, Guo Hongkun), y otro más debería dimitir o ser también despedido en su defecto (me refiero, por suspuesto, al editor de este despropósito).

Quizá el original en chino de Chen Lianshan esté muy bien, pero no tengo manera de saberlo debido a la aniquilación total que ha sufrido a manos de sus editores en español, por lo que voy a referirme, en todo lo que diga a partir de ahora, exclusivamente a la traducción (lo de traducción es un decir).

El libro en cuestión habla de leyendas chinas, pero eso es lo de menos. Uno puede leérselo de la primera a la última página (cosa que, por supuesto, no he hecho, mi salud mental estaría demasiado comprometida) y entender tanto como si hubiera leído el original en chino (quizá en chino habría entendido más). No se trata de que la traducción sea mala, pues el nivel de desastre está a otro nivel. Se trata de que a duras penas puede considerarse que esta traducción esté escrita en español. Ya nada más empezar, antes de empezar con las leyendas en sí, nos encontramos con un maravilloso “Plólogo”. Sí, ya sé que suena a chiste por tratarse de una traducción del chino, pero eso es lo que pone no sólo en el encabezado de esa página, sino también en el índice. Seguramente ustedes estarán pensando que eso lo podía haber visto antes de comprar el libro, pero es que ni en mis peores pesadillas me podía haber imaginado cosa semejante. Y lo malo aún no ha empezado.

Tras ver el “plólogo” (y con el libro, por desgracia, ya pagado; para quienes estén pensando ahora mismo en devoluciones, los reto a que vengan a China y lo intenten alegando ante un dependiente que sólo habla chino que el texto es español no se entiende) y comprobar la repetición del error en el índice, cerciorándome de ese modo de que no se trataba de una errata, continúo leyendo dicho índice y maldito sea el momento. En él encuentro títulos de capítulos tan sugestivos como “Nüwa Remendar el Cielo”, “Nüwa Crear la Institución del Matrimonio”, “Fuxi y Nüwa: el Dios del Matrimonio y la Creadora Humano”, “Los Caos en la Era del Emperador Yandi”, “Yi Dispara los Soles” (no, no dispara ningún sol hacia el cielo, sino que dispara flechas a los soles, de diez que había sólo dejó uno), “Gun Domina las Aguas de Inundación” (y tampoco, no hay nadie llamado Inundación), “El emperador Yao Abdica el Trono”, “Recibiendo la Orden y Controlando las Aguas de Inundación”, “Teniendo Todos los Ríos Bajo su Control”, “Kuafu Cazar el Sol” o “Vaquero y Tejedora”. Un absoluto desastre gramatical y un festival de mayúsculas, y esto sólo en el índice. Pero aún hay más.

Porque tras ser consciente de esto hay que armarse de valor para leer el texto. Les transcribo a continuación el primer párrafo del “plólogo” de este volumen lleno de perlas, quizá el más inteligible de todo el libro: “La humanidad lleva la vida entre el azul cielo y la gran tierra, y usando su sabiduría e imaginación para explicar la vida y el mundo; La humanidad, durante el proceso de crear riqueza material, también crea una gran cantidad de la riqueza espiritual. Los mitos y leyendas han sido una riqueza espiritual más importante creada por la humanidad antigua”.

Ya les he avisado de que éste era el fragmento más inteligible del libro (no, no exagero), así que todo lo que van a ver venir a continuación será peor, hasta el punto de asistir a la formulación de frases con un punto esquizoide. Les voy a servir algunos ejemplos más, si alguno logra desentrañar su significado, por favor que me lo comunique (son todo frases completas, no hago trampa de ningún tipo): “De qué nuestro universo proviene?”, “Los antiguos chinos adoraron en la serpiente y el dragón aún más”, “Para hacer que la humanidad dura para siempre, ella creó el sistema de matrimonio”, “Un día, Huaxushi va a Leize den el este, es un lugar hermoso y de repente se ve una huella muy grande y curiosa, y pone uno de sus pies en ella para la diversión”, “No sólo los seres humanos son tocado por el Emperador Yao, sino que también impresionó a los dioses”, “Por último, Yi llegó en el bosque de morera en la llanura central, donde solía ser un lugar sagrado, pero fue ocupado por un jabalí gigante”, “Gun tira el suelo especial Xirang en la inundación creciente y ve que en lugar donde Xirang cae se aparece un pedazo de tierra, inmediatamente, se hace más grande y más alto y bloquea la inundación, obligando los ríos volver a los canales”… Y así podríamos continuar eternamente.

Díganme ustedes si esto es un libro que puede ponerse a la venta. Pero no contentos con hacerlo así de mal, a nuestros padecimientos añaden una descarada burla en el texto de gancho de la cubierta. “Este libro es rico en contenido, proporciona una escritura suave, agradable de leer”, dicen. Estoy convencido de que si lo someto al calor, en alguna parte encontraré escrito con tinta invisible: “idiota”.

Pero quien verdaderamente merece todas las críticas y desprecios es el “traductor” Guo Hongkun, un tipo del que hay que huir como de la peste, viendo los resultados de su “trabajo”, y que para colmo de males veo que tiene otras muchas “traducciones” en la misma editorial, China Intercontinental Press, de la que les recomiendo, por lo tanto, que jamás compren nada de nada. Otro más que posible desaguisado de Guo Hongkun en la misma editorial: La comida china.

Mención aparte merece la editora, Wang Feng (aunque juraría por el nombre que es un hombre), que es en última instancia la que ha permitido que esta desvergüenza viera la luz. Noventa y nueve yuanes que nadie me devolverá y, por supuesto, la confianza en cualquier editorial china totalmente aniquilada.

Una vida en China 3 – El tiempo del dinero

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del dinero

Con este tomo terminan la comiqueras memorias e Li Kunwu, y he de decir que lo que en los dos volúmenes anteriores se me había antojado un acierto, ahora se me presenta como el mayor defecto que arrastra la novela. Estoy hablando, por supuesto, de su ánimo por contarlo todo de manera testimonial, de su afán por mantenerse al margen, pues ahora semejante pretensión se vuelve falsa al silenciar determinadas características de la sociedad china actual, ofrecer excusas para no hablar de acontecimientos capitales y terminar con un alegato que de ningún modo puede estar en boca del narrador puramente objetivo que nos había vendido.

Las estructuras narrativas que habíamos visto en los dos primeros tomos desaparecen aquí para dar paso a una narración más abierta que no responde a los modelos anteriores. Ya no hay un fin de ciclo ni se nos remite a momentos anteriores que crean estructuras en anillo: la historia se nos presenta ahora como un continuo avanzar sin detenerse, que a fin de cuentas es la ilusión que planea sobre la sociedad china actual. La historia puede dividirse claramente en dos partes: una primera que cuenta los hechos acontecidos antes de la primera salida al extranjero, a París, del protagonista, que muestra una China en rápida evolución en la que los valores revolucionarios se han cambiado por la posibilidad de hacer negocio, y una segunda que se inicia al regreso de ese viaje y que muestra una sociedad china actual altamente competitiva pero situada en un limbo que sugiere que no ha llegado aún a su destino.

No hay ninguna recriminación formal que hacerle al cómic, su forma de contarnos la historia sigue siendo tan correcta y estimulante como en los dos tomos anteriores. El problema está en su manía de no tomar partido, no porque no lo tome, sino porque ahora así lo dice abiertamente, y sin embargo es mentira. Ahora habla de la apertura de China al mundo, pero ni una sola pincelada hay sobre la relación real de China con los extranjeros, sobre el racismo de tantos ciudadanos chinos alimentado por el gobierno chino… la presentación que se hace de la nueva situación no responde a la nueva situación, sino que permanece anclada en una visión revolucionaria de obediencia al partido y camaradería social, cuando esos ya no son los valores imperantes.

Además, todo lector de la obra espera encontrar aquí algo sobre la revuelta estudiantil de Tian’anmen, y no sólo no encuentra nada, sino que además el autor cae en justificaciones que contradicen otras partes de su obra. La excusa para no decir nada (ni una palabra) sobre Tian’anmen es que él no estuvo allí, estaba muy lejos en el interior de China y sólo le llegaron algunas noticias. “Lo poco que sabía de Tian’anmen lo escuchaba por la radio”, dice. Pero tampoco estuvo presente en la muerte de Mao y sí que explica cómo le llegó aquella noticia. Ésta no es menos importante, sólo más incómoda de contar. Tampoco estuvo presente cuando se conocieron sus padres y nos lo cuenta, ni estuvo presente en la formación y crecimiento de los negocios de sus amigos y conocidos y también nos lo cuenta. Utiliza también una llamada a evitar todo aquello malo para el progreso, muy en la línea de lo que exige el Partido Comunista Chino: “China, por encima de todo, necesita orden y estabilidad para su desarrollo. Lo demás, en mi opinión, es secundario”. Pero lo que más me escama es que de pasada, en el discurso para evitar mencionar este suceso, lo trata como un enfrentamiento y lo compara con otros sucedidos en la historia de China, entre los que cuenta la revolución cultural, como si pudiera establecerse el más leve parecido entre unos estudiantes que se levantaban para reclamar sus derechos y otros que lo hicieron para aplastar los derechos ajenos. Termina el alegato de la siguiente manera: “Me gustaría dejar este debate para las generaciones venideras”. Claro, para aquellas a las que les resultará ya demasiado lejano, y si alguien intenta reabrirlo le dirán eso de que no hay que remover el pasado. Enterrar las injusticias, en suma, para que no se hable de ellas. Una actitud bastante cobarde.

Por último está el gran discurso final, en el que se hace un rápido recorrido por toda la historia china, para mostrar cuánto se ha desarrollado, y terminar diciendo que aún tiene que avanzar mucho más, haciéndose así eco de ese sueño chino de que su país puede continuar desarrollándose sin parar, con el latiguillo de “aunque todavía no sea perfecto”, tantas veces escuchado en esta tierra para terminar con cualquier crítica que pueda hacerse hacia el país. Evidentemente, nada de objetivo tiene este discurso, resulta más bien una arenga que otra cosa.

En conclusión, un final que, a pesar de ser narrativamente tan bueno como lo que había venido antes, resulta más bien decepcionante, al convertirse en un discurso político encubierto que no sólo evita cualquier tipo de crítica, sino que defiende las políticas oficiales y que se introduce siempre en los momentos más emotivos para que sea asimilado sin más.

Una vida en China 2 – El tiempo del partido

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del partido

La historia de este segundo tomo de Una vida en China, abarca desde la muerte del Gran Timonel Mao, hasta que ya se adivina que Deng Xiaoping se hará cargo del Partido Comunista Chino, es decir, que termina justo en el momento en el que comenzará a forjarse la China actual. Eso en cuanto a la historia externa, porque en cuanto al tiempo narrativo interno, finaliza con otro fin de época personal de vital importancia para el protagonista. Durante todo el primer tomo vimos cómo se identificaba a Mao con el padre de la patria, y cómo se repetía a los niños la enseñanza de que el amor del padre no era tan grande como el amor de Mao, y cómo ese mantra repetido provocaba que toda una nación, incluido nuestro protagonista, se sintiera huérfana con la muerte de su héroe, padre y guía. Pues bien, este segundo tomo se cierra con la muerte del padre del protagonista, que ahora queda sólo ante su futuro, sin nadie que lo guíe, habrá llegado el momento de tomar sus propias decisiones. Había desaparecido la casi divina guía de Mao, y ahora ha desaparecido la guía paterna. Todo lo que lo unía al pasado ya no existe, por lo que a partir de ahora (ya veremos qué sucede en el tercer y último volumen) es cuando comienza la nueva China, no sólo históricamente (Deng Xiaoping está a punto de alcanzar la dirección del partido), sino también personalmente (ya no hay guías, ahora Li es el único timonel de su destino).

Pero he empezado por el final y no sólo final tiene este cómic. Si en la primera parte vimos cómo Li crecía y se educaba en la China revolucionaria, ahora veremos su carrera por intentar entrar en el Partido Comunista Chino. Para ello primero se hará soldado, no sin problemas en un principio, pues su abuelo era un terrateniente y por lo tanto enemigo de la revolución. Sin embargo convencerá al alistador de que es un buen dibujante, una habilidad muy útil para extender el mensaje revolucionario, que es uno de los deberes del ejército. De esa manera se convertirá en dibujante de propaganda para el Partido. Todo esto no será suficiente para entrar al Partido, por lo que pedirá que lo trasladen a un destino muy duro de trabajo por el pueblo, en donde deberá cultivar él solo unos campos para entregar toda la producción al ejército revolucionario. Cuando las cosas se caldeen de nuevo, será reclamado por el ejército para ayudarlos dibujando carteles de propaganda, con lo que, ya al final del tomo, conseguirá su entrada en el Partido.

En medio de todo esto, su padre estará en un campo de reeducación por el delito de haber sido un alto cargo durante la revolución cultural, y es precisamente la situación del padre la que hace que no podamos comprender cómo Li ama tanto al Partido y jamás flaquea en su dedicación a él, ni se cuestiona nada de lo que hace. Pero no sólo él, sino también el propio padre que, tras diez años en el campo de reeducación, asume que la culpa de su cautiverio fue de los enemigos de Mao, pero como el Partido ya los ha castigado, hay que olvidar todo el daño sufrido.

Y así continúa todo, sin una sola crítica a la situación, y eso es lo que escama. Se trata de una población que avanza por inercia, sin realizar jamás una crítica, eso ya lo sabíamos, pero la pasividad con la que lo relata el autor, reduce una serie de hechos que fueron provocados con toda la intención a meros errores del pasado. No hay un análisis de esos errores, ni una crítica que busque que no se repitan. Todo aquello sólo sucedió, era la época, y ya está. Eso es lo que echo en falta en esta por otro lado fabulosa narración: un poco de implicación por parte del narrador-autor, algo que pueda animar al lector a ponerse del lado del pueblo chino en sus anhelos, pues esa falta de autocrítica al final sólo produce indiferencia hacia cualquiera que sea la suerte que pueda correr.

Una vida en China 1 – El tiempo del padre

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del padre

Li Kunwu, que en su juventud pintó carteles de propaganda para el Partido Comunista Chino, nos cuenta en esta novela gráfica cómo fue su infancia y las circunstancias que la rodearon. Y lo cuenta de una manera puramente descriptiva, sin hacer ningún tipo de crítica contra el momento que le tocó vivir, ni tampoco ningún discurso para ensalzarlo. Sólo nos muestra cómo fue, con las cosas que le pasaban entonces por su cabeza, sin juzgar nada desde el presente.

Esto, que puede parecer una manera de tomar distancia frente a cualquier tipo de reivindicación, se convierte en estas páginas en la crítica más dura que podría hacerse de la historia china, por lo fuera de lugar que resulta todo cuanto aparece ante nuestros ojos a lo largo de la novela gráfica. Los personajes que aparecen en ella son revolucionarios convencidos, todos están del lado de la revolución y ninguna crítica se hace a su manera de pensar. Es más, podríamos creer incluso que se apoya esa manera de pensar, y no nos faltaría razón. Pero por desgracia parece que la revolución no está de su lado y tarde o temprano se vuelve contra ellos.

La historia comienza con lo que podríamos considerar un pequeño prólogo en el que vemos cómo se conocen los padres del protagonista. El padre es un joven mando revolucionario que se detiene en la aldea de la madre para dar un discurso de enardecimiento revolucionario, lo que él llama instruir al pueblo, y allí ve a una jovencita cuya mano pide. Lo primero que llama la atención al lector occidental es la relación entre la pareja, pues a pesar de que se les supone amor al uno por el otro, siempre se dirigen a su cónyuge como “camarada”, y su vida en común parece más basada en preceptos revolucionarios que en ningún tipo de intimidad.

Una de esas cosas que se muestran sin posicionarse ni a favor ni en contra es el adoctrinamiento que se lleva a cabo sobre la población, principalmente sobre los más pequeños, aunque no sólo. El tomo se divide en tres capítulos, y cada uno de ellos va precedido por una canción infantil de las que se cantaban en los colegios que no tienen desperdicio. Transcribo la primera de todas, pues creo que impresiona por lo terrorífico de inculcar una cosa así en una mente que se está formando:

La grandeza del cielo y de la tierra
no superan la grandeza de
la buena voluntad del Partido.
El amor de la madre y del padre
no supera el amor del presidente Mao.
La profundidad de los ríos y de los mares
no supera la profundidad
de la fraternidad de las clases.
Mil o diez mil cosas buenas
no igualan al socialismo.
El pensamiento de Mao Zedong
Es la joya de la revolución.
El que se opone a él,
ese es nuestro enemigo.

 

Además asistimos a la deificación de la figura de Mao, cuyas palabras hay que dar por ciertas sin cuestionárselas y no sólo eso, sino que el conocimiento de esas palabras se convierte en el único válido, el único que debe enseñarse. Ni que decir tiene que esto favorece la revolución cultural, pues a todos esos guardias rojos les enseñaron desde niños que las palabras de Mao eran la única guía válida, y se lo enseñaron precisamente sus profesores y mayores, los mismos que luego tuvieron que padecer esas enseñanzas.

Asistimos a cómo los chinos padecen una hambruna que no comprenden, pues su presidente les dice que están teniendo las mejores cosechas en años y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a un empobrecimiento del país que tampoco entienden, pues su presidente les dice que han superado en producción de acero a cualquier país del mundo y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a la incomprensible caída en la ignorancia del país, pues sólo se preocupan de las palabras de Mao que… evidentemente tienen que ser ciertas.

La historia de este primer tomo termina con el anuncio de la muerte del presidente Mao, y con la perspectiva de un pueblo que ha perdido a su guía, y sin el cual no puede seguir adelante. El tiempo de la revolución de Mao ha terminado, y se abre un nuevo comienzo aunque, claro, para una población educada en la deificación de su líder, del que seguro que creían que iba a guiarlos por toda la eternidad, el nuevo comienzo es muy difícil de ver y el tomo cierra con una gran cantidad de rostros sumidos en la desesperación que van a alejándose cada vez más, hasta quedar como una mancha de la que sólo distinguimos su lamento en el bocadillo del texto.

Tong Men-G

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SHI YANG SHI, Tong Men-G

No tengo demasiada afinidad con el teatro moderno, yo soy más bien clásico, aunque hay ocasiones en las que la propuesta llama la atención, y puede pasarse por alto eso de “moderno”. Este era uno de esos casos. Tong Men-G es un monólogo dramático en el que el actor de origen chino Shi Yang Shi cuenta la historia de su familia y la suya propia como inmigrantes en Italia, y pretende convertirla en reflejo de la inmigración china en el mundo, particularmente en Italia.

Al tratarse de una historia dramática con un solo actor la cosa podría haber sido bastante tediosa, pero no es el caso, puesto que Shi la adereza con buenas dosis de humor, incluso en los momentos más dramáticos. La historia del niño que pasa de ser el primero de la clase a un desubicado en la escuela por su desconocimiento de la lengua es contada casi como un chiste, la explicación de lo que significaban los pies de loto de oro de su abuela es representada con una cómica exageración, la situación de pobreza de un niño que debe dormir entre los ruidosos electrodomésticos de la cocina de un conocido es solventada con un humor que nos hace distanciarnos, e incluso a la única escena que llega a ser verdaderamente dramática, la muerte de siete chinos en un taller textil en Italia, es inmediatamente seguida por una discusión resuelta de forma bastante cómica. La única excepción a esto, a mi modo de ver, es la imitación que hace de su tío con síndrome de Down, que a pesar de ser evidente que no tiene ninguna malicia, entre otras cosas por su lazo familiar, llega al límite de poder resultar ofensiva por la excesiva insistencia que se hace en ella.

Por otro lado, había también elementos, de esos que resultan “muy modernos”, que no entendí muy bien a qué venían, qué papel tenían dentro de la representación. Por ejemplo, el gag con el que se abre la función, en el que un mayordomo vestido de rojo presenta una bandeja llena de bombones Ferrero Rocher y termina lanzando al público un enorme globo “disfrazado” de bombón gigantesco, escena que me pareció hecha simplemente por eso tan de moda de hacer que el público interactúe con la obra, pero continuando acto seguido con otra cosa totalmente diferente que en nada aprovechaba lo anterior. Es más, suponía una ruptura bastante brusca con el juego que acabábamos de presenciar.

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Aunque quizá, de entender en condiciones aquello que veía, me habría gustado más, todo debo reconocerlo. El único actor se desenvolvía con tremenda facilidad en chino y en italiano, pues en ambos idiomas discurría la obra, y yo me encontré con que en el teatro no había ninguna pantalla de subtítulos en inglés, por lo que pude comprobar al momento que aquella representación no estaba destinada a ningún extranjero de los que residen en Pekín que no hablara la lengua. Puede parecerles demasiada mi pretensión de la pantalla con los subtítulos, pero suele ser lo habitual en Pekín, tener una con subtítulos en chino cuando hay un espectáculo en inglés, en inglés cuando el espectáculo es en chino, o en ambos cuando no es en ninguno de los dos. Sin embargo allí no había nada, cosa que en principio no me preocupó en exceso, pues mal que bien un hispanohablante puede captar medianamente un discurso en italiano. La verdadera sorpresa llegó cuando escuché la increíble velocidad a la que el actor hablaba en italiano. Así que allí estuve, afinando el oído en su velocísimo italiano y rellenando los huecos con las palabras sueltas que podía captar en chino.

Al final no me fue tan mal, más o menos pude seguir el argumento, aunque espero poder ver la próxima de manera más relajada.