La gobernación y administración de China

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XI JINPING, La gobernación y administración de China

La verdad es que no ha habido grandes sorpresas en la lectura del libro de Xi Jinping: frases extraídas de los textos chinos cuya aplicación real a la política actual nunca llega a desarrollarse en ninguno de los discursos, una forma de etérea propia de quienes no tienen nada sólido que decir y un buenismo exagerado que presenta a China como un país que parece que jamás hubiera tenido ningún conflicto generado por él mismo y que lo convierte en adalid de la paz y en el amigo dispuesto a llevar al planeta al desarrollo. Un discurso, en definitiva, que funciona en China pero no en el exterior, donde tendemos a, de entrada, poner en duda cualquier cosa que salga de la boca de un político, y no a verlos como a maestros de los que hay que aprender, situación ésta más próxima a lo que sucede en China.

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En general todo en los discursos de Xi JInping son buenas palabras (y de atenernos a ellas, sería sin duda el mejor presidente del mundo, el más humano, el más preocupado por sus conciudadanos y el más atento y agradecido con los demás países), pero jamás baja al terreno de la práctica, todo es muy teórico y puede significar muchas cosas sin concretar nunca ninguna (y en comparación todos los partidos políticos en España concretan al máximo, desde el mentiroso PP hasta el muy difuso Podemos). Es como si un día entrara el jefe a la oficina y dijera: “Como sabéis, la situación en el mercado no es buena, pero nosotros somos una empresa fuerte y unida que nunca dará de lado a ninguno de sus miembros productivos, aunaremos esfuerzos para protegerlos a todos y tratar de mejorar siempre su situación. Por eso debemos esforzarnos ahora más que nunca, porque nuestro futuro es prometedor y debemos estar unidos para llegar a él todos juntos”. A partir de ahí, esto puede querer decir que todos van a ver reducidos su sueldo por el mejor funcionamiento de la empresa, o que habrá que hacer horas extras que nadie pagará, o que no se admitirán discrepancias con el jefe porque eso significa que no estás dispuesto a apoyar a tu familia empresarial, o que hay que asumir nuevas responsabilidades sin ningún tipo de nueva gratificación… Las posibilidades son inmensas, pero ese es el tipo de retórica que utiliza, no sólo Xi Jinping, sino los políticos chinos en su conjunto.

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No voy a ponerme a criticar su discurso, pues creo que no estoy de acuerdo con ninguno de sus puntos, pues todos ellos ocultan algo que no mencionan, y supondría criticar la política china en su conjunto. Les dejo algunos de ellos, tal como están expresados, para que sean ustedes mismos, si quieren, quienes decidan cuáles son esas partes que se ocultan tras cada uno.

El partido y sus miembros han sido elegidos por el pueblo y por lo tanto debe trabajar para el pueblo, haciendo siempre lo mejor para este. Deben enseñarse los valores del socialismo con peculiaridades chinas desde la infancia para que la persona no crezca desviada; de pequeños no los entienden, así que tendrán que memorizarlos, y conforme ganen en experiencia en la vida irán comprendiendo lo que habían memorizado de niños. China no crece apoyándose injustamente en otros países, sino junto con ellos, siguiendo un camino en el que todos juntos se desarrollan. Internet debe estar protegido, porque si la red no es segura la patria tampoco puede serlo. Los chinos deben seguir el camino de estudiar de manera patriótica en el extranjero, para luego llevar de vuelta esos conocimientos adquiridos a la patria. La parte continental de China (sic) y Taiwán deben trabajar unidos por el bien común de la nación china de la que todos forman parte.

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Pero lo más interesante del libro son las fotos de Xi Jinping que lo acompañan, pues a mi modo de ver dicen más que todos sus discursos juntos. Y de entre ellas, creo que las más interesantes son las primeras, las que se encuentran tras el sumario, las cuatro primeras, las que muestran a un Xi Jinping todavía joven.

La primera fotografía, en blanco y negro, muestra a un Xi Jinping muy joven, en 1972, con ropas sencillas y un bolso al hombro. Mira a la cámara como miran los jóvenes, con ganas de avanzar, y muestra una sonrisa auténtica que ya no vamos a poder volver a apreciar en todo el libro. No sólo parece un joven simpático, sino que dan ganas de confiar en él. Si este chico emprendiera cualquier tarea, de seguro muchos lo seguirían, casi puedo asegurar que yo lo seguiría, porque muestra la actitud de alguien convencido de su tarea y que anima a uno a trabajar con él. Su actitud es desenfadada y no se encuentra firme para salir bien en la foto, sino que parece algo improvisado, lo que aumenta la confianza en él y casi provoca ganas de conocerlo para ser su amigo. Es sin duda una imagen llena de posibilidades, mi favorita de todo el libro, la que muestra el momento en el que todavía todo está por llegar y el camino puede ser magnífico, con múltiples oportunidades para hacer demasiadas cosas (y se le adivina la energía para hacerlas) y capacidad para animar a la gente a unirse a él a su paso. No parece un futuro presidente, pero sí un presente con ganas de fabricarse un futuro. Es por eso que contrasta tanto con lo que vendrá después, unas fotos de un Xi Jinping ya adulto en las que no logro ver nada más allá que otro chino acomodado en una situación sostenida tan sólo por consignas, o en las actuales, donde ya sólo puedo ver fachada y la persona prometedora del principio se ha diluido por completo.

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Las fotos segunda y tercera, a pesar de ser ya fotos de estudio con un fin exhibitorio, muestran a alguien que todavía conserva una expresión sincera, ya más estudiada pero sincera. En la primera mira al infinito con un compañero de la universidad, también con ropa informal aunque ahora ya evidencia ser un uniforme, las manos con los dedos entrelazados en una actitud de reposo pero con un pie adelantado que muestra un calzado sencillo (todo en la vestimenta lo equipara al pueblo), mientras es arropado por su compañero, que le pone la mano en el hombro como protección y apoyo. Sin duda se trata de alguien que ya ha empezado a destacar, y él lo sabe, pero que parece prestarse a la composición fotográfica como un trámite, con la mente puesta en cosas más elevadas. Algo que sigue presente en la siguiente foto de orla, donde aparece perfectamente vestido y peinado (parece que ha ascendido), y donde aún puede apreciarse ese futuro prometedor en su mirada.

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Han pasado ya cuatro años desde la foto de orla en la siguiente imagen, que ya es en color, y esa mirada y esa media sonrisa que antes embaucaban por su sinceridad se han convertido en algo estudiado, los sueños de futuro parecen haberse cambiado por un trabajo concreto. Este joven ya está desempeñando un papel. Su ropa está perfectamente estudiada para parecer alguien importante, con su camisa clara, su corbata y su peinado perfecto, pero al mismo tiempo alguien de la comunidad, con su chaqueta de trabajo, muy similar a la que otro chico lleva a su espalda. Mientras una anciana le cuenta algo, él se inclina para así escucharla mejor mientras sonríe aprobatoriamente y mira al infinito como meditando las palabras de la anciana como debe hacer un cargo dirigente siempre que el pueblo comparte con él sus cuitas. Aún transmite ese deseo de trabajar, pero todo se ha vuelto demasiado estudiado, ya no es esa persona a la que uno seguiría sino el político en ciernes al que han enseñado cómo actuar.

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Tras esto llegan las fotos de un Xi adulto que parece ya satisfecho de sí mismo, ha perdido las ganas de buscar un futuro, y si las conserva ya no lo aparenta. Los ojos vivos de antes ya no lo parecen tanto. Aparenta ser un hombre de negocios al que las cosas le van bien y eso ya es suficiente: su actitud recuerda a la de quien lleva a cabo sus negocios (sean estos personales o políticos, poco importa), y se siente satisfecho cuando cumple con su agenda. En eso consiste su labor y eso es suficiente. Son tres fotos, las que siguen, que parecen hechas porque tocaba hacerlas, falsas en la actitud y falsas en la situación. En la primera de ellas se lo ve probablemente sobre una embarcación en un río navegable, con un fondo nada atractivo a sus espaldas, pero del que él parece sentirse orgulloso. En la segunda lo vemos azada al hombre yendo al campo, con unos cuantos campesinos tras él que lo siguen a distancia, haciendo de líder, pero su actitud es impostada, su ropa no es para nada adecuada para las labores del campo y resulta poco creíble que vaya a ponerse a trabajar al llegar al final del camino. Lo que se ve de forma mucho más exagerada en la tercera, en la que maneja una pala y no podemos dejar de observar algo raro tanto en él como en el otro hombre que también está en primer término en la foto. Se trata de sus zapatos negros limpísimos y su ropa impecablemente planchada, ni lo uno ni lo otro han pasado por las vicisitudes de un día de trabajo en el campo. Sólo están posando en una falsa actitud de trabajo, algo que jamás habría podido pensar viendo al joven de la primera foto del libro.

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Tras esto ya llegan las fotos del presidente o futuro presidente Xi, que podrían resumirse bajo el mismo epígrafe: actuación. Todo es impostado, nada es real, hasta el punto de ser todas iguales. En todas aparece haciendo lo que se supone que debe hacer. Ni sabemos ni podemos saber cómo es este hombre, pues no hay naturalidad en ninguno de sus actos. Tras ver estas fotos cobra más fuerza la idea de lo que pudo ser, pues ahora tenemos plena constancia de que nunca fue. El hombre ha llegado al nivel más alto al que podía haber llegado, pero el soñador que vislumbrábamos en las fotos de juventud parece haberse perdido para siempre. Nunca sabremos si Xi Jinping podría haber sido un buen presidente para su país (personalmente creo que es una de las peores cosas que le podría haber pasado a China) pero, al menos en un principio, sí que aparentaba que podía serlo. Aquel joven que daba la sensación de que iba a ir siempre hacia adelante, ha supuesto (y expreso sólo mi opinión personal) un enorme paso atrás para un país que alardea de una cultura milenaria que la mayoría de su población desconoce (porque repetir ritos y lugares comunes no es conocer la propia cultura) y que parece empeñado en no dejarla evolucionar.

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El Galeón de Manila

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DOLORS FOLCH, FERNANDO ZIALCITA, HAN QI, CARMEN YUSTE, Los orígenes de la civilización: El Galeón de Manila

El galeón de Manila son las actas de una conferencia celebrada en Shanghai en el 2013, y se compone de cuatro ensayos académicos centrado en la ruta que unió Méjico con las Filipinas y las transformaciones que produjo en los países que tomaron parte en ella.

Para la escritura de los ensayos se eligió a una persona de cada uno de los cuatro países que se vieron involucrados en la ruta del galéon: España (Dolors Folch), Filipinas (Fernando Zialcita), China (Han Qi) y Méjico (Carmen Yuste).

El ensayo de Dolors Folch, “El Galeón de Manila”, explica los detalles de la necesidad de esa ruta marítima que fue abierta hasta China por los españoles, y los motivos que propiciaron la posibilidad de comerciar con este lejano país, que encabezan la necesidad de plata en China como moneda de cambio, en un momento en el que el papel moneda del gigante asiático estaba muy devaluado y sus monedas resultaban muy grandes y pesadas en relación a su valor.

Fernando Zialcita, en “El Galeón de Manila: cuna de una cultura”, habla de la formación de Filipinas como país y de la consolidación de la identidad filipina, en el que me ha parecido el más flojo de los cuatro ensayos, pues da la sensación de estar más centrado en una suerte de nacionalismo que en el suceso histórico en sí. El abuso de palabras en tagalo (o supongo que en tagalo, aunque no puedo asegurarlo), rompe continuamente el ritmo de la lectura, haciendo decaer el interés.

Más interesante resultaba la descripción que hace Han Qi de la dinastía Ming en “La influencia del Galeón de Manila sobre la dinastía Ming”, en donde hace un bosquejo de los problemas que acuciaban a China cuando llegaron los españoles, y explica cómo vieron una posible salida a esos problemas económicos en la posibilidad de la obtención de plata a través del comercio con los españoles, posibilidad que no supieron administrar todo lo bien que deberían haberlo hecho. También apunta los planes de conquista de China por parte de los españoles, que nunca llegaron a realizarse.

El último ensayo, “Nueva España, el cabo americano del Galeón de Manila”, de Carmen Yuste, nos explica el desarrollo que supuso para Méjico la actividad comercial producida por el galeón, y la corrupción que también trajo consigo.

El punto en común que siempre aparece en los ensayos es la necesidad que China tenía de plata, y cómo esa necesidad hacía que el valor de la que llegaba de Méjico se multiplicara al llegar allí, haciendo que mercancías de gran calidad resultaran enormemente baratas.

Los pies vendados

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LI KUNWU, Los pies vendados

Lo interesante de Los pies vendados no es la manera en que cuenta la historia que cuenta, sino el simple hecho de imaginar que pudiera suceder algo así. Y no me refiero a la costumbre de romperles los pies a las niñas para vendárselos, que ya es de por sí algo salvaje (aunque salvajadas haya habido en todas las culturas y en algunas las siga habiendo), sino a que en tan corto espacio de tiempo pudieran sucederse en un mismo lugar tantos cambios, producidos no por el afán de desarrollo del país, sino por el de conquistar y mantener el poder.

Los pies vendados cuenta la historia de una niña campesina a la que le vendan los pies para que cuando crezca pueda encontrar un buen marido y salir así de la pobreza. Li Kunwu muestra una clara voluntad de que su novela gráfica sea leída fuera de las fronteras chinas, pues dedica gran parte de las viñetas a hacer entender al lector el porqué de esa costumbre. En primer lugar nos enfrenta a la niña, que no quiere que le venden los pies, pues ella quiere jugar, lo que nos hace sentir un enorme rechazo por la práctica, que consistía en romper los pies a las niñas y doblárselos sobre sí mismos al tiempo que se apretaban con fuerza con una venda para que se atrofiaran y no pudieran crecer (esto a grandes rasgos, pues si entramos en detalles la cosa se vuelve muy escabrosa). Tras esto nos muestra a la madre, que se debate entre no hacer pasar a su hija por esa tortura o intentar sacarla de la pobreza para darle un mejor futuro y, como lectores, no podemos sino entender sus motivos y sentir lástima por ella, por verse obligada a tomar esa decisión sólo por la posibilidad de que con ella su hija no esté condenada a la pobreza (pues no sólo se trata de que tenga que pagar por el proceso, sino que, si tiene éxito, su hija se casará con quien tenga una aceptable fortuna y dejará sola a la madre a su suerte, dado que según la tradición debe abandonar la casa de los padres y marcharse a la del marido, con lo que, aun consciente de la crueldad que supone, ella lo hace por amor a su hija, pues jamás podrá obtener nada de todo esto para su propia persona).

Tras vendarle los pies a la niña, se produce una elipsis en la que ya ha llegado a su edad casadera, y en la que, efectivamente, tiene una gran cantidad de pretendientes gracias a sus pequeños pies. Ahora, en una escena en un mercado que permite ver cómo era la vida de la época (y cómo es ahora, al menos en los barrios y mercados, pues sorprende ver lo poco que han cambiado ciertas cosas), asistimos a una serie de conversaciones entre hombres solteros deseosos de encontrar esposa en la que se nos pone al día sobre la importancia de que una mujer tenga los pies pequeños para ser una buena esposa, y se explica con bastantes detalles los tipos de mujeres según la forma, tamaño y flexibilidad de sus pies, haciendo comparaciones entre los pies de las mujeres de los distintos lugares de China, y explicando que los más preciados son los llamados “lotos de oro”. El nivel de fetichismo que alcanzan esas conversaciones deja estupefacto a cualquier lector occidental, pero son del todo necesarias para comprender por qué se nos cuenta la historia que se nos está contando y para que ésta no nos parezca una mera anécdota indigna de ser el centro de toda una novela.

Pero mientras se desarrolla toda esta escena más propia de unos lejanos tiempos medievales que de la primera mitad del siglo XX, aparece en escena el ejército revolucionario, que con ideas muy aceptables (hacer que unas tradiciones que repiten incesantemente esquemas que mantienen al pueblo en la pobreza desaparezcan) pero con métodos muy reprobables (hacerlas desaparecer por la fuerza y sin contar con el pueblo), anuncian la abolición de las costumbres imperiales, entre las que se cuenta el vendado de pies. Ninguna mujer podrá vendarse ya los pies y, las que ya lo hayan hecho, deberán quitarse inmediatamente las vendas, algo terrible para ellas, pues apenas pueden andar con sus pies rotos.

Mientras tanto la protagonista decide no quitarse las vendas y huye a su pueblo natal, donde será violada, a consecuencia de lo cual ya no podrá tener hijos, convirtiéndose así en una completa apestada en la sociedad china: marcada por las reprobables viejas costumbres, impura y sin poder dar descendencia a ningún hombre.

Años más tarde, ya una anciana, consigue entrar como niñera en casa de un cargo importante del nuevo gobierno, pero al llegar la revolución cultural, los guardias rojos, con su odio a todo lo que huela a pasado imperial, acusan a su empleador de estar dando cobijo a un elemento peligroso contrario a la revolución. De nuevo aquí se puede ver cómo Li Kunwu busca aproximarse al lector occidental, pues nada explica sobre la revolución cultural y los guardias rojos, sobradamente conocidos en occidente, a excepción de algunas escenas de estos en las calles para ponernos en situación, pero asistimos a una escena que a mí me produce terror. Cuando los guardias rojos entran en la casa a buscar a la protagonista lo hacen con enorme descaro ante quien se supone que debería ser su superior, pues su sola palabra acusatoria basta para conseguir la muerte de cualquiera, y se repite con insistencia la misma frase, muestra de que cualquier intento de diálogo o razonamiento está fuera de lugar, no hay cabida para los sentimientos dentro de esas personas que sólo siguen consignas: “Confiesa humildemente tu culpa” (cito de memoria, era algo así).

Sólo una cosa cabe achacarle a la novela gráfica, y es esa visión del individuo y del compromiso social tan bondadosa, que se aleja mucho de la realidad del país. Por lo demás esta historia de una mujer que tuvo que padecer todas las torturas del desarrollo chino y que, por ello, no pudo alcanzar ninguno de sus beneficios, es altamente recomendable y, por supuesto, muy interesante.

Las generalas de la familia Yang

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Hace una semana recibí unas entradas para ir a ver una ópera de Pekín. Evidentemente el espectáculo en sí me atraía, pero también me planteaba ciertas preocupaciones: un montón de personajes cantando en chino de una manera que en ocasiones ni los propios chinos pueden entender, al tiempo que me cuentan una historia de la que no voy a entender nada. Pero acepté.

La obra en cuestión era Las generalas de la familia Yang, y ni que decir tiene que inmediatamente me lancé a una labor de caza y captura del libreto a través de Internet, bien en español, bien en inglés, no me importaba eso demasiado, pero debía conseguirlo para poder disfrutar de lo que se me antojaba una oportunidad única. Sin embargo la labor fue infructuosa. Ni rastro del libreto por ningún lado. Y esto es extraño, o no tanto, puesto que China tiene una serie de elementos culturales que nos llaman mucho la atención a los extranjeros pero parece no saber explotarlos. Uno de estos llamativos elementos de la cultura china es su particular ópera, que permanece vetada para aquel que no domine el idioma. El gobierno chino debería abrir un portal en Internet con traducciones de los libretos para animar al público extranjero a asistir a los espectáculos, porque doy fe de que es un espectáculo. De esta manera no solo atraería a un mayor público de todo el mundo a una representación artística que a menudo vemos como un fósil de interés solo arqueológico, sino que llevaría por el globo una serie de historias que permanecen en el más absoluto desconocimiento, y que a los occidentales, con nuestra pasión por que nos cuenten aventuras exóticas y fantásticas, siempre nos han atraído.

Ante la imposibilidad de hacerme con el libreto, decidí buscar algún resumen del argumento o de la historia a la que la ópera hace referencia. Eso sí que fue más sencillo de encontrar, pero me proporcionó tan sólo una visión general de la obra (sobre una familia que ha perdido a todos sus varones y son las mujeres quienes deben encargarse de la defensa de la frontera), y en modo alguno la posibilidad de entender qué sucedía en cada momento.

Así que me presenté en el teatro sumido en la más profunda ignorancia y sin saber muy bien a qué iba a enfrentarme, eso sí, dispuesto a aceptarlo desde la inocencia, sin ideas preconcebidas. Y lo que empezó a desfilar ante mi vista captó mi atención desde un primer momento.

Lo primero en lo que un extranjero se fija al asistir a un espectáculo así es en el vestuario y en el maquillaje. Si bien ya estamos acostumbrados a ver vestimentas exageradas debido al teatro, al cine y a nuestra propia ópera occidental, el maquillaje escapa a nuestra concepción. En nuestra mentalidad la finalidad del maquillaje es perfeccionar la caracterización del personaje, haciendo que parezca una muñequita si es una princesa, dándole al actor el peor aspecto posible si es un pordiosero o realzando sus facciones para que causen un efecto diabólico si es el malo de la obra. Pero aquí no, aquí es diferente: el maquillaje busca igualar a los personajes y eliminar al actor. Si una actriz hace de dama principal, esa dama principal debe ser igual a todas las damas principales de todas las demás obras sin que sus facciones estropeen la ilusión. Y lo mismo con el resto de personajes, incluyendo los masculinos, que llevan sobre el rostro auténticas máscaras de maquillaje de vivísimos colores que destacan sobre una base del todo blanca, rematadas por larguísimas barbas postizas de colores. Ya pueden imaginar la cantidad ingente de material que hace falta para esto.

Pero lo llamativo del maquillaje no hace desmerecer el vestuario, que si bien puede darnos sensación de sencillez después de los exagerados límites a los que llegó en la ópera europea, resulta de una belleza embriagadora. Mención aparte merecen las mangas de los vestidos de los personajes femeninos y el uso que hacen de estas. Las actrices acostumbran a entrar en escena con las mangas plegadas en perfectos cuadrados blancos sobre sus manos y, de pronto, dejan caer los brazos haciendo que las mangas se desplieguen y lleguen hasta el suelo mientras continúan con su recitación y, sin detener la escena en ningún momento, con tres suaves golpecitos en el aire de su mano, y sin utilizar para nada la otra mano, la manga vuelve a quedar recogida y perfectamente doblada. Uno ve esto y no puede sino pensar: “Y a mí me cuesta horrores doblar una camisa”.

Lo que me lleva a hablar de los movimientos tan característicos de los actores sobre el escenario, siempre breves, coordinados a la perfección con los del resto de actores y al ritmo de la música, fruto de una ensayada y perfecta coreografía. En ocasiones su unión con la música resulta de lo más fluido y estilizado, y en otras casi cómico, como cuando mueven por un largo espacio de tiempo las manos frente al público al compás de lo que suena como una gigantesca y estridente pandereta (no vemos los instrumentos en ningún momento durante la representación, y esto es una pena, pues la visión de esos instrumentos musicales tradicionales chinos sería un impresionante añadido a la magia).

Pero la música no nos encandila tanto como la puesta en escena, sencilla, tan solo unos cuantos velos con el mobiliario indispensable, pero muy eficiente; nuestro oído, acostumbrado a melodías que fluyen de una manera más natural, no es capaz de apreciarla muy bien. En un momento dado incluso llegué a preguntar si las diferentes óperas compartían música, pues la que estaba escuchando y otras que en ocasiones he podido oír en la calle eran tremendamente similares. La respuesta, obvia a pesar de la pregunta, fue que por supuesto que no. Las óperas comparten un determinado estilo musical, pero contienen variaciones que al parecer escapan a nuestro oído, o escapaban al mío, menos experimentado y más duro para los matices. Y lo mismo sucede con las voces de los cantantes: aunque el objetivo parece ser el de unificar una voz para un tipo de personajes, siempre hay variaciones entre los cantantes. Esto último pude comprenderlo mejor, pues supongo que se tratará de las mismas diferencias que existen entre las voces de dos tenores o dos sopranos, siempre salvando las distancias, pues lo que aquí se equiparan son las voces de dos ancianas, o dos héroes, o el tipo de personaje que toque en cada momento. Algo así como lo que ya experimentamos nosotros en nuestra comedia áurea.

Por último, he de confesar que, dado que no podía seguir el argumento de la obra, y todo lo que podía apreciar ya se había presentado ante mis ojos y oídos (y algo tuvo que ver el sueño que ya me iba venciendo, lo reconozco, aunque, eso sí, por motivos totalmente ajenos a la representación), abandoné el recinto en el descanso, no sin lamentarme una vez más por no haber podido conseguir el libreto de un espectáculo que, con el tratamiento que se merece para su exportación, podría conquistar escenarios en lugares muy alejados de China.

Crónicas asiáticas (8) Inspeccionando

El mundo cambia a gran velocidad, eso dicen, y ahora compruebo que es cierto, al menos en lo que respecta al mío. Aunque en realidad no es tanto el cambio, pues lo que observé me dejó un sabor agridulce (me pregunto qué sentido tendrá la frase que acabo de escribir en este país en el que tento abunda el “cùtáng” en las comidas).

El caso es que si el otro día expliqué que había visto la imposible imagen de un policía poniendo una multa, en este caso he asistido a la aún más inverosímil escena de un tipo realizando ¡una inspección de sanidad! Y veo que, al igual que lo hice en la anterior ocasión, tendré que ponerlos en antecedentes para que puedan comprenderlo. Aquí los restaurantes acostumbran muchas veces a ser cuartuchos en los que con suerte hay un aire acondicionado tipo “here lies Walt Disney” (esto es, un pie de unos dos metros de altura con una rejilla en su parte superior) y que acumula, sin que nadie lo limpie, la grasa de las últimas cinco mil comidas que han pasado por ahí, mesas más pegajosas de lo que nos gustaría, sin salidas de emergencia y con cocinas y baños que mejor no visitar si pretendemos comer ese día (aunque esto último se extiende también a muchas casas particulares). Los mercados son lugares en los que la carne se expone sin refrigeración de ningún tipo mientras el carnicero le espanta las moscas con la mano y otro tanto el pescado, que de vez en cuando sí que recibe un manguerazo para “mantenerlo fresco”, mientras que los puestos de frutas y verduras van arrojando sin piedad al suelo todo aquello que se va poniendo malo, creando unos charcos en los pasillos que a veces llegan a ser nauseabundos y con los uqe cohabitan vendedores, compradores y el resto de la mercancía. Eso cuando no se aprovecha cualquier puente de los muchos que hay en Pekín para extender bajo él, en el suelo, las hortalizas, y vendérselas a los viandantes o a los coches y bicicletas que paran en la calzada, a la altura del improvisado puesto, para comprar esos productos macerados por el humo de los tubos de escape que se acumulan en el interior del túnel.

Así que ya me contarán dónde, en medio de todo esto, cuadra una inspección de sanidad. Pero la inspección fue en una cafetería de Beijing nanzhan, y éstas al menos sí que guardan las formas.

La cosa es que entraron al local varios trabajadores de la estación uniformados y, tras ellos, un tipo con una libreta en la mano que se quedó mirando dos aparatos portátiles de aire acondicionado que había en la entrada: no, esta vez no era tipo Walt Disney, se trataba de unos aparatos sin instalación que en España no habrían pasado ninguna inspección pero que estaban limpios y cumplían con su cometido, así que perfecto. Pero entonces fue cuando el inspector señaló un tubo (un poco feo, pero nada más) que pasaba sobre mi cabeza y que era el encargado de hacer que los cables de la luz subieran hasta unas lámparas que colgaban del techo. Aquello tenían que arreglarlo, que daba muy mala imagen. Yo no salía de mi asombro. ¿Han leído lo que he escrito antes sobre las condiciones higiénicas de algunos lugares? ¿Y aquí les molestaba que un tubo fuera feo? Luego se marchó sin más.

Pero ya dije antes que en la China no hay control. La inspección la recibieron porque estaban en la más moderna estación de tren de Pekín y quieren dar imagen con ella, y porque era una cafetería perteneciente a una cadena. Porque si lo que quieren es sanidad que se pasen un día por mi anterior barrio (lo tienen bien cerca) donde encontrarán puestos de comida en la calle a todas horas, algunos de los cuales la esconden debajo de los coches aparcados, restaurantes que cocinan en la calle porque no tienen cocina, montañas de desperdicios de la gente que come, salas de juego (¡¡¡3!!!) en un país en el que el juego es ilegal, aceite negro de tantísimas veces como ha sido reutilizado, chatarreros rebuscando en las basuras y dejándolo todo después como un estercolero… Y todo esto ¡alrededor de una comisaría! Y todos ellos sin licencia de ningún tipo pero, claro, nadie tiene ganas de controlarlo.

Crónicas asiáticas (7) La bicicleta de Pekín

Hoy mis ojos se han detenido sobre algo que de tan improbable en este extraño país rallaba en lo imposible: un policía multaba a una de esas bicicletas con motor eléctrico que tanto (tantísimo) abundan por aquí. Lo extraño del caso no radica en que se multe a una bicicleta, sino en la multa en sí misma. Estaba ya convencido de que el sistema chino no recurría a esta antipática pero necesaria fórmula para poner orden en el imposible tráfico del país.

Por la posición en que la bici estaba detenida, juraría que la infracción cometida había sido circular en sentido contrario por la carretera. Tras leer esto, ustedes estarán pensando que sí, que a una bici que va por ahí cruzándose entre coches que van directos hacia ella es lógico que la multen, pero si en realidad opinan eso es porque todavía no pisaron esta tierra. Aquí las bicis circulan por los muy amplios carriles bici, por la calzada, por las aceras, en un sentido o en el otro, sorteándose unas a otras, haciendo complicadísimos zigzags entre los coches, sin parar jamás ante un semáforo esté del color que esté, no digamos ya ante un peatón, con una, dos o tres personas sobre ellas, con cargas con las que dudaría en martirizar a un coche familiar, con bultos bajo el brazo o cruzados sobre las piernas sin importar su longitud, lo que hace que algunas ocupen el mismo ancho de carretera que ocuparía un autobús (he visto alguna transportar una puerta en estas condiciones). Pero nunca había visto que se multara a ninguna por estas actuaciones, y esto me ha sorprendido agradablemente, porque si existe un país que necesita un buen reparto de multas para escarmentar a los conductores, sin lugar a dudas es este.

Aunque mi alegría no ha durado demasiado, pues enseguida me he fijado en la expresión del multado y me he dado cuenta de que la multa en cuestión era un simple desperdicio de papel, pues su importe jamás iba a ser abonado. El policía rellenaba su libretita con esmero mientras el otro sujeto, al que le calculaba unos veinte años, lo miraba con una media sonrisa en la que el primero no se fijaba o no parecía fijarse o quizá sólo simulaba no hacerlo, sabedor él, mejor que yo, de lo que suele ocurrir en estos casos, en la que se reflejaba, mejor que en una oración perfectamente construida, su escasa, o más bien nula, intención de pagar.

¿Qué se puede hacer, pues, para imponer el orden en un país cuya población sólo entiende el lenguaje del dinero, pero tan dada a la estafa y el pillaje que cualquier actuación en ese sentido resulta inútil? La respuesta es tan evidente como desagradable: todo pasa por el control de la población. Pero no nos engañemos: tal control no existe en la China como algunos medios pretenden. Es más, la población española o de cualquier país europeo está más controlada que la china, pero eso mejor lo dejo para otro momento, porque he visto poner una multa en la China y eso abre un rayo de esperanza con respecto al riesgo que supone en un lugar como éste el solo hecho de cruzar la calle.

Crónicas asiáticas (6) Shijiazhuang (1)

Shijiazhuang es considerada como la ciudad más contaminada de la China, lo que podría equivaler a decir del mundo. Las calles allí no son un lugar agradable, ni tan siquiera aconsejable para pasear. En ocasiones las aceras se vuelven tan estrechas que resultan impracticables, muchas veces con una fila de árboles justo en su centro que lo obligan a uno a caminar como si se encontrara en la fase de mayor afectación de una terrible borrachera, o bien invadidas por los escombros de edificios a sus lados y que parece que jamás vayan a retirarse, las más de las veces con tapas de alcantarillado levantadas o en tan precario equilibrio que resulta del todo desaconsejable poner el pie sobre ellas, o con baldosas levantadas, hundidas o ausentes. Todo eso cuando nuestro camino no lo conforma una especie de sendero horadado en la tierra. A esto, además, hay que añadir el terrible tráfico de la China en general y del pueblo de las casas de piedra en particular. Porque si bien es cierto que en todo el país se conduce se conduce bastante mal, aquí se hace peor que, por ejemplo, en Beijing. Y es que coches, autobuses, taxis, bicis, motos y una larga serie de aparatos que no sé ni cómo llamar, circulan por las calles como un enjambre de abejas, sin chocar entre sí (las más de las veces) pero sin ningún tipo de orden (otro día se lo explico). En muchas ocasiones, por si eso fuera poco, los coches aparcan sobre las aceras, o bicis y motos las utilizan para circular, o éstas se transforman en descomunales aparcamientos para bicicletas.

Así que, como ven, las calles de Shijiazhuang no están pensadas para el esparcimiento de sus ciudadanos. Entonces… los habitantes de esta ciudad… ¿jamás salen a la calle? La cosa no es exactamente así. La ciudad está sembrada de parques a los que sólo las personas a pie tienen acceso. Aunque siempre se plantea el problema de tener que llegar hasta ellos. Y el mayor punto de ocio para los jóvenes parecen ser los centros comerciales, todos en el centro de la ciudad y todos eternamente llenos.

Pero el ocio también se desarrolla en la calle. La gente juega en las aceras, bien en el suelo o bien en pequeñas mesitas que apenas levantan medio metro, sobre todo al majiang y al ajedrez chino, por lo general a la sombra de un árbol que a mi modo de ver protege del calor poco o nada, créanme.

Así que encontramos aquí sólo dos tipos de ocio: gastar dinero en los centros comerciales u ocupar el tiempo sin gastarlo paseando o jugando en las calles o los parques. No esperemos dar aquí con cafetería o bares como estamos acostumbrados, pues los chinos no parecen tener excesivo gusto por beber en compañía, al menos no si esa bebida no está acompañada por una buena comida, lo que provoca una superpoblación de restaurantes por todas partes, que parecen funcionar sin descanso haciendo caso omiso de los horarios de las comidas, siempre con gente sentada en sus mesas; o meros puestos de comida en los que se compra algo y se come mientras se camina por la calle, o en pie o sentado en una acera por lo general llena de polvo, o barro o cosas peores que no merece la pena enumerar.

Pero si buscan un poco sí que podrán encontrar cafeterías, algunas hay, pensadas sobre todo para americanos y europeos. Aunque en ellas no podrán continuar con los precios medianamente bajos de los restaurantes y otros lugares de ocio, pues un café tiene un precio medio de unos 25 yuanes algo que se hace caro también para nuestros bolsillos. Así que aquí los McDonalds y KFC se convierten a su vez en cafeterías, donde puede observarse a los chinos pedir casi cualquier tipo de bebida excepto café.

Shijiazhuang (y toda la China en realidad) parece un lugar pensado para comer, perfecto si se quiere ir de restaurante en restaurante probando todo tipo de platos y mejor aún si se tiene un estómago capaz de resistir el picante en grandes dosis, o para disfrutar de sus parques, pero poco aconsejable si sólo se quiere disfrutas de un café, unas cervezas o bebida en general, o bien recorrerla a pie como buenos turistas.