Desde la sombra

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Desde la sombra

No se hacen una idea de lo que daría por poder ver a través de un agujerito lo que esconde la cabeza de Juan José Millás, porque sus protagonistas, incluso cuando él mismo es el protagonista en sus columnas, parecen tener siempre algún tipo de problema mental, o como mínimo alguna rareza. La historia se repite en Desde la sombra, la historia de un tipo algo retraído (muy retraído, en realidad) que, tras ser despedido de su trabajo, roba un pisacorbatas en un mercadillo y, al ser sorprendido por la policía, se esconde en el interior de un armario que será trasladado, con él en su interior, al domicilio de sus compradores.

Si están pensando que la historia no tiene ni pies ni cabeza, están en lo cierto: no los tiene. Y sin embargo resulta verosímil. Si están pensando que resulta imposible identificarse con semejante personaje, también están en lo cierto: pero luego resulta que a uno no le cuesta gran esfuerzo entenderlo e incluso verse algo reflejado. El planteamiento es descerebrado, pero más aún su continuidad. Pues al verse atrapado por el azar en casa de unos extraños, lo lógico habría sido buscar la manera de escapar. Pero no, lo que nuestro protagonista, Damián Lobo, hace, es quedarse a vivir en la casa, como un fantasma, en el hueco de un armario empotrado del que sólo sale cuando la familia sale y deja la casa vacía.

Pero… ¿por qué Damián prefiere quedarse allí, como un fantasma, en lugar de regresar a su existencia normal? Porque no siente ningún interés por esa existencia. Damián es una de esas personas que nunca se han sentido incluidas en la sociedad, y encontrar la manera de vivir una vida en la que casi parece no existir es una bendición para él. Hasta ahora había vivido recluido en la soledad que le proporcionaba su trabajo, pero, al perderlo, tiene que enfrentarse al mundo para buscar uno nuevo, y eso parece ser más de lo que puede soportar. Incluso parece incapaz de establecer relaciones normales con otras personas, lo que ha hecho que los amigos imaginarios de la infancia lo hayan acompañado hasta la edad adulta. Todo lo que le sucede se lo cuenta a un ficticio presentador de televisión llamado Sergio O’Kane que, con el estilo de las parodias de los presentadores americanos de los sesenta, consigue grandes datos de audiencias imaginarias con cada entrevista que realiza a Damián. De este modo, Damián consigue no sólo tener alguien con quien comunicarse, sino también satisfacer su necesidad de atención gracias a la fama que adquiere ante la ficticia audiencia.

Pero poco a poco Damián va perdiendo el control sobre los personajes creados por su imaginación, al tiempo que gana lo que él considera fama en el mundo real. Claro que ese mundo real no es sino Internet, ese espejo que nos ofrece una imagen distorsionada del mundo que muchos confunden con la real (no de otro modo se entiende que tanta gente se sorprendiera de que Trump ganara las elecciones de los Estados Unidos, o de que Podemos no sólo no ganara fuerza, sino que incluso la perdiera en las segundas elecciones generales a las que se presentó). Y ese es el gran error de Damián: conceder carta de realidad a lo que sucede en Internet, creer que eso es más real que lo que sucede en su propia cabeza sólo por estar fuera de ella. Mientras prestaba atención a sus propias fantasías, era consciente de qué era lo real y qué no lo era. A pesar de que aquella fama ficticia satisfacía su necesidad de atención, sabía que era una fama inventada. Pero cuando comienza a escribir en un foro de Internet y todo el mundo comienza a hablar de él, y su pseudónimo salta de la red a la radio y la televisión, Damián siente que la atención que se le presta es real, que de verdad se ha hecho famoso, sensación que crece por la existencia de fantasma que ha decidido llevar en esa casa que no es la suya. Y realmente empieza a creerse un fantasma (incluso su pseudónimo es el Mayordomo Fantasma) y a perder todo contacto con la realidad, lo que lo llevará al desenlace de la novela, que no voy a revelar.

A pesar de las rarezas de Damián, de toda esa cobertura que lo aleja de nosotros, cualquier lector que se haya adentrado en el mundo de las redes sociales, los foros y demás laberintos de Internet, puede sentirse identificado con esa falta de conexión con la realidad (a no ser uno muy tonto). En muy pocos años las redes sociales se han convertido en nuestro día a día (para algunos aún muy jóvenes lo han sido siempre) y tendemos a creer que lo que sucede ahí dentro es la realidad, cuando la realidad es algo muy diferente. Cuando nos movemos en el mundo estamos obligados, queramos o no, a relacionarnos con todo aquel que se cruza en nuestro camino, nos caiga bien, nos resulte indiferente o nos de asco. Esto no sucede en Internet, donde bloqueamos todo aquello que no nos gusta, creando microcosmos en los que todo lo que existe nos da la razón. Así, por seguir con el ejemplo de las elecciones de los Estados Unidos, aquellos que detestaban a Trump estaban convencidos de que Hillary Clinton iba a salir vencedora, y aquellos que la aborrecían a ella lo estaban de que Donald Trump sería el vencedor (al final parece que fueron estos últimos los que se llevaron el gato al agua). Pero ninguno de los dos bandos parecía darse cuenta de que existía otro al que jamás veían en Internet porque lo tenían completamente bloqueado, y ese mundo que permanece bloqueado en nuestros dispositivos, y que a menudo es mucho mayor que aquel en el que nosotros nos movemos, también existe, hay que tenerlo en cuenta. Incluso existe otro, todavía mucho mayor, aunque con los años se irá reduciendo, que ni siquiera existe en Internet. Gente demasiado mayor para engancharse a las nuevas tecnologías, otros a lo que sencillamente no les gustan, otros de zonas rurales o remotas en las que no tienen demasiada importancia, o algunos que sencillamente prefieren el mundo real.

Yo, por mi parte, cuando veo una página que no me agrada, trato de prestarle también atención: salir, aunque sólo sea de tanto en tanto, de mi propia burbuja en Internet, para no verme digerido por ella. Incluso a veces me armo de valor e intento discutir (en el sentido de discrepar, por favor, no en el de pelear) con la gente que la administra o visita, lo que no siempre me ha ido demasiado bien, pero que a uno le den siempre la razón también llega a aburrir. Y les recomiendo probarlo, pues si bien algunas veces sale uno escaldado, otras aparece gente que, paciente y razonadamente, le hace a uno replantearse algunas cosas. Y replantearse las cosas siempre es bueno.

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Citas

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No puede haber nada peor para nuestra sociedad que la creencia de que los ricos pueden infringir las leyes a cuyo cumplimiento se obliga en cambio a los pobres. Una vez que trasciende que un miembro de una importante institución social puede saltarse la ley sin que ello vaya en detrimento de su pertenencia a la misma, dicha institución cae en descrédito.

REBECCA WEST, El significado de la traición

Los propios dioses

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ISAAC ASIMOV, Los propios dioses

Un científico descubre que uno de los elementos de su laboratorio ha cambiado y ha comenzado a emitir radiación. Alguien desde otro universo ha realizado la proeza y enseñará a los humanos cómo construir una máquina a la que llamarán la bomba de electrones, que permitirá la transferencia de materia entre los dos universos y, con ella, energía ilimitada y sin coste para ambos. ¿Sin coste? Bueno, no tanto, pues se cree que la continua transferencia de energía hará explotar el sol y destruirá el Sistema Solar. Algo que está en los planes de los seres del otro universo, que esperan que eso suceda para poder recoger así cuanta energía les plazca.

Este es a muy grandes rasgos el argumento de Los propios dioses, una novela que bien podría ser entendida como una trilogía de tres relatos extensos, o tres novelitas cortas, pues está dividida en tres partes que, si bien dependen unas de otras para entender el sentido global de la historia, cada una de ellas tiene entidad propia.

En la primera parte asistimos a la construcción de la bomba y al posterior descubrimiento de sus peligros, contra los que nadie parece dispuesto a hacer nada. Hallam, un científico mediocre, ha conseguido ser reconocido como inventor del artefacto que ha liberado a la humanidad de su dependencia energética, y no está dispuesto a soltar la gallina de los huevos de oro. Acallará cualquier voz que quiera advertir sobre los peligros de la bomba en su beneficio personal. Al mismo tiempo la humanidad tampoco está dispuesta a escuchar las advertencias sobre dichos peligros, pues viven demasiado bien con la energía que les proporciona la bomba. Las relaciones con nuestro estado actual de cosas son evidentes. Cualquier político o gran empresario podría equipararse con facilidad a Hallam, del mismo modo que todos nosotros, ciegos deliberados ante nuestro actual problema climático, no somos muy diferentes de la humanidad que muestra la novela. Ojalá lo fuéramos. En la novela hay un final feliz por los descubrimientos de un solo hombre. La pregunta es: ¿tendremos nosotros la inmensa fortuna de que alguien comprometido dé con la perfecta solución que nos salve del mundo al que nos encaminamos y que al mismo tiempo satisfaga a quienes quieren ganar dinero y producir sin parar? Temo que las cosas no son tan sencillas en el mundo real como en la ficción.

La segunda parte transcurre en el universo paralelo. En él existen dos tipos de seres, los seres duros (una especie de casta científica) y los seres blandos, y los seres blandos se subdividen a su vez en racionales, emocionales y paternales, que serían algo así como los tres sexos de la especie. Estos tres tipos suelen conformar una suerte de matrimonio llamado tríade, del que a su vez nacerán otros tres como ellos, cada uno de un tipo. La historia se centra en un tríade algo particular, formado por Odeen (uno), Dua (dos) y Tritt (tres). Su mundo se está apagando, y los seres duros, ayudados por sus discípulos, los racionales, no dudan en enseñar a unos seres de otro mundo a montar un dispositivo para intercambiar materia entre ambos universos, con el objetivo final de que la máquina haga estallar el sol del otro universo para poder así obtener ellos toda la energía que se les antoje. La actitud de los seres duros no es muy diferente de la de las grandes corporaciones que tan sólo piensan en sus beneficios y jamás en los lugares o personas con las que tengan que acabar para conseguirlo. Cada cierto tiempo vemos en las noticias como una empresa explota a sus trabajadores en alguna planta de producción deslocalizada en el otro lado del mundo (léase Apple, Nike o Zara), o cómo destruyen ecosistemas enteros del planeta para hacerse con sus materias primas (léase Dove o cualquiera de las marcas que componen Unilever), y no hay mucha diferencia entre esto y lo que los seres duros pretenden hacer con los seres humanos.

Por otro lado se nos explica, de manera detallada, el ciclo de vida de estos seres, cómo deben juntarse en tríades para tener a sus tres vástagos, y como finalmente los tres se fusionarán para convertirse en un ser duro, su última etapa de crecimiento. Un sistema caduco que los condena a la extinción, cosa que no quieren ver, porque los seres duros tienen su visión concentrada en su único objetivo de conseguir más energía. Si esto no es una crítica nada velada al capitalismo no me explico qué puede ser, parece que Asimov no está muy contento con el mundo que le ha tocado vivir.

La tercera parte transcurre en la Luna, colonizada desde hace ya bastante tiempo, y con habitantes ya nacidos allí y a los que les es imposible regresar a la tierra por las condiciones gravitatorias. En esta tercera parte se insiste de nuevo en lo que ya había aparecido en la primera y, además, se muestra cómo, por si no fuera poco con la amenaza exterior, también hay enfrentamientos internos bajo la bandera del nacionalismo. La luna quiere independizarse de la Tierra, y el adalid de la cuestión quiere hacerlo incluso físicamente, convirtiendo a la Luna en una suerte de nave espacial y llevándola fuera del Sistema Solar. Cuando es interrogado acerca de si eso es lo que quieren todos los habitantes de la Luna, éste da por respuesta un absoluto desinterés en lo que los demás quieran, pues él ya ha decidido el destino del satélite. La sola visión de la Tierra le molesta, y habla y decide por todos los selenitas. Además, la Luna está más avanzada que la Tierra y no necesita a esta última. La historia de siempre, vamos.

La novela transmite un sentimiento bastante pesimista en su conjunto. En ambos universos parece darse una incapacidad para la nobleza, tanto humanos como seres duros permanecen ciegos a las consecuencias de sus actos, una ceguera deliberada que los conduce hacia el abismo y, aun cuando ya se están asomando a él, continúan afirmando su superioridad y negando el peligro. “Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano”, una frase del Guillermo Tell de Schiller, es la premisa que sobrevuela toda la novela y que encabeza, de manera fragmentada, cada una de sus tres partes. El propio Asimov se encarga de ilustrarnos acerca de su procedencia y de que la tengamos muy presente mientras leemos: no hay espacio para el optimismo. O casi. Porque tanto en la tierra como el universo paralelo hay alguien que nada contra corriente. En la Tierra, Lamont y Denison, en el universo paralelo, Dua. Estos personajes responden al compromiso con el planeta y con la sociedad de algunas personas, pero también nos recuerdan, en su soledad contra la corriente general, que no son los suficientes, que para cambiar las cosas hacen falta más, muchos más.

Nota: Ahora toca hacer un poquito de patria, abandonar estas tierras orientales y regresar a mi tierra durante una temporada, y lo haré sin ordenador, por lo que el blog quedará suspendido durante algo más de un mes, hasta después de la fiesta del día nacional de China. Quizá me dé por publicar algo desde el móvil en este tiempo, pero resulta bastante incómodo utilizar el móvil para publicar en el blog. Así pues, nos leemos en octubre, si es que todavía queda alguien por aquí.

Lazarillo de Manzanares

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JUAN CORTÉS DE TOLOSA, Lazarillo de Manzanares

Creo que sólo con leer el título, por pocos conocimientos que uno tenga de literatura, todo el mundo se da cuenta de que estamos ante una novela picaresca. Resulta imposible no pensar inmediatamente en el Lazarillo de Tormes: mismo nombre y sólo cambia el río. Y el desarrollo de la historia tampoco transita caminos muy diferentes a los de su predecesora, si bien incurre en más tópicos burlescos de los que gustaban en el siglo XVII para mover a la risa. Esto es debido a que, a pesar de hacer esa clara referencia en su título a la novela fundacional (con permiso del Guzmán) del género, su vista está puesta en ella de manera meramente superficial, encajando mucho mejor en la narrativa barroca y recordando en su expresión mucho más a piezas de esta época, como El Buscón, por poner un ejemplo que no se salga de nuestro asunto.

Para ahondar un poco más en la miseria del pícaro protagonista, este Lázaro ni siquiera conoce cuáles son sus orígenes, pero sus padres adoptivos, una bruja y un ladrón, para no salirnos de la norma y que recuerdan bastante a los padres de Pablos, se preocuparán de que tenga estudios y, con ellos, un medio mejor de ganarse la vida, algo poco habitual en los pícaros, que tienden a sobrevivir sólo por su ingenio. Nuestro Lázaro sabe bien leer y escribir, y también sabe latín, virtudes con las que resulta difícil de creer que no pudiera conseguir un puesto de secretario de algún hombre importante, con el cual poder mantenerse con comodidad.

Pero ese no es su camino, pues se lanza a la vida de ir cambiando de amos, y lo hace refugiándose en uno de los tópicos de la época: en las ciudades no se conocen los unos a los otros. De modo que, huyendo de que lo relacionen con su madre adoptiva, condenada por brujería, marcha a Sevilla. No contaré la historia ni sus muchas aventuras: tiene varios amos, sufre varias desventuras y, en otra coincidencia con El Buscón de Quevedo, termina su historia embarcándose para las Indias.

Si hay algo que diferencia a esta novela del Lazarillo de Tormes, es que su complicado lenguaje la ha hecho envejecer bastante mal. Bueno, eso y que su propósito sea el mero entretenimiento, dejando al margen la denuncia social, aunque a veces se meta a censora, pero lo hace por medio de premáticas o de historias intercaladas destinadas a ese objetivo, lo que resta naturalidad a la crítica. Y esas historias intercaladas dificultan todavía más la lectura, pues en su afán por buscar la risa, las acciones se suceden muy rápido, y además se meten en ellas historias externas al núcleo central de la novela, y ese batiburrillo nos hace perder en ocasiones el hilo de la historia.

Pero si hay algo que acerca la historia a nuestros días es su protagonista en sí. Estamos acostumbrados a que los protagonistas de las novelas picarescas provengan de ambientes demasiado bajos, a que sean delincuentes, parias sociales… todas ellas figuras demasiado alejadas de nosotros mismos. Pero este Lázaro es un joven con estudios que, a pesar de sus conocimientos fruto de su estudio, no consigue alcanzar un estadio en el que poder ganarse la vida con holgura (más bien lo que consigue son muchos trabajos precarios y sin futuro), y eso es algo que hoy en día nos resulta demasiado común a muchos. En España se habla de que la generación más preparada tiene que huir del país para ganarse la vida. No sé si perteneceré o no a esa generación, y tengo por seguro que no soy de los más preparados, pero sin duda yo también he tenido que huir, y mi tiempo tuve que pasar también estudiando para no tener ningún futuro en mi propio país. Por una carambola del destino, este Lázaro resulta hoy en día más actual que su tocayo de Tormes, aunque su dificultoso lenguaje, amén de otros defectos, no vaya a permitir que se vuelva ni mucho menos tan popular.

El coloquio de los perros (y 2)

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MIGUEL DE CERVANTES, El coloquio de los perros

Pero no todo es artificio en El coloquio de los perros. Si así fuera, a pesar de sus virtudes también sería fácilmente olvidable. Cervantes conocía muy bien su tiempo y, una de dos, o no hemos cambiado nada o también conocía muy bien la condición humana en general (o ambas cosas). Porque muchos son los pasajes que nos recuerdan preocupantemente a nuestro momento actual, a cómo se conduce la gente en la calle, incluso a las noticias que vimos en la prensa la semana pasada. Empezando por las dos premisas que los perros ponen para contar sus vidas. La primera es que “mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que en procurar saber las vidas ajenas”, y no creo que haya que hacer ningún comentario al respecto, en una sociedad preocupada como lo está la nuestra por el chisme y los detalles ajenos, más aún si estos pueden hundir en el fango al otro, porque parece que disfrutamos de ellos, que nos hace sentir superiores (aunque sin duda no moralmente). Esta afición a las vidas ajenas quizá pudiera tener cierta justificación en épocas pretéritas en las que los entretenimientos eran escasos, pero en una en la que los métodos para entretener e incluso perder el tiempo son tan numerosos, no hay justificación posible, siempre existe un pasarratos alternativo. Pero parece que ha sucedido al contrario, cuantas más posibilidades tenemos, más las enfocamos en escudriñar lo que no pertenece a nuestro círculo, en escarbar más allá de lo que las personas nos dejan ver, hasta el punto en que hemos convertido una herramienta que nos facilita ofrecer información al mundo, como lo es Internet, en algo utilizado para reventar los secretos de la gente y exponerlos a ojos para los que no estaban pensados, y todos tenemos derecho a nuestros secretos, no hay ninguna ley que diga que tenemos que descubrir a todos hasta la última porción de nuestra alma, y espero que nunca la haya.

La otra premisa que ponen es no murmurar contra los demás, algo relacionado con lo anterior, pero no idéntico. Cuando Berganza advierte de que en su historia pretende filosofar, el segundo punto de vista encarnado en Cipión le advierte: “Consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto”. Y ¿quién es hoy en día capaz de establecer una crítica social, o de armar un consejo, sin señalar los males que, a su parecer, existen en los demás? Es preocupante que una especie condenada a vivir en sociedad sea incapaz de dar ninguna opinión política sin hacer sangre en los demás. Hay excepciones a esto, claro, pero son demasiado escasas. En el caso de España en particular, quienes deberían tener las ideas más claras, pues se dedican al difícil oficio de guiar al país, parecen incapaces de dignificarse mínimamente evitando recurrir a lo mal que los demás lo hacen todo para defender su discurso. Ahora, tanto PSOE como Ciudadanos como Podemos como IU nos recuerdan a cada momento lo mal que ha hecho las cosas el PP de Rajoy, que a su vez no se cansó en su momento de repetir lo mal que lo había hecho el PSOE de Zapatero. A su vez, los simpatizantes del resto de partidos buscan con minuciosidad algo para criticar de Podemos, pues al ser nuevos no se les puede achacar aún lo mal que lo hicieron antes. Y así la política se convierte en una bola de críticas, en la que todos murmuran de sangre y nadie de luz, como pide Cipión.

Y hablando de política, casi parece que Cervantes tuviera conexión directa con el presente, para criticarlo de la manera tan certera en que lo hace. En una de las aventuras que pasa Berganza, como perro pastor, hay un lobo que se come las ovejas, y cada vez que esto sucede el dueño del rebaño culpa a los pastores y golpea a los perros por no cuidar bien de su propiedad. Berganza descubrirá que son los propios pastores quienes matan a las ovejas y hacen parecer que ha sido un lobo, para poder así quedarse con estupendas piezas de carne. Al descubrirlo se lamenta: “Vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. […] ¡Válame Dios! –decía entre mí–, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?”. Como estos pastores actúan sin duda nuestros políticos, corruptos en su mayoría, robando los bienes que tienen la obligación de proteger para nosotros, haciéndose los ciegos cuando son otros (allegados) los que roban, protegiéndose los unos a los otros, escudándose en los defectos de forma de las leyes en lugar de en esa otra cosa, tan antigua y pasada de moda, que era conocida como el espíritu de la ley.

Y para terminar, les dejo con un fragmento de conversación que me ha recordado dolorosamente a una realidad diaria de hoy en día:

“Berganza: Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.

”Cipión: Por menos daño tengo ése que el que hacen los que verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes que, hablando con un zapatero o con un sastre, arrojan latines como agua.

”Berganza: Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos.

”Cipión: Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les escusa el ser latinos de ser asnos”.

Y es que la conversación refleja dos actitudes habituales hasta la náusea hoy en día. La primera, incrementada sin medida desde que Internet entró en nuestras vidas, la de aquel que ve u oye algo (casi nunca lo lee), y va esgrimiendo lo visto u oído contra todo el mundo, como si fuera un argumento incontestable, seguro de lo inteligente que es por tener ese conocimiento que quizá sea tan sólo una opinión de algún otro y sobre el que por supuesto no se ha molestado en informarse adecuadamente, no digamos en discriminarlo, algo para lo que quizá ni esté capacitado. Y así tenemos a una legión de tipos con conocimientos “de oídas” que plantan cara a quienes quizá han estudiado el asunto, y que, a pesar de poder tener grandes conocimientos en la materia (la que sea), no pueden responder, pues saben que van a enfrentarse a un muro de ignorancia, o de terquedad, o de ambas cosas.

Estos son los latinistas que no saben ni declinar, pero por el otro lado están los verdaderos latinistas, los expertos en su oficio, con verdaderos conocimientos capaces de eclipsar a los de cualquier ciudadano común y corriente. Estos, en cuanto uno hace una observación errónea, lo toman al asalto, le afean no haberse dedicado al estudio del asunto con la profundidad con la que ellos lo han hecho, lo llaman ignorante y lo cubren de insultos velados o no tan velados.

Ahora más de uno se enfadará, pero es que el máximo exponente de esto lo tenemos hoy en día entre los historiadores (o quienes han estudiado historia en profundidad, bien por trabajo, bien por afición), que parecen exigir a todo el mundo que tenga sus mismos conocimientos sobre su materia (no todos, claro, pero los que lo hacen son demasiado públicos, y bastantes de ámbito más privado los imitan, haciendo padecer esta conducta a sus allegados). Y lo peor es que la historia parece ser la única ciencia con alguna validez para ellos: no suelen admitir razonamientos (y por supuesto no saben desmontarlos si se los dan, se limitan a negar la mayor con el consabido “¡ignorante!” en los labios) y repiten constantemente el latiguillo ese de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, sin advertir que si se repite un experimento modificando alguna de sus variables, necesariamente el resultado será distinto. Habría que recordarles que tan ignorante es quien no conoce los detalles sobre el transcurso de alguna batalla o algún acontecimiento político, como el que no los conoce sobre física de partículas o no sabe resolver una complicada ecuación. La verdad, no sé por qué no conocer cualquier episodio de la historia en sus detalles me convierte en un inculto, pero no lo hace el hecho de no saber cómo trazar, por ejemplo, la ruta de una nave por el sistema solar.

El licenciado vidriera

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MIGUEL DE CERVANTES, El licenciado Vidriera

Quizá hayamos llegado a la menos interesante de la Novelas ejemplares para el lector moderno. El licenciado Vidriera se encuadra dentro de la literatura de apotegmas, muy común en la época, pero que puede resultarnos aburrida a las pocas páginas por repetitiva y falta de argumento.

La cosa empieza medianamente bien para un lector actual, dos estudiantes se encuentran en el camino a Salamanca con un joven llamado Tomás que busca un amo al que servir a cambio de que le dé estudios, y estos lo cogen a su servicio, lo que nos hace pensar en una novela picaresca. Cuando los amos terminan sus estudios al cabo de seis años, el protagonista se enrola en el ejército y va a servir a Italia, por lo que empezamos a pensar en una novela de aventuras. Tras un tiempo allí regresa a Salamanca, donde una dama se enamora de él, pero él la rechaza y ella recurre a un hechizo para conseguir su amor, por lo que, a estas alturas, podríamos empezar a pensar en una novela amorosa. Pero el hechizo resulta mal y da en la locura de Tomás, que a partir de ese momento tiene miedo de que lo toquen, porque cree que está hecho de vidrio y podrían romperlo, por lo que podríamos estar ante una novela… no sé, ¿de burlas? El caso es que, a pesar de estar loco, sólo lo está con respecto a su condición, por lo que las cosas que dice, gracias a sus estudios, son muy sensatas y sabias, con lo que la gente que en un principio quería reírse de él haciéndole creer que iban a romperlo, decide comenzar a escucharlo, porque sus razonamientos resultan mucho más interesantes.

Es ahora cuando realmente comienza la novela en sí, y se establece en lo que es, literatura de apotegmas: una serie de sentencias y discursos más o menos breves con una clara intencionalidad moral. Si bien es cierto que las enseñanzas que salen de la boca de Tomás están disfrazadas de agudezas y presentadas como sátiras y burlas, lo que debería convertir la novela en un relajado divertimento. Pero claro, los chistes tienden a envejecer mal, y la mayoría de ellos no podemos entenderlos hoy en día sin una edición bien anotada, lo que, por otro lado, también iría en contra del interés de la novela, pues tendríamos que pasar más tiempo leyendo las explicaciones al texto que el propio texto, con lo que el concepto de lectura ligera desaparece por completo.

El caso es que todos prestan mucha atención a las enseñanzas del loco Tomás, con las que se gana la vida. Hasta que un día un religioso lo cura de su locura. Habiendo recuperado la cordura, Tomás piensa que la gente, con razón, ahora hará más caso de sus consejos y podrá ganarse la vida aún mejor. Nada más lejos de la realidad: cada vez son menos los que acuden a él, hasta llegar el punto en que, para poder seguir ganándose la vida debe partir hacia Flandes.

Como pueden observar, la novela tiene muchos giros, quizá demasiados para atraer nuestra atención. Y su parte central y la más larga, supone un tipo de literatura que hoy en día ni siquiera identificamos como tal, así que, por primera vez, en las novelas que de momento hemos visto, debo admitir que quizá ésta no pueda entrar dentro del número de aquéllas con las que defender que, efectivamente, Cervantes es divertido. Con toda seguridad esta historia lo fue en su época, no en vano los chistes son constantes y no se detiene en ninguno, sino que rápidamente pasa al siguiente para mantener el ritmo. Si hubiera que poner un término de comparación, podríamos equipararla a los monólogos que tanto éxito tienen hoy en día, y que con seguridad nadie entenderá dentro de un par de siglos (a no ser con una edición profusamente anotada, pero, entonces, ¿dónde estará la gracia?).

Sin embargo, incluso en lo que podríamos catalogar como un pinchazo de Cervantes (pinchazo para el lector moderno, quizá, pues para el lector filólogo la cantidad de elementos que contiene no deja lugar al aburrimiento), hay que destacar su ojo clínico a la hora de evaluar al ser humano. Porque lo que le sucede a Tomás, es algo que todos nosotros vemos a diario. La necesidad del mundo como un espectáculo. En un episodio de los Simpsons, creo recordar (hablo de memoria, así que quizá patine) que Flanders daba a los niños unos cromos sobre la Biblia en los que se explicaba quiénes eran los personajes, y estos querían coleccionarlos pero al darse cuenta de la intencionalidad pedagógica reaccionaban con rechazo ufanos de haberse dado cuenta de que pretendían enseñarles algo y no habían caído en la trampa. Algo así le pasa a Tomás: todos lo siguen y lo escuchan porque lo tienen por loco y les parece divertido, pero cuando recupera la cordura y ya no ven un motivo de diversión, ya no les interesa. Y eso mismo sucede en nuestra sociedad, en la que aprender, culturizarse, está casi mal visto y hay que “engañar” a la gente para que aprenda. Incluso en los colegios vemos como los padres exigen a los profesores que sean divertidos, en lugar de exigir a sus hijos que sean aplicados (vale, que el profesor no tiene que ser un coñazo, pero tampoco tiene que ser un showman).

El último ejemplo de esto lo tenemos en el debate político en España. En los últimos dos años los “debates” políticos han proliferado por las cadenas de televisión, aderezados con presentadores partidistas que repiten lo imparciales que son sin cesar, pseudoperiodistas que se balancean entre la calumnia y la vergüenza ajena, y políticos soltando ingeniosidades que llevan bien pensadas de casa para que sean carne de Twitter. Y tienen audiencia. Mucha audiencia. Pero en todos los años anteriores nadie veía los debates del congreso, que siempre se han televisado, y me juego el cuello a que siguen sin verlos. Y sin embargo es ahí donde se exponen las leyes y normativas que luego nos afectarán a todos. Pero claro, sin toda la charanga que acompaña al nuevo e inútil formato, la política nos aburre. Sin la locura que acompaña a las sentencias y consejos de Tomás, no podemos reírnos y pasar el rato.

Rinconete y Cortadillo

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MIGUEL DE CERVANTES, Rinconete y Cortadillo

Mi afición a la novela picaresca del Siglo de Oro, hace que, de entre las Novelas Ejemplares de Cervantes, sienta una especial debilidad por Rinconete y Cortadillo. Seguramente alguno ya estará torciendo el gesto por la comparación entre la novela de Cervantes y la picaresca, pero es que, si bien todos estamos de acuerdo en que ésta no es una novela picaresca, también deberemos estarlo en que hay ciertas similitudes, o más bien elementos que Cervantes no duda en tomar del género para obra.

Pedro del Rincón y Diego Cortado son dos jóvenes que se conocen en la venta del Molinillo y emprenden camino juntos a Sevilla para ganarse la vida como maleantes. Una vez allí, descubren que la vida de crimen no es tan libre como pretendían, y que, al igual que sucede con otras profesiones, no pueden ejercerla por su cuenta, sino que tienen que entrar a formar parte del gremio de los ladrones, dirigido por un extraño personaje llamado Monipodio. Una vez allí, los dos protagonistas reciben los nombres que se les da en el título, pasan a ser aprendices de la cofradía de ladrones, sobre cuyo funcionamiento veremos algunos episodios, y adquieren las responsabilidades de su pertenencia a ella.

He puesto en comparación esta novela con una picaresca, porque los dos protagonistas, que abandonan sus respectivos hogares para buscarse la vida con malas artes, son a todas luces pícaros. Aunque bien es cierto que hay diferencias, siendo la principal de ellas el hecho de que haya dos pícaros, proporcionando de ese modo dos puntos de vista diferentes en lugar del habitual único en la picaresca. Pero la principal diferencia está en la intencionalidad. Mientras que la picaresca es más bien una representación directa de los problemas de la sociedad que caen como losas sobre sus protagonistas, el mundo de Rinconete y Cortadillo es más bien una especie de metáfora que evoca otras situaciones sociales que no son necesariamente las que estamos viendo.

Lo primero que llama la atención es el funcionamiento de la cofradía de ladrones, que tiene un líder, cuyos miembros pagan un impuesto, que protege a sus miembros ayudándolos cuando están enfermos o no pueden “trabajar”, y al margen de la cual no se puede “trabajar”, exactamente igual que en cualquier gremio de la época. Los dos protagonistas descubren que ese mundo de extrema libertad del hampa no es tal, sino que está sujeto a un gran número de normas sociales. Pero me quedaré tan sólo con dos aspectos destacables, que son los que más me llaman la atención a mí, por lo actuales que aún resultan.

Un cliente había pedido a la cofradía que diera un navajazo de 14 dedos a un enemigo suyo, pero el encargado de hacerlo, al ver que su rostro era demasiado pequeño para que cupieran en él 14 dedos de navajazo, decide dárselo al rostro de su criado. Cuando el cliente dice que no pagará porque no han cumplido con su parte del negocio, los delincuentes replican, con un refrán, que “quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can”, alegando de esa manera que, como la venganza ha sido realiza contra una propiedad apreciada por aquel contra el que iba dirigida, debe darse por satisfecha. Lo curioso del caso es que los ladrones son conscientes de que han obrado de manera fraudulenta, pero buscan lo que podríamos llamar resquicios legales para justificar su manera de actuar. De entrada ya son gente de la que uno no debe fiarse, pero ellos hacen alarde de estar regulados por unas normas y en consecuencia de estar “dentro de la ley”, aunque se trate de una ley distinta de la que afecta al resto. Asimismo, quien ha solicitado su servicio tampoco parece ser consciente de su forma de actuar, y también parece querer acogerse a esas leyes al margen de la ley, o como mínimo al margen de la moralidad.

Ahora estamos en plena “moda” de los Papeles de Panamá, y todos los que ahí aparecen intentan evadir sus responsabilidades de una u otra manera. La más común es alegar que tener allí su dinero no era ilegal, esto es, utilizan resquicios legales, como los ladrones de Monipodio, para justificarse. No veo mucha diferencia entre todos esos tipos y los miembros de la cofradía de ladrones que Cervantes nos presenta. Ninguno son de fiar, ninguno va a actuar de buena fe, todos te engañarán si tienen la oportunidad, y hay que ser igual de desvergonzado que ellos (igual que el cliente de Monipodio) para hacer negocio con ellos o tan sólo defenderlos. Pero esto no es algo nuevo en España, no hemos tenido que esperar a los Papeles de Panamá para redescubrir lo que hace 400 años ya era tan evidente en nuestro país, pues desde la llegada de la democracia casi no tenemos ejemplos de partidos políticos que hayan estado varios años ejerciendo el poder y no hayan acabado enfangados de corrupción, ni de empresarios que tras varios años ejerciendo no hayan cometido acciones ilegales o censurables, ni de grandes empresas y bancos que no provoquen vergüenza, asco y rechazo.

Sin embargo, en el patio de Monipodio, todos creen su alma a salvo por una suerte de religiosidad falsa, que se expresa sólo en las formas y sin conocimiento profundo de lo que se hace o dice. Así pues, a pesar de ser ladrones y asesinos, esgrimen una suerte de superioridad moral sobre aquellos a los que violentan, igual que en nuestra sociedad aquellos que nos roban esgrimen una superioridad moral cuando les vienen mal dadas. Hasta el punto de que el debate nacional de los últimos tiempos se ha convertido en un cruce de tonterías en el que no se argumenta nada, sino que todos tratan de exhibir su alteza moral como si eso los invistiera de alguna especie de razón absoluta (“Lecciones morales al PSOE, ninguna”, llegó a soltar Pedro Sánchez en un mitin), y la bobada con la que todos creen haber ganado irrefutablemente una discusión consiste en dudar de la “catadura moral” del adversario, demostrando con eso que tenemos un país cada vez más infantil (si por lo menos fuera cada vez más tonto aún podríamos al menos presumir de ser adultos).

Así que la narrativa y la capacidad de análisis del mundo de Cervantes continúan siendo de lo más actual y, por desgracia, eso que engrandece al escritor, pesa como una losa sobre un país incapaz de dejar atrás sus más vergonzantes características.