New York, The Big City

newyork_big_city_cv_new_300

WILL EISNER, New York, The Big city

Eisner reúne en New York, The Big City, una gran cantidad de microhistorias ambientadas en la ciudad de Nueva York, aunque tal y como ya anuncia en el prólogo, no se trata de reflejar cómo es Nueva York, sino cualquier gran ciudad, pues en esencia todas son iguales, todas contienen las mismas historias o similares.

Pero el reflejo que Eisner da de la gran ciudad es sesgado, pues parece haber sólo en su gran ciudad gente de clase baja. Todos los barrios reflejados por Eisner son barrios obreros, relegando a los barrios de clase alta (en las escasas ocasiones en las que aparecen) a falsos escenarios a los que los obreros acuden a hacerse pasar por algo que no son. Y esa, a fin de cuentas, ha sido la principal característica de las grandes ciudades desde hace mucho tiempo: la posibilidad de poder moverse en ellas sin que nadie sepa quién es uno, un tópico que, por otro lado, ha sido explotado al máximo en la literatura desde el siglo XVI con el surgimiento de las grandes urbes. Prueba de ello es que casi no hay pícaro que haya pasado por una gran ciudad y no haya pretendido ser otro del que todos conocen en su pueblo natal.

Pero dentro de esa ciudad de desconocidos, hay una sección, a la que más atención parece también prestar Eisner, en la que todo el mundo se conoce: el barrio. Y de tal manera coexisten estas dos realidades, que mudarse de barrio implica casi lo mismo que mudarse de una ciudad más pequeña a otra, o marcharse del pueblo. Esta realidad nos permite ver cómo un hombre regresa al barrio de su infancia. No a su ciudad, sino a su barrio, lo que nos hace entender que la ciudad en realidad nunca la abandonó, pero al barrio es evidente que no había regresado. También vemos como, camuflados en la noche, gente de barrios pobres se hace pasar por grandes ricos, fingiendo ser acaudalados y soportando su embuste con un coche de alquiler mientras toman el metro a escondidas. Se dibuja así un espacio único pero muy heterogéneo y con divisiones que permanecen aisladas unas de otras.

Pero también están los espacios comunes, esos por los que pasa gente de toda condición, y que en el cómic aparecen magistralmente representados por una rejilla de ventilación en la calle, sobre la que suceden todo tipo de historias, con todo tipo de personajes: historias de amor, de delincuencia, juegos de niños, la aventura de la ciudad para quien es de fuera… Todos pasan por el mismo sitio, todos comparten ese mismo lugar, pero sus historias no se cruzan, permanecen aisladas unas de otras, convirtiendo a la ciudad en sí misma en el único observador de las vidas de todos sus habitantes

Hindies, hipsters y gafapastas (2)

nacho-vegas-machine

VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas (2)

La introducción de Nacho Vegas a Indies, hipsters y gafapastas merece una mención aparte, pues casi supone un ensayo en sí mismo, con sus quince páginas, más o menos. El músico indie empieza contando cómo, en una conversación informal con sus amigos en una cafetería sale el tema de los hipsters, de los que poco o nada sabe nadie en el grupo (como, por otro lado, nos sucede a casi todos), y una voz se eleva para pedir que Nacho explique qué son, pues “está escribiendo algo sobre el asunto”. Explica que aún no ha leído siquiera la primera versión del libro que tiene que prologar, pero se anima a explicar que cree que los hipsters son una especie de derivación de lo indie pero parapetada en el glamour y el cinismo, como una especie de elite del buen gusto. Tras semejante explicación recibe una rotunda simplificación: “Vamos, los modernos de toda la vida, ¿no?”.

Lo gracioso de la escena es que nos han vendido tal imagen de los hipsters para que formemos parte de ellos pero sin identificarnos con ellos, que ni siquiera quien se supone que sabe sobre ellos, y al que de hecho le han encargado que escriba sobre el asunto, tiene muy claro qué o quiénes son.

A partir de ahí, Vegas echa marcha atrás para tratar de discernir cómo se ha ido formando este grupo social de tanta importancia en nuestro mundo actual. Y como no podía ser de otro modo, lo hace desde su experiencia personal, que se sitúa en el mundo de la música. A modo de paréntesis, debo decir que, a pesar de que fue el hecho de ver que estaba prologado por Nacho Vegas lo que me llevó a leer el libro, el prólogo habría sido más enriquecedor de haber sido escrito por otra persona, de otro ámbito diferente. Digo esto porque ya el cuerpo del libro está escrito por alguien muy involucrado en el mundo de la música, y es justo ahí donde mayor hincapié hace, e insistir aún más sobre ese mundo resulta redundante. Quiero dejar claro que me encanta la introducción de Vegas, pero si se trataba de hacer este recorrido de lado del mundo cultural, habría sido más variado y podría haber ampliado nuestra visión una introducción escrita por alguien que nos ilustrara el tema desde la perspectiva del mundo de la literatura, o de las artes plásticas, o del cine.

Como decía, Vegas hace un repaso al mundo de la música desde que él era joven hasta la actualidad, haciendo especial hincapié en que, a partir de los noventa, los músicos parecieron perder contacto con la realidad social, escribiendo canciones intimistas o más bien egoístas, o de tipo festivo únicamente, encerrándose en la premisa del “sexo, drogas y rock’n’roll”, lo que los hacía vivir en un mundo irreal, con la canción protesta prácticamente enterrada, en un momento social en el que se estaban dando terribles hachazos a nuestro sistema mientras nos hacían creer con sorprendente efectividad que nos encontrábamos en un momento idílico, casi inmejorable. No le falta razón, pues cuando la gente habla ahora de la crisis siempre hace referencia a cuando las cosas iban bien, fechando esa vaporosa situación en los momentos previos al estallido de la crisis, cuando conseguir un trabajo bien pagado era casi milagroso, no digamos uno estable, cuando incluso compañías estatales hacían trampas para no tener que contratar personal fijo (Correos, por ejemplo, tenía a la mitad de su plantilla con contratos temporales, y muchos tenían que firmar un contrato nuevo cada lunes, que terminaba el viernes, para no tener que pagar el fin de semana), la vivienda había alcanzado unos precios tan altos que las hipotecas iban en muchos casos mucho más allá de la edad de jubilación, los alquileres eran imposibles de pagar sin compartir piso con varias personas, la gente permanecía en casa de sus padres hasta pasados los 35 años, el salario mínimo era ridículo, la prestación por desempleo se había recortado en repetidas ocasiones… Y, a pesar de todo esto, los españoles estaban convencidos de que vivían una época de fabulosa prosperidad. Hay que decir que los equipos de marketing de los respectivos gobiernos se merecían un diez.

Vegas indica que los cantantes estaban tan alienados que, por primera vez, no fue la música la que sirvió de punta de lanza, como es habitual, para las protestas, sino que fueron las mismas protestas las que hicieron despertar a los músicos y darse cuenta de frente a qué estaban. Fue el 15M lo que hizo a muchos músicos volver a tomar conciencia de la realidad y salir del proceso de individualismo y hipsterización en el que, poco a poco, se habían ido metiendo. Afortunadamente, al menos de momento, no ha habido revueltas como otras bandas más despiertas de otros lugares se habían atrevido a predecir.

Nota: Nacho Vegas puede caer mal a muchos por su posicionamiento firmemente de izquierdas, irreconciliable con cualquier actitud de derechas o capitalista, pero hay que admitir que es consecuente con sus ideas como pocos. Digo esto porque acabo de ver el vídeo en el que, tras aceptar tocar en un festival patrocinado por Banco Sabadell (y sorprendido, como él mismo reconocía, de no haber recibido ninguna crítica por haberlo hecho), llevaba a cabo una acción de denuncia contra dicho banco a pesar de las presiones en contra de los organizadores al comenzar su concierto, al tiempo que anunciaba que los beneficios netos de su concierto irían destinados a ayudar a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en Asturias.

Indies, hipsters y gafapastas (1)

9788494287947

VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas

Cuando vi aquel anuncio que el PP hizo sobre que los hipsters los votaban no daba crédito a lo que veían mis ojos (ni a lo que escuchaban mis oídos, dicho sea de paso). O yo no me enteraba de nada o los que no se enteraban de nada eran los publicistas del Partido Popular, para los que un hipster parece ser un tipo con barba y una ropa que lo convierte en una especie de cruce de leñador con amish. Eso me hizo pensar que su único contacto con ellos había sido a través de fotografías, pues, al menos externamente, esa es la imagen que han proyectado durante los últimos cinco años (año arriba, año abajo). Pero antes ya estaban ahí, aunque no se hubiera popularizado la nomenclatura hipster. Hace diez años llevaban perilla y un peinado perfecto, y hace quince barba de dos días y una melenita de aspecto cuidadamente descuidado. Los hipsters llevan entre nosotros desde que el capitalismo se adueñó del mundo occidental: gente con aspiraciones de clase media-alta que se esfuerzan en hacer visible mediante su vestimenta y sus accesorios, y con una absurda preocupación por el individualismo y la exclusión cultural de quienes no están a su nivel. En los hipsters nada es real, todo es maquillaje, chapa y pintura, y si obviamos el tipo de moda, todos, tengamos la edad que tengamos, hemos tenido que tratar en nuestra juventud con gente con esas características que conformaban un grupo con sus semejantes al tiempo que negaban pertenecer a ningún grupo social.

El anuncio del PP los presentaba, sin embargo, como una especie de hippies modernos, como alguien comprometido con su entorno, cuando son todo lo contrario. Indies, hipsters y gafastas, un libro del que nada sabía y que me llamó la atención cuando lo vi en Internet por el hecho de estar prologado por Nacho Vegas, me vino a dar la razón en esto (creo, pues es una conclusión propia) y me confirmó que no andaba completamente desnortado.

Me sinceraré con respecto al libro. Yo siempre he sido una persona de izquierdas, y creo que en mis últimos años viviendo en China (que nada tiene ni de comunista, ni tan siquiera de izquierdas), y con las noticias y desprecios que me han ido llegando desde mi país, me he radicalizado quizá demasiado en mis posiciones, pero comparado con las opiniones del autor del libro yo parezco de extrema derecha. El libro carga contra la hipsterización del mundo, con cómo en los últimos años la cultura se ha ido aislando de la problemática social, creando “movimientos culturales” que mantienen al gran público, y por lo tanto a la sociedad, ajeno a los problemas que se producen. Defiende el compromiso que la cultura debe tener con la sociedad, cosa que comparto, aunque creo que es algo que no condiciona necesariamente a la expresión artística. Habla mucho sobre música, sobre cine, sobre documentales, sobre ensayos, muy poco sobre las artes plásticas, pero hay una carencia importante, muy reveladora del porqué de su obsesión militante: ni una novela, ni un cuento, aparecen referenciados en sus páginas. Como si nunca se hubiera detenido en leer uno o, peor aún, como si considerara que su presencia social es marginal, muy distante de la eminente presencia de lo audiovisual (lo que lo volvería a él también bastante hipster). Supongo que al tratarse de ficción las considera puro escapismo y no les otorga valor dentro del verdadero arte que es aquel comprometido y militante.

Todo esto resulta demasiado exagerado, aunque creo que guarda un fondo de verdad, sin necesidad de llegar a las posiciones tan radicales del autor. Además, la lectura resulta una enciclopedia privilegiada para hacerse con una lista musical de los últimos veinte años, al menos del panorama rock indie.

Por otro lado, el ensayo está tan seccionado que, incluso para aquellos no acostumbrados a leer este género, resulta de una lectura muy amena. No hay larguísimas disertaciones ni extensas exposiciones que van ocupando capítulos y capítulos hasta llegar a una conclusión final, sino que todo es mucho más ligero, sin renunciar por ello a la precisión ni a la documentación. Los diferentes capítulos son casi independientes y están a su vez divididos por títulos que los convierten en conjuntos de mini artículos que comparten tema. Con esta estructura uno avanza en la lectura de un libro que, por otro lado, tampoco es muy extenso, casi sin darse cuenta. Luego se podrá estar a favor o en contra de sus propuestas, pero no se le puede negar que éstas estén argumentadas y documentadas. Eso sí, ni son objetivas ni parecen pretenderlo, sino que más bien suponen el punto de vista de una posición social determinada.

Dos años, ocho meses y veintiocho noches

rushdie_portada

SHALMAN RUSHDIE, Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Dos años, ocho meses y veintiocho noches es la historia de una guerra que afectará a toda la humanidad, en la que ésta hallará el camino de su salvación a través de la destrucción de los dioses o, al menos, de la firme voluntad de mantenerlos al margen de su mundo. La historia, como todas las historias en las que intervienen seres míticos, comienza hace mucho tiempo, cuando una yinnia (un ifrit femenino) se enamora de un humano y tiene con él muchos hijos que, con el devenir de los siglos, se convertirán en una descendencia que poblará todo el planeta, a la que se referirán como la duniazada. Varios siglos después de muerto su amante humano, un tipo escéptico con respecto a la existencia de Dios, en un futuro cercano al nuestro, sus huesos se removerán en su tumba para retomar la guerra que siempre tuvo con un enemigo intelectual, gran fanático religioso. Pero esta vez la guerra no será sólo intelectual, pues cuentan con el apoyo de los poderosos ifrits, que convertirán la contienda en algo muy real.

Como queda muy claro por su argumento, uno de los puntos principales de la última novela de Shalman Rushdie es el enfrentamiento entre la razón y la religión, enfrentamiento en el que el autor se posiciona inequívocamente del lado de la razón, a pesar de haber armado una historia muy relacionada con los mitos religiosos, en la que la tradición cristiana y musulmana tienen especial relevancia. Durante toda la novela, no sólo se pone en duda la existencia de una divinidad, sino que se juega con la idea de que el hombre crea y destruye a sus propios dioses, relegando así a cualquier entidad superior al campo de la fantasía. No sólo eso, sino que, aun en el caso de que existiera realmente una divinidad, su lugar no estaría junto a los hombres, que deberían aprender a vivir sin recurrir a ella. Una de las últimas frases de la novela lo expresa de forma bastante paternalista: “El miedo fue vencido, y gracias a su derrota los hombres y las mujeres pudieron dejar a Dios, igual que los niños y las niñas dejan atrás sus juguetes de infancia”. Es sólo tras la desaparición de Dios cuando los hombres logran vivir en paz los unos con los otros, a pesar de que la función de dioses en el relato recae sobre los ifrits, que saben que no son dioses, pero ejercen como tales.

En ocasiones el enfrentamiento con la religión parece bastante enconado. Una de las acusaciones que se deslizan en las páginas de la novela es su capacidad para reinventar la realidad a su antojo. En uno de los relatos que se intercalan en el principal, aparece una ciudad a la que se refieren por el altisonante nombre que, según dicen, los mismos dioses le habían dado en la antigüedad, “cuando la ciudad ni siquiera existía, puesto que era una de las más recientes del país”. De esta forma la religión deforma la realidad a su antojo y nos impide ver el mundo tal cual es, pues tenemos que cargar con los prejuicios sobre él que se han instalado en nosotros. “No hay persona que no sea víctima de su propia versión de la Historia”, se llega a decir.

Pero quizá el mayor malestar con la religión aparezca en un párrafo que casi inevitablemente nos hace pensar en la primavera árabe y en el extremismo religioso que vino tras ella, con el actual terrorismo islámico como máximo representante, en el que hace una cruel burla llena de preocupación de los estudiosos de la religión: “Pero cuando la invasión extranjera fue repelida, lo que vino en su lugar fue todavía peor, una banda de asesinos ignorantes que se hacían llamar los Empollones, como si la simple palabra pudiera otorgarles estatus de verdaderos académicos. Lo que sí habían estudiado a fondo los Empollones era el arte de prohibir cosas, y en muy poco tiempo ya habían prohibido la pintura, la escultura, la música, el teatro, el cine, el periodismo, el hachís, votar, la elecciones, el individualismo, la discrepancia, el placer, la felicidad, las mesas de billar, las caras bien afeitadas (en los hombres), las caras de las mujeres, los cuerpos de las mujeres, la educación de las mujeres, los deportes femeninos y los derechos de la mujer. Les habría gustado prohibir a las mujeres directamente, pero hasta ellos se daban cuenta de que no era del todo factible, de forma que se contentaban con hacer las vidas de las mujeres tan desagradables como fuera posible”.

El otro gran tema de la novela son las historias en sí. No en vano su título hace referencia a otro que nos recuerda la magia de contar historias por antonomasia: Las mil y una noches. Y son muchos los relatos que se van mezclando en esta historia épica. El realismo mágico (no se me ocurre otra forma para llamarlo, la verdad) inunda todas esas historias entre las que el lector va saltando, hasta constatar hacia el final que todas pertenecen a miembros de la duniazada y por lo tanto forman parte de la misma historia, que es la de la humanidad. En una muy reveladora frase incluso se afirma: “Somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es”.

Pero una escena me llamó la atención por encima de todas las demás, por el perfecto reflejo que supone de nuestro mundo occidental abrazado al capitalismo. En ella miles de obreros están extrayendo materiales para la construcción de una gran máquina a la que llaman “la máquina del futuro”. Los trabajadores viven en condiciones de esclavitud, pero ninguno se queja, todos están trabajando para construir algo que les han dicho que es absolutamente necesario para que el mundo siga funcionando sin cuestionárselo, y las consecuencias de no construirla serían catastróficas. Hasta que un día uno de los trabajadores, cansado de que lo exploten sin ver jamás el fruto de su trabajo ni saber si ese trabajo sirve para algo decide preguntar para qué sirve esa máquina del futuro, qué es lo que produce, qué es eso tan importante para todos que está consumiendo sus vidas. El capataz, airado, se muestra tal y como muchas veces vemos comportarse a demasiados políticos, banqueros y grandes empresarios, y responde con una obviedad: la máquina del futuro produce el futuro. Pero el obrero insiste, alegando que el futuro no es ningún producto. Es entonces cuando el capataz le dedica una respuesta que podría englobar a toda la sociedad occidental actual, en la que nos hemos instalado en un estado de cosas en el que hay que aceptar la verdad oficial y toda réplica es un acto de rebelión antisistema y de odio a la patria: “¿Qué fabrica? —gritó el mandamás—. ¡Fabrica gloria! ¡La gloria es el producto! Gloria, honor y orgullo. La gloria es el futuro, pero tú acabas de demostrar que en ese futuro no hay sitio para ti. Llevaos a este terrorista. No pienso permitir que infecte a este sector con su mente enferma. Una mente así transmite la peste”. Un argumento idéntico al que demasiado a menudo veo expresar en prensa y televisión, y que ha calado preocupantemente hondo por lo que también puede leerse en Internet.

En conclusión, parece que Dos años, ocho meses y veintiocho noches bebe de la idea de la novela total pues, si bien se centra en la dicotomía razón-religión, pretende llegar a todos los ámbitos de la existencia humana: la fe, la política, el sentido de la existencia, la literatura… Y todo ello con una cantidad casi infinita de referencias a la cultura popular actual, las mitologías grecorromana, nórdica o asiática, referencias bíblicas y del Corán… la lista es casi interminable, y el hecho de identificar tantas cosas y de tan diversas procedencias durante la lectura hace suponer que muchas otras más habrán permanecido sin identificar por mi desconocimiento.

 

Paseando con Crimen y castigo (y 4)

9788420675947

FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la tercera parte de Crimen y castigo un joven estudiante arremete contra una idea del socialismo demasiado arraigada en nuestra sociedad actual, que, por otro lado, tanto suele denostar esa ideología. Lo que este estudiante, de nombre Razumijin, dice, es lo siguiente: “La discusión empezó con la teoría de los socialistas. Ya se sabe: el delito es una protesta contra la anormalidad de la estructura social… Y eso es todo, no se admite ninguna otra causa… ¡Nada más!”. Tras esta declaración viene toda una larga explicación de lo que quiere decir, con multitud de ramificaciones y consecuencias de esa manera de pensar, pero lo que me llamó la atención fue esa afirmación que supone el punto de partida. Si Ortega y Gasset nos dejó bastante claro aquello de que “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo que Razumijin achaca a los socialistas es que el “yo” no parece existir para ellos, que culpan de todos los males del mundo a la sociedad, como tampoco parece existir para nosotros hoy en día.

A pesar de que nuestra sociedad actual sea sin duda capitalista, tendemos a coger, introducir en ella y adoptar como cierto lo peor de cada ideología. Es el caso de esta afirmación del personaje de Crimen y castigo, que parece grabada a fuego en la mente de tanta gente. Siempre que alguien comete un crimen, sea del tipo que sea (si es de sangre, ya tenemos terreno abonado para esto), enseguida una horda de psicólogos y no tan psicólogos se lanzan a buscar los motivos por los que el criminal actuó así, convirtiéndolo casi por sistema en una víctima en el proceso. Parece que ninguno de ellos tuviera responsabilidad sobre sus actos, todos fueron abocados a ellos por una infancia difícil, una educación espartana, presiones sociales y una larga serie de etcéteras. El caso es que, tras su disección biográfica, es como si su capacidad de elección hubiera sido reducida a cero. Es un recurso usado ya hasta la saciedad en películas, novelas y demás productos policíacos, en los que no basta con dar con el asesino (el mayordomo), explicar cómo cometió el crimen (le abrió la cabeza con el atizador a su jefe) y por qué lo hizo (le pagaba poco y la vida está muy cara), sino que además hay que ir un paso más allá para saber qué lo convirtió en una persona violenta que responde de manera agresiva ante las adversidades y no puede escapar a ello de ninguna manera (como no quiso comerse las verduras de pequeño, su padre rompió delante de sus ojos aquel muñeco de acción que tanto le gustaba y además le dio una zurra para que aprendiera). Incluso tenemos una serie dedicada a esto último, Criminal Minds creo que se llama, nunca la he visto (ni ganas que tengo, con esa premisa).

Hoy en día está muy de moda también despotricar contra el cristianismo, pero incluso aquel que más lo denueste debe admitir que tiene muy oportunos valores para la formación del individuo. Lo que a todos los cristianos, antes de la idiotización actual, se les ha enseñado, es que existe una cosa llamada libre albedrío, que es algo que nos permite tomar nuestras propias decisiones al margen de todo estímulo exterior, que puede influirnos pero en modo alguno condicionarnos. Y esa capacidad para tomar nuestras propias decisiones nos hace también responsables, bien como cristianos que deben dar cuenta de ellas en un hipotético juicio final, bien como ateos que tienen una vida en este mundo que afrontar. Pero en nuestra sociedad parecemos empeñados en ser unos eternos niños siempre tutelados, sin responsabilidad de ninguno de nuestros actos, tal como se queja Razumijin que pretende el socialismo: si yo actúo mal es porque la sociedad está mal, no es culpa mía. Tantas veces hemos oído eso para exculpar a tantos que tienen una vida difícil, olvidando que otros que también la tienen nunca actuaron mal. Somos una sociedad capitalista en la que al parecer hay que pagar por todo excepto por nuestros actos. Porque de lo que hacemos (de lo malo, quiero decir, pues de lo bueno somos nosotros los únicos artífices) la culpa la tiene la sociedad, que no ha sabido mimarnos lo suficiente para que nunca nos portáramos mal.

Paseando con Crimen y castigo (3)

103582

FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la segunda parte de Crimen y Castigo, Piotr Petróvich lanza un discurso de carácter marcadamente capitalista y convenientemente caricaturizado. Pero la crítica no parece ir contra el capitalismo en sí mismo, sino contra la hipocresía y pérdida de valores que conlleva, hasta tal punto que temo que la inclusión del capitalismo en él venga favorecida por mi subconsciente y no por el personaje de la novela, que perfectamente puede representar tan sólo una crítica a la pérdida de valores de las nuevas generaciones, dejando ideologías aparte.

Su discurso comienza explicando en qué consistía la antigua educación, la que según él no ha llevado a la sociedad más que a la miseria, y que fue la que sus padres trataron de inculcarle a él, basada en ayudarse unos a otros y en la solidaridad social. “Si a mí, pongamos por ejemplo, me decían hasta ahora ‘ama a tu prójimo’ y yo así lo hacía, ¿qué resultaba?”, dice. “Pues resultaba que yo partía mi levita dos para darle la mitad al prójimo, con lo cual nos quedábamos ambos a medio vestir”. Que viene a ser lo mismo que decir que no merece la pena ayudar a nadie económicamente pues, tras hacerlo, uno tiene menos dinero y el otro no tiene lo suficiente, una caricaturización de los preceptos solidarios del cristianismo, que alegremente aplican hoy en día quienes pretenden defenderlo.

Tras esto, continúa aplicando fórmulas del discurso cristiano a las teorías de la evolución, para resaltar la pérdida de humanidad de la sociedad: “La ciencia, en cambio, dice: ámate a ti mismo antes que a nadie porque, en este mundo, todo se basa en el interés personal. Si te amas sólo a ti mismo, sacarás a flote tus asuntos y conservarás entera la levita. La verdad económica, por su parte, agrega que cuanto más a flote marchen los asuntos personales dentro de la sociedad, o sea, cuantas más levitas enteras haya, mayor número de puntales firmes tendrá esa sociedad y, por ende, mejor organizada estará la causa común. De modo que dedicándome única y exclusivamente a mi prosperidad es como contribuyo a la prosperidad de todos y a que mi prójimo obtenga una parte algo mayor de la levita.” No es este un procedimiento muy diferente al que en la actualidad pretenden imponer los grandes empresarios. El problema radica en que preocuparse únicamente de los asuntos personales no mejora la sociedad, no puede hacerlo, pues se basa en la muy ingenua idea de que quien se preocupa sólo por sí mismo siempre llevará a cabo acciones destinadas a su propio beneficio, pero jamás al perjuicio de los demás. Y eso es mentira, pruebas de ello tenemos a montones y a diario: todos, en el mundo capitalista, hacen lo que sea, sin importar cuánto daño puedan causar, para conseguir más dinero. Cuando uno mira sólo por sí mismo, no le importan los demás, y si los demás no le importan, tampoco va a cuidar de ellos. No sólo acumulará cinco levitas y no dará ninguna a quien lo necesite, sino que le arrebatará su pobre camisa para confeccionarse con ella los bolsillos de su última levita.

Pero esto sólo es una historieta. ¿Qué supone en nuestra sociedad aplicar esta teoría de cuidar tan sólo de uno mismo, suponiendo que así a todos nos irá mejor y por lo tanto la sociedad prosperará? Pues supone la eliminación de la sanidad pública, que la pagan los unos para los otros, supone la evasión fiscal, pues mi dinero lo he ganado yo y debe ser sólo para mí, supone, por supuesto, la no colaboración con ninguna causa social ni humanitaria (que trabajen si tienen hambre, esos vagos), supone la no existencia de movimientos sociales, que necesitan del apoyo y la colaboración de todos para conseguir algo que será para todos y no para uno solo… Supone, en fin, una sociedad egoísta en la que todos sus habitantes están desamparados, situación que ya se ha dado otras veces en el pasado y todos sabemos cómo siempre ha terminado.

El problema es que eso nos empuja a una sociedad sin valores, hacia la que hace ya tiempo que vamos encaminados. Seguro que el siguiente ejemplo de Dostoievski les suena a muchos en España y a muchísimos más en China: “¿Qué contesto ese profesor de Moscú cuando le preguntaron por qué falsificaba bonos? Pues contestó: ‘Todo el mundo se hace rico de una manera o de otra. Y también yo he querido enriquecerme cuanto antes’”. Pues sí, ese es el camino que llevamos, la veneración del dinero sin importar cómo éste haya sido conseguido. Vale que ahora todos critican las malas artes para hacerse con él, pero es curioso que hace tan sólo unos años la opinión general (demasiado general, casi sin ninguna oposición) era excusarlos a la voz de: “Normal que haya trincado si podía. Yo también lo habría hecho”. Y eso que lo de “trincar” sería una forma no demasiado maligna de conseguir más dinero. El problema viene cuando (y esto sucede sin parar) no nos detenemos ante nada. En España parece ya olvidado el asunto del aceite de colza, pero en China salen casos nuevos casi a diario de gentuza que hace lo impensable para conseguir mayores beneficios, gobierno incluido: el caso de la leche infantil justo antes de las olimpiadas, hace tres años miles de cerdos enfermos que habían enterrado para mantener la enfermedad oculta y poder vender la carne de los que no habían muerto, hace poco la mujer a la que engulleron unas escaleras mecánicas por defectos de calidad y mantenimiento… Y esto, por mucho que les moleste a los que demonizan todos los demás sistemas, se llama capitalismo: sacar el máximo rendimiento a toda costa sin importar nada ni nadie que no sea yo mismo. Porque el capitalismo no es lo que nos han vendido, lo que yo mismo creí y di por bueno durante mucho tiempo: un sistema en el que se puede avanzar por el valor personal. No, esas posibilidades y los derechos de los que disfrutamos en los países capitalistas vienen, precisamente, de las barreras que le ponen freno desde los gobiernos.

Paseando con Crimen y castigo (2)

Crimen y castigo

FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el episodio quinto de la primera parte de Crimen y castigo, el protagonista tiene un sueño que muestra bien a las claras cuán poco hemos cambiado. En él, un grupo de demasiadas personas suben a un carro para que una yegua ya vieja tire de él, pero cuando el animal no puede arrastrarlo, primero su dueño y luego todos los demás comienzan a golpearlo, borrachos, gritando y riendo su ocurrente acción, hasta que terminan por matarlo. La reacción de los que se oponen a lo que está sucediendo es bastante blanda, “¿Es que no sois cristianos?”, les dicen, o simplemente tratan de pasar de largo lo más rápido posible, ya se sabe, ojos que no ven…

Pero el acento se pone no tanto en la crueldad de la que somos capaces, que es mucha, sino en la manera en la que le damos salida, cuando podemos confundirnos en la multitud para no tener que afrontar la responsabilidad de nuestros actos, algo que vemos muy a menudo. Cada vez que un criminal es detenido, o sale de un juzgado, o en cualquier otra ocasión en la que esté maniatado, vigilado y la gente pueda camuflarse bien entre la masa, cuando creen que no pueden ser identificados como individuos, sino disculpados como pequeña parte de un todo, siempre hay una pequeña multitud que grita, insulta, agrede si ve una ocasión propicia, y de seguro se iría a la cama con la sensación del deber cumplido si el acosado se suicidara ese mismo día. Y hoy, para suerte o desgracia, tenemos un medio en el que convertirnos en multitud agresiva aún con mayor impunidad: Internet. Es increíble ver cómo aquí, cada vez que alguien hace o dice algo (no algo malo, sólo algo) le llueve una desproporcionada cantidad de insultos (no de críticas, de insultos), sólo por decir lo que piensa sin ofender a nadie con mayor o menor acierto (suele ser el caso de tantos actores que sólo tienen el don de la palabra cuando las frases se las escriben otros), o por tratar de quitar hierro a algún asunto (Irene Villa hace bien poco tuvo que aguantar los insultos de una buena cantidad de impresentables cuando ella no había insultado a nadie).

Hoy en día se dice demasiado a menudo que se juzga a la gente en Internet, pero no nos engañemos, en Internet no hay justicia, a lo sumo opiniones. Y no todas las opiniones valen lo mismo, algunas es mejor dejarlas correr, bien por demasiado inocentes, bien por dañinas. No digo que no tengamos derecho a tener una opinión, por supuesto que sí, pero deberíamos ser mucho más comedidos a la hora de exponerla, pues tenemos una preocupante tendencia a pasar rápidamente al linchamiento, si no a empezar por él sin ningún paso previo.