Hombres sin mujeres

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HARUKI MURAKAMI, Hombres sin mujeres

Haruki Murakami es un escritor al que, al parecer, se ama o se odia (lo digo por las opiniones encontradas que he tenido con otras personas), y yo me he enamorado. Esta es la segunda vez que tengo uno de sus libros entre mis manos, y la sensación de plácida soledad que produce su lectura es tan embriagadora que cuesta trabajo ser objetivo. Algunos lo acusan de ser pura fachada y creo que no les falta razón, pero tampoco creo que eso lo haga desmerecer. Hace poco tiempo leí la última novela de Luis Landero, El balcón en invierno, en la que él mismo advertía contra la impostura de sus relatos pasados en el primer capítulo, que comenzaba con una de esas imposturas, y debo decir que, aun estando sobre aviso en esa ocasión caí en su trampa (como supongo que muchos más), y que como lector está visto que me gusta que me engañen. La ficción novelesca me parece primordial, y si eso falla poco pueden importarme otras posibles virtudes del libro que estoy leyendo. Aún es más, no echo demasiado en falta esas otras posibles virtudes si la historia que se me ofrece está bien construida.

Murakami es un escritor japonés que constantemente utiliza referentes occidentales en sus narraciones. Creo que ese es el motivo principal por el que lo critican sus detractores, pues muchos buscan una lectura exótica oriental, y prácticamente lo único oriental que encuentran son los nombres de los personajes. Y con respecto a que sus historias son sólo fachada, pues me parece una fachada muy bien construida. La soledad, sentimiento que parece predominar siempre, no sólo es algo que asedia a sus protagonistas, sino que a las pocas páginas es el lector el que empieza a sentirla, y provoca en él (en mí) algo que siempre me ha fascinado: un sentimiento de nostalgia de un tiempo que no le ha tocado vivir. Esto sucede en las historias cuyos protagonistas son universitarios (algo bastante recurrente), en la que, además, una nube de erotismo lo envuelve todo, convirtiendo al sexo en un vehículo de esa soledad, al tiempo que lo muestra casi como la única vía de escape de ella. A pesar de que Murakami no se prodiga en describir las escenas eróticas, éstas suelen ser de una gran intensidad, con momentos previos al sexo propiamente dicho bastante prolongados, salpicados por conversaciones que pueden resultar chocantes, y resueltos siempre con una descripción del acto sexual que no suele ir más allá de las tres líneas, y que jamás ahonda en detalles.

En Hombres sin mujeres, una colección de siete relatos (algunos de los cuales parecen más bien una novela a la que le faltaron páginas para llegar a serlo), por supuesto la soledad y el sexo están siempre presentes. Todos ellos tratan sobre hombres que, o bien perdieron o bien no alcanzaron a la mujer de su vida, un campo perfecto para entrar en este juego de soledad y erotismo. De ellos mi favorito ha sido Yesterday, la historia de un estudiante universitario cuyo único amigo le pide que salga con su novia. Es el ejemplo perfecto de lo dicho anteriormente, pues la incomunicación producida entre el chico y su novia, y el rechazo voluntario del protagonista a salir con ella crean una sensación de soledad que embarga al lector, al mismo tiempo que, sin haber ninguna escena de sexo, el erotismo está siempre presente en forma de conversaciones, pensamientos y posibilidades.

¿Todo es una construcción hueca para provocar esto? Es posible, aunque no podrán negarme que, en el mundo en que vivimos, no resulta nada gratuito el alertar contra nuestra soledad autoimpuesta o proponer una sensualidad relajada frente a los fuertes estímulos sexuales que constantemente recibimos en todos los ámbitos.

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Herbert West: Reanimador

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H. P. LOVECRAFT, Herbert West: Reanimador

No sé si considerar Herbert West: Reanimador como un cuento largo en seis capítulos o como una serie de seis cuentos que se desarrollan a lo largo de un mismo tema. La duda me surge porque, si bien los seis capítulos cuentan una misma historia, cada uno de ellos comienza poniendo al lector sobre aviso de todo lo que había ocurrido anteriormente como si se estuviera empezando un relato desde cero en cada capítulo, pero el final de cada uno de ellos resulta por sí sólo insuficiente para considerarlos relatos independientes. Todos ellos terminan con un final sorpresivo, que en modo alguno cierra la historia que habían comenzado y que se percibe más bien como el gancho para pasar al siguiente capítulo de un folletín.

En este cuento o conjunto de cuentos, Herbert West es un médico que, junto con otro médico compañero suyo de facultad, pretenden conseguir la hazaña de revivir a los muertos, algo al estilo de Frankenstein. Para ello Lovecraft no se complica demasiado la vida y se saca de la manga un suero que West ha inventado y que necesita probar en cadáveres. Lo más importante para Lovecraft no parece ser el desarrollo de una historia compleja (sólo nos ofrece seis breves episodios que no se desarrollan más allá de la mera acción), ni la reflexión sobre los temas filosóficos que esta situación podría generar (ninguna mención se hace más allá de la incomodidad que acaba sintiendo el doctor narrador de la historia por los métodos de West), sino la creación de un ambiente claustrofóbico y misterioso, adecuado a la historia de corte fantástico que nos está contando. De hecho, la mayor parte del tiempo nos vemos recluidos entre cementerios y laboratorios, resolviéndose cualquier actividad que se produzca fuera de estos dos ambientes con una rápida sentencia que no da lugar a nada más.

Quizá lo más difícil de entender del relato sea la amistad entre West y el narrador, amistad que podemos entender en los tres primeros relatos pero que, a partir del cuarto, se vuelve poco creíble por los reparos que nuestro narrador tiene ya hacia su antiguo amigo. El que ambos continúen juntos se nos explica por la insistencia de West y cómo éste allana el camino para que no haya separación, pero esta excusa se antoja bastante floja, a no ser por la carencia de personalidad del narrador, pero eso no es posible, pues en ese caso deberíamos estar asistiendo a un relato de alabanza de West de principio a fin. Y eso es lo extraño, por un lado nuestro narrador muestra una posición crítica con respecto a su amigo a medida que avanzan los relatos, pero por otro no se separa de él haga este lo que haga, ignorando su exposición previa. Es como si narrador y personaje fueran por distintos caminos, ignorando uno la consciencia del otro.

En donde el relato sobresale es sin duda en la ambientación, claustrofóbica y misteriosa de principio a fin, aunque demasiado igual entre los diferentes capítulos a pesar del total cambio de escenario. En la universidad, como médicos de pueblo, en medio de la guerra… la falta de referencias al mundo que los rodea hace que el cambio de escenario sea algo puramente nominal, no habría diferencia de estar en un santuario budista, en medio del Sáhara o perdidos en el Amazonas.

Un historia, a fin de cuentas, que se asemeja a una película de serie B, interesante y disfrutable, incluso cautivadora si uno se deja llevar, pero en la que se nota que los monstruos son de cartón, podría haber estado mejor terminada.

>Tres vidas de santos

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EDUARDO MENDOZA, Tres vidas de santos

No hay una verdadera unidad temática en los tres relatos que conforman el último título dado a las librerías por Eduardo Mendoza, así que resulta complicado escribir una única reseña que los abarque, por lo que optaré por la cobardía del camino fácil y les ofreceré una minireseña de cada uno de ellos.

En el primero, La ballena, el obispo Cachimba, que al final será llamado sólo Fulgencio, llega a Barcelona enviado por el obispado y se aloja en la casa de una familia pudiente. Más adelante se producirá un golpe de estado en su país de origen y la iglesia lo abandonará a su suerte, no haciéndose ya cargo de él. Todo el relato tiene cierto tono costumbrista y, al menos para mí, su prosa algo de hipnótico que no alcanzan los otros dos. Hace unos días le comenté a una amiga cómo Últimas tardes con Teresa creaba en mí la ilusión de recordar una Barcelona que en realidad nunca he conocido. No es la única novela con la que eso me sucede, son varios los autores que se han empeñado en mostrarnos esa Barcelona que creemos reconocer al leerla y que buscamos cuando la visitamos. Mendoza es uno de ellos y este primer relato participa en parte de esa ilusión. Así pues, conforme lee, uno no puede evitar buscar en su falsa memoria todos esos lugares en los que transcurre la acción, especialmente los del puerto de la ciudad, que la gente de mi edad ya no sabe muy bien dónde ubicar.

Pero no es esta representación nostálgica lo único que el relato ofrece. Mendoza hace una suerte de crítica de la iglesia que no llega a extender a todos sus miembros. Se trata de lo sucedido en tres momentos del relato: la estricta confesión de la tía Conchita, cuando ésta echa de casa a Fulgencio porque conoce sus “pecados” y cuando el obispado lo abandona. Aunque hablar de crítica a la iglesia no sería del todo justo aquí, sino más bien de denuncia de las falsas apariencias y la hipocresía, pues en similares faltas incurren también el resto de personajes sin que la religión esté en absoluto involucrada: el tío Víctor expulsa veladamente a Fulgencio de su casa cuando ya ningún prestigio le proporciona, la madre del protagonista (más bien del narrador, pues el protagonismo recae en el obispo) lo acoge con cierta desgana y casi todas las acciones llevadas a cabo por los personajes acaban revelándose de interés propio. Sólo Fulgencio parece evolucionar, sólo él da muestras de aprender de sus errores, de mejorar, de buscar el camino correcto para vivir. Él y el narrador, aunque este último lo hace por imitación del anterior, que se irá convirtiendo en algo así como su maestro en al vida.

El segundo cuento, El final de Dubslav, me resultó en cierta medida incómodo de leer, no conservé en él las ilusiones despertadas en el primero. En un principio lo achaqué a la ausencia de Barcelona en el relato (uno acaba adquiriendo la costumbre de asociar ciertos autores a ciertos temas), y hace un mes leí en algún sitio que la narración había sido totalmente despojada del nexo “que”, lo que le daba cierta artificialidad. No pude resistirme a revisar sus páginas y, efectivamente: ni un solo “que” en todo el relato. Y era cierto, esa ausencia es la que lo vuelve artificial y de incómoda lectura. Aunque más allá de eso, El final de Dubslav tampoco resulta especialmente interesante. Todo él consiste en un viaje de realización personal para llegar a descubrir la futilidad del esfuerzo, algo ya tantas veces visto, en este caso en al piel de un hijo que trata de emular los éxitos de su madre y en eso se le va la vida. Todo este esfuerzo se resume en la siguiente frase clarividente, quizá la joya escondida en un cuento que no ha llegado a interesarme demasiado: “Antes de ser alcanzado, el éxito no existe, sólo es motivo de ansiedad; pero cuando llega es peor: después de obtenido, la vida no se detiene y el éxito la ensombrece; nadie puede repetir constantemente el éxito y al cabo de muy poco el éxito se convierte en una pesada carga; se necesita de nuevo, constantemente, pero ahora a sabiendas de su inutilidad.”

El último relato, El malentendido, recupera la genialidad, o al menos el buen hacer al que Mendoza nos tiene acostumbrados, del primero. Una profesora de literatura comienza a dar clases en una cárcel. Uno de los reclusos se muestra aventajado y, cuando cumpla su condena, terminará por convertirse en escritor. Tal y como dice la solapa del libro, “es una profunda reflexión sobre la creación literaria”, aunque yo diría que es más bien una burla de dicha creación. El autor se toma aquí el proceso de escritura de una manera bastante burlona. ¡Ojo! El autor, no el narrador, pues este último se lo toma muy en serio, lo cual acentúa ese punto humorístico. Dos son los protagonistas del relato: la profesora y el recluso. Aquella da una visión muy seria en la que la literatura es uno de los pilares culturales de la civilización. Éste se ve envuelto en el mundo novelístico por accidente y su visión es mucho más inocente, se siente un farsante en un mundo que todos parecen tomarse muy en serio excepto él. Ante este choque de actitudes, el lector no puede sino reírse ante la excesiva seriedad con la que se observa ese mundillo, aunque esa risa se vuelva amarga al cabo, pues ya no reconocemos la admiración por esos intelectuales en nuestro propio mundo.

Y después de todo esto, acabaré por el principio: el prólogo. En él, el autor nos advierte de que los relatos que componen Tres vidas de santos no son nuevos, sino que fueron escritos en tres momentos distintos de su carrera, en el mismo orden en el que aparecen en el volumen. Bien podría tratarse esto tan sólo de un juego literario, pero aunque así lo fuera refleja bastante bien la carrera que ha seguido Mendoza, desde sus inicios haciendo literatura de Barcelona (La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios…), hasta una actualidad en la que el tema literario, aunque tratado de manera humorística, está muy presente en sus obras (El último trayecto de Horacio Dos, El asombroso viaje de Pomponio Flato…). A fin de cuentas no nos importa si es nuevo o no, mientras siga escribiendo.

>Ojos azules

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Ojos azules

Esta reseña constituye un spoiler en toda regla, aunque no importa mucho, pues la lectura del cuento en cuestión no ocupa más de veinte minutos, lo cual no deja muy amplio margen para el suspense.

Arturo Pérez-Reverte parece haber perdido el norte, o al menos eso es lo que se desprende de algunas de sus últimas novelas. El problema no es tanto que Reverte escriba mal, que no lo hace, sino que da la sensación de no distinguir entre cuando escribe una columna y cuando escribe una novela. Me explico. Reverte siempre ha alardeado en sus columnas de cierta irreverencia que le confería un humor ácido con el que nos ha atrapado a muchos, pero últimamente se empeña en trasladar eso a su ficción, cuando lo que ahí buscamos los lectores no es una lección de carácter castizo, sino una historia bien orquestada, con unos personajes bien desarrollados y, por supuesto, divertida. En resumen: no queremos al Pérez-Reverte graciosete, sino al Pérez-Reverte novelista, que sabemos que es capaz de cosas mucho mejores, como ya demostró en El húsar, El club Dumas o las dos primeras entregas de El capitán Alatriste.

Y Ojos azules peca de esa columnización de sus novelas. En ella el ejército español llega a América y conquista aquello con mucha mala leche y mucha sangre. Entonces un soldado se tira a una india para calmar sus instintos animales. La india se queda preñada y él no sabe qué hacer, porque claro, a fin de cuentas ella sólo es una bestia con cuerpo de mujer, y él es un hombre, además español, miembro del ejército más poderoso de la tierra y que Dios ha bendecido, que eso viste mucho. ¿Cómo se va a mezclar alguien como él con alguien como ella? (Por favor, no vean aquí alegoría de un alegato contra el racismo, que no la hay, sino autobombo del “yo soy muy leído”) Pero no pasa nada, porque como hay que seguir guerreando, al pobre se lo cargan los indígenas en otra batalla, ir tan lejos para buscar riquezas y encontrar la muerte, irónico destino, y se acabaron las preocupaciones. La india que, cómo no, estaba perdidamente enamorada (ella parece que no sufre el estigma de la acomplejada moral española), se queda sola y marcada por llevar el fruto del invasor en su vientre, y sólo es capaz de preguntarse si su hijo tendrá lo ojos azules, igual que el padre.

Supongo que después de tal desaguisado nos esperará una segunda parte en la que Ojos Azules Jr. habrá crecido y será un miembro integrado de la tribu que enfrentará y derrotará heroicamente al ejército español cuando regrese. Creo que eso ya lo he visto en alguna otra parte.

>Milagros de Nuestra Señora

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GONZALO DE BERCEO, Milagros de Nuestra Señora

Nunca había leído realmente este libro, aunque han sido varias las veces que he fingido haberlo hecho (¡Qué remedio! Era materia de examen). El problema era que siempre me había enfrentado a él como a un libro religioso, cuando en realidad hay que afrontarlo como una colección de cuentos. Bien es cierto que con una temática que gira en torno a la Virgen, pero no se trata de un catequismo, son cuentos. En ellos la Virgen salva, premia y castiga dependiendo de las acciones cristianas de los protagonistas, pero también en la novela del XVIII la sociedad premia o castiga dependiendo del civismo de sus protagonistas, y en el Romanticismo es el destino el que se encarga de ello.

Pero un milagro me ha llamado la atención por encima de los demás, pues supone una pequeña novela en sí mismo: La deuda pagada. En él, un hombre acomodado ve menguar su fortuna hasta casi extinguirse, y pide un préstamo a un judío, dejando como fiadora a la virgen del lugar, que será raptada por el judío en el caso de no pagarse la deuda en el tiempo estipulado. Tras esto el mercader viaja al extranjero para rehacer su fortuna y, el día anterior al vencimiento del plazo, con su fortuna restaurada y ante la imposibilidad de regresar a su tierra para pagar la deuda, coloca el pago en la orilla del mar y reza a la Virgen para que las olas lo lleven a casa del judío y todo quede en orden. Todo saldrá bien, aunque el judío no acusará el pago y será la propia Virgen quien tenga que desmentir el embuste para que el estafador reciba su merecido.

Aquí se me hace imposible no preguntarme si realmente estamos ante un procedimiento “deus ex machina”, pues la Virgen forma parte activa no sólo de esta historia, sino también de todas las anteriores. No sólo aparece como elemento final de salvación, sino que los actos de los protagonistas están ordenados en torno a ella; ella es el eje en torno al cual gira todo. Por otro lado sí que es tratada como un factor externo por parte de esos protagonistas, pues recurren a ella cuando se ven en apuros y en raras ocasiones parecen llevar una vida de devoción.

Pero lo realmente interesante es cómo orquesta la enseñanza religiosa alrededor de lo que son auténticos relatos de aventuras, en ocasiones más cercanos a la evasión que al adoctrinamiento.

>Comienzos

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VV.AA., Comienzos, Eunsa

Comienzos es una recopilación de cuentos de varios autores noveles, realizada como “experimento” de un taller de escritura en Pamplona. Para ser sinceros, la calidad de unos relatos a otros sufre unos cuantos altibajos, pero voy a centrarme en uno solo de ellos por motivos personales y porque es, creo, el mejor que he leído de su autor, y le voy a conceder más espacio del que acostumbro.

El cuento, escrito por Ricardo Riera, se titula Iker y la bestia de los Pirineos. Por su título y por el hecho de estar ambientado en Pamplona (una Pamplona más bien mítica), podríamos pensar que se trata de una historia extraída de la cultura popular vasca, pero nada más lejos de la realidad, pues el elemento fantástico lo invade todo en seguida y nos transporta, quizá, a unas lejanas tierras nórdicas.

La historia se divide en dos momentos básicos: el tiempo actual en el que alguien conoce los hechos, y los hechos propiamente dichos, creando un ambiente de leyenda romántica con un esquema similar al que tantas veces hemos visto en Bécquer, y dosificando muy bien la información para mantener de ese modo el misterio y que las cosas no discurran demasiado rápido.

Pero no todo son aciertos, hay un par de cosas que flojean en la historia. La primera de ellas es que ese pretendido narrador de la zona se descubre en ocasiones como el recién llegado a ella que en realidad es su autor, y tras dar una serie de nombres en perfecto euskera, él opta por usar el término “vascuence”; o en un momento dado nos sorprende con “la mordida de uno de ellos”, inverosímil palabra en este lugar, donde utilizaríamos, sin pensarlo, “el mordisco”. La segunda de ellas son las decisiones, un tanto infantiles, con las que en ocasiones ataja su relato. Así encontramos que nuestro investigador acude a la “sección de libros raros de la biblioteca”, como si nos encontráramos en un episodio de Buffy Cazavampiros; da una excusa tan floja como las deudas de juego para que un amigo suyo investigue en los libros un par de cosas, como si tuviera que presionar a sus amigos para que le hicieran un favor; o incluso nos regala con una excesiva clarividencia en el relato final de los hechos después de habernos ofrecido una historia oscura por la falta de datos. A mi modo de ver, esa explicación final en realidad no era necesaria, pues el lector tiene ya suficientes datos para intuir qué es lo que ha sucedido.

Un excelente relato, de todos modos, que no me logra disipar una duda: estoy convencido de que Ricardo Riera tenía en la mente la historia en imágenes de película mientras la escribía, pues su desarrollo se asemeja demasiado al de un posible capítulo de, digamos, Historias de la cripta.