La fuerza de la sangre

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MIGUEL DE CERVANTES, La fuerza de la sangre

Mientras leía La fuerza de la sangre, como se trataba de una de las Novelas ejemplares de Cervantes que nunca antes había leído (no las había leído todas, cosa que estoy subsanando), tenía la impresión de estar ante una obra de teatro novelizada. No sólo se trataba de su extensión, más breve que las anteriores, sino de que la distribución de los hechos narrados, e incluso su resolución en el último segundo, encajaban perfectamente con los esquemas de algunas comedias españolas, como por ejemplo Los cabellos de Absalón, por poner un ejemplo del que hablé hace no mucho.

Rodolfo, cuando pasea con sus amigos, se cruza con Leocadia y su familia, de la que se encapricha, así que con la ayuda de sus compinches la rapta, se la lleva a casa y se acuesta con ella, dejándola marcharse al día siguiente. Leocadia, que ni siquiera sabe quién la ha violado, queda embarazada, y Rodolfo parte para Italia para conocer mundo y convertirse en un buen caballero. Cuando el niño que tiene Leocadia cumple siete años, es arrollado por un caballo y auxiliado por “un caballero anciano que estaba mirando la carrera”, que lo lleva a su casa y que resulta ser su abuelo, el padre de Rodolfo. Tras una serie de manejos hasta que se descubre la situación, los padres de Rodolfo lo harán llamar para que acuda a casarse con la que le han seleccionado como esposa, que no es otra que Leocadia.

Como ven, la primera parte perfectamente podría ocupar el primer acto de una comedia y, varios años después, la segunda parte ocupar el segundo y tercer actos. Además, en la segunda parte la tensión dramática va aumentando paulatinamente hasta que se resuelve por medio de la anagnórisis final en la última página. A pesar de ello hemos tenido la suerte de que Cervantes hiciera una novela con esta historia y no una comedia, pues en sus otras comedias sus versos no resultan muy fluidos, cosa que indudablemente sí es su prosa.

No entraré en lo acertado o no de su resolución final, sin que haya ni una sola censura de la violación de Leocadia o ninguna justicia, pues me parece una discusión fuera de lugar. Las cosas suceden conforme a la norma teatral, quedando resuelto el caso con el matrimonio, recuperando Leocadia así su honor, y todos felices. Cosas parecidas suceden en La vida es sueño, o Don Gil de las calzas verdes.

Una frase me ha llamado la atención, y me resultó bastante divertida por aparecer en un texto de Cervantes, tan ajeno a las cuestiones económicas y políticas actuales: “que siempre los ricos que dan en liberales hallan quien canonice sus desafueros y califique por buenos sus malos gustos”. No me digan que no tiene su guasa esta especie de predicción, hecha desde el siglo XVII, de nuestra sociedad actual, en la que un sinnúmero de obreros que parecen no saber serlo apoyan las decisiones de liberales ricos que no pueden sino ir en su contra. Antes de que ninguno se rasgue las vestiduras, ya sé que a la palabra “liberal” en Cervantes no se le puede aplicar el sentido actual, sino el de “generoso”, y que lo que viene a decir más bien es que esta gente apoya a quien le favorece sin importar la justicia de sus decisiones, siempre y cuando continúe favoreciéndoles (algo bastante aplicable hoy en día también, por otro lado), pero me resulta difícil ceder a la tentación de descontextualizar la frase para darle ese otro sentido más venenoso.

La historia funciona como un mecanismo de relojería (de comedia, en realidad), y el lenguaje es de lo más sencillo, convirtiéndola en una lectura tan interesante y cómoda que no encuentro motivos por los que nadie podría rechazarla.

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Cinco esquinas

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MARIO VARGAS LLOSA, Cinco esquinas

Cinco esquinas es el título de la última novelita que Vargas Llosa nos ha lanzado, y ese retorno a su Perú natal que parece estar viviendo en su mundo de ficción, se deja ver esta vez ya desde el título. Cinco esquinas es el nombre de un barrio obrero limeño, no en el que transcurre toda la novela, pero sí en el que se produce el evento que supone el centro de su trama.

La historia, ambientada al final del gobierno de Fujimori, gira en torno a dos matrimonios adinerados y un periodista amarillista que dirige una revista que se dedica a destapar o inventar las miserias del mundo del espectáculo, amén de algún otro personaje que sirve al desarrollo del argumento. El periodista Rolando Garro se hará con las fotos del empresario Enrique Cárdenas en una orgía, y las usará para chantajearlo. Poco imaginará él que la utilización de ese material será mucho más peligrosa de lo que había supuesto.

Lo cierto es que poco hay que comentar de la novela aparte de que es entretenidilla. Tiene una parte, en la que el periodista chantajea al adinerado empresario Enrique Cárdenas, que es interesante y que engancha, y otra, la historia de amor lésbico entre las dos mujeres de los dos matrimonios, que aburre y no llama la atención ni como intervalo erótico.

Entre medias asistimos a lo inseguro que es el Perú en esa época, a los desmanes del gobierno de Fujimori, lo difícil que resulta ganarse la vida honestamente en una sociedad tan corrupta… En realidad uno pasa por encima de la novela sin que ésta le resulte molesta, pero con la seguridad de que pronto olvidará su contenido, pues sus dos mayores virtudes son la de ser una lectura ligera y la de que se lee casi de un tirón. Una lectura para un domingo que uno no tenga planes, que nos resultará agradable, aunque también es fácilmente sustituible por cualquier otra.

El amor duele

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KIRIKO NANANAN, El amor duele

En lo referente a los cómics, la editorial Ponent Moon suele ser indicativo de calidad en casi todo lo que publica. Quizá no de obras maestras (aunque sí en algunos casos), como lo pretende en los resúmenes de algunas de sus solapas, pero sí de calidad. Esto viene a ser lo que sucede en el caso de El amor duele. Si uno lee lo que dice su solapa, puede tener la impresión de encontrarse ante la gran obra maestra del cómic del siglo XX. Ahí nos sorprenden con afirmaciones como “en veintinco punzantes capitulos Kiriko Nananan explora el amor en todo su cruel explendor”, “la verdad invisible de lo visible” o “autora nipona doctorada en hurgar en lo más hondo de nuestros sentimientos y dejarlos expuestos a flor de piel”. Las expectativas ante esto se vuelven muy elevadas, quizá demasiado, y lo que encontramos dentro no es tan especial, ni tan revelador, ni tan relevante. Muchas veces lo hemos visto ya en otros cómics japoneses u occidentales románticos. Jovencitos que se enfrentan a sus primeras relaciones y sus primeros desengaños, un sentimiento exacerbado que se convierte en aquello alrededor de lo cual gira toda su vida, la relación del sexo con el amor o la independencia de uno con respecto del otro, las relaciones formales y supuestamente adultas frente a la libertad de la soltería en las edades tempranas… todo esto ya nos suena conocido y muchas son las veces que lo hemos visto en relatos adolescentes.

Porque esa es la clave: adolescentes. El amor como centro gravitatorio de todo sólo aparece en las historias adolescentes o de temprana juventud, cuando las perspectivas de vida remiten a la autorrealización, a encontrarse a uno mismo, y los problemas vitales son más bien de índole inmediata. Cuando en nuestra existencia se cruzan los problemas sociales, económicos, familiares, las perspectivas de futuro y demás, no es que el impulso romántico desaparezca, pero queda suavizado y asimilado al resto de elementos de nuestra vida. Ningún adulto vive supeditado a ese único impulso romántico que con tanta fuerza nos arrastraba en nuestra juventud. Y no es que ya no lo sintamos: es que hemos aprendido a manejarlo. Las verdaderas preocupaciones son aquellas que no dependen enteramente de nuestra voluntad.

Así que las palabras de gancho de la solapa se quedan en eso: en unas simples palabras de gancho. Vemos a esos adolescentes poseídos por sus emociones, pero estamos muy lejos de sentirnos arrastrados por ellas, pues reconocemos al instante la influencia del momento vital de los protagonistas y la impostura de la autora.

Lo que realmente destaca de la novela gráfica son sus viñetas, que sí logran modificar nuestra perspectiva. Ni una sola viñeta nos muestra una visión general de la situación que se nos está contando, sino que todas se acercan demasiado a los protagonistas, eliminando el entorno y enfocándolos desde lugares poco habituales y en ocasiones podría decirse que incluso incómodos, ofreciendo así una visión subjetiva. Pondré un par de ejemplos de esto. En un capítulo dos chicas conversan en una cafetería sobre sexo. Una defiende la libertad en el sexo, y nosotros siempre la vemos con viñetas enfocadas desde atrás, siempre laterales, en picados y contrapicados, casi como si no pudiéramos tener una visión clara de ella. Mientras tanto la otra chica defiende lo hermoso de una relación clásica y de que el sexo esté ligado al amor, y todas sus intervenciones vienen acompañadas de viñetas que la muestran de frente y con su rostro muy cercano, de manera que parece evidenciarse su franqueza inocente frente a la esquividad de la otra chica.

En otra ocasión hay dos chicos practicando sexo (adelantaré que no hay ni una sola imagen erótica en el cómic, todos los dibujos estan cortados en el sitio adecuado para que no veamos nada pero lo entenfamos todo, así que no es la lectura adecuada para quien busque un cómic erótico), y ni un solo dibujo los muestra a los dos al mismo tiempo, sino que mientras muestra el rostro de la chica de frente practicándole sexo oral a él (repito, no se ve nada), sus viñetas se alternan con otras de la cara del chico desde un ángulo diferente cada vez y nunca mirando al lector, intercambiando de esa manera los roles clásicos del chico seguro y la chica tímida, y otorgando más seguridad a la chica, que mira de frente, y más inseguridad al chico, que evade siempre la mirada a pesar de que el cambio constante de perspectiva parezca empeñado en buscarla.

En resumidas cuentas, no vamos a encontrar nada nuevo ni revelador sobre el amor en esta novela gráfica, pero sí que vamos a poder disfrutar de una curiosa y estimulante forma de tratar el sentimiento con unas técnicas bastante cercanas a lo cinematográfico.

Kafka

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ROBERT CRUMB, DAVID ZANE MAIROWITZ, Kafka

Kafka es sin duda una de las figuras literarias que mayor atracción ejerce, pero no nos engañemos, hoy en día lo que atrae es la idea misma de Kafka, pero no tanto su obra. Para el lector actual, demasiado acostumbrado a historias de puro escapismo y sin segundas lecturas, Kafka es tedioso y carece de sentido. Quizá un adolescente pudiera referirse a él como un coñazo con muchas neuras, pero eso no es un problema puesto que no es una lectura dirigida a ellos (el verdadero problema lo tendría quien pretendiera hacérselo leer). Lo preocupante son los lectores “maduros”, que normalmente se refieren a él (y a muchos otros) como demasiado denso, o con un displicente: “No es de mi estilo”. Lo cual es sólo una manera de reconocer lo infantil que continúa siendo su forma de ver el mundo o, en otras palabras, la mayor parte de los adultos de nuestra sociedad han alcanzado la edad adulta pero en modo alguno han madurado. No quiero decir con esto que a todo el mundo deba gustarle Kafka, ni mucho menos, pero nadie parece dispuesto a asumir su incapacidad de afrontar un texto denso (tampoco es que los de Kafka lo sean tanto), y convierten la situación en culpa del escritor por no haber escrito algo más ligero.

Y los autores de Kafka parecen ser conscientes de ello al escribir este híbrido entre cómic y biografía. Saben que el nombre de Kafka a todos les suena y les atrae, pero cuando aparece en el lugar en el que va el nombre del autor de un libro les produce rechazo. Así, todos conocen el adjetivo kafkiano pero no saben de dónde viene, y todos identifican al autor con el tipo ese que escribió una novela en la que alguien se convierte en una cucaracha, pero no saben nada de sus historias.

Kafka es una biografía literaria en cómic de Kafka, por tautológica que esta afirmación resulte. Los datos sobre la vida del escritor están reducidos al mínimo, dando relevancia sólo a aquellos que puedan reflejar sus inquietudes y que sirvan para explicar su obra. De esta manera, el cómic no se molesta en hablarnos de su nacimiento, ni de su educación, ni de sus relaciones sociales, pero pone especial énfasis en la relación familiar y sus relaciones amorosas. Además, gran parte de sus páginas están destinadas a explicarnos sus obras literarias, de las que se nos cuenta los argumentos al detalle, por lo que doy por supuesto que está asumido el desconocimiento por parte del lector. Pero no se espera una actitud pasiva por parte del lector del cómic, puesto que los resúmenes convertidos al lenguaje del cómic sirven para animar a la lectura de los originales, al estar planteados como una reseña en la que se pone mucho énfasis en el planteamiento de la historia, pero los finales son narrados a gran velocidad o incluso evitados. El mayor ejemplo de animación a acercarse a la obra original se produce al presentarnos el cuento de “La metamorfosis”, donde el juego va a más. Se nos dice: “Ésta, quizá la más famosa primera oración de la literatura moderna, inicia la obra maestra de Kafka”, y acto seguido nos ofrecen la página en alemán, cosa que la mayoría de los lectores del original en inglés no pueden leer (tampoco la mayoría de los que leemos la edición en español), con lo que se les anima a buscar el libro y leerlo.

Tras terminar el cómic he visto por ahí que bastantes no lo recomiendan como modo de acercarse al escritor, que es más bien un cómic dirigido a aquellos que ya lo admiran, opinión de la que no puedo estar más en contra, pues me parece que despliega toda una serie de habilidades para hacerlo atractivo a quienes lo desconocen.

Revival

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STEPHEN KING, Revival

Leí mi primera novela de Stephen King a los 15 años, atraído por esa aura de historias que dan mucho miedo que tanto atraían a los adolescentes, y yo no era una excepción. La novela, El pasillo de la muerte, se publicaba por entregas y aún faltaban por publicarse las dos últimas, así que me lancé, atraído también en parte por esta curiosa forma de publicar un libro. No me entusiasmó. Por entonces estaba en boga la serie de televisión Expediente X, y la historia se me antojo uno más de los capítulos de la serie, aunque sin el interés que estos tenían. Pero tampoco me desagradó, así que cuando ese mismo año se publicaron, en una un tanto extraña jugada de marketing, dos libros que compartían argumento de dos supuestos diferentes autores, Desesperación, de Stephen King, y Posesión, de un tal Richard Bachman, decidí leer el primero. Ambos autores eran en realidad el mismo, y la cosa habría tenido sentido si se hubiera mantenido el secreto sobre su identidad, pero recuerdo que, mientras en el libro de Bachman se nos hablaba en la solapa de la afinidad de sus historias con las de Stephen King, en la solapa del de King se nos decía abiertamente que Richard Bachman era uno de sus pseudónimos. Ya entonces no entendía a qué venía el juego de los pseudónimos si nos los revelaban de esa manera.

El caso es que en esta ocasión el libro de King sí que me disgustó, y por lo tanto jamás leí el del supuesto Bachman. No sólo eso, sino que no volví a leer otra novela de Stephen King hasta más de diez años después, cuando un amigo me regaló el primer volumen de La torre oscura, en una edición con ilustraciones en color en el centro, que provocaba ir corriendo a la librería a comprar el resto de los tomos aunque sólo fuera para contemplar aquellas ilustraciones fantasiosas. Pero, a pesar de lo llamativo de la premisa de La torre oscura, tampoco este libro me entusiasmó demasiado, se me antojó un largo prólogo que nunca entraba en materia. Ahí terminó mi relación con la literatura del señor King, que nunca llegó a atraerme demasiado sobre el papel a pesar de las virtudes que acostumbro a ver en sus adaptaciones cinematográficas.

Hace no demasiado tiempo comenzó a emitirse en televisión una serie basada en una de sus últimas novelas: La cúpula. Y lo que ahí adivinaba me gustaba tanto que me entraron verdaderas ganas de leer la novela y retomar la escasa relación que había tenido con su literatura. Pero la relación no la he recuperado hasta que ha caído en mis manos la que creo que es la última novela publicada en español de Stephen King: Revival (no sé si Finders Keepers ha sido ya publicada en español o no).

Y por primera vez he disfrutado, y mucho, con una novela de Stephen King, hasta el punto de que ya tengo ganas de leer otra más. Hay algo que tiene en común con las anteriores que ya había leído, y que también puede observarse en las adaptaciones cinematográficas de otras de sus novelas: King no escribe historias de terror, escribe historias costumbristas con monstruo. Y es que tengo la sensación de que ese mundo fantástico o terrorífico que acaba siendo de lo que todos hablamos al final, es una mera excusa para mostrar cómo es la vida, las costumbres, las creencias, los miedos, las obsesiones, la sencillez, el carácter… de todos aquellos que viven en unos Estados Unidos alejados de las grandes ciudades, que es lo que estamos demasiado acostumbrados a ver en las películas de Hollywood.

Eso sucede en Revival, que es la historia de la vida de Jamie desde los seis hasta los setenta años, en la que tendrá gran importancia la figura del pastor de la iglesia a la que su familia acudía siendo él niño, y con el que volverá a encontrarse varias veces a lo largo de su vida, suponiendo cada una de esas veces un punto de inflexión. Las diferentes etapas de la vida de cualquier persona (de cualquier persona de clase media del interior de los Estados Unidos, quiero decir, aunque seguramente muchos se verán reflejados en más de una etapa) aparecen expuestas en la vida del protagonista. Una infancia marcada por los juegos con amigos y hermanos, la visión de los padres como esas dos personas que forman casi parte de la casa, o esas figuras de autoridad fuera del hogar que nos marcan cuando aún somos jóvenes, y que aquí es el pastor de la iglesia, aunque en España podamos estar más acostumbrados a que se trate de un profesor. Una adolescencia con el ansia de encajar en un grupo y las tentaciones de drogas blandas (como el tabaco y el alcohol) que eso conlleva y, cómo, no, el primer amor. Una juventud y primera vida adulta que muestra aquí dos vertientes: la del protagonista, alguien que no supo enderezar su camino y que aparece, quizá de forma exagerada, como un drogadicto, y la de su hermano, alguien que aceptó sus responsabilidades hasta convertirse en alguien con éxito, diferencia que se acentúa una vez llegados a la vida adulta propiamente dicha, en la que uno vive de lo que sabe hacer, mientras que el otro recoge los frutos de aquello para lo que se estuvo preparando.

Por otro lado está la vida del pastor, que pierde su fe y cada vez se va volviendo más cínico con respecto a ella. No sólo eso, sino que, de ser una persona dedicada a salvar las almas de la gente, pasa a dedicarse casi a destruirlas, en un principio negándose a sí mismo que eso es lo que está haciendo, pero al final sin importarle si esa es la consecuencia de sus acciones. El mismo que antes consagraba su vida a ayudar a los demás, a que fueran por el buen camino, poco a poco va cosificando a todos a su alrededor, primero no queriendo establecer lazos con nadie, después utilizando a quien le conviene durante el tiempo que le conviene (vemos cómo explica a Jamie que piensa librarse de su ayudante, que al parece le guarda una gran lealtad, cuando considera que ya no le es útil), y por último dañando a quien sea necesario para conseguir sus objetivos, que disfraza de avance para la humanidad a pesar de lo evidente que resulta que son una búsqueda egoísta de poder personal.

Y aunque no haya monstruo al final de Revival, sí que tenemos un final fantástico y bastante oscuro que no desvelaré para no acabar con ese deseo de llegar a la parte de la fantasía y el terror que inevitablemente uno espera cuando lee una novela de Stephen King.

Creo que por primera vez tengo ganas de leer su siguiente novela. El gusanillo ya me ha picado, ahora habrá que ver en qué acaba.

Escucha la canción del viento, Pinball 1973

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HARUKI MURAKAMI, Escucha la canción del viento, Pinball 1973

Si tan sólo la mitad de lo que Murakami dice en el prólogo a estas dos novelas primerizas es cierto, no puedo sino quedar deslumbrado ante su genialidad. Murakami comenzó a ser un novelista de moda en España hace ya algunos años y, a partir de entonces, comenzaron a traducirse todos sus trabajos, para saciar el voraz apetito de aquellos lectores que acababan de descubrirlo, lo que convertía a toda nueva traducción al español en una nueva novela escrita por el autor, por vieja que esta fuera. Las dos que componen este volumen, las dos últimas en llegarnos, son también las dos primeras que el japonés escribió, y tan interesante como las novelas en sí resulta el prólogo que ha escrito para su reedición. En él, Murakami explica cómo comenzó a escribir y la poca formación que tenía para hacerlo, algo que quiso solucionar convirtiendo su novela en un espacio en el que poder ser sincero. Explica que quería escribir pero nunca lo había hecho antes, que tampoco había sido un gran lector, que nunca había leído a autores japoneses y por lo tanto no sabía cuál era la forma correcta de escribir para su público… En conclusión carecía de todas las bases para acometer la tarea que pretendía en su propio país.

Como ya he comentado, para solucionar este problema decidió escribir sin tener en cuenta todo eso que en teoría debería tener en cuenta, con el único objetivo de escribir con sinceridad. Si hemos de creerle (ya sabemos lo aficionados que son los escritores a la autobiografía-ficción) su decisión fue mucho más que acertada, pues Escucha la canción del viento es una novela que, por su estructura, más parece el fruto de una profunda meditación que de algo dejado al azar de la narración. Externamente parece improvisada, con capítulos en los que habla directamente al lector de sus pretensiones, otros en los que parece contar su vida, otros de semi aventuras juveniles y sentimentales, todo presentado de una manera en la que parece hablarnos cada vez de lo que se le está ocurriendo en cada momento. Pero resulta tan fácil unir las piezas y seguir el hilo que no puede ser sólo fruto del azar y la sinceridad.

La novela cuenta, en primera persona, las peripecias del protagonista, cuyo nombre nunca llegaremos a saber, junto a otros tres personajes más: un amigo desengañado del mundo, hijo de padres ricos y que desprecia a los ricos, que se hace llamar “el Rata”, un chino inmigrante llamado Jay, dueño de un bar en el que ambos pasan las horas muertas, y una chica con cuatro dedos en una mano a la que conocerá inconsciente en el baño del bar y con la que entablará una extraña relación. Sobre toda la historia planean las ideas de un escritor americano, Derek Heartfield, que dibujan la manera de ver el mundo del protagonista y su relación con los otros tres personajes, además de abrir y cerrar la novela de manera explícita. Y su inclusión no es casual, pues se trata de un escritor inventado, por lo que toda su filosofía vital también lo es, con lo que entenderán que no pueda uno terminar de creerse la supuesta sinceridad de la escritura de esta primera novela de Murakami, construida sobre un engaño al lector, a la manera en que muchas veces acostumbraba a hacer Borges.

Pinball 1973 retoma la historia de la primera novela, pero tres años más tarde de que tuvieran lugar aquellos acontecimientos. La historia, llena también de elementos sorprendentes hasta el punto de que casi parecemos estar en un realismo mágico japonés y urbano, es tremendamente melancólica. Por un lado, el protagonista, el mismo de la anterior, vive ahora en Tokio con dos gemelas con las que mantiene también una extraña relación, y ha abierto con un amigo una empresa de traducciones que le da para vivir de forma cómoda. Sin embargo se nos insiste sin cesar en sus tiempos en la universidad, en sus recuerdos de entonces, y en una máquina de Pinball con la que pasó largas horas jugando, excusa que sirve para meditar sobre el paso del tiempo y de cómo lo utilizamos. Ahora quiere volver a encontrar aquella máquina de pinball de su juventud, esa específica, y volver a jugar con ella, convirtiéndose la historia en una especie de recuperación del pasado.

Por otro lado, se nos cuenta también la historia de su antiguo amigo, “el Rata”, que pasa los días sin hacer nada, yendo al Jay’s Bar, y los fines de semana con una relación que no lleva a ningún sitio. “El Rata” no añora el pasado. Muy al contrario, se siente atascado en esa vida, no sabe muy bien cuándo se abocó a ella y necesita romper sus lazos con todo en esa ciudad para buscar un futuro. Su historia se contrapone a la del protagonista, aunque nos lleva consigo la misma carga melancólica.

Por supuesto no pueden faltar las innumerables referencias musicales, que parece que Murakami cultiva desde su primera incursión en el mundo literario, y que sin duda harán las delicias de quienes tengan una cultura musical superior a la mía, que muchas veces no paso de leer nombres extraños en sus novelas (creo que las novelas de Murakami deberían llevar al final una serie de códigos QR para escanear con el móvil y poder escuchar en el momento toda esa cantidad de canciones que siempre menciona).

Magia y nostalgia a partes iguales. Merece la pena.

Distintas formas de mirar el agua

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JULIO LLAMAZARES, Distintas formas de mirar el agua

Julio Llamazares parece comprometido con hacer de la novela una suerte de autobiografía. De sobra es conocido por todos sus lectores que nació en un pueblo leonés que ya no existe, Vegamián, y ese sentimiento de pérdida de un mundo parece acompañar a los protagonistas de todas sus novelas. En Luna de lobos sus protagonistas han perdido la esperanza sobre un posible futuro que pudo ser y ahora ven negado incluso un presente para ellos. En La lluvia amarilla la historia del protagonista, último superviviente de lo que en breve será un pueblo fantasma, recuerda a la suya propia, aunque sea más en el posicionamiento que en las circunstancias. En El cielo de Madrid creo recordar que también había cierto sentimiento de pérdida en su protagonista, aunque aquí ya o podría asegurarlo, pues apenas recuerdo nada de esta novela, me dejó muy poco poso, pues me resultó más bien floja en comparación con sus predecesoras. Escenas de cine mudo y Las lágrimas de San Lorenzo nunca las he leído, así que nada puedo decir de ellas. Esta última novela resulta la más autobiográfica de todas, pues nos habla de un pueblo que desapareció al quedar hundido bajo las aguas de un pantano, al igual que sucedió con el suyo propio. Pero los acontecimientos nunca han sido lo más importante en las novelas de Llamazares, siempre ha mostrado mucho más interés en que nos fijemos en los sentimientos de sus protagonistas y en que fuéramos más allá de las apariencias externas, y ésta no es una excepción.

Recuerdo que en una conferencia, Llamazares explicaba cómo, cuando alguien se le acercaba y le explicaba que se había leído una de sus cortísimas novelas de un tirón, enganchado por ella, y se lo habían dicho varias veces, con entusiasmo y como si fuera el mayor de los cumplidos para un escritor, él se sentía apenado, pues no las había escrito para un tipo de lector voraz, sino para uno más pausado, dispuesto a meditar sobre la lectura. Su esperanza era que quien leyera una de sus novelas no cogiera carrerilla, sino que la aparcara al terminar un capítulo y no la recuperara hasta el día siguiente o quizá más tarde, tras haber pensado en lo que le había lanzado. No quería escribir novelas que entretuvieran a sus lectores, sino novelas que les hicieran pensar, que los incomodaran.

Pues esta Distintas formas de mirar el agua se encuadra perfectamente en este estado de cosas. Si bien uno podía leer de un tirón las dos primeras novelas del escritor, hacerlo con esta se me antoja un error. Entre otras cosas porque casi carecemos de una historia a la que engancharnos, aunque eso no es en absoluto un problema para que se trate de una novela fabulosa. En ella, el abuelo de una familia, que vivió la mitad de su vida en un pueblo que desapareció bajo las aguas de un pantano, tiene como última voluntad que sus cenizas sean arrojadas a las aguas de dicho pantano, para poder regresar por fin a su pueblo. Toda la novela consiste en esos minutos que la familia emplea, al llegar al lugar, para acercarse al agua y arrojar sus cenizas, y conoceremos ese momento de tristeza para la familia contado por cada uno de sus miembros. Y contado con maestría, pues, al igual que sucede en Drácula, donde el protagonista es el único que no tiene voz propia y sin embargo al que mejor acabamos conociendo, sucede aquí. El abuelo, el único que no puede contarnos nada al estar muerto, es el centro de los pensamientos de todos los demás, y su retrato se va dibujando cada vez más nítidamente para el lector, al ir completándose con los recuerdos de cada miembro de la familia, según la relación que este tuviera con él. Y mientras todos van evocando lo que recuerdan del fallecido, van exponiéndose, por un lado, el sentimiento de pérdida provocado por el abanono forzoso del pueblo en el que habían nacido, muy fuerte por parte de los abuelos, que habían vivido allí la mitad de sus vidas, no tanto por parte de los hijos, que sólo pasaron allí su infancia, e inexistente y visto de formas que van desde la incomprensión hasta la curiosidad, por parte de los nietos que jamás vivieron allí, o de las parejas de los hijos, cuyas vidas no están ligadas a ese lugar en modo alguno. Por otro lado, los lazos familiares y el cariño que los une a los unos con los otros, deja ver como, a pesar de la distancia, la historia que todos tienen en común los configura como comunidad (como familia en este caso), aunque esos lazos se van haciendo más débiles a medida que se desciende por el árbol genealógico, adivinándose su casi disolución en una o dos generaciones más.

Mención aparte merece Antonio, el más pequeño de los hijos del fallecido, y cuya intervención se deja, muy inteligentemente para el final. Unos dicen que no sabrá vivir al querdarse solo, otros que tiene algún tipo de retraso mental, otros que es el más listo, otros que su único problema es que le falta malicia… El caso es que su imagen va cambiando según quién nos cuente la historia, y eso hace no sólo que sea el personaje del que más información disponemos aparte del fallecido, sino que lo convierte en el encargado de crear la ilusión de la novela al convertirlo en el enigma que, como lectores, queremos resolver. Deseamos que sea su voz la que nos cuente la historia, porque deseamos saber qué hay de cierto en lo que nos van contando sobre él y quién es el que tiene razón, o el que más se acerca a la verdad.

Esta sensacional novela nos hace reencontrarnos con nuestra propia mortalidad, y nos hace meditar sobre las relaciones que mantenemos con los demás y con el mundo, porque nos pone en contacto con ese sentimiento de pérdida que bien puede ser producido por nuestro pasado, como en el caso del fallecido, como por las personas que desaparecen en el transcurso de nuestras vidas, como en el caso del resto de la familia.