Paseando con Crimen y castigo (3)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la segunda parte de Crimen y Castigo, Piotr Petróvich lanza un discurso de carácter marcadamente capitalista y convenientemente caricaturizado. Pero la crítica no parece ir contra el capitalismo en sí mismo, sino contra la hipocresía y pérdida de valores que conlleva, hasta tal punto que temo que la inclusión del capitalismo en él venga favorecida por mi subconsciente y no por el personaje de la novela, que perfectamente puede representar tan sólo una crítica a la pérdida de valores de las nuevas generaciones, dejando ideologías aparte.

Su discurso comienza explicando en qué consistía la antigua educación, la que según él no ha llevado a la sociedad más que a la miseria, y que fue la que sus padres trataron de inculcarle a él, basada en ayudarse unos a otros y en la solidaridad social. “Si a mí, pongamos por ejemplo, me decían hasta ahora ‘ama a tu prójimo’ y yo así lo hacía, ¿qué resultaba?”, dice. “Pues resultaba que yo partía mi levita dos para darle la mitad al prójimo, con lo cual nos quedábamos ambos a medio vestir”. Que viene a ser lo mismo que decir que no merece la pena ayudar a nadie económicamente pues, tras hacerlo, uno tiene menos dinero y el otro no tiene lo suficiente, una caricaturización de los preceptos solidarios del cristianismo, que alegremente aplican hoy en día quienes pretenden defenderlo.

Tras esto, continúa aplicando fórmulas del discurso cristiano a las teorías de la evolución, para resaltar la pérdida de humanidad de la sociedad: “La ciencia, en cambio, dice: ámate a ti mismo antes que a nadie porque, en este mundo, todo se basa en el interés personal. Si te amas sólo a ti mismo, sacarás a flote tus asuntos y conservarás entera la levita. La verdad económica, por su parte, agrega que cuanto más a flote marchen los asuntos personales dentro de la sociedad, o sea, cuantas más levitas enteras haya, mayor número de puntales firmes tendrá esa sociedad y, por ende, mejor organizada estará la causa común. De modo que dedicándome única y exclusivamente a mi prosperidad es como contribuyo a la prosperidad de todos y a que mi prójimo obtenga una parte algo mayor de la levita.” No es este un procedimiento muy diferente al que en la actualidad pretenden imponer los grandes empresarios. El problema radica en que preocuparse únicamente de los asuntos personales no mejora la sociedad, no puede hacerlo, pues se basa en la muy ingenua idea de que quien se preocupa sólo por sí mismo siempre llevará a cabo acciones destinadas a su propio beneficio, pero jamás al perjuicio de los demás. Y eso es mentira, pruebas de ello tenemos a montones y a diario: todos, en el mundo capitalista, hacen lo que sea, sin importar cuánto daño puedan causar, para conseguir más dinero. Cuando uno mira sólo por sí mismo, no le importan los demás, y si los demás no le importan, tampoco va a cuidar de ellos. No sólo acumulará cinco levitas y no dará ninguna a quien lo necesite, sino que le arrebatará su pobre camisa para confeccionarse con ella los bolsillos de su última levita.

Pero esto sólo es una historieta. ¿Qué supone en nuestra sociedad aplicar esta teoría de cuidar tan sólo de uno mismo, suponiendo que así a todos nos irá mejor y por lo tanto la sociedad prosperará? Pues supone la eliminación de la sanidad pública, que la pagan los unos para los otros, supone la evasión fiscal, pues mi dinero lo he ganado yo y debe ser sólo para mí, supone, por supuesto, la no colaboración con ninguna causa social ni humanitaria (que trabajen si tienen hambre, esos vagos), supone la no existencia de movimientos sociales, que necesitan del apoyo y la colaboración de todos para conseguir algo que será para todos y no para uno solo… Supone, en fin, una sociedad egoísta en la que todos sus habitantes están desamparados, situación que ya se ha dado otras veces en el pasado y todos sabemos cómo siempre ha terminado.

El problema es que eso nos empuja a una sociedad sin valores, hacia la que hace ya tiempo que vamos encaminados. Seguro que el siguiente ejemplo de Dostoievski les suena a muchos en España y a muchísimos más en China: “¿Qué contesto ese profesor de Moscú cuando le preguntaron por qué falsificaba bonos? Pues contestó: ‘Todo el mundo se hace rico de una manera o de otra. Y también yo he querido enriquecerme cuanto antes’”. Pues sí, ese es el camino que llevamos, la veneración del dinero sin importar cómo éste haya sido conseguido. Vale que ahora todos critican las malas artes para hacerse con él, pero es curioso que hace tan sólo unos años la opinión general (demasiado general, casi sin ninguna oposición) era excusarlos a la voz de: “Normal que haya trincado si podía. Yo también lo habría hecho”. Y eso que lo de “trincar” sería una forma no demasiado maligna de conseguir más dinero. El problema viene cuando (y esto sucede sin parar) no nos detenemos ante nada. En España parece ya olvidado el asunto del aceite de colza, pero en China salen casos nuevos casi a diario de gentuza que hace lo impensable para conseguir mayores beneficios, gobierno incluido: el caso de la leche infantil justo antes de las olimpiadas, hace tres años miles de cerdos enfermos que habían enterrado para mantener la enfermedad oculta y poder vender la carne de los que no habían muerto, hace poco la mujer a la que engulleron unas escaleras mecánicas por defectos de calidad y mantenimiento… Y esto, por mucho que les moleste a los que demonizan todos los demás sistemas, se llama capitalismo: sacar el máximo rendimiento a toda costa sin importar nada ni nadie que no sea yo mismo. Porque el capitalismo no es lo que nos han vendido, lo que yo mismo creí y di por bueno durante mucho tiempo: un sistema en el que se puede avanzar por el valor personal. No, esas posibilidades y los derechos de los que disfrutamos en los países capitalistas vienen, precisamente, de las barreras que le ponen freno desde los gobiernos.

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Música para feos

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LORENZO SILVA, Música para feos

Mónica es una mujer atrapada en una vida repetitiva, soltera sin ganas de serlo pero sin edad para ir por ahí de ligoteo y anulada por un trabajo con el que siente que está echando a perder su vida. Pero tranquilos todos, que no se trata de ninguna novela anodina, sobre personajes anodinos con vidas anodinas. De ser así no habría pasado de las primeras veinte páginas y esta novela la he leído con entusiasmo. En realidad se trata de una novela de amor, y el escaso interés del principio es tan sólo el punto de partida, pues, a pesar de que apenas hay una sola anécdota alegre en todo el relato, se trata de una historia de optimismo y esperanza.

La historia comienza cuando, tras una breve presentación de la protagonista que se irá ampliando conforme vayamos leyendo, ella y una amiga suya van de bares a ligar. En uno de esos bares, Mónica, animada por el alcohol, se acerca a un hombre, Ramón, con el que comenzará una relación, aunque apenas sabrá nada de él durante todo el relato. Y así es como comienza un romance en desigualdad de condiciones, pues mientras Mónica cuenta y cuenta sin parar, deseosa de hacerlo para reforzar así el lazo con esa nueva persona, Ramón apenas dice nada de sí mismo, para poder así mantener la distancia y que ambos puedan cortar el lazo con facilidad en caso de que las cosas no salgan bien. Porque esa era una de las condiciones que él había puesto a su “noviazgo”, que sólo le contaría lo que él quisiera y cuando él lo considerara necesario, así que ella no tenía derecho insistir.

La situación se vuelve un tanto atípica, pues tenemos que entender como romance esta situación en la que una de las partes tiene todo el poder. Aunque quizá decir que tiene todo el poder sea demasiado decir, pues ese derecho de hablar o callar que él se reserva para sí, también se lo otorga a ella. Y es que cada vez que uno de los dos hable sobre sí mismo, sobre su vida, sus aficiones, sus miedos… lo que sea, ya no podrá echarse atrás sobre lo dicho, y con cada nueva información se pondrá un poco más en las manos del otro, hasta que llegue el momento en que ya será muy difícil salir de ahí. No es lo mismo cortar el contacto con alguien del que apenas sabemos nada que con alguien con quien nos une la confianza de saberlo todo de él y que él lo sepa todo de nosotros, y los dos vienen de relaciones que no salieron bien. Y aquí la novela deja claro cómo en las relaciones humanas nos ponemos en manos de los demás. Que el conocimiento es poder es una máxima tan repetida que apenas tiene ya significado para nosotros, pero así es, y en nuestras relaciones siempre buscamos ponernos en manos de aquellas personas a las que hemos elegido, pues no otra cosa es hablarles de nosotros mismos. Así sucede en esta historia en la que la verdadera intimidad de la pareja procede del conocimiento mutuo, no de una larga ni intensa historia de amor. Ramón no permite a Mónica saber, y ella ansía saber. Incluso le niega cosas que nos resultan elementales, como saber a qué se dedica. Y cuando él se abre a ella y se lo cuenta todo, tras tan sólo un par de semanas saliendo juntos, el compromiso que antes se mantenía tan alejado por la falta de información se vuelve absoluto, hasta el punto de que queda concertada la boda entre ambos.

Mientras leía esto no podía evitar acordarme de la obra magna de Javier Marías, Tu rostro mañana, que precisamente comienza con la frase “No debería uno decir nunca nada”, tras la que viene toda una explicación de cómo nos ponemos en manos de los demás cada vez que abrimos la boca (Marías siempre ha sido más de minuciosas explicaciones que de sutilezas). Con la diferencia de que aquí el objetivo es el opuesto al de la novela de Marías. Si bien él nos animaba a callar, porque aquello que digamos permanecerá en los oídos de quien lo oiga sin que nada podamos hacer ya para remediarlo, poniéndonos inevitablemente en sus manos, Silva, desde un punto de vista mucho menos belicoso, nos anima a hablar y a ponernos en manos de la otra persona, de quien nos escucha, asumiendo que en eso consisten las relaciones humanas.

Esa misma relación era la que Mónica tenía con su amiga Alba antes de conocer a Ramón. La dicharachera Alba hablaba y lo contaba todo sin freno, mientras que Mónica callaba y la mantenía alejada. Cuando la relación con Ramón comienza, las posiciones quedan invertidas en su contra. Incluso en una especie de acto de redención, al final Mónica cuanta a Alba toda su historia con Ramón, de la que la había mantenido al margen.

Una historia de amor que juega con todo aquello que la información supone en las relaciones humanas.

Nueve semanas y media

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ELIZABETH McNEILL, Nueve semanas y media

Libro entregado con El País el 12 de abril de 2015 en su colección de novela erótica de La sonrisa vertical.

Nunca vi la película protagonizada por Kim Basinger y el guaperas que se ha vuelto feo, así que nada sabía de la historia que cuenta, mucho menos que fuera de temática de dominación sexual. Pero el caso es que más allá de eso (y me parece bien poco) poco o nada tiene de interés esta novela, que no pasa de ser un intento de émulo de Historia de O, incluso menciona la novela francesa en una ocasión a mitad de la historia.

Una mujer conoce a un hombre rico e inmediatamente se muda a su casa. Él la mantiene y le da todo lo que ella pueda necesitar (incluso alguna que otra cosa que como mínimo puede resultar escabrosa), pero poco a poco (en realidad no tan poco a poco, pues queda bien claro que toda esta “historia de amor” dura exactamente nueve semanas y media) su relación va volviéndose un tanto peculiar. Él se revela un amo que va dominándola, primero psicológicamente, para someterla después a una serie de castigos físicos, aunque es la tortura psicológica la que predomina. La voluntad de la mujer está a su disposición, hasta el punto de que, cuando ella no quiere hacer algo que él le pide, sencillamente la amenaza con echarla, y eso basta para que ella acceda.

Pero, a diferencia de Historia de O, no puede apreciarse aquí cómo la protagonista va adentrándose poco a poco en ese mundo, sino que de repente está ahí, y al lector no le queda más remedio que tragar con ello. La autora nos pasa esto como relato autobiográfico, algo que, la verdad, cuesta bastante de creer. Todo está contado sin entusiasmo ni dedicación, un puñado de frases cortas que no parecen tener otro objetivo que hacernos esperar hasta la siguiente escena sexual, resuelta siempre con la misma frialdad, lo que la convierte en una lectura mecánica, un mero transcurrir de páginas sin ningún interés. Incluso las escenas “truculentas”, destinadas a captar la morbosidad del lector, resultarían cómicas de no ser por lo desconcertantes. Les dejo un ejemplo: “Me compraba los tampones, me los insertaba y los sacaba. La primera vez, al verme estupefacta, dijo: –Yo te como mientras tienes la menstruación, y a los dos nos gusta. No es distinto”.

La historia termina de repente, con un: “Al día siguiente inicié un tratamiento que duró varios meses. No he vuelto a verle”. Como si no hiciera falta terminarla: Ya he llenado más de 100 páginas, así que esto ya puede considerarse una novela; además, he metido unas cuantas escenas de sexo, así que ya puedo venderla como erótica, y algunas de ellas son así como sado y tal, así que mi novela es subversiva, que eso siempre tira mucho. Me imagino a la autora pensando algo parecido. En definitiva, las 50 sombras de Grey de los años 80.

La marea de San Pedro

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TOMEU PINYA, La marea de San Pedro

En un pueblo de pescadores aislado por las montañas, la hija del patrón se enamora de un joven pescador. Cuando el padre se entera, manda salir al joven durante la noche de la marea de San Pedro, una noche con un temporal tan violento que nunca nadie regresa de él. Como es de suponer, el joven no regresa, y la hija se suicida adentrándose en el mar.

Tal historia podría resolverse en unas veinte o treinta páginas, pero el dibujante parece haberse empeñado en que le diera para una novela gráfica completa, alcanzando las 92 páginas, y ahí radica su error. La historia se agranda con dibujos sin texto pero que tampoco apoyan argumental ni psicológicamente una historia en la que el lector nunca llega a entrar del todo. Asistimos a un romance de leyenda como meros espectadores, sin sufrir por ella ni temer por él. Al alargar la historia, lo lógico hubiera sido centrarse en la relación amorosa de los protagonistas, pero esta se solventa con un par de encuentros rápidos en los que apenas cruzan unas palabras, y el amor platónico y cortés ya nos queda demasiado lejos.

El dibujo en blanco y negro parece querer recordar al de los cómics japoneses y resulta bastante más atractivo que la historia, aunque repito que le falta la fuerza necesaria para convertirse en un componente productivo del relato que sirva para involucrar emocionalmente al lector.

Sin embargo, lo anteriormente dicho son mis propias impresiones, quizá erróneas, pues veo que este cómic fue nominado a Mejor Obra y Mejor Guión en el Expocómic 2010. A pesar de ello sigo creyendo que su espacio era el de una pieza breve y no el de una historia larga.

Historia de O

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PAULINE RÉAGE, Historia de O

Creo que ha sido el éxito de 50 sombras de Grey en boca de todo el mundo el que me ha impulsado a leer Historia de O, una lectura más propia de edades universitarias. Aunque el señor Grey me llamara la atención (creo a nadie le produce indiferencia este peculiar fenómeno literario, y quien así lo afirma miente), son demasiadas páginas, yo leo muy despacio, y sólo me enfrento a una novela que supere las 300 si creo que el tiempo dedicado merecerá la pena, y no es el caso.

Y me ha gustado. Pero me ha gustado de un modo extraño. Creo que Historia de O es escabrosa, interesante y excitante. Pero dudo mucho que a ninguno de sus lectores se le ocurriera llevar a la práctica nada de lo que aparece entre sus páginas, como parece que está sucediendo con los de la novela de moda, pues lleva a cabo un juego de atracción que nos acerca a la acción erótica (es, en primera instancia, una novela erótica, hay que tenerlo en cuenta), pero al mismo tiempo ese juego nos lleva también a la repulsión ante lo que asistimos, haciéndonos tomar cierta distancia crítica. No creo que necesite explicar cómo se realiza nuestra entrada en el juego erótico, pues el sexo es sexo y creo que todos sabemos cómo funciona y por qué nos atrae. Pero la voz que se nos presenta todo el tiempo (aunque la historia esté narrada en tercera persona) es la de O, y todo lo sabemos a través de su subjetividad. Vemos el mundo y su situación como ella los ve, y eso, curiosamente, produce cierto distanciamiento crítico de la situación: no podemos dejar de preguntarnos si los razonamientos que leemos son los de una persona normal y si todo está bien mientras sea consensuado, o si por el contrario todo eso es producto de una mente anulada por la situación y que ha perdido su capacidad de juzgar todo lo que le sucede con cierta cordura.

La novela se divide en tres partes y carece de final, termina tras una escena en la que O es felizmente (ella está feliz de que le suceda, quiero decir) violada por varios hombres a los que su amo la ha entregado. Se dice que hay una última parte, pero también se habla de dos finales diferentes, parece que hay dificultades para ponerse de acuerdo en cómo termina la novela. Transcribo lo que dice mi edición una vez llegados a este punto: “En un último capítulo que ha sido suprimido, O volvía a Roissy, donde Sir Stephen la abandonada. Existe otro final de la historia de O. Y es que, al darse cuenta de que Sir Stephen va a dejarla, ella prefiere la muerte. Y él accede”. Evidentemente ninguno de los dos finales podría considerarse un final feliz para la protagonista. En el primero es abandonada por su amo, que a su vez es el hombre de quien está enamorada, terminando ya así de convertirse en un puro objeto que se desecha tras haber sido utilizado todo lo posible, y en el segundo la anulación de su voluntad es ya total, negándole casi cualquier condición de humanidad. Es sobre todo este final que no existe (cualquiera de los dos), lo que me hace pensar que, oculto tras todo ese tabú sexual de la dominación que tanta curiosidad nos provoca, se oculta un gancho para despertar nuestro pensamiento crítico, más que sobre el sexo, sobre la voluntad y las relaciones de poder que establecemos, aun sin darnos cuenta, a lo largo de nuestra vida, con todos aquellos a los que vamos conociendo.

En la primera parte de la novela, sin embargo, la parte erótica es fundamental, y será eso lo que enganche al lector que se mantiene a la espera de ver en qué consistirá el siguiente castigo, siendo siempre este más cruel que el anterior y, sin darnos cuenta, habremos entrado en un bucle en el que estamos al acecho de la siguiente escena de sexo y violencia. Actitud que mantendremos en la segunda parte, pero que no mantendrá la novela, que ahora empezará a deleitarse en explicaciones sobre el porqué de las cosas antes de llegar a los castigos sexuales que, si bien en la práctica son mucho más violentos que los anteriores, no nos lo parecen debido al descenso de la intensidad en su descripción. Ya en la tercera parte el juego se vuelve casi enteramente psicológico, casi como en una novela de misterio, en la que el lector lee con avidez deseando llegar a una resolución que nunca parece producirse. No digo con esto que desaparezca el sexo de la novela, pero con el lector ya totalmente dentro del juego, las descripciones pormenorizadas con las que se lo atraía en un principio han desaparecido, hasta el punto de que en la escena final, la de la violación múltiple de O, se limita a indicar que “tendiéndola sobre una mesa, la poseyeron uno tras otro”.

Muy interesante, en definitiva, esta novela erótica que parece convertirse poco a poco en experimento psicológico.

Los pies vendados

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LI KUNWU, Los pies vendados

Lo interesante de Los pies vendados no es la manera en que cuenta la historia que cuenta, sino el simple hecho de imaginar que pudiera suceder algo así. Y no me refiero a la costumbre de romperles los pies a las niñas para vendárselos, que ya es de por sí algo salvaje (aunque salvajadas haya habido en todas las culturas y en algunas las siga habiendo), sino a que en tan corto espacio de tiempo pudieran sucederse en un mismo lugar tantos cambios, producidos no por el afán de desarrollo del país, sino por el de conquistar y mantener el poder.

Los pies vendados cuenta la historia de una niña campesina a la que le vendan los pies para que cuando crezca pueda encontrar un buen marido y salir así de la pobreza. Li Kunwu muestra una clara voluntad de que su novela gráfica sea leída fuera de las fronteras chinas, pues dedica gran parte de las viñetas a hacer entender al lector el porqué de esa costumbre. En primer lugar nos enfrenta a la niña, que no quiere que le venden los pies, pues ella quiere jugar, lo que nos hace sentir un enorme rechazo por la práctica, que consistía en romper los pies a las niñas y doblárselos sobre sí mismos al tiempo que se apretaban con fuerza con una venda para que se atrofiaran y no pudieran crecer (esto a grandes rasgos, pues si entramos en detalles la cosa se vuelve muy escabrosa). Tras esto nos muestra a la madre, que se debate entre no hacer pasar a su hija por esa tortura o intentar sacarla de la pobreza para darle un mejor futuro y, como lectores, no podemos sino entender sus motivos y sentir lástima por ella, por verse obligada a tomar esa decisión sólo por la posibilidad de que con ella su hija no esté condenada a la pobreza (pues no sólo se trata de que tenga que pagar por el proceso, sino que, si tiene éxito, su hija se casará con quien tenga una aceptable fortuna y dejará sola a la madre a su suerte, dado que según la tradición debe abandonar la casa de los padres y marcharse a la del marido, con lo que, aun consciente de la crueldad que supone, ella lo hace por amor a su hija, pues jamás podrá obtener nada de todo esto para su propia persona).

Tras vendarle los pies a la niña, se produce una elipsis en la que ya ha llegado a su edad casadera, y en la que, efectivamente, tiene una gran cantidad de pretendientes gracias a sus pequeños pies. Ahora, en una escena en un mercado que permite ver cómo era la vida de la época (y cómo es ahora, al menos en los barrios y mercados, pues sorprende ver lo poco que han cambiado ciertas cosas), asistimos a una serie de conversaciones entre hombres solteros deseosos de encontrar esposa en la que se nos pone al día sobre la importancia de que una mujer tenga los pies pequeños para ser una buena esposa, y se explica con bastantes detalles los tipos de mujeres según la forma, tamaño y flexibilidad de sus pies, haciendo comparaciones entre los pies de las mujeres de los distintos lugares de China, y explicando que los más preciados son los llamados “lotos de oro”. El nivel de fetichismo que alcanzan esas conversaciones deja estupefacto a cualquier lector occidental, pero son del todo necesarias para comprender por qué se nos cuenta la historia que se nos está contando y para que ésta no nos parezca una mera anécdota indigna de ser el centro de toda una novela.

Pero mientras se desarrolla toda esta escena más propia de unos lejanos tiempos medievales que de la primera mitad del siglo XX, aparece en escena el ejército revolucionario, que con ideas muy aceptables (hacer que unas tradiciones que repiten incesantemente esquemas que mantienen al pueblo en la pobreza desaparezcan) pero con métodos muy reprobables (hacerlas desaparecer por la fuerza y sin contar con el pueblo), anuncian la abolición de las costumbres imperiales, entre las que se cuenta el vendado de pies. Ninguna mujer podrá vendarse ya los pies y, las que ya lo hayan hecho, deberán quitarse inmediatamente las vendas, algo terrible para ellas, pues apenas pueden andar con sus pies rotos.

Mientras tanto la protagonista decide no quitarse las vendas y huye a su pueblo natal, donde será violada, a consecuencia de lo cual ya no podrá tener hijos, convirtiéndose así en una completa apestada en la sociedad china: marcada por las reprobables viejas costumbres, impura y sin poder dar descendencia a ningún hombre.

Años más tarde, ya una anciana, consigue entrar como niñera en casa de un cargo importante del nuevo gobierno, pero al llegar la revolución cultural, los guardias rojos, con su odio a todo lo que huela a pasado imperial, acusan a su empleador de estar dando cobijo a un elemento peligroso contrario a la revolución. De nuevo aquí se puede ver cómo Li Kunwu busca aproximarse al lector occidental, pues nada explica sobre la revolución cultural y los guardias rojos, sobradamente conocidos en occidente, a excepción de algunas escenas de estos en las calles para ponernos en situación, pero asistimos a una escena que a mí me produce terror. Cuando los guardias rojos entran en la casa a buscar a la protagonista lo hacen con enorme descaro ante quien se supone que debería ser su superior, pues su sola palabra acusatoria basta para conseguir la muerte de cualquiera, y se repite con insistencia la misma frase, muestra de que cualquier intento de diálogo o razonamiento está fuera de lugar, no hay cabida para los sentimientos dentro de esas personas que sólo siguen consignas: “Confiesa humildemente tu culpa” (cito de memoria, era algo así).

Sólo una cosa cabe achacarle a la novela gráfica, y es esa visión del individuo y del compromiso social tan bondadosa, que se aleja mucho de la realidad del país. Por lo demás esta historia de una mujer que tuvo que padecer todas las torturas del desarrollo chino y que, por ello, no pudo alcanzar ninguno de sus beneficios, es altamente recomendable y, por supuesto, muy interesante.

El cadáver y el sofá

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TONY SANDOVAL, El cadáver y el sofá

Un chico ha desaparecido en un pueblo. Al mismo tiempo otro chico conoce a una chica que ha ido al pueblo a pasar el verano, y cuando se despide de ella y regresa a su casa encuentra el cadáver del chico desaparecido. No se lo dicen a nadie. Al final descubren que fue asesinado por el matón del colegio y todos los otros niños estaban allí y lo vieron. Tras el verano de amor de los dos protagonistas, ella regresa a la ciudad sin avisar, para no tener que despedirse.

La historia no es gran cosa. Bastante manida ya, y sin pizca de originalidad, mezclando dos historias a las que ya estamos más que acostumbrados y sin aportarles nada nuevo, nada por lo que merezca volver a leerla.

Dicho así suena bastante duro, y nadie diría que haya disfrutado leyendo el cómic, pero sí, lo he hecho. Es cierto lo que he dicho acerca de la historia, pero no es lo único por lo que debemos guiarnos. Estamos ante un cómic y el dibujo siempre será algo de vital importancia en este género, y el de éste que nos ocupa es maravilloso, con sus viñetas que cambian de blanco y negro a color, o que quedan teñidas por una capa sepia o azulada según el momento de la historia que se nos esté contando, contibuyendo con ello a crear una atmósfera que nos envuelve con mayor eficacia que la historia misma.

Pero no son todo fallos en la parte narrativa. Si bien ya hemos asistido a este relato demasiadas veces, es de apreciar la contención con la que se nos presentan sus partes en esta ocasión, sin caer en excesos sentimentales, románticos ni patéticos, haciendo de este modo una historia sobria y eficente.