Un mundo sin fin

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KEN FOLLET, Un mundo sin fin

Tras el sorprendente buen sabor de boca que me dejó Los pilares de la Tierra (no me lo esperaba, la verdad, me lo empecé como un pasarratos, dispuesto a abandonarlo en cuanto dejara de interesarme), decidí ponerme manos a la obra con su muy tardía continuación, Un mundo sin fin. Por desgracia, el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas se cumple aquí con bastante acierto. Bueno, partimos de que es entretenido, pero también lo era la primera parte, que sin quedarse en eso era capaz de ofrecer algo más, algo que esta secuela no ofrece.

La novela cuenta la historia de los descendientes de los habitantes de Kingsbridge unos trescientos años después de los hechos sucedidos en Los pilares de la Tierra. Se repiten las luchas de poder de entonces, se repite el juego de poner una obra importante en medio, que en este caso será un puente, se repiten los conflictos entre personajes de distintos estamentos sociales, se repiten los intentos de ascenso en la escala social, y de nuevo hay un misterio que cruzará toda la novela y que, al quedar descubierto al final, nuevamente nos desilusionará, pues de poco sirve conocerlo.

La principal merma con respecto a la primera parte es la pérdida de la unidad. Si bien en Los pilares de la Tierra los personajes, por muy alejados que estuvieran en principio unos de otros, terminaban por formar parte de la misma historia, eso es algo que no sucede ahora. Los relatos de muchos de ellos transcurren en historias paralelas que no llegan a formar parte una única línea narrativa que lo englobe todo. En Los pilares de la Tierra el enfrentamiento político entre Philip y Waleram, terminaba por englobar todos los demás acontecimientos en alguno de sus círculos. Aquí el interés parece estar más dirigido en repetir lo de antes a toda costa, pero dándole la vuelta, basando el argumento en un intento de sorprender al lector, que ve que los descendientes de aquellos personajes que conocía no van a despertar en él los mismos sentimientos que despertaron sus antepasados.

Y esa es otra. El interés por hacer que los descendientes de todos los protagonistas estén ahí, hace que la novela resulte confusa al principio. En Los pilares de la Tierra teníamos capítulos largos que, al principio, otorgaban cada uno de ellos el protagonismo a un grupo de personajes. Eso hacía que pasáramos bastante tiempo con ellos cada vez y los fuéramos conociendo. Ahora los capítulos son bastante más cortos, y nada más empezar la novela se emprende una presentación enloquecida de todos ellos, también con un grupo de personajes en cada capítulo. Pero al ser mucho más breves, pasan bastantes páginas hasta que uno puede prescindir de echar páginas atrás para recordar quiénes son esos señores que aparecen ahora y de los que creo que ya me habían hablado antes.

Cuando hablé de Los pilares de la Tierra puse de relieve cierta intencionalidad de lucha de clases. Ya adelanto que nada de esto puede verse aquí. De hecho, nada que no sea la aventura por la aventura, lo que hace todo sea demasiado precocinado: la intención de buscar la manera de hacer una continuación de la historia anterior, en lugar de haber tenido una idea que encajaba en la historia ya iniciada varios años antes es evidente. Un mundo sin fin, a pesar de ser entretenida e interesante en varios de sus momentos, es una historia vacía, un pasarratos de esos que a veces apetece leer, pero que molesta que pasen de las trescientas páginas porque, de hacerlo, el tiempo invertido en su lectura y lo que ésta nos proporciona quedan muy descompensados. Y Un mundo sin fin supera con mucho ese límite. Demasiado.

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Los pilares de la Tierra

9788401328510

KEN FOLLET, Los pilares de la Tierra

Cuando uno lee Los pilares de la Tierra, le surgen más preguntas que otra cosa. La primera de ellas sería: ¿Cómo se escribe una novela de más de mil páginas, y que de la sensación de ser una lectura ligera a pesar de todo? Bueno, la respuesta a esto es sencilla. Y es que la presentación de Los pilares de la Tierra es casi una trampa, pues podríamos afirmar que se trata de una colección de historias breves, pues casi cada capítulo supone una historia que comienza y termina, aunque lo haga con un gancho para animarnos a continuar con el siguiente que, como en todo buen bestseller, jamás comenzará donde lo había dejado el anterior. Y es que casi todos los capítulos comienzan varios años más tarde de donde había terminado el anterior, con los personajes muchas veces ya cambiados y en momentos de sus vidas muy diferentes a los que habíamos observado en la página anterior. Esta composición nos sitúa casi más ante varias novelas breves que ante una muy extensa, lo que ayuda a hacer más ligera la lectura.

Pero esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Cómo algo que acaba siendo un conjunto de historias que podríamos abandonar al final de cualquiera de ellas mantiene la atención del lector? Obviando el gancho final de cada capítulo, que puede funcionar las dos o tres primeras veces pero no de manera ininterrumpida, lo cierto es que existe una historia central que atraviesa las vidas de todos los protagonistas y que, a pesar de no desarrollarse, va dejando pistas en cada capítulo, provocando de esa manera la curiosidad del lector por unos datos misteriosos que no llega a comprender y que no se le revelarán hasta las últimas páginas, en el epílogo, cuando ya todo haya terminado. De este modo nos encontramos que, aquello que nos ha tenido pegados al libro, arrastrando una historia tras otra, y dejándonos siempre insatisfechos por lo poco que de ello se nos decía, con ganas de averiguar más, es en realidad un misterio que poco o nada aporta a las historias de los protagonistas, pues ningún efecto acaba teniendo sobre ellos al final. Lo cual resulta en parte decepcionante, pues había sido revestido de tanta teórica importancia.

Otra de las preguntas que podría uno hacerse antes de comenzar la lectura es: ¿Cómo un escritor de novelas de espionaje se lanza a escribir una novela histórica, y una de esta envergadura, además? Los que ya la hayan leído se habrán dado cuenta de sobra de que Los pilares de la Tierra tiene mucho más de novela de intriga que de novela histórica. De hecho toda esa parte medieval, ese supuesto argumento que dicen girar en torno a la construcción de una catedral es puro maquillaje, el disfraz medieval de una historia de intrigas en la que en lugar de espías y políticos, intervienen los nobles y el clero. En otras palabras, Ken Follet no busca nuevos lectores en un nuevo género, sino que se lleva a sus lectores de siempre a un escenario diferente.

Todos habrán oído que la historia de la novela gira en torno a la construcción de una catedral, pero yo quiero darles un resumen algo distinto. Se trata del enfrentamiento, a lo largo de toda su vida, entre dos personas: el obispo Waleran, un hombre de la iglesia ansioso de escalar en los puestos de poder, que sabe moverse entre las alianzas y traiciones de las altas esferas, y que cuenta gracias a ello con apoyos en ese orden social, y Philip, el prior de Kingsbridge, un religioso de origen humilde convencido de que debe estar del lado del pueblo. Como ven dejo de lado la construcción de la catedral, que me parece tan sólo una excusa sobre la que hacer girar el juego de poder, a pesar de las muchas páginas dedicadas a su construcción. Pero es que esas páginas no aportan nada a la trama, en realidad, sino que parecen más bien destinadas a relajar la trama política y a ganarse el apoyo de los lectores, presentado problemas y descubrimientos novedosos en la construcción que ya han sido resueltos y que el lector conoce, alabando de esa manera su ego. Quizá el momento más evidente en que esto ocurre es cuando Jack se pregunta por qué cuando no pueden levantar un peso con una palanca, lo que hacen los constructores es buscar una palanca más grande para conseguirlo. Mucho tiempo dedica a esta disquisición y a varias otras más, y puedo imaginar la sonrisa de superioridad satisfecha del lector que ya tiene en su mano la obvia respuesta.

Se habrán dado cuenta por el resumen del argumento que he hecho de que concibo esta novela como algo más bien de ideología revolucionaria. Los dos protagonistas enfrentados, enfrentan consigo al poder contra el pueblo. De hecho son muchas las veces que en la novela el poder comete los más absolutos desmanes sin que el pueblo pueda defenderse, provocando con ello la indignación del lector (y que levante la mano aquel que la haya leído y que al pasar esos capítulos no haya pensado en una bien merecida venganza). Pero Philip cree en el sistema, y durante toda su vida lucha con sus mismas armas contra aquellos que oprimen al pueblo, logrando algunas victorias, pero efímeras, pues aunque en cada capítulo podamos asegurar que “ganan los buenos”, conforme esto avanzan, vemos que ellos siempre están sometidos, y los poderosos siguen ahí suceda lo que suceda, provocando una sensación de impotencia por parte del pueblo, que se ve atrapado por unas herramientas jurídicas y legales puestas al servicio de aquellos de los que deberían protegerlos.

No es hasta el final de la novela cuando este orden se subvierte, y Philip logra que el poder reciba su castigo, pero para que eso pase el prior debe claudicar y cambiar de actitud, asumir que no puede enfrentarse a los poderosos con sus mismas armas. Lo que Philip convoca es una revolución (cruzada, lo llama él): “Tenía la impresión de que lo que ocurriría a renglón seguido sería que un pequeño grupo de seguidores del hombre muerto se alinearían contra todo el poder y la autoridad de un poderoso imperio. Naturalmente. Así empezó la Cristiandad. Y una vez que lo hubo comprendido supo lo que había de hacer. […] ¿Puedo hacer esto? ¿Puedo empezar aquí ahora mismo un movimiento que llegue a sacudir el trono de Inglaterra?”. Bien es cierto, que ni el pueblo toma el control del gobierno, ni la situación de poder llega a subvertirse (lo contrario sería una locura en el contexto histórico de la novela), pero no deja de ser revelador el hecho de que la solución a los problemas sociales deba salir del pueblo, y que no sea hasta que este se hace oír que los estamentos del gobierno tomen medidas.

No creo que Ken Follet, sea un revolucionario, ni un convencido activista de izquierdas, de hecho poco o nada sé sobre él, pero la verdad es que el desarrollo de los acontecimientos de su novela da que pensar.

La Celestina

PortadaCelestina

FERNANDO DE ROJAS, La Celestina

Si tenemos en cuenta que la perfección dramática debería acompañar a toda obra maestra del género, no podríamos nunca incluir dentro de su número a La Celestina, debido a los varios rápidos cambios de dirección en su argumento. Sin embargo, ¿de verdad puede cortarse una obra iniciática de la literatura en una lengua por los mismos patrones que aplicamos al teatro moderno? Dos son los posibles atentados contra la maestría de la obra: en primer lugar, el velocísimo cambio de actitud de Melibea con respecto a las pretensiones de Calisto y, en segundo, la extraña intrusión de los cinco actos que conforman el llamado Tratado de Centurio, y que parecen encaminados a un mero alargamiento del entretenimiento.

Con respecto al primero de los fallos, para verlo como tal hemos de asumir que Melibea no estaba enamorada de Calisto desde el primer instante, que verdaderamente lo desdeñaba y que es Celestina quien la hace cambiar de opinión. Rechazar esta idea sin duda restaría fuerza al personaje de la alcahueta como aquel que mueve todos los hilos en la obra, alguien con un conocimiento tan profundo de la condición humana que todos quedan atrapados en sus redes. Esto la convertiría en una oportunista a la que acompaña la suerte pero… ¿no puede acaso ser así? Creo yo que Celestina es más viva que sabia, y que su astucia reside más en saber aprovechar la situación que en una verdadera manipulación de quienes la rodean. No creo que ella mueva al amor a Melibea pues, ¿no dice ella, animando a su enamorado, nada más comenzar la obra, “aún más igual galardón te daré yo si perseveras”, animándolo de esta manera en sus labores amorosas? Melibea, pues, no cae en las redes de Celestina, tan sólo ve el momento adecuado para dejarse llevar por su pasión amorosa. ¿Por qué. si no, habría introducido el autor del primer acto una manifestación de su pasión tan temprana que roza el ridículo dentro de la convención, si no era para volver adestaparla más adelante? Por desgracia esto no pasa de ser una suposición, pero, si hemos de creer la versión de Rojas sobre la concepción y escritura de la obra, parece que él también opinó así, pues tarda bien poco en sacar a la luz la buena disposición de la dama.

No olvidemos que la presentación de todo cuanto sucede está llena de ambigüedades, lo que hace tan interesante la obra. Vayamos con los problemas que estas ambigüedades producen, principalmente con los personajes de Celestina y Melibea. Tenemos tres opciones para entender el cambio en la actitud de la dama. La primera, por la que yo me decanto, que ella ya estaba enamorada de Calisto, pero se debía a la convención de resistencia proveniente del amor cortés, resistencia que enseguida abandona al ser más proclive al disfrute que a la virtud. La segunda, que la labia y el saber hacer en su oficio de Celestina vence su resistencia, dejando esto a Melibea como una tonta, aunque de esto último no tenemos ninguna duda, así que la no aceptación de esta posibilidad no implica que no lo sea. La tercera implica magia. Celestina es presentada como una bruja y la descripción que se hace de su laboratoria es muy seria y pormenorizada. No cabe duda de que ella se toma muy en serio su condición de bruja pero, ¿también lo hace así Rojas? No es ninguna locura asumir que Fernando de Rojas fuera supersticioso y que tuviera por bien reales la existencia de las brujas y de sus tratos con el demonio, y si es así también es probable que Celestina de verdad hechizara a Melibea. El rápido cambio de Melibea y todo el proceso del hechizo ha hecho a muchos críticos desdecir de La Celestina como una obra maestra al necesitarse de tal Deus Ex Machina para echar todo a rodar desde un principio. No creo yo que esto le quite maestría la obra. Si así fuera habría que echar por tierra la mitad de las tragedias de Shakespeare: el fantasma del padre pidiendo venganza a su hijo en Hamlet, las brujas diciendo qué debe hacer a MacBeth, Ricardo III contando al auditorio lo malo que es…

El segundo de los fallos antes comentado sí me parece que debe tenerse en cuenta para la inclusión o no de La Celestina dentro del número de las obras maestras. Hemos de tener en cuenta que en la primera redacción de la obra Calisto moría justo después del primer encuentro sexual de los amantes, y en esa situación tiene más sentido la queja de Melibea: “¡Tan tarde alcanzado el placer, tan presto venido el dolor!” Así pues, tras todo el proceso para alcanzar el objetivo de los dos amantes, y recién acontecidas las muertes de Celestina, Pármeno y Sempronio, la tragedia se precipita de modo inevitable. Sin embargo, con la introducción, años después, del llamado Tratado de Centurio, se producen dos fallos dramáticos de vital importancia. El primero de ellos consiste en que la resolución en tragedia de todo lo acontecido queda aplazada, haciendo de ese modo que la acción dramática se resienta, para aportar unos capítulos sin los que la obra habría pasado perfectamente. Esta costumbre de añadir fragmentos extra a una obra teatral para dar mayor contento al público estaba muy extendida en la época, pero resulta extraño que sea el propio autor quien lo haga. Durante el Siglo de Oro, solían ser los propios autores de comedias (quienes dirigían las compañías teatrales) quienes aumentaban la extensión de las partes que más gustaban al público, para así obtener mayores beneficios. Estas acciones, si bien solían ser monetariamente beneficiosas, no lo eran tanto en la versión artística del negocio, pues solían dañar en gran medida las obras. Y eso es lo que sucede con La Celestina: los capítulos añadidos muestran escenas de las que gusta el público que, tomadas de forma aislada son divertidas y muy interesantes, e incluso revisten gran interés para entender la psicología de los personajes secundarios, pero en el conjunto de la obra la hacen perder fuerza.

El segundo consiste en la introducción del propio personaje de Centurio, que nada aporta a la trama, pues tan sólo repite patrones que ya habíamos observado con anterioridad en los otros personajes, por no hablar de que queda aislado de todo el argumento principal, lo que atenta contra su unicidad.

Pero… ¿hace todo lo dicho que La Celestina pierda su categoría de obra maestra. Yo creo que no, o al menos no si tomamos los capítulos de Centurio como un añadido. La obra sin este extra resulta perfecta, se tome como se tome el rápido giro de Melibea: resulta difícil apearla del su escalón en el podio que ha sabido ganarse con el paso del tiempo.

>Milagros de Nuestra Señora

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GONZALO DE BERCEO, Milagros de Nuestra Señora

Nunca había leído realmente este libro, aunque han sido varias las veces que he fingido haberlo hecho (¡Qué remedio! Era materia de examen). El problema era que siempre me había enfrentado a él como a un libro religioso, cuando en realidad hay que afrontarlo como una colección de cuentos. Bien es cierto que con una temática que gira en torno a la Virgen, pero no se trata de un catequismo, son cuentos. En ellos la Virgen salva, premia y castiga dependiendo de las acciones cristianas de los protagonistas, pero también en la novela del XVIII la sociedad premia o castiga dependiendo del civismo de sus protagonistas, y en el Romanticismo es el destino el que se encarga de ello.

Pero un milagro me ha llamado la atención por encima de los demás, pues supone una pequeña novela en sí mismo: La deuda pagada. En él, un hombre acomodado ve menguar su fortuna hasta casi extinguirse, y pide un préstamo a un judío, dejando como fiadora a la virgen del lugar, que será raptada por el judío en el caso de no pagarse la deuda en el tiempo estipulado. Tras esto el mercader viaja al extranjero para rehacer su fortuna y, el día anterior al vencimiento del plazo, con su fortuna restaurada y ante la imposibilidad de regresar a su tierra para pagar la deuda, coloca el pago en la orilla del mar y reza a la Virgen para que las olas lo lleven a casa del judío y todo quede en orden. Todo saldrá bien, aunque el judío no acusará el pago y será la propia Virgen quien tenga que desmentir el embuste para que el estafador reciba su merecido.

Aquí se me hace imposible no preguntarme si realmente estamos ante un procedimiento “deus ex machina”, pues la Virgen forma parte activa no sólo de esta historia, sino también de todas las anteriores. No sólo aparece como elemento final de salvación, sino que los actos de los protagonistas están ordenados en torno a ella; ella es el eje en torno al cual gira todo. Por otro lado sí que es tratada como un factor externo por parte de esos protagonistas, pues recurren a ella cuando se ven en apuros y en raras ocasiones parecen llevar una vida de devoción.

Pero lo realmente interesante es cómo orquesta la enseñanza religiosa alrededor de lo que son auténticos relatos de aventuras, en ocasiones más cercanos a la evasión que al adoctrinamiento.

>Cantar de Mio Cid

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Cantar de Mio Cid

Una de las cosas que más me gusta del Cantar de Mio Cid es que es la historia de caballerías que no gustaría a los aficionados a las historias de caballerías. Siempre nos presentan a grandes héroes capaces de enfrentarse a enormes peligros sin pensarlo, lejanos al resto de la humanidad, y el Cid no es así. El Cid reflexiona antes de atacar, no es impulsivo y sus virtudes son más cercanas a nosotros, no es un protagonista cuasidivino.

Pero es que su historia no es una historia bélica, sino una historia personal. Su narración no termina con la más grande de sus conquistas, la toma de Valencia, como sería de esperar, sino que continúa, pero ya sin hazañas militares. Y esto es lo que hará echarse atrás a los seguidores del género. El Cid debería terminar para ellos ahí, en esa máxima batalla que, sin embargo, ni siquiera es narrada en el poema. El poema sigue más allá de eso, y lo hace por derroteros nada heroicos: unas bodas. Algo común a cualquier vida, porque ahí es cuando el héroe se equipara a cualquiera de nosotros, en lo elementos comunes a la vida ordinaria, y donde se nos exige a todos que actuemos como héroes. No sirve la excusa tan manida de que uno solo no puede hacer nada, “yo” no puedo hacer nada, pues el Cid ya demostró que las pequeñas acciones (las privadas, las personales) son tan importantes como las grandes hazañas.

Quizá nosotros no podamos conquistar Valencia (la menor de sus hazañas, pues ni nos la cuentan), pero sí que podemos arreglar el daño causado en el robledal de Corpes.