Hindies, hipsters y gafapastas (2)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas (2)

La introducción de Nacho Vegas a Indies, hipsters y gafapastas merece una mención aparte, pues casi supone un ensayo en sí mismo, con sus quince páginas, más o menos. El músico indie empieza contando cómo, en una conversación informal con sus amigos en una cafetería sale el tema de los hipsters, de los que poco o nada sabe nadie en el grupo (como, por otro lado, nos sucede a casi todos), y una voz se eleva para pedir que Nacho explique qué son, pues “está escribiendo algo sobre el asunto”. Explica que aún no ha leído siquiera la primera versión del libro que tiene que prologar, pero se anima a explicar que cree que los hipsters son una especie de derivación de lo indie pero parapetada en el glamour y el cinismo, como una especie de elite del buen gusto. Tras semejante explicación recibe una rotunda simplificación: “Vamos, los modernos de toda la vida, ¿no?”.

Lo gracioso de la escena es que nos han vendido tal imagen de los hipsters para que formemos parte de ellos pero sin identificarnos con ellos, que ni siquiera quien se supone que sabe sobre ellos, y al que de hecho le han encargado que escriba sobre el asunto, tiene muy claro qué o quiénes son.

A partir de ahí, Vegas echa marcha atrás para tratar de discernir cómo se ha ido formando este grupo social de tanta importancia en nuestro mundo actual. Y como no podía ser de otro modo, lo hace desde su experiencia personal, que se sitúa en el mundo de la música. A modo de paréntesis, debo decir que, a pesar de que fue el hecho de ver que estaba prologado por Nacho Vegas lo que me llevó a leer el libro, el prólogo habría sido más enriquecedor de haber sido escrito por otra persona, de otro ámbito diferente. Digo esto porque ya el cuerpo del libro está escrito por alguien muy involucrado en el mundo de la música, y es justo ahí donde mayor hincapié hace, e insistir aún más sobre ese mundo resulta redundante. Quiero dejar claro que me encanta la introducción de Vegas, pero si se trataba de hacer este recorrido de lado del mundo cultural, habría sido más variado y podría haber ampliado nuestra visión una introducción escrita por alguien que nos ilustrara el tema desde la perspectiva del mundo de la literatura, o de las artes plásticas, o del cine.

Como decía, Vegas hace un repaso al mundo de la música desde que él era joven hasta la actualidad, haciendo especial hincapié en que, a partir de los noventa, los músicos parecieron perder contacto con la realidad social, escribiendo canciones intimistas o más bien egoístas, o de tipo festivo únicamente, encerrándose en la premisa del “sexo, drogas y rock’n’roll”, lo que los hacía vivir en un mundo irreal, con la canción protesta prácticamente enterrada, en un momento social en el que se estaban dando terribles hachazos a nuestro sistema mientras nos hacían creer con sorprendente efectividad que nos encontrábamos en un momento idílico, casi inmejorable. No le falta razón, pues cuando la gente habla ahora de la crisis siempre hace referencia a cuando las cosas iban bien, fechando esa vaporosa situación en los momentos previos al estallido de la crisis, cuando conseguir un trabajo bien pagado era casi milagroso, no digamos uno estable, cuando incluso compañías estatales hacían trampas para no tener que contratar personal fijo (Correos, por ejemplo, tenía a la mitad de su plantilla con contratos temporales, y muchos tenían que firmar un contrato nuevo cada lunes, que terminaba el viernes, para no tener que pagar el fin de semana), la vivienda había alcanzado unos precios tan altos que las hipotecas iban en muchos casos mucho más allá de la edad de jubilación, los alquileres eran imposibles de pagar sin compartir piso con varias personas, la gente permanecía en casa de sus padres hasta pasados los 35 años, el salario mínimo era ridículo, la prestación por desempleo se había recortado en repetidas ocasiones… Y, a pesar de todo esto, los españoles estaban convencidos de que vivían una época de fabulosa prosperidad. Hay que decir que los equipos de marketing de los respectivos gobiernos se merecían un diez.

Vegas indica que los cantantes estaban tan alienados que, por primera vez, no fue la música la que sirvió de punta de lanza, como es habitual, para las protestas, sino que fueron las mismas protestas las que hicieron despertar a los músicos y darse cuenta de frente a qué estaban. Fue el 15M lo que hizo a muchos músicos volver a tomar conciencia de la realidad y salir del proceso de individualismo y hipsterización en el que, poco a poco, se habían ido metiendo. Afortunadamente, al menos de momento, no ha habido revueltas como otras bandas más despiertas de otros lugares se habían atrevido a predecir.

Nota: Nacho Vegas puede caer mal a muchos por su posicionamiento firmemente de izquierdas, irreconciliable con cualquier actitud de derechas o capitalista, pero hay que admitir que es consecuente con sus ideas como pocos. Digo esto porque acabo de ver el vídeo en el que, tras aceptar tocar en un festival patrocinado por Banco Sabadell (y sorprendido, como él mismo reconocía, de no haber recibido ninguna crítica por haberlo hecho), llevaba a cabo una acción de denuncia contra dicho banco a pesar de las presiones en contra de los organizadores al comenzar su concierto, al tiempo que anunciaba que los beneficios netos de su concierto irían destinados a ayudar a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en Asturias.

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Indies, hipsters y gafapastas (1)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas

Cuando vi aquel anuncio que el PP hizo sobre que los hipsters los votaban no daba crédito a lo que veían mis ojos (ni a lo que escuchaban mis oídos, dicho sea de paso). O yo no me enteraba de nada o los que no se enteraban de nada eran los publicistas del Partido Popular, para los que un hipster parece ser un tipo con barba y una ropa que lo convierte en una especie de cruce de leñador con amish. Eso me hizo pensar que su único contacto con ellos había sido a través de fotografías, pues, al menos externamente, esa es la imagen que han proyectado durante los últimos cinco años (año arriba, año abajo). Pero antes ya estaban ahí, aunque no se hubiera popularizado la nomenclatura hipster. Hace diez años llevaban perilla y un peinado perfecto, y hace quince barba de dos días y una melenita de aspecto cuidadamente descuidado. Los hipsters llevan entre nosotros desde que el capitalismo se adueñó del mundo occidental: gente con aspiraciones de clase media-alta que se esfuerzan en hacer visible mediante su vestimenta y sus accesorios, y con una absurda preocupación por el individualismo y la exclusión cultural de quienes no están a su nivel. En los hipsters nada es real, todo es maquillaje, chapa y pintura, y si obviamos el tipo de moda, todos, tengamos la edad que tengamos, hemos tenido que tratar en nuestra juventud con gente con esas características que conformaban un grupo con sus semejantes al tiempo que negaban pertenecer a ningún grupo social.

El anuncio del PP los presentaba, sin embargo, como una especie de hippies modernos, como alguien comprometido con su entorno, cuando son todo lo contrario. Indies, hipsters y gafastas, un libro del que nada sabía y que me llamó la atención cuando lo vi en Internet por el hecho de estar prologado por Nacho Vegas, me vino a dar la razón en esto (creo, pues es una conclusión propia) y me confirmó que no andaba completamente desnortado.

Me sinceraré con respecto al libro. Yo siempre he sido una persona de izquierdas, y creo que en mis últimos años viviendo en China (que nada tiene ni de comunista, ni tan siquiera de izquierdas), y con las noticias y desprecios que me han ido llegando desde mi país, me he radicalizado quizá demasiado en mis posiciones, pero comparado con las opiniones del autor del libro yo parezco de extrema derecha. El libro carga contra la hipsterización del mundo, con cómo en los últimos años la cultura se ha ido aislando de la problemática social, creando “movimientos culturales” que mantienen al gran público, y por lo tanto a la sociedad, ajeno a los problemas que se producen. Defiende el compromiso que la cultura debe tener con la sociedad, cosa que comparto, aunque creo que es algo que no condiciona necesariamente a la expresión artística. Habla mucho sobre música, sobre cine, sobre documentales, sobre ensayos, muy poco sobre las artes plásticas, pero hay una carencia importante, muy reveladora del porqué de su obsesión militante: ni una novela, ni un cuento, aparecen referenciados en sus páginas. Como si nunca se hubiera detenido en leer uno o, peor aún, como si considerara que su presencia social es marginal, muy distante de la eminente presencia de lo audiovisual (lo que lo volvería a él también bastante hipster). Supongo que al tratarse de ficción las considera puro escapismo y no les otorga valor dentro del verdadero arte que es aquel comprometido y militante.

Todo esto resulta demasiado exagerado, aunque creo que guarda un fondo de verdad, sin necesidad de llegar a las posiciones tan radicales del autor. Además, la lectura resulta una enciclopedia privilegiada para hacerse con una lista musical de los últimos veinte años, al menos del panorama rock indie.

Por otro lado, el ensayo está tan seccionado que, incluso para aquellos no acostumbrados a leer este género, resulta de una lectura muy amena. No hay larguísimas disertaciones ni extensas exposiciones que van ocupando capítulos y capítulos hasta llegar a una conclusión final, sino que todo es mucho más ligero, sin renunciar por ello a la precisión ni a la documentación. Los diferentes capítulos son casi independientes y están a su vez divididos por títulos que los convierten en conjuntos de mini artículos que comparten tema. Con esta estructura uno avanza en la lectura de un libro que, por otro lado, tampoco es muy extenso, casi sin darse cuenta. Luego se podrá estar a favor o en contra de sus propuestas, pero no se le puede negar que éstas estén argumentadas y documentadas. Eso sí, ni son objetivas ni parecen pretenderlo, sino que más bien suponen el punto de vista de una posición social determinada.

La Guerra Civil contada a los jóvenes

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, La Guerra Civil contada a los jóvenes

Pérez-Reverte ya ha dicho en varias entrevistas que no se trata éste de un libro que pretenda entrar a fondo en la Guerra Civil, sino que pretende ser una mera introducción para animar a los jóvenes lectores a acudir a los libros de historia de verdad, advertencia que creo que sobra, de tan evidente que resulta que aquí no se trata a fondo nada. Es más, casi me atrevería a decir que no se toca nada y punto. Y es que esta Guerra Civil de Reverte resulta tan sólo una acumulación de hechos sin contextualizar, lo que resulta irónico, cuando pretende ser precisamente un contexto para el estudio posterior de cuanto sucedió. Y es que el libro parte de un hecho ya de por sí erróneo (y mira que respeto a Reverte en cuanto a materia histórica se refiere), y es que en la Guerra Cívil no hubo ni buenos ni malos, lo que la convierte en una mera guerra entre imbéciles. Y si bien la Segunda República distaba tanto de ser perfecta que en bastantes de sus aspectos podría ser justamente tildada de deplorable, no hay que olvidar jamás que se trataba del gobierno legítimo de España, y que admitir que no hubo malos implica justificar no sólo aquel levantamiento, sino cualquiera que pueda producirse en cualquier momento. Si admitimos que aquello estuvo justificado, tenemos que admitir también que estará justificado, por ejemplo, un levantamiento contra el gobierno de Rajoy, que también es deplorable. Y eso no puede ser: expulsar violentamente a un gobierno legítimo, por malo que este sea, jamás puede justificarse, porque si lo hacemos estamos perdidos. Y hay que admitir que el gobierno de Franco fue ilegítimo de principio a fin, como lo son a día de hoy el de Cuba o el de China, por mucho tiempo que hayan durado. Por lo tanto, hablar de dos bandos en la Guerra Civil Española es un insulto a la democracia. No hubo dos bandos: hubo un gobierno legítimo (que no recibió el apoyo internacional de aquellos a los que se les llenaba la boca con las palabras libertad, igualdad y fraternidad, aunque eso es otra historia), y un bando golpista que utilizó el ejército para atacar al gobierno y al pueblo a los que debía defender, y que se valió de la ayuda de nazis y fascistas. Que esa es otra, a ver con qué cara explica uno que los nazis y fascistas eran malos malísimos en la Segunda Guerra Mundial, pero un par de años antes, en la Guerra Civil Española, ahí no había ni buenos ni malos.

Un punto a favor hay que darle a Reverte, de todos modos: el par de veces que se refiere al gobierno de la República, lo hace llamándolo el gobierno legítimo de la República, y eso siempre reconforta un poco, pues, por muy de moda que esté invocarlo, el mantra ese de que la historia la escriben los vencedores me sigue dando arcadas cada vez que lo oigo.

Otra cosa es el aspecto del público objetivo. En el título ya advierte que este es un libro para los jóvenes, aunque, qué quieren que les diga, a mí me lo parece más para los niños. De hecho su estructura me recuerda bastante a aquellos libros de texto, que en mi época infantil distinguían entre sociales y naturales, en los que había por sistema un breve párrafo acompañado de un dibujo, por lo general a razón de tres veces por página. Y eso mismo sucede en esta especie de libro de texto del señor Reverte, con la diferencia de que aquí este sistema lo encontramos a página completa. Esto me hace pensar: ¿cuál es el concepto de juventud de Reverte? ¿Acaso ha asumido que la nueva generación de jóvenes está tan idiotizada que no puede comprender texto alguno que supere las 150 palabras? Porque el libro resulta tremendamente infantil, más en el nivel de un niño de 8 años que en el de un joven de, digamos, 15. Si el objetivo realmente son los jóvenes, entonces tendremos que asumir que Reverte ha perdido el norte, pues ninguno puede sentirse cómodo leyendo eso más allá de una lectura de mera curiosidad, la misma que llevamos a cabo los adultos para comprobar qué ha hecho esta vez este escritor. Pero si no sólo son los niños, sino que además resulta que sí, que el libro llega a su público, y que gusta, y que toda una generación de jóvenes le canta alabanzas porque ya era hora de que alguien nos contara la Guerra Civil de una forma que pudiera interesarnos, entonces debemos empezar a asumir que es el país entero el que ha perdido el norte, porque estaremos ante una generación entera incapaz de comprender y juzgar el mundo en el que habita. Personalmente, espero que el libro triunfe en un ámbito mucho más infantil, entre los ocho y los once años, una franja de edad en la que la ausencia de posicionamiento me parece mucho más adecuada.

Parece mentira que un novelista que tanto tiempo lleva escribiendo para adolescentes, con su saga de novelas de El Capitán Alatriste, pierda de vista de esa manera a su público objetivo. Tras tan exitosa serie uno pensaría que ya le habría cogido el tranquillo a cómo dirigirse a ellos, pues los trata en esas novelas como lectores mucho más responsables que los que espera encontrar en esta Guerra Civil. En lo que a mí respecta, entregaría esta lectura a niños de la edad que he mencionado arriba. Como profesor, si tuviera que entregársela a adolescentes, asumiría como un fracaso todo su proceso educativo hasta haber llegado a tan lastimoso punto.

Mitos y leyendas de China

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CHEN LIANSHAN, Mitos y leyendas de China

A alguien debería caérsele la cara de vergüenza por haber perpetrado semejante engendro, y no sólo eso, alguien debería ser inmediatamente despedido (en concreto el traductor, Guo Hongkun), y otro más debería dimitir o ser también despedido en su defecto (me refiero, por suspuesto, al editor de este despropósito).

Quizá el original en chino de Chen Lianshan esté muy bien, pero no tengo manera de saberlo debido a la aniquilación total que ha sufrido a manos de sus editores en español, por lo que voy a referirme, en todo lo que diga a partir de ahora, exclusivamente a la traducción (lo de traducción es un decir).

El libro en cuestión habla de leyendas chinas, pero eso es lo de menos. Uno puede leérselo de la primera a la última página (cosa que, por supuesto, no he hecho, mi salud mental estaría demasiado comprometida) y entender tanto como si hubiera leído el original en chino (quizá en chino habría entendido más). No se trata de que la traducción sea mala, pues el nivel de desastre está a otro nivel. Se trata de que a duras penas puede considerarse que esta traducción esté escrita en español. Ya nada más empezar, antes de empezar con las leyendas en sí, nos encontramos con un maravilloso “Plólogo”. Sí, ya sé que suena a chiste por tratarse de una traducción del chino, pero eso es lo que pone no sólo en el encabezado de esa página, sino también en el índice. Seguramente ustedes estarán pensando que eso lo podía haber visto antes de comprar el libro, pero es que ni en mis peores pesadillas me podía haber imaginado cosa semejante. Y lo malo aún no ha empezado.

Tras ver el “plólogo” (y con el libro, por desgracia, ya pagado; para quienes estén pensando ahora mismo en devoluciones, los reto a que vengan a China y lo intenten alegando ante un dependiente que sólo habla chino que el texto es español no se entiende) y comprobar la repetición del error en el índice, cerciorándome de ese modo de que no se trataba de una errata, continúo leyendo dicho índice y maldito sea el momento. En él encuentro títulos de capítulos tan sugestivos como “Nüwa Remendar el Cielo”, “Nüwa Crear la Institución del Matrimonio”, “Fuxi y Nüwa: el Dios del Matrimonio y la Creadora Humano”, “Los Caos en la Era del Emperador Yandi”, “Yi Dispara los Soles” (no, no dispara ningún sol hacia el cielo, sino que dispara flechas a los soles, de diez que había sólo dejó uno), “Gun Domina las Aguas de Inundación” (y tampoco, no hay nadie llamado Inundación), “El emperador Yao Abdica el Trono”, “Recibiendo la Orden y Controlando las Aguas de Inundación”, “Teniendo Todos los Ríos Bajo su Control”, “Kuafu Cazar el Sol” o “Vaquero y Tejedora”. Un absoluto desastre gramatical y un festival de mayúsculas, y esto sólo en el índice. Pero aún hay más.

Porque tras ser consciente de esto hay que armarse de valor para leer el texto. Les transcribo a continuación el primer párrafo del “plólogo” de este volumen lleno de perlas, quizá el más inteligible de todo el libro: “La humanidad lleva la vida entre el azul cielo y la gran tierra, y usando su sabiduría e imaginación para explicar la vida y el mundo; La humanidad, durante el proceso de crear riqueza material, también crea una gran cantidad de la riqueza espiritual. Los mitos y leyendas han sido una riqueza espiritual más importante creada por la humanidad antigua”.

Ya les he avisado de que éste era el fragmento más inteligible del libro (no, no exagero), así que todo lo que van a ver venir a continuación será peor, hasta el punto de asistir a la formulación de frases con un punto esquizoide. Les voy a servir algunos ejemplos más, si alguno logra desentrañar su significado, por favor que me lo comunique (son todo frases completas, no hago trampa de ningún tipo): “De qué nuestro universo proviene?”, “Los antiguos chinos adoraron en la serpiente y el dragón aún más”, “Para hacer que la humanidad dura para siempre, ella creó el sistema de matrimonio”, “Un día, Huaxushi va a Leize den el este, es un lugar hermoso y de repente se ve una huella muy grande y curiosa, y pone uno de sus pies en ella para la diversión”, “No sólo los seres humanos son tocado por el Emperador Yao, sino que también impresionó a los dioses”, “Por último, Yi llegó en el bosque de morera en la llanura central, donde solía ser un lugar sagrado, pero fue ocupado por un jabalí gigante”, “Gun tira el suelo especial Xirang en la inundación creciente y ve que en lugar donde Xirang cae se aparece un pedazo de tierra, inmediatamente, se hace más grande y más alto y bloquea la inundación, obligando los ríos volver a los canales”… Y así podríamos continuar eternamente.

Díganme ustedes si esto es un libro que puede ponerse a la venta. Pero no contentos con hacerlo así de mal, a nuestros padecimientos añaden una descarada burla en el texto de gancho de la cubierta. “Este libro es rico en contenido, proporciona una escritura suave, agradable de leer”, dicen. Estoy convencido de que si lo someto al calor, en alguna parte encontraré escrito con tinta invisible: “idiota”.

Pero quien verdaderamente merece todas las críticas y desprecios es el “traductor” Guo Hongkun, un tipo del que hay que huir como de la peste, viendo los resultados de su “trabajo”, y que para colmo de males veo que tiene otras muchas “traducciones” en la misma editorial, China Intercontinental Press, de la que les recomiendo, por lo tanto, que jamás compren nada de nada. Otro más que posible desaguisado de Guo Hongkun en la misma editorial: La comida china.

Mención aparte merece la editora, Wang Feng (aunque juraría por el nombre que es un hombre), que es en última instancia la que ha permitido que esta desvergüenza viera la luz. Noventa y nueve yuanes que nadie me devolverá y, por supuesto, la confianza en cualquier editorial china totalmente aniquilada.

El Galeón de Manila

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DOLORS FOLCH, FERNANDO ZIALCITA, HAN QI, CARMEN YUSTE, Los orígenes de la civilización: El Galeón de Manila

El galeón de Manila son las actas de una conferencia celebrada en Shanghai en el 2013, y se compone de cuatro ensayos académicos centrado en la ruta que unió Méjico con las Filipinas y las transformaciones que produjo en los países que tomaron parte en ella.

Para la escritura de los ensayos se eligió a una persona de cada uno de los cuatro países que se vieron involucrados en la ruta del galéon: España (Dolors Folch), Filipinas (Fernando Zialcita), China (Han Qi) y Méjico (Carmen Yuste).

El ensayo de Dolors Folch, “El Galeón de Manila”, explica los detalles de la necesidad de esa ruta marítima que fue abierta hasta China por los españoles, y los motivos que propiciaron la posibilidad de comerciar con este lejano país, que encabezan la necesidad de plata en China como moneda de cambio, en un momento en el que el papel moneda del gigante asiático estaba muy devaluado y sus monedas resultaban muy grandes y pesadas en relación a su valor.

Fernando Zialcita, en “El Galeón de Manila: cuna de una cultura”, habla de la formación de Filipinas como país y de la consolidación de la identidad filipina, en el que me ha parecido el más flojo de los cuatro ensayos, pues da la sensación de estar más centrado en una suerte de nacionalismo que en el suceso histórico en sí. El abuso de palabras en tagalo (o supongo que en tagalo, aunque no puedo asegurarlo), rompe continuamente el ritmo de la lectura, haciendo decaer el interés.

Más interesante resultaba la descripción que hace Han Qi de la dinastía Ming en “La influencia del Galeón de Manila sobre la dinastía Ming”, en donde hace un bosquejo de los problemas que acuciaban a China cuando llegaron los españoles, y explica cómo vieron una posible salida a esos problemas económicos en la posibilidad de la obtención de plata a través del comercio con los españoles, posibilidad que no supieron administrar todo lo bien que deberían haberlo hecho. También apunta los planes de conquista de China por parte de los españoles, que nunca llegaron a realizarse.

El último ensayo, “Nueva España, el cabo americano del Galeón de Manila”, de Carmen Yuste, nos explica el desarrollo que supuso para Méjico la actividad comercial producida por el galeón, y la corrupción que también trajo consigo.

El punto en común que siempre aparece en los ensayos es la necesidad que China tenía de plata, y cómo esa necesidad hacía que el valor de la que llegaba de Méjico se multiplicara al llegar allí, haciendo que mercancías de gran calidad resultaran enormemente baratas.

>Perder teorías

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ENRIQUE VILA-MATAS, Perder teorías

Quizá no hay sido la manera más apropiada comenzar a leer a Enrique Vila-Matas por este título, pero así ha sucedido, de modo que pediré disculpas de antemano a los profundos conocedores del mundo literario, que yo desconozco por completo, de este novelista, si digo algo ajeno a su literatura que pueda ser tenido por una metedura de pata monumental.

Hace un par de meses Enrique Vila-Matas estuvo en Pamplona presentando su nueva “novela” Perder Teorías. Allí dio un pequeño discurso plagado de errores gramaticales bastante abundantes hoy en día, que me hicieron echarme atrás en buena medida en mi decisión de leer por fin algo de este señor (ya rondaba por mi cabeza entonces leer su última novela, Dublinesca, a la que aún no me he acercado). A esta impresión se añadió la “extraña” sintaxis utilizada en el título del libro, aunque he de reconocer que, en un inexplicable proceso mental, quizá eso haya influido en la decisión final de leerlo.

Perder Teorías es un falso (o así me lo parece) episodio biográfico del señor Vila-Matas en la ciudad de Lyon, a donde ha ido como participante en un simposio internacional. Una vez allí, va a la habitación de su hotel y se queda allí esperando a que los organizadores del evento se pongan en contacto con él, mientras su mente empieza a divagar sobre lo que debería ser una teoría general de la novela.

La prosa utilizada en esta novelita metaliteraria es extremadamente sencilla, cosa que se adapta muy bien a su clara intención de centrar la atención sobre las ideas y no sobre la historia ni la forma, aunque al mismo tiempo lo que defiende es la supremacía de la forma sobre la historia como razón de ser de la novela, y tampoco renuncia a varios giros novelescos (esto es, de historia), entre los que destaca ese final en el que el protagonista esquiva a sus mecenas. Queda claro, pues, que en estas breves páginas priman los contrastes, que niegan inmediatamente con los “actos” lo que acaba de ser dicho con las palabras. Mediante esta pequeña historia encaminada a aumentar la leyenda de “bicho raro” de Vila-Matas en la que él parece sentirse bastante a gusto, extrae cinco máximas que, considera, son las de deben regir toda novela (no las escribiré porque considero que tiene más interés leer la novela y por tanto el proceso por el que se llega a ellas). Esas máximas son las que aplicará a su próxima novela, dice, tratando de mezclarse lo más posible con su personaje, que sin lugar a dudas es Dublinesca, así que parece que no me quedará otro remedió que leerla para ver en qué acaba todo esto.

Una cosa al menos ha hecho extraordinariamente bien el autor en esta última incursión literaria, aunque por lo que dijo en Pamplona eso se lo debemos más bien a su nueva editorial, y es que haya publicado estos dos títulos por separado, creando así cierto juego literario que obliga a volver sobre la novela tras haber leído el tratado, para buscar, como buenos investigadores, en ella las cinco máximas que toda novela moderna debe cumplir.

>Los negros del traductor

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CLAUDE BLETON, Los negros del traductor

Dos borrachos, hombre y mujer, conversan bajo un puente parisiense y, ante la respuesta afirmativa de ella, él comienza un curioso relato de sus vida, en el que primará la experiencia literaria que su trayectoria como traductor le ha brindado.

Así comienza una novela que, según avancen sus páginas, se irá convirtiendo en un fresco del mundo de la literatura y en una reflexión sobre los métodos de traducción y la figura del propio traductor. Nos adentramos pues, con cierto miedo, en el mundo de la metaliteratura, en un experimento similar al que Eliyahu Goldratt nos propuso hace años con La meta, y que tan flojo resultó a nivel literario, contando entre sus hallazgos con comparaciones tan infantiles como aquella entre un grupo de boy-scouts y una organización empresarial.

Pero salvando las distancias con aquel experimento literario, el que ahora tenemos entre manos resulta mucho más interesante. Las primeras páginas nos relatan el inicio de la vida de nuestro protagonista, Aaron Janvier, y de su incursión en la alta sociedad, y resultarán un tanto tediosas para aquellos desconocedores de la literatura europea en general y de la española en particular. Se trata de unas cuarenta páginas llenas de referencias a obras, autores y costumbres muy presentes en el mundo literario subpirenaico, pero pronunciadas de manera velada, lo que puede desembocar en el abandono del lector antes de llegar al verdadero asunto que trata la novela.

Y es que ese verdadero asunto es, no tanto el mundo de la literatura en el que ya se nos ha sumergido, sino el de la traducción. Aaron comienza su periplo editorial realizando unas traducciones, digamos bastante libres, en las que lo que prima no es la fidelidad al original, sino esa prostitución por la cual se le da al lector de la lengua de destino lo que busca, y que por lo tanto hará crecer las ventas, muy al estilo de las “traducciones” del siglo XIX. Aquí comienza esa discusión sobre si debe primar la labor del traductor casi por encima de la del autor, o si por el contrario aquel debe ser una figura casi invisible, pues no olvidemos que en toda traducción lo que nosotros leemos no son las palabras elegidas por el propio autor, sino las que su traductor ha considerado las más adecuadas para nosotros.

Más adelante, y siguiendo en la misma línea, Aaron se convertirá en autor de sus propias traducciones, suprimiendo de ese modo la molestia de tener que doblegarse ante un autor, y obligándonos a preguntarnos, por ejemplo, hasta qué punto es importante Shakespeare en Romeo y Julieta cuando la leemos en español, pues ni su poética, ni sus palabras ni, muchas veces, su retórica son lo que tenemos en nuestras manos. De esa manera él se convertirá en el artífice absoluto de sus traducciones, que llevará a cabo sin la necesidad de ningún original, que deberá ser escrito a posteriori por un autor desconocido de su elección dispuesto a doblegarse a sus exigencias. Pero esa estratagema no podrá durar eternamente, pues cuando él cree que se ha librado de la tiranía del autor original, lo que realmente sucede es que se ha puesto en sus manos. Es en ese momento cuando las preocupaciones literarias desaparecen de la novela y comienza una trama policíaca que no llega a resolverse jamás después de haber sido cuidadosamente planteada, tal como ocurriera en Travesía del horizonte, de Javier Marías.

Cuando uno de sus “autores” se rebela contra él, Aaron teme que delate sus falsas traducciones y acabe así con su carrera y decide eliminarlo. Tiene éxito y eso provoca una serie de asesinatos, en los que irán cayendo todos aquellos que no acaten con sumisión las exigencias del traductor: la eliminación del autor ha pasado a ser algo físico y real. Esta sangría continuará hasta que un policía jubilado descubra la hecatombe producida entre los literatos españoles, todos ellos unidos por un único traductor.

Por otro lado la novela se ve salpicada por las tramas de todas las novelas que Aaron va “traduciendo”. Tramas estas que son tomadas de forma cómica por lo exagerado, pero que resultan de lo más clarividente, extrapolables a una sociedad con un terrible gusto por lo imposible pero que no parece ser capaz de identificarse a sí misma cuando se ve reflejada.

Si algo hay cierto sobre esta novela, es que resulta una experiencia cuando menos interesante y que no nos permitirá volver a acercarnos de forma inocente a un libro traducido, martilleándonos con la incesante pregunta de a quién estamos leyendo realmente, si a Shakespeare o a su traductor.