Dos años, ocho meses y veintiocho noches

rushdie_portada

SHALMAN RUSHDIE, Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Dos años, ocho meses y veintiocho noches es la historia de una guerra que afectará a toda la humanidad, en la que ésta hallará el camino de su salvación a través de la destrucción de los dioses o, al menos, de la firme voluntad de mantenerlos al margen de su mundo. La historia, como todas las historias en las que intervienen seres míticos, comienza hace mucho tiempo, cuando una yinnia (un ifrit femenino) se enamora de un humano y tiene con él muchos hijos que, con el devenir de los siglos, se convertirán en una descendencia que poblará todo el planeta, a la que se referirán como la duniazada. Varios siglos después de muerto su amante humano, un tipo escéptico con respecto a la existencia de Dios, en un futuro cercano al nuestro, sus huesos se removerán en su tumba para retomar la guerra que siempre tuvo con un enemigo intelectual, gran fanático religioso. Pero esta vez la guerra no será sólo intelectual, pues cuentan con el apoyo de los poderosos ifrits, que convertirán la contienda en algo muy real.

Como queda muy claro por su argumento, uno de los puntos principales de la última novela de Shalman Rushdie es el enfrentamiento entre la razón y la religión, enfrentamiento en el que el autor se posiciona inequívocamente del lado de la razón, a pesar de haber armado una historia muy relacionada con los mitos religiosos, en la que la tradición cristiana y musulmana tienen especial relevancia. Durante toda la novela, no sólo se pone en duda la existencia de una divinidad, sino que se juega con la idea de que el hombre crea y destruye a sus propios dioses, relegando así a cualquier entidad superior al campo de la fantasía. No sólo eso, sino que, aun en el caso de que existiera realmente una divinidad, su lugar no estaría junto a los hombres, que deberían aprender a vivir sin recurrir a ella. Una de las últimas frases de la novela lo expresa de forma bastante paternalista: “El miedo fue vencido, y gracias a su derrota los hombres y las mujeres pudieron dejar a Dios, igual que los niños y las niñas dejan atrás sus juguetes de infancia”. Es sólo tras la desaparición de Dios cuando los hombres logran vivir en paz los unos con los otros, a pesar de que la función de dioses en el relato recae sobre los ifrits, que saben que no son dioses, pero ejercen como tales.

En ocasiones el enfrentamiento con la religión parece bastante enconado. Una de las acusaciones que se deslizan en las páginas de la novela es su capacidad para reinventar la realidad a su antojo. En uno de los relatos que se intercalan en el principal, aparece una ciudad a la que se refieren por el altisonante nombre que, según dicen, los mismos dioses le habían dado en la antigüedad, “cuando la ciudad ni siquiera existía, puesto que era una de las más recientes del país”. De esta forma la religión deforma la realidad a su antojo y nos impide ver el mundo tal cual es, pues tenemos que cargar con los prejuicios sobre él que se han instalado en nosotros. “No hay persona que no sea víctima de su propia versión de la Historia”, se llega a decir.

Pero quizá el mayor malestar con la religión aparezca en un párrafo que casi inevitablemente nos hace pensar en la primavera árabe y en el extremismo religioso que vino tras ella, con el actual terrorismo islámico como máximo representante, en el que hace una cruel burla llena de preocupación de los estudiosos de la religión: “Pero cuando la invasión extranjera fue repelida, lo que vino en su lugar fue todavía peor, una banda de asesinos ignorantes que se hacían llamar los Empollones, como si la simple palabra pudiera otorgarles estatus de verdaderos académicos. Lo que sí habían estudiado a fondo los Empollones era el arte de prohibir cosas, y en muy poco tiempo ya habían prohibido la pintura, la escultura, la música, el teatro, el cine, el periodismo, el hachís, votar, la elecciones, el individualismo, la discrepancia, el placer, la felicidad, las mesas de billar, las caras bien afeitadas (en los hombres), las caras de las mujeres, los cuerpos de las mujeres, la educación de las mujeres, los deportes femeninos y los derechos de la mujer. Les habría gustado prohibir a las mujeres directamente, pero hasta ellos se daban cuenta de que no era del todo factible, de forma que se contentaban con hacer las vidas de las mujeres tan desagradables como fuera posible”.

El otro gran tema de la novela son las historias en sí. No en vano su título hace referencia a otro que nos recuerda la magia de contar historias por antonomasia: Las mil y una noches. Y son muchos los relatos que se van mezclando en esta historia épica. El realismo mágico (no se me ocurre otra forma para llamarlo, la verdad) inunda todas esas historias entre las que el lector va saltando, hasta constatar hacia el final que todas pertenecen a miembros de la duniazada y por lo tanto forman parte de la misma historia, que es la de la humanidad. En una muy reveladora frase incluso se afirma: “Somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es”.

Pero una escena me llamó la atención por encima de todas las demás, por el perfecto reflejo que supone de nuestro mundo occidental abrazado al capitalismo. En ella miles de obreros están extrayendo materiales para la construcción de una gran máquina a la que llaman “la máquina del futuro”. Los trabajadores viven en condiciones de esclavitud, pero ninguno se queja, todos están trabajando para construir algo que les han dicho que es absolutamente necesario para que el mundo siga funcionando sin cuestionárselo, y las consecuencias de no construirla serían catastróficas. Hasta que un día uno de los trabajadores, cansado de que lo exploten sin ver jamás el fruto de su trabajo ni saber si ese trabajo sirve para algo decide preguntar para qué sirve esa máquina del futuro, qué es lo que produce, qué es eso tan importante para todos que está consumiendo sus vidas. El capataz, airado, se muestra tal y como muchas veces vemos comportarse a demasiados políticos, banqueros y grandes empresarios, y responde con una obviedad: la máquina del futuro produce el futuro. Pero el obrero insiste, alegando que el futuro no es ningún producto. Es entonces cuando el capataz le dedica una respuesta que podría englobar a toda la sociedad occidental actual, en la que nos hemos instalado en un estado de cosas en el que hay que aceptar la verdad oficial y toda réplica es un acto de rebelión antisistema y de odio a la patria: “¿Qué fabrica? —gritó el mandamás—. ¡Fabrica gloria! ¡La gloria es el producto! Gloria, honor y orgullo. La gloria es el futuro, pero tú acabas de demostrar que en ese futuro no hay sitio para ti. Llevaos a este terrorista. No pienso permitir que infecte a este sector con su mente enferma. Una mente así transmite la peste”. Un argumento idéntico al que demasiado a menudo veo expresar en prensa y televisión, y que ha calado preocupantemente hondo por lo que también puede leerse en Internet.

En conclusión, parece que Dos años, ocho meses y veintiocho noches bebe de la idea de la novela total pues, si bien se centra en la dicotomía razón-religión, pretende llegar a todos los ámbitos de la existencia humana: la fe, la política, el sentido de la existencia, la literatura… Y todo ello con una cantidad casi infinita de referencias a la cultura popular actual, las mitologías grecorromana, nórdica o asiática, referencias bíblicas y del Corán… la lista es casi interminable, y el hecho de identificar tantas cosas y de tan diversas procedencias durante la lectura hace suponer que muchas otras más habrán permanecido sin identificar por mi desconocimiento.

 

La serpiente de agua

6a014e6089cbd5970c01a3fd171a65970b

TONY SANDOVAL, La serpiente de agua

Me llamó la atención este cómic cuando vi su dibujo, esos personajes de grandes cabezas envueltos en un paisaje casi mágico. Además, recordé el único cómic que ya había leído de Tony Sandoval, El cadáver y el sofá, que me había dejado una grata impresión.

Y aunque la cosa empiece como algo que no parece tener demasiado interés, una historia casi demasiado infantil, poco a poco el lector se va viendo envuelto en una historia de fantasmas que terminará por convertirse en algo épico, muy lejos del punto en el que había comenzado. Tras un comienzo demasiado místico y que me atrevería a juzgar como incomprensible y prescindible, arranca la historia de dos niñas que se conocen y van a hacer correrías juntas. La cosa se complica cuando queda al descubierto que una de las niñas murió hace años y se cruza en sus juegos la historia de un misterioso reino submarino.

Poco más puedo contar sin llegar a contar demasiado. Sólo puedo assegurar que les encantará a los que gustan de historias fantásticas y quieran disfrutar de una historia que gradualmente se va volviendo mágica y épica, abandonándose al gusto de la aventura por la aventura y dejando de lado las disquisiciones filosóficas que parece que por fuerza deban acompañar a todas las historias de corte épico de estos tiempos. Y no sólo la historia es épica, sino que su extraño dibujo contribuye con fuerza a ello, hasta el punto de que creo estar enamorándome de las viñetas de Tony Sandoval como en su momento me enamoré de las de Jiro Taniguchi.

Si existe algo que pueda achacarse a esta historia, quizá sea un final que desluce de lo anteriormente vivido, que más que un broche final que lo redondee todo parece una salida fácil para poder colgar el cartel de “fin”. Tras toda la magia de la historia que habíamos presenciado, tras toda esa épica, la cosa termina con un “vuelve a casa a ver qué pasa”: “Entra y vuelve con tu familia” son las palabras exactas, ante la dificultad de cerrar con un final feliz la historia de la niña muerta.

Eso sí, una lectura de lo más interesante y una muy posible relectura en un futuro.

Las generalas de la familia Yang

20150107_201528

Hace una semana recibí unas entradas para ir a ver una ópera de Pekín. Evidentemente el espectáculo en sí me atraía, pero también me planteaba ciertas preocupaciones: un montón de personajes cantando en chino de una manera que en ocasiones ni los propios chinos pueden entender, al tiempo que me cuentan una historia de la que no voy a entender nada. Pero acepté.

La obra en cuestión era Las generalas de la familia Yang, y ni que decir tiene que inmediatamente me lancé a una labor de caza y captura del libreto a través de Internet, bien en español, bien en inglés, no me importaba eso demasiado, pero debía conseguirlo para poder disfrutar de lo que se me antojaba una oportunidad única. Sin embargo la labor fue infructuosa. Ni rastro del libreto por ningún lado. Y esto es extraño, o no tanto, puesto que China tiene una serie de elementos culturales que nos llaman mucho la atención a los extranjeros pero parece no saber explotarlos. Uno de estos llamativos elementos de la cultura china es su particular ópera, que permanece vetada para aquel que no domine el idioma. El gobierno chino debería abrir un portal en Internet con traducciones de los libretos para animar al público extranjero a asistir a los espectáculos, porque doy fe de que es un espectáculo. De esta manera no solo atraería a un mayor público de todo el mundo a una representación artística que a menudo vemos como un fósil de interés solo arqueológico, sino que llevaría por el globo una serie de historias que permanecen en el más absoluto desconocimiento, y que a los occidentales, con nuestra pasión por que nos cuenten aventuras exóticas y fantásticas, siempre nos han atraído.

Ante la imposibilidad de hacerme con el libreto, decidí buscar algún resumen del argumento o de la historia a la que la ópera hace referencia. Eso sí que fue más sencillo de encontrar, pero me proporcionó tan sólo una visión general de la obra (sobre una familia que ha perdido a todos sus varones y son las mujeres quienes deben encargarse de la defensa de la frontera), y en modo alguno la posibilidad de entender qué sucedía en cada momento.

Así que me presenté en el teatro sumido en la más profunda ignorancia y sin saber muy bien a qué iba a enfrentarme, eso sí, dispuesto a aceptarlo desde la inocencia, sin ideas preconcebidas. Y lo que empezó a desfilar ante mi vista captó mi atención desde un primer momento.

Lo primero en lo que un extranjero se fija al asistir a un espectáculo así es en el vestuario y en el maquillaje. Si bien ya estamos acostumbrados a ver vestimentas exageradas debido al teatro, al cine y a nuestra propia ópera occidental, el maquillaje escapa a nuestra concepción. En nuestra mentalidad la finalidad del maquillaje es perfeccionar la caracterización del personaje, haciendo que parezca una muñequita si es una princesa, dándole al actor el peor aspecto posible si es un pordiosero o realzando sus facciones para que causen un efecto diabólico si es el malo de la obra. Pero aquí no, aquí es diferente: el maquillaje busca igualar a los personajes y eliminar al actor. Si una actriz hace de dama principal, esa dama principal debe ser igual a todas las damas principales de todas las demás obras sin que sus facciones estropeen la ilusión. Y lo mismo con el resto de personajes, incluyendo los masculinos, que llevan sobre el rostro auténticas máscaras de maquillaje de vivísimos colores que destacan sobre una base del todo blanca, rematadas por larguísimas barbas postizas de colores. Ya pueden imaginar la cantidad ingente de material que hace falta para esto.

Pero lo llamativo del maquillaje no hace desmerecer el vestuario, que si bien puede darnos sensación de sencillez después de los exagerados límites a los que llegó en la ópera europea, resulta de una belleza embriagadora. Mención aparte merecen las mangas de los vestidos de los personajes femeninos y el uso que hacen de estas. Las actrices acostumbran a entrar en escena con las mangas plegadas en perfectos cuadrados blancos sobre sus manos y, de pronto, dejan caer los brazos haciendo que las mangas se desplieguen y lleguen hasta el suelo mientras continúan con su recitación y, sin detener la escena en ningún momento, con tres suaves golpecitos en el aire de su mano, y sin utilizar para nada la otra mano, la manga vuelve a quedar recogida y perfectamente doblada. Uno ve esto y no puede sino pensar: “Y a mí me cuesta horrores doblar una camisa”.

Lo que me lleva a hablar de los movimientos tan característicos de los actores sobre el escenario, siempre breves, coordinados a la perfección con los del resto de actores y al ritmo de la música, fruto de una ensayada y perfecta coreografía. En ocasiones su unión con la música resulta de lo más fluido y estilizado, y en otras casi cómico, como cuando mueven por un largo espacio de tiempo las manos frente al público al compás de lo que suena como una gigantesca y estridente pandereta (no vemos los instrumentos en ningún momento durante la representación, y esto es una pena, pues la visión de esos instrumentos musicales tradicionales chinos sería un impresionante añadido a la magia).

Pero la música no nos encandila tanto como la puesta en escena, sencilla, tan solo unos cuantos velos con el mobiliario indispensable, pero muy eficiente; nuestro oído, acostumbrado a melodías que fluyen de una manera más natural, no es capaz de apreciarla muy bien. En un momento dado incluso llegué a preguntar si las diferentes óperas compartían música, pues la que estaba escuchando y otras que en ocasiones he podido oír en la calle eran tremendamente similares. La respuesta, obvia a pesar de la pregunta, fue que por supuesto que no. Las óperas comparten un determinado estilo musical, pero contienen variaciones que al parecer escapan a nuestro oído, o escapaban al mío, menos experimentado y más duro para los matices. Y lo mismo sucede con las voces de los cantantes: aunque el objetivo parece ser el de unificar una voz para un tipo de personajes, siempre hay variaciones entre los cantantes. Esto último pude comprenderlo mejor, pues supongo que se tratará de las mismas diferencias que existen entre las voces de dos tenores o dos sopranos, siempre salvando las distancias, pues lo que aquí se equiparan son las voces de dos ancianas, o dos héroes, o el tipo de personaje que toque en cada momento. Algo así como lo que ya experimentamos nosotros en nuestra comedia áurea.

Por último, he de confesar que, dado que no podía seguir el argumento de la obra, y todo lo que podía apreciar ya se había presentado ante mis ojos y oídos (y algo tuvo que ver el sueño que ya me iba venciendo, lo reconozco, aunque, eso sí, por motivos totalmente ajenos a la representación), abandoné el recinto en el descanso, no sin lamentarme una vez más por no haber podido conseguir el libreto de un espectáculo que, con el tratamiento que se merece para su exportación, podría conquistar escenarios en lugares muy alejados de China.

>Argonáuticas

>


APOLONIO DE RODAS, Argonáuticas

Al comparar la literatura escrita en lenguas modernas con la de nuestros antepasados griegos y latinos queda patente lo jovencísima que es todavía aquella. Mientras los modelos que ellos establecieron permanecieron durante un larguísimo período de tiempo, los nuestros parecen ser incapaces de mantenerse. Incluso uno de los más longevos, la novela, se ve amenazada de muerte cada cierto tiempo, por no decir que vive permanentemente herida. Lo establecido por Homero en el siglo VIII A.C., tiene continuidad en las Argonáuticas que tenemos entre manos, con su correspondiente evolución, claro está. Y que quede claro que digo esto desde el desconocimiento de la historia de la literatura clásica, pero el sabor de boca que queda es que la épica continúa siendo épica, con unas reglas más o menos similares a pesar de la evolución, mientras que bien poco reconocemos de las primeras narraciones en lengua castellana en la novela actual.

Al margen de esta impresión personal, las Argonáuticas parecen ser una incursión un tanto arriesgada en un tipo de composición que no estaba de moda en aquella época a pesar del prestigio que pudiera tener Homero, algo así como si alguien escribiera un cantar épico hoy en día. Pero la modernidad con respecto a aquel queda patente, aparte de en una menor longitud del cantar, en una estructura más elaborada. Externamente el poema se divide en cuatro cantos, pero internamente serían tres las partes que la componen. La primera, que narra las aventuras de los héroes hasta llegar a la Cólquide, ocupa los dos primeros cantos y es la que más participa del habitual tono de la épica, explicando la procedencia de los héroes, los oráculos y organizándolo todo de una manera episódica, como una sucesión de aventuras. La segunda parte, en cambio, se torna más novelística. En ella tienen lugar los trabajos por los que Jasón debe pasar para la consecución del vellocino de oro, el amor que Medea profesa por él y las intrigas de ésta para ayudar a su recién conocido amor, que culminarán en el abandono de la patria por parte de la mujer para convertirse posteriormente en mujer del protagonista, ocupando todo esto el canto tercero y el inicio del cuarto. Como podrán comprobar todo este juego de intrigas y valor bien podría pertenecer a un folletín decimonónico. La última parte la conforma el regreso a la patria para poner ante Pelías el vellocino y dar término así a las aventuras de los héroes, que serán perseguidos por los soldados del reino al que han robado el vellocino y la princesa.

Tres aspectos me parecen destacables de esta gran aventura, y empezaré por el último de ellos, y es que la aventura no termina realmente, sino que llegado a un punto del viaje de regreso simplemente se nos apunta que el resto del trayecto fue apacible hasta llegar a su destino, pero nunca sabemos cómo es esa llegada, ni qué sucede con la profecía del hombre de una sola sandalia, aunque supongamos que se cumplirá. Un final abierto, podríamos decir, aunque no se trata realmente de eso, sino que más bien parece darlo por sabido.

Por otro lado la semblanza del héroe pierde bastante de su heroismo. Digo esto porque Jasón es comparado con Odiseo, no abierta pero sí veladamente (sobre todo en el viaje de vuelta, en el que pasa por varios parajes que coinciden con el viaje de Ulises). Si recordamos al protagonista de la Odisea, sabemos que era un hombre decidido y siempre con muchos recursos, incluso así era llamado en muchas ocasiones. Sin embargo Jasón parece más bien un hombre falto de recursos, guiado siempre por los oráculos o los otros héroes, cosa que llega a su máxima representación cuando Eetes le propone una tarea imposible para adquirir el vellocino, y luego dice a sus compañeros: “Lo cual, desde luego, pues nada mejor podía idear, le acepté sin rodeos”.

Pero el personaje que cobra gran protagonismo a partir del tercer canto es Medea. Si bien en esta historia ella es la enamorada de Jasón y debería ser vista como una heroína en su labor de hacer que toda la empresa llegue a buen puerto, las características que se resaltan de ella son las de bruja y traidora: “…el espíritu se me revuelve por dentro en un mudo estupor, cuando pienso si debo llamar fatal al aturdimiento de la pasión o fuga vergonzosa el modo en que abandonó las gentes de los colcos”. Toda la presencia de Medea, de acción intachable aquí, está marcada por lo que todos los lectores saben que sucederá con ella después, en los acontecimientos posteriores que cuenta la Medea de Eurípides, y que Apolonio utiliza para crear una sombra de tragedia que no nos abandonará nunca a pesar de las grandes hazañas que estamos presenciando. Incluso cuando los dos amantes se conocen se dicen las siguientes palabras de Medea: “Y a ella por dentro se le desbordaba el ánimo al oírlo. Sin embargo se estremeció temerosa de ver acontecimientos sombríos”. Y más adelante un oráculo le presagia el aciago destino eliminando así cualquier sombra de duda: “Creo que tú no por mucho tiempo eludirás la grave cólera de Eetes”. Todo un juego, como ven, con las espectativas del lector, que nos crea la intriga de hasta qué punto se desarrollara la trama y no nos deja terminar de alegrarnos por la suerte de los amantes, dejando un gusto amargo en las victorias por ellos conseguidas.

El vellocino sigue allí para nosotros, en una épica tremendamente moderna, y sus doscientas cincuenta páginas no pueden ser un obstáculo para que nos hagamos con él.

>La casta de los Metabarones

>

ALEJANDRO JODOROWSKY, La casta de los Metabarones

Toda aventura que se precie implica un viaje, y todo viaje literario termina por arrastrar nuestra memoria hacia la Odisea. No podía ser menos en este cómic, uno de los mejores que he leído hasta la fecha. En él, el viaje de Ulises para recuperar su patria se convertirá en uno para recuperar la propia identidad, y será desarrollado a través de una saga familiar. Nuestro primer protagonista es el único superviviente de su pueblo, con lo que, distanciándose del héroe de Homero, no hay patria que recuperar, pero ha sido adoptado por los habitantes de otro planeta y ha contraído matrimonio con la hija del líder. Así, ahora es uno más de ellos y él y sus descendientes defenderán esos orígenes que en realidad no son los suyos. El planeta será atacado para obtener un valioso bien que ellos protegen y sus habitantes serán exterminados, siendo él el único superviviente, y comenzando de ese modo la saga familiar de los Metabarones, lo guerreros más poderosos del universo.

El sacrificio y el amor romántico e inquebrantable son los dos pilares fundamentales que rigen esta familia a través de las generaciones, y llevando lo segundo siempre aparejado lo primero. Pero si bien este amor es muy similar al que Ulises mostraba por Penélope, no sucede así con el sacrificio. En varias ocasiones en la Odisea, como en el paso de Escila y Caribdis o la entrada a los infiernos, vemos como Ulises debe sacrificar a sus compañeros en busca del bien mayor, pero el sacrificio en los Metabarones debe ser personal, y es esa capacidad de sacrificio, representada por un tormento físico que resta humanidad a la persona al tiempo que se la confiere al héroe de forma metafórica, la que les permite convertirse en héroes. Ulises ya gozaba de esa condición antes de comenzar su historia, pero aquí ellos deben ganársela, ninguno ha nacido así, es algo que han tenido que ganarse a lo largo de su vida con su esfuerzo.

Por otro lado, cada uno de los Metabarones se presenta como la alegoría de una lucha distinta, resultando el más carismático de todos quien al mismo tiempo es el menos humano. Será él quien logre la meta que la dinastía se había impuesto: desprenderse de su humanidad para llegar a ser el guerrero perfecto. Sin embargo eso lo llevará a convertirse en, quizá, el más humano de todos, lo que conferirá una lógica a la evolución de la familia, que desembocará en el rechazo del guerrero y la búsqueda del sentido de la propia existencia.

>Cantar de Mio Cid

>

Cantar de Mio Cid

Una de las cosas que más me gusta del Cantar de Mio Cid es que es la historia de caballerías que no gustaría a los aficionados a las historias de caballerías. Siempre nos presentan a grandes héroes capaces de enfrentarse a enormes peligros sin pensarlo, lejanos al resto de la humanidad, y el Cid no es así. El Cid reflexiona antes de atacar, no es impulsivo y sus virtudes son más cercanas a nosotros, no es un protagonista cuasidivino.

Pero es que su historia no es una historia bélica, sino una historia personal. Su narración no termina con la más grande de sus conquistas, la toma de Valencia, como sería de esperar, sino que continúa, pero ya sin hazañas militares. Y esto es lo que hará echarse atrás a los seguidores del género. El Cid debería terminar para ellos ahí, en esa máxima batalla que, sin embargo, ni siquiera es narrada en el poema. El poema sigue más allá de eso, y lo hace por derroteros nada heroicos: unas bodas. Algo común a cualquier vida, porque ahí es cuando el héroe se equipara a cualquiera de nosotros, en lo elementos comunes a la vida ordinaria, y donde se nos exige a todos que actuemos como héroes. No sirve la excusa tan manida de que uno solo no puede hacer nada, “yo” no puedo hacer nada, pues el Cid ya demostró que las pequeñas acciones (las privadas, las personales) son tan importantes como las grandes hazañas.

Quizá nosotros no podamos conquistar Valencia (la menor de sus hazañas, pues ni nos la cuentan), pero sí que podemos arreglar el daño causado en el robledal de Corpes.