El coloquio de los perros (y 2)

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MIGUEL DE CERVANTES, El coloquio de los perros

Pero no todo es artificio en El coloquio de los perros. Si así fuera, a pesar de sus virtudes también sería fácilmente olvidable. Cervantes conocía muy bien su tiempo y, una de dos, o no hemos cambiado nada o también conocía muy bien la condición humana en general (o ambas cosas). Porque muchos son los pasajes que nos recuerdan preocupantemente a nuestro momento actual, a cómo se conduce la gente en la calle, incluso a las noticias que vimos en la prensa la semana pasada. Empezando por las dos premisas que los perros ponen para contar sus vidas. La primera es que “mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que en procurar saber las vidas ajenas”, y no creo que haya que hacer ningún comentario al respecto, en una sociedad preocupada como lo está la nuestra por el chisme y los detalles ajenos, más aún si estos pueden hundir en el fango al otro, porque parece que disfrutamos de ellos, que nos hace sentir superiores (aunque sin duda no moralmente). Esta afición a las vidas ajenas quizá pudiera tener cierta justificación en épocas pretéritas en las que los entretenimientos eran escasos, pero en una en la que los métodos para entretener e incluso perder el tiempo son tan numerosos, no hay justificación posible, siempre existe un pasarratos alternativo. Pero parece que ha sucedido al contrario, cuantas más posibilidades tenemos, más las enfocamos en escudriñar lo que no pertenece a nuestro círculo, en escarbar más allá de lo que las personas nos dejan ver, hasta el punto en que hemos convertido una herramienta que nos facilita ofrecer información al mundo, como lo es Internet, en algo utilizado para reventar los secretos de la gente y exponerlos a ojos para los que no estaban pensados, y todos tenemos derecho a nuestros secretos, no hay ninguna ley que diga que tenemos que descubrir a todos hasta la última porción de nuestra alma, y espero que nunca la haya.

La otra premisa que ponen es no murmurar contra los demás, algo relacionado con lo anterior, pero no idéntico. Cuando Berganza advierte de que en su historia pretende filosofar, el segundo punto de vista encarnado en Cipión le advierte: “Consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto”. Y ¿quién es hoy en día capaz de establecer una crítica social, o de armar un consejo, sin señalar los males que, a su parecer, existen en los demás? Es preocupante que una especie condenada a vivir en sociedad sea incapaz de dar ninguna opinión política sin hacer sangre en los demás. Hay excepciones a esto, claro, pero son demasiado escasas. En el caso de España en particular, quienes deberían tener las ideas más claras, pues se dedican al difícil oficio de guiar al país, parecen incapaces de dignificarse mínimamente evitando recurrir a lo mal que los demás lo hacen todo para defender su discurso. Ahora, tanto PSOE como Ciudadanos como Podemos como IU nos recuerdan a cada momento lo mal que ha hecho las cosas el PP de Rajoy, que a su vez no se cansó en su momento de repetir lo mal que lo había hecho el PSOE de Zapatero. A su vez, los simpatizantes del resto de partidos buscan con minuciosidad algo para criticar de Podemos, pues al ser nuevos no se les puede achacar aún lo mal que lo hicieron antes. Y así la política se convierte en una bola de críticas, en la que todos murmuran de sangre y nadie de luz, como pide Cipión.

Y hablando de política, casi parece que Cervantes tuviera conexión directa con el presente, para criticarlo de la manera tan certera en que lo hace. En una de las aventuras que pasa Berganza, como perro pastor, hay un lobo que se come las ovejas, y cada vez que esto sucede el dueño del rebaño culpa a los pastores y golpea a los perros por no cuidar bien de su propiedad. Berganza descubrirá que son los propios pastores quienes matan a las ovejas y hacen parecer que ha sido un lobo, para poder así quedarse con estupendas piezas de carne. Al descubrirlo se lamenta: “Vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. […] ¡Válame Dios! –decía entre mí–, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?”. Como estos pastores actúan sin duda nuestros políticos, corruptos en su mayoría, robando los bienes que tienen la obligación de proteger para nosotros, haciéndose los ciegos cuando son otros (allegados) los que roban, protegiéndose los unos a los otros, escudándose en los defectos de forma de las leyes en lugar de en esa otra cosa, tan antigua y pasada de moda, que era conocida como el espíritu de la ley.

Y para terminar, les dejo con un fragmento de conversación que me ha recordado dolorosamente a una realidad diaria de hoy en día:

“Berganza: Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.

”Cipión: Por menos daño tengo ése que el que hacen los que verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes que, hablando con un zapatero o con un sastre, arrojan latines como agua.

”Berganza: Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos.

”Cipión: Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les escusa el ser latinos de ser asnos”.

Y es que la conversación refleja dos actitudes habituales hasta la náusea hoy en día. La primera, incrementada sin medida desde que Internet entró en nuestras vidas, la de aquel que ve u oye algo (casi nunca lo lee), y va esgrimiendo lo visto u oído contra todo el mundo, como si fuera un argumento incontestable, seguro de lo inteligente que es por tener ese conocimiento que quizá sea tan sólo una opinión de algún otro y sobre el que por supuesto no se ha molestado en informarse adecuadamente, no digamos en discriminarlo, algo para lo que quizá ni esté capacitado. Y así tenemos a una legión de tipos con conocimientos “de oídas” que plantan cara a quienes quizá han estudiado el asunto, y que, a pesar de poder tener grandes conocimientos en la materia (la que sea), no pueden responder, pues saben que van a enfrentarse a un muro de ignorancia, o de terquedad, o de ambas cosas.

Estos son los latinistas que no saben ni declinar, pero por el otro lado están los verdaderos latinistas, los expertos en su oficio, con verdaderos conocimientos capaces de eclipsar a los de cualquier ciudadano común y corriente. Estos, en cuanto uno hace una observación errónea, lo toman al asalto, le afean no haberse dedicado al estudio del asunto con la profundidad con la que ellos lo han hecho, lo llaman ignorante y lo cubren de insultos velados o no tan velados.

Ahora más de uno se enfadará, pero es que el máximo exponente de esto lo tenemos hoy en día entre los historiadores (o quienes han estudiado historia en profundidad, bien por trabajo, bien por afición), que parecen exigir a todo el mundo que tenga sus mismos conocimientos sobre su materia (no todos, claro, pero los que lo hacen son demasiado públicos, y bastantes de ámbito más privado los imitan, haciendo padecer esta conducta a sus allegados). Y lo peor es que la historia parece ser la única ciencia con alguna validez para ellos: no suelen admitir razonamientos (y por supuesto no saben desmontarlos si se los dan, se limitan a negar la mayor con el consabido “¡ignorante!” en los labios) y repiten constantemente el latiguillo ese de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, sin advertir que si se repite un experimento modificando alguna de sus variables, necesariamente el resultado será distinto. Habría que recordarles que tan ignorante es quien no conoce los detalles sobre el transcurso de alguna batalla o algún acontecimiento político, como el que no los conoce sobre física de partículas o no sabe resolver una complicada ecuación. La verdad, no sé por qué no conocer cualquier episodio de la historia en sus detalles me convierte en un inculto, pero no lo hace el hecho de no saber cómo trazar, por ejemplo, la ruta de una nave por el sistema solar.

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Nocturna

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Nocturna

Hace ya algunos años fue publicada esta novela, que venía precedida por la rúbrica de Guillermo del Toro, director de cine mejicano que se encontraba en un gran momento tras haber rodado hacía no mucho El laberinto del fauno y Hellboy 2 y haber producido El orfanato, y cuyo nombre se erigía como principal reclamo de ventas. Por entonces ver el nombre de del Toro, un director que me gustaba, no fue suficiente para adentrarme en la lectura de una novela de la que sólo sabía que era de terror. Más adelante me comentaron que se trataba de una historia de vampiros. Y me aclararon: pero no de estos vampiros cursis que ahora están de moda, sino de unos vampiros sangrientos.

Dos fueron las ideas que me vinieron a la cabeza ante esta descripción. La primera, que ésta debía de ser en cierto modo una manera de corregir el error cometido con la espantosa Blade II, la peor de las entregas de una pésima trilogía (sólo la pelea de videojuego con los focos al fondo para que no se notara tanto lo mal hecho que estaba ya daba ganas de salir corriendo). La segunda, que si los vampiros romanticones y de buen corazón que se habían puesto de moda ya cansaban bastante, los monstruos asesinos de unos años antes también me producían bastante hartazgo, y eso, al parecer, era lo que ofrecía la recién salida novela. Echo de menos vampiros como Drácula, rodeados de misterio, que inspiran terror e inseguridad.

Hace ya menos tiempo, la novela se convirtió en una serie de televisión. Al aparecer la serie descubrí que, en un principio, lo que habíamos conocido como una novela debería haber sido en realidad una película, lo cual confería más sentido al asunto. Pero al ser rechazada, decidieron convertirla en una serie de novelas (no me explico todavía cuál sería el proceso de escritura entre los dos autores de esta aventura, aunque me imagino a del Toro más bien como el artífice de las líneas generales de la historia que luego escribiría Hogan y revisaría de nuevo del Toro para modificar lo conveniente, aunque esto son sólo imaginaciones mías). Tras ver la primera temporada, la cosa me pareció bastante interesante. Una especie de remake moderno y salvaje de Drácula, pero interesante al fin y al cabo. Me quedé con ganas de que llegara la segunda temporada, que en mi cabeza se asimilaba a la segunda novela (ahora veo que esto no era así exactamente), y cuando lo hizo, mi sensación fue diferente: quería ver una tercera temporada para averiguar cómo acabaría la historia, pero la segunda me había parecido aburrida, repetitiva y sin gracia. Carecía de misterio, y una historia de vampiros sin misterio es un fracaso.

A pesar del interés que la serie despertó en mí, no me animé tampoco a leer la novela, no lo creí necesario. Como he dicho en alguna ocasión por aquí, leo tremendamente despacio, lo que me hace ser medianamente selectivo con mis lecturas. Y si bien una película (o serie, en este caso) no es igual a la novela de la que puede proceder, sí que tiene los suficientes elementos para permitir a un observador decente discernir si el material de origen puede o no merecer la pena. Y por muy interesante que la historia pareciera, no juzgué que lo mereciera, pues suponía un corta y pega de otras historias de vampiros, con algún que otro elemento novedoso.

Pero al final topé con la novela, en ese maravilloso formato de audio al que me estoy aficionando. En esta ocasión maravillosamente no leído, sino incluso interpretado, por un tal Mariano Osorio, que le da una increíble emoción a la lectura con su entonación.

Y, efectivamente, Nocturna resulta estimulante porque nos ofrece una típica historia de misterio, de esas en las que las sucesivas revelaciones le van poniendo a uno sobre el camino de algo mucho mayor, porque ofrece escenas de acción que saben acelerar el ritmo cuando es necesario, y porque nos remite, a pesar de sus vampiros sanguinarios, a la novela de Drácula y a las muchas historias que con el tiempo nos hemos inventado sobre ella.

La historia comienza relatándonos una historia que una abuela cuenta a principios del siglo XX a su nieto en Rumanía, sobre un joven en principio admirado pero sobre el que comenzó a formarse toda una leyenda de misterio y terror. No podemos evitar pensar, por un lado, en el primer capítulo de Drácula, cuando los lugareños hablan al joven Jonathan Harker sobre el conde (o más bien sobre el castillo), y por añadidura en todas las variopintas historias que hasta la fecha nos hemos inventado sobre el origen de Drácula. Y es que esta historia supone una nueva reinvención sobre el vampiro, aunque en esta ocasión el personaje que hace las veces de Drácula no es más que un accidente, un huésped, convirtiendo al verdadero origen del vampiro en algo más antiguo que el origen de la leyenda. Así las cosas, la historia empieza bien, pues sobre el misterio ya existente del origen del vampiro y que tantas veces nos han contado (incluso nos los sitúa en la misma región y época en las que situaríamos a Drácula), extiende otro velo, más inexplicable (de momento) sobre el inicio de todo.

Tras esto tenemos otra escena en la que un avión “muerto” (utiliza esta misma palabra, lo cual no deja género de dudas sobre la referencia) llega al aeropuerto de Nueva York. Todos sus ocupantes han fallecido y no hay ninguna pista sobre qué los ha matado, y no podemos evitar establecer la debida correspondencia con el barco guiado por las “manos de un hombre muerto” que llega a Yorkshire en Drácula. Y ¿saben qué hay en la bodega del avión? Exacto: un cajón de tierra (sí, en este caso sólo uno).

Pero quizá estas referencias que tanto pueden emocionar al antiguo lector de la novela de Stoker sean una de las losas de la novela. Como ya dije en El misterio de Salem’s Lot, la novela estaba tan ocupada en referenciar sus fuentes que olvidaba que tenía que volar por sí misma. Algo de esto sucede también aquí, aunque en menor medida. Si bien las referencias al material original son más numerosas que en la novela de King (la historia sobre el origen, el avión, la caja de madera, el grupo de amigos que se enfrenta a la amenaza aislado aunque en medio de una populosa ciudad, la mujer de uno de ellos convertida en vampiro para atraerlos, el hombre, mayor que el resto, que tiene un conocimiento superior sobre la amenaza a la que se enfrentan, el médico cuyos conocimientos resultan insuficientes para hacer frente a la amenaza, el ayudante humano que espera ser recompensado, la búsqueda del vampiro…), Nocturna sí alza el vuelo como una historia diferenciada. Y en eso le ayuda el enfoque que ofrece de la invasión vampírica como una epidemia vírica que deben controlar en la ciudad para que no se extienda por el mundo, convirtiendo así el ritmo y la emoción en algo más propio de un thriller que de una novela de terror.

Esta primera novela termina con una escena en la guarida del vampiro, de la que conseguirá escapar, que nos recuerda también a la escena en la que los aventureros ingleses se encuentran por primera vez cara a cara con Drácula en la casa que éste había alquilado en Londres. Si aquello era la mitad de la historia en Drácula, está claro que también lo será en este relato que tantos parecidos guarda con la novela inglesa.

Pero, incluso con sus varios aciertos, dudo mucho que la novela hubiera tenido la repercusión que ha tenido de no ser por el nombre que figura en ella como autor, pues a pesar de sus virtudes y de ser un entretenimiento más que aceptable, tampoco destaca sobremanera sobre otras muchas novelas parecidas que existen a la venta. Es de agradacer que en ocasiones como ésta, sin embargo, un nombre famoso haya servido no para que una porquería haya podido publicarse (y venderse bien en muchos casos, por desgracia), sino para que hayamos podido conocer una historia que, si bien no es una obra maestra, tiene un atractivo que no merece tampoco ser ignorado.

El misterio de Salem’s Lot (1)

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STEPHEN KING, El misterio de Salem’s Lot

Antes de decir nada sobre El misterio de Salem’s Lot, me gustaría contar algo sobre una cosa que no tiene nada que ver con la novela en particular, pero que para mí ha quedado íntimamente ligado a ella. Todos los días realizo un trayecto en bici de una hora y pico de ida y otra hora y pico de vuelta, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Al principio empecé a ponerme música para amenizar el trayecto, pero más adelante probé con un audiolibro, y la experiencia me gustó. Hasta el punto de que ya son varios los libros que he “leído” con este método, en mis trayectos diarios entre mi casa y mi trabajo. Suelo evitar los libros leídos por máquinas, pues ya lo intenté en una ocasión con uno de ellos y abandoné la experiencia por insoportable.

El método es cómodo, pues satisface con una historia la necesidad de aislarse hasta cierto punto de los constantes gritos y bocinazos de las calles de Pekín. El problema es que de vez en cuando uno pierde los nervios ante alguna de las infracciones de tráfico que tiene que sortear (que suelen ir a razón de una cada cinco segundos), y se pierde parte del relato porque involuntariamente pone todos sus sentidos en ciscarse en la madre de alguien.

Sin embargo el cambio de canal para hacernos llegar la historia hace que intervenga un elemento muy importante, que podría incluso llegar a estropearla: el lector. Y algo de esto me ha sucedido con Salem’s Lot, cuyo lector incurría en una manía espantosa de muchos hispanohablantes en la actualidad, y que resultaba no sólo molesta en sí misma, sino que también estorbaba al correcto discurrir de las frases. Me refiero a ese desagradable empeño en pronunciar a la perfección toda palabra en inglés que haya en el texto, y pueden imaginar que en una novela de Stephen King, con nombres de personajes, geográficos y referentes culturales en inglés, son muchas. El lector está tan preocupado en pronunciar con un inglés perfecto que asesina la prosodia de la frase, su cadencia y su ritmo. Así nos encontramos con cosas como “¿Es la señorita… (pausa)… (pero pausa larga)… Coogan?”, o “Buscó a… (pausa)… (me enciendo un cigarrillo)… (le doy una calada)… Norris Varney… (pausa)… (expulso el humo del cigarrillo)…, que en ese momento era el policía”, o incluso “Volvieron a casa en el… (miro a mi alrededor y guardo unos segundos de silencio para tener tiempo de concentrarme antes de lanzarme a pronunciar la siguiente palabra)… Chevrolet de Norris… (hago un gesto que dura un par de segundos, orgulloso de mi pronunciación en inglés)… y en la camioneta de correos de… (venga, sin prisas, que es la última palabra de la frase; me preparo, me tomo mi tiempo, y)… Larry”. Y así toda la novela, lo cual puede llegar a desesperar. Incluso, en un intento de ser el tipo que mejor pronuncia en inglés a este lado del Mississippi, pronuncia el nombre de Fred Astaire algo así como “[astá:ir]”. Algo totalmente ridículo, si no bastaba ya con lo anterior.

Pero ¿a qué viene esta obsesión con pronunciar con tanto esmero cualquier palabra en inglés en detrimento de la lengua en la que realmente está hablando? ¿Por qué no le muestra a la lengua que está utilizando para comunicarse el mismo respeto que parece mostrarle al inglés? Al parecer, mantener la cadencia de las frases y hacer que el discurso sea fácilmente entendible carece de importancia, siempre y cuando se pueda mostrar una especie de malentendida pleitesía hacia la lengua inglesa. No digo que haya que pronunciar mal el inglés, pero si una palabra en otra lengua se adentra en un discurso en español, no podemos echar todo por tierra con el único objetivo de pronunciarla con total corrección. No en vano la norma culta del español admite leer estas palabras extranjeras tal como se escriben, con nuestra pronunciación, para evitar precisamente interferencias extrañas en la transmisión de nuestro mensaje, que podrían dificultar su comprensión.

Además, si se me permite hacer un poco de patria (y no suelo hacerlo nunca), hace no mucho hubo un revuelo en los Estados Unidos porque una presentadora de informativos de origen hispano pronunció un apellido español en español, y cientos de televidentes estadounidenses inundaron el correo de la cadena exigiendo que si estaba en los Estados Unidos pronunciara los nombres en español como ellos los pronunciaban. Hasta el punto de que tuvo que explicarse por lo sucedido en el siguiente informativo. Así que no veo a qué viene tanto miramiento con una lengua tan invasiva.

Pero repito. No digo que haya que pronunciar mal en inglés porque sí (yo mismo trato de hacerlo bien cuando se cruza una palabra en esa lengua en mi discurso), pero la correcta pronunciación de un término extranjero no puede condicionar bajo ningún concepto la correcta enunciación de nuestro discurso en español.

Fall of Cthulhu

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MICHAEL ALAN NELSON, Fall of Cthulhu

Lovecraft parece estar mucho más de enhorabuena ahora que en vida, auque eso no es un secreto para nadie. La literatura, la televisión, el cine y, sobre todo, el mundo del cómic, se llenan de historias inspiradas en los oscuros mundos de Lovecraft. Sólo por su título puede verse que Fall of Cthulhu es una de estas historias, aunque Cthulu no será la única amenaza en sus páginas.

Nyarlathotep, dios del caos, quiere llevar la locura a la Tierra, y para ello quiere librar en ella una guerra entre los dioses, en la que él será uno de los contendientes, Nodens, un dios cazador, será otro y, como broche de oro, cómo no, el tercero será Cthulu, que parece quedar siempre para el final como entidad diabólica sin verdadera conciencia, como un simple monstruo, vamos.

La historia engancha rápido y se mantiene a lo largo de su seis volúmenes misteriosa en todo momento, dándonos casi con cuentagotas la información para que la vayamos desentrañando y vayamos adentrándonos poco a poco en ese mundo de locura en el que se desarrollan los acontecimientos.

En lo referente al dibujo sí que hay algo que no ha terminado de convencerme, y es que cada uno de los tomos está ilustrado por un dibujante distinto, lo que hace que la estética vaya cambiando, haciendo de ese modo perder unidad al conjunto. Sí que hay unas líneas básicas que se mantienen, como la diferenciación de dos estéticas distintas para el mundo real y el mundo onírico (auque, por desgracia, el cambio de artistas hace que tengamos que reacostumbrarnos una y otra vez a las diferencias) o la presentación en colores oscuros del mundo (en contraste con lo luminoso que suele presentarse siempre el mundo onírico, del que podríamos esperar en principio una mayor oscuridad, pues es el que está poblado por todos esos seres mágicos del caos).

El principal problema para la historia creo que radica en su base, y es que no se trata de ninguna secta ni nada por el estilo que pretenda invocar a Cthulu, sino que los protagonistas del asunto son los mismos dioses, con lo que la línea de acción está muy lejos de los protagonistas humanos que deben combatirlos, lo que los convierte en meras marionetas en manos de estos dioses. Un puñado de hombres tratan de enfrentarse a dioses que no pueden ser vencidos, y que en muchos casos conocen sus almas y saben lo que harán antes incluso de que aquellos lo piensen. Una batalla demasiado desigual para ser tomada en serio a la postre.

A pesar de ello hay que reconocer que la historia no genera desinterés, ni mucho menos. Aunque, quién sabe, eso puede deberse también al hipnotismo que estas historias lovecraftianas ejercen sobre mí. En todo caso, como historia fantástica, la cosa está sin duda bastante animada.

Ikea Dream Makers

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CRISTIAN ROBLES, Ikea Dream Makers

Ikea Dream Makers es la historia de un chico que se queda encerrado en el sistema de ventilación de una tienda de Ikea y terminará viajando a un mundo… peculiar.

El cómic puede leerse de dos maneras. Por un lado es una historia llena de fantasía e imaginación con grandes dosis de humor que, llevando a una exageración desmesurada una serie de tópicos urbanos sobre el funcionamiento de la famosa tienda de muebles, hace al lector vivir una aventura sin pies ni cabeza. Por otro lado podríamos interpretarla con maldad y verla como una crítica despiadada a la cadena de tiendas. Y digo que nuestra interpretación debería ser malvada, pues no hay nada en el cómic que nos haga decantarnos por esta opción como la correcta, pues el nivel humorístico se mantiene siempre de tal manera, sin permitir a entrada a ningún deje de angustia ni tragedia, que uno no sabe muy bien a qué atenerse.

La novela gráfica se divide en dos partes. En la primera el protagonista está atrapado en la tienda y no puede salir de ella, una sensación que creo que todos los que hemos puesto un pie en ese lugar (y yo sólo lo he hecho en una ocasión) hemos tenido. Tiene un problema, y es que debe escapar antes de morir de hambre y sed, y nadie en la tienda parece poder darse cuenta de que él está ahí, lo que deriva en un humor escatológico en el que el protagonista come la grasa que se queda pegada en una de las rejillas de ventilación que hay sobre una freidora, bebe el agua que gotea del aire acondicionado y se fabrica compañeros de encierro con sus excrementos al tiempo que suspira de amor cubierto de suciedad por la maravillosa encargada de la tienda.

En la segunda parte de la historia, Caleb, que así se llama el protagonista, va a parar al mundo mágico en el que se fabrican los muebles de Ikea, donde todos son explotados para trabajar sin descanso, en un régimen de vigilancia total, en el que en cuanto alguien habla, una especie de salchichas que ejercen de policía le dan una paliza o lo hacen desaparecer si no escarmienta. Pero a pesar de lo evidente de la situación no me atrevería a hablar de crítica social aquí, por la manera tan absurda en que todo se desarrolla.

Sin duda se trata de un cómic de una portentosa imaginación. Su defecto, que quizá sea por otro lado su gran acierto, es que uno no sabe a qué atenerse cuando lo lee.

Dos años, ocho meses y veintiocho noches

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SHALMAN RUSHDIE, Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Dos años, ocho meses y veintiocho noches es la historia de una guerra que afectará a toda la humanidad, en la que ésta hallará el camino de su salvación a través de la destrucción de los dioses o, al menos, de la firme voluntad de mantenerlos al margen de su mundo. La historia, como todas las historias en las que intervienen seres míticos, comienza hace mucho tiempo, cuando una yinnia (un ifrit femenino) se enamora de un humano y tiene con él muchos hijos que, con el devenir de los siglos, se convertirán en una descendencia que poblará todo el planeta, a la que se referirán como la duniazada. Varios siglos después de muerto su amante humano, un tipo escéptico con respecto a la existencia de Dios, en un futuro cercano al nuestro, sus huesos se removerán en su tumba para retomar la guerra que siempre tuvo con un enemigo intelectual, gran fanático religioso. Pero esta vez la guerra no será sólo intelectual, pues cuentan con el apoyo de los poderosos ifrits, que convertirán la contienda en algo muy real.

Como queda muy claro por su argumento, uno de los puntos principales de la última novela de Shalman Rushdie es el enfrentamiento entre la razón y la religión, enfrentamiento en el que el autor se posiciona inequívocamente del lado de la razón, a pesar de haber armado una historia muy relacionada con los mitos religiosos, en la que la tradición cristiana y musulmana tienen especial relevancia. Durante toda la novela, no sólo se pone en duda la existencia de una divinidad, sino que se juega con la idea de que el hombre crea y destruye a sus propios dioses, relegando así a cualquier entidad superior al campo de la fantasía. No sólo eso, sino que, aun en el caso de que existiera realmente una divinidad, su lugar no estaría junto a los hombres, que deberían aprender a vivir sin recurrir a ella. Una de las últimas frases de la novela lo expresa de forma bastante paternalista: “El miedo fue vencido, y gracias a su derrota los hombres y las mujeres pudieron dejar a Dios, igual que los niños y las niñas dejan atrás sus juguetes de infancia”. Es sólo tras la desaparición de Dios cuando los hombres logran vivir en paz los unos con los otros, a pesar de que la función de dioses en el relato recae sobre los ifrits, que saben que no son dioses, pero ejercen como tales.

En ocasiones el enfrentamiento con la religión parece bastante enconado. Una de las acusaciones que se deslizan en las páginas de la novela es su capacidad para reinventar la realidad a su antojo. En uno de los relatos que se intercalan en el principal, aparece una ciudad a la que se refieren por el altisonante nombre que, según dicen, los mismos dioses le habían dado en la antigüedad, “cuando la ciudad ni siquiera existía, puesto que era una de las más recientes del país”. De esta forma la religión deforma la realidad a su antojo y nos impide ver el mundo tal cual es, pues tenemos que cargar con los prejuicios sobre él que se han instalado en nosotros. “No hay persona que no sea víctima de su propia versión de la Historia”, se llega a decir.

Pero quizá el mayor malestar con la religión aparezca en un párrafo que casi inevitablemente nos hace pensar en la primavera árabe y en el extremismo religioso que vino tras ella, con el actual terrorismo islámico como máximo representante, en el que hace una cruel burla llena de preocupación de los estudiosos de la religión: “Pero cuando la invasión extranjera fue repelida, lo que vino en su lugar fue todavía peor, una banda de asesinos ignorantes que se hacían llamar los Empollones, como si la simple palabra pudiera otorgarles estatus de verdaderos académicos. Lo que sí habían estudiado a fondo los Empollones era el arte de prohibir cosas, y en muy poco tiempo ya habían prohibido la pintura, la escultura, la música, el teatro, el cine, el periodismo, el hachís, votar, la elecciones, el individualismo, la discrepancia, el placer, la felicidad, las mesas de billar, las caras bien afeitadas (en los hombres), las caras de las mujeres, los cuerpos de las mujeres, la educación de las mujeres, los deportes femeninos y los derechos de la mujer. Les habría gustado prohibir a las mujeres directamente, pero hasta ellos se daban cuenta de que no era del todo factible, de forma que se contentaban con hacer las vidas de las mujeres tan desagradables como fuera posible”.

El otro gran tema de la novela son las historias en sí. No en vano su título hace referencia a otro que nos recuerda la magia de contar historias por antonomasia: Las mil y una noches. Y son muchos los relatos que se van mezclando en esta historia épica. El realismo mágico (no se me ocurre otra forma para llamarlo, la verdad) inunda todas esas historias entre las que el lector va saltando, hasta constatar hacia el final que todas pertenecen a miembros de la duniazada y por lo tanto forman parte de la misma historia, que es la de la humanidad. En una muy reveladora frase incluso se afirma: “Somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es”.

Pero una escena me llamó la atención por encima de todas las demás, por el perfecto reflejo que supone de nuestro mundo occidental abrazado al capitalismo. En ella miles de obreros están extrayendo materiales para la construcción de una gran máquina a la que llaman “la máquina del futuro”. Los trabajadores viven en condiciones de esclavitud, pero ninguno se queja, todos están trabajando para construir algo que les han dicho que es absolutamente necesario para que el mundo siga funcionando sin cuestionárselo, y las consecuencias de no construirla serían catastróficas. Hasta que un día uno de los trabajadores, cansado de que lo exploten sin ver jamás el fruto de su trabajo ni saber si ese trabajo sirve para algo decide preguntar para qué sirve esa máquina del futuro, qué es lo que produce, qué es eso tan importante para todos que está consumiendo sus vidas. El capataz, airado, se muestra tal y como muchas veces vemos comportarse a demasiados políticos, banqueros y grandes empresarios, y responde con una obviedad: la máquina del futuro produce el futuro. Pero el obrero insiste, alegando que el futuro no es ningún producto. Es entonces cuando el capataz le dedica una respuesta que podría englobar a toda la sociedad occidental actual, en la que nos hemos instalado en un estado de cosas en el que hay que aceptar la verdad oficial y toda réplica es un acto de rebelión antisistema y de odio a la patria: “¿Qué fabrica? —gritó el mandamás—. ¡Fabrica gloria! ¡La gloria es el producto! Gloria, honor y orgullo. La gloria es el futuro, pero tú acabas de demostrar que en ese futuro no hay sitio para ti. Llevaos a este terrorista. No pienso permitir que infecte a este sector con su mente enferma. Una mente así transmite la peste”. Un argumento idéntico al que demasiado a menudo veo expresar en prensa y televisión, y que ha calado preocupantemente hondo por lo que también puede leerse en Internet.

En conclusión, parece que Dos años, ocho meses y veintiocho noches bebe de la idea de la novela total pues, si bien se centra en la dicotomía razón-religión, pretende llegar a todos los ámbitos de la existencia humana: la fe, la política, el sentido de la existencia, la literatura… Y todo ello con una cantidad casi infinita de referencias a la cultura popular actual, las mitologías grecorromana, nórdica o asiática, referencias bíblicas y del Corán… la lista es casi interminable, y el hecho de identificar tantas cosas y de tan diversas procedencias durante la lectura hace suponer que muchas otras más habrán permanecido sin identificar por mi desconocimiento.

 

Revival

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STEPHEN KING, Revival

Leí mi primera novela de Stephen King a los 15 años, atraído por esa aura de historias que dan mucho miedo que tanto atraían a los adolescentes, y yo no era una excepción. La novela, El pasillo de la muerte, se publicaba por entregas y aún faltaban por publicarse las dos últimas, así que me lancé, atraído también en parte por esta curiosa forma de publicar un libro. No me entusiasmó. Por entonces estaba en boga la serie de televisión Expediente X, y la historia se me antojo uno más de los capítulos de la serie, aunque sin el interés que estos tenían. Pero tampoco me desagradó, así que cuando ese mismo año se publicaron, en una un tanto extraña jugada de marketing, dos libros que compartían argumento de dos supuestos diferentes autores, Desesperación, de Stephen King, y Posesión, de un tal Richard Bachman, decidí leer el primero. Ambos autores eran en realidad el mismo, y la cosa habría tenido sentido si se hubiera mantenido el secreto sobre su identidad, pero recuerdo que, mientras en el libro de Bachman se nos hablaba en la solapa de la afinidad de sus historias con las de Stephen King, en la solapa del de King se nos decía abiertamente que Richard Bachman era uno de sus pseudónimos. Ya entonces no entendía a qué venía el juego de los pseudónimos si nos los revelaban de esa manera.

El caso es que en esta ocasión el libro de King sí que me disgustó, y por lo tanto jamás leí el del supuesto Bachman. No sólo eso, sino que no volví a leer otra novela de Stephen King hasta más de diez años después, cuando un amigo me regaló el primer volumen de La torre oscura, en una edición con ilustraciones en color en el centro, que provocaba ir corriendo a la librería a comprar el resto de los tomos aunque sólo fuera para contemplar aquellas ilustraciones fantasiosas. Pero, a pesar de lo llamativo de la premisa de La torre oscura, tampoco este libro me entusiasmó demasiado, se me antojó un largo prólogo que nunca entraba en materia. Ahí terminó mi relación con la literatura del señor King, que nunca llegó a atraerme demasiado sobre el papel a pesar de las virtudes que acostumbro a ver en sus adaptaciones cinematográficas.

Hace no demasiado tiempo comenzó a emitirse en televisión una serie basada en una de sus últimas novelas: La cúpula. Y lo que ahí adivinaba me gustaba tanto que me entraron verdaderas ganas de leer la novela y retomar la escasa relación que había tenido con su literatura. Pero la relación no la he recuperado hasta que ha caído en mis manos la que creo que es la última novela publicada en español de Stephen King: Revival (no sé si Finders Keepers ha sido ya publicada en español o no).

Y por primera vez he disfrutado, y mucho, con una novela de Stephen King, hasta el punto de que ya tengo ganas de leer otra más. Hay algo que tiene en común con las anteriores que ya había leído, y que también puede observarse en las adaptaciones cinematográficas de otras de sus novelas: King no escribe historias de terror, escribe historias costumbristas con monstruo. Y es que tengo la sensación de que ese mundo fantástico o terrorífico que acaba siendo de lo que todos hablamos al final, es una mera excusa para mostrar cómo es la vida, las costumbres, las creencias, los miedos, las obsesiones, la sencillez, el carácter… de todos aquellos que viven en unos Estados Unidos alejados de las grandes ciudades, que es lo que estamos demasiado acostumbrados a ver en las películas de Hollywood.

Eso sucede en Revival, que es la historia de la vida de Jamie desde los seis hasta los setenta años, en la que tendrá gran importancia la figura del pastor de la iglesia a la que su familia acudía siendo él niño, y con el que volverá a encontrarse varias veces a lo largo de su vida, suponiendo cada una de esas veces un punto de inflexión. Las diferentes etapas de la vida de cualquier persona (de cualquier persona de clase media del interior de los Estados Unidos, quiero decir, aunque seguramente muchos se verán reflejados en más de una etapa) aparecen expuestas en la vida del protagonista. Una infancia marcada por los juegos con amigos y hermanos, la visión de los padres como esas dos personas que forman casi parte de la casa, o esas figuras de autoridad fuera del hogar que nos marcan cuando aún somos jóvenes, y que aquí es el pastor de la iglesia, aunque en España podamos estar más acostumbrados a que se trate de un profesor. Una adolescencia con el ansia de encajar en un grupo y las tentaciones de drogas blandas (como el tabaco y el alcohol) que eso conlleva y, cómo, no, el primer amor. Una juventud y primera vida adulta que muestra aquí dos vertientes: la del protagonista, alguien que no supo enderezar su camino y que aparece, quizá de forma exagerada, como un drogadicto, y la de su hermano, alguien que aceptó sus responsabilidades hasta convertirse en alguien con éxito, diferencia que se acentúa una vez llegados a la vida adulta propiamente dicha, en la que uno vive de lo que sabe hacer, mientras que el otro recoge los frutos de aquello para lo que se estuvo preparando.

Por otro lado está la vida del pastor, que pierde su fe y cada vez se va volviendo más cínico con respecto a ella. No sólo eso, sino que, de ser una persona dedicada a salvar las almas de la gente, pasa a dedicarse casi a destruirlas, en un principio negándose a sí mismo que eso es lo que está haciendo, pero al final sin importarle si esa es la consecuencia de sus acciones. El mismo que antes consagraba su vida a ayudar a los demás, a que fueran por el buen camino, poco a poco va cosificando a todos a su alrededor, primero no queriendo establecer lazos con nadie, después utilizando a quien le conviene durante el tiempo que le conviene (vemos cómo explica a Jamie que piensa librarse de su ayudante, que al parece le guarda una gran lealtad, cuando considera que ya no le es útil), y por último dañando a quien sea necesario para conseguir sus objetivos, que disfraza de avance para la humanidad a pesar de lo evidente que resulta que son una búsqueda egoísta de poder personal.

Y aunque no haya monstruo al final de Revival, sí que tenemos un final fantástico y bastante oscuro que no desvelaré para no acabar con ese deseo de llegar a la parte de la fantasía y el terror que inevitablemente uno espera cuando lee una novela de Stephen King.

Creo que por primera vez tengo ganas de leer su siguiente novela. El gusanillo ya me ha picado, ahora habrá que ver en qué acaba.