Vida de Esopo

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Vida de Esopo

La Vida de Esopo resulta una lectura peculiar. En ella se nos cuenta de manera fantasiosa la que se supone que fue la vida del célebre fabulista. Pero la fantasía alcanza tal nivel que lo único que podemos dar por cierto de toda la historia es que era un esclavo y que contaba fábulas. El resto ya es novela.

Para empezar se nos presenta a Esopo, un esclavo mudo y mal formado, pero que desde un principio da muestras de su intelecto en una anécdota en la que sus compañeros esclavos, aprovechando su mudez, se comen unos higos y, cuando su amo los reclama, acusan a Esopo de habérselos comido. Como Esopo no puede negar la acusación ni defenderse mediante la palabra, bebe una gran cantidad de agua caliente y vomita, demostrando así que nada había en su estómago. Su amo obliga entonces a los dos acusadores a hacer lo mismo, y estos vomitan los higos. Esta es la primera muestra de la gran inteligencia de Esopo, un esclavo que por sus defectos físicos jamás había recibido ninguna educación.

Un día, por su proceder honesto, es recompensado con dos dones: el habla y la capacidad para la oratoria. Así pues, Esopo consigue con su labia recién adquirida ser vendido a un filósofo con el que en principio podría conseguir una educación, pero en realidad resulta que desde el primer momento con él, Esopo, nacido esclavo y sin haber recibido jamás una educación, se convierte (a los ojos del lector, que no a los de su amo) en el maestro. De los milagros de la primera parte de la vida, en la que intervenían elementos mitológicos que convertían a Esopo en alguien tocado por la divinidad para explicar su fama, pasamos ahora a una suerte de hagiografía en la que Esopo se sobrepone a las dificultades que encuentra en casa de su amo, el filósofo, y se eleva sobre él. Si tenemos en cuenta el prestigio de los filósofos en la antigüedad como grandes pensadores y detentores de la sabiduría, veremos cómo, al terminar esta etapa, Esopo que situado por encima de ellos, convirtiéndolo así no en un estudioso, como los filósofos, sino en una figura a la cual estudiar.

Al cambiar de amo, Esopo subirá todavía un escalón más. En esta ocasión pasará a servir un rey en una época mitológica en la que los diferentes reinos no se enzarzan en guerras para aumentar sus riquezas, sino que, amparados en el uso de la inteligencia, se plantean retos de lógica y acertijos unos a otros, y si el retado no es capaz de dar una solución satisfactoria deberá pagar al retador un tributo, siendo el retador el que deberá pagar en caso de que sí la encuentre. Esopo se convierte en la pieza más valiosa de la corte, al ser capaz de resolver cualquier acertijo por complicado que este sea.

Esopo se ha colocado ya en un puesto superior al de los reyes y se acerca peligrosamente a los dioses, por lo que hay que pararle los pies. Tan grande es su sabiduría que le hará perder la prudencia e insultará al pueblo de Delfos cuyos habitantes, ofendidos, le tenderán una trampa para poder así ejecutarlo. A la espera de que se cumpla la sentencia, Esopo se da cuenta de cómo la soberbia con la que fiaba en su inteligencia lo ha vuelto un estúpido al dejar de lado la prudencia. Tratará de convencer mediante fábulas (volviendo a hacer uso de la inteligencia que había perdido, como Sansón usó de nuevo su fuerza también peridida) a quienes quieren ejecutarlo, pero ellos, al ser un pueblo estúpido, no lo escucharán, demostrando cómo la inteligencia jamás puede salir victoriosa cuando se enfrenta a la estupidez (o no al menos cuando la estupidez está unida).

Pero en última instancia será Esopo quien acabe con su vida por su propia mano lanzándose por un precipicio, pues si bien ha sido condenado, no puede permitir que sean esos tontos quienes pongan sus manos sobre él para ejecutar la sentencia.

Hindies, hipsters y gafapastas (2)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas (2)

La introducción de Nacho Vegas a Indies, hipsters y gafapastas merece una mención aparte, pues casi supone un ensayo en sí mismo, con sus quince páginas, más o menos. El músico indie empieza contando cómo, en una conversación informal con sus amigos en una cafetería sale el tema de los hipsters, de los que poco o nada sabe nadie en el grupo (como, por otro lado, nos sucede a casi todos), y una voz se eleva para pedir que Nacho explique qué son, pues “está escribiendo algo sobre el asunto”. Explica que aún no ha leído siquiera la primera versión del libro que tiene que prologar, pero se anima a explicar que cree que los hipsters son una especie de derivación de lo indie pero parapetada en el glamour y el cinismo, como una especie de elite del buen gusto. Tras semejante explicación recibe una rotunda simplificación: “Vamos, los modernos de toda la vida, ¿no?”.

Lo gracioso de la escena es que nos han vendido tal imagen de los hipsters para que formemos parte de ellos pero sin identificarnos con ellos, que ni siquiera quien se supone que sabe sobre ellos, y al que de hecho le han encargado que escriba sobre el asunto, tiene muy claro qué o quiénes son.

A partir de ahí, Vegas echa marcha atrás para tratar de discernir cómo se ha ido formando este grupo social de tanta importancia en nuestro mundo actual. Y como no podía ser de otro modo, lo hace desde su experiencia personal, que se sitúa en el mundo de la música. A modo de paréntesis, debo decir que, a pesar de que fue el hecho de ver que estaba prologado por Nacho Vegas lo que me llevó a leer el libro, el prólogo habría sido más enriquecedor de haber sido escrito por otra persona, de otro ámbito diferente. Digo esto porque ya el cuerpo del libro está escrito por alguien muy involucrado en el mundo de la música, y es justo ahí donde mayor hincapié hace, e insistir aún más sobre ese mundo resulta redundante. Quiero dejar claro que me encanta la introducción de Vegas, pero si se trataba de hacer este recorrido de lado del mundo cultural, habría sido más variado y podría haber ampliado nuestra visión una introducción escrita por alguien que nos ilustrara el tema desde la perspectiva del mundo de la literatura, o de las artes plásticas, o del cine.

Como decía, Vegas hace un repaso al mundo de la música desde que él era joven hasta la actualidad, haciendo especial hincapié en que, a partir de los noventa, los músicos parecieron perder contacto con la realidad social, escribiendo canciones intimistas o más bien egoístas, o de tipo festivo únicamente, encerrándose en la premisa del “sexo, drogas y rock’n’roll”, lo que los hacía vivir en un mundo irreal, con la canción protesta prácticamente enterrada, en un momento social en el que se estaban dando terribles hachazos a nuestro sistema mientras nos hacían creer con sorprendente efectividad que nos encontrábamos en un momento idílico, casi inmejorable. No le falta razón, pues cuando la gente habla ahora de la crisis siempre hace referencia a cuando las cosas iban bien, fechando esa vaporosa situación en los momentos previos al estallido de la crisis, cuando conseguir un trabajo bien pagado era casi milagroso, no digamos uno estable, cuando incluso compañías estatales hacían trampas para no tener que contratar personal fijo (Correos, por ejemplo, tenía a la mitad de su plantilla con contratos temporales, y muchos tenían que firmar un contrato nuevo cada lunes, que terminaba el viernes, para no tener que pagar el fin de semana), la vivienda había alcanzado unos precios tan altos que las hipotecas iban en muchos casos mucho más allá de la edad de jubilación, los alquileres eran imposibles de pagar sin compartir piso con varias personas, la gente permanecía en casa de sus padres hasta pasados los 35 años, el salario mínimo era ridículo, la prestación por desempleo se había recortado en repetidas ocasiones… Y, a pesar de todo esto, los españoles estaban convencidos de que vivían una época de fabulosa prosperidad. Hay que decir que los equipos de marketing de los respectivos gobiernos se merecían un diez.

Vegas indica que los cantantes estaban tan alienados que, por primera vez, no fue la música la que sirvió de punta de lanza, como es habitual, para las protestas, sino que fueron las mismas protestas las que hicieron despertar a los músicos y darse cuenta de frente a qué estaban. Fue el 15M lo que hizo a muchos músicos volver a tomar conciencia de la realidad y salir del proceso de individualismo y hipsterización en el que, poco a poco, se habían ido metiendo. Afortunadamente, al menos de momento, no ha habido revueltas como otras bandas más despiertas de otros lugares se habían atrevido a predecir.

Nota: Nacho Vegas puede caer mal a muchos por su posicionamiento firmemente de izquierdas, irreconciliable con cualquier actitud de derechas o capitalista, pero hay que admitir que es consecuente con sus ideas como pocos. Digo esto porque acabo de ver el vídeo en el que, tras aceptar tocar en un festival patrocinado por Banco Sabadell (y sorprendido, como él mismo reconocía, de no haber recibido ninguna crítica por haberlo hecho), llevaba a cabo una acción de denuncia contra dicho banco a pesar de las presiones en contra de los organizadores al comenzar su concierto, al tiempo que anunciaba que los beneficios netos de su concierto irían destinados a ayudar a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en Asturias.

Paseando con Crimen y castigo (y 4)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la tercera parte de Crimen y castigo un joven estudiante arremete contra una idea del socialismo demasiado arraigada en nuestra sociedad actual, que, por otro lado, tanto suele denostar esa ideología. Lo que este estudiante, de nombre Razumijin, dice, es lo siguiente: “La discusión empezó con la teoría de los socialistas. Ya se sabe: el delito es una protesta contra la anormalidad de la estructura social… Y eso es todo, no se admite ninguna otra causa… ¡Nada más!”. Tras esta declaración viene toda una larga explicación de lo que quiere decir, con multitud de ramificaciones y consecuencias de esa manera de pensar, pero lo que me llamó la atención fue esa afirmación que supone el punto de partida. Si Ortega y Gasset nos dejó bastante claro aquello de que “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo que Razumijin achaca a los socialistas es que el “yo” no parece existir para ellos, que culpan de todos los males del mundo a la sociedad, como tampoco parece existir para nosotros hoy en día.

A pesar de que nuestra sociedad actual sea sin duda capitalista, tendemos a coger, introducir en ella y adoptar como cierto lo peor de cada ideología. Es el caso de esta afirmación del personaje de Crimen y castigo, que parece grabada a fuego en la mente de tanta gente. Siempre que alguien comete un crimen, sea del tipo que sea (si es de sangre, ya tenemos terreno abonado para esto), enseguida una horda de psicólogos y no tan psicólogos se lanzan a buscar los motivos por los que el criminal actuó así, convirtiéndolo casi por sistema en una víctima en el proceso. Parece que ninguno de ellos tuviera responsabilidad sobre sus actos, todos fueron abocados a ellos por una infancia difícil, una educación espartana, presiones sociales y una larga serie de etcéteras. El caso es que, tras su disección biográfica, es como si su capacidad de elección hubiera sido reducida a cero. Es un recurso usado ya hasta la saciedad en películas, novelas y demás productos policíacos, en los que no basta con dar con el asesino (el mayordomo), explicar cómo cometió el crimen (le abrió la cabeza con el atizador a su jefe) y por qué lo hizo (le pagaba poco y la vida está muy cara), sino que además hay que ir un paso más allá para saber qué lo convirtió en una persona violenta que responde de manera agresiva ante las adversidades y no puede escapar a ello de ninguna manera (como no quiso comerse las verduras de pequeño, su padre rompió delante de sus ojos aquel muñeco de acción que tanto le gustaba y además le dio una zurra para que aprendiera). Incluso tenemos una serie dedicada a esto último, Criminal Minds creo que se llama, nunca la he visto (ni ganas que tengo, con esa premisa).

Hoy en día está muy de moda también despotricar contra el cristianismo, pero incluso aquel que más lo denueste debe admitir que tiene muy oportunos valores para la formación del individuo. Lo que a todos los cristianos, antes de la idiotización actual, se les ha enseñado, es que existe una cosa llamada libre albedrío, que es algo que nos permite tomar nuestras propias decisiones al margen de todo estímulo exterior, que puede influirnos pero en modo alguno condicionarnos. Y esa capacidad para tomar nuestras propias decisiones nos hace también responsables, bien como cristianos que deben dar cuenta de ellas en un hipotético juicio final, bien como ateos que tienen una vida en este mundo que afrontar. Pero en nuestra sociedad parecemos empeñados en ser unos eternos niños siempre tutelados, sin responsabilidad de ninguno de nuestros actos, tal como se queja Razumijin que pretende el socialismo: si yo actúo mal es porque la sociedad está mal, no es culpa mía. Tantas veces hemos oído eso para exculpar a tantos que tienen una vida difícil, olvidando que otros que también la tienen nunca actuaron mal. Somos una sociedad capitalista en la que al parecer hay que pagar por todo excepto por nuestros actos. Porque de lo que hacemos (de lo malo, quiero decir, pues de lo bueno somos nosotros los únicos artífices) la culpa la tiene la sociedad, que no ha sabido mimarnos lo suficiente para que nunca nos portáramos mal.

Paseando con Crimen y castigo (3)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la segunda parte de Crimen y Castigo, Piotr Petróvich lanza un discurso de carácter marcadamente capitalista y convenientemente caricaturizado. Pero la crítica no parece ir contra el capitalismo en sí mismo, sino contra la hipocresía y pérdida de valores que conlleva, hasta tal punto que temo que la inclusión del capitalismo en él venga favorecida por mi subconsciente y no por el personaje de la novela, que perfectamente puede representar tan sólo una crítica a la pérdida de valores de las nuevas generaciones, dejando ideologías aparte.

Su discurso comienza explicando en qué consistía la antigua educación, la que según él no ha llevado a la sociedad más que a la miseria, y que fue la que sus padres trataron de inculcarle a él, basada en ayudarse unos a otros y en la solidaridad social. “Si a mí, pongamos por ejemplo, me decían hasta ahora ‘ama a tu prójimo’ y yo así lo hacía, ¿qué resultaba?”, dice. “Pues resultaba que yo partía mi levita dos para darle la mitad al prójimo, con lo cual nos quedábamos ambos a medio vestir”. Que viene a ser lo mismo que decir que no merece la pena ayudar a nadie económicamente pues, tras hacerlo, uno tiene menos dinero y el otro no tiene lo suficiente, una caricaturización de los preceptos solidarios del cristianismo, que alegremente aplican hoy en día quienes pretenden defenderlo.

Tras esto, continúa aplicando fórmulas del discurso cristiano a las teorías de la evolución, para resaltar la pérdida de humanidad de la sociedad: “La ciencia, en cambio, dice: ámate a ti mismo antes que a nadie porque, en este mundo, todo se basa en el interés personal. Si te amas sólo a ti mismo, sacarás a flote tus asuntos y conservarás entera la levita. La verdad económica, por su parte, agrega que cuanto más a flote marchen los asuntos personales dentro de la sociedad, o sea, cuantas más levitas enteras haya, mayor número de puntales firmes tendrá esa sociedad y, por ende, mejor organizada estará la causa común. De modo que dedicándome única y exclusivamente a mi prosperidad es como contribuyo a la prosperidad de todos y a que mi prójimo obtenga una parte algo mayor de la levita.” No es este un procedimiento muy diferente al que en la actualidad pretenden imponer los grandes empresarios. El problema radica en que preocuparse únicamente de los asuntos personales no mejora la sociedad, no puede hacerlo, pues se basa en la muy ingenua idea de que quien se preocupa sólo por sí mismo siempre llevará a cabo acciones destinadas a su propio beneficio, pero jamás al perjuicio de los demás. Y eso es mentira, pruebas de ello tenemos a montones y a diario: todos, en el mundo capitalista, hacen lo que sea, sin importar cuánto daño puedan causar, para conseguir más dinero. Cuando uno mira sólo por sí mismo, no le importan los demás, y si los demás no le importan, tampoco va a cuidar de ellos. No sólo acumulará cinco levitas y no dará ninguna a quien lo necesite, sino que le arrebatará su pobre camisa para confeccionarse con ella los bolsillos de su última levita.

Pero esto sólo es una historieta. ¿Qué supone en nuestra sociedad aplicar esta teoría de cuidar tan sólo de uno mismo, suponiendo que así a todos nos irá mejor y por lo tanto la sociedad prosperará? Pues supone la eliminación de la sanidad pública, que la pagan los unos para los otros, supone la evasión fiscal, pues mi dinero lo he ganado yo y debe ser sólo para mí, supone, por supuesto, la no colaboración con ninguna causa social ni humanitaria (que trabajen si tienen hambre, esos vagos), supone la no existencia de movimientos sociales, que necesitan del apoyo y la colaboración de todos para conseguir algo que será para todos y no para uno solo… Supone, en fin, una sociedad egoísta en la que todos sus habitantes están desamparados, situación que ya se ha dado otras veces en el pasado y todos sabemos cómo siempre ha terminado.

El problema es que eso nos empuja a una sociedad sin valores, hacia la que hace ya tiempo que vamos encaminados. Seguro que el siguiente ejemplo de Dostoievski les suena a muchos en España y a muchísimos más en China: “¿Qué contesto ese profesor de Moscú cuando le preguntaron por qué falsificaba bonos? Pues contestó: ‘Todo el mundo se hace rico de una manera o de otra. Y también yo he querido enriquecerme cuanto antes’”. Pues sí, ese es el camino que llevamos, la veneración del dinero sin importar cómo éste haya sido conseguido. Vale que ahora todos critican las malas artes para hacerse con él, pero es curioso que hace tan sólo unos años la opinión general (demasiado general, casi sin ninguna oposición) era excusarlos a la voz de: “Normal que haya trincado si podía. Yo también lo habría hecho”. Y eso que lo de “trincar” sería una forma no demasiado maligna de conseguir más dinero. El problema viene cuando (y esto sucede sin parar) no nos detenemos ante nada. En España parece ya olvidado el asunto del aceite de colza, pero en China salen casos nuevos casi a diario de gentuza que hace lo impensable para conseguir mayores beneficios, gobierno incluido: el caso de la leche infantil justo antes de las olimpiadas, hace tres años miles de cerdos enfermos que habían enterrado para mantener la enfermedad oculta y poder vender la carne de los que no habían muerto, hace poco la mujer a la que engulleron unas escaleras mecánicas por defectos de calidad y mantenimiento… Y esto, por mucho que les moleste a los que demonizan todos los demás sistemas, se llama capitalismo: sacar el máximo rendimiento a toda costa sin importar nada ni nadie que no sea yo mismo. Porque el capitalismo no es lo que nos han vendido, lo que yo mismo creí y di por bueno durante mucho tiempo: un sistema en el que se puede avanzar por el valor personal. No, esas posibilidades y los derechos de los que disfrutamos en los países capitalistas vienen, precisamente, de las barreras que le ponen freno desde los gobiernos.

Paseando con Crimen y castigo (2)

Crimen y castigo

FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el episodio quinto de la primera parte de Crimen y castigo, el protagonista tiene un sueño que muestra bien a las claras cuán poco hemos cambiado. En él, un grupo de demasiadas personas suben a un carro para que una yegua ya vieja tire de él, pero cuando el animal no puede arrastrarlo, primero su dueño y luego todos los demás comienzan a golpearlo, borrachos, gritando y riendo su ocurrente acción, hasta que terminan por matarlo. La reacción de los que se oponen a lo que está sucediendo es bastante blanda, “¿Es que no sois cristianos?”, les dicen, o simplemente tratan de pasar de largo lo más rápido posible, ya se sabe, ojos que no ven…

Pero el acento se pone no tanto en la crueldad de la que somos capaces, que es mucha, sino en la manera en la que le damos salida, cuando podemos confundirnos en la multitud para no tener que afrontar la responsabilidad de nuestros actos, algo que vemos muy a menudo. Cada vez que un criminal es detenido, o sale de un juzgado, o en cualquier otra ocasión en la que esté maniatado, vigilado y la gente pueda camuflarse bien entre la masa, cuando creen que no pueden ser identificados como individuos, sino disculpados como pequeña parte de un todo, siempre hay una pequeña multitud que grita, insulta, agrede si ve una ocasión propicia, y de seguro se iría a la cama con la sensación del deber cumplido si el acosado se suicidara ese mismo día. Y hoy, para suerte o desgracia, tenemos un medio en el que convertirnos en multitud agresiva aún con mayor impunidad: Internet. Es increíble ver cómo aquí, cada vez que alguien hace o dice algo (no algo malo, sólo algo) le llueve una desproporcionada cantidad de insultos (no de críticas, de insultos), sólo por decir lo que piensa sin ofender a nadie con mayor o menor acierto (suele ser el caso de tantos actores que sólo tienen el don de la palabra cuando las frases se las escriben otros), o por tratar de quitar hierro a algún asunto (Irene Villa hace bien poco tuvo que aguantar los insultos de una buena cantidad de impresentables cuando ella no había insultado a nadie).

Hoy en día se dice demasiado a menudo que se juzga a la gente en Internet, pero no nos engañemos, en Internet no hay justicia, a lo sumo opiniones. Y no todas las opiniones valen lo mismo, algunas es mejor dejarlas correr, bien por demasiado inocentes, bien por dañinas. No digo que no tengamos derecho a tener una opinión, por supuesto que sí, pero deberíamos ser mucho más comedidos a la hora de exponerla, pues tenemos una preocupante tendencia a pasar rápidamente al linchamiento, si no a empezar por él sin ningún paso previo.

Paseando con Crimen y castigo (1)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

(Este artículo y los siguientes los escribí hace ya unos tres meses, cuando leía la novela, así que me disculpo por algunas afirmaciones sobre la efímera actualidad, que pueden estar ya un tanto desactualizadas)

En el segundo capítulo de la primera parte de Crimen y castigo, Marmeládov, un borracho más que lúcido, expresa algo sobre lo que no deberíamos tener ninguna duda. “La pobreza no es un vicio”, son sus palabras. Algo que buena parte de la sociedad tanto española como europea no parece tener demasiado claro a día de hoy. La pobreza no es un vicio. Suena extraño tener que defender estas palabras, pero no queda más remedio cuando un partido político propone una renta básica en España porque estamos llegando a una situación en la que no va a quedar más remedio que imponerla si no queremos ver unos niveles de esclavismo y delincuencia a los que ojalá no lleguemos, y tantas voces se levantan para protestar contra eso con el más estúpido de los “argumentos”, que es el de asegurar que eso hará que la gente no trabaje porque, total, ya tiene dinero. Lo dicen así y se quedan tan anchos, obviando deliberadamente que la renta básica propuesta alcanza a lo sumo para malvivir en la pobreza, sin poder salir jamás adelante únicamente con ella, que es una mínima cantidad de dinero destinada tan sólo a la supervivencia. Y es que cuando llaman vagos a quienes podrían recibirla, parece que están hablando de un sueldo de clase media y todo.

Pero nada más lejos de la realidad. Seguro que alguno lo hay, pero el común de los mortales no se contenta con pasar toda la vida dependiendo de esa ínfima cantidad de dinero, precisamente porque “la pobreza no es un vicio”. Lo mismo podría aplicarse a los griegos, ahora que todas las semanas leo en algún periódico cómo los ciudadanos (no los gobernantes, ¡ojo!, ¡los ciudadanos!) de tantos países europeos se descuelgan diciendo sin empacho que son unos vagos, que lo que quieren es vivir de las ayudas y no pagarlas.

Pero la lucidez de Marmeládov va más allá, pues su discurso continúa: “Pero la miseria, caballero, la miseria sí es un vicio. En la pobreza conserva uno todavía la dignidad de sus sentimientos congénitos; en la miseria, jamás la conserva nadie. A un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana, sino que lo barren a escobazos, para que sea más humillante aún. Y bien hecho, pues en la miseria, uno es el primero en humillarse”.

Está claro que el vicio, la miseria, no es más que la aceptación de la pobreza, esa situación que nos es impuesta desde fuera y contra la que, sin dudarlo, hay que rebelarse. Su aceptación nos convierte en seres miserables que no merecen tener un lugar en la sociedad. Y nos volvemos miserables cuando aceptamos no sólo la condición de pobreza, sino cualquier condición que nos disminuya como individuos. Nos volvemos miserables cuando aceptamos, como pretenden las voces insultantes, que somos unos vagos que no sólo necesitan esa renta básica, sino que nos conformamos con ella. Nos volvemos miserables cuando aceptamos que nuestra voz no vale nada y, en lugar de alzarla para reclamar aquello que nos arrebatan, callamos y dejamos que leyes cada vez más injustas nos nieguen derechos alcanzados con la sangre de nuestros padres y abuelos (con lo que flaco favor hacemos a su memoria), como lo son la libertad de expresión, el derecho de reunión o la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, por poner tres ejemplos que han quedado gravemente mermados con la llamada ley mordaza. Nos volvemos miserables cuando hemos aceptado (y lo hemos aceptado durante muchos años aunque ahora tantos pongan en grito en el cielo por ello) que nos robaran y que para postre se rieran en nuestras caras. Y, por supuesto, nos hemos vuelto unos miserables al aceptar durante tantos años que para poder tener un techo bajo el que vivir teníamos que hipotecar nuestras vidas al completo, pagando precios que requerían casi la totalidad de lo que íbamos a ganar el resto de nuestras vidas, y que para colmo eso nos pareciera lo normal.

Ante todo eso hemos callado, y como bien avisa Marmeládov, “a un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana”, pues para que se molesten en darle los palos tiene éste primero que levantar su voz y reclamar lo que es suyo, aunque tenga poco con lo que hacerse valer, “sino que lo barren a escobazos”, como a la basura, pues no más consideración merece. Y eso es lo que merecen todos los que aceptan esos insultos por parte del poder, y los abusos de autoridad, y los callejones sin salida a los que conducen nuestras vidas: que los barran como a basura, pues no pueden ser tenidos en mucha más estima que cualquier deshecho sobrante. Y no me refiero a quienes los sufren, sino a quienes los justifican.

“En la miseria, uno es el primero en humillarse”, remata, y si uno mismo ya se ha humillado, ¿qué consideración puede tener por parte de los demás? Y eso es lo que nuestros gobernantes, ayudados por unos cuantos de sus voceros, parecen querer de nosotros, que vivamos humillados, con la cabeza agachada y sin molestarlos, llamando vagos a los que quieren trabajar dignamente (cada vez que oigo eso de “mejor eso que nada” referido a trabajos en condiciones de esclavitud desearía poder dar dos bofetadas al imbécil que lo dice), llamando delincuentes a quienes quieren hacer valer sus derechos, llamando mentirosos a quienes dicen la verdad, multando y enjuiciando a quienes no quieren verse aplastados por el peso de leyes totalitarias…

Esto lo escribió Dostoievski hace ya bastante tiempo. Al parecer, en la historia los problemas son siempre los mismos. Más les valdría a los gobernantes y a todo aquel que ostente poder en algún grado abrir los ojos, no vaya a ser que las soluciones terminen por ser también siempre las mismas.

Un grito de amor desde el centro del mundo

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KYOICHI KATAYAMA, Un grito de amor desde el centro del mundo

El adolescente Sakutaro viaja con los padres de Aki, su novia muerta, para esparcir sus cenizas en Australia. Así comienza esta historia japonesa de amor adolescente, que les aseguro que merece la pena en cada una de las escasas páginas que ocupa. Quizá sea cosa mía, pero tengo la sensación de que las historias japonesas de amor siempre se producen entre adolescentes, gente que aún no ha tenido que sufrir los desengaños de la vida ni enfrentarse al hecho de tener que sacar adelante su propia existencia. Muy raras son las excepciones que me he encontrado a esto. Es como si supusieran que, una vez perdido el candor de la temprana juventud, los sentimientos ya no fueran puros, estuvieran condicionados por otros elementos, y las relaciones amorosas ya no tuvieran esa capacidad de transformar a uno por dentro, sino que se enmarcaran en el grupo de todas las demás relaciones personales, sin diferenciarse demasiado de ellas. Como si enamorarse sólo pudiera transformar el mundo de alguien sin experiencia en la vida, porque para alguien experimentado el amor es menos amor. O quizá se trate tan sólo de una estratagema, pues a nadie se le escapa que los adultos entramos mejor en ese juego romántico cuando nos evocan nuestra temprana juventud. Al evocar nuestra juventud, todo lo que de bueno hubo en ella suele aparecer maximizado y, si bien con nuestros actuales conocimientos de la vida no podemos entender demasiado bien aquellos que antes no hacía afligirnos o pasarlo mal, lo que nos afectaba positivamente viene a nuestra memoria magnificado, y lo en realidad pudo ser en su momento tan sólo una atracción provocada por la curiosidad de la novedad hacia un chico o una chica, regresa a nosotros como la experiencia casi mágica del primer amor. Y ante esos engaños de la memoria, un idilio adolescente acuna nuestra imaginación mucho mejor que un supuesto romance que acontece en nuestra realidad cotidiana, demasiado prosaica.

Así es como comienza este romance de novela, desvelándonos su trágico final, por lo que cuando estos dos chicos se conocen ya no nos preocupa a dónde les llevará su relación, pues lo sabemos de sobra: se harán novios y ella morirá. A pesar de ello resulta fácil sentirnos conmovidos por lo que sucede en la historia, pues los tópicos romanticoides a los que estamos acostumbrados están ausentes de ella, afortunadamente. El autor no se molesta en explicarnos cómo la pareja protagonista estrechó su relación y comenzaron a salir, sino que del momento en que se conocieron, que nos explica mediante una anécdota tan extravagante que roza lo fantástico, pasa directamente a otro en el que su relación ya está tan consolidada, que hablan entre ellos de manera abierta y directa de las cuestiones del amor, de su relación, e incluso de casarse, pero no de una manera infantil en un futuro lejano que en la juventud creemos que nunca llegará, sino de forma muy seria, con unas reflexiones capaces de hacer a los adultos recapacitar sobre sus propias motivaciones. Además, todo nos es contado, por medio de retrospectivas, desde un momento en que el narrador protagonista ya ha vivido la historia y sabe que su amor de juventud murió, lo que aporta el punto de vista del adulto y rompe con la idea de cómo el presente conforma toda nuestra vida, pues tras desaparecer aquello que configuraba su presente en su juventud, él ha seguido viviendo y es un presente diferente el de su existencia actual: el antiguo colegio ha sido sustituido por la universidad, su antigua ciudad por el lugar en el que vive ahora, e incluso hay una nueva mujer (esta vez ya mujer) en su vida, que no es su compañera sentimental, pero que nos recuerda bastante a cómo comenzaron las cosas entre él y Aki.

Pero, aunque sería absurdo pretender decir que esta no es una historia de amor, pues no otra cosa es el hilo conductor de toda la novela, hay algo más en ella. Y es que la mayor parte de las conversaciones y reflexiones no versan sobre el amor, sino sobre la existencia, con un carácter profundamente filosófico. Por un lado, el abuelo de Sakutaro le cuenta una historia de su juventud. Él tenía una novia, con la que iba a casarse, y de la que se vio separado a causa de la guerra. Pero a pesar de la separación, continuó amándola el resto de su vida, hasta que ella murió, así que pide ayuda a su nieto en una misión para que sus espíritus puedan volver a encontrarse después de la muerte, con una profunda convicción en que existirá algo tras nuestra existencia actual. Por otro, Sakutaro, mucho más pragmático, no puede creer en ninguna otra existencia tras ésta, lo que lo deja sin armas para enfrentarse a su pérdida, aferrado a una pequeña cajita con cenizas de Aki como lo último que queda de ella en este mundo, y sin valor para cumplir su última voluntad y dejarlas marchar.

En realidad no creo que la novela guste demasiado a quienes busquen una historia de amor con la que derramar lágrimas junto a un paquete de pañuelos, pues esa parte es tan sólo el armazón. Sin embargo se me antoja perfecta para aquellos lectores que buscan hacerse preguntas (casi de seguro no podrán leerla de un tirón a pesar de lo breve que es, pues en más de una ocasión se sorprenderán habiendo desviado la vista del libro y con la mirada perdida recapacitando sobre algo que acaben de leer), aquellos que buscan que les zarandeen un poco su esquema de ideas, y todo esto sin ser ni mucho menos pesada, más bien todo lo contrario, pues uno llega a identificarse con los protagonistas con gran facilidad y el estilo en que se cuentan las cosas es muy sencillo y de gran fluidez.