Falcó

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Falcó

Ya he comentado en otras ocasiones que Arturo Pérez-Reverte me parece un escritor bastante desigual, capaz de entregarnos desde historias maravillosas a otras de la mayor simpleza, aunque casi siempre entretenido (con permiso de esa abominación titulada Cabo Trafalgar, o de El tango de la guardia vieja, que abandoné a las pocas páginas). Es por esto que, cuando comencé a leer Falcó, con las altas expectativas que me había dejado la excelente Hombres buenos, tenía la terrible sensación de que me hallaba ante otro de sus patinazos. Pero nada más lejos de la realidad. Por fortuna la cosa mejoró tras el primer capítulo y terminó siendo, si no una obra maestra, al menos sí una novela de lo más sugestiva.

Falcó es la historia de Lorenzo Falcó, un mercenario sin escrúpulos ni ideología que vende sus servicios, sangrientos las más de las veces, al mejor postor, que en el caso de nuestra historia es el bando nacional durante la Guerra Civil Española. Tras la pobre presentación del personaje en el primer capítulo, la historia afortunadamente entra en harina y descubrimos de que irá el asunto: Falcó tiene la misión de ayudar a un grupo de falangistas infiltrados en territorio republicano a liberar a su líder, José Antonio Primo de Rivera.

Se trata, podemos adivinar, de una novela de espías en la que, como viene siendo costumbre en Pérez-Reverte, se pone más peso en el efecto que tienen sobre los personajes aquellas acciones que se ven obligados a realizar que el discurso de los acontecimientos en sí mismos. Y ésa es la virtud y al mismo tiempo el defecto de la novela. Este foco narrativo hace que, como lectores, nos sintamos implicados con todos los personajes secundarios, sintiendo simpatía por unos, odiando a otros, preocupándonos por alguno… pero Falcó, el principal, nos resulta un tanto indiferente. Y es que, a fin de cuentas, se trata del mismo protagonista de siempre: el antiguo fotógrafo de El pintor de batallas, la cazadora de artistas de El francotirador paciente o el cada vez más asimilado a este tipo de protagonista, El capitán Alatriste. De hecho, uno de los puntos a favor de Hombres buenos era que este sempiterno personaje de Reverte, que allí sería Pedro Zárate, permanecía bastante a raya por las tramas secundarias gracias a que no era el protagonista absoluto. Y es que este típico protagonista de Reverte es, además, alguien cuyas constantes disquisiciones metafísicas a cada paso que da o a cada movimiento que hace o en cada conversación que tiene con alguien lo vuelven poco real (aunque eso no tiene por qué ser un problema mientras mantenga la verosimilitud, claro), y que pretende sernos simpático (en cierta medida, al menos), cuando de encontrárnoslo en la vida real nos aburriría y asquearía a partes iguales. No sólo Falcó: cualquiera de sus protagonistas.

Y esa suele ser la zancadilla que Reverte se pone en todas sus novelas: pretender armarlas en torno a un protagonista que, de entrada, ya resulta antipático. Pero hay ocasiones en que la historia supera al personaje, se pone en primer término, y nos hace olvidar aquello que no nos gusta de él. Eso sucedía en El maestro de esgrima, en Hombres buenos, y eso sucede también en Falcó, aunque no de manera tan determinante como en las dos primeras. La historia de espías, si bien no de trama demasiado complicada, o quizá gracias a ello, atrapa al lector y le permite evadirse de la realidad, para fugarse a un mundo emocionante a pesar del dramatismo que plantea. Y es cuando la aventura toma el control cuando las novelas de Reverte ganan enteros, porque, seamos serios, se le da mucho mejor dejar miguitas de pan por la historia que las sesudas disquisiciones morales.

No entraré en la crítica social que Reverte hace en su novela, pues a fin de cuentas siempre es la misma, e Internet está lleno de entrevistas en las que él mismo no se cansa de repetirla una y otra vez. Diré sólo que, en Falcó, la aventura se impone a todo lo demás, y es cuando eso sucede que Pérez-Reverte escribe buenas novelas.

La mujer de Martin Guerre

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JANET LEWIS, La mujer de Martin Guerre

La mujer de Martin Guerre cuenta la historia de un célebre caso judicial acaecido en Francia en 1560, en el que tras varios años de ausencia, un marido regresa a su hogar visiblemente cambiado en su modo de ser y, al cabo del tiempo, es acusado por su mujer de ser un impostor que ha tomado el lugar de su verdadero marido. La historia sonará conocida a muchos, pues fue llevada al cine, con Gérard Depardieu en el papel de Arnaud du Tilh, y años más tarde en un drama romántico interpretado por Richard Gere, titulado Sommersby.

La verdad es que no hay escondido entre las líneas de esta novela breve ningún significado oculto, ni se critica ni se enjuicia la sociedad, tampoco hay una profunda reflexión sobre la condición humana… No hay, en suma, ninguna de esas cosas que siempre se empeñan en hacernos ver en las grandes historias, tan sólo la historia (la propia Janet Lewis ya nos indica en el prólogo que tan sólo había “intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio). Y sin embargo es magnífica. Una magnificencia construida con una profusión de detalles que remarcan tanto el paso del tiempo como el carácter y estado anímico de los personajes, y que evitan toda descripción que no tenga un claro objetivo en el desarrollo de la historia. Uno no puede evitar verse atrapado y estremecerse ante el duro carácter de messieu Guerre, guardar siempre una prudencial distancia anímica frente a Martin Guerre, sentir cierta simpatía por Arnaud du Tilh o tener la certeza, aún sin disponer de ninguna prueba para ello, de que Bertrande de Rols está en lo cierto.

Personalmente lo más sorprendente es que la escritora, Janet Lewis, sea estadounidense. Y digo que me sorprende, porque leyendo La mujer de Martin Guerre casi parece que hubiera nacido y crecido en una aldea pirenaica como esa en la que tiene lugar la historia. Los hechos se producen en una aldea llamada Artigue, cercana al río Garona, y las referencias al paisaje pirenaico en cada época del año no sólo hacen referencia al estado emocional de la protagonista, sino que resultan tan vívidas que alguien acostumbrado a esos paisajes no puede sino asentir ante la exactitud de lo que está leyendo. Casi parece que, cuando Lewis habla de fidelidad en su prólogo, no sólo buscara la fidelidad a los acontecimientos, tal como ella misma afirma, sino que persiguiera una fidelidad total: a los hechos, a las costumbres y al paisaje, puesto que sin estos últimos los primeros carecen en gran medida de sentido. Y toda esta fidelidad se lleva a cabo sin sacrificar ni un poquito una expresión que resulta profundamente poética y que sin duda hace mella en un lector que pasa por el mismo proceso de preocupación, alegría y angustia de Bertrande.

Merece un apunte especial la división casi cinematográfica de la historia en tres desiguales capítulos que provocan una sensación de que todo se nos ha acabado demasiado rápido, pues uno se queda con ganas de seguir leyendo, de seguir sabiendo qué viene detrás de ese final que le ha dejado tan insatisfecho como insatisfecha se ha quedado la protagonista (se trata de un final justo, aunque diste mucho de ser feliz ni de satisfacer a nadie). La novela tiene un largo primer capítulo de casi cien páginas en el que se nos cuenta toda la historia, desde la boda de Martin y Bertrande, poniéndonos en antecedentes de la relación entre las dos familias, hasta la acusación de ésta sobre su falso marido. Esa es la parte larga de la novela, en la que más tiempo pasamos. Los capítulos segundo y tercero tienen unas veinte páginas cada uno y cuentan el primero y el segundo juicios respectivamente. Esta disposición hace que todo se precipite hacia el final, pero también esto resulta de lo más natural, pues una vez iniciados los juicios, nada más necesitamos saber de los protagonistas, todo se nos ha contado en el primer capítulo: ahora toca el desarrollo histórico de los hechos. Sin demasiadas explicaciones, tratando al lector como un adulto, sin el exceso de explicaciones de los best-sellers actuales: “Los hermanos Arnaud, al verse confrontados a dos hombres tan extraordinariamente parecidos, dudaron y luego, dando la espalda tanto al preso como al soldado, imploraron al tribunal que los dispensara de prestar testimonio. El tribunal, con una humanidad infrecuente en aquel siglo, así lo hizo. Con su petición ya habían testificado más de lo que imaginaban”. Y ahí lo deja, jamás pasa a explicar por qué no era necesario su testimonio, ni a desmenuzar los motivos de esta acción como sin duda haría un escritor de intrigas judiciales hoy en día. No es necesario hacerlo, un lector despierto (un lector adulto) no necesita la información, y Janet Lewis nos trata como a lectores adultos, cosa que engrandece la parte de intriga de su novela tanto como su maravilloso desarrollo narrativo había engrandecido la parte más sentimental.

El Anacronópete

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ENRIQUE GASPAR, El Anacronópete

Me he visto arrastrado hacia esta lectura por mi inclinación hacia las historias de ciencia-ficción y mi deseo de saber en qué consistía la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo, anterior a la famosísima novela de Wells y, para colmo de sorpresas, escrita por un español, algo bastante poco común en este tipo de literatura, aunque los tiempos actuales parece que están tratando de poner solución a esto. Y la verdad es que no es de extrañar que La máquina del tiempo goce de enorme fama y tan perfecto estado de salud hoy en día, a pesar de no ser la novela inauguradora de tan fantástica idea aunque muchos crean lo contrario, y este Anacronópete haya pasado a mejor vida. Wells no sólo nos ofrecía una aventura más allá de lo que podríamos haber imaginado, sino que nos hacía reflexionar sobre la sociedad que estábamos creando y sobre la condición humana, con un planteamiento pesimista que sin embargo no empañaba la impresionante aventura. Enrique Gaspar, por su parte, si bien comienza con una escena en la Exposición Universal de París que nos sorprende en un autor español del momento, y que podría recordarnos más a la literatura de Jules Verne, se desinfla rápidamente al transitar caminos que, desde mi punto de vista, desperdician las posibilidades del magnífico comienzo que nos había planteado.

El sabio español don Sindulfo ha creado una máquina con la que se puede viajar a través del tiempo y del espacio, y la presenta ante la comunidad científica en la Exposición Universal de París, donde explica su casi mágico funcionamiento. Hasta aquí la cosa promete. Pero tras esto viene el primero de los tres errores que lastran una novela que, como mínimo, podría haber sido muy interesante si sus aspiraciones no buscaban sendas más elevadas. La primera ocurrencia para la que pretenden utilizar un aparato con tantas posibilidades es la de rejuvenecer. El sabio explica que, al viajar en el tiempo, todo lo que viaja en el tiempo queda sometido a su acción, por lo que si se viaja al futuro se envejecerá y si se viaja al pasado se rejuvenecerá. Para evitar eso, ha creado un fluido que impide los efectos del tiempo y que deben aplicarse los viajeros temporales. Así pues, si uno viaja al pasado sin aplicarse el fluido rejuvenecerá, y al aplicárselo para regresar al presente podrá volver sin envejecer de nuevo, y por lo tanto con la edad de su juventud. Y así lo hacen con un grupo de señoras mayores que, a fuer de ser sinceros, cumplen el mismo objetivo que las cada vez más comunes escenas en las que una mujer de buen ver enseña una teta en las series actuales: captar la atención del público masculino de la manera menos trabajosa y rápida posible, pues no duda tampoco en describir cómo al viajar en el tiempo y rejuvenecer, sus vestidos también se degradan y quedan desnudas al tiempo que tratan de ocultarse de la vista de sus compañeros varones de viaje.

El segundo error consiste en el viaje en sí, que se realiza al pasado y se narra con un aire de aventurilla sin capacidad para más. Aunque aceptemos como parte de la fantasía el hecho de que el invento sólo pueda viajar al pasado (cosa que no se nos asegura), el viaje en el tiempo resulta de lo más decepcionante, amén de plagado de lugares comunes (aunque no sé hasta qué punto lo serían entonces, dada la novedad de la idea). Asistimos a un episodio en la Batalla de Tetuán cuyo único objetivo parece ser el de exaltar el patriotismo. Después hacen una parada frente a Isabel la Católica para más de lo mismo. Tras eso llegan a la China en el siglo III, en busca de lo que creen es el secreto de la inmortalidad, donde tienen una escaramuza presentada de forma demasiado infantil. Tras eso, y siguiendo la pista del secreto de la inmortalidad, viajan al imperio romano, a Pompeya, en el momento exacto de la erupción del Vesubio. Y, por último, dan un último salto hasta el momento del diluvio universal, hundiendo de esa manera definitivamente cualquier ilusión que al lector pudiera quedarle de estar frente a una obra de ciencia ficción seria. Ya sólo les queda viajar un poco más atrás, hasta el comienzo del Génesis, para fundirse en el caos previo a la creación del mundo por parte de Dios. Un viaje hacia atrás en el tiempo, mezclado con las creencias religiosas (Wells fue mucho más inteligente con su máquina del tiempo), en busca del secreto de la inmortalidad. Y pudiendo utilizar el Anacronópete uno para rejuvenecer cuantas veces quiera, supongo que a nadie se le escapa que la premisa resulta de lo más ridícula.

El tercer error es uno que convierte la historia en poco más que una aventurilla infantil. Y es que, con la excusa del fluido que evita la corrupción y del que los viajeros están cubiertos, se salvan de las más imposibles situaciones una y otra vez, pues su estado no puede alterarse, y con esa tonta excusa asistimos a resurrecciones, gente que sale viva tras ser arrojada a volcanes y demás tonterías más propias de la imaginación infantil que otra cosa.

La novela, que había comenzado de manera muy interesante, recordándonos a Verne y sorprendiéndonos con una propuesta a la que en España estamos poco acostumbrados, se desinfla rápidamente al no saber dirigirla correctamente, más interesado su autor en mostrarnos escenarios exóticos y en hacer alarde de patriotismo y conocimientos históricos (con permiso de la muy poco acertada parte bíblica). Un detallado resumen de la época y sus entresijos precede a cada nueva aventura, aunque bien poco se aprovechan los datos que en él se nos dan, pues la situación no sirve en ningún caso para profundizar en el relato, sino tan sólo como marco de una aventurilla breve que termina ineludiblemente con una huida fantástica cuando las cosas se ponen difíciles. Tiene, eso sí, el honor de ser la primera novela que se saca una máquina del tiempo de la manga, y puede quedarnos eso como curiosidad, pero me temo que ahí terminan sus aciertos. Además, su estructura teatral en tres actos, que evidencia un deseo de llevar su historia a las tablas, tampoco le ayuda mucho.

Todo esto acompañado de un constante humor de chiste grueso e intención patriótica, que tampoco contribuye a mejorar el conjunto.

A El Anacronópete hay que tomarlo como lo que es: una rareza, no me atrevería a decir que una novela inaugural pues es más bien La máquina del tiempo la que cumple esa función, una pequeña joya por su singularidad dentro de la narrativa española, pero una novela de segunda fila (incluso de tercera o cuarta) condenada al olvido por no haber sabido aprovechar las inmensas posibilidades de un punto de partida cuyo potencial otros se encargaron de exprimir.

¡¡¡SPOILER!!!

Además, para colmo de males, todo lo leído previamente resulta ser un sueño de Antonio Resines.

Barcelona al alba

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ALFONSO FONT, JUAN ANTONIO DE BLAS, Barcelona al alba

  Barcelona al Alba es una historia de novela negra ambientada en Barcelona en el período de entreguerras. Tras la aparición de cuatro cadáveres en el puerto de Barcelona, un periodista comienza a investigar los hechos, lo que hace que se vea envuelto en una trama criminal y política.

  Si hay algo que podría destacarse de Barcelona al alba es su ambientación general, que hace sentirse al lector como si contemplara una película de cine negro. El protagonista se mueve en los bajos fondos al tiempo que amenaza a las altas esferas, creando problemas diplomáticos y viendo entorpecida su labor, porque en su periódico no quieren que continúe investigando. Tenemos también la figura del policía misterioso, que dispone de información que no puede utilizar debido a su cargo, y que en nuestro caso es un guardia civil. Vamos viendo cómo nuestro periodista va consiguiendo su información poco a poco, sin ponérnosla en relación hasta que llega su debido momento. Los movimientos sociales de la época también tienen su representación y permiten una perfecta ambientación del cómic en el momento histórico narrado.

  La sensación general, repito, es la de estar viendo una película, una muy buena, además. Les recomiendo encarecidamente la lectura de este cómic cuya trama histórica no puedo desvelar, pues supondría poner sobre la mesa la resolución de la historia.

Un mundo sin fin

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KEN FOLLET, Un mundo sin fin

Tras el sorprendente buen sabor de boca que me dejó Los pilares de la Tierra (no me lo esperaba, la verdad, me lo empecé como un pasarratos, dispuesto a abandonarlo en cuanto dejara de interesarme), decidí ponerme manos a la obra con su muy tardía continuación, Un mundo sin fin. Por desgracia, el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas se cumple aquí con bastante acierto. Bueno, partimos de que es entretenido, pero también lo era la primera parte, que sin quedarse en eso era capaz de ofrecer algo más, algo que esta secuela no ofrece.

La novela cuenta la historia de los descendientes de los habitantes de Kingsbridge unos trescientos años después de los hechos sucedidos en Los pilares de la Tierra. Se repiten las luchas de poder de entonces, se repite el juego de poner una obra importante en medio, que en este caso será un puente, se repiten los conflictos entre personajes de distintos estamentos sociales, se repiten los intentos de ascenso en la escala social, y de nuevo hay un misterio que cruzará toda la novela y que, al quedar descubierto al final, nuevamente nos desilusionará, pues de poco sirve conocerlo.

La principal merma con respecto a la primera parte es la pérdida de la unidad. Si bien en Los pilares de la Tierra los personajes, por muy alejados que estuvieran en principio unos de otros, terminaban por formar parte de la misma historia, eso es algo que no sucede ahora. Los relatos de muchos de ellos transcurren en historias paralelas que no llegan a formar parte una única línea narrativa que lo englobe todo. En Los pilares de la Tierra el enfrentamiento político entre Philip y Waleram, terminaba por englobar todos los demás acontecimientos en alguno de sus círculos. Aquí el interés parece estar más dirigido en repetir lo de antes a toda costa, pero dándole la vuelta, basando el argumento en un intento de sorprender al lector, que ve que los descendientes de aquellos personajes que conocía no van a despertar en él los mismos sentimientos que despertaron sus antepasados.

Y esa es otra. El interés por hacer que los descendientes de todos los protagonistas estén ahí, hace que la novela resulte confusa al principio. En Los pilares de la Tierra teníamos capítulos largos que, al principio, otorgaban cada uno de ellos el protagonismo a un grupo de personajes. Eso hacía que pasáramos bastante tiempo con ellos cada vez y los fuéramos conociendo. Ahora los capítulos son bastante más cortos, y nada más empezar la novela se emprende una presentación enloquecida de todos ellos, también con un grupo de personajes en cada capítulo. Pero al ser mucho más breves, pasan bastantes páginas hasta que uno puede prescindir de echar páginas atrás para recordar quiénes son esos señores que aparecen ahora y de los que creo que ya me habían hablado antes.

Cuando hablé de Los pilares de la Tierra puse de relieve cierta intencionalidad de lucha de clases. Ya adelanto que nada de esto puede verse aquí. De hecho, nada que no sea la aventura por la aventura, lo que hace todo sea demasiado precocinado: la intención de buscar la manera de hacer una continuación de la historia anterior, en lugar de haber tenido una idea que encajaba en la historia ya iniciada varios años antes es evidente. Un mundo sin fin, a pesar de ser entretenida e interesante en varios de sus momentos, es una historia vacía, un pasarratos de esos que a veces apetece leer, pero que molesta que pasen de las trescientas páginas porque, de hacerlo, el tiempo invertido en su lectura y lo que ésta nos proporciona quedan muy descompensados. Y Un mundo sin fin supera con mucho ese límite. Demasiado.

Los pilares de la Tierra

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KEN FOLLET, Los pilares de la Tierra

Cuando uno lee Los pilares de la Tierra, le surgen más preguntas que otra cosa. La primera de ellas sería: ¿Cómo se escribe una novela de más de mil páginas, y que de la sensación de ser una lectura ligera a pesar de todo? Bueno, la respuesta a esto es sencilla. Y es que la presentación de Los pilares de la Tierra es casi una trampa, pues podríamos afirmar que se trata de una colección de historias breves, pues casi cada capítulo supone una historia que comienza y termina, aunque lo haga con un gancho para animarnos a continuar con el siguiente que, como en todo buen bestseller, jamás comenzará donde lo había dejado el anterior. Y es que casi todos los capítulos comienzan varios años más tarde de donde había terminado el anterior, con los personajes muchas veces ya cambiados y en momentos de sus vidas muy diferentes a los que habíamos observado en la página anterior. Esta composición nos sitúa casi más ante varias novelas breves que ante una muy extensa, lo que ayuda a hacer más ligera la lectura.

Pero esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Cómo algo que acaba siendo un conjunto de historias que podríamos abandonar al final de cualquiera de ellas mantiene la atención del lector? Obviando el gancho final de cada capítulo, que puede funcionar las dos o tres primeras veces pero no de manera ininterrumpida, lo cierto es que existe una historia central que atraviesa las vidas de todos los protagonistas y que, a pesar de no desarrollarse, va dejando pistas en cada capítulo, provocando de esa manera la curiosidad del lector por unos datos misteriosos que no llega a comprender y que no se le revelarán hasta las últimas páginas, en el epílogo, cuando ya todo haya terminado. De este modo nos encontramos que, aquello que nos ha tenido pegados al libro, arrastrando una historia tras otra, y dejándonos siempre insatisfechos por lo poco que de ello se nos decía, con ganas de averiguar más, es en realidad un misterio que poco o nada aporta a las historias de los protagonistas, pues ningún efecto acaba teniendo sobre ellos al final. Lo cual resulta en parte decepcionante, pues había sido revestido de tanta teórica importancia.

Otra de las preguntas que podría uno hacerse antes de comenzar la lectura es: ¿Cómo un escritor de novelas de espionaje se lanza a escribir una novela histórica, y una de esta envergadura, además? Los que ya la hayan leído se habrán dado cuenta de sobra de que Los pilares de la Tierra tiene mucho más de novela de intriga que de novela histórica. De hecho toda esa parte medieval, ese supuesto argumento que dicen girar en torno a la construcción de una catedral es puro maquillaje, el disfraz medieval de una historia de intrigas en la que en lugar de espías y políticos, intervienen los nobles y el clero. En otras palabras, Ken Follet no busca nuevos lectores en un nuevo género, sino que se lleva a sus lectores de siempre a un escenario diferente.

Todos habrán oído que la historia de la novela gira en torno a la construcción de una catedral, pero yo quiero darles un resumen algo distinto. Se trata del enfrentamiento, a lo largo de toda su vida, entre dos personas: el obispo Waleran, un hombre de la iglesia ansioso de escalar en los puestos de poder, que sabe moverse entre las alianzas y traiciones de las altas esferas, y que cuenta gracias a ello con apoyos en ese orden social, y Philip, el prior de Kingsbridge, un religioso de origen humilde convencido de que debe estar del lado del pueblo. Como ven dejo de lado la construcción de la catedral, que me parece tan sólo una excusa sobre la que hacer girar el juego de poder, a pesar de las muchas páginas dedicadas a su construcción. Pero es que esas páginas no aportan nada a la trama, en realidad, sino que parecen más bien destinadas a relajar la trama política y a ganarse el apoyo de los lectores, presentado problemas y descubrimientos novedosos en la construcción que ya han sido resueltos y que el lector conoce, alabando de esa manera su ego. Quizá el momento más evidente en que esto ocurre es cuando Jack se pregunta por qué cuando no pueden levantar un peso con una palanca, lo que hacen los constructores es buscar una palanca más grande para conseguirlo. Mucho tiempo dedica a esta disquisición y a varias otras más, y puedo imaginar la sonrisa de superioridad satisfecha del lector que ya tiene en su mano la obvia respuesta.

Se habrán dado cuenta por el resumen del argumento que he hecho de que concibo esta novela como algo más bien de ideología revolucionaria. Los dos protagonistas enfrentados, enfrentan consigo al poder contra el pueblo. De hecho son muchas las veces que en la novela el poder comete los más absolutos desmanes sin que el pueblo pueda defenderse, provocando con ello la indignación del lector (y que levante la mano aquel que la haya leído y que al pasar esos capítulos no haya pensado en una bien merecida venganza). Pero Philip cree en el sistema, y durante toda su vida lucha con sus mismas armas contra aquellos que oprimen al pueblo, logrando algunas victorias, pero efímeras, pues aunque en cada capítulo podamos asegurar que “ganan los buenos”, conforme esto avanzan, vemos que ellos siempre están sometidos, y los poderosos siguen ahí suceda lo que suceda, provocando una sensación de impotencia por parte del pueblo, que se ve atrapado por unas herramientas jurídicas y legales puestas al servicio de aquellos de los que deberían protegerlos.

No es hasta el final de la novela cuando este orden se subvierte, y Philip logra que el poder reciba su castigo, pero para que eso pase el prior debe claudicar y cambiar de actitud, asumir que no puede enfrentarse a los poderosos con sus mismas armas. Lo que Philip convoca es una revolución (cruzada, lo llama él): “Tenía la impresión de que lo que ocurriría a renglón seguido sería que un pequeño grupo de seguidores del hombre muerto se alinearían contra todo el poder y la autoridad de un poderoso imperio. Naturalmente. Así empezó la Cristiandad. Y una vez que lo hubo comprendido supo lo que había de hacer. […] ¿Puedo hacer esto? ¿Puedo empezar aquí ahora mismo un movimiento que llegue a sacudir el trono de Inglaterra?”. Bien es cierto, que ni el pueblo toma el control del gobierno, ni la situación de poder llega a subvertirse (lo contrario sería una locura en el contexto histórico de la novela), pero no deja de ser revelador el hecho de que la solución a los problemas sociales deba salir del pueblo, y que no sea hasta que este se hace oír que los estamentos del gobierno tomen medidas.

No creo que Ken Follet, sea un revolucionario, ni un convencido activista de izquierdas, de hecho poco o nada sé sobre él, pero la verdad es que el desarrollo de los acontecimientos de su novela da que pensar.

Los cabellos de Absalón

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PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, Los cabellos de Absalón

La historia que Calderón nos cuenta en Los cabellos de Absalón procede directamente del relato bíblico del Libro segundo de Samuel, en el que se nos cuenta cómo el hijo mayor del rey David, Amnón (que en la comedia de Calderón es nombrado como Amón), se enamora de su medio hermana Tamar, y ante la negativa de esta de rendirse a sus requerimientos amorosos la viola. Tras haberla violado comienza a sentir una gran aversión hacia ella y la repudia. Absalón, tercer hijo de David y hermano de padre y madre de Tamar, pide justicia al Rey, pero este se debate entre el honor de su hija y la vida de su hijo, así que Absalón tomará la venganza por su mano y huirá, volviendo al cabo del tiempo para reclamar el trono de David como suyo mediante la guerra.

La comedia de Calderón sigue casi punto por punto el relato bíblico, con muy pocas variaciones, que quedan reducidas a guiños a la complicidad del espectador, que ya conoce la historia de antemano. Quizá la diferencia más grande es que la Biblia indica que Absalón toma venganza sobre Amnón dos años más tarde de cometida la violación, mientras que en la obra de teatro, la segunda jornada, que es cuando se produce la muerte de Amón a manos de Absalón, tiene lugar al día siguiente de los hechos acontecidos en la primera. Si bien es cierto que, aunque no se diga explícitamente, al comienzo del cuadro tercero de la segunda jornada parece haber pasado algo de tiempo ya, aunque la única referencia temporal que se nos da es que “Es el mayo / el mes galán, todo es flor”, y tampoco sabemos con exactitud en qué momento del año habían sucedido los hechos anteriores.

Sin embargo, dramáticamente es mucho más efectiva la condensación temporal de la acción, que exalta las pasiones en el pecho de Absalón, que pensar en una venganza que se ha dilatado en el tiempo, con la posibilidad de que los ánimos se hayan ido enfriando.

Estamos ante una tragedia, y el espectador puede sentirlo ya desde las primeras escenas (quien conozca la historia previamente, además, no puede tener ninguna duda al respecto). Amón revela a su criado sus pasiones ocultas que nada bueno pueden traer. Y si bien es normal utilizar a los criados por confidentes, no lo es tanto seguir sus consejos del modo en que Amón lo hace, lo que ya nos hace prever que las acciones derivadas de esos consejos no serán justas y encaminarán a los personajes hacia su perdición. También Absalón se dejará aconsejar por su criado y se dejará también llevar por sus pasiones, demostrando con ello no ser mucho mejor que Amón, y siendo así arrastrado al fatídico desenlace.

Pero Absalón no es ni puede ser un gobernante justo, y de ello se nos da muestra en repetidas ocasiones a lo largo de la obra. Muy significativo es que siga los consejos de un criado, consejos por otro lado que tienden a ser de bastante baja moral, pero hay otros dos momentos en los que su carácter queda reflejado a la perfección, con los que sin duda se gana la enemistad del espectador. El primero de ellos es un monólogo que pronuncia en la primera jornada, y en el que deja muy a las claras su presunción, con frases como “Hermosura es una carta / de favor que dan los cielos […] Ésta en mí […] es tan grande…” Este monólogo viene tras un predicción funesta en la que le han advertido “que te ha de ver tu ambición / en alto por los cabellos”, frase en torno a la que girará el resto de la obra. Aquellos que conocen el relato bíblico ya saben que esta es una advertencia de su muerte, pero Absalón, seguro de sí mismo y de su belleza como lo está no la ve del mismo modo, sino que la interpreta como profecía de su coronación, que él cree que le será concedida por su belleza, representada en su larga cabellera.

El segundo momento en el que el carácter de Absalón queda muy bien definido en cuando expresa la indecorosa manera en que piensa reclutar soldados, pues con sus palabras revela que está dispuesto a hacerse con un ejército de traidores y de gente sin honor: “Saldreme al campo, y en viendo / que un pretendiente se queja, / ya de mala provisión, / ya de contraria sentencia, / le llamaré y le diré / que como a mí me obedezca / le haré justicia. Con esto, / los malcontentos es fuerza / que me sigan y me aclamen”. Sólo con estas dos intervenciones queda ya bastante subrayado el patetismo, aunque no de manera tan evidente a como Shakespeare nos tiene acostumbrados, con soliloquios dirigidos directamente al espectador.

Quizá al lector moderno el personaje que más conocido se le haga de la obra sea Salomón, que sabemos que será el sucesor de David. Salomón se muestra en todo momento como un justo heredero de su padre y como contrapunto a Absalón, aunque su presencia sea muy secundaria. Él es la representación de la prudencia frente a las pasiones que dominan a Absalón, permaneciendo siempre en segundo plano, midiendo sus palabras y actuando de manera sosegada, obedeciendo en todo a su padre, que es el rey, demostrando valentía al querer defender a su rey junto a su hermano, pero aceptando la decisión de su padre de huir porque sus hijos han decidido no abandonarlo, y de quedarse todos, todos morirían. Todo esto supone un juego de guiños al espectador, que conoce al personaje histórico, pues poco es el peso dramático que tiene en la comedia.

En lo referente a la estructura de la obra, ésta está claramente dividida en dos partes, división a la que ayuda también la disposición temporal. Las dos primeras jornadas constituyen un drama de honor y se suceden en dos días consecutivos (con la duda que ha he expresado sobre el tiempo transcurrido entre los cuadros segundo y tercero de la segunda jornada). Como drama de honor tienen su final trágico con la muerte de Amón, el ofensor, y la huida de los ofendidos. La tercera jornada es algo diferente. El conflicto se ha trasladado de la familia al reino: ya no estamos ante la pérdida del honor que afecta a sus participantes directos, sino que los acontecimientos afectan ya a todo el reino, pues nos vemos inmersos en una guerra civil por la sucesión al trono. Además, este cambio se ve subrayado por la distancia temporal con los hechos de la primera parte sucedidos hace dos años, como indica Aquitofel en uno de los diálogos: “Que tenga / fin de Absalón el enojo. / Dos años ha…”

Lo que había comenzado entre estancias reales como una comedia palatina, pronto se ha vuelto un drama de honor, para terminar dos años más tarde en escenas acontecidas en espacios abiertos, en el campo de batalla. Y el espectador no puede sino verse arrastrado por todos estos acontecimientos, ávido de averiguar un desenlace que, por otro lado, ya conoce, pues la obra de Calderón supone algo así como un remake de una historia bíblica en el siglo XVII, pero que en esta ocasión puede disfrutar con vestuario, duelos, batallas y el resto de los efectos especiales de la época.