La Guerra Civil contada a los jóvenes

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, La Guerra Civil contada a los jóvenes

Pérez-Reverte ya ha dicho en varias entrevistas que no se trata éste de un libro que pretenda entrar a fondo en la Guerra Civil, sino que pretende ser una mera introducción para animar a los jóvenes lectores a acudir a los libros de historia de verdad, advertencia que creo que sobra, de tan evidente que resulta que aquí no se trata a fondo nada. Es más, casi me atrevería a decir que no se toca nada y punto. Y es que esta Guerra Civil de Reverte resulta tan sólo una acumulación de hechos sin contextualizar, lo que resulta irónico, cuando pretende ser precisamente un contexto para el estudio posterior de cuanto sucedió. Y es que el libro parte de un hecho ya de por sí erróneo (y mira que respeto a Reverte en cuanto a materia histórica se refiere), y es que en la Guerra Cívil no hubo ni buenos ni malos, lo que la convierte en una mera guerra entre imbéciles. Y si bien la Segunda República distaba tanto de ser perfecta que en bastantes de sus aspectos podría ser justamente tildada de deplorable, no hay que olvidar jamás que se trataba del gobierno legítimo de España, y que admitir que no hubo malos implica justificar no sólo aquel levantamiento, sino cualquiera que pueda producirse en cualquier momento. Si admitimos que aquello estuvo justificado, tenemos que admitir también que estará justificado, por ejemplo, un levantamiento contra el gobierno de Rajoy, que también es deplorable. Y eso no puede ser: expulsar violentamente a un gobierno legítimo, por malo que este sea, jamás puede justificarse, porque si lo hacemos estamos perdidos. Y hay que admitir que el gobierno de Franco fue ilegítimo de principio a fin, como lo son a día de hoy el de Cuba o el de China, por mucho tiempo que hayan durado. Por lo tanto, hablar de dos bandos en la Guerra Civil Española es un insulto a la democracia. No hubo dos bandos: hubo un gobierno legítimo (que no recibió el apoyo internacional de aquellos a los que se les llenaba la boca con las palabras libertad, igualdad y fraternidad, aunque eso es otra historia), y un bando golpista que utilizó el ejército para atacar al gobierno y al pueblo a los que debía defender, y que se valió de la ayuda de nazis y fascistas. Que esa es otra, a ver con qué cara explica uno que los nazis y fascistas eran malos malísimos en la Segunda Guerra Mundial, pero un par de años antes, en la Guerra Civil Española, ahí no había ni buenos ni malos.

Un punto a favor hay que darle a Reverte, de todos modos: el par de veces que se refiere al gobierno de la República, lo hace llamándolo el gobierno legítimo de la República, y eso siempre reconforta un poco, pues, por muy de moda que esté invocarlo, el mantra ese de que la historia la escriben los vencedores me sigue dando arcadas cada vez que lo oigo.

Otra cosa es el aspecto del público objetivo. En el título ya advierte que este es un libro para los jóvenes, aunque, qué quieren que les diga, a mí me lo parece más para los niños. De hecho su estructura me recuerda bastante a aquellos libros de texto, que en mi época infantil distinguían entre sociales y naturales, en los que había por sistema un breve párrafo acompañado de un dibujo, por lo general a razón de tres veces por página. Y eso mismo sucede en esta especie de libro de texto del señor Reverte, con la diferencia de que aquí este sistema lo encontramos a página completa. Esto me hace pensar: ¿cuál es el concepto de juventud de Reverte? ¿Acaso ha asumido que la nueva generación de jóvenes está tan idiotizada que no puede comprender texto alguno que supere las 150 palabras? Porque el libro resulta tremendamente infantil, más en el nivel de un niño de 8 años que en el de un joven de, digamos, 15. Si el objetivo realmente son los jóvenes, entonces tendremos que asumir que Reverte ha perdido el norte, pues ninguno puede sentirse cómodo leyendo eso más allá de una lectura de mera curiosidad, la misma que llevamos a cabo los adultos para comprobar qué ha hecho esta vez este escritor. Pero si no sólo son los niños, sino que además resulta que sí, que el libro llega a su público, y que gusta, y que toda una generación de jóvenes le canta alabanzas porque ya era hora de que alguien nos contara la Guerra Civil de una forma que pudiera interesarnos, entonces debemos empezar a asumir que es el país entero el que ha perdido el norte, porque estaremos ante una generación entera incapaz de comprender y juzgar el mundo en el que habita. Personalmente, espero que el libro triunfe en un ámbito mucho más infantil, entre los ocho y los once años, una franja de edad en la que la ausencia de posicionamiento me parece mucho más adecuada.

Parece mentira que un novelista que tanto tiempo lleva escribiendo para adolescentes, con su saga de novelas de El Capitán Alatriste, pierda de vista de esa manera a su público objetivo. Tras tan exitosa serie uno pensaría que ya le habría cogido el tranquillo a cómo dirigirse a ellos, pues los trata en esas novelas como lectores mucho más responsables que los que espera encontrar en esta Guerra Civil. En lo que a mí respecta, entregaría esta lectura a niños de la edad que he mencionado arriba. Como profesor, si tuviera que entregársela a adolescentes, asumiría como un fracaso todo su proceso educativo hasta haber llegado a tan lastimoso punto.

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Tercera parte de La vida del gran tacaño

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VICENTE ALEMANY, Tercera parte de La vida del gran tacaño

Cuando Pablos, al final de El buscón, cuenta que se embarcó para Indias y que una vez allí “fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”, algunos nos quedamos con las ganas de saber qué era lo que le iba a ocurrir al pícaro en América, tras un final tan inusitadamente abierto para la literatura del siglo XVII, no digamos ya para la novela picaresca en cuyo número se incluyen las aventuras de este segoviano. Quevedo no nos sacaría de dudas, pues nunca escribió continuación alguna de sus desventuras pero, aunque hoy en día, al menos en literatura, está en cierto modo mal visto tomar personajes ajenos para escribir sobre ello (no fue poco lo que llovió sobre Isabel Allende cuando escribió sobre el Zorro), esto no siempre ha sido así, y tenemos variados casos a lo largo de la historia, siendo quizá el más notable el de la segunda parte de El Quijote de Alonso Fernández de Avellaneda.

Así pues, más o menos un siglo después de publicada la Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, Vicente Alemany nos trae la esperada continuación. Y se esfuerza en que realmente continúe a la novela original, no sólo tomando a su pícaro protagonista, sino también tratando de imitar el modo de escribir de Quevedo (o más bien del barroco), y haciendo múltiples referencias a situaciones vividas antes por el protagonista en la anterior novela. Aunque si bien Pablos sigue siendo un pícaro movido por las mismas ambiciones que antes y todas esas referencias despiertan nuestra nostalgia del libro original y nos ayudan a situarlo, la imitación del lenguaje, aún siendo buena, no es tan efectiva. La particularidad del libro de Quevedo era una deformación tan intensa y tan continuada de la realidad que nos desconectaba de ella y nos mantenía en una constante carcajada cruel sobre todo lo que allí sucedía. Alemany hace uso de los juegos de palabras que abundaban en el Buscón, e incluso maneja algunas metáforas que buscan con bastante acierto pasar por conceptistas, pero le falta la densidad de Quevedo, capaz de calzar un chiste sobre otro dentro de complicados juegos conceptuales y de palabras, de forma que antes de acabar uno ya está comenzando el siguiente, y así durante toda la novela.

Por otro lado, la intencionalidad de Quevedo no era en absoluto moralizante, sino que debemos tomar El buscón como un juego que busca sólo conseguir la risa, y para hacerlo se basa en una cruel deformación de la realidad. En otras palabras, Quevedo no denuncia, sólo castiga la realidad y la deforma sometiéndola a su juego para provocar la carcajada. Quizá la última frase de su novela sea la única moralizante que podamos encontrar en ella. La intencionalidad de Alemany es principalmente de denuncia, y en ningún momento, aunque pueda parecernos lo contrario, exagera el mundo, sino que expone las cosas tal cual suelen suceder para denunciarlas. Mientras Quevedo trabaja con tópicos al gusto, Alemany sabe perfectamente cómo funciona la sociedad y la política en Indias y en Filipinas y lo describe al detalle para aviso de sus lectores, que más que reírse de las desdichas del pobre Pablos, quedan asombrados ante la serie de desmanes que allí se producen, recuperando así finalidad original de la novela picaresca de servir de crítica social mediante la muestra de aquellos ejemplos que no deben seguirse.

Y esa resulta ser una de las cosas más interesantes de la novela: Alemany conoce de primera mano y al detalle cómo eran las cosas en las Filipinas, y aunque esa no sea un problemática actual del país (no del mismo país que entonces, al menos), sí que supone la exposición de una situación capaz de desbordar la imaginación del lector, por el enfoque que tiene casi de novela de aventuras.

Respecto a la edición que yo he leído (la de la foto), me parece bastante poco acertada, pues viene camuflada bajo el aspecto de ser algún tipo de estudio, y nada más lejos de la realidad. Además, en su portada prescinde totalmente de la información de la novela que edita, y aparece publicada como un anejo de la revista de investigación literaria sobre el Siglo de Oro La Perinola, lo que me hace pensar que en EUNSA querían que sólo el grupo de investigadores del GRISO le echara un vistazo, nada de lectores potenciales, ya saben, no está hecha la miel para la boca del asno. Personalmente creo que EUNSA podía haberse esforzado un poquito más en presentar la novela como lo que es, una novela, para que, aunque se trate de un género literario que no vaya a ser un best-seller hoy en día, al menos aquellos lectores de novelas a los que les pudiera interesar tuvieran la posibilidad de saber de su existencia.

La destruición de Numancia

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MIGUEL DE CERVANTES, La destruición de Numancia

Para quien no conozca la historia, La destruición de Numancia cuenta la conquista de la ciudad de Numancia por parte de los romanos, y cómo los numantinos prefirieron destruirla y acabar con sus vidas antes de entregarla.

Se trata de una de las obras de la primera etapa teatral de Cervantes y está dividida en cuatro actos, estando el segundo de ellos dedicado, casi por completo, a mostrar todo un ritual de prácticas adivinatorias. Cipión (Escipión) tiene sitiada la ciudad de Numancia, y está decidido a vencerla por el hambre, consiguiendo así todos sus tesoros sin perder ni una sola de las vidas de sus soldados. Los soldados numantinos, listos para el combate, y tras consultar a sus oráculos, piden que el asunto se dirima mediante un combate singular, para evitar de ese modo un inútil derramamiento de sangre, pero Cipión se niega a ello, pues no tiene intención de luchar y sabe que la ciudad no podrá librarse de él. Ante esta situación, y viendo que es imposible vencer puesto que poco a poco todos los habitantes de la ciudad van pereciendo de hambre, los hombres deciden cargar contra los romanos y poder así morir en batalla, pero sus mujeres se lo impiden, porque ellas quedarán así en manos del invasor. De modo que la resolución que toman es la de quemar la ciudad y matarse los unos a los otros, para que nada quede en pie ni nadie quede vivo, y arrebatar de ese modo la victoria a Cipión, que no tendrá nada que ofrecer a Roma.

Lo primero que me llamó la atención (y que no recordaba) mientras releía la obra, fue lo arduo de su lectura. Tenía que leer varias veces muchos fragmentos para enterarme de lo que allí decía, y no lo achacaría tanto a la dificultad intrínseca del texto, sino más bien a la falta de fluidez del discurso y lo deshilvanado de los versos. Les transcribo una estrofa para que vean a qué me refiero:

En blandas camas, entre juego y vino,
hállase mal el trabajoso Marte.
Otro aparejo busca, otro camino.
Otros brazos levantan su estandarte.
Cada cual se fabrica su destino.
No tiene allí fortuna alguna parte.
La pereza fortuna baja cría;
la diligencia, imperio y monarquía.

Lo que vemos en esta estrofa se repite mucho a lo largo de toda la obra. Los versos no se suceden unos a otros de manera natural, como nos tienen acostumbrados Lope o Calderón, sino que presentan constantes pausas fuertes que hacen incómoda la lectura. Además da una nada agradable sensación de estar leyendo una serie de ideas impuestas una tras otra de forma abrupta, no hay un desarrollo de aquello que se nos está contando.

Esta sensación de comedia poco acabada nos asalta también en el desarrollo de la historia, en la que interfieren demasiados elementos que poco o nada interesan a lo que se nos cuenta y que llegan a dificultar el correcto discurrir de la historia, no digamos la capacidad del espectador o lector para introducirse en ella. Me refiero, por ejemplo, a la introducción de las figuras alegóricas al final del primero y el cuarto actos, toda la escena adivinatoria del segundo acto, la inexplicable historia de amor de Marandro y Lira o la escena de la cobardía de Bariato, pues todas ellas rompen la unicidad de la obra.

Esas figuras alegóricas de las que he hablado aparecen al final del primer acto en las representaciones de España y el Duero, y en el cuarto acto, donde serán la Guerra, la Enfermedad, el Hambre y la Fama quienes nos hablen (incluso me atrevería a contar entre ellas al Muerto que habla, explicando cuál será el final de esa guerra, al final del segundo acto), y nos recuerdan a los coros del teatro griego, aunque no se ajusten exactamente a aquello. Cervantes, en su prólogo a las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados, insiste en que “fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes”, a pesar de que dichas figuras habían venido usándose desde hace ya tiempo. Pero en la obra de Cervantes no forman parte del elenco de personajes, sino que articulan un discurso aparte dirigido a los espectadores, pero nunca a los otros personajes, motivos por el cual nos recuerda al coro de la tragedia griega.

Con respecto a las otras historias que he mencionado, poco diré sobre ellas, todas presentan personajes que no llegan a unirse al argumento central de la tragedia, con lo que su aparición supone una distracción bastante molesta para quien intenta entender qué se le está contando. Los amores de Marandro y Lira muestran la nobleza de espíritu de los sitiados, pero no terminan de encajar en el armazón dramático y la escena de Bariato parece buscar alguna suerte de justicia poética (de corte cristiano) ante la cobardía frente al enemigo (recordemos que se trata del único personaje que muere por su propia mano, y por lo tanto en pecado mortal).

Pero resulta absurdo abordar formalmente una obra teatral de Cervantes, pues distan mucho del perfecto hacer al que otros de su época nos tienen malacostumbrados. Cervantes era un escritor de ideas, y por ello el campo perfecto para él era la novela, un terreno de libertad casi absoluta, algo que pareció ser el primero en comprender. Y son muchas las cosas que aquí nos quiere contar, tal vez demasiadas para el género que está manejando, y además en verso, algo que a todas luces no se le da muy bien, al menos en contraste con los grandes genios del verso con los que le tocó compartir época.

Resulta interesante leer a Cervantes fuera de la novela, que es en lo que siempre ponemos especial énfasis, pero requiere un mayor esfuerzo, pues por mucho que algunos se esfuercen en defender su grandeza en todos los géneros porque “es Cervantes”, lo cierto es que la maestría indiscutible que demuestra en la novela no es tanta cuando se traslada al teatro.

Misterioso asesinato en casa de Cervantes

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JUAN ESLAVA GALÁN, Misterioso asesinato en casa de Cervantes

Pues este ha sido el flamante ganador del Premio Primavera de Novela 2015, y la verdad es que el resultado no está nada mal. No se trata de una novela que vaya a meter a su autor en la historia de la literatura de los próximos 400 años, pero no sólo de obras maestras se sacia nuestro apetito de ficciones, y siempre he creído que a una historia hay que exigirle un mínimo (que sea interesante, que esté bien contada y poco más), y que todo lo que lo sobrepase, pues bienvenido sea, aunque no es indispensable. En ese terreno se mueve esta novela de Eslava Galán. Sin duda es interesante y sin duda está bien contada. Incluso nos ofrece alguna que otra enseñanza moral que parece que no terminamos de aprender, además de resultar toda una delicia para aquellos apasionados de la época en la que suceden los hechos.

El título de la novela puede llevarnos a engaño, pues en absoluto es el insigne manco su protagonista, sino que más bien sirve de anzuelo para atraer al lector a la España del Siglo de Oro. En la historia aparece un muerto en la puerta de la casa en la que vive Cervantes con sus hermanas en Valladolid, por lo que las sospechas de asesinato recaen sobre ellos, que son puestos a disposición de la autoridad. La duquesa de Arjona, admiradora del escritor y convencida de su inocencia, contrata a una pesquisidora, doña Dorotea, para que no sólo pruebe su inocencia, pues eso no eliminaría los rumores de culpabilidad, sino que encuentre al verdadero asesino. Así pues, el verdadero protagonista de la historia no será don Miguel de Cervantes, sino doña Dorotea cuyas averiguaciones y ardides iremos siguiendo a lo largo del relato.

Para conseguir sus objetivos, y debido a las limitaciones de una mujer en la época, Dorotea toma en ocasiones el hábito de Teodoro, lo que le permite moverse con libertad en el mundo de los jaques, al que una dama jamás podría acceder. Pero he dicho antes que los amantes de esta época disfrutarían aún más de esta lectura, y lo he dicho por la recreación no sólo histórica, sino también literaria que Eslava Galán lleva a cabo en sus páginas. Y es que el de la mujer que se disfraza de hombre para poder llevar a cabo acciones que como mujer le estarían vedadas es una figura muy típica, sobre todo en el teatro de la época. Les recomiendo echar un vistazo a uno de mis favoritos en este aspecto, Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, una obra que juega sin cesar con este cambio de sexo del personaje principal. Además, uno de los motivos para estos disfraces en los que las damas tomaban prendas masculinas eran de índole erótica, lo cual queda bastante difuminado en esta novela (lógico, puesto que no es una representación), pues los hombres podían ver sobre el escenario la forma de las piernas de la mujer, acostumbrados como estaban a que éstas quedaran ocultas bajo las amplias faldas.

El lenguaje de la época también está muy bien conseguido, con muchos giros, expresiones y vocabulario áureos, pero no imitándolo sin más, sino más bien adaptándolo a nuestra realidad. Personalmente otorgo un gran valor a esto, pues la simple imitación del lenguaje literario de los siglos XVI y XVII habría dado una novela del todo fuera de lugar, ajena a los lectores actuales. Que nadie se engañe, lo que podemos leer aquí no es la forma de expresarse de entonces, sino una muy actual pero perfectamente maquillada para evocarnos la época en la que se suceden los acontecimientos. Algo parecido es lo que hace Arturo Pérez-Reverte con su Capitán Alatriste, pero hay que reconocerle a Eslava Galán habernos ofrecido una recreación mucho más conseguida que la de Reverte, que casi se limita a ir introduciendo expresiones que suenan a viejo de vez en cuando.

Y hablando de Alatriste (que, nos guste o no, forma ya parte del imaginario colectivo de los españoles del siglo XXI y se ha colocado como un personaje más de nuestra cultura actual por derecho propio), también él tiene cierta presencia en el libro que nos ocupa. Si no es pensando en esa serie de aventuras, no puedo entender un personaje como el de Muzio Malatesta, italiano, experto en la verdadera destreza, que a veces acepta encargos de lances para bañar su espada en sangre y que se mueve entre el terreno del honor y la traición. Incluso su apellido lo delata. Parece una especie de alter ego de Gualterio Malatesta.

Queda espacio también para las disquisiciones de orden moral, que, como no puede ser de otro modo en una novela ambientada en esta época, deben tratar sobre los males que aquejan al país. Podemos leer: “Los oficios se reputan como innobles e indignos de hombres libres, por cuya causa abundan tanto los holgazanes y las malas mujeres, además de los vicios que a la ociosidad acompañan. El noble quiere vivir de sus rentas; el pechero que nada tiene, queriendo subir de estado, abandona el campo y viene a la ciudad […] Incluso los que trabajando mejoran, en cuanto juntan suficientes dineros compran hidalguías y casan a sus hijos con nobles de más linaje para que sus nietos no tengan que trabajar, y así, en cuanto pueden, liquidan los negocios para vivir noblemente de las rentas […] Por otra parte, en esta casa fatigosa nuestra de España hay tan gran suma de hijosdalgo, monasterios, clérigos y otras personas de orden, libres de pagar tributos, que necesariamente todo el peso del mantenimiento del reino descansa sobre los débiles lomos de unos pocos, los cuales lo tienen a maldición y sólo sueñan con pasarse al número de los que viven de rentas”. No me digan que no ven en estas pocas líneas un vivo reflejo del país que actualmente tenemos. Sólo hay que hacerle algunos pequeños arreglos a los términos necesariamente anticuados que en ellas aparecen. Pero como casi siempre sucede, supongo que nos quedaremos mirando al dedo.

Una vida en China 3 – El tiempo del dinero

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del dinero

Con este tomo terminan la comiqueras memorias e Li Kunwu, y he de decir que lo que en los dos volúmenes anteriores se me había antojado un acierto, ahora se me presenta como el mayor defecto que arrastra la novela. Estoy hablando, por supuesto, de su ánimo por contarlo todo de manera testimonial, de su afán por mantenerse al margen, pues ahora semejante pretensión se vuelve falsa al silenciar determinadas características de la sociedad china actual, ofrecer excusas para no hablar de acontecimientos capitales y terminar con un alegato que de ningún modo puede estar en boca del narrador puramente objetivo que nos había vendido.

Las estructuras narrativas que habíamos visto en los dos primeros tomos desaparecen aquí para dar paso a una narración más abierta que no responde a los modelos anteriores. Ya no hay un fin de ciclo ni se nos remite a momentos anteriores que crean estructuras en anillo: la historia se nos presenta ahora como un continuo avanzar sin detenerse, que a fin de cuentas es la ilusión que planea sobre la sociedad china actual. La historia puede dividirse claramente en dos partes: una primera que cuenta los hechos acontecidos antes de la primera salida al extranjero, a París, del protagonista, que muestra una China en rápida evolución en la que los valores revolucionarios se han cambiado por la posibilidad de hacer negocio, y una segunda que se inicia al regreso de ese viaje y que muestra una sociedad china actual altamente competitiva pero situada en un limbo que sugiere que no ha llegado aún a su destino.

No hay ninguna recriminación formal que hacerle al cómic, su forma de contarnos la historia sigue siendo tan correcta y estimulante como en los dos tomos anteriores. El problema está en su manía de no tomar partido, no porque no lo tome, sino porque ahora así lo dice abiertamente, y sin embargo es mentira. Ahora habla de la apertura de China al mundo, pero ni una sola pincelada hay sobre la relación real de China con los extranjeros, sobre el racismo de tantos ciudadanos chinos alimentado por el gobierno chino… la presentación que se hace de la nueva situación no responde a la nueva situación, sino que permanece anclada en una visión revolucionaria de obediencia al partido y camaradería social, cuando esos ya no son los valores imperantes.

Además, todo lector de la obra espera encontrar aquí algo sobre la revuelta estudiantil de Tian’anmen, y no sólo no encuentra nada, sino que además el autor cae en justificaciones que contradicen otras partes de su obra. La excusa para no decir nada (ni una palabra) sobre Tian’anmen es que él no estuvo allí, estaba muy lejos en el interior de China y sólo le llegaron algunas noticias. “Lo poco que sabía de Tian’anmen lo escuchaba por la radio”, dice. Pero tampoco estuvo presente en la muerte de Mao y sí que explica cómo le llegó aquella noticia. Ésta no es menos importante, sólo más incómoda de contar. Tampoco estuvo presente cuando se conocieron sus padres y nos lo cuenta, ni estuvo presente en la formación y crecimiento de los negocios de sus amigos y conocidos y también nos lo cuenta. Utiliza también una llamada a evitar todo aquello malo para el progreso, muy en la línea de lo que exige el Partido Comunista Chino: “China, por encima de todo, necesita orden y estabilidad para su desarrollo. Lo demás, en mi opinión, es secundario”. Pero lo que más me escama es que de pasada, en el discurso para evitar mencionar este suceso, lo trata como un enfrentamiento y lo compara con otros sucedidos en la historia de China, entre los que cuenta la revolución cultural, como si pudiera establecerse el más leve parecido entre unos estudiantes que se levantaban para reclamar sus derechos y otros que lo hicieron para aplastar los derechos ajenos. Termina el alegato de la siguiente manera: “Me gustaría dejar este debate para las generaciones venideras”. Claro, para aquellas a las que les resultará ya demasiado lejano, y si alguien intenta reabrirlo le dirán eso de que no hay que remover el pasado. Enterrar las injusticias, en suma, para que no se hable de ellas. Una actitud bastante cobarde.

Por último está el gran discurso final, en el que se hace un rápido recorrido por toda la historia china, para mostrar cuánto se ha desarrollado, y terminar diciendo que aún tiene que avanzar mucho más, haciéndose así eco de ese sueño chino de que su país puede continuar desarrollándose sin parar, con el latiguillo de “aunque todavía no sea perfecto”, tantas veces escuchado en esta tierra para terminar con cualquier crítica que pueda hacerse hacia el país. Evidentemente, nada de objetivo tiene este discurso, resulta más bien una arenga que otra cosa.

En conclusión, un final que, a pesar de ser narrativamente tan bueno como lo que había venido antes, resulta más bien decepcionante, al convertirse en un discurso político encubierto que no sólo evita cualquier tipo de crítica, sino que defiende las políticas oficiales y que se introduce siempre en los momentos más emotivos para que sea asimilado sin más.

Una vida en China 1 – El tiempo del padre

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del padre

Li Kunwu, que en su juventud pintó carteles de propaganda para el Partido Comunista Chino, nos cuenta en esta novela gráfica cómo fue su infancia y las circunstancias que la rodearon. Y lo cuenta de una manera puramente descriptiva, sin hacer ningún tipo de crítica contra el momento que le tocó vivir, ni tampoco ningún discurso para ensalzarlo. Sólo nos muestra cómo fue, con las cosas que le pasaban entonces por su cabeza, sin juzgar nada desde el presente.

Esto, que puede parecer una manera de tomar distancia frente a cualquier tipo de reivindicación, se convierte en estas páginas en la crítica más dura que podría hacerse de la historia china, por lo fuera de lugar que resulta todo cuanto aparece ante nuestros ojos a lo largo de la novela gráfica. Los personajes que aparecen en ella son revolucionarios convencidos, todos están del lado de la revolución y ninguna crítica se hace a su manera de pensar. Es más, podríamos creer incluso que se apoya esa manera de pensar, y no nos faltaría razón. Pero por desgracia parece que la revolución no está de su lado y tarde o temprano se vuelve contra ellos.

La historia comienza con lo que podríamos considerar un pequeño prólogo en el que vemos cómo se conocen los padres del protagonista. El padre es un joven mando revolucionario que se detiene en la aldea de la madre para dar un discurso de enardecimiento revolucionario, lo que él llama instruir al pueblo, y allí ve a una jovencita cuya mano pide. Lo primero que llama la atención al lector occidental es la relación entre la pareja, pues a pesar de que se les supone amor al uno por el otro, siempre se dirigen a su cónyuge como “camarada”, y su vida en común parece más basada en preceptos revolucionarios que en ningún tipo de intimidad.

Una de esas cosas que se muestran sin posicionarse ni a favor ni en contra es el adoctrinamiento que se lleva a cabo sobre la población, principalmente sobre los más pequeños, aunque no sólo. El tomo se divide en tres capítulos, y cada uno de ellos va precedido por una canción infantil de las que se cantaban en los colegios que no tienen desperdicio. Transcribo la primera de todas, pues creo que impresiona por lo terrorífico de inculcar una cosa así en una mente que se está formando:

La grandeza del cielo y de la tierra
no superan la grandeza de
la buena voluntad del Partido.
El amor de la madre y del padre
no supera el amor del presidente Mao.
La profundidad de los ríos y de los mares
no supera la profundidad
de la fraternidad de las clases.
Mil o diez mil cosas buenas
no igualan al socialismo.
El pensamiento de Mao Zedong
Es la joya de la revolución.
El que se opone a él,
ese es nuestro enemigo.

 

Además asistimos a la deificación de la figura de Mao, cuyas palabras hay que dar por ciertas sin cuestionárselas y no sólo eso, sino que el conocimiento de esas palabras se convierte en el único válido, el único que debe enseñarse. Ni que decir tiene que esto favorece la revolución cultural, pues a todos esos guardias rojos les enseñaron desde niños que las palabras de Mao eran la única guía válida, y se lo enseñaron precisamente sus profesores y mayores, los mismos que luego tuvieron que padecer esas enseñanzas.

Asistimos a cómo los chinos padecen una hambruna que no comprenden, pues su presidente les dice que están teniendo las mejores cosechas en años y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a un empobrecimiento del país que tampoco entienden, pues su presidente les dice que han superado en producción de acero a cualquier país del mundo y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a la incomprensible caída en la ignorancia del país, pues sólo se preocupan de las palabras de Mao que… evidentemente tienen que ser ciertas.

La historia de este primer tomo termina con el anuncio de la muerte del presidente Mao, y con la perspectiva de un pueblo que ha perdido a su guía, y sin el cual no puede seguir adelante. El tiempo de la revolución de Mao ha terminado, y se abre un nuevo comienzo aunque, claro, para una población educada en la deificación de su líder, del que seguro que creían que iba a guiarlos por toda la eternidad, el nuevo comienzo es muy difícil de ver y el tomo cierra con una gran cantidad de rostros sumidos en la desesperación que van a alejándose cada vez más, hasta quedar como una mancha de la que sólo distinguimos su lamento en el bocadillo del texto.

Hombres buenos

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Hombres buenos

¡Por fin!

La exclamación puede parecer excesiva, pero es que hacía tiempo que no me topaba con una novela de Pérez-Reverte que realmente me entusiasmara (de las últimas evité Un día de cólera y El asedio, pues me evocaban la insoportable Cabo Trafalgar, aunque aún no he renunciado por completo a su lectura). El desastre comenzó con la publicación, hace ya algunos años, de La carta esférica, y desde entonces no había conseguido dar con una novela de Reverte que me entusiasmara, no porque les faltara calidad literaria, pues convendremos en que no estamos ante un señor dado a escribir obras maestras, sino porque carecían de seriedad, unas empeñadas en alardear de un lenguaje “ingenioso” y otras esforzándose en demostrar lo desengañado que estaba del mundo. Sin embargo estos Hombres buenos me recuerdan a la que quizá sea la novela de Reverte con la que más he disfrutado hasta la fecha: El maestro de esgrima.

La historia se nos presenta desde cuatro puntos de vista diferentes que corren paralelos a lo largo del relato, permaneciendo dos de ellos como meros comentadores de la acción principal en la que nunca se involucran directamente, uno de ellos por razones obvias. El eje de la historia lo conforma el viaje que dos académicos de la Real Academia Española, el bibliotecario don Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, deben hacer hasta París para hacerse allí con un ejemplar de la Encyclopédie en su primera edición de 28 volúmenes, para lo cual contarán con la ayuda del abate Bringas. Historia paralela a esta es la del bandido Raposo, contratado para impedir que los académicos lleven a cabo su misión, y cuyo viaje no llega a cruzarse con el de los protagonistas hasta el final. Desde Madrid siguen por carta el transcurso del viaje, y confabulando contra su buen cumplimiento, otros dos académicos, Justo Sánchez Terrón y Manuel Higueruela, interfiriendo estos en la historia central de forma indirecta, tan sólo a través de su esbirro contratado, Raposo. Por último tenemos una cuarta línea que me ha resultado más interesante de lo que cabía esperar, y es aquella en la que el propio novelista, autor de la obra que vamos leyendo, nos explica, al mismo tiempo que van sucediéndose los acontecimientos, el proceso de creación de la novela, con sentido del humor en ocasiones (empiezo a ver a Francisco Rico como a una especie de personajillo cómico tras el empeño que tanto Reverte con Marías andan poniendo en ello, en vez de cómo al crítico de presencia casi amenazante al que conocí en mis tiempos universitarios), con precisión de historiador en otras y con el afán fabulador del novelista cuando parece que el historiador no puede ir más allá. Pero esta parte de la novela no es sólo documental, sino que está cubierta también por el velo de la ficción al ocultar su propio nombre, dar títulos alternativos a novelas suyas de sobra conocidas por todos y, sobre todo, al fantasear sobre una supuesta novela sobre un crimen en el interior de la Real Academia, que yo mataría por ver convertida en realidad. Es gracias a las explicaciones del novelista sobre cómo dio forma a lo que leemos, que nos resulta más sencillo sumergirnos en ello y dar por cierta la historia, no sólo en su línea histórica central, sino en los actos y personalidad de sus protagonistas y en su capacidad para inclinar el rumbo de la historia hacia un lado u otro, que se refleja irremediablemente sobre nosotros como personas individuales.

Y eso es lo que más cautiva de la nueva novela de Reverte, sus personajes. Una vez alguien me dijo que los personajes de Pérez-Reverte son monigotes, payasos. Y creo que esa persona tenía razón, no tanto en cuanto al apelativo que escogió para referirse a ellos, sino en su concepción. Los personajes de Reverte están revestidos de una falsa profundidad, son completamente planos, tipos que ni evolucionan ni tienen posibilidad de hacerlo. Pero, si me preguntaran por mi opinión, creo que ni falta que les hace. Cada uno de ellos está muy bien asentado en su papel y no veo por qué habría que modificarlo. Además, si bien no pasan de ser máscaras de una tragedia griega, cada una de esas máscaras conforma una parte del alma humana, y nosotros como lectores, no podemos identificarnos en uno sólo de ellos, sino en todos al mismo tiempo. En una novela de Reverte está el personaje en el que nos vemos nosotros (en mi caso, quizá, ese Bringas enfadado con el mundo e incapaz de sentir una patria de la que sentirse parte), en el que vemos la parte de nosotros que no nos gusta (la maldad de Higueruela capaz de todo por lograr sus objetivos, o la doble cara de Sánchez Terrón buscando excusas para sus acciones, o incluso la incapacidad de raposo para tomar partido, excusándose en que el mundo es así), en el que vemos a quien nos gustaría ser (ese almirante Zárate, de moral recta, que siempre sabe cuál es su lugar), o en el que distinguimos la inocencia con la cual todos hemos actuado en alguna ocasión (como el cándido Hermógenes Molina). No son personajes completos, sino que entre todos completan uno, y ese es el caso que parece darse aquí.

Pero lo que más me ha gustado han sido los diálogos. Esos diálogos sobre el mundo, sobre sus posibilidades y sobre el mal camino al que lo lleva la realidad, quizá lo que más me ha recordado a El maestro de esgrima. Una queja sobre España a la que Reverte nos tiene ya acostumbrados, y que, desde la distancia histórica, nos muestra nuestros males actuales de país que nunca aprende: “Y encima, lo poco de dentro lo convertimos en arma arrojadiza, de discordia: tal autor es extremeño, aquél es andaluz, éste valenciano… Nos falta mucho para ser nación civilizada con espíritu de unidad, como las otras que con justo motivo nos hacen sombra… Creo que no es el mejor medio recordar siempre, como solemos, la patria de cada cual. Antes convendría sepultarla en el olvido, y que a ninguna persona de mérito se la considere otra cosa que española”. O cuando expone otra idea, en clara referencia a todos los gobiernos, sin excepción, de la democracia española: “Sólo un Estado organizado y fuerte, protector de sus artistas, pensadores y científicos, es capaz de proveer el progreso material y moral de una nación… Y ese no es nuestro caso”. No sale España muy bien parada de sus reflexiones, y la verdad es que razón no le falta: “España… Allí sólo se pide un poco de pan y toros. Allí se odia la novedad, y se detesta cuanto pretenda removerla de la ociosidad, la pereza y la poca afición al trabajo”.

Ante tan desolador panorama es Bringas quien hace un discurso de esperanza en un nuevo hombre (discurso muy similar, por cierto, al que ya ha hecho Reverte en recientes entrevistas, y me viene a la cabeza una que hace no mucho realizó para Salvados), pero que está teñido de desastre y pesimismo ante la imposibilidad de que ese nuevo hombre se encarne en el actual: “Alguna vez llegará el amanecer. Vendrá el nuevo día. Habrá hombres que le gocen, entornando los ojos, agradecidos, al recibir los primeros rayos del sol… Pero los que hicimos posible ese amanecer ya no estaremos allí. Habremos sucumbido a la noche, o asistiremos al alba pálidos, exhaustos, deshechos por el combate”. En El maestro de esgrima no había lugar para la esperanza, por escasa que aquí parezca, sólo el desastre se reflejaba en las palabras de inspiración clásica que allí leíamos: “Nos encontramos en la última de tres generaciones que la Historia tiene el capricho de repetir de cuando en cuando. La primera necesita un Dios, y lo inventa. La segunda levanta templos a ese Dios e intenta imitarlo. Y la tercera utiliza el mármol de esos templos para construir prostíbulos donde adorar a su propia codicia, su lujuria y su bajeza. Y es así como a los dioses y a los héroes los suceden siempre, inevitablemente, los mediocres, los cobardes y los imbéciles”. Aquello estaba escrito en una época de bonanza y reflejaba los males que nos aquejaban entonces, mientras que esta novela de ahora está escrita en medio de una crisis, y refleja los males que nos aquejan ahora, y es que Reverte, a pesar de su condición de escritor de novelas de aventuras, para evadirse, siempre ha estado muy apegado a su tiempo temática y argumentalmente (aprovechando aniversarios, modas y demás), y no acostumbra a dejar de lado aquellas cosas que lo preocupan de la sociedad.

En definitiva, he disfrutado de la aventura, la filosofía (de los dos tipos, como dicen los personajes en París), e incluso del humor de la novela, una característica esta última creo que más acentuada que nunca. Pérez-Reverte me ha dado la satisfacción de reencontrarme con aquel novelista que me encantó de adolescente y al que hacía mucho tiempo que no veía. Y ni que decir tiene que les recomiendo encarecidamente su lectura, pues si bien no es ninguna obra maestra, es una obra de nuestro tiempo, y mientras vivamos en él (y no nos queda otro remedio) no tendrá menos valor que otras obras ya consagradas.