El Galeón de Manila

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DOLORS FOLCH, FERNANDO ZIALCITA, HAN QI, CARMEN YUSTE, Los orígenes de la civilización: El Galeón de Manila

El galeón de Manila son las actas de una conferencia celebrada en Shanghai en el 2013, y se compone de cuatro ensayos académicos centrado en la ruta que unió Méjico con las Filipinas y las transformaciones que produjo en los países que tomaron parte en ella.

Para la escritura de los ensayos se eligió a una persona de cada uno de los cuatro países que se vieron involucrados en la ruta del galéon: España (Dolors Folch), Filipinas (Fernando Zialcita), China (Han Qi) y Méjico (Carmen Yuste).

El ensayo de Dolors Folch, “El Galeón de Manila”, explica los detalles de la necesidad de esa ruta marítima que fue abierta hasta China por los españoles, y los motivos que propiciaron la posibilidad de comerciar con este lejano país, que encabezan la necesidad de plata en China como moneda de cambio, en un momento en el que el papel moneda del gigante asiático estaba muy devaluado y sus monedas resultaban muy grandes y pesadas en relación a su valor.

Fernando Zialcita, en “El Galeón de Manila: cuna de una cultura”, habla de la formación de Filipinas como país y de la consolidación de la identidad filipina, en el que me ha parecido el más flojo de los cuatro ensayos, pues da la sensación de estar más centrado en una suerte de nacionalismo que en el suceso histórico en sí. El abuso de palabras en tagalo (o supongo que en tagalo, aunque no puedo asegurarlo), rompe continuamente el ritmo de la lectura, haciendo decaer el interés.

Más interesante resultaba la descripción que hace Han Qi de la dinastía Ming en “La influencia del Galeón de Manila sobre la dinastía Ming”, en donde hace un bosquejo de los problemas que acuciaban a China cuando llegaron los españoles, y explica cómo vieron una posible salida a esos problemas económicos en la posibilidad de la obtención de plata a través del comercio con los españoles, posibilidad que no supieron administrar todo lo bien que deberían haberlo hecho. También apunta los planes de conquista de China por parte de los españoles, que nunca llegaron a realizarse.

El último ensayo, “Nueva España, el cabo americano del Galeón de Manila”, de Carmen Yuste, nos explica el desarrollo que supuso para Méjico la actividad comercial producida por el galeón, y la corrupción que también trajo consigo.

El punto en común que siempre aparece en los ensayos es la necesidad que China tenía de plata, y cómo esa necesidad hacía que el valor de la que llegaba de Méjico se multiplicara al llegar allí, haciendo que mercancías de gran calidad resultaran enormemente baratas.

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Aida

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GIUSEPPE VERDI, Aida

Nunca antes había asistido a la representación de una ópera, y por eso mismo no sabría decir si mi grado de fascinación al término de la primera se debía a la verdadera calidad de lo que desfilaba ante mis ojos o sólo a mi inexperiencia. A riesgo de equivocarme me decantaré por lo primero.

El asunto duró tres horas largas, aunque también hay que admitir que hubo tres entreactos de quince minutos cada uno, que ya son ganas de alargarlo innecesariamente (a mí me sobraban dos, aunque creo que habría sido capaz de tragármelo todo de un tirón).

No hablaré de la música, nada puedo decir sin meter la pata, pues disto mucho de ser un experto, ni tan siquiera un aficionado a la ópera. Además, creo que, quien más quien menos, todos conocemos en cierta medida esta ópera de Verdi.

Sobre el argumento, para quienes lo tengan algo difuso, se trata de la historia de amor entre el general egipcio Radamés y la esclava Aida. En una incursión Radamés captura al padre de Aida y entre él y su hija lo engañan para traicionar a Egipto. El egipcio será condenado a ser enterrado vivo, pero al cumplirse su condena Aida se cuela en la tumba y los dos amantes mueren juntos. Esta es la historia a muy grandes rasgos.

Aunque lo verdaderamente impresionante, lo que hace que uno no pueda abandonar la ópera, me atrevería a asegurar que incluso para aquellos a los que la música pudiera parecerles terriblemente soporífera (hay gente para todo), es la escenografía. En mi vida había visto decorados como esos, con construcciones enormes y realizadas hasta el último detalle, que, no sólo tenían la función de arropar la acción, sino que además eran practicables, haciendo que la ingente cantidad de actores que desfilaba ante mis ojos pudiera aparecer por cualquier sitio y realmente interactuara con el decorado, no sólo lo tuviera tras de sí.

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Pero ahí no acababa la cosa. Cuando creías que el decorado era majestuoso, descubrías además que era móvil, con compuertas que se abrían para dar paso a nuevas escenas, escenarios enteros que se elevaban dejando salir uno nuevo de su interior… Incluso enormes carrozas construidas, algunas de ellas, para aparecer ante nuestros ojos un escaso minuto y aportar su granito de arena a la grandiosidad del conjunto.

Todo esto, mezclado con proyectores que plasmaban imágenes en movimiento sobre cortinas transparentes que se iban situando a distintas distancias y que los espectadores no podíamos ver debido a la iluminación, convertían la representación en algo capaz de dejar boquiabierto a cualquiera, aún más en combinación con la majestuosidad de la música.

Como les digo, mi primera ópera. Aunque después de tal descubrimiento, les aseguro que no será la última.

Los pies vendados

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LI KUNWU, Los pies vendados

Lo interesante de Los pies vendados no es la manera en que cuenta la historia que cuenta, sino el simple hecho de imaginar que pudiera suceder algo así. Y no me refiero a la costumbre de romperles los pies a las niñas para vendárselos, que ya es de por sí algo salvaje (aunque salvajadas haya habido en todas las culturas y en algunas las siga habiendo), sino a que en tan corto espacio de tiempo pudieran sucederse en un mismo lugar tantos cambios, producidos no por el afán de desarrollo del país, sino por el de conquistar y mantener el poder.

Los pies vendados cuenta la historia de una niña campesina a la que le vendan los pies para que cuando crezca pueda encontrar un buen marido y salir así de la pobreza. Li Kunwu muestra una clara voluntad de que su novela gráfica sea leída fuera de las fronteras chinas, pues dedica gran parte de las viñetas a hacer entender al lector el porqué de esa costumbre. En primer lugar nos enfrenta a la niña, que no quiere que le venden los pies, pues ella quiere jugar, lo que nos hace sentir un enorme rechazo por la práctica, que consistía en romper los pies a las niñas y doblárselos sobre sí mismos al tiempo que se apretaban con fuerza con una venda para que se atrofiaran y no pudieran crecer (esto a grandes rasgos, pues si entramos en detalles la cosa se vuelve muy escabrosa). Tras esto nos muestra a la madre, que se debate entre no hacer pasar a su hija por esa tortura o intentar sacarla de la pobreza para darle un mejor futuro y, como lectores, no podemos sino entender sus motivos y sentir lástima por ella, por verse obligada a tomar esa decisión sólo por la posibilidad de que con ella su hija no esté condenada a la pobreza (pues no sólo se trata de que tenga que pagar por el proceso, sino que, si tiene éxito, su hija se casará con quien tenga una aceptable fortuna y dejará sola a la madre a su suerte, dado que según la tradición debe abandonar la casa de los padres y marcharse a la del marido, con lo que, aun consciente de la crueldad que supone, ella lo hace por amor a su hija, pues jamás podrá obtener nada de todo esto para su propia persona).

Tras vendarle los pies a la niña, se produce una elipsis en la que ya ha llegado a su edad casadera, y en la que, efectivamente, tiene una gran cantidad de pretendientes gracias a sus pequeños pies. Ahora, en una escena en un mercado que permite ver cómo era la vida de la época (y cómo es ahora, al menos en los barrios y mercados, pues sorprende ver lo poco que han cambiado ciertas cosas), asistimos a una serie de conversaciones entre hombres solteros deseosos de encontrar esposa en la que se nos pone al día sobre la importancia de que una mujer tenga los pies pequeños para ser una buena esposa, y se explica con bastantes detalles los tipos de mujeres según la forma, tamaño y flexibilidad de sus pies, haciendo comparaciones entre los pies de las mujeres de los distintos lugares de China, y explicando que los más preciados son los llamados “lotos de oro”. El nivel de fetichismo que alcanzan esas conversaciones deja estupefacto a cualquier lector occidental, pero son del todo necesarias para comprender por qué se nos cuenta la historia que se nos está contando y para que ésta no nos parezca una mera anécdota indigna de ser el centro de toda una novela.

Pero mientras se desarrolla toda esta escena más propia de unos lejanos tiempos medievales que de la primera mitad del siglo XX, aparece en escena el ejército revolucionario, que con ideas muy aceptables (hacer que unas tradiciones que repiten incesantemente esquemas que mantienen al pueblo en la pobreza desaparezcan) pero con métodos muy reprobables (hacerlas desaparecer por la fuerza y sin contar con el pueblo), anuncian la abolición de las costumbres imperiales, entre las que se cuenta el vendado de pies. Ninguna mujer podrá vendarse ya los pies y, las que ya lo hayan hecho, deberán quitarse inmediatamente las vendas, algo terrible para ellas, pues apenas pueden andar con sus pies rotos.

Mientras tanto la protagonista decide no quitarse las vendas y huye a su pueblo natal, donde será violada, a consecuencia de lo cual ya no podrá tener hijos, convirtiéndose así en una completa apestada en la sociedad china: marcada por las reprobables viejas costumbres, impura y sin poder dar descendencia a ningún hombre.

Años más tarde, ya una anciana, consigue entrar como niñera en casa de un cargo importante del nuevo gobierno, pero al llegar la revolución cultural, los guardias rojos, con su odio a todo lo que huela a pasado imperial, acusan a su empleador de estar dando cobijo a un elemento peligroso contrario a la revolución. De nuevo aquí se puede ver cómo Li Kunwu busca aproximarse al lector occidental, pues nada explica sobre la revolución cultural y los guardias rojos, sobradamente conocidos en occidente, a excepción de algunas escenas de estos en las calles para ponernos en situación, pero asistimos a una escena que a mí me produce terror. Cuando los guardias rojos entran en la casa a buscar a la protagonista lo hacen con enorme descaro ante quien se supone que debería ser su superior, pues su sola palabra acusatoria basta para conseguir la muerte de cualquiera, y se repite con insistencia la misma frase, muestra de que cualquier intento de diálogo o razonamiento está fuera de lugar, no hay cabida para los sentimientos dentro de esas personas que sólo siguen consignas: “Confiesa humildemente tu culpa” (cito de memoria, era algo así).

Sólo una cosa cabe achacarle a la novela gráfica, y es esa visión del individuo y del compromiso social tan bondadosa, que se aleja mucho de la realidad del país. Por lo demás esta historia de una mujer que tuvo que padecer todas las torturas del desarrollo chino y que, por ello, no pudo alcanzar ninguno de sus beneficios, es altamente recomendable y, por supuesto, muy interesante.

>Riña de gatos

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EDUARDO MENDOZA, Riña de gatos, Madrid 1936

Hace ya tiempo que leí Riña de gatos y no me había atrevido todavía a reseñarlo pues, a pesar de haberme dejado muy buen sabor de boca, visto después con un poco de perspectiva no sabía muy bien a qué se debía mi visión favorable de la novela. Yo nunca había leído antes un premio planeta, no porque les tenga especial tirria, sino porque sencillamente no lo había leído: no los denuesto pero el premio tampoco me sirve de aliciente para leer el libro (sobre todo para comprarlo). Pero en esta ocasión el premiado era uno de mis autores españoles favoritos, así que no podía dejarlo pasar como había hecho con el resto. Por las venas de Eduardo Mendoza más que sangre corre novela y muy pocas veces me ha decepcionado (de hecho la única novela suya que me dejó un gusto bastante amargo fue La isla inaudita), así que no veía por qué iba a hacerlo ahora. Así que lo compré, lo leí, y de esto hace ya más de un mes.

La novela recuerda superficialmente a sus comienzos con La verdad sobre el caso Savolta, pero una vez superada esta primera capa lo cierto es que nada tiene que ver con aquella. Aquí Mendoza utiliza su habitual prosa ligera aunque con un vocabulario siempre muy preciso (creo que es el único novelista en cuyas novelas encuentro la palabra “parterre” casi por sistema) y con una sintaxis clara y perfecta. También nos ofrece su habitual sentido del humor dirigido al lector avezado por medio de equívocos y un léxico en ocasiones chocante. Nos entrega una novela fluida, que jamás pierde el ritmo, que no recurre a trucos engañosos para sorprender al lector (quizá un poco en la resolución final de la autoría del cuadro), que ataca y defiende en ocasiones a los dos bandos burlándose así de las simpatías “políticas”. Pero nos ofrece sobre todo dos cambios. El primero y más evidente, un cambio de localización: hemos abandonado Barcelona para irnos a Madrid, y para quienes como yo estamos acostumbrados a identificar a mendoza con la ciudad condal esto resulta en ocasiones confuso. El segundo cambio se da en el nivel del narrador, que en las novelas de Mendoza nunca había interferido en la historia para dar opiniones al margen de ésta, y aquí lo hace por primera vez provocando cierta sorpresa.

Me reafirmo en mi opinión de que es una buena novela, aunque ni mucho menos de las mejores de su autor, pero me quedo también con esa duda interna que me produce no poder explicar el porqué de su bondad, salvo por la falta de argumentos para hablar mal de ella, pues no hay ninguna pega que pueda ponérsele.

>El maestro de esgrima

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, El maestro de esgrima

Ha sido una grata experiencia el redescubrir por qué Pérez-Reverte, en mi memoria, era un gran novelista. Siempre digo que sus últimas novelas adolecen de una preocupante columnización, con mucho insulto rimbombante y mucha frasecilla ingeniosa, pero sin un discurrir de una historia al que agarrarse. Para mí el principio del fin lo supuso La carta esférica, que si bien no muestra esto que acabo de decir, es el primer paso para que ese repetido personaje suyo curtido en mil batallas comenzara a convertirse en una caricatura de sí mismo, defecto que alcanza su plenitud en El pintor de batallas, y que ha terminado por alcanzar, en sus últimas novelas, al Capitán Alatriste, e incluso al propio Reverte, traspasando las barreras del papel. Por otro lado, con el reino de la frasecilla ingeniosa y más bien ninguna historia que contar yo me di de bruces en Cabo Trafalgar (aunque ya apuntaba maneras en El sol de Breda). Advierto que no he leído ni Un día de cólera ni El asalto, al menos no de momento, porque temo encontrar ahí más de lo mismo.

Así que entenderán mi sorpresa al leer, por fin, una novela como esta de manos de su autor. Lo primero que asombra, y más en el cúmulo de despropósitos que suele ser a este respecto la novela actual (hablo de la consabida por todos, pues, por fortuna, sigue habiendo grandes narradores), es que en El maestro de esgrima nada sobra, cada frase tiene su razón de ser en la historia, lo que hace que el lector pueda, si lee con atención, ir figurándose cómo acabará la aventura, aunque manteniendo la obligatoria sombra de duda para no sacrificar los debidos tensión y misterio. También las tertulias políticas del café, que al principio parecen molestarnos pues entorpecen la narración de la historia del maestro y su pupila, que es lo que nos interesa, son necesarias para dar cabida a lo que surgirá cuando el marco de la historia se habra. A Javier Marías, soberano al que sirve el “Duke of Corso”, siempre le han preguntado, debido al complejísimo discurso literario de sus novelas, si tiene un esquema preciso que seguir de toda la novela antes de comenzar a escribirla, a lo que él siempre responde que nunca escribiría una novela en la que ya supiera todo lo que va a ocurrir, pues eso sería aburridísimo (ya lo hizo una vez con un cuento, asegura, y deseaba acabarlo lo antes posible pues no le gustó nada la experiencia). Reverte en ocasiones ha sugerido cosas parecidas, aunque resulta difícil creer que, en el caso que nos ocupa, no conociera al menos el final de su historia para poder orquestarlo todo a su alrededor con tanta eficacia. Incluso, sin renunciar a este mecanismo casi de relojería, se permite el lujo de ir dejándonos reflexiones sobre la época que nos ha tocado vivir.

Jaime Astarloa es el solitario protagonista de esta a ventura y, a pesar de parecer sacado de otra época (incluso para la narrada en la novela), con todas las virtudes que hoy en día serían vistas como defectos, consigue arrancar nuestras simpatías. Sobre todo porque se contrasta perfectamente con el resto de personajes, pertenecientes todos a una sociedad corrupta en al que la política no pasa de ser una profusa palabrería para lucrarse (¿les suena de algo?), y donde incluso el que tiene los ideales más nobles (sangrientos pero nobles, al fin y al cabo) es de inmediato corrompido al más mínimo contacto con el poder. Y claro, ante este panorama la otra opción es identificarse con esa corrupta clase política, cosa que a nadie agrada, sobre todo en este preciso momento en el que ese discurso vuelve a ser tan actual, sin distinguir clases ni colores.

Por otro lado, el aspecto negativo está (como siempre) en el personaje femenino que sirve de contrapunto al protagonista, construido una vez más a base de tópicos y del todo vacío de contenido: hermosa, misteriosa y malvada. Lo hemos visto antes con el nombre de Angélica de Alquézar, Tánger Soto o Teresa Mendoza. Realmente es lo único que le falta a esta novela para ser del todo redonda. ¡Ah! Y en la solapa sale la foto de Reverte afeitado y con gafas, que siempre viste más que ese académico barbudo que se ha colado en sus últimas novelas.

>Kiki de Montparnasse

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CATEL & BOCQUET, Kiki de Montparnasse

La historia trata sobre una modelo que hace carrera en el París de la bohemia: mal empezamos. Advertiré antes de comenzar que me resulta difícil ser objetivo, pues siento no poca aversión hacia todo esa teatralidad de la bohemia, quizá por lo mucho que he tenido que sufrirla en mis años de universitario; pero que quieren, en una carrera como la filología uno se encuentra con demasiado sufridor con ganas de exhibir una supuesta liberalidad sexual.

A lo que iba. Kiki es una niña de provincias que va a vivir con su madre a París. Allí, al crecer, se hace modelo para pintores y toda su vida a partir de ese momento la pasará metida en el mundo de los artistas, el sexo y las drogas. Solo falta el rock’n’roll, vamos. El caso es que a pesar de todo este atrevimiento argumental no encontramos nada novedoso ni impactante en sus páginas; la disposición de las viñetas es muy clásica, al igual que los puntos de vista que nos ofrecen, e incluso nos damos de bruces con cierta moralina antridrogas llegados a un punto de la lectura.

Sin embargo sí que se nota cierta ambición en la novela, aunque no llegue a conseguirse su objetivo. Parece que los autores pretenden que esta novela gráfica suponga para Francia algo así como lo que La época de Botchan supone para el Japón. La representación de una de las épocas artísticas más importantes de cada uno de los dos países en el mundo moderno. Sin embargo toda la representación social que la obra de Sekikawa conseguía está ausente de esta Kiki de Montparnasse. En lugar de captar la esencia de la época, lo que nos ofrecen es tan solo un desfilar de anécdotas intrascendentes que poco aportan a la ambientación o al relato. Es más, muchas acciones quedan sin continuidad y se nos hace difícil entender después por qué sucede lo que sucede. Por ejemplo, cuando Kiki se hace modelo la ruptura con su madre es casi de odio pero luego su muerte supone la pérdida de un ser muy querido, al tiempo que no entendemos el porqué del odio de las mujeres de su pueblo, con las que hasta entonces parecía llevarse de maravilla. No se consigue tampo una identificación con la protagonista, a la que vemos pasar por la historia sin que nos importen demasiado sus victorias o desventuras.

Comparando esto de nuevo con La época de Botchan, quien lea Kiki no entenderá la época artística ni política por la que pasaba el país, como sí ocurría en aquella, ni entenderá la relación con el extranjero, los Estados Unidos en este caso, como sí ocurría en aquella, ni comprenderá el porqué de la aparición de tanto personaje del mundo de la cultura, como sí ocurría en aquella, y así un largo etcétera. Y no crean que esta comparación es gratuita, pues Kiki de Montparnasse sí que persigue todos esos objetivos, pero lamentablemente ese gran objetivo termina quedando en nada.

>Ojos azules

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Ojos azules

Esta reseña constituye un spoiler en toda regla, aunque no importa mucho, pues la lectura del cuento en cuestión no ocupa más de veinte minutos, lo cual no deja muy amplio margen para el suspense.

Arturo Pérez-Reverte parece haber perdido el norte, o al menos eso es lo que se desprende de algunas de sus últimas novelas. El problema no es tanto que Reverte escriba mal, que no lo hace, sino que da la sensación de no distinguir entre cuando escribe una columna y cuando escribe una novela. Me explico. Reverte siempre ha alardeado en sus columnas de cierta irreverencia que le confería un humor ácido con el que nos ha atrapado a muchos, pero últimamente se empeña en trasladar eso a su ficción, cuando lo que ahí buscamos los lectores no es una lección de carácter castizo, sino una historia bien orquestada, con unos personajes bien desarrollados y, por supuesto, divertida. En resumen: no queremos al Pérez-Reverte graciosete, sino al Pérez-Reverte novelista, que sabemos que es capaz de cosas mucho mejores, como ya demostró en El húsar, El club Dumas o las dos primeras entregas de El capitán Alatriste.

Y Ojos azules peca de esa columnización de sus novelas. En ella el ejército español llega a América y conquista aquello con mucha mala leche y mucha sangre. Entonces un soldado se tira a una india para calmar sus instintos animales. La india se queda preñada y él no sabe qué hacer, porque claro, a fin de cuentas ella sólo es una bestia con cuerpo de mujer, y él es un hombre, además español, miembro del ejército más poderoso de la tierra y que Dios ha bendecido, que eso viste mucho. ¿Cómo se va a mezclar alguien como él con alguien como ella? (Por favor, no vean aquí alegoría de un alegato contra el racismo, que no la hay, sino autobombo del “yo soy muy leído”) Pero no pasa nada, porque como hay que seguir guerreando, al pobre se lo cargan los indígenas en otra batalla, ir tan lejos para buscar riquezas y encontrar la muerte, irónico destino, y se acabaron las preocupaciones. La india que, cómo no, estaba perdidamente enamorada (ella parece que no sufre el estigma de la acomplejada moral española), se queda sola y marcada por llevar el fruto del invasor en su vientre, y sólo es capaz de preguntarse si su hijo tendrá lo ojos azules, igual que el padre.

Supongo que después de tal desaguisado nos esperará una segunda parte en la que Ojos Azules Jr. habrá crecido y será un miembro integrado de la tribu que enfrentará y derrotará heroicamente al ejército español cuando regrese. Creo que eso ya lo he visto en alguna otra parte.