Desde la sombra

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Desde la sombra

No se hacen una idea de lo que daría por poder ver a través de un agujerito lo que esconde la cabeza de Juan José Millás, porque sus protagonistas, incluso cuando él mismo es el protagonista en sus columnas, parecen tener siempre algún tipo de problema mental, o como mínimo alguna rareza. La historia se repite en Desde la sombra, la historia de un tipo algo retraído (muy retraído, en realidad) que, tras ser despedido de su trabajo, roba un pisacorbatas en un mercadillo y, al ser sorprendido por la policía, se esconde en el interior de un armario que será trasladado, con él en su interior, al domicilio de sus compradores.

Si están pensando que la historia no tiene ni pies ni cabeza, están en lo cierto: no los tiene. Y sin embargo resulta verosímil. Si están pensando que resulta imposible identificarse con semejante personaje, también están en lo cierto: pero luego resulta que a uno no le cuesta gran esfuerzo entenderlo e incluso verse algo reflejado. El planteamiento es descerebrado, pero más aún su continuidad. Pues al verse atrapado por el azar en casa de unos extraños, lo lógico habría sido buscar la manera de escapar. Pero no, lo que nuestro protagonista, Damián Lobo, hace, es quedarse a vivir en la casa, como un fantasma, en el hueco de un armario empotrado del que sólo sale cuando la familia sale y deja la casa vacía.

Pero… ¿por qué Damián prefiere quedarse allí, como un fantasma, en lugar de regresar a su existencia normal? Porque no siente ningún interés por esa existencia. Damián es una de esas personas que nunca se han sentido incluidas en la sociedad, y encontrar la manera de vivir una vida en la que casi parece no existir es una bendición para él. Hasta ahora había vivido recluido en la soledad que le proporcionaba su trabajo, pero, al perderlo, tiene que enfrentarse al mundo para buscar uno nuevo, y eso parece ser más de lo que puede soportar. Incluso parece incapaz de establecer relaciones normales con otras personas, lo que ha hecho que los amigos imaginarios de la infancia lo hayan acompañado hasta la edad adulta. Todo lo que le sucede se lo cuenta a un ficticio presentador de televisión llamado Sergio O’Kane que, con el estilo de las parodias de los presentadores americanos de los sesenta, consigue grandes datos de audiencias imaginarias con cada entrevista que realiza a Damián. De este modo, Damián consigue no sólo tener alguien con quien comunicarse, sino también satisfacer su necesidad de atención gracias a la fama que adquiere ante la ficticia audiencia.

Pero poco a poco Damián va perdiendo el control sobre los personajes creados por su imaginación, al tiempo que gana lo que él considera fama en el mundo real. Claro que ese mundo real no es sino Internet, ese espejo que nos ofrece una imagen distorsionada del mundo que muchos confunden con la real (no de otro modo se entiende que tanta gente se sorprendiera de que Trump ganara las elecciones de los Estados Unidos, o de que Podemos no sólo no ganara fuerza, sino que incluso la perdiera en las segundas elecciones generales a las que se presentó). Y ese es el gran error de Damián: conceder carta de realidad a lo que sucede en Internet, creer que eso es más real que lo que sucede en su propia cabeza sólo por estar fuera de ella. Mientras prestaba atención a sus propias fantasías, era consciente de qué era lo real y qué no lo era. A pesar de que aquella fama ficticia satisfacía su necesidad de atención, sabía que era una fama inventada. Pero cuando comienza a escribir en un foro de Internet y todo el mundo comienza a hablar de él, y su pseudónimo salta de la red a la radio y la televisión, Damián siente que la atención que se le presta es real, que de verdad se ha hecho famoso, sensación que crece por la existencia de fantasma que ha decidido llevar en esa casa que no es la suya. Y realmente empieza a creerse un fantasma (incluso su pseudónimo es el Mayordomo Fantasma) y a perder todo contacto con la realidad, lo que lo llevará al desenlace de la novela, que no voy a revelar.

A pesar de las rarezas de Damián, de toda esa cobertura que lo aleja de nosotros, cualquier lector que se haya adentrado en el mundo de las redes sociales, los foros y demás laberintos de Internet, puede sentirse identificado con esa falta de conexión con la realidad (a no ser uno muy tonto). En muy pocos años las redes sociales se han convertido en nuestro día a día (para algunos aún muy jóvenes lo han sido siempre) y tendemos a creer que lo que sucede ahí dentro es la realidad, cuando la realidad es algo muy diferente. Cuando nos movemos en el mundo estamos obligados, queramos o no, a relacionarnos con todo aquel que se cruza en nuestro camino, nos caiga bien, nos resulte indiferente o nos de asco. Esto no sucede en Internet, donde bloqueamos todo aquello que no nos gusta, creando microcosmos en los que todo lo que existe nos da la razón. Así, por seguir con el ejemplo de las elecciones de los Estados Unidos, aquellos que detestaban a Trump estaban convencidos de que Hillary Clinton iba a salir vencedora, y aquellos que la aborrecían a ella lo estaban de que Donald Trump sería el vencedor (al final parece que fueron estos últimos los que se llevaron el gato al agua). Pero ninguno de los dos bandos parecía darse cuenta de que existía otro al que jamás veían en Internet porque lo tenían completamente bloqueado, y ese mundo que permanece bloqueado en nuestros dispositivos, y que a menudo es mucho mayor que aquel en el que nosotros nos movemos, también existe, hay que tenerlo en cuenta. Incluso existe otro, todavía mucho mayor, aunque con los años se irá reduciendo, que ni siquiera existe en Internet. Gente demasiado mayor para engancharse a las nuevas tecnologías, otros a lo que sencillamente no les gustan, otros de zonas rurales o remotas en las que no tienen demasiada importancia, o algunos que sencillamente prefieren el mundo real.

Yo, por mi parte, cuando veo una página que no me agrada, trato de prestarle también atención: salir, aunque sólo sea de tanto en tanto, de mi propia burbuja en Internet, para no verme digerido por ella. Incluso a veces me armo de valor e intento discutir (en el sentido de discrepar, por favor, no en el de pelear) con la gente que la administra o visita, lo que no siempre me ha ido demasiado bien, pero que a uno le den siempre la razón también llega a aburrir. Y les recomiendo probarlo, pues si bien algunas veces sale uno escaldado, otras aparece gente que, paciente y razonadamente, le hace a uno replantearse algunas cosas. Y replantearse las cosas siempre es bueno.

Vida de Esopo

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Vida de Esopo

La Vida de Esopo resulta una lectura peculiar. En ella se nos cuenta de manera fantasiosa la que se supone que fue la vida del célebre fabulista. Pero la fantasía alcanza tal nivel que lo único que podemos dar por cierto de toda la historia es que era un esclavo y que contaba fábulas. El resto ya es novela.

Para empezar se nos presenta a Esopo, un esclavo mudo y mal formado, pero que desde un principio da muestras de su intelecto en una anécdota en la que sus compañeros esclavos, aprovechando su mudez, se comen unos higos y, cuando su amo los reclama, acusan a Esopo de habérselos comido. Como Esopo no puede negar la acusación ni defenderse mediante la palabra, bebe una gran cantidad de agua caliente y vomita, demostrando así que nada había en su estómago. Su amo obliga entonces a los dos acusadores a hacer lo mismo, y estos vomitan los higos. Esta es la primera muestra de la gran inteligencia de Esopo, un esclavo que por sus defectos físicos jamás había recibido ninguna educación.

Un día, por su proceder honesto, es recompensado con dos dones: el habla y la capacidad para la oratoria. Así pues, Esopo consigue con su labia recién adquirida ser vendido a un filósofo con el que en principio podría conseguir una educación, pero en realidad resulta que desde el primer momento con él, Esopo, nacido esclavo y sin haber recibido jamás una educación, se convierte (a los ojos del lector, que no a los de su amo) en el maestro. De los milagros de la primera parte de la vida, en la que intervenían elementos mitológicos que convertían a Esopo en alguien tocado por la divinidad para explicar su fama, pasamos ahora a una suerte de hagiografía en la que Esopo se sobrepone a las dificultades que encuentra en casa de su amo, el filósofo, y se eleva sobre él. Si tenemos en cuenta el prestigio de los filósofos en la antigüedad como grandes pensadores y detentores de la sabiduría, veremos cómo, al terminar esta etapa, Esopo que situado por encima de ellos, convirtiéndolo así no en un estudioso, como los filósofos, sino en una figura a la cual estudiar.

Al cambiar de amo, Esopo subirá todavía un escalón más. En esta ocasión pasará a servir un rey en una época mitológica en la que los diferentes reinos no se enzarzan en guerras para aumentar sus riquezas, sino que, amparados en el uso de la inteligencia, se plantean retos de lógica y acertijos unos a otros, y si el retado no es capaz de dar una solución satisfactoria deberá pagar al retador un tributo, siendo el retador el que deberá pagar en caso de que sí la encuentre. Esopo se convierte en la pieza más valiosa de la corte, al ser capaz de resolver cualquier acertijo por complicado que este sea.

Esopo se ha colocado ya en un puesto superior al de los reyes y se acerca peligrosamente a los dioses, por lo que hay que pararle los pies. Tan grande es su sabiduría que le hará perder la prudencia e insultará al pueblo de Delfos cuyos habitantes, ofendidos, le tenderán una trampa para poder así ejecutarlo. A la espera de que se cumpla la sentencia, Esopo se da cuenta de cómo la soberbia con la que fiaba en su inteligencia lo ha vuelto un estúpido al dejar de lado la prudencia. Tratará de convencer mediante fábulas (volviendo a hacer uso de la inteligencia que había perdido, como Sansón usó de nuevo su fuerza también peridida) a quienes quieren ejecutarlo, pero ellos, al ser un pueblo estúpido, no lo escucharán, demostrando cómo la inteligencia jamás puede salir victoriosa cuando se enfrenta a la estupidez (o no al menos cuando la estupidez está unida).

Pero en última instancia será Esopo quien acabe con su vida por su propia mano lanzándose por un precipicio, pues si bien ha sido condenado, no puede permitir que sean esos tontos quienes pongan sus manos sobre él para ejecutar la sentencia.

Deadpool, El arte de la guerra

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PETER DAVID, SCOTT KOBLISH, Deadpool, El arte de la guerra

Deadpool es divertido. Ya está, poco más hay que decir. Es cierto que es un antihéroe, no transmite ningún valor positivo y tiene conciencia de ser un personaje de cómic, pero todas esas historias sobre la ruptura de la cuarta pared me parecen un intento desesperado por darle una trascendencia que no tiene. Ni la necesita. ¿Acaso ser divertido es un objetivo insuficiente? Pues dentro de lo que es un universo, el de los superhéroes, plagado de tipos con disfraces de colores que se toman demasiado en serio a sí mismos, a mí me parece una grandísima virtud.

Hacer a un personaje con la desfachatez de Deadpool consciente de su origen ficticio me parece una genialidad. El mata sin parar pero sus asesinatos no tienen ninguna consecuencia, pues no olvidemos que mata a otros seres ficticios. Y la conciencia de que existe otro mundo aparte del suyo de papel lo convierte en un viajero interdimensional que maneja una información muy superior a aquella de la que disponen el resto de personajes, con unas consecuencias desternillantes. ¿De verdad hace falta intentar buscarle un enfoque serio y filosófico a un personaje con tales facultades para convertir cualquier situación en algo sin pies ni cabeza, alguien cuyo planteamiento está sin duda al servicio de la pura comedia?

Y esta historia nos lo demuestra una vez más. El asunto arranca de manera extremadamente seria, con una exposición de las enseñanzas de Sunzi, pero todo se va al traste con la aparición de Deadpool, a quien han contratado para vengarse del maestro chino, al que mata sin contemplaciones e ignorando todas esas virtudes que él estaba enseñando y que hacen temible a un guerrero. Tras lo cual Deadpool aparece en nuestro presente con el libro de El arte de la guerra, pues él no está sometido al tiempo del mundo real puesto que se mueve en la ficción, lo que permite que el mundo real no sea tampoco demasiado lógico. Él quiere vender su traducción del libro de Sunzi, y decide que para aumentar las ventas es necesaria una guerra en la Tierra, así que busca en Internet personajes de cómic que pudieran provocarla, y luego regresa con ellos a su mundo, ya representado como el mundo de los cómics. Creo que pueden hacerse una idea de lo descerebrado de la situación.

El caso es que toda la acción viene acompañada por una voz en off que es la traducción que Deadpool está haciendo de El arte de la guerra, con lo que vemos acompañar, durante toda nuestra lectura, las serias enseñanzas de Sunzi a las descerebradas situaciones que crea Deadpool.

Un personaje al servicio de la aventura y el humor, que no necesita (más bien necesita evitarlas) de sesudas segundas lecturas para ser maravillosamente disfrutable.

El licenciado vidriera

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MIGUEL DE CERVANTES, El licenciado Vidriera

Quizá hayamos llegado a la menos interesante de la Novelas ejemplares para el lector moderno. El licenciado Vidriera se encuadra dentro de la literatura de apotegmas, muy común en la época, pero que puede resultarnos aburrida a las pocas páginas por repetitiva y falta de argumento.

La cosa empieza medianamente bien para un lector actual, dos estudiantes se encuentran en el camino a Salamanca con un joven llamado Tomás que busca un amo al que servir a cambio de que le dé estudios, y estos lo cogen a su servicio, lo que nos hace pensar en una novela picaresca. Cuando los amos terminan sus estudios al cabo de seis años, el protagonista se enrola en el ejército y va a servir a Italia, por lo que empezamos a pensar en una novela de aventuras. Tras un tiempo allí regresa a Salamanca, donde una dama se enamora de él, pero él la rechaza y ella recurre a un hechizo para conseguir su amor, por lo que, a estas alturas, podríamos empezar a pensar en una novela amorosa. Pero el hechizo resulta mal y da en la locura de Tomás, que a partir de ese momento tiene miedo de que lo toquen, porque cree que está hecho de vidrio y podrían romperlo, por lo que podríamos estar ante una novela… no sé, ¿de burlas? El caso es que, a pesar de estar loco, sólo lo está con respecto a su condición, por lo que las cosas que dice, gracias a sus estudios, son muy sensatas y sabias, con lo que la gente que en un principio quería reírse de él haciéndole creer que iban a romperlo, decide comenzar a escucharlo, porque sus razonamientos resultan mucho más interesantes.

Es ahora cuando realmente comienza la novela en sí, y se establece en lo que es, literatura de apotegmas: una serie de sentencias y discursos más o menos breves con una clara intencionalidad moral. Si bien es cierto que las enseñanzas que salen de la boca de Tomás están disfrazadas de agudezas y presentadas como sátiras y burlas, lo que debería convertir la novela en un relajado divertimento. Pero claro, los chistes tienden a envejecer mal, y la mayoría de ellos no podemos entenderlos hoy en día sin una edición bien anotada, lo que, por otro lado, también iría en contra del interés de la novela, pues tendríamos que pasar más tiempo leyendo las explicaciones al texto que el propio texto, con lo que el concepto de lectura ligera desaparece por completo.

El caso es que todos prestan mucha atención a las enseñanzas del loco Tomás, con las que se gana la vida. Hasta que un día un religioso lo cura de su locura. Habiendo recuperado la cordura, Tomás piensa que la gente, con razón, ahora hará más caso de sus consejos y podrá ganarse la vida aún mejor. Nada más lejos de la realidad: cada vez son menos los que acuden a él, hasta llegar el punto en que, para poder seguir ganándose la vida debe partir hacia Flandes.

Como pueden observar, la novela tiene muchos giros, quizá demasiados para atraer nuestra atención. Y su parte central y la más larga, supone un tipo de literatura que hoy en día ni siquiera identificamos como tal, así que, por primera vez, en las novelas que de momento hemos visto, debo admitir que quizá ésta no pueda entrar dentro del número de aquéllas con las que defender que, efectivamente, Cervantes es divertido. Con toda seguridad esta historia lo fue en su época, no en vano los chistes son constantes y no se detiene en ninguno, sino que rápidamente pasa al siguiente para mantener el ritmo. Si hubiera que poner un término de comparación, podríamos equipararla a los monólogos que tanto éxito tienen hoy en día, y que con seguridad nadie entenderá dentro de un par de siglos (a no ser con una edición profusamente anotada, pero, entonces, ¿dónde estará la gracia?).

Sin embargo, incluso en lo que podríamos catalogar como un pinchazo de Cervantes (pinchazo para el lector moderno, quizá, pues para el lector filólogo la cantidad de elementos que contiene no deja lugar al aburrimiento), hay que destacar su ojo clínico a la hora de evaluar al ser humano. Porque lo que le sucede a Tomás, es algo que todos nosotros vemos a diario. La necesidad del mundo como un espectáculo. En un episodio de los Simpsons, creo recordar (hablo de memoria, así que quizá patine) que Flanders daba a los niños unos cromos sobre la Biblia en los que se explicaba quiénes eran los personajes, y estos querían coleccionarlos pero al darse cuenta de la intencionalidad pedagógica reaccionaban con rechazo ufanos de haberse dado cuenta de que pretendían enseñarles algo y no habían caído en la trampa. Algo así le pasa a Tomás: todos lo siguen y lo escuchan porque lo tienen por loco y les parece divertido, pero cuando recupera la cordura y ya no ven un motivo de diversión, ya no les interesa. Y eso mismo sucede en nuestra sociedad, en la que aprender, culturizarse, está casi mal visto y hay que “engañar” a la gente para que aprenda. Incluso en los colegios vemos como los padres exigen a los profesores que sean divertidos, en lugar de exigir a sus hijos que sean aplicados (vale, que el profesor no tiene que ser un coñazo, pero tampoco tiene que ser un showman).

El último ejemplo de esto lo tenemos en el debate político en España. En los últimos dos años los “debates” políticos han proliferado por las cadenas de televisión, aderezados con presentadores partidistas que repiten lo imparciales que son sin cesar, pseudoperiodistas que se balancean entre la calumnia y la vergüenza ajena, y políticos soltando ingeniosidades que llevan bien pensadas de casa para que sean carne de Twitter. Y tienen audiencia. Mucha audiencia. Pero en todos los años anteriores nadie veía los debates del congreso, que siempre se han televisado, y me juego el cuello a que siguen sin verlos. Y sin embargo es ahí donde se exponen las leyes y normativas que luego nos afectarán a todos. Pero claro, sin toda la charanga que acompaña al nuevo e inútil formato, la política nos aburre. Sin la locura que acompaña a las sentencias y consejos de Tomás, no podemos reírnos y pasar el rato.

Rinconete y Cortadillo

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MIGUEL DE CERVANTES, Rinconete y Cortadillo

Mi afición a la novela picaresca del Siglo de Oro, hace que, de entre las Novelas Ejemplares de Cervantes, sienta una especial debilidad por Rinconete y Cortadillo. Seguramente alguno ya estará torciendo el gesto por la comparación entre la novela de Cervantes y la picaresca, pero es que, si bien todos estamos de acuerdo en que ésta no es una novela picaresca, también deberemos estarlo en que hay ciertas similitudes, o más bien elementos que Cervantes no duda en tomar del género para obra.

Pedro del Rincón y Diego Cortado son dos jóvenes que se conocen en la venta del Molinillo y emprenden camino juntos a Sevilla para ganarse la vida como maleantes. Una vez allí, descubren que la vida de crimen no es tan libre como pretendían, y que, al igual que sucede con otras profesiones, no pueden ejercerla por su cuenta, sino que tienen que entrar a formar parte del gremio de los ladrones, dirigido por un extraño personaje llamado Monipodio. Una vez allí, los dos protagonistas reciben los nombres que se les da en el título, pasan a ser aprendices de la cofradía de ladrones, sobre cuyo funcionamiento veremos algunos episodios, y adquieren las responsabilidades de su pertenencia a ella.

He puesto en comparación esta novela con una picaresca, porque los dos protagonistas, que abandonan sus respectivos hogares para buscarse la vida con malas artes, son a todas luces pícaros. Aunque bien es cierto que hay diferencias, siendo la principal de ellas el hecho de que haya dos pícaros, proporcionando de ese modo dos puntos de vista diferentes en lugar del habitual único en la picaresca. Pero la principal diferencia está en la intencionalidad. Mientras que la picaresca es más bien una representación directa de los problemas de la sociedad que caen como losas sobre sus protagonistas, el mundo de Rinconete y Cortadillo es más bien una especie de metáfora que evoca otras situaciones sociales que no son necesariamente las que estamos viendo.

Lo primero que llama la atención es el funcionamiento de la cofradía de ladrones, que tiene un líder, cuyos miembros pagan un impuesto, que protege a sus miembros ayudándolos cuando están enfermos o no pueden “trabajar”, y al margen de la cual no se puede “trabajar”, exactamente igual que en cualquier gremio de la época. Los dos protagonistas descubren que ese mundo de extrema libertad del hampa no es tal, sino que está sujeto a un gran número de normas sociales. Pero me quedaré tan sólo con dos aspectos destacables, que son los que más me llaman la atención a mí, por lo actuales que aún resultan.

Un cliente había pedido a la cofradía que diera un navajazo de 14 dedos a un enemigo suyo, pero el encargado de hacerlo, al ver que su rostro era demasiado pequeño para que cupieran en él 14 dedos de navajazo, decide dárselo al rostro de su criado. Cuando el cliente dice que no pagará porque no han cumplido con su parte del negocio, los delincuentes replican, con un refrán, que “quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can”, alegando de esa manera que, como la venganza ha sido realiza contra una propiedad apreciada por aquel contra el que iba dirigida, debe darse por satisfecha. Lo curioso del caso es que los ladrones son conscientes de que han obrado de manera fraudulenta, pero buscan lo que podríamos llamar resquicios legales para justificar su manera de actuar. De entrada ya son gente de la que uno no debe fiarse, pero ellos hacen alarde de estar regulados por unas normas y en consecuencia de estar “dentro de la ley”, aunque se trate de una ley distinta de la que afecta al resto. Asimismo, quien ha solicitado su servicio tampoco parece ser consciente de su forma de actuar, y también parece querer acogerse a esas leyes al margen de la ley, o como mínimo al margen de la moralidad.

Ahora estamos en plena “moda” de los Papeles de Panamá, y todos los que ahí aparecen intentan evadir sus responsabilidades de una u otra manera. La más común es alegar que tener allí su dinero no era ilegal, esto es, utilizan resquicios legales, como los ladrones de Monipodio, para justificarse. No veo mucha diferencia entre todos esos tipos y los miembros de la cofradía de ladrones que Cervantes nos presenta. Ninguno son de fiar, ninguno va a actuar de buena fe, todos te engañarán si tienen la oportunidad, y hay que ser igual de desvergonzado que ellos (igual que el cliente de Monipodio) para hacer negocio con ellos o tan sólo defenderlos. Pero esto no es algo nuevo en España, no hemos tenido que esperar a los Papeles de Panamá para redescubrir lo que hace 400 años ya era tan evidente en nuestro país, pues desde la llegada de la democracia casi no tenemos ejemplos de partidos políticos que hayan estado varios años ejerciendo el poder y no hayan acabado enfangados de corrupción, ni de empresarios que tras varios años ejerciendo no hayan cometido acciones ilegales o censurables, ni de grandes empresas y bancos que no provoquen vergüenza, asco y rechazo.

Sin embargo, en el patio de Monipodio, todos creen su alma a salvo por una suerte de religiosidad falsa, que se expresa sólo en las formas y sin conocimiento profundo de lo que se hace o dice. Así pues, a pesar de ser ladrones y asesinos, esgrimen una suerte de superioridad moral sobre aquellos a los que violentan, igual que en nuestra sociedad aquellos que nos roban esgrimen una superioridad moral cuando les vienen mal dadas. Hasta el punto de que el debate nacional de los últimos tiempos se ha convertido en un cruce de tonterías en el que no se argumenta nada, sino que todos tratan de exhibir su alteza moral como si eso los invistiera de alguna especie de razón absoluta (“Lecciones morales al PSOE, ninguna”, llegó a soltar Pedro Sánchez en un mitin), y la bobada con la que todos creen haber ganado irrefutablemente una discusión consiste en dudar de la “catadura moral” del adversario, demostrando con eso que tenemos un país cada vez más infantil (si por lo menos fuera cada vez más tonto aún podríamos al menos presumir de ser adultos).

Así que la narrativa y la capacidad de análisis del mundo de Cervantes continúan siendo de lo más actual y, por desgracia, eso que engrandece al escritor, pesa como una losa sobre un país incapaz de dejar atrás sus más vergonzantes características.

Ikea Dream Makers

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CRISTIAN ROBLES, Ikea Dream Makers

Ikea Dream Makers es la historia de un chico que se queda encerrado en el sistema de ventilación de una tienda de Ikea y terminará viajando a un mundo… peculiar.

El cómic puede leerse de dos maneras. Por un lado es una historia llena de fantasía e imaginación con grandes dosis de humor que, llevando a una exageración desmesurada una serie de tópicos urbanos sobre el funcionamiento de la famosa tienda de muebles, hace al lector vivir una aventura sin pies ni cabeza. Por otro lado podríamos interpretarla con maldad y verla como una crítica despiadada a la cadena de tiendas. Y digo que nuestra interpretación debería ser malvada, pues no hay nada en el cómic que nos haga decantarnos por esta opción como la correcta, pues el nivel humorístico se mantiene siempre de tal manera, sin permitir a entrada a ningún deje de angustia ni tragedia, que uno no sabe muy bien a qué atenerse.

La novela gráfica se divide en dos partes. En la primera el protagonista está atrapado en la tienda y no puede salir de ella, una sensación que creo que todos los que hemos puesto un pie en ese lugar (y yo sólo lo he hecho en una ocasión) hemos tenido. Tiene un problema, y es que debe escapar antes de morir de hambre y sed, y nadie en la tienda parece poder darse cuenta de que él está ahí, lo que deriva en un humor escatológico en el que el protagonista come la grasa que se queda pegada en una de las rejillas de ventilación que hay sobre una freidora, bebe el agua que gotea del aire acondicionado y se fabrica compañeros de encierro con sus excrementos al tiempo que suspira de amor cubierto de suciedad por la maravillosa encargada de la tienda.

En la segunda parte de la historia, Caleb, que así se llama el protagonista, va a parar al mundo mágico en el que se fabrican los muebles de Ikea, donde todos son explotados para trabajar sin descanso, en un régimen de vigilancia total, en el que en cuanto alguien habla, una especie de salchichas que ejercen de policía le dan una paliza o lo hacen desaparecer si no escarmienta. Pero a pesar de lo evidente de la situación no me atrevería a hablar de crítica social aquí, por la manera tan absurda en que todo se desarrolla.

Sin duda se trata de un cómic de una portentosa imaginación. Su defecto, que quizá sea por otro lado su gran acierto, es que uno no sabe a qué atenerse cuando lo lee.

El monstruo de Hawkline

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RICHARD BRAUTIGAN, El monstruo de Hawkline

Greer y Cameron son dos pistoleros contratados para eliminar a un monstruo que mató al doctor Hawkline y que asedia a sus dos hijas.

Esta es la premisa de una historia descerebrada y divertida que mezcla humor, sexo, una historia del oeste en su primera parte y una ambientación gótica en la segunda (muy adecuado ese subtítulo de Un western gótico), mientras es un relato cómico en todas sus partes.

La verdad es que, a pesar de lo mucho que me ha gustado la novela, poco puedo decir que ella que vaya más allá de la parodia de los géneros. Lo que comienza con una serie de escenas sin demasiado sentido para que conozcamos a los dos protagonistas, y continúa hilando una historia lineal repleta de sucesos absurdos que podríamos pensar que no deberían tener cabida en ella, poco a poco va dando lugar a un misterio que atrae al lector y lo anima a seguir leyendo para averiguar en qué acabará todo eso (sin renunciar jamás al absurdo y a los giros más descerebrados, por supuesto).

A lo que no da lugar en modo alguno es a los convencionalismos. Los pistoleros no son rudos, sino que meditan sus actos y se ponen en el lugar del otro; las “damas indefensas” no buscan cobijo en sus protectores para caer rendidas al final, sino que desde un principio buscan sexo y lo plantean de la manera más cruda (no me atrevería a llamar natural a la forma en que lo hacen) posible; el terrible monstruo, más que el típico peligro que todo monstruo supone, acaba pareciendo más un niño malcriado sediento de travesuras y no de sangre. Ni siquiera se nos permite tener un final feliz, pues si bien los dos pistoleros terminan el relato emparejados con las dos hermanas Hawkline tras haber rescatado a su padre, también tenemos un último capítulo a modo de epílogo que se encarga de aniquilar toda esa posible magia de estilo hollywoodiense. Podría decirse casi que la novela se dedica a transitar lo más típico de las novelas del oeste y de misterio para ir destruyendo ese camino mediante burlas y absurdos.