El secreto de la modelo extraviada

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EDUARDO MENDOZA, El secreto de la modelo extraviada

Esta es la quinta aventura del detective loco de Eduardo Mendoza, que sigue la estela de las anteriores novelas cómicas del novelista barcelonés, no sólo las de este detective, sino también las de Gurb, Horacio Dos y Pomponio Flato. En ella, nuestro detective, que sigue trabajando en el mismo restaurante chino en el que trabajaba al terminar la anterior, se cruza en la calle con un perro que le recuerda un caso en el que trabajó en su juventud, y al recordarlo con detalle se da cuenta de que algo quedó sin cerrar, así que decide ponerse a investigarlo de nuevo. Como sucede en las anteriores, la historia general está envuelta por una multitud de chistes y juegos que, si bien no nos harán soltar sonoras carcajadas sin parar (lo digo por mí, que no soy dado a reír a carcajadas con ninguna lectura) sí que nos tendrá con una perpetua sonrisa cómplice en los labios. Y quién sabe, quizá alguno sí que se ría con ganas.

Pero además de risas o sonrisas constantes, Mendoza siempre nos da un espejo del mundo actual en sus novelas cómicas, a las que parece haberse entregado por completo (cosa que en cierta medida me apena, pues a mí siempre me entusiasmaron aquellas más serias que escribía, y comienzo a echarlas de menos). Así pues, el independentismo en Cataluña, el regionalismo y las opiniones extremas de tertulianos televisivos, junto a la sensación de que Barcelona, poco a poco, se está echando a perder, no podían faltar aquí. Todo a través del filtro del humor, claro está, pero muy acertado. Así, vemos a unos jóvenes que gritan que si después de independizarse, España ya no les quiere comprar más cava, quitarán los viñedos y plantarán marihuana, que eso sí que tiene salida, lo cual no deja de recordar a las fantasías económicas del señor Mas. O por otro lado tenemos a un tertuliano televisivo de extrema derecha, anti independentista y ferozmente conservador, que cuando desparece de antena se descubre como un travesti de sueños malogrados que utiliza esa otra fachada para sentirse importante, a pesar de las enemistades que le granjea.

En un momento de la novela, el protagonista, despistado, se queda dormido mientras un camionero lo lleva al “centro ciudad”, y al despertar se encuentra que está frente a la Basílica del Pilar. Al ver esa enorme iglesia, cree que se trata de una de nueva construcción porque él no recuerda ninguna así en Barcelona. Aquí sí que me reí, pues pude imaginar perfectamente a quien presume de vivir en una ciudad cosmopolita, pero nunca ha ido más allá de donde acaban las vías de los trenes de cercanías, y por supuesto desconoce cualquier cosa que allí pueda encontrarse.

Pero la peor parada, en cierto modo, es la ciudad de Barcelona en sí, sobre la que tantas esperanzas tienen los personajes de la novela en la primera mitad de la historia, que se desarolla calculo que en los años ochenta, y ante la que tan decepcionados se encuentran en la segunda mitad, que transcurre en la actualidad. Aunque, tal y como deja entrever uno de ellos, quizá no se trate de que la ciudad se haya echado a perder, sino de que sus sueños eran demasiado elevados y recuerdan con nostalgia cómo era antes. “No sé…, a veces tengo la sensación de haberme hecho viejo sin madurar”, expresa al rememorar los tiempos en los que había sucedido la primera mitad de la historia.

Pero a pesar de lo serio que parezco haberme puesto, lo más importante en la novela es el humor, que se mantiene magistralmente desde la primera línea hasta la última, que casi da lástima que llegue.

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Tercera parte de La vida del gran tacaño

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VICENTE ALEMANY, Tercera parte de La vida del gran tacaño

Cuando Pablos, al final de El buscón, cuenta que se embarcó para Indias y que una vez allí “fueme peor, como V. Md. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres”, algunos nos quedamos con las ganas de saber qué era lo que le iba a ocurrir al pícaro en América, tras un final tan inusitadamente abierto para la literatura del siglo XVII, no digamos ya para la novela picaresca en cuyo número se incluyen las aventuras de este segoviano. Quevedo no nos sacaría de dudas, pues nunca escribió continuación alguna de sus desventuras pero, aunque hoy en día, al menos en literatura, está en cierto modo mal visto tomar personajes ajenos para escribir sobre ello (no fue poco lo que llovió sobre Isabel Allende cuando escribió sobre el Zorro), esto no siempre ha sido así, y tenemos variados casos a lo largo de la historia, siendo quizá el más notable el de la segunda parte de El Quijote de Alonso Fernández de Avellaneda.

Así pues, más o menos un siglo después de publicada la Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, Vicente Alemany nos trae la esperada continuación. Y se esfuerza en que realmente continúe a la novela original, no sólo tomando a su pícaro protagonista, sino también tratando de imitar el modo de escribir de Quevedo (o más bien del barroco), y haciendo múltiples referencias a situaciones vividas antes por el protagonista en la anterior novela. Aunque si bien Pablos sigue siendo un pícaro movido por las mismas ambiciones que antes y todas esas referencias despiertan nuestra nostalgia del libro original y nos ayudan a situarlo, la imitación del lenguaje, aún siendo buena, no es tan efectiva. La particularidad del libro de Quevedo era una deformación tan intensa y tan continuada de la realidad que nos desconectaba de ella y nos mantenía en una constante carcajada cruel sobre todo lo que allí sucedía. Alemany hace uso de los juegos de palabras que abundaban en el Buscón, e incluso maneja algunas metáforas que buscan con bastante acierto pasar por conceptistas, pero le falta la densidad de Quevedo, capaz de calzar un chiste sobre otro dentro de complicados juegos conceptuales y de palabras, de forma que antes de acabar uno ya está comenzando el siguiente, y así durante toda la novela.

Por otro lado, la intencionalidad de Quevedo no era en absoluto moralizante, sino que debemos tomar El buscón como un juego que busca sólo conseguir la risa, y para hacerlo se basa en una cruel deformación de la realidad. En otras palabras, Quevedo no denuncia, sólo castiga la realidad y la deforma sometiéndola a su juego para provocar la carcajada. Quizá la última frase de su novela sea la única moralizante que podamos encontrar en ella. La intencionalidad de Alemany es principalmente de denuncia, y en ningún momento, aunque pueda parecernos lo contrario, exagera el mundo, sino que expone las cosas tal cual suelen suceder para denunciarlas. Mientras Quevedo trabaja con tópicos al gusto, Alemany sabe perfectamente cómo funciona la sociedad y la política en Indias y en Filipinas y lo describe al detalle para aviso de sus lectores, que más que reírse de las desdichas del pobre Pablos, quedan asombrados ante la serie de desmanes que allí se producen, recuperando así finalidad original de la novela picaresca de servir de crítica social mediante la muestra de aquellos ejemplos que no deben seguirse.

Y esa resulta ser una de las cosas más interesantes de la novela: Alemany conoce de primera mano y al detalle cómo eran las cosas en las Filipinas, y aunque esa no sea un problemática actual del país (no del mismo país que entonces, al menos), sí que supone la exposición de una situación capaz de desbordar la imaginación del lector, por el enfoque que tiene casi de novela de aventuras.

Respecto a la edición que yo he leído (la de la foto), me parece bastante poco acertada, pues viene camuflada bajo el aspecto de ser algún tipo de estudio, y nada más lejos de la realidad. Además, en su portada prescinde totalmente de la información de la novela que edita, y aparece publicada como un anejo de la revista de investigación literaria sobre el Siglo de Oro La Perinola, lo que me hace pensar que en EUNSA querían que sólo el grupo de investigadores del GRISO le echara un vistazo, nada de lectores potenciales, ya saben, no está hecha la miel para la boca del asno. Personalmente creo que EUNSA podía haberse esforzado un poquito más en presentar la novela como lo que es, una novela, para que, aunque se trate de un género literario que no vaya a ser un best-seller hoy en día, al menos aquellos lectores de novelas a los que les pudiera interesar tuvieran la posibilidad de saber de su existencia.

Return of the Living Deadpool

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CULLEN BUNN, Return of the Living Deadpool

Si no me equivoco esta es la última parte de la saga que comenzó con Deadpool mata al universo Marvel, aunque no termino de entender qué tienen que ver estos dos cómics sobre zombis con lo que allí empezó a contarse. Si he de decir que al menos eran más entretenidos que el tomo con el que empezaba la serie.

En el apocalipsis zombi, todo zombi que muerde a Deadpool se convierte en… ¡otro Deadpool! Pero los Deadpools resultantes quieren hacerse con el control del mundo, haciendo que todas las personas se conviertan en zombis para después convertirlas en Deadpools. En medio de todo esto aparecerá un Deadpool sin recuerdos y mucho más chalado que todos los demás juntos que ayudará a la gente a enfrentarse a ellos.

Siguiendo con lo que suele pasar en las historias de zombis conforme avanzan, ahora el problema no son tanto los zombis como los otros supervivientes, aunque sean representados de esta absurda manera. Con excepción de este punto de partida, las referencias al género son casi inexistentes, consistiendo la historia casi únicamente en una loca carrera matando zombis y Deadpools, lo que, si bien la hace entretenida, la sitúa muy por debajo de su predecesora.

Nada más diré, pues poco hay que comentar sobre esta última parte de la serie. La historia ha terminado y supuestamente no hay ningún otro Deadpool para continuarla. Y espero que así sea, o mi afán de completismo terminará por perderme.

Night of the Living Deadpool

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CULLEN BUNN, Night of the Living Deadpool

No entiendo por qué esto es una continuación de la historia que daba comienzo con Deadpool mata al universo Marvel. A mi parecer es un nuevo relato completamente independiente y que ninguna relación guarda con aquel. Es más, incluso la historia empieza de cero.

Vamos a ver si a alguien le suena esto de algo. Deadpool se despierta tras una larguísima siesta inducida por un empacho de chimichangas. En el tiempo ha estado durmiendo se ha producido un apocalipsis zombi. Así que se unirá a un pequeño grupo de supervivientes, viajarán en busca de un lugar donde quedarse, sufrirán un ataque zombi, dara con un grupo de sádicos asesinos, encontrará un pueblo con una comunidad superviviente…

Resulta más que evidente que el autor ha visto 28 días después, The Walking Dead o Resident Evil, y las utiliza para parodiarlas. La historia comienza con el protagonista despertando en medio del desastre. Si bien tal inicio resultaba bastante dramático en las ficciones en las que se basa, cuyos protagonistas desdertaban de un coma en un hospital para descubrir que el mundo que habían conocido se había ido para siempre, Deadpool despierta en la misma situación, pero él estaba dormido porque una comilona le había producido un sueño muy profundo. Con semejante comienzo uno no tiene ninguna duda de que lo que va a venir a continuación va a ser una cruel parodia de las películas de zombis, o, más exactamente de la serie de moda The Walking Dead, aunque no sólo de ella.

De hecho, las referencias a la serie son constantes. Aparte del chiste con el recién despertado, inmediatamente encuentra a un pequeño de supervivientes del que se convierte en líder, da con un grupo de asesinos que o lo parecían en un principio, llegan a un pueblo protegido por barricadas en el que los supervivientes se han fabricado una nueva vida, incluso dejan pasar, haciendo chistes sobre ello, una granja y una cárcel, pues a Deadpool no le parecen apropiadas para establecerse. El chiste también alcanza al Amanecer de los muertos cuando rememora que los paseantes de los centros comerciales ya le parecían bastante molestos cuando estaban vivos.

La última parte del cómic parece sacada de Resident Evil, con malvados científicos que crean el virus en un laboratorio incluido. Claro que el final podría considerarse incluso demencial.

Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

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ENRIQUE JARDIEL PONCELA, Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

Hace ya tiempo que di buena cuenta de todas las historias de Sherlock Holmes escritas por Conan Doyle, y mi sed de este personaje no se acabó con el último de sus relatos, sino que seguía pidiendo más. Me servían como calmante las múltiples películas rodadas con el personaje, los dos últimos estrenos cinematográficos, con dos actores perfectos en sus respectivos papeles pero con guiones muy, muy, muy flojos, y varias series de televisión, entre las que sin duda destaca la casi perfecta última adaptación que ha llevado a cabo la BBC. Visto lo visto, está claro que yo habría sido uno de esos lectores enfebrecidos que obligaron a Doyle a resucitar a su personaje cuando lo lanzó al abismo en la cascada de Reichenbach.

Siempre me resistí a las historias de Holmes escritas por otros autores, pues dudaba que pudieran ofrecerme la magia del personaje del que me había prendado, pero finalmente he desistido y he decidido continuar a través de ellas el camino de Sherlock Holmes. El asunto es que buscando qué nueva historia sobre el detective leer, me di de bruces con algo bastante peculiar, cuya existencia desconocía por completo, y que era nada menos que un libro de relatos de Enrique Jardiel Poncela sobre el detective. Con toda seguridad eso no iban a ser unas historias al uso del famoso detective, pero ya me había picado el gusanillo de la curiosidad, así que decidí que ese iba a ser la primera historia apócrifa de Holmes que leyera. Y sin duda que, al menos, sería divertida.

Y así ha sido. Si bien cuando uno lee a Poncela no se ríe a mandíbula batiente, lo hace con una perenne sonrisa en los labios. La capacidad de absurdo del escritor es inmensa, y cada frase encierra un tópico, un doble sentido, una ridiculez… no hay línea sin chiste, y eso a lo largo de toda su escritura.

Poncela nos presenta una parodia del método deductivo del famoso detective, que es capaz de deducir que les han dado carne de caballo en lugar de ternera porque ha encontrado una espuela en su plato, o que una momia es analfabeta porque al colocarle un papel escrito delante no puede leerlo. La misma parodia se lleva a cabo con su ayudante, que si bien en los relatos de Doyle es un inteligente doctor Watson que no llega al altísimo nivel de Holmes, aquí es el propio Poncela, al que el detective llama Harry, el que representa a un ayudante cuya corteza de miras lo hace quedar constantemente pasmado ante los logros del detective, con frases como: “Sí, es extraño -–repetí yo sin saber por qué”.

Poncela, como es habitual en él, no nos permite involucrarnos anímicamente en la historia, presentando para ello un discurso lleno de juegos verbales que nos obliga a mantener siempre la perspectiva, a observar con superioridad el espectáculo. El desfile de chistes y absurdos es imparable: “La tarde caía sin hacerse daño”, “En el piso bajo había una tienda de bacilos del tifus”, “Como en Londres no se mide por kilómetros, sino por millas, las distancias con terriblemente largas”, “Yo, como siempre, y como era mi obligación de ayudante, estaba maravillado”.

Para quien quiera pasar un rato divertido, con una sonrisa siempre en la cara, recomendable. Para quien pretenda reír a carcajadas, pues mejor un Mortadelo.

Deadpool Kills Deadpool

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CULLEN BUNN, Deadpool Kills Deadpool

¿Son todos los cómics de Deadpool tan descerebrados? Me veo en la obligación de preguntarlo porque este es el primero que leo (junto a las dos primeras partes de esta saga, por supuesto). Tras haber acabado primero con todos los héroes y después con los personajes de las historias clásicas de la literatura, el mundo sigue existiendo, así que Deadpool decide que él es el creador de todo lo que existe y decide acabar de una vez con todo matando a todos los Deadpool de los diferentes universos. Y así es como comienza una historia demencial (y muy divertida) en la que todos los héroes son Deadpool en diferentes versiones de sí mismo: tenemos un Deadpool Lobezno, un Deadpool panda, un Deadpool dinosaurio e incluso un Deadpool Galactus (un tipo muy grande que come planetas, para los que estén tan perdidos como yo lo estaba). El caso es que la colección de personajes que van apareciendo es demencial, siendo el último de ellos el Deadpool de los dos cómics anteriores.

En este caso tenemos una guerra entre los Deadpool malos, que quieren destruir el universo, y los buenos, que quieren salvarlo. Y entre los dos ejércitos ni un solo personaje que podamos tomarnos en serio. La densidad de chistes y tonterías por centímetro de texto es tal que uno no puede detenerse a pensar seriamente lo que está leyendo. El único que no es Deadpool, un Vigilante (un tipo con la cabeza muy grande que observa todo lo que sucede en el universo), parece una caricatura de sí mismo de puro tonto, incluso aparece con una mano de esas de espuma gigantes con un dedo en alto y el logo del ¿héroe? que nos ocupa en ella, declarándose su fan número uno.

Entonces ¿hemos de suponer que esto es una tontería y que no merece la pena? Definitivamente… ¡NO! En lo personal, me reído más que mucho mientras lo leía. Todo, y digo todo, lo que sucede es tan loco y descerebrado que no tiene desperdicio. No intentaré hacer ninguna lectura profunda porque creo que eso sería tratar de dar al cómic una dimensión que en realidad no tiene, pero si en otra ocasión dije que estos cómics de superhéroes son como una película de acción cuya misión es la de entretener ofreciéndonos como único rasgo formal una historia correcta, éste cumple con creces: es divertido y nos ofrece un rato de pura diversión, con una lectura que no se vuelve ni pesada ni absurda (en el mal sentido del término, quiero decir, pues absurda por cómica lo es y mucho) ni por un momento.

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CULLEN BUNN, Deadpool Killustrated

¿He comentado alguna vez algo sobre mi afán completista? Seguro que sí: soy incapaz de comenzar una saga sin sentir un tremendo deseo de terminarla (Harry Potter es la excepción, no creo que pase jamás del primer volumen), y al parecer el cómic de Deadpool mata al universo Marvel tenía no una, sino cuatro continuaciones, así que me veo en la obligación de leerlos todos. Es cierto que tampoco me doy mucha prisa: algunas series de novelas tardo años en completarlas, otras continúan inconclusas, e incluso hay un tercer tipo del que de momento sólo he leído la primera novela. Por no hablar de las que ardo en deseos de comenzar. Supongo que al tratarse en esta ocasión de cómics que tampoco suponen demasiado tiempo de lectura, iré más rápido con ellos.

Antes de decir nada del cómic haré una confesión. El ánimo con el que suelo leer los cómics de Marvel y de DC es el mismo con el que me enfrento a una película de acción. Es decir, espero de ellos una acción bien contada: nada más. Si me ofrecen algo más bienvenido sea, pero no es la premisa. Pero tienen un atractivo más, y es que nos ofrecen historias de acción con muchas más posiblidades que las de las películas de Hollywood que, una y otra vez, se empeñan en empezar desde el principio las historias de sus personajes cada vez que les sale una película mala, y dada la increíble frecuencia con que eso sucede, si queremos historias de acción que no nos cuenten siempre la misma historia con estos personajes, pues tenemos que recurrir a los cómics. Dicho esto, procederé a contarles la historia de este descafeinado cómic, copia en cierta medida de otro muchísimo más interesante que ya firmó Alan Moore.

Deadpool, en su afán por asesinar a todos los héroes y villanos, y en su clarividencia, que le muestra que todos ellos son tan sólo personajes de cómic, se las ingenia para hacerse con una máquina que le permita viajar a voluntad entre universos, con lo que consigue llegar al que contiene a los personajes de las historias clásicas de la literatura (metiendo en el mismo saco a los personajes victorianos, con el Quijote, los mitos griegos y diversas mitologías nacionales). Una vez ahí decide matar a todos esos personajes porque son aquellos en los que se basan los superhéroes de su mundo, con la esperanza de que si los guionistas de Marvel no pueden basarse en ellos, jamás podrán inventarlos. Pero desde su mundo envían un aviso a Sherlock Holmes, que crea un equipo para detener a Deadpool.

Si bien creo que el primer cómic era una burla del funcionamiento del mundo de los cómics, este es una sencilla patochada, un chiste sin ningún tipo de pretensión a pesar de su argumento aparentemente más elaborado. Basta ver el subtítulo que acompaña a la portada: “¡Destrozando las historias de los mejores autores literarios!”. El esquema que sigue es el mismo que en la anterior parte: personaje que aparece es personaje que está camino del matadero. Sin embargo aquí los futuros muertos ofrecen una mayor resistencia, con lo que podemos hacernos una idea de que no estamos ante el Deadpool todopoderoso que nos mostraron en la primera parte. Este asesino sí que parece poder ser derrotado.

Por otro lado, se nos ofrece una introducción de la que carecía el cómic anterior (el absurdo discurso del Vigilante y presentación de cómo se crea al asesino no pasaban de ser una burda excusa para mostrar la muerte de otros dos personajes), aquí se nos explica en qué consiste la historia y cuáles son las bases que debemos asumir. No es que considere esto un defecto del primer volumen, sino que como aquel consistía en ir rompiendo sitemáticamente todas las reglas, era absurdo establecer unas.

El resto de la historia es una colección de personajes clásicos con los que se hacen continuos chistes burlándose de ellos a costa de las historias a las que pertenecen, caricaturizándolos y mostrando su lado más ridículo, tal como se hacía con los héroes en la historia anterior. Debo decir que ahora sí que conocía a los personajes, así que puedo entender aquello de que el autor quería burlarse de los fans. Pero es que en esta historia esa burla está completamente desautomatizada, pues si bien antes tenía por objeto criticar ese tipo de historias, ahora es tan sólo una reproducción de lo que antes ya se había hecho, para poder así continuar con el juego, pero sin un verdadero sentido de fondo.