Crimen y castigo

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OSAMU TEZUKA, Crimen y castigo

Esta versión de Crimen y castigo de Osamu Tezuka está muy simplificada, lo cual no deja de tener sentido, teniendo en cuenta que se trata de una versión infantil. Aunque el hecho de que su principal objetivo sea resultar atractiva al público infantil, uno que no es el mismo de nuestros días por otro lado, no es un impedimento para que resulte también atractivo para un público adulto que sea un poco observador.

Como punto en contra, he de admitir que la simplificación de la historia lleva a la eliminación de algunos personajes, haciendo que sus funciones sean asimiladas por otros, lo que reduce en gran medida la exposición de los problemas sociales y éticos que representan, aunque entiendo que poco ganaríamos machacando a un niño excesivamente con todo eso. Pero algo sí que hay que no me gusta, y es la simplificación de su final. Recordamos cómo en la obra de Dostoyevski, Raskólnikov, tras confesar, tenía que purgar sus culpas en la cárcel y no podía reincorporarse a la sociedad hasta haber “pagado su deuda”, reconvirtiéndose de esa manera en un ciudadano más dentro del orden social y abandonando aquellas ideas por las que un individuo (un genio, decía él) podía estar por encima de unas leyes que no eran más que una serie de convenciones sin valor establecidas por mediocres, que eran las que lo habían llevado a cometer el crimen. Todo muy correcto y muy dentro del orden social establecido. Podríamos decir que incluso muy democrático. Aquí todo termina con una confesión a gritos entre la multitud que nadie oye, con la que se libera toda la tensión interna del protagonista, y ahí acaba la cosa. Una moralina para niños (di siempre la verdad, admite si has hecho algo malo) que resulta preocupante como enseñanza, porque basa la redención en la propia confesión. Una idea tan cristiana que llevo ya un rato preguntándome por las convicciones religiosas de Tezuka.

Pero hay sobre todo un par de detalles que me han llamado mucho la atención. El primero de todos es la magistral forma en que construye la escena del crimen. Con un escenario único (las escaleras de la casa) que se repite a lo largo de muchas viñetas y en el que va cambiando la posición de los personajes, que se van moviendo de arriba a abajo por las tres plantas que se nos muestran, como si el lector estuviera ante una obra de teatro. Todo esto con los sucesos del crimen ocultos tras la puerta y sin mostrar sangre, que estamos en una historia infantil. El segundo es el episodio del carro, increíblemente alegórico para un cómic infantil y muy bien hilado con lo que vendrá después. Las cargas que se van imponiendo al pueblo que no puede soportarlas, quedan perfectamente representadas en la figura de ese pobre burro enflaquecido que debe tirar de una carreta en la que cada vez van subiendo más personajes gordos y bien vestidos que, para colmo, no dejan de burlarse de él. Además, y debido a la economía de espacio necesaria por ser esto un cómic, la revuelta estudiantil contra el poder no tardará en hacer acto de presencia.

Así pues, la necesaria simplificación para presentar una historia como Crimen y castigo al público infantil está perfectamente equilibrada con, por un lado, el ofrecimiento de un relato de calidad bien construido y, por otro, la presentación de una enseñanza para formar una conciencia.

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Mary Poppins

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P. L. TRAVERS, Mary Poppins

Hace unos días vi la película Al encuentro de Mr. Banks, que narra las vicisitudes para conseguir llevar a la gran pantalla la novela de la escritora británica P. L. Travers, Mary Poppins, por parte de Walt Disney. En la película nos cuentan una versión un tanto edulcorada de cómo acabó el asunto, pues si bien la Travers de la película, a pesar de sus muchas negativas al principio y todavía más pegas durante la adaptación (que si no podía ser un musical, que si no podía haber animación, que si Mary Poppins era demasiado fantasiosa, que si Mr. Banks no se preocupaba por sus hijos… al parecer acabó perdiendo todas las discusiones), acaba por estar bastante contenta con el resultado final de la película que Walt Disney había basado en su novela. Y nada más lejos de la realidad, pues la película que todos conocemos no hizo ninguna gracia a la británica, hasta tal punto que se encargó de que Disney no pudiera rodar ninguna otra película con las otras novelas de la saga de la niñera mágica, cosa que, por otro lado, a los telespectadores nos vino de primera, pues permitió que la cosa acabara donde debía y no nos asaltaran con mil continuaciones, que ya hemos visto demasiadas veces cómo terminan.

El asunto es que tras ver la película me entraron ganas no sólo de volver a ver Mary Poppins, sino de leer la novela infantil en la que estaba basada, de cuya existencia, dicho sea de paso, ni siquiera sabía nada. Así que la leí, y tras leerla me alegré muchísimo de que Walt Disney no hiciera ni caso de las exigencias de la señora Travers: la historia con la que muchos nos entusiasmamos de niños habría salido muy perjudicada. La novela infantil (con mi afán completista presumo que tarde o temprano tendré que leer las cuatro restantes) resulta bastante sosa. La magia de la película de mi infancia no existe, y cuando aparece lo hace de una manera que podríamos decir que es bastante sosa. Durante toda la nueva película un Tom Hanks – Walt Disney nos cuenta lo muchísimo que su hija se había entusiasmado con la lectura de las aventuras de la niñera mágica de P. L. Travers, así que con la idea de la película de 1964 en la cabeza, comenzaba a arder en deseos de leerla. Pero la decepción fue bastante grande. No es que la novela sea mala, porque no lo es, pero no alcanza ni por asomo las cotas de ilusión experimentadas frente a la pantalla.

La verdad es que son bastantes los cambios introducidos en la película. Para empezar, y lo que más decepción produce (recordad que esta es la impresión de alguien que no conoció a Mary Poppins en el papel, sino en la pantalla), es que la niñera es bastante antipática. Es toda una institutriz inglesa, más parecida a la que renuncia a su trabajo en las primeras escenas de la película que a la que interpreta Julie Andrews, contratada más por sus bajos honorarios, pues la familia de la novela no es adinerada como la de la película (cosa que también molestó a Travers), que por… lo cierto es que en la película tampoco me queda muy claro por qué la contratan. Este personaje no es capaz de ganarse la simpatía de ningún lector, o al menos eso me parece, no entiendo cómo alcanzó tal repercusión cuando fueron publicadas sus aventuras.

Además, el maravilloso personaje del deshollinador interpretado en la película por Dick Van Dyke, del que tan grato recuerdo tenemos, no tiene ni de lejos la importancia que tenía en la película. Y los niños que Mary Poppins debe cuidar son cuatro, no dos. Y la casa es un adosado de ladrillo, de esos tan comunes entre las familias de clase media en Inglaterra, no una mansión. Por no hablar de ese soso final que ni siquiera parece un final en la novela.

La novela está organizada en capítulos que suponen aventuras individuales e independientes, muy al gusto de las novelas infantiles del momento, una estructura no muy diferente de la que nos ofrecía Guillermo el travieso de Richmal Crompton, o algunos de los libros de Enid Blyton. Con lo cual, lo que ofrece son eso, pequeñas aventuras, no una única y bien elaborada, que es lo que pedimos en estos tiempos, aunque esto es tan sólo un cambio en los gustos de la época.

Pero parece que, al contrario de lo que algunos suelen hacer a menudo, que es juzgar una película por sus diferencias con la novela, yo esté juzgando la novela por sus diferencias con la película. Nada más lejos de la realidad. Lo que me interesa es dejar claro ciertos puntos que me parecieron muy acertados en la adaptación cinematográfica, y que son precisamente los que no gustaron a la escritora. Es decir, todo aquello que se alejaba de lo que exactamente contaban las páginas de la novela y que para Travers suponían todo lo malo de la película, mientras que para mí, como espectador, supusieron todo lo bueno, todo lo que recordé una y otra vez durante mi infancia. Y es que este es un mal que aqueja a muchos escritores que venden sus historias a la industria cinematográfica, que no se dan cuenta de que lo que ellos escribieron era una novela y lo que ahora va a rodarse es una película, géneros que de ninguna manera pueden contar la historia de la misma manera, y la prueba está en que en muchos de los casos sus destinatarios no son los mismos, pues si lo fueran, el número de lectores sería exactamente el mismo que el de espectadores, y si acudimos a las encuestas sobre lectura que se publican todos los años está claro que esto no es así.

Un afán por tener controlada en todo momento la historia que ellos escribieron en un momento dado parece aquejar a casi todos los novelistas que venden sus novelas al cine. Y cuando lo consiguen padecemos auténticos plomazos y sinsentidos, como El guerrero número trece, en la que Michael Crichton llegó a echar al director McTiernan, la televisiva y carente de interés El resplandor, con Rebecca de Mornay, cuyo único punto a favor es que reproduce la novela casi letra a letra, o todas y cada una de las películas sobre las novelas de Harry Potter, que suponen un crimen contra el ritmo narrativo a favor de que aparezcan un montón de tonterías mágicas sobre el colegio ese de los magos. Los novelistas parecen no entender que si bien la novela era suya, era su obra de arte, la película no lo es, pertenece al director, que no sólo sabe mejor que ellos lo que cuadra en una película y lo que no, sino que además puede querer utilizarla para contar algo bien diferente de lo que su autor original tenía en mente. Hoy en día todos tenemos bien claro que El resplandor es una novela de Stephen King, pero es una película de Stanley Kubrick, de la que, en un ejercicio de infantilismo del que no creía capaz al casi siempre sensato escritor de Maine, King renegó, diciendo que aquello no era la novela que él había escrito. Y por supuesto que no lo era: como ya he dicho, aquello era la película de Kubrick, no la novela de King. No se trata de que la película adapte mejor o peor el mensaje de la novela, pues estos pueden ser radicalmente distintos como en el ejemplo mencionado, sino de que la película adapte bien la historia al género cinematográfico.

Luis va a esquiar

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GUY DELISLE, Luis va a esquiar

Hoy les recomiendo un cómic que no tiene edición española. Yo lo he leído en una edición alemana, y les aseguro que no sé ni una palabra de alemán. Puede parecerles esto extraño, pero leer quizá sea también demasiado decir, pues ni una sola palabra salpica las viñetas.

En una secuencia de viñetas mudas, con bastante fantasía y mucho humor, Delisle nos cuenta las aventuras de su hijo pequeño durante un día en las pistas de esquí. No hay nada que leer, pero a cambio tenemos una gran cantidad de viñetas cuadradas, bastante pequeñas pero perfectamente visibles, que cuentan al detalle todo lo que sucede. El autor va a esquiar con un amigo y los hijos de ambos, con edades demasiado distanciadas, se van por su cuenta. No tardarán los dos niños en distanciarse y comenzará a verse envuelto el pequeño en una serie de situaciones sin duda aumentadas por su imaginación. La estructura es como un capítulo de aquellos de dibujos animados que, al menos yo, veía en mi niñez: padre pierde de vista a niño y al niño comienza a pasarle de todo, en una secuencia muda repleta de sonidos onomatopéyicos. Podría servirnos también para hacernos una idea un capítulo de Tom y Jerry.

A lo que le he estado dando vueltas durante toda la “lectura” es si la historia se la inventó Delisle o si se trata de una adaptación de lo que pudo contarle su hijo que había hecho mientras estaba en la nieve. Personalmente, y aunque pueda no ser cierto, yo me decanto por la segunda idea, no por probable, sino porque resulta mucho más estimulante imaginar al niño contándole al padre todo lo que había hecho durante ese día, entre situaciones absurdamente exageradas por su imaginación. Lo que nos da una idea de cuán poco sabemos de lo que hacen los niños cuando ningún ojo adulto los vigila. De lo que sí estoy seguro es de que, cuando esto sucede, sin duda viven en un mundo mucho más emocionante que el mío.

Charlie y la fábrica de chocolate

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ROAL DALH, Charlie y la fábrica de chocolate

Me pilla ya un poco lejos mi infancia para leer Charlie y la fábrica de chocolate, pero qué quieren que les diga, siento cierta debilidad por las novelas infantiles, quizá porque no leí demasiadas cuando me tocaba, mi placer por la lectura me llegó un poco tarde. Por otro lado, la mayoría de las novelas supuestamente para adultos que la gente lee hoy en día son también novelas infantiles, unas mejor disfrazadas que otras, así que…

No creo que haga falta referir la historia de Charlie ni su significación, todo está tan meridianamente claro que de poco tengo que hablar aquí. El chocolatero Willy Wonka se hace viejo sin descendencia y quiere dejar su fábrica a alguien e invita a visitarla a cinco niños, cuatro de los cuales representan los diferentes vicios maleducados del mundo moderno y, el último, Charlie, es un chaval al que todo le ha ido mal pero esa adversidad con ha conseguido acabar con su natural bondad ni ha hecho mella en una correctísima educación de la que carecen los otros cuatro niños. Parece claro que Charlie y la fábrica de chocolate es una novela hija de su tiempo. Fue publicada en 1975 y en aquella época (en España íbamos algo más retrasados) los padres ya habían entrado en la dinámica de querer dar a sus hijos todo aquello que ellos no habían tenido de niños (no sé donde leí o escuche en una ocasión que se les olvidó darles aquello que sí habían tenido), lo que ha ido degenerando hasta llegar a la actual satisfacción de todos sus caprichos que observamos hoy.

En este panorama, Charlie es un superhombre, aunque uno tratado con bastante ingenuidad, todo hay que decirlo. Dalh lo enfrenta a los otros cuatro niños, los cuales han recibido satisfacción a todos sus deseos, y a su lado, un niño que no ha recibido esa constante atención debido a su pobreza, es mucho más sensato y está mejor educado. Dalh se excedió al pintarnos un Charlie tan pobre, pues a nadie se le escapa que esas situaciones de pobreza extrema en medio de una sociedad pudiente, no acostumbran a crear buenas personas, sino más bien lo contrario: somos en general bastante revanchistas, y un niño que crece en la pobreza rodeado de abundancia que no puede alcanzar, lo más normal es que se convierta en un delincuente para apropiarse de ella, o como mínimo que no mire a los que nadan en la abundancia con tan buenos ojos como Charlie lo hace.

La metáfora está clara y la enseñanza se puede extrapolar a nuestra sociedad sin dificultad, y es que ser bueno tiene su recompensa. Pero lo que me llama la atención, o más bien el motivo que me desagrada, es el motivo por el que Wonka lleva a cabo este experimento. Lo explica claramente al llegar al final de la historia: “Claro que hay miles de hombres muy hábiles que darían cualquier cosa por la oportunidad de encargarse de todo esto, pero yo no quiero esa clase de personas. No quiero para nada una persona mayor. Una persona mayor no me haría caso; no querría aprender. Intentaría hacer las cosas a su manera y no a la mía”. No parece muy dispuesto el señor Dalh, por estas palabras que pone en boca de Wonka, a entender la educación (que no han recibido los cuatro niños malcriados pero sí ha recibido Charlie) como la formación del pensamiento crítico, sino más bien como el mero adoctrinamiento. De ahí que los niños no sean castigados cuando exhiben su egoísmo y poca educación (aunque sí quede claro lo malo de su comportamiento), sino cuando desobedecen directamente las órdenes del chocolatero. Charlie es el único que no lo hace, el único que siempre cumple al pie de la letra las instrucciones de Wonka. Y él también tiene su tentación, al igual que los otros cuatro, pero no se deja llevar: el caramelo eterno sería perfecto para él, tal como lo explica Wonka: “Los estoy inventando para los niños que reciben una escasa paga semanal”. Esa es la tentación de Charlie. Pero justo antes ya había sido advertido: “¡No quiero que toquéis nada una vez que estemos dentro! ¡No podéis tocar, ni fisgonear, ni probar nada! ¿De acuerdo?”. Y Charlie cumple; es el único que lo hace y por eso sale vencedor.

Así pues, parece que la educación que busca Dalh radica en la obediencia a los mayores y en poco más. Algo con lo que no estoy del todo de acuerdo, pero que en absoluto hace desmerecer a una novela infantil que me parece muy superior a muchas de las que hoy en día pueblan nuestras librerías.

>Chino americano

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GENE LUEN YANG, Chino americano

“Como asiático americano, Chino americano es le libro que he estado esperando toda mi vida”. – Derek Kirk Kim

Esta es la frase con la que Chino americano se publicita en sus tapas, y resulta a todas luces exagerada. Bien es cierto que la novela gráfica tiene una serie de guiños que sólo serán comprendidos por aquellos lectores que tengan ciertos conocimientos de la cultura china, pero el asunto no pasa de ahí: una serie de guiños. Dichos guiños se limitan a la insistente repetición de un sello en todas sus páginas y a una reelaboración chistosa del Viaje al Oeste (de verdad tiene gracia si se conoce la referencia original). La aparición del sello imperial me parece interesante, aunque también excesiva, no creo que fuera necesario que apareciera en todas y cada una de las páginas. Este sello resalta la importancia de un relato que parece intrascendente a lo largo de su desarrollo, hasta que llegamos al final y todo cobra sentido.

La novela está compuesta de tres historia separadas que confluyen al final para dar unidad al conjunto y, como en toda buena historia de aprendizaje, conformar una moraleja final. Además, las tres historias se van mezclando de manera en apariencia caótica, pero bastante ordenada una vez que puede verse con la perspectiva necesaria que ofrece el disponer de todas las piezas. La primera de ellas es una reelaboración aún más cómica que la original del Viaje al Oeste. La segunda, la historia de un chico asiático que trata de integrarse en su colegio de los Estados Unidos. La tercera cuenta cómo la vida de un estudiante popular se va al traste con la visita de un pariente suyo chino, que hace que todos empiecen a verlo como un bicho raro. Todos reconoceremos a este pariente como al chino idiota de las antiguas comedias americanas, cuyo único cometido era meter la pata y decir frases absurdas. Aquí su papel se repite a la perfección, pero va más allá, pues él se revelará como verdadero protagonista de todo el conjunto, como la única voz auténtica dentro de todo ese teatro de apariencias que se ha ido formando para no ser quienes realmente somos y formar parte de aquello que consideramos mejor que nosotros.

Es en este punto donde Chino americano se convierte en un viaje opuesto al que nos ofrecía Viaje al Oeste. Si en este último el viaje iniciado tenía por objeto que sus protagonistas mejoraran personalmente, en Chino americano les lleva a perder su propia personalidad por la ilusión de un mundo de apariencias.

Quizá el mayor defecto de Chino americano sea limitar este dilema moral a la conservación de las propias raíces, en lugar de ampliarlo a la autoafirmación que todos necesitamos, vivamos o no lejos de nuestro ambiente natal.

Una buena historia para cualquiera que disponga de media hora libre, aunque de una elaboración un tanto infantil (tanto por el dibujo como por su desarrollo), teniendo en cuenta las referencia adultas que utiliza.

>La sombra del viento

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CARLOS RUIZ ZAFÓN, La sombra del viento

Comenzaré exponiendo que la lectura de este libro ha sido ante todo, para mí, un experimento, pues en modo alguno lo he leído, sino que lo he escuchado. Algunas personas me lo habían recomendado con anterioridad y, a pesar de que me llamaba la atención, siempre me había dado bastante pereza enfrentarme a la primera novela para adultos de Ruiz Zafón, hasta que llegó a mis manos un ejemplar ya leído y listo para excuchar, un audiolibro, y decidí disfrutarlo en este tan singular formato para mí. Y la experiencia fue buena. Por supuesto que tuvo algunas pegas; era, por ejemplo, casi imposible echar páginas atrás para revisar algo y, dependiendo del lugar, el ruido ambiente podía resultar molesto para la correcta audición. Sin embargo mi principal preocupación, el hecho de que mi mente volase sin prestar atención a las palabras que la grabación susurraba en mi oído, no llegó a producirse, por lo que ya he tomado la decisión de que su publicitada segunda parte, El juego del ángel, pasará a formar parte de mis conocimientos enciclopédicos mediante este mismo procedimiento.

Una cosa me proporcionó este tipo de “lectura” que nunca podría haber experimentado mediante una de tipo más “tradicional” (entrecomillo tradicional porque tendemos a olvidar que la transmisión literaria ha sido durante mucho tiempo oral, pues hace relativamente poco que todos sabemos leer): el placer de disfrutar de sus “páginas” al tiempo que admiraba las evoluciones del paisaje a través de la ventanilla del tren, pues gran parte de la novela la disfruté durante un viaje a través de la China de veintitrés horas de ida y otras veintitrés de vuelta. Y les aseguro que experimentar la literatura y la naturaleza al mismo tiempo es algo sin duda mágico.

Tras esta breve introducción debería pasar a hablar de la novela en sí misma, a la que me cuesta aceptar como una novela para adultos. Ruiz Zafón viene de la literatura juvenil y eso se nota en La sombra del viento. Incluso me atrevería a aventurar que él comenzara a escribir la historia pensando en su habitual público y cambiara su orientación a medida que ésta se desarrollaba. Es decir, que nació como novela infantil y fue creciendo en edad al tiempo que lo hacía en número de páginas. Digo esto por la ambientación y personajes que acompañan al inicio de la novela, con un protagonista niño dispuesto a correr grandes aventuras en un lugar tan misterioso como puede serlo el cementerio de los libros olvidados, casi mágico, como los que aparecen en todos los libros infantiles, y custodiado por ese guardián-bibliotecario. Porque… ¿Qué es el cementerio de los libros olvidados? ¿Una librería? ¿La biblioteca particular de alguien? ¿Algún tipo de almacén? Lo cierto es que desde un principio se nos muestra como un lugar casi fuera de nuestra realidad, al que sólo unos pocos elegidos tienen acceso, como si fueran miembros de un muy selecto club de cierto misticismo y cuyo conocimiento va heredándose de padres a hijos. El bibliotecario se dedica a eso: a se el bibliotecario del cementerio, que por otro lado parece estar en el lugar más recóndito de Barcelona y no tener financiación alguna. Además hay un pacto de silencio por el que todos aquellos que conozcan la existencia del lugar deben guardar el secreto. Todo esto se sostiene en la fantasía de una novela infantil y así lo aceptamos, pero La sombra del viento se va haciendo más adulta conforme avanza (no demasiado, salvo por algunas escenas de sexo y violencia), y cambia paulatinamente su argumento de fantasía juvenil por otro histórico y detectivesco más propio de los best-sellers actuales. Pero dentro de todo este mundo mucho más realista se mantiene el cementerio como un resto de lo que la novela había empezado siendo, lo cual crea situaciones no del todo verosímiles.

Pero el gran acierto de La sombra del viento es su mezcla de elementos, dispuestos al estilo de una novela de folletín, con multitud de picos y aplazamientos en la trama. Ahí dentro se mezclan una historia de misterio, con una narración histórica, con dramas familiares y amorosos, que en ocasiones merecerían haber sido escritos por el propio Dumas.

No es una gran novela pero sí una buena novela. Zafón ha sabido ver los vicios y defectos de los lectores “adultos” actuales y les ha sabido sacar partido en un libro que me atrevería a llamar de adoctrinamiento literario. Me explico. Dumas, Tolstoi, Wilde… los clásicos, en fin, son desplazdos hoy en día por el público adulto en favor de una literatura ligera de best-seller con volátiles tramas pseudohistóricas y una literatura infantil “con mucha letra” y en ocasiones bastante pobre. Vamos, que a los lectores actuales les gusta que les hablen como a niños. Zafón, conocedor de la literatura infantil, pues es uno de sus autores, hace uso de sus conocimientos y valiéndose de ese tirón arrastra al lector hacia el mundo del folletín, “educando” así sus gustos. Si el lector de J. K. Rowling es carne de cañón para Stephenie Meyer (sí, comprendo la ironía de esto) y más adelante para Dan Brown, el paso lógico tras La sombra del viento son Dumas y sus coetáneos.

Repito que no pasa de ser una novela más, pero una que arranca un soplo de aire fresco para la narrativa de best-seller, llevándola por caminos mucho más dignos de los que habitualmente transita y, lo más importante, llevando a sus lectores a mucho más recomendables puertos.

>Robin Hood

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HOWARD PYLE, Las alegres aventuras de Robin Hood

Robin Hood vive oculto en los bosques de Sherwood desde que, siendo aún joven, mató uno de los ciervos del rey y se convirtió así en un proscrito. Desde que aquello sucediera, ciento cuarenta hombres más se han unido a sus alegres proscritos. Ocultos entre los árboles roban las dos terceras partes de su cargamento a todo aquel que se enriquece con métodos poco honestos y pasa por el camino del bosque, y de lo sustraído la mitad lo dedican a obras de caridad. Sus compañeros más cercanos son el Pequeño John, su mano derecha, su sobrino, Will Escarlata, y el bardo Alan de Dale.

Este es el argumento básico de Las Alegres aventuras de Robin Hood, una novela de puro entretenimiento que su autor utiliza en muchas ocasiones para desarrollar una especie de locus amoenus de corte medieval. Sin duda Howard Pyle era un gran conocedor de la Edad Media, y nos regala en esta novelita de aventuras una descripción de la vida cotidiana de aquella época, más bien del ocio que entonces era habitual y que choca en ocasiones con nuestra manera de entender la diversión, tanto ha cambiado el mundo. Si bien el estilo de la novela no es en absoluto medieval (gracias a Dios, pues es de agradecer el que sepa mantener la perspectiva), sí que lo es la forma de la narración, empezando por esa máxima del medievo que tan mal parecemos entender en la actualidad: deleitar aprovechando. Pyle pone un gran énfasis en las formas de entretenimiento medievales, siendo la música una de las que más importancia cobran dentro de la novela. No son pocas las veces en que alguno de los personajes entona canciones que son escuchadas con gran interés por sus interlocutores, mediando siempre en el capítulo un juego de falsas modestias que son inmediatamente puestas al descubierto por el entretenimiento proporcionado. Varios personajes instan a uno a cantar, que en un principio finge negarse, pero que acaba accediendo a cambio de que los demás también canten para poder disfrutar asimismo de ese modo de diversión. Siempre se niegan, pero siempre cantan. Hay que tener en cuenta para entender esto que la música era una forma de entretenimiento (la música con instrumentos, se entiende) al alcance tan sólo de los muy ricos, pues para disfrutar de ella había que ser capaz de mantener a un grupo de músicos, como mínimo a uno solo. Es como si hoy en día para poder escuchar, por ejemplo, a Def Leppard, tuviéramos que darles alojamiento, comida y un sueldo, algo a todas luces imposible para el común de los mortales. Así pues, este grupo de proscrito que luchan contra los abusos de los ricos lleva en realidad una vida muy relajada y lujosa, aun cuando viven en plena naturaleza. Y si observamos de cerca esas canciones, veremos que se trata de letrillas y romances, con un sabor muy popular (aquí no puedo asegurar si las compuso el propio Pyle para su novela o si son auténticas cancioncillas de la época, pues desconozco la lírica medieval inglesa), y eso nos ayuda a comprender el contexto en el que toda esa poesía ligera nació.

Otro de los entretenimientos de la época que observamos, son los concursos de diverso tipo que las clases pudientes organizan para diversión propia y del pueblo, ganándose de esa forma las simpatías del pueblo (pan y circo). No eran estos tan comunes pues no dependen del propio pueblo por su escasez de recursos, aunque aparecen varios de ellos en la novela, entre los que reconoceremos aquel concurso de tiro con arco cuyo premio era una flecha de oro y que estaba pensado para atrapar al jefe de los proscritos, por la película de Disney.

Pero la principal enseñanza de la novela es de orden moral, y tan sencilla como que hay que ser honestos. Vemos cómo desfilan por sus páginas personajes pudientes que se han enriquecido en muchas ocasiones a costa de otros a los que han engañado (o intentado engañar), y cómo todos ellos son sistemáticamente saqueados por los hombres de Robin Hood. Sólo aquellos que han ganado su dinero de forma deshonesta, pues también tenemos el ejemplo de un noble que nunca trató de estafar a nadie, y que no sólo no es desvalijado por los proscritos, sino que incluso recibe su ayuda. En cierta ocasión, incluso, Robin desvalijará a unos mendigos, dejando bien claro que no sólo los ricos tienen la obligación de no aprovecharse de sus semejantes porque sus bienes lo hagan innecesario, sino cualquier persona, sea de la condición que sea. Incluso el final de Robín Hood vendrá marcado por su forma incorrecta de actuar, al rebelarse contra las órdenes de su rey.

Hoy en día es difícil encontrar una novela de estas características, no sólo por la ingenuidad de su personaje principal, que representa el opuesto de los ideales actuales, sino por su estructura tan episódica que permitiría incluso leer sus diferentes partes en orden aleatorio. Si bien la historia guarda un orden, cada uno de sus episodio conforma una historia cerrada que podría ser leída independientemente. Eso hace que las subtramas no vayan desarrollándose a lo largo del relato y cerrándose paulatinamente como estamos acostumbrados a ver en la novela actual, sino que surjan y terminen en un período muy breve. Aunque esto no represente ningún problema a la hora de llevar a cabo la lectura, que resulta muy ágil. Es más, esta estructura justifica del todo el título, Las alegres aventuras de Robin Hood, pues eso es lo que es, un colección de aventuras.

La novela, en fin, es una lectura ligera pero muy provechosa si se sabe leer entre líneas, con una estructura secilla que permitirá que cualquier lector, del nivel que sea, pueda acercarse a ella sin problemas. Por otro lado, los que crecimos con las aventuras del zorro de Disney y más adelante vimos a Errol Flinn vestido de verde (como muchas veces insiste la novela que hacen Robin y sus proscritos, pues ese era uno de los colores más comunes de la ropa de camino, así que no es camuflaje en el bosque lo único que les ofrece, sino en buena medida también social), o nos entusiasmamos después con la versión de Kevin Reynolds, no podremos evitar echar de menos a Lady Marian, a la que ni una sola vez veremos aparecer entre las páginas del libro que tenemos entre manos. Quizá haya que buscarla en las páginas de Dumas, Pierce Egan the Younger ,en el libreto operístico de Harry B. Smith o en las baladas medievales. En las páginas de Walter Scott les aseguro que tampoco aparece.