Las amistades peligrosas

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PIERRE CHODERLOS DE LACLOS, Las amistades peligrosas

Libro entregado con El País el 10 de mayo de 2015 en su colección de novela erótica de La sonrisa vertical.

La marquesa de Merteuil quiere vengarse de un amante que osó abandonarla, el conde de Gercourt, y para ello quiere seducir a su jovencísima y virgen prometida, Cecile de Volagnes, que acaba de salir del convento para casarse con él. Para ello pide ayuda la vizconde de Valmont, pero este se niega aduciendo que tiene otro reto más interesante entre manos que el de seducir a una jovecita inexperta: conseguir que madame de Tourvel, mujer casada y ejemplo de virtud en la sociedad parisina, acabe suspirando de amor por él de tal manera que le resulte imposible resistirse a lanzarse a sus brazos. Ante la negativa de Valmont, la marquesa de Merteuil decide intentar lanzar a la joven Cecile a los brazos de su joven profesor de canto, el caballero Danceny, que, igual de inexperto, suspira de amor por ella. Al mismo tiempo, divertida por lo que considera una peregrina ocurrencia amatoria de Valmont, decide apostar con él su propio cuerpo a que no conseguirá su objetivo. Sin embargo las cosas se tuercen para Valmont cuando descubre que madame de Volagnes ha advertido a madame de Tourvel sobre él, por lo que decidirá vengarse de ella aceptando el encargo de la marquesa de Merteuil de seducir a su hija.

No avanzaré más sobre el argumento, porque sería entrar en el crimen de destripar el final de la novela, aunque dudo que a estas alturas quede alguien todavía sin saber cómo acaba la cosa por alguna de sus adaptaciones cinematográficas, bien sea la magnífica Las amistades peligrosas de Stephen Frears, la algo sosa Valmont de Milos Forman, o la a ratos inverosímil Crueles intenciones de Roger Kumble.

Se trata de una novela epistolar, cuyo tono recuerda en ocasiones a las cartas que Mina Murray y Lucy Westenra se dirigen la una a la otra en Drácula, sobre todo las de carácter amoroso. Pero lo más interesante de las cartas es cómo nos permiten adentrarnos en la psicología de los personajes y sus muchas máscaras por nosotros mismos, sin un narrador intermediario que necesite explicarnos sus actos ni exponer sus pensamientos. Vemos cómo sus voces cambian dependiendo de sus objetivos y según sus interlocutores, y es sólo tras la suma de todas las conversaciones epistolares cuando podemos saber cómo es cada uno. Las cartas dirigidas a un solo personaje nos dan una visión engañosa de quien la escribe. Por ejemplo, si tan sólo leyéramos las cartas de Valmont a la marquesa de Merteuil, diríamos que son colegas de hazañas sin sentimientos, si leyéramos sólo las que escribe a madame de Tourvel, diríamos que es un romántico enamorado de esos que tanto sufren por amor, y si leyéramos las que escribe a Cecile de Volagnes o al caballero Danceny, diríamos que es una especie de justiciero tratando de ayudar siempre a sus semejantes. Sólo al leerlas todas y contrastar unas con otras podemos hacernos una imagen completa de Valmont, y no sólo eso, sino que podemos observar, sin que se nos diga explícitamente, cómo los intereses que lo movían en un principio van dejando paso a otros bien diferentes. Y lo mismo puede decirse del resto de personajes, cuya evolución es clara, aunque debamos deducirla a través de la lectura de aquello que ellos deciden dejar ver a quien escriben en cada ocasión, una imagen falsa de ellos mismos cada vez, que nosotros, como lectores, únicos con la información completa, podemos unir a las anteriores que ya hemos leído y conocer así con exactitud al personaje que todos los demás personajes en realidad desconocen.

Normalmente se hace, creo, un excesivo énfasis en la crítica que esta novela lleva a cabo sobre el libertinaje en la sociedad francesa de finales del siglo XVIII, pero a mí no me parece que exista una evidente intención de denunciar ningún estado de depravación sexual y libertinaje, pues eso supondría una defensa de los valores tradicionales, y tanto una cosa como la otra salen bastante mal paradas en la novela. Los libertinos no son los héroes, sino los villanos de esta historia y, al mismo tiempo, los puritanos no dejan de ser víctimas a las que deseamos ver caer en las garras de los primeros. Hacia donde realmente se dirige la crítica es hacia ese juego de falsas apariencias necesario para que todo esto se produzca, un juego de falsedades del que, al dejarse arrastrar por la historia, el lector también participa. Todos los personajes tienen dos caras, como mínimo, que muestran a su conveniencia, quedando la moralidad relegada a algo falso, puramente social, que no interesa al individuo en tanto que virtud personal, sino tan sólo como apariencia social: la rectitud de cada uno bien poco importa siempre y cuando nuestros deslices no lleguen a oídos de los demás. Algo que viene dándose a lo largo de toda la historia de nuestras sociedades y de lo que no estamos libres de culpa hoy en día.

El juego de la novela es muy sencillo en realidad. Lo normal es que veamos en nosotros mismos a actores sociales que se guían correctamente, ninguno de nosotros es un villano, y como personas rectas que somos vemos con facilidad la perversidad de Valmont y Merteuil y la censuramos. Pero al mismo tiempo, conforme avanzan los hechos, nos recreamos en sus victorias y disfrutamos cada vez que consiguen perder a uno de los “buenos”. No sólo eso, sino que además, a pesar de apoyarlos inconscientemente, nos alegramos cuando reciben finalmente su merecido, convirtiéndonos de ese modo, como lectores, en aquello que la novela crítica: la falsedad, el cinismo, la hipocresía. La cosa queda bastante clara con una burla que se hace de la marquesa de Merteuil al final de la novela, valiéndose de un juego con su doble rostro, y que nos deja con la duda de a cuántos podría serles aplicable (sin duda a quien lo dice), y hasta qué punto deberíamos aplicárnoslo a nosotros mismos: “El marqués de… que no desperdicia ocasión de lanzar un chiste, decía ayer que la enfermedad la había transformado, y que ahora es cuando tenía el alma en la cara”.

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Hombres buenos

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, Hombres buenos

¡Por fin!

La exclamación puede parecer excesiva, pero es que hacía tiempo que no me topaba con una novela de Pérez-Reverte que realmente me entusiasmara (de las últimas evité Un día de cólera y El asedio, pues me evocaban la insoportable Cabo Trafalgar, aunque aún no he renunciado por completo a su lectura). El desastre comenzó con la publicación, hace ya algunos años, de La carta esférica, y desde entonces no había conseguido dar con una novela de Reverte que me entusiasmara, no porque les faltara calidad literaria, pues convendremos en que no estamos ante un señor dado a escribir obras maestras, sino porque carecían de seriedad, unas empeñadas en alardear de un lenguaje “ingenioso” y otras esforzándose en demostrar lo desengañado que estaba del mundo. Sin embargo estos Hombres buenos me recuerdan a la que quizá sea la novela de Reverte con la que más he disfrutado hasta la fecha: El maestro de esgrima.

La historia se nos presenta desde cuatro puntos de vista diferentes que corren paralelos a lo largo del relato, permaneciendo dos de ellos como meros comentadores de la acción principal en la que nunca se involucran directamente, uno de ellos por razones obvias. El eje de la historia lo conforma el viaje que dos académicos de la Real Academia Española, el bibliotecario don Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, deben hacer hasta París para hacerse allí con un ejemplar de la Encyclopédie en su primera edición de 28 volúmenes, para lo cual contarán con la ayuda del abate Bringas. Historia paralela a esta es la del bandido Raposo, contratado para impedir que los académicos lleven a cabo su misión, y cuyo viaje no llega a cruzarse con el de los protagonistas hasta el final. Desde Madrid siguen por carta el transcurso del viaje, y confabulando contra su buen cumplimiento, otros dos académicos, Justo Sánchez Terrón y Manuel Higueruela, interfiriendo estos en la historia central de forma indirecta, tan sólo a través de su esbirro contratado, Raposo. Por último tenemos una cuarta línea que me ha resultado más interesante de lo que cabía esperar, y es aquella en la que el propio novelista, autor de la obra que vamos leyendo, nos explica, al mismo tiempo que van sucediéndose los acontecimientos, el proceso de creación de la novela, con sentido del humor en ocasiones (empiezo a ver a Francisco Rico como a una especie de personajillo cómico tras el empeño que tanto Reverte con Marías andan poniendo en ello, en vez de cómo al crítico de presencia casi amenazante al que conocí en mis tiempos universitarios), con precisión de historiador en otras y con el afán fabulador del novelista cuando parece que el historiador no puede ir más allá. Pero esta parte de la novela no es sólo documental, sino que está cubierta también por el velo de la ficción al ocultar su propio nombre, dar títulos alternativos a novelas suyas de sobra conocidas por todos y, sobre todo, al fantasear sobre una supuesta novela sobre un crimen en el interior de la Real Academia, que yo mataría por ver convertida en realidad. Es gracias a las explicaciones del novelista sobre cómo dio forma a lo que leemos, que nos resulta más sencillo sumergirnos en ello y dar por cierta la historia, no sólo en su línea histórica central, sino en los actos y personalidad de sus protagonistas y en su capacidad para inclinar el rumbo de la historia hacia un lado u otro, que se refleja irremediablemente sobre nosotros como personas individuales.

Y eso es lo que más cautiva de la nueva novela de Reverte, sus personajes. Una vez alguien me dijo que los personajes de Pérez-Reverte son monigotes, payasos. Y creo que esa persona tenía razón, no tanto en cuanto al apelativo que escogió para referirse a ellos, sino en su concepción. Los personajes de Reverte están revestidos de una falsa profundidad, son completamente planos, tipos que ni evolucionan ni tienen posibilidad de hacerlo. Pero, si me preguntaran por mi opinión, creo que ni falta que les hace. Cada uno de ellos está muy bien asentado en su papel y no veo por qué habría que modificarlo. Además, si bien no pasan de ser máscaras de una tragedia griega, cada una de esas máscaras conforma una parte del alma humana, y nosotros como lectores, no podemos identificarnos en uno sólo de ellos, sino en todos al mismo tiempo. En una novela de Reverte está el personaje en el que nos vemos nosotros (en mi caso, quizá, ese Bringas enfadado con el mundo e incapaz de sentir una patria de la que sentirse parte), en el que vemos la parte de nosotros que no nos gusta (la maldad de Higueruela capaz de todo por lograr sus objetivos, o la doble cara de Sánchez Terrón buscando excusas para sus acciones, o incluso la incapacidad de raposo para tomar partido, excusándose en que el mundo es así), en el que vemos a quien nos gustaría ser (ese almirante Zárate, de moral recta, que siempre sabe cuál es su lugar), o en el que distinguimos la inocencia con la cual todos hemos actuado en alguna ocasión (como el cándido Hermógenes Molina). No son personajes completos, sino que entre todos completan uno, y ese es el caso que parece darse aquí.

Pero lo que más me ha gustado han sido los diálogos. Esos diálogos sobre el mundo, sobre sus posibilidades y sobre el mal camino al que lo lleva la realidad, quizá lo que más me ha recordado a El maestro de esgrima. Una queja sobre España a la que Reverte nos tiene ya acostumbrados, y que, desde la distancia histórica, nos muestra nuestros males actuales de país que nunca aprende: “Y encima, lo poco de dentro lo convertimos en arma arrojadiza, de discordia: tal autor es extremeño, aquél es andaluz, éste valenciano… Nos falta mucho para ser nación civilizada con espíritu de unidad, como las otras que con justo motivo nos hacen sombra… Creo que no es el mejor medio recordar siempre, como solemos, la patria de cada cual. Antes convendría sepultarla en el olvido, y que a ninguna persona de mérito se la considere otra cosa que española”. O cuando expone otra idea, en clara referencia a todos los gobiernos, sin excepción, de la democracia española: “Sólo un Estado organizado y fuerte, protector de sus artistas, pensadores y científicos, es capaz de proveer el progreso material y moral de una nación… Y ese no es nuestro caso”. No sale España muy bien parada de sus reflexiones, y la verdad es que razón no le falta: “España… Allí sólo se pide un poco de pan y toros. Allí se odia la novedad, y se detesta cuanto pretenda removerla de la ociosidad, la pereza y la poca afición al trabajo”.

Ante tan desolador panorama es Bringas quien hace un discurso de esperanza en un nuevo hombre (discurso muy similar, por cierto, al que ya ha hecho Reverte en recientes entrevistas, y me viene a la cabeza una que hace no mucho realizó para Salvados), pero que está teñido de desastre y pesimismo ante la imposibilidad de que ese nuevo hombre se encarne en el actual: “Alguna vez llegará el amanecer. Vendrá el nuevo día. Habrá hombres que le gocen, entornando los ojos, agradecidos, al recibir los primeros rayos del sol… Pero los que hicimos posible ese amanecer ya no estaremos allí. Habremos sucumbido a la noche, o asistiremos al alba pálidos, exhaustos, deshechos por el combate”. En El maestro de esgrima no había lugar para la esperanza, por escasa que aquí parezca, sólo el desastre se reflejaba en las palabras de inspiración clásica que allí leíamos: “Nos encontramos en la última de tres generaciones que la Historia tiene el capricho de repetir de cuando en cuando. La primera necesita un Dios, y lo inventa. La segunda levanta templos a ese Dios e intenta imitarlo. Y la tercera utiliza el mármol de esos templos para construir prostíbulos donde adorar a su propia codicia, su lujuria y su bajeza. Y es así como a los dioses y a los héroes los suceden siempre, inevitablemente, los mediocres, los cobardes y los imbéciles”. Aquello estaba escrito en una época de bonanza y reflejaba los males que nos aquejaban entonces, mientras que esta novela de ahora está escrita en medio de una crisis, y refleja los males que nos aquejan ahora, y es que Reverte, a pesar de su condición de escritor de novelas de aventuras, para evadirse, siempre ha estado muy apegado a su tiempo temática y argumentalmente (aprovechando aniversarios, modas y demás), y no acostumbra a dejar de lado aquellas cosas que lo preocupan de la sociedad.

En definitiva, he disfrutado de la aventura, la filosofía (de los dos tipos, como dicen los personajes en París), e incluso del humor de la novela, una característica esta última creo que más acentuada que nunca. Pérez-Reverte me ha dado la satisfacción de reencontrarme con aquel novelista que me encantó de adolescente y al que hacía mucho tiempo que no veía. Y ni que decir tiene que les recomiendo encarecidamente su lectura, pues si bien no es ninguna obra maestra, es una obra de nuestro tiempo, y mientras vivamos en él (y no nos queda otro remedio) no tendrá menos valor que otras obras ya consagradas.

Así empieza lo malo

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JAVIER MARÍAS, Así empieza lo malo

 

No puede dejar de resultarme sorprendente que Javier Marías siempre consiga sorprenderme. Y no es que se trate de uno de esos novelistas de los que se dice que se reinventan en cada novela, cuyo estilo resulta difícil de definir por lo amplio y poco repetitivo de sus propuestas, se me ocurre, a bote pronto, el nombre de Murakami. No. Y es que Marías en absoluto produce la sensación de cambiar de estilo, sino más bien de reafirmarse en el suyo propio en cada novela, a pesar de lo cual nunca podemos estar seguros de lo que encontraremos entre las nuevas palabras que nos ofrece.

En Así empieza lo malo nos devuelve sus viejas preocupaciones sobre hablar y aquello a lo que nos compromete. “No debería uno decir nunca nada”, comenzaba su más voluminosa novela y hacia la que tengo un cariño especial. En aquella ocasión las preocupaciones se centraban en la duda entre expresar lo que ronda nuestra cabeza o guardárselo uno para siempre, en cómo nuestras palabras nos delatan y nos ponen en evidencia y nos colocan en manos de los demás, pues una vez pronunciadas estamos expuestos y pertenecen a cualquiera que haya podido escucharlas, y que puede utilizarlas a su antojo, ignorarlas o aceptarlas o utilizarlas en nuestra contra. Pero en esta ocasión no hablamos únicamente de palabras, sino de secretos, aquellos que sabemos que desvelarán algo que no debe saberse pero que en tantas ocasiones nos sentimos tentados a pronunciar, pues los secretos a tantos nos queman como brasas. Y de sus consecuencias.

El grueso de la novela gira en torno a dos terribles secretos (o quizá no tan terribles pero eso debe juzgarlo quien los escucha): uno personal, sin trascendencia excepto para una única persona (o para tres, a fuer de ser justos), que marca la entera vida de uno de los protagonistas, y otro que podríamos llamar social y que a cualquier lector le parecerá mucho más terrible, pero que no es capaz de hacer tambalearse ni lo más mínimo la vida de ninguno de ellos. No mencionaré cuáles son esos secretos pues eso supondría poner el punto final a la novela para aquellos que buscan el misterio, pero sí apuntaré que la gran diferencia entre ellos no es tanto la gravedad de la verdad que esconden, sino el grado en que dicha verdad afecta a los actores de la trama. El más intrascendente de ellos, el que sólo afecta a una persona y que podría llegar a ser ignorado, pues vive en el terreno de lo intangible, lo que pudo ser pero no fue y que por lo tanto basa la afrenta en algo que no llegó a existir, es personal, toca directamente a quien tiene conocimiento de ello, y por lo tanto se reviste de una gran importancia. El otro, algo terrible si se piensa, y que afecta a tantos, es, sin embargo, problema de otros y eso hace que quien lo conoce no llegue a sentir nunca un verdadero deseo de satisfacción hacia los ofendidos. Como bien dice Muriel en la novela, si tuviéramos que vengar o castigar todas las afrentas que se producen en el mundo no viviríamos, necesitaríamos dedicarnos enteramente a eso, pues son tantas. Las que nos interesa resarcir o castigar son las que nos atañen nosotros mismos.

Huelga decir que en todo este problema del castigo y el perdón se cruzan los recuerdos de la Guerra Civil y de sus protagonistas y, sobre todo, de su actitud posterior a la guerra, algo muy presente siempre en Marías que, quizá por la rectitud por la que siempre se guió su padre, el filósofo Julián Marías, es reacio a admitir el ‘cada uno hizo lo que pudo’ y, sobre todo, la actitud chaquetera de tantos y tantos cuando todo aquello terminó durante la transición.

Con todo lo dicho podrán adivinar que, a pesar de los rayos de humor que siempre recorren las novelas de Javier Marías, esta resulta bastante pesimista. La moraleja (perdón por la palabra) final es que debemos callar, guardar los secretos si es necesario y mantener las mentiras si estas pueden ser el soporte de la convivencia, tanto da si personal o en sociedad. Y eso será lo que acabe haciendo el protagonista, callar, guardar al secreto de lo sucedido a lo largo de las páginas que hemos leído para salvaguardar la tranquilidad de su propia vida, y para que no le ocurra lo que le sucedió a su jefe, cuya felicidad se vio truncada porque alguien contó aquello que no debía contarse, ese secreto cuyo mejor lugar para habitar era el olvido.

Un paso al frente

Un paso al frente

LUIS GONZALO SEGURA DE ORO-PULIDO, Un paso al frente

 

Para qué vamos a engañarnos: la novela en sí no es gran cosa, incluso me atrevería a decir que está bastante mal escrita, pero ya se encarga el propio autor de justificar su impericia en la captatio benevolentiae de casi diez páginas con la que introduce el libro. Incluyo me atrevo a recomendar su lectura saltándonos todas aquellas páginas en las que la cosa se ponga aburrida o simplemente no llamen lo suficiente nuestra atención.

La intriga (que podía haberla tenido, y mucha) es inexistente. Fíjense que estamos, en principio, ante una historia de corrupción y traiciones dentro una institución tan impenetrable como es el ejército, e imaginen lo mucho que ofrece eso para urdir una buena trama de misterios e intrigas. Pero no censuraré eso, pues voy a seguir el poco usual criterio de conceder como verdad la exposición hecha antes del comienzo del relato, y voy a asumir que realmente el novelista no es novelista y que su intención no es dedicarse a escribir libros (eso nos lo desvelará el futuro), y que su intención no es otra que denunciar las irregularidades del ejército por medio de una ficción (sapos más grandes hemos tragado), y que lo que nos interesa del libro es su idea subyacente y no su valor literario, ni su exacta veracidad y mucho menos su verosimilitud.

Habiendo aceptado todo esto, y suponiendo que la novela en sí es un acto de sinceridad y valor, lo único que cabe decir, sin entrar en disquisiciones sobre lo plano de los personajes, o cómo estos se pasean por las páginas apareciendo y desapareciendo sin aportar nada más que una muerte conveniente (siempre que hayan demostrado ser los buenos) o un acto de extrema crueldad (siempre que hayan demostrado ser los malos), lo único que queda por hacer es asombrarse de lo corrupto que es el ejército español, que eso sí lo doy por cierto. A fin de cuentas ¿por qué iba a ser de otra manera? ¿No son acaso terriblemente corruptas el resto de instituciones gubernamentales españolas? ¿Por qué el ejército iba a ser diferente? Y dado que esta es la única que supuestamente tiene acceso a las arma y el negocio de la guerra en general, aparte de existir dentro de una cadena de mando y unas reglas internas que la hacen impenetrable, la corrupción en su interior también es lógico que llegue a los desquiciantes niveles de asesinado e impunidad que narra la novela.

No es una novela, en suma, para cuestionarse la literatura, ni el buen o mal proceder de su autor al escribirla (tanto literaria como moralmente), sino para cuestionarse la realidad y para preocuparse por ella. Porque lo cierto es que es preocupante. Es preocupante que en una sociedad con una división de poderes, sea el propio ejército quien se encargue de investigarse a sí mismo. Imaginen eso aplicado al resto: que lo que sucede dentro de un partido político sólo pudiera ser investigado por el propio partido (aunque cerca estamos de eso en España), que ninguna fuerza externa pudiera injerir en las cuentas de un banco y que estas sólo pudieran ser comprobadas por el propio banco (¿hace falta poner ejemplos sobre esto?), que cada institución educativa enseñara lo que le viniera en gana sin que nadie fuera de su consejo administrativo pudiera quitar ni poner una coma (afortunadamente las universidades se juegan su prestigio en la formación que ofrecen, pero al parecer, en España, los colegios juegan en otra liga), y tantos otros ejemplos. No sólo es motivo de preocupación por lo que sucede dentro del ejército lo que cuenta la novela, sino por lo que ya viene sucediendo en todo el país.

Si me preguntan ustedes si les recomiendo su lectura o no, pues qué quieren que les diga. Se la recomiendo porque da qué pensar, pero por otro lado tampoco necesitamos de su lectura ni para pensar en esas cosas ni para ordenar nuestras ideas acerca de ellas. Dejémoslo en que les recomiendo una lectura ligera, rápida y sin detenerse demasiado en ella. No necesitarán hacerlo para otear en el mundo real, en cuanto levanten la vista del libro, todo aquello que hay en sus páginas.

Los enamoramientos

JAVIER MARÍAS, Los enamoramientos

Marías anunció al publicar la última parte de Tu rostro mañana que necesitaba un tiempo para descansar de tan ardua tarea como había sido la escritura del abultado libro, que no estaba seguro de tener nada más que decir en el terreno de la novela y que iba a dedicarse a cultivar otro de sus placeres literarios: el cuento. Y en cierto modo no ha faltado a nada de lo que dijo al publicar hace ya algunos meses su nueva novela, Los enamoramientos.

Me explico. No cabe duda de que el tiempo que necesitaba se lo tomó, hace ya tres años de la publicación de la última parte de su no-trilogía y él mismo ha confesado en una entrevista que ha pasado grandes períodos sin escribir en esta última ocasión, aunque eso no fuera ni mucho menos por su voluntad de descansar. Que tuviera al menos una inicial intención de dedicarse al cuento parece evidenciarse en la manera de comenzar su relato, mucho más cercana al cuento, o al menos en el caso de Marías que siempre tiende a empezar sus novelas de una forma más ensayística para dar paso después a la trama, con la excepción, quizá, de Travesía de horizonte. Pero lo que sí está claro es que todavía le quedaban bastantes cosas por decir en el campo de la novela aunque no lo viera así, y para decirlas ha dado un giro sustancial, casi como empezando una nueva etapa dentro de su narrativa (aunque no me atreveré a decir tanto, me parece demasiado osado). Si bien su prosa no ha cambiado (sigue pareciendo más pulida y precisa cada día, con una sintaxis cada vez más hipnótica y perfecta), ni tampoco su forma de ordenar la ficción (con cuadros casi aislados que se dilatan en las reflexiones y casi menosprecian la acción), algo sí parece diferente, como iniciando un nuevo camino.

Pero iremos por partes. Los enamoramientos cuenta cómo María, la protagonista, ve todas las mañanas a una pareja desayunando en la misma cafetería que ella, pero un día se ausentan y días más tarde descubre que el marido ha sido asesinado. A partir de ese momento ella trabará una breve amistad con la viuda y conocerá al mejor amigo de su difunto marido, del que se enamorará, con lo que comenzará una trama de amores y novela policíaca al ir descubriendo María detalles sobre la muerte de Desvern. A lo largo de este conflicto amoroso-detectivesco, se irán sembrando reflexiones sobre el amor (el enamoramiento, prefiere llamarlo el narrador, haciendo hincapié en los detalles que esta distinción supone), la muerte, la confianza… Y en su lado más humorístico (cualidad que nunca falta en las novelas de Marías) sobre las ínfulas de grandeza, el mundo literario y político y social en general. En esto último hace el autor un retrato bastante bueno de los males de la literatura, algo que en realidad a nadie asombra, pues ya lo ha denunciado en muchas ocasiones en su faceta de columnista. Habla de los caprichos de los escritores que se creen grandes figuras históricas, de cómo mediocres novelistas en sus inicios dan coba a otros ya consagrados para que estos los introduzcan en el mundillo, y además estos aceptan entrar en ese juego que ya nada puede reportarles sino acrecentar su ya desmedido ego, incluso se permite burlarse de sí mismo al criticar a esos dinosaurios que aún pretenden seguir escribiendo con máquinas de escribir que obligan a los editores a hacer el trabajo extra de tener que escanear los textos y tirar de fax para enviar y recibir los documentos.

Mención especial dentro del aspecto humorístico de la novela merece la aparición del excesivamente admirado por Marías, Francisco Rico, descrito como alguien más preocupado por las cosas acaecidas en la Edad Media o el Siglo de Oro que por las que lo rodean a diario, hastiado del tiempo que le ha tocado vivir en el que la gente no tiene educación y parece querer molestarlo con trivialidades que lo sacan de lo verdaderamente importante. El propio Rico ha llamado en un artículo a su personaje: “el más interesante de los personajes episódicos”. En realidad sólo dos personajes secundarios, sin protagonismo real en la trama aparecen en la novela, ambos pertenecientes al mundo de la literatura y ambos opuestos. Por un lado Rico, despreciador del mundo contemporáneo y su autocomplaciente envanecimiento e ignorancia, representante de la gran literatura, la antigua, de otra época (“cualquiera tiempo pasado fue mejor”) y ajeno a lo que sus coetáneos puedan decir o pensar de él. Por el otro el señor Garay Fontina, nombre ridículo, en la cúspide de su carrera literaria, o al menos eso cree él, enfebrecido por la adulación ajena y el reconocimiento, perseguidor del Nobel y con delirios de grandeza literaria. No hace falta decir que quien sale favorecido en esta comparación es Rico, personaje (no creo que sea posible conocer jamás a la persona, quizá sólo unos pocos elegidos puedan hacerlo) por el que Marías siente cierta debilidad y que ya ha hecho aparecer con anterioridad en otras novelas, en ocasiones con su verdadero nombre, en ocasiones con uno ficticio. Pero no voy a dedicarme aquí a juzgar a la persona (que no es santa de mi devoción) sino al personaje en la novela, una especie de conjunto de virtudes que debería tener una persona, pero que se desvirtúan al llevarlo al punto de la comicidad, convirtiéndolo así en un personaje entrañable. Garay Fontina, por otro lado, es más bien un conjunto de defectos que a mí, llámenme exagerado, me recuerda mucho, muchísimo, a Camilo José Cela (tanto el hombre como su literatura nunca han sido muy apreciados por Javier Marías): ansioso de premios y reconocimiento. Pero hay una escena en la que Fontina pide a María (la protagonista) a horas intempestivas que le consiga objetos impensables, y eso me parece algo más propio de Francisco Rico; el autor se deja aquí llevar, no viendo en su amigo los defectos que caracterizan al tipo grotesco.

Marías nos tiene acostumbrados a novelas armadas sobre una única frase de Shakespeare o sobre un momento muy concreto de alguna de sus obras (en algunas ocasiones incluso dichas frases han conformado el título, como en Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí), y aquí sucede de nuevo, con una frase de MacBeth, “She should have died hereafter”, que, tal y como nos tiene acostumbrados, toma desde su significado original que va ampliando y modificando a medida que avanza la historia. Pero no es sobre esta frase sobre la que se arma la novela en realidad, sino que en esta ocasión toma como base otra novela, entera esta vez, no una única frase, y somete todo su argumento al mismo procedimiento. No llega a decir el título exacto de la novela pero resulta evidente, se trata de El coroner Chabert de Balzac. Y aquí es donde comienza la nueva andadura de la novela de Marías, que se torna mucho más social, algo inusitado en este autor que suele exponer siempre las relaciones personales pero que, al igual que su querido profesor Rico (quizá por eso aparezca él aquí), no presta demasiada atención a las relaciones sociales, quizá porque eso no sea algo realmente necesario porque estas siempre han estado marcadas por una serie de normas y pautas, lo que las hacía más sencillas y permitía que no hiciera falta tanta reflexión para ellas como para la intimidad nacida entre dos personas, un terreno en el que siempre hay que inventar normas nuevas. Pero en el mundo actual las normas sociales parecen estar perdiéndose (algo de lo que la narradora se lamenta) y eso lo hace todo más complicado, no es como antes que uno sabía lo que tocaba socialmente en cada momento, ahora hay que avanzar siempre sobre un terreno pantanoso, ya nada es tan evidente. Y El coronel Chabert es una novela llena de abogados, de peldaños sociales, de comportamientos públicos… un terreno perfectamente abonado para está nueva inquietud de Javier Marías, que lleva la obra en la que se basa siempre un poco más allá, casi manipulándola para que se acomode a lo que él quiere contar.

En una ocasión una de mis profesoras en la universidad nos dijo: “Todas la novelas de Javier Marías hablan sobre Javier Marías”. Cuando así lo mencionó, su frase tenía un marcado tono de crítica, pues para ella aquello rebaja en mucho el valor de su obra. De lo que siempre ha dicho el autor, que afirma que escribe para poner en orden sus ideas y sobre todo porque se divierte haciéndolo, podemos observar que no le faltaba razón a mi profesora al afirmar aquello. Pero lo que a ella le parecía un defecto, a mí me parece una virtud. Porque dejando a un lado su estilo o que hable de sí o no, es capaz de hacernos pensar con sus novelas, de que nos fijemos en cosas en las que jamás nos fijaríamos, de hacer volar nuestra imaginación a pesar de su aparente (sólo aparente) desprecio por la historia y, sobre todo, de atraparnos en su relato y de divertirnos con él, porque, si cuando tomamos una de sus novelas nos resistimos a dejar un capítulo, una página o una frase a la mitad, eso es sin duda porque nos estamos divirtiendo con ella, y siempre cuesta trabajo poner fin a la diversión.

*Gracias Miguel por facilitarme la posible lectura de esta novela.

>La sombra del viento

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CARLOS RUIZ ZAFÓN, La sombra del viento

Comenzaré exponiendo que la lectura de este libro ha sido ante todo, para mí, un experimento, pues en modo alguno lo he leído, sino que lo he escuchado. Algunas personas me lo habían recomendado con anterioridad y, a pesar de que me llamaba la atención, siempre me había dado bastante pereza enfrentarme a la primera novela para adultos de Ruiz Zafón, hasta que llegó a mis manos un ejemplar ya leído y listo para excuchar, un audiolibro, y decidí disfrutarlo en este tan singular formato para mí. Y la experiencia fue buena. Por supuesto que tuvo algunas pegas; era, por ejemplo, casi imposible echar páginas atrás para revisar algo y, dependiendo del lugar, el ruido ambiente podía resultar molesto para la correcta audición. Sin embargo mi principal preocupación, el hecho de que mi mente volase sin prestar atención a las palabras que la grabación susurraba en mi oído, no llegó a producirse, por lo que ya he tomado la decisión de que su publicitada segunda parte, El juego del ángel, pasará a formar parte de mis conocimientos enciclopédicos mediante este mismo procedimiento.

Una cosa me proporcionó este tipo de “lectura” que nunca podría haber experimentado mediante una de tipo más “tradicional” (entrecomillo tradicional porque tendemos a olvidar que la transmisión literaria ha sido durante mucho tiempo oral, pues hace relativamente poco que todos sabemos leer): el placer de disfrutar de sus “páginas” al tiempo que admiraba las evoluciones del paisaje a través de la ventanilla del tren, pues gran parte de la novela la disfruté durante un viaje a través de la China de veintitrés horas de ida y otras veintitrés de vuelta. Y les aseguro que experimentar la literatura y la naturaleza al mismo tiempo es algo sin duda mágico.

Tras esta breve introducción debería pasar a hablar de la novela en sí misma, a la que me cuesta aceptar como una novela para adultos. Ruiz Zafón viene de la literatura juvenil y eso se nota en La sombra del viento. Incluso me atrevería a aventurar que él comenzara a escribir la historia pensando en su habitual público y cambiara su orientación a medida que ésta se desarrollaba. Es decir, que nació como novela infantil y fue creciendo en edad al tiempo que lo hacía en número de páginas. Digo esto por la ambientación y personajes que acompañan al inicio de la novela, con un protagonista niño dispuesto a correr grandes aventuras en un lugar tan misterioso como puede serlo el cementerio de los libros olvidados, casi mágico, como los que aparecen en todos los libros infantiles, y custodiado por ese guardián-bibliotecario. Porque… ¿Qué es el cementerio de los libros olvidados? ¿Una librería? ¿La biblioteca particular de alguien? ¿Algún tipo de almacén? Lo cierto es que desde un principio se nos muestra como un lugar casi fuera de nuestra realidad, al que sólo unos pocos elegidos tienen acceso, como si fueran miembros de un muy selecto club de cierto misticismo y cuyo conocimiento va heredándose de padres a hijos. El bibliotecario se dedica a eso: a se el bibliotecario del cementerio, que por otro lado parece estar en el lugar más recóndito de Barcelona y no tener financiación alguna. Además hay un pacto de silencio por el que todos aquellos que conozcan la existencia del lugar deben guardar el secreto. Todo esto se sostiene en la fantasía de una novela infantil y así lo aceptamos, pero La sombra del viento se va haciendo más adulta conforme avanza (no demasiado, salvo por algunas escenas de sexo y violencia), y cambia paulatinamente su argumento de fantasía juvenil por otro histórico y detectivesco más propio de los best-sellers actuales. Pero dentro de todo este mundo mucho más realista se mantiene el cementerio como un resto de lo que la novela había empezado siendo, lo cual crea situaciones no del todo verosímiles.

Pero el gran acierto de La sombra del viento es su mezcla de elementos, dispuestos al estilo de una novela de folletín, con multitud de picos y aplazamientos en la trama. Ahí dentro se mezclan una historia de misterio, con una narración histórica, con dramas familiares y amorosos, que en ocasiones merecerían haber sido escritos por el propio Dumas.

No es una gran novela pero sí una buena novela. Zafón ha sabido ver los vicios y defectos de los lectores “adultos” actuales y les ha sabido sacar partido en un libro que me atrevería a llamar de adoctrinamiento literario. Me explico. Dumas, Tolstoi, Wilde… los clásicos, en fin, son desplazdos hoy en día por el público adulto en favor de una literatura ligera de best-seller con volátiles tramas pseudohistóricas y una literatura infantil “con mucha letra” y en ocasiones bastante pobre. Vamos, que a los lectores actuales les gusta que les hablen como a niños. Zafón, conocedor de la literatura infantil, pues es uno de sus autores, hace uso de sus conocimientos y valiéndose de ese tirón arrastra al lector hacia el mundo del folletín, “educando” así sus gustos. Si el lector de J. K. Rowling es carne de cañón para Stephenie Meyer (sí, comprendo la ironía de esto) y más adelante para Dan Brown, el paso lógico tras La sombra del viento son Dumas y sus coetáneos.

Repito que no pasa de ser una novela más, pero una que arranca un soplo de aire fresco para la narrativa de best-seller, llevándola por caminos mucho más dignos de los que habitualmente transita y, lo más importante, llevando a sus lectores a mucho más recomendables puertos.

>El maestro de esgrima

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, El maestro de esgrima

Ha sido una grata experiencia el redescubrir por qué Pérez-Reverte, en mi memoria, era un gran novelista. Siempre digo que sus últimas novelas adolecen de una preocupante columnización, con mucho insulto rimbombante y mucha frasecilla ingeniosa, pero sin un discurrir de una historia al que agarrarse. Para mí el principio del fin lo supuso La carta esférica, que si bien no muestra esto que acabo de decir, es el primer paso para que ese repetido personaje suyo curtido en mil batallas comenzara a convertirse en una caricatura de sí mismo, defecto que alcanza su plenitud en El pintor de batallas, y que ha terminado por alcanzar, en sus últimas novelas, al Capitán Alatriste, e incluso al propio Reverte, traspasando las barreras del papel. Por otro lado, con el reino de la frasecilla ingeniosa y más bien ninguna historia que contar yo me di de bruces en Cabo Trafalgar (aunque ya apuntaba maneras en El sol de Breda). Advierto que no he leído ni Un día de cólera ni El asalto, al menos no de momento, porque temo encontrar ahí más de lo mismo.

Así que entenderán mi sorpresa al leer, por fin, una novela como esta de manos de su autor. Lo primero que asombra, y más en el cúmulo de despropósitos que suele ser a este respecto la novela actual (hablo de la consabida por todos, pues, por fortuna, sigue habiendo grandes narradores), es que en El maestro de esgrima nada sobra, cada frase tiene su razón de ser en la historia, lo que hace que el lector pueda, si lee con atención, ir figurándose cómo acabará la aventura, aunque manteniendo la obligatoria sombra de duda para no sacrificar los debidos tensión y misterio. También las tertulias políticas del café, que al principio parecen molestarnos pues entorpecen la narración de la historia del maestro y su pupila, que es lo que nos interesa, son necesarias para dar cabida a lo que surgirá cuando el marco de la historia se habra. A Javier Marías, soberano al que sirve el “Duke of Corso”, siempre le han preguntado, debido al complejísimo discurso literario de sus novelas, si tiene un esquema preciso que seguir de toda la novela antes de comenzar a escribirla, a lo que él siempre responde que nunca escribiría una novela en la que ya supiera todo lo que va a ocurrir, pues eso sería aburridísimo (ya lo hizo una vez con un cuento, asegura, y deseaba acabarlo lo antes posible pues no le gustó nada la experiencia). Reverte en ocasiones ha sugerido cosas parecidas, aunque resulta difícil creer que, en el caso que nos ocupa, no conociera al menos el final de su historia para poder orquestarlo todo a su alrededor con tanta eficacia. Incluso, sin renunciar a este mecanismo casi de relojería, se permite el lujo de ir dejándonos reflexiones sobre la época que nos ha tocado vivir.

Jaime Astarloa es el solitario protagonista de esta a ventura y, a pesar de parecer sacado de otra época (incluso para la narrada en la novela), con todas las virtudes que hoy en día serían vistas como defectos, consigue arrancar nuestras simpatías. Sobre todo porque se contrasta perfectamente con el resto de personajes, pertenecientes todos a una sociedad corrupta en al que la política no pasa de ser una profusa palabrería para lucrarse (¿les suena de algo?), y donde incluso el que tiene los ideales más nobles (sangrientos pero nobles, al fin y al cabo) es de inmediato corrompido al más mínimo contacto con el poder. Y claro, ante este panorama la otra opción es identificarse con esa corrupta clase política, cosa que a nadie agrada, sobre todo en este preciso momento en el que ese discurso vuelve a ser tan actual, sin distinguir clases ni colores.

Por otro lado, el aspecto negativo está (como siempre) en el personaje femenino que sirve de contrapunto al protagonista, construido una vez más a base de tópicos y del todo vacío de contenido: hermosa, misteriosa y malvada. Lo hemos visto antes con el nombre de Angélica de Alquézar, Tánger Soto o Teresa Mendoza. Realmente es lo único que le falta a esta novela para ser del todo redonda. ¡Ah! Y en la solapa sale la foto de Reverte afeitado y con gafas, que siempre viste más que ese académico barbudo que se ha colado en sus últimas novelas.