>El patriota

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Diez años atrás había abandonado su país en busca de un futuro. Tal y como se masticaba entonces el presente, el futuro sólo deparaba las calles como hogar. Era triste ver cómo su propia tierra nada le ofrecía y la sentía ya más ajena a cada instante. Hacía ya tiempo que había aceptado que lo más parecido a un sentimiento patriótico que albergaba pertenecía al retrato que de su país habían hecho las novelas leídas en su juventud. No se sentía perteneciente a esa nacionalidad que conformaban sus compatriotas. Tampoco era entonces un apátrida porque todavía no había abandonado su tierra natal. El camino que había seguido para huir de allí ya no lo recordaba, sus pasos se habían difuminado bajo la arena y no podía o no quería desenterrarlos. Cuando se marchó casi odiaba a su país, ahora casi lo había olvidado. Sólo sabía que habían pasado diez años sin que aquella tierra nada le exigiera, aquella tierra que tanto exigía y que nada daba sin su previo pago, aquella tierra a la que la mitad de su población quería y la otra mitad odiaba, y de los que él odiaba a la mitad y soportaba a la otra mitad.
Ahora el país se hundía y volvía a exigirle pero él no estaba dispuesto a darle nada. Sólo la nacionalidad impresa en su pasaporte los vinculaba ya, y aquel era un error fácilmente subsanable. Un poco de papeleo y ya sólo su lengua lo identificaría.
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>Misógino y sentimental

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Hoy me he sentido Bécquer un instante: misógino y sentimentalmente romántico al mismo tiempo. Al levantar la vista de mi novela en la cafetería la he visto, en una mesa a mi lado, con una piel de lisa perfección en su rosada tez, su cabello ganando su cintura en rubia ondulación, sus ojos oscurecidos por una leve sombra artificial, sus labios llamativos, su mentón trazando una delicada curva hasta su blanco cuello que se perdía entre su pelo… Y su apostura. Firme, encarada al frente, con una mirada expectante que se perdía en el vacío, en actitud de espera, abrumadora, solemne y arropada de silencio en ese entorno ruidoso. Parecía dominar el tiempo, marcando los segundos en su actitud de espera, las manos en la mesa una sobre otra, sin cruzar los dedos, sin cruzar los brazos, sin moverse, sólo reposando. No era su belleza, no era su cuerpo: era su estatismo, su postura mantenida, la calma entre tanto caos. Podría haber dejado caer su pañuelo y no habría habido caballero que lo recogiera, pero ella tampoco, ella no lo habría recogido, no se habría agachado para ello, no habría estropeado su pose relajada en favor del antiestético escorzo, porque eso habría estropeado su embrujo y ella lo sabía, o parecía saberlo.

Y entonces le adiviné una voz, y me sentí Bécquer pues en ningún caso quería oírla. Oír su voz, lo que con ella tuviera que decir, habría estropeado la magia que se encontraba en su aura. Lo habría manchado todo de realidad y eso no era interesante: lo interesante era lo que evocaba, lo que con su presencia sugería y con su silencio mantenía oculto. Eso deben de ser las musas: los espíritus misóginos del amor que cercenan el sonido, pues su misión es entrar por los ojos y sólo por los ojos.

¿Que es estúpida? ¡Bah! Mientras callando
guarde oscuro el enigma
siempre valdrá lo que yo creo que calla
más que lo que cualquiera otra me diga.
G. A. BÉCQUER, Rimas

>Puerta del Sol 1900

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Su figura emergía difuminada en la plaza, con tanta lentitud que el estatismo que transmitía parecía apoderarse también del resto de los personajes que allí se hallaban. Apenas una franja de carne en la que se adivinaban sus agrietados ojos se dejaba ver a través del ínfimo hueco que permitían una gorra inclinada adelante y las solapas levantadas de un abrigo de lana. Nadie se percató de su presencia, tan ocupados estaban todos en torno a un enorme objeto que parecía revestir un interés fuera de los común. Desde mi posición no podía distinguirse de qué se trataba, aunque parecía ser alguna especie de gigantesca olla metálica negra. El caso es que no se veían brasas encendidas bajo ella ni en ningún otro lugar y… ¿de qué iba a servir una olla sin un fuego al que arrimarla? Y viendo las trazas de los congregados (abrigos raídos, sombreros estropeados, pañuelos desgastados sobre las cabezas de las mujeres, barbas descuidadas, algunos cubiertos por mantas agujereadas…), sólo un fuego y una comida podían reunirlos con tal efectividad. Al observar con más atención vi cómo, en la base del misterioso objeto, estaban apoyadas las cabezas de algunos de los congregados. Entonces comprendí. No era comida lo que allí se habían acercado a buscar. En seguida vi más objetos idénticos que al principio me habían resultado invisibles por la aglomeración. Se trataba de los hornillos destinados a calentar la brea para el asfaltado de la Puerta del Sol, ya apagados pero calientes todavía, y los allí congregados se habían acercado en busca de aquel calor. Todos ellos gente de la calle que en raras ocasiones encontraban estufas semejantes, y que habían visto la ocasión de dormir calientes aquella noche, mientras no se enfriaran los hornos. El hambre no iba a desaparecer, pero al menos aquello aliviaría parte de su pesada carga. Y allí se amontonaban, unos sobre otros, formando una montaña de telas mermadas por el tiempo y la intemperie, un gigantesco carro de ropavejero hambriento de nueva mercancía que no dejaba de encontrarse por las calles.