Los propios dioses

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ISAAC ASIMOV, Los propios dioses

Un científico descubre que uno de los elementos de su laboratorio ha cambiado y ha comenzado a emitir radiación. Alguien desde otro universo ha realizado la proeza y enseñará a los humanos cómo construir una máquina a la que llamarán la bomba de electrones, que permitirá la transferencia de materia entre los dos universos y, con ella, energía ilimitada y sin coste para ambos. ¿Sin coste? Bueno, no tanto, pues se cree que la continua transferencia de energía hará explotar el sol y destruirá el Sistema Solar. Algo que está en los planes de los seres del otro universo, que esperan que eso suceda para poder recoger así cuanta energía les plazca.

Este es a muy grandes rasgos el argumento de Los propios dioses, una novela que bien podría ser entendida como una trilogía de tres relatos extensos, o tres novelitas cortas, pues está dividida en tres partes que, si bien dependen unas de otras para entender el sentido global de la historia, cada una de ellas tiene entidad propia.

En la primera parte asistimos a la construcción de la bomba y al posterior descubrimiento de sus peligros, contra los que nadie parece dispuesto a hacer nada. Hallam, un científico mediocre, ha conseguido ser reconocido como inventor del artefacto que ha liberado a la humanidad de su dependencia energética, y no está dispuesto a soltar la gallina de los huevos de oro. Acallará cualquier voz que quiera advertir sobre los peligros de la bomba en su beneficio personal. Al mismo tiempo la humanidad tampoco está dispuesta a escuchar las advertencias sobre dichos peligros, pues viven demasiado bien con la energía que les proporciona la bomba. Las relaciones con nuestro estado actual de cosas son evidentes. Cualquier político o gran empresario podría equipararse con facilidad a Hallam, del mismo modo que todos nosotros, ciegos deliberados ante nuestro actual problema climático, no somos muy diferentes de la humanidad que muestra la novela. Ojalá lo fuéramos. En la novela hay un final feliz por los descubrimientos de un solo hombre. La pregunta es: ¿tendremos nosotros la inmensa fortuna de que alguien comprometido dé con la perfecta solución que nos salve del mundo al que nos encaminamos y que al mismo tiempo satisfaga a quienes quieren ganar dinero y producir sin parar? Temo que las cosas no son tan sencillas en el mundo real como en la ficción.

La segunda parte transcurre en el universo paralelo. En él existen dos tipos de seres, los seres duros (una especie de casta científica) y los seres blandos, y los seres blandos se subdividen a su vez en racionales, emocionales y paternales, que serían algo así como los tres sexos de la especie. Estos tres tipos suelen conformar una suerte de matrimonio llamado tríade, del que a su vez nacerán otros tres como ellos, cada uno de un tipo. La historia se centra en un tríade algo particular, formado por Odeen (uno), Dua (dos) y Tritt (tres). Su mundo se está apagando, y los seres duros, ayudados por sus discípulos, los racionales, no dudan en enseñar a unos seres de otro mundo a montar un dispositivo para intercambiar materia entre ambos universos, con el objetivo final de que la máquina haga estallar el sol del otro universo para poder así obtener ellos toda la energía que se les antoje. La actitud de los seres duros no es muy diferente de la de las grandes corporaciones que tan sólo piensan en sus beneficios y jamás en los lugares o personas con las que tengan que acabar para conseguirlo. Cada cierto tiempo vemos en las noticias como una empresa explota a sus trabajadores en alguna planta de producción deslocalizada en el otro lado del mundo (léase Apple, Nike o Zara), o cómo destruyen ecosistemas enteros del planeta para hacerse con sus materias primas (léase Dove o cualquiera de las marcas que componen Unilever), y no hay mucha diferencia entre esto y lo que los seres duros pretenden hacer con los seres humanos.

Por otro lado se nos explica, de manera detallada, el ciclo de vida de estos seres, cómo deben juntarse en tríades para tener a sus tres vástagos, y como finalmente los tres se fusionarán para convertirse en un ser duro, su última etapa de crecimiento. Un sistema caduco que los condena a la extinción, cosa que no quieren ver, porque los seres duros tienen su visión concentrada en su único objetivo de conseguir más energía. Si esto no es una crítica nada velada al capitalismo no me explico qué puede ser, parece que Asimov no está muy contento con el mundo que le ha tocado vivir.

La tercera parte transcurre en la Luna, colonizada desde hace ya bastante tiempo, y con habitantes ya nacidos allí y a los que les es imposible regresar a la tierra por las condiciones gravitatorias. En esta tercera parte se insiste de nuevo en lo que ya había aparecido en la primera y, además, se muestra cómo, por si no fuera poco con la amenaza exterior, también hay enfrentamientos internos bajo la bandera del nacionalismo. La luna quiere independizarse de la Tierra, y el adalid de la cuestión quiere hacerlo incluso físicamente, convirtiendo a la Luna en una suerte de nave espacial y llevándola fuera del Sistema Solar. Cuando es interrogado acerca de si eso es lo que quieren todos los habitantes de la Luna, éste da por respuesta un absoluto desinterés en lo que los demás quieran, pues él ya ha decidido el destino del satélite. La sola visión de la Tierra le molesta, y habla y decide por todos los selenitas. Además, la Luna está más avanzada que la Tierra y no necesita a esta última. La historia de siempre, vamos.

La novela transmite un sentimiento bastante pesimista en su conjunto. En ambos universos parece darse una incapacidad para la nobleza, tanto humanos como seres duros permanecen ciegos a las consecuencias de sus actos, una ceguera deliberada que los conduce hacia el abismo y, aun cuando ya se están asomando a él, continúan afirmando su superioridad y negando el peligro. “Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano”, una frase del Guillermo Tell de Schiller, es la premisa que sobrevuela toda la novela y que encabeza, de manera fragmentada, cada una de sus tres partes. El propio Asimov se encarga de ilustrarnos acerca de su procedencia y de que la tengamos muy presente mientras leemos: no hay espacio para el optimismo. O casi. Porque tanto en la tierra como el universo paralelo hay alguien que nada contra corriente. En la Tierra, Lamont y Denison, en el universo paralelo, Dua. Estos personajes responden al compromiso con el planeta y con la sociedad de algunas personas, pero también nos recuerdan, en su soledad contra la corriente general, que no son los suficientes, que para cambiar las cosas hacen falta más, muchos más.

Nota: Ahora toca hacer un poquito de patria, abandonar estas tierras orientales y regresar a mi tierra durante una temporada, y lo haré sin ordenador, por lo que el blog quedará suspendido durante algo más de un mes, hasta después de la fiesta del día nacional de China. Quizá me dé por publicar algo desde el móvil en este tiempo, pero resulta bastante incómodo utilizar el móvil para publicar en el blog. Así pues, nos leemos en octubre, si es que todavía queda alguien por aquí.

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Lazarillo de Manzanares

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JUAN CORTÉS DE TOLOSA, Lazarillo de Manzanares

Creo que sólo con leer el título, por pocos conocimientos que uno tenga de literatura, todo el mundo se da cuenta de que estamos ante una novela picaresca. Resulta imposible no pensar inmediatamente en el Lazarillo de Tormes: mismo nombre y sólo cambia el río. Y el desarrollo de la historia tampoco transita caminos muy diferentes a los de su predecesora, si bien incurre en más tópicos burlescos de los que gustaban en el siglo XVII para mover a la risa. Esto es debido a que, a pesar de hacer esa clara referencia en su título a la novela fundacional (con permiso del Guzmán) del género, su vista está puesta en ella de manera meramente superficial, encajando mucho mejor en la narrativa barroca y recordando en su expresión mucho más a piezas de esta época, como El Buscón, por poner un ejemplo que no se salga de nuestro asunto.

Para ahondar un poco más en la miseria del pícaro protagonista, este Lázaro ni siquiera conoce cuáles son sus orígenes, pero sus padres adoptivos, una bruja y un ladrón, para no salirnos de la norma y que recuerdan bastante a los padres de Pablos, se preocuparán de que tenga estudios y, con ellos, un medio mejor de ganarse la vida, algo poco habitual en los pícaros, que tienden a sobrevivir sólo por su ingenio. Nuestro Lázaro sabe bien leer y escribir, y también sabe latín, virtudes con las que resulta difícil de creer que no pudiera conseguir un puesto de secretario de algún hombre importante, con el cual poder mantenerse con comodidad.

Pero ese no es su camino, pues se lanza a la vida de ir cambiando de amos, y lo hace refugiándose en uno de los tópicos de la época: en las ciudades no se conocen los unos a los otros. De modo que, huyendo de que lo relacionen con su madre adoptiva, condenada por brujería, marcha a Sevilla. No contaré la historia ni sus muchas aventuras: tiene varios amos, sufre varias desventuras y, en otra coincidencia con El Buscón de Quevedo, termina su historia embarcándose para las Indias.

Si hay algo que diferencia a esta novela del Lazarillo de Tormes, es que su complicado lenguaje la ha hecho envejecer bastante mal. Bueno, eso y que su propósito sea el mero entretenimiento, dejando al margen la denuncia social, aunque a veces se meta a censora, pero lo hace por medio de premáticas o de historias intercaladas destinadas a ese objetivo, lo que resta naturalidad a la crítica. Y esas historias intercaladas dificultan todavía más la lectura, pues en su afán por buscar la risa, las acciones se suceden muy rápido, y además se meten en ellas historias externas al núcleo central de la novela, y ese batiburrillo nos hace perder en ocasiones el hilo de la historia.

Pero si hay algo que acerca la historia a nuestros días es su protagonista en sí. Estamos acostumbrados a que los protagonistas de las novelas picarescas provengan de ambientes demasiado bajos, a que sean delincuentes, parias sociales… todas ellas figuras demasiado alejadas de nosotros mismos. Pero este Lázaro es un joven con estudios que, a pesar de sus conocimientos fruto de su estudio, no consigue alcanzar un estadio en el que poder ganarse la vida con holgura (más bien lo que consigue son muchos trabajos precarios y sin futuro), y eso es algo que hoy en día nos resulta demasiado común a muchos. En España se habla de que la generación más preparada tiene que huir del país para ganarse la vida. No sé si perteneceré o no a esa generación, y tengo por seguro que no soy de los más preparados, pero sin duda yo también he tenido que huir, y mi tiempo tuve que pasar también estudiando para no tener ningún futuro en mi propio país. Por una carambola del destino, este Lázaro resulta hoy en día más actual que su tocayo de Tormes, aunque su dificultoso lenguaje, amén de otros defectos, no vaya a permitir que se vuelva ni mucho menos tan popular.

La constelación del perro

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PETER HELLER, La constelación del perro

El mundo ha llegado a su fin. Tras una extraña enfermedad que ha aniquilado a casi toda la población del planeta, los últimos supervivientes permanecen en él casi como depredadores, dispuestos a matarse los unos a los otros sin hacer preguntas, por un buen motivo, por uno malo, o sin ningún motivo en absoluto. En medio de esta situación dos hombres totalmente opuestos conviven en una suerte de simbiosis. Bradley, un tipo violento que parece haber estado preparándose toda su vida para este apocalipsis, y Hig, un piloto que con su avión sale a diario a vigilar el perímetro de seguridad que rodea el lugar en el que viven, para prepararse si se acercan intrusos. Y Jasper, el viejo perro de Hig.

Bradley es un violento que mata sin preguntar a quien ose acercarse, todo por la supervivencia. Hig un sentimental que tiene en su perro Jasper a su único amigo, el único que de verdad le importa en este mundo post apocalíptico. Pero tras la muerte del perro, Hig comenzará a darse cuenta de lo unido que está a Bradley, y de cómo la actitud del matón también ha cambiado. Ambos se han convertido en familia, y no sólo eso, sino que además han aprendido, el uno del otro, cosas que nunca habían apreciado en sus respectivas vidas: mientras Hig casi ha recibido un entrenamiento militar, Bradley ha comprendido la importancia de contar con alguien.

Con excepción de la relación entre estos dos dispares protagonistas, todo se parece mucho a una película moderna de zombies: se ahonda en la necesidad de relaciones humanas más allá de las establecidas por una sociedad que ya no existe, y se observa la degeneración de esas relaciones y las nuevas bases sobre las que se asientan.

Eterna

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Eterna

Llegamos al final de la trilogía vampírica propuesta por Guillermo del Toro, y con el final descubrimos por qué en las historias que amenazan con desencadenar el apocalipsis al final siempre terminan ganando los buenos. Para no ofrecer un panorama tan descafeinado como éste: una suerte de París ocupado por los nazis, con colaboracionistas, una pequeña resistencia oculta y el añadido tan “americano” de los grupos que sólo se preocupan por sí mismos. O la segunda temporada de la antigua serie televisiva V, si lo prefieren. El terrible vampiro de origen incierto y oscuro, al final no pasa de ser un dictador con ansia de poder que quiere que todos le obedezcan, bien como vampiros, bien como humanos, y que monta sus propios campos de concentración, en este caso de exprimido de humanos para tener siempre sobre la mesa su ración de sangre a la hora de la comida. Así que el apocalipsis no es tal, sino una situación de gobierno opresivo, por mucho que el dictador, en este caso, se literalmente un monstruo.

El ambiente en el que todo se desarrolla es el típico de la tierra después del desastre que tantas veces hemos visto, y que en los últimos tiempos está bastante de moda, con títulos en el cine como La carretera, Hijos del hombre, el regreso de Mad Max y un largo etcétera, y en televisión con otros como Revolution o Los 100. Ahora hay un nuevo orden y los protagonistas tratan de luchar contra él, todo muy terrenal. El único personaje que entroncaba con esa sensación de misticismo de las dos primeras entregas, Abraham Setrakian, ya no aparece en ésta, y es sustituido por un vampiro que, la verdad, no da la talla, pues no es lo mismo que alguien se adentre en los misterios de lo incomprensible, a que alguien te lo cuente porque mira, lo ha vivido y sabe de qué va el tema. Lo único que el señor Quinlan, el sustituto de Setrakian, no sabe es el origen del amo, que por una retorcida relación de ideas ha decidido que es su padre (y si lo expreso así es porque llamar a esto paternidad me parece excesivo).

Y aquí viene donde se remata el asunto, en el origen del amo, y ahora voy a reventar el final (más o menos) así que no sigan leyendo si no quieren. Y es que, después de haber insistido tanto en el funcionamiento del vampirismo como una enfermedad, después de haber detallado la existencia de los parásitos y el proceso de infección, después de haber puesto tanto énfasis en hacerlo todo tan científico, a pesar de esa sombra de misterio y misticismo que siempre había estado detrás de todo, resulta que ni ciencia ni misterio sobrenatural: todo se soluciona leyendo la Biblia, porque el amo es un ángel caído, rebelado contra Dios. Y si el sol le hace daño es porque se parece al rostro de Dios. Uno se había hecho ilusiones con la cantidad de referencias al mundo de Lovecraft que inundaban las páginas de Oscura, para que al final suceda esto.

¡Ojo! No estoy diciendo que la resolución final sea mala per se, sino que no se pueden estar dejando pistas en una dirección durante todo un relato para al final dar una solución completamente diferente a la que habías estado dejando germinar en la mente de tus lectores. Si nos hubieran llevado por el camino de Dios y la Biblia y sus ángeles y la guerra celestial, uno podría aceptar esta resolución, pero así no. Es una rueda de molino demasiado grande. También, digo yo, los autores podían haber acabado diciendo que todo había sido un sueño de Ephraim, el que en un principio se perfilaba como principal protagonista de la historia.

La tía fingida

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MIGUEL DE CERVANTES (atribuido), La tía fingida

La tía fingida es la decimotercera novela ejemplar, una historia de los bajos fondos, de ambiente prostibulario, algo bastante poco común en la narrativa de Cervantes, que cuando desciende a estos ambientes suele ser para usarlos como decorado de otras inquietudes narrativas, pero no como centro y guía de su historia. Claro que Cervantes podría haber sentido el gusanillo de escribir una de esas historias que no le seducían demasiado, pero sería como encontrar una novela puramente picaresca firmada por su pluma: algo bastante extraño. De todos modos, ni soy un experto en Cervantes ni voy a realizar ningún estudio textual para escribir una reseña. Baste decir que hasta la fecha los críticos aún no han sido capaces de pronunciarse con seguridad sobre la autoría de Cervantes.

La historia trata sobre unos estudiantes que rondan a una joven, pero son expulsados de su casa por su dueña. Piden ayuda a un caballero llamado don Félix, que se introduce a escondidas en la casa y descubre que la joven es una prostituta y que la dueña la remienda para volver a ofrecerla siempre como virgen. En estas llega la autoridad y se lleva a las mujeres a la cárcel, pero en el camino los jóvenes raptan (o liberan, según se mire) a la joven. Uno de ellos quiere gozarla en el acto, pero el otro se opone y se la lleva a su pueblo para casarse con ella con la bendición de su padre, mientras la dueña es acusada de brujería.

Como ven, se trata de una situación con un humor bastante corrosivo, más cercano al ámbito de La Celestina que a lo que Cervantes suele ofrecer. Tenemos engaños prostibularios minuciosamente explicados, dando detalles sobre la prostitución de la muchacha, el trabajo de la alcahueta, la reconstrucción del virgo… y termina con la escena de desprestigio de la boda.

Un detalle personal es que, a pesar de que me ha parecido una novela muy entretenida y divertida, no me ha parecido que haya nada que vaya más allá de la mera aventura, y eso sí que me parece poco habitual en Cervantes. Para que se hagan una idea, la edición en la que he leído las Novelas ejemplares es la de Crítica, que tiene unas introducciones a las novelas bastante extensas, pero en esta en concreto, sobre la novela en sí se limita a señalar que “no es más que un relato prostibular en la tradición de La Celestina”, y dedica el resto del texto a hacer disquisiciones sobre su autoría. Es bastante revelador que el editor tenga tanto que decir sobre la autoría y tan poco sobre el texto.

Y con esto creo que ha terminado mi paseo por las páginas de las Novelas ejemplares de Cervantes (que tenía leídas sólo a medias), algo que me había impuesto para este año cervantino en el que el Gobierno de España ha ninguneado a nuestro autor más importante mientras las representaciones de Shakespeare se suceden por todo el mundo, en todas las lenguas imaginables. Y mientras personas de todos los países conocen cada vez más al dramaturgo inglés, sobre Cervantes no se ha hecho absolutamente nada. Nada que pudiera viajar por el mundo, se entiende. Podrían haberse currado una serie de televisión (ahora que tan de moda está) con las Novelas ejemplares, a novela por capítulo (y una segunda temporada con los entremeses, ya que estamos). En China, al menos, puedo decirles que ni saben que hace 400 años que murió Cervantes (muchos no saben ni que vivió), no se ha visto su presencia fuera de las cuatro paredes de la biblioteca del Instituto Cervantes de Pekín. Eso sí, la payasada de que un grupito de famosetes (entre los que siempre se suele contar un desagradablemente alto número de políticos) lean fragmentos de El Quijote, que salta a la vista que su reducida capacidad lectora no les permite comprender, no habrá faltado. Y luego se extrañarán de que lo primero que piensan todos cuando oyen mencionar a Cervantes es que es aburrido. ¿Y todavía les sorprende con semejante escaparate?

Oscura

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Oscura

La segunda parte de la trilogía vampírica iniciada por Nocturna da el tradicional paso adelante con respecto a la primera: la lucha casi secreta que los protagonistas mantenían contra el Amo en la primera parte, ahora se vuelve una guerra, con más protagonistas implicados.

El Amo prepara un plan para hacerse, no con Nueva York, sino con el mundo. Pero él es el más joven de una estirpe muy antigua, conocidos como los ancianos, seis vampiros cuyo origen se pierde en la memoria y que llaman despectivamente al más joven “El Séptimo”. Al final del primer tomo los protagonistas comprobaron que de poco les sirvió exponer al Amo a la luz solar para destruirlo, así que emprenden la búsqueda de un libro con tapas de plata que contiene su verdadero nombre, en la creencia de que conocerlo les dará la clave para destruirlo. El vampiro también quiere hacerse con él, para lo que utiliza la fortuna de su aliado humano con la intención de conseguirlo en una subasta. Los protagonistas consiguen hacerse con el libro, pero al parecer ya es demasiado tarde, pues el Amo consigue eliminar a los ancianos que se encontraban en Nueva York, y dar comienzo a una suerte de apocalipsis nuclear que favorecerá la oscuridad sobre el planeta para que los vampiros se hagan con él.

Esta segunda parte se separa del camino tan fiel al Drácula de Bram Stoker que había tenido la primera, aunque sólo sea para arrimarse a otras fuentes. La guerra contra el virus que toma la ciudad no es nada nuevo, las historias de zombies que toman el planeta se cuentan últimamente por docenas, aunque tratándose de vampiros en este caso, podríamos pensar en un referente mucho más directo, como Soy leyenda, aunque de manera algo más salvaje en el caso que nos ocupa. Pero la comparación no es gratuita, pues el punto de vista de estos vampiros es bastante similar a los de la novela de Matheson. No en vano la argumentación que el Amo ofrece a Setrakian es bastante similar a la que aquellos vampiros ofrecían a Neville: no son monstruos, pues al igual que todas las demás criaturas del planeta ven a los humanos como monstruos, así ven los humanos a los vampiros. Se trata tan sólo de la visión que la presa tiene de su cazador, que pretende sobrevivir e imponerse. Si bien es cierto que esta especie cazadora tiene una deliberada intención de provocar dolor, pero, ¿acaso no ha brillado tantas veces esa deliberada intención también en los humanos?

Así pues, la acción ha salido del mundo soterrado para instalarse en la sociedad, en las altas esferas de la política y los negocios, en las casas de subasta y en última instancia en las calles de Nueva York. La existencia de los vampiros ya no es un secreto que impide que se crea en ellos, sino una realidad.

Y si en Nocturna las referencias a Stoker eran continuas, es otro el novelista que parece hacerse con el control referencial de Oscura. La continua referencia al gusano de sangre, a la entidad antigua cuyo origen se pierde en la distancia del pasado, varias insinuaciones de personajes (aunque desmentidas por otros personajes) de que ese ser no pertenece a este mundo, un misterioso libro con la capacidad de aparecer tan sólo cuando algo terrible está a punto de suceder y del que resulta imposible deshacerse por la bravas que contiene la identidad de este ser… Sólo faltan las consiguientes referencias a algún tipo de ritual milenario para que el nombre de Lovecraft llame con tal fuerza a nuestra cabeza que nos resulte imposible ignorarlo. Aunque todavía queda una novela, así que no descarto que aparezcan esos rituales e incluso el propio Cthulhu.

El coloquio de los perros (y 2)

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MIGUEL DE CERVANTES, El coloquio de los perros

Pero no todo es artificio en El coloquio de los perros. Si así fuera, a pesar de sus virtudes también sería fácilmente olvidable. Cervantes conocía muy bien su tiempo y, una de dos, o no hemos cambiado nada o también conocía muy bien la condición humana en general (o ambas cosas). Porque muchos son los pasajes que nos recuerdan preocupantemente a nuestro momento actual, a cómo se conduce la gente en la calle, incluso a las noticias que vimos en la prensa la semana pasada. Empezando por las dos premisas que los perros ponen para contar sus vidas. La primera es que “mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que en procurar saber las vidas ajenas”, y no creo que haya que hacer ningún comentario al respecto, en una sociedad preocupada como lo está la nuestra por el chisme y los detalles ajenos, más aún si estos pueden hundir en el fango al otro, porque parece que disfrutamos de ellos, que nos hace sentir superiores (aunque sin duda no moralmente). Esta afición a las vidas ajenas quizá pudiera tener cierta justificación en épocas pretéritas en las que los entretenimientos eran escasos, pero en una en la que los métodos para entretener e incluso perder el tiempo son tan numerosos, no hay justificación posible, siempre existe un pasarratos alternativo. Pero parece que ha sucedido al contrario, cuantas más posibilidades tenemos, más las enfocamos en escudriñar lo que no pertenece a nuestro círculo, en escarbar más allá de lo que las personas nos dejan ver, hasta el punto en que hemos convertido una herramienta que nos facilita ofrecer información al mundo, como lo es Internet, en algo utilizado para reventar los secretos de la gente y exponerlos a ojos para los que no estaban pensados, y todos tenemos derecho a nuestros secretos, no hay ninguna ley que diga que tenemos que descubrir a todos hasta la última porción de nuestra alma, y espero que nunca la haya.

La otra premisa que ponen es no murmurar contra los demás, algo relacionado con lo anterior, pero no idéntico. Cuando Berganza advierte de que en su historia pretende filosofar, el segundo punto de vista encarnado en Cipión le advierte: “Consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto”. Y ¿quién es hoy en día capaz de establecer una crítica social, o de armar un consejo, sin señalar los males que, a su parecer, existen en los demás? Es preocupante que una especie condenada a vivir en sociedad sea incapaz de dar ninguna opinión política sin hacer sangre en los demás. Hay excepciones a esto, claro, pero son demasiado escasas. En el caso de España en particular, quienes deberían tener las ideas más claras, pues se dedican al difícil oficio de guiar al país, parecen incapaces de dignificarse mínimamente evitando recurrir a lo mal que los demás lo hacen todo para defender su discurso. Ahora, tanto PSOE como Ciudadanos como Podemos como IU nos recuerdan a cada momento lo mal que ha hecho las cosas el PP de Rajoy, que a su vez no se cansó en su momento de repetir lo mal que lo había hecho el PSOE de Zapatero. A su vez, los simpatizantes del resto de partidos buscan con minuciosidad algo para criticar de Podemos, pues al ser nuevos no se les puede achacar aún lo mal que lo hicieron antes. Y así la política se convierte en una bola de críticas, en la que todos murmuran de sangre y nadie de luz, como pide Cipión.

Y hablando de política, casi parece que Cervantes tuviera conexión directa con el presente, para criticarlo de la manera tan certera en que lo hace. En una de las aventuras que pasa Berganza, como perro pastor, hay un lobo que se come las ovejas, y cada vez que esto sucede el dueño del rebaño culpa a los pastores y golpea a los perros por no cuidar bien de su propiedad. Berganza descubrirá que son los propios pastores quienes matan a las ovejas y hacen parecer que ha sido un lobo, para poder así quedarse con estupendas piezas de carne. Al descubrirlo se lamenta: “Vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. […] ¡Válame Dios! –decía entre mí–, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?”. Como estos pastores actúan sin duda nuestros políticos, corruptos en su mayoría, robando los bienes que tienen la obligación de proteger para nosotros, haciéndose los ciegos cuando son otros (allegados) los que roban, protegiéndose los unos a los otros, escudándose en los defectos de forma de las leyes en lugar de en esa otra cosa, tan antigua y pasada de moda, que era conocida como el espíritu de la ley.

Y para terminar, les dejo con un fragmento de conversación que me ha recordado dolorosamente a una realidad diaria de hoy en día:

“Berganza: Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.

”Cipión: Por menos daño tengo ése que el que hacen los que verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes que, hablando con un zapatero o con un sastre, arrojan latines como agua.

”Berganza: Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos.

”Cipión: Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les escusa el ser latinos de ser asnos”.

Y es que la conversación refleja dos actitudes habituales hasta la náusea hoy en día. La primera, incrementada sin medida desde que Internet entró en nuestras vidas, la de aquel que ve u oye algo (casi nunca lo lee), y va esgrimiendo lo visto u oído contra todo el mundo, como si fuera un argumento incontestable, seguro de lo inteligente que es por tener ese conocimiento que quizá sea tan sólo una opinión de algún otro y sobre el que por supuesto no se ha molestado en informarse adecuadamente, no digamos en discriminarlo, algo para lo que quizá ni esté capacitado. Y así tenemos a una legión de tipos con conocimientos “de oídas” que plantan cara a quienes quizá han estudiado el asunto, y que, a pesar de poder tener grandes conocimientos en la materia (la que sea), no pueden responder, pues saben que van a enfrentarse a un muro de ignorancia, o de terquedad, o de ambas cosas.

Estos son los latinistas que no saben ni declinar, pero por el otro lado están los verdaderos latinistas, los expertos en su oficio, con verdaderos conocimientos capaces de eclipsar a los de cualquier ciudadano común y corriente. Estos, en cuanto uno hace una observación errónea, lo toman al asalto, le afean no haberse dedicado al estudio del asunto con la profundidad con la que ellos lo han hecho, lo llaman ignorante y lo cubren de insultos velados o no tan velados.

Ahora más de uno se enfadará, pero es que el máximo exponente de esto lo tenemos hoy en día entre los historiadores (o quienes han estudiado historia en profundidad, bien por trabajo, bien por afición), que parecen exigir a todo el mundo que tenga sus mismos conocimientos sobre su materia (no todos, claro, pero los que lo hacen son demasiado públicos, y bastantes de ámbito más privado los imitan, haciendo padecer esta conducta a sus allegados). Y lo peor es que la historia parece ser la única ciencia con alguna validez para ellos: no suelen admitir razonamientos (y por supuesto no saben desmontarlos si se los dan, se limitan a negar la mayor con el consabido “¡ignorante!” en los labios) y repiten constantemente el latiguillo ese de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, sin advertir que si se repite un experimento modificando alguna de sus variables, necesariamente el resultado será distinto. Habría que recordarles que tan ignorante es quien no conoce los detalles sobre el transcurso de alguna batalla o algún acontecimiento político, como el que no los conoce sobre física de partículas o no sabe resolver una complicada ecuación. La verdad, no sé por qué no conocer cualquier episodio de la historia en sus detalles me convierte en un inculto, pero no lo hace el hecho de no saber cómo trazar, por ejemplo, la ruta de una nave por el sistema solar.