Hindies, hipsters y gafapastas (2)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas (2)

La introducción de Nacho Vegas a Indies, hipsters y gafapastas merece una mención aparte, pues casi supone un ensayo en sí mismo, con sus quince páginas, más o menos. El músico indie empieza contando cómo, en una conversación informal con sus amigos en una cafetería sale el tema de los hipsters, de los que poco o nada sabe nadie en el grupo (como, por otro lado, nos sucede a casi todos), y una voz se eleva para pedir que Nacho explique qué son, pues “está escribiendo algo sobre el asunto”. Explica que aún no ha leído siquiera la primera versión del libro que tiene que prologar, pero se anima a explicar que cree que los hipsters son una especie de derivación de lo indie pero parapetada en el glamour y el cinismo, como una especie de elite del buen gusto. Tras semejante explicación recibe una rotunda simplificación: “Vamos, los modernos de toda la vida, ¿no?”.

Lo gracioso de la escena es que nos han vendido tal imagen de los hipsters para que formemos parte de ellos pero sin identificarnos con ellos, que ni siquiera quien se supone que sabe sobre ellos, y al que de hecho le han encargado que escriba sobre el asunto, tiene muy claro qué o quiénes son.

A partir de ahí, Vegas echa marcha atrás para tratar de discernir cómo se ha ido formando este grupo social de tanta importancia en nuestro mundo actual. Y como no podía ser de otro modo, lo hace desde su experiencia personal, que se sitúa en el mundo de la música. A modo de paréntesis, debo decir que, a pesar de que fue el hecho de ver que estaba prologado por Nacho Vegas lo que me llevó a leer el libro, el prólogo habría sido más enriquecedor de haber sido escrito por otra persona, de otro ámbito diferente. Digo esto porque ya el cuerpo del libro está escrito por alguien muy involucrado en el mundo de la música, y es justo ahí donde mayor hincapié hace, e insistir aún más sobre ese mundo resulta redundante. Quiero dejar claro que me encanta la introducción de Vegas, pero si se trataba de hacer este recorrido de lado del mundo cultural, habría sido más variado y podría haber ampliado nuestra visión una introducción escrita por alguien que nos ilustrara el tema desde la perspectiva del mundo de la literatura, o de las artes plásticas, o del cine.

Como decía, Vegas hace un repaso al mundo de la música desde que él era joven hasta la actualidad, haciendo especial hincapié en que, a partir de los noventa, los músicos parecieron perder contacto con la realidad social, escribiendo canciones intimistas o más bien egoístas, o de tipo festivo únicamente, encerrándose en la premisa del “sexo, drogas y rock’n’roll”, lo que los hacía vivir en un mundo irreal, con la canción protesta prácticamente enterrada, en un momento social en el que se estaban dando terribles hachazos a nuestro sistema mientras nos hacían creer con sorprendente efectividad que nos encontrábamos en un momento idílico, casi inmejorable. No le falta razón, pues cuando la gente habla ahora de la crisis siempre hace referencia a cuando las cosas iban bien, fechando esa vaporosa situación en los momentos previos al estallido de la crisis, cuando conseguir un trabajo bien pagado era casi milagroso, no digamos uno estable, cuando incluso compañías estatales hacían trampas para no tener que contratar personal fijo (Correos, por ejemplo, tenía a la mitad de su plantilla con contratos temporales, y muchos tenían que firmar un contrato nuevo cada lunes, que terminaba el viernes, para no tener que pagar el fin de semana), la vivienda había alcanzado unos precios tan altos que las hipotecas iban en muchos casos mucho más allá de la edad de jubilación, los alquileres eran imposibles de pagar sin compartir piso con varias personas, la gente permanecía en casa de sus padres hasta pasados los 35 años, el salario mínimo era ridículo, la prestación por desempleo se había recortado en repetidas ocasiones… Y, a pesar de todo esto, los españoles estaban convencidos de que vivían una época de fabulosa prosperidad. Hay que decir que los equipos de marketing de los respectivos gobiernos se merecían un diez.

Vegas indica que los cantantes estaban tan alienados que, por primera vez, no fue la música la que sirvió de punta de lanza, como es habitual, para las protestas, sino que fueron las mismas protestas las que hicieron despertar a los músicos y darse cuenta de frente a qué estaban. Fue el 15M lo que hizo a muchos músicos volver a tomar conciencia de la realidad y salir del proceso de individualismo y hipsterización en el que, poco a poco, se habían ido metiendo. Afortunadamente, al menos de momento, no ha habido revueltas como otras bandas más despiertas de otros lugares se habían atrevido a predecir.

Nota: Nacho Vegas puede caer mal a muchos por su posicionamiento firmemente de izquierdas, irreconciliable con cualquier actitud de derechas o capitalista, pero hay que admitir que es consecuente con sus ideas como pocos. Digo esto porque acabo de ver el vídeo en el que, tras aceptar tocar en un festival patrocinado por Banco Sabadell (y sorprendido, como él mismo reconocía, de no haber recibido ninguna crítica por haberlo hecho), llevaba a cabo una acción de denuncia contra dicho banco a pesar de las presiones en contra de los organizadores al comenzar su concierto, al tiempo que anunciaba que los beneficios netos de su concierto irían destinados a ayudar a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en Asturias.

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Giselle

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ADOLPHE ADAM, Giselle

El viernes pasado la Compañía Nacional de Ballet de China representó en la Universidad de Tsinghua la obra de ballet romántica Giselle que, con excepción de algunos detalles ajenos a la representación en sí, supuso dos horas de abandono sobre la butaca del teatro e inmenso placer.

La obra trata sobre la joven Giselle que se enamora de un desconocido que llega a su pueblo. El guardabosques, enamorado de Giselle, no soporta esto, y al descubrir que el desconocido es el príncipe, que ya está prometido a otra mujer, desvela toda la verdad, lo que provoca que la joven Giselle muera de pena. Por la noche el príncipe va a visitar la tumba de Giselle y es atrapado por los espíritus del bosque, antiguas muchachas que murieron antes de poder casarse, y que quieren hacerlo bailar hasta morir. Sin embargo el espíritu de Giselle le da fuerza para que sobreviva hasta la llegada de la mañana, cuando los espíritus desaparecen.

Como ya he dicho en anteriores ocasiones, poco puedo decir de la música, pues no soy ningún entendido (casi ni un aficionado), más allá de afirmar que me encantó. Y lo hizo. Y si a la música le añadimos la posibilidad de seguir la historia, que previamente había leído, por supuesto, y que es lo que a mí me tira y donde me siento más en mi ámbito, creo que la experiencia del ballet (el tercero al que acudo en mi vida, todo debo reconocerlo) fue maravillosa.

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Creo que a los espectáculos musicales hay que ir sin reloj. El mundo se ha vuelto desagradablemente rápido, todo lo hacemos pensando en lo siguiente que vamos a hacer, hasta el punto de que nos hemos vuelto incapaces de disfrutar de ninguna de nuestras actividades. Cuando trabajamos pensamos en el descanso, cuando descansamos pensamos en que tendremos que volver a trabajar, entre semana en el fin de semana y el fin de semana en el momento en que éste se acabará, durante el año en las vacaciones y en vacaciones en la vuelta al trabajo. Si estamos viendo una película ya estamos pensando en lo que contaremos de ella, incluso algunas personas no pueden esperar los minutos que los separan del final y se pasan todo el tiempo de metraje haciendo molestas conjeturas y obligando a uno a pensar en lo que no toca en ese momento. Empezamos a leer libros pensando el momento en que los terminaremos, y mucha gente mide la lectura por el número de páginas que le quedan y no por las que ya ha leído. No son pocos los que llevan esto al extremo, aplicándolo a la propia vida, y ponen más atención en el tiempo que les queda que en lo que han vivido hasta el momento (no se engañe nadie, no, pensando, que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio). Las nuevas tecnologías nos obligan también a ello, ya sólo podemos ver como nuevo, como presente, lo que aún no ha llegado: en el momento en que podemos asirlo, ya es obsoleto, ya hay otra cosa por llegar y ya no interesa tanto. Hemos cambiado una actitud contemplativa (terrenal, no divina) por una anticipativa (tratando de alcanzar lo antes posible lo que ha de venir).

Y con esta actitud, pensando lo que va a durar la obra, lo que quiero hacer después, no puede disfrutarse ningún espectáculo musical. Ni de ningún otro tipo, aunque creo que musical menos que ninguno. Por eso digo que hay que ir sin reloj, de manera relajada y pensando que ahí es donde termina el día, nada queda después sino recordar con complacencia lo que vimos.

Y lo que vi en Giselle me encantó, aunque el exceso de bailarines solamente desfilando por el escenario al principio de la obra me hizo pensar que eso es lo que iba a tener todo el tiempo (maldito afán de anticiparnos a todo), gente que pasea con la música pero que no danza, pero eso cambió pronto, desapareciendo un vestuario que imposibilitaba el baile y cambiándose por otro más habitual de este tipo de espectáculos.

Una cosa me sorprendió. El segundo acto comenzaba con un baile de los espíritus del bosque, y la música se me antojaba bastante viva y animada, algo raro para tratarse de los espíritus de las doncellas que habían muerto sin la oportunidad de contraer matrimonio. Suponía yo que su situación sería mucho más triste o al menos tétrica (son fantasmas, al fin y al cabo), pero no lo parecía a tenor de la música, que era de lo más animada.

Quién sabe, puede que mi incapacidad para acudir al teatro, aquí en Pekín, termine por convertirme en un melómano.

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Aida

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GIUSEPPE VERDI, Aida

Nunca antes había asistido a la representación de una ópera, y por eso mismo no sabría decir si mi grado de fascinación al término de la primera se debía a la verdadera calidad de lo que desfilaba ante mis ojos o sólo a mi inexperiencia. A riesgo de equivocarme me decantaré por lo primero.

El asunto duró tres horas largas, aunque también hay que admitir que hubo tres entreactos de quince minutos cada uno, que ya son ganas de alargarlo innecesariamente (a mí me sobraban dos, aunque creo que habría sido capaz de tragármelo todo de un tirón).

No hablaré de la música, nada puedo decir sin meter la pata, pues disto mucho de ser un experto, ni tan siquiera un aficionado a la ópera. Además, creo que, quien más quien menos, todos conocemos en cierta medida esta ópera de Verdi.

Sobre el argumento, para quienes lo tengan algo difuso, se trata de la historia de amor entre el general egipcio Radamés y la esclava Aida. En una incursión Radamés captura al padre de Aida y entre él y su hija lo engañan para traicionar a Egipto. El egipcio será condenado a ser enterrado vivo, pero al cumplirse su condena Aida se cuela en la tumba y los dos amantes mueren juntos. Esta es la historia a muy grandes rasgos.

Aunque lo verdaderamente impresionante, lo que hace que uno no pueda abandonar la ópera, me atrevería a asegurar que incluso para aquellos a los que la música pudiera parecerles terriblemente soporífera (hay gente para todo), es la escenografía. En mi vida había visto decorados como esos, con construcciones enormes y realizadas hasta el último detalle, que, no sólo tenían la función de arropar la acción, sino que además eran practicables, haciendo que la ingente cantidad de actores que desfilaba ante mis ojos pudiera aparecer por cualquier sitio y realmente interactuara con el decorado, no sólo lo tuviera tras de sí.

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Pero ahí no acababa la cosa. Cuando creías que el decorado era majestuoso, descubrías además que era móvil, con compuertas que se abrían para dar paso a nuevas escenas, escenarios enteros que se elevaban dejando salir uno nuevo de su interior… Incluso enormes carrozas construidas, algunas de ellas, para aparecer ante nuestros ojos un escaso minuto y aportar su granito de arena a la grandiosidad del conjunto.

Todo esto, mezclado con proyectores que plasmaban imágenes en movimiento sobre cortinas transparentes que se iban situando a distintas distancias y que los espectadores no podíamos ver debido a la iluminación, convertían la representación en algo capaz de dejar boquiabierto a cualquiera, aún más en combinación con la majestuosidad de la música.

Como les digo, mi primera ópera. Aunque después de tal descubrimiento, les aseguro que no será la última.