>Andrés Calamaro triunfa en Pamplona

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Las puertas se abrieron con hora y media de retraso, eso es lo único que puede achacarse al concierto que Andrés Calamaro dio el día 14 de junio en Pamplona. Hacía diez años que no pasaba por aquí y estábamos en situación de perdonárselo todo, ¿por qué no? Pero los ánimos estaban más bien soliviantados contra los teloneros, que tuvieron la desfachatez o la desgracia de ensayar cuando todos ya deberíamos estar ahí dentro, y de ensayar, además, durante más tiempo de lo que duró su parte del concierto (algo inaudito si se me permite decirlo). Por cierto que no recuerdo el nombre del grupo, pero me enteré de que no iban a ser ellos los teloneros, sino que los que tenían que haber tocado durante toda la etapa norteña de Calamaro eran los Gualitxo, pero por algún problema con la discográfica perdieron el contrato, así que algo sí que hay que reconocer a los teloneros: saludaron a Gualitxo desde el escenario y les hicieron publicidad, cosa que los honra.

El concierto de Calamaro arrancó sobre las once de la noche. Y mira que detesto ese verbo para indicar que algo comienza pero es que aquello verdaderamente arrancó, con todas las guitarras eléctricas sonando al mismo tiempo, una máquina perfectamente engrasada y sincronizada.

“El salmón” fue la primera canción en sonar y, a pesar de no ser una de mis favoritas, robó una ovación al público, que se entregó totalmente desde la primera nota. Sonaron más o menos la mitad de las canciones de “La lengua popular”, mientras que su disco anterior, “El palacio de las flores”, fue relegado al olvido (una lástima, pues le tengo especial estima a “El tilín del corazón”). Sonaron asimismo algunas canciones de Los Rodríguez, y sobre todo de los discos “El salmón”, “Honestidad brutal” y “Alta suciedad”. Este último estuvo a punto de sonar entero pero faltó mi favorita: “Media Verónica”. Los discos más antiguos, como “Por mirarte”, “Nadie sale vivo de aquí” o los dos volúmenes de “Grabaciones encontradas” también desaparecieron del repertorio.

Las canciones lentas sonaban más roqueras que de costumbre y las roqueras todavía más, mientras que esos temas gamberros a los que Calamaro nos tiene acostumbrados hicieron botar a todos los allí congregados: todos saltamos y cantamos como poseídos al ritmo de “Crucificame” u “Horarios esclavos”.

Hacia la mitad del concierto llegaron los tangos, el primero de los cuales fue “Jugar con fuego”. Sin embargo, y a pesar de que ese es uno de mis favoritos de cuantos canta, quizá porque fue el primero que le oí, decidí aprovechar este momento para ganar terreno hasta el baño y poder regresar luego a la primera fila en la que me encontraba aprovechando el momento de calma entre el público que los tangos ofrecen (es lo que tiene haberse bebido dos katxis de cerveza). Yo le calculaba tres o cuatro tangos, tiempo más que suficiente para regresar del baño, pero tras el segundo comenzó a tocar “Estadio azteca”, complicándonos con ello el regreso y fastidiándome bastante (me encanta esa canción).

Cuando el concierto llegó a su fin, con la canción “Paloma”, habían transcurrido dos horas y cuarenta y cinco minutos de Andrés Calamaro sobre el escenario sin pausa. Nada había existido allí que no fuera él, ni siquiera la energúmena de mi lado que gritaba gora ETA. Se despidió, le lanzaron un sombrero, se lo puso, posó con él y lo devolvió. Después se marchó.

Idoia me dijo que no había visto mucha emoción al acabar el concierto porque la gente no gritaba para que cantara otra. La verdad es que no me extraña, pues si los demás tenían la garganta la mitad de destrozada que yo de tanto cantar a voz en grito, no podrían articular una sola palabra.

En una palabra: ESPECTACULAR.
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