>¿Y mi película?

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El lunes y el martes de esta semana deberían haberse proyectado en Civican, en Pamplona, dos películas en inglés y subtituladas también en inglés. Las proyecciones en cuestión estaban dentro de un ciclo de cine en versión original que se encontraba dentro del programa de Civican para este invierno. De modo que me dirigí el lunes a recoger una invitación para la película de ese día, tal como estipulan las reglas que ellos han puesto y, sin absolutamente nadie todavía haciendo cola, a la hora exacta a la que se supone que empiezan a dar las invitaciones, no quedaba ni una. Lejos de enfadarme, aunque extrañado, pregunté si había entradas para la peli del día siguiente, a lo que la respuesta debería haber sido un lacónico “no sé”, puesto que las entradas se entregan el mismo día de la película desde una hora antes de la proyección. Sin embargo no fue eso lo que me respondieron sino: “no, no quedan, porque es una actividad de la escuela de idiomas, y aunque nosotros pongamos la sala e imprimamos las entradas, se las hemos dado todas a ellos”.

Bien, llegados a este punto yo me pregunto, si es una actividad de la escuela de idiomas, ¿por qué Civican la anuncia como propia, burlándose de esa manera de todos aquellos que pretendemos asistir? Y una cosa más, que me parece al tiempo sospechosa y preocupante: ¿Qué tipo de relación existe entre la escuela de idiomas (entidad pública) y Civican (entidad privada), para que aquella haga uso de las instalaciones de esta de manera tan vergonzosa? ¿Quizá sea esto parte de la banca cívica que prepara Caja Navarra? ¿Ofrecer algo y luego decir que no lo habían ofrecido, aunque medie un programa que misteriosamente ayer había desaparecido de las instalaciones de Civican? Que yo sepa a eso se le llama publicidad engañosa y el gobierno debería interponer una demanda por ello. Aunque claro, en Pamplona estas cosas no nos pillan de nuevas y todos conocemos el vergonzoso funcionamiento de las instituciones públicas y supuestamente privadas.

>Contaminación acústica

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Hoy el Diario de Navarra trae un titular ante el que, la verdad, no sé cómo posicionarme. La gracieta es la siguiente: “Las once campanas de la catedral de Pamplona sonarán un 30% más tras su restauración”.

Pues qué quieren que les diga; por supuesto que hay que restaurar las campanas, que son obras de arte en sí mismas, pero me entran dudas acerca de cuál es verdadero obetivo de esa restauración. ¿Necesitan realmente ser restauradas? ¿O más bien la necesidad es que toda la ciudad oiga el repicar diario de todas las misas para que tengan conciencia de dónde deberían estar cuando comieza una? Deberían medirse los decibelios emitidos por esos monstruos de bronce como se hace con cualquier otro tipo de local, pues dudo mucho que a una persona de mediana edad le moleste más el ruido de un bar que haya cerca de su casa un sábado por la noche cuando quiere ver una película y descansar, de lo que me pueden molestar a mí las campanitas un domingo a las diez de la mañana después de haber salido y quiero descansar. Yo no voy por las calles con un altavoz al hombro y esparciendo mi música el sábado noche, así que lo mínimo que espero es que tampoco lo tenga que soportar los domingos por la mañana.

Entiendo que las campanas de las iglesias tienen cierta tradición y que ni pueden ni deben silenciarse así como así, pero no entiendo cosas como que se restauren para que suenen más fuerte (ese parece el objetivo según el titular), o que a nuevas iglesias que antes no estaban ahí y que no deberían irrumpir sonoramente para molestar les coloquen estruendosas falsas campanas por megafonía (algunas de ellas con musiquitas y todo).

No sé, si el problema es únicamente el tipo de sonido, pues me grabaré el sonido de una campana de iglesia y la pondré a tope todas las noches, que supongo que eso a nadie le molestará. Es más, seguro que me toman por una persona comprometida y pía.

>El imbécil del balcón

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Hay gente que debería nacer con un par de hostias bien dadas de serie, a ver si así se les quitaban las ganas de andar tocando las narices. Estaba yo aparcando el coche hace apenas media hora, y en el sitio que había elegido (lo de elegido es un decir, porque hay que ver cómo está el patio) alguien había colocado una valla que estaba poco menos que arrojada allí. Por miedo a rayar el coche con la condenada vallita (y de paso para que no lo rayaran los que vinieran detrás) me he bajado y he colocado la valla sobre la acera, pegadita a la puerta de garaje frente a la que estaba para que no molestara. Antes de ello por supuesto que he mirado que no hubiera allí ningún vado, y como no lo había, pues no he estado dispuesto a dejar de aparcar yo mi coche, con lo difícil que está el asunto, para que nadie tuviera una plaza de garaje propia y gratuita a mi costa.

El caso es que he aparcado y al bajar del coche un señor mayor (y lo de señor es otro decir) me ha soltado desde un balcón: “¿Qué? Así se queda ¿no?”. Yo, que no había identificado ningún tono malicioso en su frase (y la verdad es que me había costado bastante aparcar, así que podía ser incluso jocosa), le he respondido con total naturalidad: “Pues sí, de ahí ya no se mueve”. Momento en que el ser involucionado de edad avanzada ha comenzado a proferir gritos y a decirme que iba a denunciarme y no sé que sandeces más.

No voy a hacer más comentarios, de todos modos qué más comentarios pueden hacerse de un tipo que pasa toda la mañana apoyado en su balcón de un primer piso para ver con quién puede discutir ese día, para arrogarse el derecho de decir a los demás lo que deben hacer, para tocar las narices en general a todo el que pase. Porque de algo estoy seguro: ayer la emprendería con otro, y mañana, sin duda, con otro más.

*Nota: El de la foto no es el que me ha gritado a mí. Éste hasta tiene cara de majo.

>San Fermín 2008

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Pues ya han comenzado las fiestas y yo aquí, perdiéndomelas, viendo el txupinazo por televisión, en la ciudad del calor eterno. Pero el día 11 estaré allí y mis penas se pasarán: cambiaré las cafeterías nocturnas de Barcelona por los bares festivos de Pamplona, las “interesantes” charlas por la música elevada y cantar hasta quedar afónico, la amplia variedad de bares aburridos por la escasa oferta de marcha y diversión. Yo recuerdo que en Pamplona en cuanto llegaba el viernes hacía todo lo posible para salir a toda costa y en esta ciudad lo mismo me da salir que quedarme en casa (ver una película resulta casi más emocionante), pero eso cambiará el fin de semana que viene, cuando llegue y me calce la ropa blanca, el pañuelo y la faja.

Chicos, os quiero a todos en la calle y en las peñas el próximo fin de semana.

¡¡¡Viva San Fermín!!! ¡¡¡Gora San Fermín!!!

>Andrés Calamaro triunfa en Pamplona

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Las puertas se abrieron con hora y media de retraso, eso es lo único que puede achacarse al concierto que Andrés Calamaro dio el día 14 de junio en Pamplona. Hacía diez años que no pasaba por aquí y estábamos en situación de perdonárselo todo, ¿por qué no? Pero los ánimos estaban más bien soliviantados contra los teloneros, que tuvieron la desfachatez o la desgracia de ensayar cuando todos ya deberíamos estar ahí dentro, y de ensayar, además, durante más tiempo de lo que duró su parte del concierto (algo inaudito si se me permite decirlo). Por cierto que no recuerdo el nombre del grupo, pero me enteré de que no iban a ser ellos los teloneros, sino que los que tenían que haber tocado durante toda la etapa norteña de Calamaro eran los Gualitxo, pero por algún problema con la discográfica perdieron el contrato, así que algo sí que hay que reconocer a los teloneros: saludaron a Gualitxo desde el escenario y les hicieron publicidad, cosa que los honra.

El concierto de Calamaro arrancó sobre las once de la noche. Y mira que detesto ese verbo para indicar que algo comienza pero es que aquello verdaderamente arrancó, con todas las guitarras eléctricas sonando al mismo tiempo, una máquina perfectamente engrasada y sincronizada.

“El salmón” fue la primera canción en sonar y, a pesar de no ser una de mis favoritas, robó una ovación al público, que se entregó totalmente desde la primera nota. Sonaron más o menos la mitad de las canciones de “La lengua popular”, mientras que su disco anterior, “El palacio de las flores”, fue relegado al olvido (una lástima, pues le tengo especial estima a “El tilín del corazón”). Sonaron asimismo algunas canciones de Los Rodríguez, y sobre todo de los discos “El salmón”, “Honestidad brutal” y “Alta suciedad”. Este último estuvo a punto de sonar entero pero faltó mi favorita: “Media Verónica”. Los discos más antiguos, como “Por mirarte”, “Nadie sale vivo de aquí” o los dos volúmenes de “Grabaciones encontradas” también desaparecieron del repertorio.

Las canciones lentas sonaban más roqueras que de costumbre y las roqueras todavía más, mientras que esos temas gamberros a los que Calamaro nos tiene acostumbrados hicieron botar a todos los allí congregados: todos saltamos y cantamos como poseídos al ritmo de “Crucificame” u “Horarios esclavos”.

Hacia la mitad del concierto llegaron los tangos, el primero de los cuales fue “Jugar con fuego”. Sin embargo, y a pesar de que ese es uno de mis favoritos de cuantos canta, quizá porque fue el primero que le oí, decidí aprovechar este momento para ganar terreno hasta el baño y poder regresar luego a la primera fila en la que me encontraba aprovechando el momento de calma entre el público que los tangos ofrecen (es lo que tiene haberse bebido dos katxis de cerveza). Yo le calculaba tres o cuatro tangos, tiempo más que suficiente para regresar del baño, pero tras el segundo comenzó a tocar “Estadio azteca”, complicándonos con ello el regreso y fastidiándome bastante (me encanta esa canción).

Cuando el concierto llegó a su fin, con la canción “Paloma”, habían transcurrido dos horas y cuarenta y cinco minutos de Andrés Calamaro sobre el escenario sin pausa. Nada había existido allí que no fuera él, ni siquiera la energúmena de mi lado que gritaba gora ETA. Se despidió, le lanzaron un sombrero, se lo puso, posó con él y lo devolvió. Después se marchó.

Idoia me dijo que no había visto mucha emoción al acabar el concierto porque la gente no gritaba para que cantara otra. La verdad es que no me extraña, pues si los demás tenían la garganta la mitad de destrozada que yo de tanto cantar a voz en grito, no podrían articular una sola palabra.

En una palabra: ESPECTACULAR.