Inspector Moroni

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GUY DELISLE, Inspector Moroni

El inspector Moroni es un policía bastante tonto, recién salido de la academia, y que ha llegado a su comisaría con la intención de comerse el mundo, creyendo ser más listo que nadie, como a menudo sucede a tantos recién licenciado, con sus estudios aún frescos, que no entienden por qué todos hacen todo tan mal.

El tomo de sus aventuras se compone de tres historias que no tienen mucha más pretensión que la de divertirnos con las tontas aventuras de este personaje. No queramos ir mucho más allá, y tomémonos su lectura como la de un Mortadelo, esto es, dentro del esquema de investigador tonto que no da una y, nadie sabe muy bien cómo, consigue atrapar a los malos.

Pero sí que tiene un par de detalles (como también los tienen por ahí escondidos los Mortadelos y similares) que nos hacen reflexionar un poquito. El que más sobresale es que el protagonista peca de ingenuo, cree saberlo todo porque acaba de estudiarlo aunque carece de la valiosa experiencia que da el intentar poner en práctica lo que uno cree que sabe, y eso es algo común a todos nosotros. Creo que ninguno nos salvamos. Quien más quien menos, todos hemos paseado nuestra soberbia por unos conocimientos que creíamos inmensos cuando éramos estudiantes universitarios, esa época en la que los estudios de cada uno son bastante específicos, por lo que resultan desconocidos para el común de las personas con las que aún nos relacionamos y eso nos hace crecernos, y al mismo tiempo aún no nos encontramos en un ámbito profesional en el que casi todos saben tanto o más que nosotros, para bajarnos los humos. Eso le pasa a Moroni, acaba de graduarse y cree saberlo todo, con la salvedad de que él parece incapaz de darse de bruces con esa realidad que ponga sus pies en el suelo, y por lo tanto nunca aprende, lo que lo convierte en un personaje cómico.

Por otro lado, su imaginación vuela más lejos que sus acciones. Sus planes son grandiosos, de altos vuelos, pero nunca los lleva a la práctica, cuando se enfrenta con la realidad todo lo planeado se evapora, como también nos pasa a muchos, que al parecer tenemos más imaginación que ambición. Aunque en el caso de nuestro protagonista esto supone una suerte para él, pues de poner en práctica todo lo que pasa por su cabeza, la historia cómica se convertiría rápidamente en una tragedia (aunque algo de tragedia sí que hay).

Delisle se está convirtiendo en uno de mis autores de cómics favoritos, por unos dibujos sencillos que no agobian con viñetas excesivamente recargadas o de composición demasiado “imaginativa”, y sobre todo por ese sentido del humor que sobrevuela todas sus historias y que tan bien se adapta incluso a las situaciones dramáticas, haciéndonos disfrutar de una lectura que nunca llega a ser demasiado pesada ni demasiado tonta. Una lectura relajada y amena con la que pasar un rato divertido.

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Misterioso asesinato en casa de Cervantes

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JUAN ESLAVA GALÁN, Misterioso asesinato en casa de Cervantes

Pues este ha sido el flamante ganador del Premio Primavera de Novela 2015, y la verdad es que el resultado no está nada mal. No se trata de una novela que vaya a meter a su autor en la historia de la literatura de los próximos 400 años, pero no sólo de obras maestras se sacia nuestro apetito de ficciones, y siempre he creído que a una historia hay que exigirle un mínimo (que sea interesante, que esté bien contada y poco más), y que todo lo que lo sobrepase, pues bienvenido sea, aunque no es indispensable. En ese terreno se mueve esta novela de Eslava Galán. Sin duda es interesante y sin duda está bien contada. Incluso nos ofrece alguna que otra enseñanza moral que parece que no terminamos de aprender, además de resultar toda una delicia para aquellos apasionados de la época en la que suceden los hechos.

El título de la novela puede llevarnos a engaño, pues en absoluto es el insigne manco su protagonista, sino que más bien sirve de anzuelo para atraer al lector a la España del Siglo de Oro. En la historia aparece un muerto en la puerta de la casa en la que vive Cervantes con sus hermanas en Valladolid, por lo que las sospechas de asesinato recaen sobre ellos, que son puestos a disposición de la autoridad. La duquesa de Arjona, admiradora del escritor y convencida de su inocencia, contrata a una pesquisidora, doña Dorotea, para que no sólo pruebe su inocencia, pues eso no eliminaría los rumores de culpabilidad, sino que encuentre al verdadero asesino. Así pues, el verdadero protagonista de la historia no será don Miguel de Cervantes, sino doña Dorotea cuyas averiguaciones y ardides iremos siguiendo a lo largo del relato.

Para conseguir sus objetivos, y debido a las limitaciones de una mujer en la época, Dorotea toma en ocasiones el hábito de Teodoro, lo que le permite moverse con libertad en el mundo de los jaques, al que una dama jamás podría acceder. Pero he dicho antes que los amantes de esta época disfrutarían aún más de esta lectura, y lo he dicho por la recreación no sólo histórica, sino también literaria que Eslava Galán lleva a cabo en sus páginas. Y es que el de la mujer que se disfraza de hombre para poder llevar a cabo acciones que como mujer le estarían vedadas es una figura muy típica, sobre todo en el teatro de la época. Les recomiendo echar un vistazo a uno de mis favoritos en este aspecto, Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, una obra que juega sin cesar con este cambio de sexo del personaje principal. Además, uno de los motivos para estos disfraces en los que las damas tomaban prendas masculinas eran de índole erótica, lo cual queda bastante difuminado en esta novela (lógico, puesto que no es una representación), pues los hombres podían ver sobre el escenario la forma de las piernas de la mujer, acostumbrados como estaban a que éstas quedaran ocultas bajo las amplias faldas.

El lenguaje de la época también está muy bien conseguido, con muchos giros, expresiones y vocabulario áureos, pero no imitándolo sin más, sino más bien adaptándolo a nuestra realidad. Personalmente otorgo un gran valor a esto, pues la simple imitación del lenguaje literario de los siglos XVI y XVII habría dado una novela del todo fuera de lugar, ajena a los lectores actuales. Que nadie se engañe, lo que podemos leer aquí no es la forma de expresarse de entonces, sino una muy actual pero perfectamente maquillada para evocarnos la época en la que se suceden los acontecimientos. Algo parecido es lo que hace Arturo Pérez-Reverte con su Capitán Alatriste, pero hay que reconocerle a Eslava Galán habernos ofrecido una recreación mucho más conseguida que la de Reverte, que casi se limita a ir introduciendo expresiones que suenan a viejo de vez en cuando.

Y hablando de Alatriste (que, nos guste o no, forma ya parte del imaginario colectivo de los españoles del siglo XXI y se ha colocado como un personaje más de nuestra cultura actual por derecho propio), también él tiene cierta presencia en el libro que nos ocupa. Si no es pensando en esa serie de aventuras, no puedo entender un personaje como el de Muzio Malatesta, italiano, experto en la verdadera destreza, que a veces acepta encargos de lances para bañar su espada en sangre y que se mueve entre el terreno del honor y la traición. Incluso su apellido lo delata. Parece una especie de alter ego de Gualterio Malatesta.

Queda espacio también para las disquisiciones de orden moral, que, como no puede ser de otro modo en una novela ambientada en esta época, deben tratar sobre los males que aquejan al país. Podemos leer: “Los oficios se reputan como innobles e indignos de hombres libres, por cuya causa abundan tanto los holgazanes y las malas mujeres, además de los vicios que a la ociosidad acompañan. El noble quiere vivir de sus rentas; el pechero que nada tiene, queriendo subir de estado, abandona el campo y viene a la ciudad […] Incluso los que trabajando mejoran, en cuanto juntan suficientes dineros compran hidalguías y casan a sus hijos con nobles de más linaje para que sus nietos no tengan que trabajar, y así, en cuanto pueden, liquidan los negocios para vivir noblemente de las rentas […] Por otra parte, en esta casa fatigosa nuestra de España hay tan gran suma de hijosdalgo, monasterios, clérigos y otras personas de orden, libres de pagar tributos, que necesariamente todo el peso del mantenimiento del reino descansa sobre los débiles lomos de unos pocos, los cuales lo tienen a maldición y sólo sueñan con pasarse al número de los que viven de rentas”. No me digan que no ven en estas pocas líneas un vivo reflejo del país que actualmente tenemos. Sólo hay que hacerle algunos pequeños arreglos a los términos necesariamente anticuados que en ellas aparecen. Pero como casi siempre sucede, supongo que nos quedaremos mirando al dedo.

El misterio del cuarto amarillo

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GASTÓN LEROUX, El misterio del cuarto amarillo

En una habitación cerrada por dentro y sin ninguna fisura que permita a nadie escapar de ella se produce un intento de asesinato y, cuando la puerta es derribada en medio de la lucha que se está librando tras ella, la encuentran vacía, tan sólo está en ella la víctima inconsciente.

La premisa con la que comienza la novela, como puede comprobarse, es la del más difícil todavía, intentar dar solución a una situación que parece inexplicable. El caso de la habitación cerrada ya había sido expuesto en aventuras de los otros dos detectives más famosos de la época, el Sherlock Holmes de Conan Doyle y el Dupin de Poe, así que no sorprenden las constantes alusiones que Rouletabille, el investigador al que seguimos en esta aventura, se compare en varias ocasiones con ellos y con sus métodos, en un afán por demostrar su superioridad.

Lo primero que sorprende de la historia es su extensión, de más de doscientas páginas, algo inusitadamente largo para el problema que he expuesto al principio. Cualquiera diría que más allá de la página cincuenta el asunto ya debería ir perdiendo interés, pero en absoluto es así. Dos apariciones más del asesino, acompañadas de dos nuevas desapariciones misteriosas del mismo, añaden nuevas complicaciones al misterio inicial y permiten que la novela se extienda de la forma en que lo hace, al tiempo que mantiene al lector expectante, ya no sólo por averiguar qué había sucedido en el interior del cuarto amarillo, sino por desenmascarar al misterioso asesino, que no parece dispuesto a abandonar el lugar del crimen, y por averiguar con qué misteriosos métodos consigue desaparecer sin dejar rastro siempre cuando están a punto de prenderlo.

Ayuda también a mantenernos expectantes el hecho de ir conociendo los detalles del misterio no por boca de un único narrador, sino desde diferentes puntos de vista. Así como en las aventuras protagonizadas por Sherlock Holmes, Watson se erige en narrador único de las investigaciones de su amigo (excepto en una ocasión que nos es relatada por el propio Holmes), aquí la historia nos es contada por el amigo jurista de nuestro detective (que no es un detective en realidad, sino un jovencísimo periodista), un tal Sainclair, del que apenas sabemos nada más que estas dos cosas: es un abogado y es amigo de Ruletabille. Pero Sainclair, más que contarnos las historia, parece limitarse a poner un orden lógico en los materiales que la contienen, pues nos presentará también varios artículos de periódico, interrogatorios judiciales, y hasta el diario del propio Ruletabille, rellenando él los huecos que faltan en la historia. De esta manera asistimos no sólo a los interrogantes que inundan la mente de este narrador, sino a muchos otros que se multiplican, haciendo crecer el misterio pero también dando nuevas perspectivas al lector que lo animan a tratar de vencer él mismo al protagonista.

Aunque aviso de antemano que vencer a este reportero resulta harto difícil, es muy fácil dejarse atrapar por una historia en la que, ya sólo como espectador, resulta imposible sustraerse a la necesidad de saber, de averiguar cómo ha podido suceder lo que ha sucedido.

Al Límite

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THOMAS PYNCHON, Al límite

Quinientas páginas tenía la última novela del admiradísimo por tantos Thomas Pynchon, tenido por tantos como un autor brillante y difícil, y no he conseguido pasar de la número doscientos veinte. O veintiuno, o veintidós… no lo recuerdo con tanta precisión. Lo que sí recuerdo es por qué creo que no volveré a enfrentarme a otra novela suya. O quizá sí, porque sorprendido por una decepción que no esperaba me he lanzado a buscar algo sobre ella en Internet, y la mayoría de los comentarios coincidían en que no se trataba de la mejor novela de Pynchon.

Es probable que alguno esté pensando ya que no tengo la capacidad necesaria para enfrentarme a una novela de Pynchon, y quizá tenga razón, pero es que lo que he leído no me ha parecido difícil en absoluto, sino más bien pretencioso. La novela va sobre una investigadora que ya no debería ser investigadora porque le han retirado la licencia y que se dedica a investigar pequeñas estafas. Parece que la “contratan” para investigar algo mucho mayor y, a partir de ahí, pues ya no sé qué sucede, pues no era capaz de mantener la atención en el texto de puro aburrido y carente de interés.

Uno de los motivos que me atraían de leer a Pynchon era esa dificultad que todos le suponen (repito, he visto por ahí que no es su mejor novela, y con sinceridad espero que sea muchísimo peor que todas las demás). No sé por qué, pero cuando me presentan una novela como “difícil” me entran unas ganas locas de enfrentarme a ella. Sin embargo todo lo que he podido ver aquí era un cúmulo de escenas que no entiendo muy bien a qué venían, pues muchas veces creo que no aportaban nada a la novela, y un recrearse en la descripción y exposición de lo que podríamos llamar cultura popular. Pero cultura popular estadounidense, o neoyorquina más bien, con lo que quien se sienta ajeno a ella perderá el interés casi automáticamente (además, en otro orden de cosas, creo que Stephen King la refleja mejor). Y todos estos referentes populares se multiplicaban hasta el infinito, haciendo de la lectura algo tedioso, principalmente cuando pretendían hacer un chiste: “–Sólo intentamos establecer la cronología de los hechos –la calma el poli bueno”, he llegado a leer. Este fue, de hecho, el comentario-chistecillo que me hizo decidir que hasta aquí había llegado, mi última frase leída, por eso la recuerdo.

Lo cierto es que no quiero entrar en analizar nada, puesto que no he terminado la novela, pero me he quedado con la desagradable impresión de que la imagen del señor Pynchon es, más que nada, pura pose.

Los enamoramientos

JAVIER MARÍAS, Los enamoramientos

Marías anunció al publicar la última parte de Tu rostro mañana que necesitaba un tiempo para descansar de tan ardua tarea como había sido la escritura del abultado libro, que no estaba seguro de tener nada más que decir en el terreno de la novela y que iba a dedicarse a cultivar otro de sus placeres literarios: el cuento. Y en cierto modo no ha faltado a nada de lo que dijo al publicar hace ya algunos meses su nueva novela, Los enamoramientos.

Me explico. No cabe duda de que el tiempo que necesitaba se lo tomó, hace ya tres años de la publicación de la última parte de su no-trilogía y él mismo ha confesado en una entrevista que ha pasado grandes períodos sin escribir en esta última ocasión, aunque eso no fuera ni mucho menos por su voluntad de descansar. Que tuviera al menos una inicial intención de dedicarse al cuento parece evidenciarse en la manera de comenzar su relato, mucho más cercana al cuento, o al menos en el caso de Marías que siempre tiende a empezar sus novelas de una forma más ensayística para dar paso después a la trama, con la excepción, quizá, de Travesía de horizonte. Pero lo que sí está claro es que todavía le quedaban bastantes cosas por decir en el campo de la novela aunque no lo viera así, y para decirlas ha dado un giro sustancial, casi como empezando una nueva etapa dentro de su narrativa (aunque no me atreveré a decir tanto, me parece demasiado osado). Si bien su prosa no ha cambiado (sigue pareciendo más pulida y precisa cada día, con una sintaxis cada vez más hipnótica y perfecta), ni tampoco su forma de ordenar la ficción (con cuadros casi aislados que se dilatan en las reflexiones y casi menosprecian la acción), algo sí parece diferente, como iniciando un nuevo camino.

Pero iremos por partes. Los enamoramientos cuenta cómo María, la protagonista, ve todas las mañanas a una pareja desayunando en la misma cafetería que ella, pero un día se ausentan y días más tarde descubre que el marido ha sido asesinado. A partir de ese momento ella trabará una breve amistad con la viuda y conocerá al mejor amigo de su difunto marido, del que se enamorará, con lo que comenzará una trama de amores y novela policíaca al ir descubriendo María detalles sobre la muerte de Desvern. A lo largo de este conflicto amoroso-detectivesco, se irán sembrando reflexiones sobre el amor (el enamoramiento, prefiere llamarlo el narrador, haciendo hincapié en los detalles que esta distinción supone), la muerte, la confianza… Y en su lado más humorístico (cualidad que nunca falta en las novelas de Marías) sobre las ínfulas de grandeza, el mundo literario y político y social en general. En esto último hace el autor un retrato bastante bueno de los males de la literatura, algo que en realidad a nadie asombra, pues ya lo ha denunciado en muchas ocasiones en su faceta de columnista. Habla de los caprichos de los escritores que se creen grandes figuras históricas, de cómo mediocres novelistas en sus inicios dan coba a otros ya consagrados para que estos los introduzcan en el mundillo, y además estos aceptan entrar en ese juego que ya nada puede reportarles sino acrecentar su ya desmedido ego, incluso se permite burlarse de sí mismo al criticar a esos dinosaurios que aún pretenden seguir escribiendo con máquinas de escribir que obligan a los editores a hacer el trabajo extra de tener que escanear los textos y tirar de fax para enviar y recibir los documentos.

Mención especial dentro del aspecto humorístico de la novela merece la aparición del excesivamente admirado por Marías, Francisco Rico, descrito como alguien más preocupado por las cosas acaecidas en la Edad Media o el Siglo de Oro que por las que lo rodean a diario, hastiado del tiempo que le ha tocado vivir en el que la gente no tiene educación y parece querer molestarlo con trivialidades que lo sacan de lo verdaderamente importante. El propio Rico ha llamado en un artículo a su personaje: “el más interesante de los personajes episódicos”. En realidad sólo dos personajes secundarios, sin protagonismo real en la trama aparecen en la novela, ambos pertenecientes al mundo de la literatura y ambos opuestos. Por un lado Rico, despreciador del mundo contemporáneo y su autocomplaciente envanecimiento e ignorancia, representante de la gran literatura, la antigua, de otra época (“cualquiera tiempo pasado fue mejor”) y ajeno a lo que sus coetáneos puedan decir o pensar de él. Por el otro el señor Garay Fontina, nombre ridículo, en la cúspide de su carrera literaria, o al menos eso cree él, enfebrecido por la adulación ajena y el reconocimiento, perseguidor del Nobel y con delirios de grandeza literaria. No hace falta decir que quien sale favorecido en esta comparación es Rico, personaje (no creo que sea posible conocer jamás a la persona, quizá sólo unos pocos elegidos puedan hacerlo) por el que Marías siente cierta debilidad y que ya ha hecho aparecer con anterioridad en otras novelas, en ocasiones con su verdadero nombre, en ocasiones con uno ficticio. Pero no voy a dedicarme aquí a juzgar a la persona (que no es santa de mi devoción) sino al personaje en la novela, una especie de conjunto de virtudes que debería tener una persona, pero que se desvirtúan al llevarlo al punto de la comicidad, convirtiéndolo así en un personaje entrañable. Garay Fontina, por otro lado, es más bien un conjunto de defectos que a mí, llámenme exagerado, me recuerda mucho, muchísimo, a Camilo José Cela (tanto el hombre como su literatura nunca han sido muy apreciados por Javier Marías): ansioso de premios y reconocimiento. Pero hay una escena en la que Fontina pide a María (la protagonista) a horas intempestivas que le consiga objetos impensables, y eso me parece algo más propio de Francisco Rico; el autor se deja aquí llevar, no viendo en su amigo los defectos que caracterizan al tipo grotesco.

Marías nos tiene acostumbrados a novelas armadas sobre una única frase de Shakespeare o sobre un momento muy concreto de alguna de sus obras (en algunas ocasiones incluso dichas frases han conformado el título, como en Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí), y aquí sucede de nuevo, con una frase de MacBeth, “She should have died hereafter”, que, tal y como nos tiene acostumbrados, toma desde su significado original que va ampliando y modificando a medida que avanza la historia. Pero no es sobre esta frase sobre la que se arma la novela en realidad, sino que en esta ocasión toma como base otra novela, entera esta vez, no una única frase, y somete todo su argumento al mismo procedimiento. No llega a decir el título exacto de la novela pero resulta evidente, se trata de El coroner Chabert de Balzac. Y aquí es donde comienza la nueva andadura de la novela de Marías, que se torna mucho más social, algo inusitado en este autor que suele exponer siempre las relaciones personales pero que, al igual que su querido profesor Rico (quizá por eso aparezca él aquí), no presta demasiada atención a las relaciones sociales, quizá porque eso no sea algo realmente necesario porque estas siempre han estado marcadas por una serie de normas y pautas, lo que las hacía más sencillas y permitía que no hiciera falta tanta reflexión para ellas como para la intimidad nacida entre dos personas, un terreno en el que siempre hay que inventar normas nuevas. Pero en el mundo actual las normas sociales parecen estar perdiéndose (algo de lo que la narradora se lamenta) y eso lo hace todo más complicado, no es como antes que uno sabía lo que tocaba socialmente en cada momento, ahora hay que avanzar siempre sobre un terreno pantanoso, ya nada es tan evidente. Y El coronel Chabert es una novela llena de abogados, de peldaños sociales, de comportamientos públicos… un terreno perfectamente abonado para está nueva inquietud de Javier Marías, que lleva la obra en la que se basa siempre un poco más allá, casi manipulándola para que se acomode a lo que él quiere contar.

En una ocasión una de mis profesoras en la universidad nos dijo: “Todas la novelas de Javier Marías hablan sobre Javier Marías”. Cuando así lo mencionó, su frase tenía un marcado tono de crítica, pues para ella aquello rebaja en mucho el valor de su obra. De lo que siempre ha dicho el autor, que afirma que escribe para poner en orden sus ideas y sobre todo porque se divierte haciéndolo, podemos observar que no le faltaba razón a mi profesora al afirmar aquello. Pero lo que a ella le parecía un defecto, a mí me parece una virtud. Porque dejando a un lado su estilo o que hable de sí o no, es capaz de hacernos pensar con sus novelas, de que nos fijemos en cosas en las que jamás nos fijaríamos, de hacer volar nuestra imaginación a pesar de su aparente (sólo aparente) desprecio por la historia y, sobre todo, de atraparnos en su relato y de divertirnos con él, porque, si cuando tomamos una de sus novelas nos resistimos a dejar un capítulo, una página o una frase a la mitad, eso es sin duda porque nos estamos divirtiendo con ella, y siempre cuesta trabajo poner fin a la diversión.

*Gracias Miguel por facilitarme la posible lectura de esta novela.

>Asesinato en el Comité Central

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MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, Asesinato en el Comité Central
Alguien ha asesinado a Fernando Garrido, líder del Partido Comunista, y lo ha hecho durante un mitin al que sólo asistían los miembros del partido. Para investigar lo sucedido y dar con el asesino llaman a Pepe Carvalho, detective ex miembro del partido, y éste deberá trasladarse desde Barcelona a Madrid para llevar a cabo su investigación.
Antes de comentar nada hay que admitir que las novelas de Pepe Carvalho son una profundización siempre en los mismos asuntos, sin ofrecer nada nuevo que no supiéramos ya de las novelas anteriores, aunque recreándose en ello. Sabemos ya cómo es Carvalho y casi nada se nos escapa de su personalidad, pero Montalbán insiste de nuevo en relatarnos escenas destinadas, más que a representar su psique, a estas alturas casi ya a darle vida fuera de las páginas, haciéndolo realmente humano, como si cada nueva novela fuera una crónica de un caso en realidad investigado por él.
Por otro lado estas escenas repetidas de novela en novela hacen sentir al personaje más cercano, más propio, para sus seguidores y, al mismo tiempo, permiten a quien lee por primera vez una de sus aventuras poder empezar por cualquiera de ellas. Y este es sin duda el punto más fuerte de Carvalho: su humanidad. Ya dije anteriormente que Carvalho me parece mucho más humano que el detective de Larsson, al que los críticos alaban por esta cualidad (que yo no consigo ver). Carvallo es en verdad humano, con muchas virtudes para su trabajo y muchísimos defectos personales. Él no es el detective fuera de serie capaz de averiguar cualquier cosa, Montalbán parece consciente de que ningún detective puede jugar esa baza después de Sherlock Holmes y no lo hace. De hecho, durante esta aventura en concreto todo el mundo parece tener claro quién es el asesino y la investigación se convierte en una serie de enfrentamientos personales.
A lo que en realidad asistimos en Asesinato en el Comité Central es a la caída de un mito, no sólo del presidente del partido, cuya imagen se irá degradando a medida que transcurran las páginas, sino el del propio Partido Comunista, que de su idealismo fundacional va pasando a un pragmatismo acorde con los tiempos que se viven y que en poco o nada lo diferencia del resto de partidos. Aunque no son ellos los únicos que pierden su espíritu, sino toda la izquierda en general, que se muestra como un movimiento que ha pasado a ser puramente práctico, sin un enemigo real al que enfrentarse, como si su mera existencia sólo tuviera sentido en el conflicto, casi como una ideología de guerra, pero inútil en tiempos de calma. Es de esta manera como una historia policíaca se convierte en una novela política que plantea la crisis de la izquierda española y profundiza en ella buscando sus errores y quizá sus posibles soluciones.

>Riña de gatos

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EDUARDO MENDOZA, Riña de gatos, Madrid 1936

Hace ya tiempo que leí Riña de gatos y no me había atrevido todavía a reseñarlo pues, a pesar de haberme dejado muy buen sabor de boca, visto después con un poco de perspectiva no sabía muy bien a qué se debía mi visión favorable de la novela. Yo nunca había leído antes un premio planeta, no porque les tenga especial tirria, sino porque sencillamente no lo había leído: no los denuesto pero el premio tampoco me sirve de aliciente para leer el libro (sobre todo para comprarlo). Pero en esta ocasión el premiado era uno de mis autores españoles favoritos, así que no podía dejarlo pasar como había hecho con el resto. Por las venas de Eduardo Mendoza más que sangre corre novela y muy pocas veces me ha decepcionado (de hecho la única novela suya que me dejó un gusto bastante amargo fue La isla inaudita), así que no veía por qué iba a hacerlo ahora. Así que lo compré, lo leí, y de esto hace ya más de un mes.

La novela recuerda superficialmente a sus comienzos con La verdad sobre el caso Savolta, pero una vez superada esta primera capa lo cierto es que nada tiene que ver con aquella. Aquí Mendoza utiliza su habitual prosa ligera aunque con un vocabulario siempre muy preciso (creo que es el único novelista en cuyas novelas encuentro la palabra “parterre” casi por sistema) y con una sintaxis clara y perfecta. También nos ofrece su habitual sentido del humor dirigido al lector avezado por medio de equívocos y un léxico en ocasiones chocante. Nos entrega una novela fluida, que jamás pierde el ritmo, que no recurre a trucos engañosos para sorprender al lector (quizá un poco en la resolución final de la autoría del cuadro), que ataca y defiende en ocasiones a los dos bandos burlándose así de las simpatías “políticas”. Pero nos ofrece sobre todo dos cambios. El primero y más evidente, un cambio de localización: hemos abandonado Barcelona para irnos a Madrid, y para quienes como yo estamos acostumbrados a identificar a mendoza con la ciudad condal esto resulta en ocasiones confuso. El segundo cambio se da en el nivel del narrador, que en las novelas de Mendoza nunca había interferido en la historia para dar opiniones al margen de ésta, y aquí lo hace por primera vez provocando cierta sorpresa.

Me reafirmo en mi opinión de que es una buena novela, aunque ni mucho menos de las mejores de su autor, pero me quedo también con esa duda interna que me produce no poder explicar el porqué de su bondad, salvo por la falta de argumentos para hablar mal de ella, pues no hay ninguna pega que pueda ponérsele.