Cinco esquinas

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MARIO VARGAS LLOSA, Cinco esquinas

Cinco esquinas es el título de la última novelita que Vargas Llosa nos ha lanzado, y ese retorno a su Perú natal que parece estar viviendo en su mundo de ficción, se deja ver esta vez ya desde el título. Cinco esquinas es el nombre de un barrio obrero limeño, no en el que transcurre toda la novela, pero sí en el que se produce el evento que supone el centro de su trama.

La historia, ambientada al final del gobierno de Fujimori, gira en torno a dos matrimonios adinerados y un periodista amarillista que dirige una revista que se dedica a destapar o inventar las miserias del mundo del espectáculo, amén de algún otro personaje que sirve al desarrollo del argumento. El periodista Rolando Garro se hará con las fotos del empresario Enrique Cárdenas en una orgía, y las usará para chantajearlo. Poco imaginará él que la utilización de ese material será mucho más peligrosa de lo que había supuesto.

Lo cierto es que poco hay que comentar de la novela aparte de que es entretenidilla. Tiene una parte, en la que el periodista chantajea al adinerado empresario Enrique Cárdenas, que es interesante y que engancha, y otra, la historia de amor lésbico entre las dos mujeres de los dos matrimonios, que aburre y no llama la atención ni como intervalo erótico.

Entre medias asistimos a lo inseguro que es el Perú en esa época, a los desmanes del gobierno de Fujimori, lo difícil que resulta ganarse la vida honestamente en una sociedad tan corrupta… En realidad uno pasa por encima de la novela sin que ésta le resulte molesta, pero con la seguridad de que pronto olvidará su contenido, pues sus dos mayores virtudes son la de ser una lectura ligera y la de que se lee casi de un tirón. Una lectura para un domingo que uno no tenga planes, que nos resultará agradable, aunque también es fácilmente sustituible por cualquier otra.

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Los pilares de la Tierra

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KEN FOLLET, Los pilares de la Tierra

Cuando uno lee Los pilares de la Tierra, le surgen más preguntas que otra cosa. La primera de ellas sería: ¿Cómo se escribe una novela de más de mil páginas, y que de la sensación de ser una lectura ligera a pesar de todo? Bueno, la respuesta a esto es sencilla. Y es que la presentación de Los pilares de la Tierra es casi una trampa, pues podríamos afirmar que se trata de una colección de historias breves, pues casi cada capítulo supone una historia que comienza y termina, aunque lo haga con un gancho para animarnos a continuar con el siguiente que, como en todo buen bestseller, jamás comenzará donde lo había dejado el anterior. Y es que casi todos los capítulos comienzan varios años más tarde de donde había terminado el anterior, con los personajes muchas veces ya cambiados y en momentos de sus vidas muy diferentes a los que habíamos observado en la página anterior. Esta composición nos sitúa casi más ante varias novelas breves que ante una muy extensa, lo que ayuda a hacer más ligera la lectura.

Pero esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Cómo algo que acaba siendo un conjunto de historias que podríamos abandonar al final de cualquiera de ellas mantiene la atención del lector? Obviando el gancho final de cada capítulo, que puede funcionar las dos o tres primeras veces pero no de manera ininterrumpida, lo cierto es que existe una historia central que atraviesa las vidas de todos los protagonistas y que, a pesar de no desarrollarse, va dejando pistas en cada capítulo, provocando de esa manera la curiosidad del lector por unos datos misteriosos que no llega a comprender y que no se le revelarán hasta las últimas páginas, en el epílogo, cuando ya todo haya terminado. De este modo nos encontramos que, aquello que nos ha tenido pegados al libro, arrastrando una historia tras otra, y dejándonos siempre insatisfechos por lo poco que de ello se nos decía, con ganas de averiguar más, es en realidad un misterio que poco o nada aporta a las historias de los protagonistas, pues ningún efecto acaba teniendo sobre ellos al final. Lo cual resulta en parte decepcionante, pues había sido revestido de tanta teórica importancia.

Otra de las preguntas que podría uno hacerse antes de comenzar la lectura es: ¿Cómo un escritor de novelas de espionaje se lanza a escribir una novela histórica, y una de esta envergadura, además? Los que ya la hayan leído se habrán dado cuenta de sobra de que Los pilares de la Tierra tiene mucho más de novela de intriga que de novela histórica. De hecho toda esa parte medieval, ese supuesto argumento que dicen girar en torno a la construcción de una catedral es puro maquillaje, el disfraz medieval de una historia de intrigas en la que en lugar de espías y políticos, intervienen los nobles y el clero. En otras palabras, Ken Follet no busca nuevos lectores en un nuevo género, sino que se lleva a sus lectores de siempre a un escenario diferente.

Todos habrán oído que la historia de la novela gira en torno a la construcción de una catedral, pero yo quiero darles un resumen algo distinto. Se trata del enfrentamiento, a lo largo de toda su vida, entre dos personas: el obispo Waleran, un hombre de la iglesia ansioso de escalar en los puestos de poder, que sabe moverse entre las alianzas y traiciones de las altas esferas, y que cuenta gracias a ello con apoyos en ese orden social, y Philip, el prior de Kingsbridge, un religioso de origen humilde convencido de que debe estar del lado del pueblo. Como ven dejo de lado la construcción de la catedral, que me parece tan sólo una excusa sobre la que hacer girar el juego de poder, a pesar de las muchas páginas dedicadas a su construcción. Pero es que esas páginas no aportan nada a la trama, en realidad, sino que parecen más bien destinadas a relajar la trama política y a ganarse el apoyo de los lectores, presentado problemas y descubrimientos novedosos en la construcción que ya han sido resueltos y que el lector conoce, alabando de esa manera su ego. Quizá el momento más evidente en que esto ocurre es cuando Jack se pregunta por qué cuando no pueden levantar un peso con una palanca, lo que hacen los constructores es buscar una palanca más grande para conseguirlo. Mucho tiempo dedica a esta disquisición y a varias otras más, y puedo imaginar la sonrisa de superioridad satisfecha del lector que ya tiene en su mano la obvia respuesta.

Se habrán dado cuenta por el resumen del argumento que he hecho de que concibo esta novela como algo más bien de ideología revolucionaria. Los dos protagonistas enfrentados, enfrentan consigo al poder contra el pueblo. De hecho son muchas las veces que en la novela el poder comete los más absolutos desmanes sin que el pueblo pueda defenderse, provocando con ello la indignación del lector (y que levante la mano aquel que la haya leído y que al pasar esos capítulos no haya pensado en una bien merecida venganza). Pero Philip cree en el sistema, y durante toda su vida lucha con sus mismas armas contra aquellos que oprimen al pueblo, logrando algunas victorias, pero efímeras, pues aunque en cada capítulo podamos asegurar que “ganan los buenos”, conforme esto avanzan, vemos que ellos siempre están sometidos, y los poderosos siguen ahí suceda lo que suceda, provocando una sensación de impotencia por parte del pueblo, que se ve atrapado por unas herramientas jurídicas y legales puestas al servicio de aquellos de los que deberían protegerlos.

No es hasta el final de la novela cuando este orden se subvierte, y Philip logra que el poder reciba su castigo, pero para que eso pase el prior debe claudicar y cambiar de actitud, asumir que no puede enfrentarse a los poderosos con sus mismas armas. Lo que Philip convoca es una revolución (cruzada, lo llama él): “Tenía la impresión de que lo que ocurriría a renglón seguido sería que un pequeño grupo de seguidores del hombre muerto se alinearían contra todo el poder y la autoridad de un poderoso imperio. Naturalmente. Así empezó la Cristiandad. Y una vez que lo hubo comprendido supo lo que había de hacer. […] ¿Puedo hacer esto? ¿Puedo empezar aquí ahora mismo un movimiento que llegue a sacudir el trono de Inglaterra?”. Bien es cierto, que ni el pueblo toma el control del gobierno, ni la situación de poder llega a subvertirse (lo contrario sería una locura en el contexto histórico de la novela), pero no deja de ser revelador el hecho de que la solución a los problemas sociales deba salir del pueblo, y que no sea hasta que este se hace oír que los estamentos del gobierno tomen medidas.

No creo que Ken Follet, sea un revolucionario, ni un convencido activista de izquierdas, de hecho poco o nada sé sobre él, pero la verdad es que el desarrollo de los acontecimientos de su novela da que pensar.

Indies, hipsters y gafapastas (1)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas

Cuando vi aquel anuncio que el PP hizo sobre que los hipsters los votaban no daba crédito a lo que veían mis ojos (ni a lo que escuchaban mis oídos, dicho sea de paso). O yo no me enteraba de nada o los que no se enteraban de nada eran los publicistas del Partido Popular, para los que un hipster parece ser un tipo con barba y una ropa que lo convierte en una especie de cruce de leñador con amish. Eso me hizo pensar que su único contacto con ellos había sido a través de fotografías, pues, al menos externamente, esa es la imagen que han proyectado durante los últimos cinco años (año arriba, año abajo). Pero antes ya estaban ahí, aunque no se hubiera popularizado la nomenclatura hipster. Hace diez años llevaban perilla y un peinado perfecto, y hace quince barba de dos días y una melenita de aspecto cuidadamente descuidado. Los hipsters llevan entre nosotros desde que el capitalismo se adueñó del mundo occidental: gente con aspiraciones de clase media-alta que se esfuerzan en hacer visible mediante su vestimenta y sus accesorios, y con una absurda preocupación por el individualismo y la exclusión cultural de quienes no están a su nivel. En los hipsters nada es real, todo es maquillaje, chapa y pintura, y si obviamos el tipo de moda, todos, tengamos la edad que tengamos, hemos tenido que tratar en nuestra juventud con gente con esas características que conformaban un grupo con sus semejantes al tiempo que negaban pertenecer a ningún grupo social.

El anuncio del PP los presentaba, sin embargo, como una especie de hippies modernos, como alguien comprometido con su entorno, cuando son todo lo contrario. Indies, hipsters y gafastas, un libro del que nada sabía y que me llamó la atención cuando lo vi en Internet por el hecho de estar prologado por Nacho Vegas, me vino a dar la razón en esto (creo, pues es una conclusión propia) y me confirmó que no andaba completamente desnortado.

Me sinceraré con respecto al libro. Yo siempre he sido una persona de izquierdas, y creo que en mis últimos años viviendo en China (que nada tiene ni de comunista, ni tan siquiera de izquierdas), y con las noticias y desprecios que me han ido llegando desde mi país, me he radicalizado quizá demasiado en mis posiciones, pero comparado con las opiniones del autor del libro yo parezco de extrema derecha. El libro carga contra la hipsterización del mundo, con cómo en los últimos años la cultura se ha ido aislando de la problemática social, creando “movimientos culturales” que mantienen al gran público, y por lo tanto a la sociedad, ajeno a los problemas que se producen. Defiende el compromiso que la cultura debe tener con la sociedad, cosa que comparto, aunque creo que es algo que no condiciona necesariamente a la expresión artística. Habla mucho sobre música, sobre cine, sobre documentales, sobre ensayos, muy poco sobre las artes plásticas, pero hay una carencia importante, muy reveladora del porqué de su obsesión militante: ni una novela, ni un cuento, aparecen referenciados en sus páginas. Como si nunca se hubiera detenido en leer uno o, peor aún, como si considerara que su presencia social es marginal, muy distante de la eminente presencia de lo audiovisual (lo que lo volvería a él también bastante hipster). Supongo que al tratarse de ficción las considera puro escapismo y no les otorga valor dentro del verdadero arte que es aquel comprometido y militante.

Todo esto resulta demasiado exagerado, aunque creo que guarda un fondo de verdad, sin necesidad de llegar a las posiciones tan radicales del autor. Además, la lectura resulta una enciclopedia privilegiada para hacerse con una lista musical de los últimos veinte años, al menos del panorama rock indie.

Por otro lado, el ensayo está tan seccionado que, incluso para aquellos no acostumbrados a leer este género, resulta de una lectura muy amena. No hay larguísimas disertaciones ni extensas exposiciones que van ocupando capítulos y capítulos hasta llegar a una conclusión final, sino que todo es mucho más ligero, sin renunciar por ello a la precisión ni a la documentación. Los diferentes capítulos son casi independientes y están a su vez divididos por títulos que los convierten en conjuntos de mini artículos que comparten tema. Con esta estructura uno avanza en la lectura de un libro que, por otro lado, tampoco es muy extenso, casi sin darse cuenta. Luego se podrá estar a favor o en contra de sus propuestas, pero no se le puede negar que éstas estén argumentadas y documentadas. Eso sí, ni son objetivas ni parecen pretenderlo, sino que más bien suponen el punto de vista de una posición social determinada.

Crimen y castigo

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OSAMU TEZUKA, Crimen y castigo

Esta versión de Crimen y castigo de Osamu Tezuka está muy simplificada, lo cual no deja de tener sentido, teniendo en cuenta que se trata de una versión infantil. Aunque el hecho de que su principal objetivo sea resultar atractiva al público infantil, uno que no es el mismo de nuestros días por otro lado, no es un impedimento para que resulte también atractivo para un público adulto que sea un poco observador.

Como punto en contra, he de admitir que la simplificación de la historia lleva a la eliminación de algunos personajes, haciendo que sus funciones sean asimiladas por otros, lo que reduce en gran medida la exposición de los problemas sociales y éticos que representan, aunque entiendo que poco ganaríamos machacando a un niño excesivamente con todo eso. Pero algo sí que hay que no me gusta, y es la simplificación de su final. Recordamos cómo en la obra de Dostoyevski, Raskólnikov, tras confesar, tenía que purgar sus culpas en la cárcel y no podía reincorporarse a la sociedad hasta haber “pagado su deuda”, reconvirtiéndose de esa manera en un ciudadano más dentro del orden social y abandonando aquellas ideas por las que un individuo (un genio, decía él) podía estar por encima de unas leyes que no eran más que una serie de convenciones sin valor establecidas por mediocres, que eran las que lo habían llevado a cometer el crimen. Todo muy correcto y muy dentro del orden social establecido. Podríamos decir que incluso muy democrático. Aquí todo termina con una confesión a gritos entre la multitud que nadie oye, con la que se libera toda la tensión interna del protagonista, y ahí acaba la cosa. Una moralina para niños (di siempre la verdad, admite si has hecho algo malo) que resulta preocupante como enseñanza, porque basa la redención en la propia confesión. Una idea tan cristiana que llevo ya un rato preguntándome por las convicciones religiosas de Tezuka.

Pero hay sobre todo un par de detalles que me han llamado mucho la atención. El primero de todos es la magistral forma en que construye la escena del crimen. Con un escenario único (las escaleras de la casa) que se repite a lo largo de muchas viñetas y en el que va cambiando la posición de los personajes, que se van moviendo de arriba a abajo por las tres plantas que se nos muestran, como si el lector estuviera ante una obra de teatro. Todo esto con los sucesos del crimen ocultos tras la puerta y sin mostrar sangre, que estamos en una historia infantil. El segundo es el episodio del carro, increíblemente alegórico para un cómic infantil y muy bien hilado con lo que vendrá después. Las cargas que se van imponiendo al pueblo que no puede soportarlas, quedan perfectamente representadas en la figura de ese pobre burro enflaquecido que debe tirar de una carreta en la que cada vez van subiendo más personajes gordos y bien vestidos que, para colmo, no dejan de burlarse de él. Además, y debido a la economía de espacio necesaria por ser esto un cómic, la revuelta estudiantil contra el poder no tardará en hacer acto de presencia.

Así pues, la necesaria simplificación para presentar una historia como Crimen y castigo al público infantil está perfectamente equilibrada con, por un lado, el ofrecimiento de un relato de calidad bien construido y, por otro, la presentación de una enseñanza para formar una conciencia.

Crimen y castigo

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

Aunque bien es cierto que todo lo que he escrito anteriormente no tenía tanto que ver con Crimen y castigo como con lo que algunos pasajes de la novela me evocaban, poco más me queda que añadir, puesto que de lo que yo hablo aquí es de lo que los libros me parecen, sin pretender llegar a hacer ninguna crítica literaria seria. Aunque en realidad sólo he comentado aquí cuatro pasajes de la novela, cuando muchos otros más me llamaron la atención de forma independiente, algo que no me sucedía desde que leí Viaje al oeste, hace ya bastante tiempo. Y recordando aquella ocasión con lo que iba leyendo en ésta, me daba la sensación de que eso es lo que hace a las grandes novelas, esa capacidad para que veamos nuestro mundo reflejadas en ellas al tiempo que nos ofrecen un irrenunciable entretenimiento. Porque Crimen y castigo es en primer lugar entretenida, una de esas lecturas que en cuanto pasas las cinco primeras páginas te hace perder la noción del tiempo y priva de importancia a cualquier cosa que no aparezca ahí escrita. Son un cúmulo de acontecimientos que se encadenan uno con otro, haciéndonos saltar no sólo en la trama, sino también en la temática de la novela, que al final no sabemos si es social, filosófica o policíaca. O todo junto, que es lo que la hace tan interesante.

La historia gira en torno al asesinato cometido por Raskólnikov para llevar a cabo un robo, aunque amparado por motivos que él considera de justicia social. Él no tiene dinero y para conseguirlo mata y roba a una vieja usurera que previamente se ha presentado al lector de manera que no sienta ningún afecto por ella, al contrario que por Raskólnikov, con quien sí se siente identificado. Raskólnikov es un estudiante pobre que está a punto de ser desahuciado. Su madre y su hermana tampoco tienen dinero, por lo que él, que pretende cuidarlas aun sin tener ningún medio para ello, tampoco está dispuesto a pedírselo. Además, sus ideales sociales son muy elevados y cree en una sociedad justa que con tristeza vislumbra como imposible. ¿Cómo no va el lector a sentir debilidad por este soñador sediento de justicia e igualdad? Por otro lado, está la vieja, que se gana la vida haciéndose a precios ridículos con las pertenencias de gente como él que se ve obligada a vender lo poco que tiene para subsistir. En este orden de cosas, el protagonista no se limita a matarla para hacerse con el botín y salir de la miseria, sino que mantiene una lucha interior en la que a cada motivo para llevar a cabo la terrible acción contrapone otro para no hacerlo. Pero finalmente comete el crimen y por un breve momento el lector puede ponerse en su contra. Sin embargo la historia no termina ahí. Raskólnikov no acaba de convertirse en un asesino y ya, sino que continúa viviendo y actuando y, a pesar de estar algo trastornado por lo que acaba de hacer, sus acciones siguientes son todas buenas y justas, y siempre busca el bien de sus semejantes y liberarlos de aquellos que suponen una lacra.

Por todo esto, porque vemos seguir su vida adelante, el lector puede llegar a desear que su crimen quede sin castigo, que nunca lo pillen. Pero a pesar de todas sus buenas acciones, a pesar de que lo que hizo lo hizo por un “bien mayor”, su actuación no puede permitirse, pues como bien le recuerda otro personaje desde una edad ya más avanzada, no es así como se cambian las cosas. Para cambiar algo malo no podemos hacer algo peor, pues ese pensamiento maquiavélico es propio de una juventud sin experiencia en la vida, aunque hoy en día tanta gente nada joven lo defienda, lo que, entre otras muchas cosas, me hace pensar que la población de las sociedades actuales está compuesta por eternos adolescentes. Empezando por quienes desempeñan cargos de máxima responsabilidad.

Paseando con Crimen y castigo (y 4)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la tercera parte de Crimen y castigo un joven estudiante arremete contra una idea del socialismo demasiado arraigada en nuestra sociedad actual, que, por otro lado, tanto suele denostar esa ideología. Lo que este estudiante, de nombre Razumijin, dice, es lo siguiente: “La discusión empezó con la teoría de los socialistas. Ya se sabe: el delito es una protesta contra la anormalidad de la estructura social… Y eso es todo, no se admite ninguna otra causa… ¡Nada más!”. Tras esta declaración viene toda una larga explicación de lo que quiere decir, con multitud de ramificaciones y consecuencias de esa manera de pensar, pero lo que me llamó la atención fue esa afirmación que supone el punto de partida. Si Ortega y Gasset nos dejó bastante claro aquello de que “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo que Razumijin achaca a los socialistas es que el “yo” no parece existir para ellos, que culpan de todos los males del mundo a la sociedad, como tampoco parece existir para nosotros hoy en día.

A pesar de que nuestra sociedad actual sea sin duda capitalista, tendemos a coger, introducir en ella y adoptar como cierto lo peor de cada ideología. Es el caso de esta afirmación del personaje de Crimen y castigo, que parece grabada a fuego en la mente de tanta gente. Siempre que alguien comete un crimen, sea del tipo que sea (si es de sangre, ya tenemos terreno abonado para esto), enseguida una horda de psicólogos y no tan psicólogos se lanzan a buscar los motivos por los que el criminal actuó así, convirtiéndolo casi por sistema en una víctima en el proceso. Parece que ninguno de ellos tuviera responsabilidad sobre sus actos, todos fueron abocados a ellos por una infancia difícil, una educación espartana, presiones sociales y una larga serie de etcéteras. El caso es que, tras su disección biográfica, es como si su capacidad de elección hubiera sido reducida a cero. Es un recurso usado ya hasta la saciedad en películas, novelas y demás productos policíacos, en los que no basta con dar con el asesino (el mayordomo), explicar cómo cometió el crimen (le abrió la cabeza con el atizador a su jefe) y por qué lo hizo (le pagaba poco y la vida está muy cara), sino que además hay que ir un paso más allá para saber qué lo convirtió en una persona violenta que responde de manera agresiva ante las adversidades y no puede escapar a ello de ninguna manera (como no quiso comerse las verduras de pequeño, su padre rompió delante de sus ojos aquel muñeco de acción que tanto le gustaba y además le dio una zurra para que aprendiera). Incluso tenemos una serie dedicada a esto último, Criminal Minds creo que se llama, nunca la he visto (ni ganas que tengo, con esa premisa).

Hoy en día está muy de moda también despotricar contra el cristianismo, pero incluso aquel que más lo denueste debe admitir que tiene muy oportunos valores para la formación del individuo. Lo que a todos los cristianos, antes de la idiotización actual, se les ha enseñado, es que existe una cosa llamada libre albedrío, que es algo que nos permite tomar nuestras propias decisiones al margen de todo estímulo exterior, que puede influirnos pero en modo alguno condicionarnos. Y esa capacidad para tomar nuestras propias decisiones nos hace también responsables, bien como cristianos que deben dar cuenta de ellas en un hipotético juicio final, bien como ateos que tienen una vida en este mundo que afrontar. Pero en nuestra sociedad parecemos empeñados en ser unos eternos niños siempre tutelados, sin responsabilidad de ninguno de nuestros actos, tal como se queja Razumijin que pretende el socialismo: si yo actúo mal es porque la sociedad está mal, no es culpa mía. Tantas veces hemos oído eso para exculpar a tantos que tienen una vida difícil, olvidando que otros que también la tienen nunca actuaron mal. Somos una sociedad capitalista en la que al parecer hay que pagar por todo excepto por nuestros actos. Porque de lo que hacemos (de lo malo, quiero decir, pues de lo bueno somos nosotros los únicos artífices) la culpa la tiene la sociedad, que no ha sabido mimarnos lo suficiente para que nunca nos portáramos mal.

Paseando con Crimen y castigo (3)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la segunda parte de Crimen y Castigo, Piotr Petróvich lanza un discurso de carácter marcadamente capitalista y convenientemente caricaturizado. Pero la crítica no parece ir contra el capitalismo en sí mismo, sino contra la hipocresía y pérdida de valores que conlleva, hasta tal punto que temo que la inclusión del capitalismo en él venga favorecida por mi subconsciente y no por el personaje de la novela, que perfectamente puede representar tan sólo una crítica a la pérdida de valores de las nuevas generaciones, dejando ideologías aparte.

Su discurso comienza explicando en qué consistía la antigua educación, la que según él no ha llevado a la sociedad más que a la miseria, y que fue la que sus padres trataron de inculcarle a él, basada en ayudarse unos a otros y en la solidaridad social. “Si a mí, pongamos por ejemplo, me decían hasta ahora ‘ama a tu prójimo’ y yo así lo hacía, ¿qué resultaba?”, dice. “Pues resultaba que yo partía mi levita dos para darle la mitad al prójimo, con lo cual nos quedábamos ambos a medio vestir”. Que viene a ser lo mismo que decir que no merece la pena ayudar a nadie económicamente pues, tras hacerlo, uno tiene menos dinero y el otro no tiene lo suficiente, una caricaturización de los preceptos solidarios del cristianismo, que alegremente aplican hoy en día quienes pretenden defenderlo.

Tras esto, continúa aplicando fórmulas del discurso cristiano a las teorías de la evolución, para resaltar la pérdida de humanidad de la sociedad: “La ciencia, en cambio, dice: ámate a ti mismo antes que a nadie porque, en este mundo, todo se basa en el interés personal. Si te amas sólo a ti mismo, sacarás a flote tus asuntos y conservarás entera la levita. La verdad económica, por su parte, agrega que cuanto más a flote marchen los asuntos personales dentro de la sociedad, o sea, cuantas más levitas enteras haya, mayor número de puntales firmes tendrá esa sociedad y, por ende, mejor organizada estará la causa común. De modo que dedicándome única y exclusivamente a mi prosperidad es como contribuyo a la prosperidad de todos y a que mi prójimo obtenga una parte algo mayor de la levita.” No es este un procedimiento muy diferente al que en la actualidad pretenden imponer los grandes empresarios. El problema radica en que preocuparse únicamente de los asuntos personales no mejora la sociedad, no puede hacerlo, pues se basa en la muy ingenua idea de que quien se preocupa sólo por sí mismo siempre llevará a cabo acciones destinadas a su propio beneficio, pero jamás al perjuicio de los demás. Y eso es mentira, pruebas de ello tenemos a montones y a diario: todos, en el mundo capitalista, hacen lo que sea, sin importar cuánto daño puedan causar, para conseguir más dinero. Cuando uno mira sólo por sí mismo, no le importan los demás, y si los demás no le importan, tampoco va a cuidar de ellos. No sólo acumulará cinco levitas y no dará ninguna a quien lo necesite, sino que le arrebatará su pobre camisa para confeccionarse con ella los bolsillos de su última levita.

Pero esto sólo es una historieta. ¿Qué supone en nuestra sociedad aplicar esta teoría de cuidar tan sólo de uno mismo, suponiendo que así a todos nos irá mejor y por lo tanto la sociedad prosperará? Pues supone la eliminación de la sanidad pública, que la pagan los unos para los otros, supone la evasión fiscal, pues mi dinero lo he ganado yo y debe ser sólo para mí, supone, por supuesto, la no colaboración con ninguna causa social ni humanitaria (que trabajen si tienen hambre, esos vagos), supone la no existencia de movimientos sociales, que necesitan del apoyo y la colaboración de todos para conseguir algo que será para todos y no para uno solo… Supone, en fin, una sociedad egoísta en la que todos sus habitantes están desamparados, situación que ya se ha dado otras veces en el pasado y todos sabemos cómo siempre ha terminado.

El problema es que eso nos empuja a una sociedad sin valores, hacia la que hace ya tiempo que vamos encaminados. Seguro que el siguiente ejemplo de Dostoievski les suena a muchos en España y a muchísimos más en China: “¿Qué contesto ese profesor de Moscú cuando le preguntaron por qué falsificaba bonos? Pues contestó: ‘Todo el mundo se hace rico de una manera o de otra. Y también yo he querido enriquecerme cuanto antes’”. Pues sí, ese es el camino que llevamos, la veneración del dinero sin importar cómo éste haya sido conseguido. Vale que ahora todos critican las malas artes para hacerse con él, pero es curioso que hace tan sólo unos años la opinión general (demasiado general, casi sin ninguna oposición) era excusarlos a la voz de: “Normal que haya trincado si podía. Yo también lo habría hecho”. Y eso que lo de “trincar” sería una forma no demasiado maligna de conseguir más dinero. El problema viene cuando (y esto sucede sin parar) no nos detenemos ante nada. En España parece ya olvidado el asunto del aceite de colza, pero en China salen casos nuevos casi a diario de gentuza que hace lo impensable para conseguir mayores beneficios, gobierno incluido: el caso de la leche infantil justo antes de las olimpiadas, hace tres años miles de cerdos enfermos que habían enterrado para mantener la enfermedad oculta y poder vender la carne de los que no habían muerto, hace poco la mujer a la que engulleron unas escaleras mecánicas por defectos de calidad y mantenimiento… Y esto, por mucho que les moleste a los que demonizan todos los demás sistemas, se llama capitalismo: sacar el máximo rendimiento a toda costa sin importar nada ni nadie que no sea yo mismo. Porque el capitalismo no es lo que nos han vendido, lo que yo mismo creí y di por bueno durante mucho tiempo: un sistema en el que se puede avanzar por el valor personal. No, esas posibilidades y los derechos de los que disfrutamos en los países capitalistas vienen, precisamente, de las barreras que le ponen freno desde los gobiernos.