La Guerra Civil contada a los jóvenes

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ARTURO PÉREZ-REVERTE, La Guerra Civil contada a los jóvenes

Pérez-Reverte ya ha dicho en varias entrevistas que no se trata éste de un libro que pretenda entrar a fondo en la Guerra Civil, sino que pretende ser una mera introducción para animar a los jóvenes lectores a acudir a los libros de historia de verdad, advertencia que creo que sobra, de tan evidente que resulta que aquí no se trata a fondo nada. Es más, casi me atrevería a decir que no se toca nada y punto. Y es que esta Guerra Civil de Reverte resulta tan sólo una acumulación de hechos sin contextualizar, lo que resulta irónico, cuando pretende ser precisamente un contexto para el estudio posterior de cuanto sucedió. Y es que el libro parte de un hecho ya de por sí erróneo (y mira que respeto a Reverte en cuanto a materia histórica se refiere), y es que en la Guerra Cívil no hubo ni buenos ni malos, lo que la convierte en una mera guerra entre imbéciles. Y si bien la Segunda República distaba tanto de ser perfecta que en bastantes de sus aspectos podría ser justamente tildada de deplorable, no hay que olvidar jamás que se trataba del gobierno legítimo de España, y que admitir que no hubo malos implica justificar no sólo aquel levantamiento, sino cualquiera que pueda producirse en cualquier momento. Si admitimos que aquello estuvo justificado, tenemos que admitir también que estará justificado, por ejemplo, un levantamiento contra el gobierno de Rajoy, que también es deplorable. Y eso no puede ser: expulsar violentamente a un gobierno legítimo, por malo que este sea, jamás puede justificarse, porque si lo hacemos estamos perdidos. Y hay que admitir que el gobierno de Franco fue ilegítimo de principio a fin, como lo son a día de hoy el de Cuba o el de China, por mucho tiempo que hayan durado. Por lo tanto, hablar de dos bandos en la Guerra Civil Española es un insulto a la democracia. No hubo dos bandos: hubo un gobierno legítimo (que no recibió el apoyo internacional de aquellos a los que se les llenaba la boca con las palabras libertad, igualdad y fraternidad, aunque eso es otra historia), y un bando golpista que utilizó el ejército para atacar al gobierno y al pueblo a los que debía defender, y que se valió de la ayuda de nazis y fascistas. Que esa es otra, a ver con qué cara explica uno que los nazis y fascistas eran malos malísimos en la Segunda Guerra Mundial, pero un par de años antes, en la Guerra Civil Española, ahí no había ni buenos ni malos.

Un punto a favor hay que darle a Reverte, de todos modos: el par de veces que se refiere al gobierno de la República, lo hace llamándolo el gobierno legítimo de la República, y eso siempre reconforta un poco, pues, por muy de moda que esté invocarlo, el mantra ese de que la historia la escriben los vencedores me sigue dando arcadas cada vez que lo oigo.

Otra cosa es el aspecto del público objetivo. En el título ya advierte que este es un libro para los jóvenes, aunque, qué quieren que les diga, a mí me lo parece más para los niños. De hecho su estructura me recuerda bastante a aquellos libros de texto, que en mi época infantil distinguían entre sociales y naturales, en los que había por sistema un breve párrafo acompañado de un dibujo, por lo general a razón de tres veces por página. Y eso mismo sucede en esta especie de libro de texto del señor Reverte, con la diferencia de que aquí este sistema lo encontramos a página completa. Esto me hace pensar: ¿cuál es el concepto de juventud de Reverte? ¿Acaso ha asumido que la nueva generación de jóvenes está tan idiotizada que no puede comprender texto alguno que supere las 150 palabras? Porque el libro resulta tremendamente infantil, más en el nivel de un niño de 8 años que en el de un joven de, digamos, 15. Si el objetivo realmente son los jóvenes, entonces tendremos que asumir que Reverte ha perdido el norte, pues ninguno puede sentirse cómodo leyendo eso más allá de una lectura de mera curiosidad, la misma que llevamos a cabo los adultos para comprobar qué ha hecho esta vez este escritor. Pero si no sólo son los niños, sino que además resulta que sí, que el libro llega a su público, y que gusta, y que toda una generación de jóvenes le canta alabanzas porque ya era hora de que alguien nos contara la Guerra Civil de una forma que pudiera interesarnos, entonces debemos empezar a asumir que es el país entero el que ha perdido el norte, porque estaremos ante una generación entera incapaz de comprender y juzgar el mundo en el que habita. Personalmente, espero que el libro triunfe en un ámbito mucho más infantil, entre los ocho y los once años, una franja de edad en la que la ausencia de posicionamiento me parece mucho más adecuada.

Parece mentira que un novelista que tanto tiempo lleva escribiendo para adolescentes, con su saga de novelas de El Capitán Alatriste, pierda de vista de esa manera a su público objetivo. Tras tan exitosa serie uno pensaría que ya le habría cogido el tranquillo a cómo dirigirse a ellos, pues los trata en esas novelas como lectores mucho más responsables que los que espera encontrar en esta Guerra Civil. En lo que a mí respecta, entregaría esta lectura a niños de la edad que he mencionado arriba. Como profesor, si tuviera que entregársela a adolescentes, asumiría como un fracaso todo su proceso educativo hasta haber llegado a tan lastimoso punto.

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Paseando con Crimen y castigo (1)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

(Este artículo y los siguientes los escribí hace ya unos tres meses, cuando leía la novela, así que me disculpo por algunas afirmaciones sobre la efímera actualidad, que pueden estar ya un tanto desactualizadas)

En el segundo capítulo de la primera parte de Crimen y castigo, Marmeládov, un borracho más que lúcido, expresa algo sobre lo que no deberíamos tener ninguna duda. “La pobreza no es un vicio”, son sus palabras. Algo que buena parte de la sociedad tanto española como europea no parece tener demasiado claro a día de hoy. La pobreza no es un vicio. Suena extraño tener que defender estas palabras, pero no queda más remedio cuando un partido político propone una renta básica en España porque estamos llegando a una situación en la que no va a quedar más remedio que imponerla si no queremos ver unos niveles de esclavismo y delincuencia a los que ojalá no lleguemos, y tantas voces se levantan para protestar contra eso con el más estúpido de los “argumentos”, que es el de asegurar que eso hará que la gente no trabaje porque, total, ya tiene dinero. Lo dicen así y se quedan tan anchos, obviando deliberadamente que la renta básica propuesta alcanza a lo sumo para malvivir en la pobreza, sin poder salir jamás adelante únicamente con ella, que es una mínima cantidad de dinero destinada tan sólo a la supervivencia. Y es que cuando llaman vagos a quienes podrían recibirla, parece que están hablando de un sueldo de clase media y todo.

Pero nada más lejos de la realidad. Seguro que alguno lo hay, pero el común de los mortales no se contenta con pasar toda la vida dependiendo de esa ínfima cantidad de dinero, precisamente porque “la pobreza no es un vicio”. Lo mismo podría aplicarse a los griegos, ahora que todas las semanas leo en algún periódico cómo los ciudadanos (no los gobernantes, ¡ojo!, ¡los ciudadanos!) de tantos países europeos se descuelgan diciendo sin empacho que son unos vagos, que lo que quieren es vivir de las ayudas y no pagarlas.

Pero la lucidez de Marmeládov va más allá, pues su discurso continúa: “Pero la miseria, caballero, la miseria sí es un vicio. En la pobreza conserva uno todavía la dignidad de sus sentimientos congénitos; en la miseria, jamás la conserva nadie. A un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana, sino que lo barren a escobazos, para que sea más humillante aún. Y bien hecho, pues en la miseria, uno es el primero en humillarse”.

Está claro que el vicio, la miseria, no es más que la aceptación de la pobreza, esa situación que nos es impuesta desde fuera y contra la que, sin dudarlo, hay que rebelarse. Su aceptación nos convierte en seres miserables que no merecen tener un lugar en la sociedad. Y nos volvemos miserables cuando aceptamos no sólo la condición de pobreza, sino cualquier condición que nos disminuya como individuos. Nos volvemos miserables cuando aceptamos, como pretenden las voces insultantes, que somos unos vagos que no sólo necesitan esa renta básica, sino que nos conformamos con ella. Nos volvemos miserables cuando aceptamos que nuestra voz no vale nada y, en lugar de alzarla para reclamar aquello que nos arrebatan, callamos y dejamos que leyes cada vez más injustas nos nieguen derechos alcanzados con la sangre de nuestros padres y abuelos (con lo que flaco favor hacemos a su memoria), como lo son la libertad de expresión, el derecho de reunión o la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, por poner tres ejemplos que han quedado gravemente mermados con la llamada ley mordaza. Nos volvemos miserables cuando hemos aceptado (y lo hemos aceptado durante muchos años aunque ahora tantos pongan en grito en el cielo por ello) que nos robaran y que para postre se rieran en nuestras caras. Y, por supuesto, nos hemos vuelto unos miserables al aceptar durante tantos años que para poder tener un techo bajo el que vivir teníamos que hipotecar nuestras vidas al completo, pagando precios que requerían casi la totalidad de lo que íbamos a ganar el resto de nuestras vidas, y que para colmo eso nos pareciera lo normal.

Ante todo eso hemos callado, y como bien avisa Marmeládov, “a un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana”, pues para que se molesten en darle los palos tiene éste primero que levantar su voz y reclamar lo que es suyo, aunque tenga poco con lo que hacerse valer, “sino que lo barren a escobazos”, como a la basura, pues no más consideración merece. Y eso es lo que merecen todos los que aceptan esos insultos por parte del poder, y los abusos de autoridad, y los callejones sin salida a los que conducen nuestras vidas: que los barran como a basura, pues no pueden ser tenidos en mucha más estima que cualquier deshecho sobrante. Y no me refiero a quienes los sufren, sino a quienes los justifican.

“En la miseria, uno es el primero en humillarse”, remata, y si uno mismo ya se ha humillado, ¿qué consideración puede tener por parte de los demás? Y eso es lo que nuestros gobernantes, ayudados por unos cuantos de sus voceros, parecen querer de nosotros, que vivamos humillados, con la cabeza agachada y sin molestarlos, llamando vagos a los que quieren trabajar dignamente (cada vez que oigo eso de “mejor eso que nada” referido a trabajos en condiciones de esclavitud desearía poder dar dos bofetadas al imbécil que lo dice), llamando delincuentes a quienes quieren hacer valer sus derechos, llamando mentirosos a quienes dicen la verdad, multando y enjuiciando a quienes no quieren verse aplastados por el peso de leyes totalitarias…

Esto lo escribió Dostoievski hace ya bastante tiempo. Al parecer, en la historia los problemas son siempre los mismos. Más les valdría a los gobernantes y a todo aquel que ostente poder en algún grado abrir los ojos, no vaya a ser que las soluciones terminen por ser también siempre las mismas.

Una vida en China 3 – El tiempo del dinero

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del dinero

Con este tomo terminan la comiqueras memorias e Li Kunwu, y he de decir que lo que en los dos volúmenes anteriores se me había antojado un acierto, ahora se me presenta como el mayor defecto que arrastra la novela. Estoy hablando, por supuesto, de su ánimo por contarlo todo de manera testimonial, de su afán por mantenerse al margen, pues ahora semejante pretensión se vuelve falsa al silenciar determinadas características de la sociedad china actual, ofrecer excusas para no hablar de acontecimientos capitales y terminar con un alegato que de ningún modo puede estar en boca del narrador puramente objetivo que nos había vendido.

Las estructuras narrativas que habíamos visto en los dos primeros tomos desaparecen aquí para dar paso a una narración más abierta que no responde a los modelos anteriores. Ya no hay un fin de ciclo ni se nos remite a momentos anteriores que crean estructuras en anillo: la historia se nos presenta ahora como un continuo avanzar sin detenerse, que a fin de cuentas es la ilusión que planea sobre la sociedad china actual. La historia puede dividirse claramente en dos partes: una primera que cuenta los hechos acontecidos antes de la primera salida al extranjero, a París, del protagonista, que muestra una China en rápida evolución en la que los valores revolucionarios se han cambiado por la posibilidad de hacer negocio, y una segunda que se inicia al regreso de ese viaje y que muestra una sociedad china actual altamente competitiva pero situada en un limbo que sugiere que no ha llegado aún a su destino.

No hay ninguna recriminación formal que hacerle al cómic, su forma de contarnos la historia sigue siendo tan correcta y estimulante como en los dos tomos anteriores. El problema está en su manía de no tomar partido, no porque no lo tome, sino porque ahora así lo dice abiertamente, y sin embargo es mentira. Ahora habla de la apertura de China al mundo, pero ni una sola pincelada hay sobre la relación real de China con los extranjeros, sobre el racismo de tantos ciudadanos chinos alimentado por el gobierno chino… la presentación que se hace de la nueva situación no responde a la nueva situación, sino que permanece anclada en una visión revolucionaria de obediencia al partido y camaradería social, cuando esos ya no son los valores imperantes.

Además, todo lector de la obra espera encontrar aquí algo sobre la revuelta estudiantil de Tian’anmen, y no sólo no encuentra nada, sino que además el autor cae en justificaciones que contradicen otras partes de su obra. La excusa para no decir nada (ni una palabra) sobre Tian’anmen es que él no estuvo allí, estaba muy lejos en el interior de China y sólo le llegaron algunas noticias. “Lo poco que sabía de Tian’anmen lo escuchaba por la radio”, dice. Pero tampoco estuvo presente en la muerte de Mao y sí que explica cómo le llegó aquella noticia. Ésta no es menos importante, sólo más incómoda de contar. Tampoco estuvo presente cuando se conocieron sus padres y nos lo cuenta, ni estuvo presente en la formación y crecimiento de los negocios de sus amigos y conocidos y también nos lo cuenta. Utiliza también una llamada a evitar todo aquello malo para el progreso, muy en la línea de lo que exige el Partido Comunista Chino: “China, por encima de todo, necesita orden y estabilidad para su desarrollo. Lo demás, en mi opinión, es secundario”. Pero lo que más me escama es que de pasada, en el discurso para evitar mencionar este suceso, lo trata como un enfrentamiento y lo compara con otros sucedidos en la historia de China, entre los que cuenta la revolución cultural, como si pudiera establecerse el más leve parecido entre unos estudiantes que se levantaban para reclamar sus derechos y otros que lo hicieron para aplastar los derechos ajenos. Termina el alegato de la siguiente manera: “Me gustaría dejar este debate para las generaciones venideras”. Claro, para aquellas a las que les resultará ya demasiado lejano, y si alguien intenta reabrirlo le dirán eso de que no hay que remover el pasado. Enterrar las injusticias, en suma, para que no se hable de ellas. Una actitud bastante cobarde.

Por último está el gran discurso final, en el que se hace un rápido recorrido por toda la historia china, para mostrar cuánto se ha desarrollado, y terminar diciendo que aún tiene que avanzar mucho más, haciéndose así eco de ese sueño chino de que su país puede continuar desarrollándose sin parar, con el latiguillo de “aunque todavía no sea perfecto”, tantas veces escuchado en esta tierra para terminar con cualquier crítica que pueda hacerse hacia el país. Evidentemente, nada de objetivo tiene este discurso, resulta más bien una arenga que otra cosa.

En conclusión, un final que, a pesar de ser narrativamente tan bueno como lo que había venido antes, resulta más bien decepcionante, al convertirse en un discurso político encubierto que no sólo evita cualquier tipo de crítica, sino que defiende las políticas oficiales y que se introduce siempre en los momentos más emotivos para que sea asimilado sin más.

Una vida en China 2 – El tiempo del partido

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del partido

La historia de este segundo tomo de Una vida en China, abarca desde la muerte del Gran Timonel Mao, hasta que ya se adivina que Deng Xiaoping se hará cargo del Partido Comunista Chino, es decir, que termina justo en el momento en el que comenzará a forjarse la China actual. Eso en cuanto a la historia externa, porque en cuanto al tiempo narrativo interno, finaliza con otro fin de época personal de vital importancia para el protagonista. Durante todo el primer tomo vimos cómo se identificaba a Mao con el padre de la patria, y cómo se repetía a los niños la enseñanza de que el amor del padre no era tan grande como el amor de Mao, y cómo ese mantra repetido provocaba que toda una nación, incluido nuestro protagonista, se sintiera huérfana con la muerte de su héroe, padre y guía. Pues bien, este segundo tomo se cierra con la muerte del padre del protagonista, que ahora queda sólo ante su futuro, sin nadie que lo guíe, habrá llegado el momento de tomar sus propias decisiones. Había desaparecido la casi divina guía de Mao, y ahora ha desaparecido la guía paterna. Todo lo que lo unía al pasado ya no existe, por lo que a partir de ahora (ya veremos qué sucede en el tercer y último volumen) es cuando comienza la nueva China, no sólo históricamente (Deng Xiaoping está a punto de alcanzar la dirección del partido), sino también personalmente (ya no hay guías, ahora Li es el único timonel de su destino).

Pero he empezado por el final y no sólo final tiene este cómic. Si en la primera parte vimos cómo Li crecía y se educaba en la China revolucionaria, ahora veremos su carrera por intentar entrar en el Partido Comunista Chino. Para ello primero se hará soldado, no sin problemas en un principio, pues su abuelo era un terrateniente y por lo tanto enemigo de la revolución. Sin embargo convencerá al alistador de que es un buen dibujante, una habilidad muy útil para extender el mensaje revolucionario, que es uno de los deberes del ejército. De esa manera se convertirá en dibujante de propaganda para el Partido. Todo esto no será suficiente para entrar al Partido, por lo que pedirá que lo trasladen a un destino muy duro de trabajo por el pueblo, en donde deberá cultivar él solo unos campos para entregar toda la producción al ejército revolucionario. Cuando las cosas se caldeen de nuevo, será reclamado por el ejército para ayudarlos dibujando carteles de propaganda, con lo que, ya al final del tomo, conseguirá su entrada en el Partido.

En medio de todo esto, su padre estará en un campo de reeducación por el delito de haber sido un alto cargo durante la revolución cultural, y es precisamente la situación del padre la que hace que no podamos comprender cómo Li ama tanto al Partido y jamás flaquea en su dedicación a él, ni se cuestiona nada de lo que hace. Pero no sólo él, sino también el propio padre que, tras diez años en el campo de reeducación, asume que la culpa de su cautiverio fue de los enemigos de Mao, pero como el Partido ya los ha castigado, hay que olvidar todo el daño sufrido.

Y así continúa todo, sin una sola crítica a la situación, y eso es lo que escama. Se trata de una población que avanza por inercia, sin realizar jamás una crítica, eso ya lo sabíamos, pero la pasividad con la que lo relata el autor, reduce una serie de hechos que fueron provocados con toda la intención a meros errores del pasado. No hay un análisis de esos errores, ni una crítica que busque que no se repitan. Todo aquello sólo sucedió, era la época, y ya está. Eso es lo que echo en falta en esta por otro lado fabulosa narración: un poco de implicación por parte del narrador-autor, algo que pueda animar al lector a ponerse del lado del pueblo chino en sus anhelos, pues esa falta de autocrítica al final sólo produce indiferencia hacia cualquiera que sea la suerte que pueda correr.

Una vida en China 1 – El tiempo del padre

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del padre

Li Kunwu, que en su juventud pintó carteles de propaganda para el Partido Comunista Chino, nos cuenta en esta novela gráfica cómo fue su infancia y las circunstancias que la rodearon. Y lo cuenta de una manera puramente descriptiva, sin hacer ningún tipo de crítica contra el momento que le tocó vivir, ni tampoco ningún discurso para ensalzarlo. Sólo nos muestra cómo fue, con las cosas que le pasaban entonces por su cabeza, sin juzgar nada desde el presente.

Esto, que puede parecer una manera de tomar distancia frente a cualquier tipo de reivindicación, se convierte en estas páginas en la crítica más dura que podría hacerse de la historia china, por lo fuera de lugar que resulta todo cuanto aparece ante nuestros ojos a lo largo de la novela gráfica. Los personajes que aparecen en ella son revolucionarios convencidos, todos están del lado de la revolución y ninguna crítica se hace a su manera de pensar. Es más, podríamos creer incluso que se apoya esa manera de pensar, y no nos faltaría razón. Pero por desgracia parece que la revolución no está de su lado y tarde o temprano se vuelve contra ellos.

La historia comienza con lo que podríamos considerar un pequeño prólogo en el que vemos cómo se conocen los padres del protagonista. El padre es un joven mando revolucionario que se detiene en la aldea de la madre para dar un discurso de enardecimiento revolucionario, lo que él llama instruir al pueblo, y allí ve a una jovencita cuya mano pide. Lo primero que llama la atención al lector occidental es la relación entre la pareja, pues a pesar de que se les supone amor al uno por el otro, siempre se dirigen a su cónyuge como “camarada”, y su vida en común parece más basada en preceptos revolucionarios que en ningún tipo de intimidad.

Una de esas cosas que se muestran sin posicionarse ni a favor ni en contra es el adoctrinamiento que se lleva a cabo sobre la población, principalmente sobre los más pequeños, aunque no sólo. El tomo se divide en tres capítulos, y cada uno de ellos va precedido por una canción infantil de las que se cantaban en los colegios que no tienen desperdicio. Transcribo la primera de todas, pues creo que impresiona por lo terrorífico de inculcar una cosa así en una mente que se está formando:

La grandeza del cielo y de la tierra
no superan la grandeza de
la buena voluntad del Partido.
El amor de la madre y del padre
no supera el amor del presidente Mao.
La profundidad de los ríos y de los mares
no supera la profundidad
de la fraternidad de las clases.
Mil o diez mil cosas buenas
no igualan al socialismo.
El pensamiento de Mao Zedong
Es la joya de la revolución.
El que se opone a él,
ese es nuestro enemigo.

 

Además asistimos a la deificación de la figura de Mao, cuyas palabras hay que dar por ciertas sin cuestionárselas y no sólo eso, sino que el conocimiento de esas palabras se convierte en el único válido, el único que debe enseñarse. Ni que decir tiene que esto favorece la revolución cultural, pues a todos esos guardias rojos les enseñaron desde niños que las palabras de Mao eran la única guía válida, y se lo enseñaron precisamente sus profesores y mayores, los mismos que luego tuvieron que padecer esas enseñanzas.

Asistimos a cómo los chinos padecen una hambruna que no comprenden, pues su presidente les dice que están teniendo las mejores cosechas en años y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a un empobrecimiento del país que tampoco entienden, pues su presidente les dice que han superado en producción de acero a cualquier país del mundo y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a la incomprensible caída en la ignorancia del país, pues sólo se preocupan de las palabras de Mao que… evidentemente tienen que ser ciertas.

La historia de este primer tomo termina con el anuncio de la muerte del presidente Mao, y con la perspectiva de un pueblo que ha perdido a su guía, y sin el cual no puede seguir adelante. El tiempo de la revolución de Mao ha terminado, y se abre un nuevo comienzo aunque, claro, para una población educada en la deificación de su líder, del que seguro que creían que iba a guiarlos por toda la eternidad, el nuevo comienzo es muy difícil de ver y el tomo cierra con una gran cantidad de rostros sumidos en la desesperación que van a alejándose cada vez más, hasta quedar como una mancha de la que sólo distinguimos su lamento en el bocadillo del texto.

En la ardiente oscuridad

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ANTONIO BUERO VALLEJO, En la ardiente oscuridad

Poco tengo que decir de esta obra de Buero Vallejo que no resulte evidente para todo el mundo: un grupo de ciegos, que evidentemente tiene unas condiciones de vida diferentes a las del resto de la gente debido a su discapacidad, se empeñan en vivir en el interior de un colegio exclusivo para ellos negando su descapacidad e ignorando lo que hay fuera, empeñados en que su situación es lo normal en cualquier lugar y que nada tienen que envidiar a quienes pueden ver. La relación con la España de la dictadura en que la obra se escribió es evidente, con una población empeñada en que la situación del país era de absoluta normalidad y negándose a ver que no era así, que en el extrajero la vida era diferente y se disfrutaba de una serie de derechos con los que ni podía soñarse disfrutar en la España franquista. Entre el elenco de personajes, y siendo muy básicos, los tenemos de cuatro tipos. Están los que viven felices negando la realidad, que vendrían a ser todos los ciegos del internado, incluyendo a su director, quien se empeña en mantenerlos en el engaño (Carlos), quien intuye que su situación no es en absoluto de normalidad (este sería Ignacio), y quien conociendo ese otro mundo que es el de la verdadera normalidad en el que viven todos los que están fuera de ahí, permanece en él y además no hace nada para sacarlos de su error (doña Pepita).

Las implicaciones filosóficas de la obra son evidentes, pues no basta quedarse en la exposición, hay que echarle un ojo al desarrollo. Todo es idílico en el colegio de ciegos hasta que alguien postula algo diferente, y ese algo no sólo hace que los ciegos ya no se sientan tan cómodos con su situación como antes lo estaban, sino que hace tambalearse el poder establecido. Hasta ese momento había un gobernante casi en la sombra (el director), pues poco intervenía en la vida de los ciegos, aunque es curioso ver cómo el artífice de todo eso tampoco es capaz de ver que existe un mundo más allá que ese que él ha creado (parece que para poder gobernar de forma injusta hay que creerse la propia injusticia). Sin embargo su filosofía de vida era convenientemente aplicada por Carlos, que era quien ejercía el mando, quien se veía en la necesidad de mantener el sistema para no perder la situación privilegiada en la que se encontraba. Cuando alguien se da cuenta del engaño del mundo en el que viven y pretende hacerlo público, el primer paso es hacer notar su error, el segundo ridiculizarlos para intentar que sus ideas no prosperen y el tercero eliminarlo.

Doña Pepita, al tanto de todo, jamás hará nada al respecto, como fiel reflejo de tantos supuestos intelectuales, gente supuestamente instruida, incapaces de cumplir con su obligación de alzar la voz, viviendo a expensas del poder establecido, se me ocurren unos cuantos nombres aunque no daré ninguno, estoy seguro de que todos tienen los suyos propios en la cabeza.

No menos interesante resulta el desarrollo dramático de la obra, construido a base de simetrías entre las escenas y apoyado por los recursos de luz y oscuridad que ese universo de ciegos proporciona.

Pero lo que en realidad me interesa es una lectura profundamente personal, aplicada a la realidad en la que vivo. Hace poco tuve la oportunidad de releer En la ardiente oscuridad con un grupo de universitarios chinos. Llevé la obra a la clase, para comentarla, de manera muy intencionada, aunque me abstuve de dar ninguna interpretación que no señalara directamente a la dictadura franquista. Pero la obra de Buero Vallejo no es tan exclusiva de una época y un país determinados, sino mucho más universal, y mis alumnos, despiertos ellos y también críticos (afortunadamente, pues es difícil dar con un grupo que practique la autocrítica como éste lo hizo), en seguida pusieron sobre la mesa el paralelismo que esta historia mostraba con la situación actual de China (menos mal que en las aulas de la universidad hay cámaras pero no micrófonos). De hecho lo que yo les conté en un principio sobre la dictadura en España y la visión del exterior que se tenía era sólo teoría para ellos, pero todo cuadraba demasiado exactamente con el mundo en que vivían (con excepción de la palabra dictadura, que no encaja en su manera de ver el gobierno del partido comunista, aunque no voy a entrar en eso, pues habría que explayarse mucho). Todos reconocían en los ciegos a la población china, en Carlos a los intelectuales del partido (me dieron varios nombres que no he sido capaz de retener), y en doña Pepita a una gran cantidad de población joven despreocupada de la política y a la que sólo le interesa su propio bienestar. Y es que China no difiere mucho del colegio de ciegos propuesto por Buero Vallejo, pues cuenta con una mayoría de población que no sólo no ve que la situación social dista mucho de ser normal, sino que además tiene voluntad de no verlo.

¿Podría decirse que los ciegos son también como los chinos ahora?, fue la pregunta que desató la discusión. También fue la última obra que discutimos durante el curso, y me alegró que profundizaran más allá de la mera historia o de la interpretación literaria, aportando una visión personal del asunto.

Tong Men-G

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SHI YANG SHI, Tong Men-G

No tengo demasiada afinidad con el teatro moderno, yo soy más bien clásico, aunque hay ocasiones en las que la propuesta llama la atención, y puede pasarse por alto eso de “moderno”. Este era uno de esos casos. Tong Men-G es un monólogo dramático en el que el actor de origen chino Shi Yang Shi cuenta la historia de su familia y la suya propia como inmigrantes en Italia, y pretende convertirla en reflejo de la inmigración china en el mundo, particularmente en Italia.

Al tratarse de una historia dramática con un solo actor la cosa podría haber sido bastante tediosa, pero no es el caso, puesto que Shi la adereza con buenas dosis de humor, incluso en los momentos más dramáticos. La historia del niño que pasa de ser el primero de la clase a un desubicado en la escuela por su desconocimiento de la lengua es contada casi como un chiste, la explicación de lo que significaban los pies de loto de oro de su abuela es representada con una cómica exageración, la situación de pobreza de un niño que debe dormir entre los ruidosos electrodomésticos de la cocina de un conocido es solventada con un humor que nos hace distanciarnos, e incluso a la única escena que llega a ser verdaderamente dramática, la muerte de siete chinos en un taller textil en Italia, es inmediatamente seguida por una discusión resuelta de forma bastante cómica. La única excepción a esto, a mi modo de ver, es la imitación que hace de su tío con síndrome de Down, que a pesar de ser evidente que no tiene ninguna malicia, entre otras cosas por su lazo familiar, llega al límite de poder resultar ofensiva por la excesiva insistencia que se hace en ella.

Por otro lado, había también elementos, de esos que resultan “muy modernos”, que no entendí muy bien a qué venían, qué papel tenían dentro de la representación. Por ejemplo, el gag con el que se abre la función, en el que un mayordomo vestido de rojo presenta una bandeja llena de bombones Ferrero Rocher y termina lanzando al público un enorme globo “disfrazado” de bombón gigantesco, escena que me pareció hecha simplemente por eso tan de moda de hacer que el público interactúe con la obra, pero continuando acto seguido con otra cosa totalmente diferente que en nada aprovechaba lo anterior. Es más, suponía una ruptura bastante brusca con el juego que acabábamos de presenciar.

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Aunque quizá, de entender en condiciones aquello que veía, me habría gustado más, todo debo reconocerlo. El único actor se desenvolvía con tremenda facilidad en chino y en italiano, pues en ambos idiomas discurría la obra, y yo me encontré con que en el teatro no había ninguna pantalla de subtítulos en inglés, por lo que pude comprobar al momento que aquella representación no estaba destinada a ningún extranjero de los que residen en Pekín que no hablara la lengua. Puede parecerles demasiada mi pretensión de la pantalla con los subtítulos, pero suele ser lo habitual en Pekín, tener una con subtítulos en chino cuando hay un espectáculo en inglés, en inglés cuando el espectáculo es en chino, o en ambos cuando no es en ninguno de los dos. Sin embargo allí no había nada, cosa que en principio no me preocupó en exceso, pues mal que bien un hispanohablante puede captar medianamente un discurso en italiano. La verdadera sorpresa llegó cuando escuché la increíble velocidad a la que el actor hablaba en italiano. Así que allí estuve, afinando el oído en su velocísimo italiano y rellenando los huecos con las palabras sueltas que podía captar en chino.

Al final no me fue tan mal, más o menos pude seguir el argumento, aunque espero poder ver la próxima de manera más relajada.