Dos años, ocho meses y veintiocho noches

rushdie_portada

SHALMAN RUSHDIE, Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Dos años, ocho meses y veintiocho noches es la historia de una guerra que afectará a toda la humanidad, en la que ésta hallará el camino de su salvación a través de la destrucción de los dioses o, al menos, de la firme voluntad de mantenerlos al margen de su mundo. La historia, como todas las historias en las que intervienen seres míticos, comienza hace mucho tiempo, cuando una yinnia (un ifrit femenino) se enamora de un humano y tiene con él muchos hijos que, con el devenir de los siglos, se convertirán en una descendencia que poblará todo el planeta, a la que se referirán como la duniazada. Varios siglos después de muerto su amante humano, un tipo escéptico con respecto a la existencia de Dios, en un futuro cercano al nuestro, sus huesos se removerán en su tumba para retomar la guerra que siempre tuvo con un enemigo intelectual, gran fanático religioso. Pero esta vez la guerra no será sólo intelectual, pues cuentan con el apoyo de los poderosos ifrits, que convertirán la contienda en algo muy real.

Como queda muy claro por su argumento, uno de los puntos principales de la última novela de Shalman Rushdie es el enfrentamiento entre la razón y la religión, enfrentamiento en el que el autor se posiciona inequívocamente del lado de la razón, a pesar de haber armado una historia muy relacionada con los mitos religiosos, en la que la tradición cristiana y musulmana tienen especial relevancia. Durante toda la novela, no sólo se pone en duda la existencia de una divinidad, sino que se juega con la idea de que el hombre crea y destruye a sus propios dioses, relegando así a cualquier entidad superior al campo de la fantasía. No sólo eso, sino que, aun en el caso de que existiera realmente una divinidad, su lugar no estaría junto a los hombres, que deberían aprender a vivir sin recurrir a ella. Una de las últimas frases de la novela lo expresa de forma bastante paternalista: “El miedo fue vencido, y gracias a su derrota los hombres y las mujeres pudieron dejar a Dios, igual que los niños y las niñas dejan atrás sus juguetes de infancia”. Es sólo tras la desaparición de Dios cuando los hombres logran vivir en paz los unos con los otros, a pesar de que la función de dioses en el relato recae sobre los ifrits, que saben que no son dioses, pero ejercen como tales.

En ocasiones el enfrentamiento con la religión parece bastante enconado. Una de las acusaciones que se deslizan en las páginas de la novela es su capacidad para reinventar la realidad a su antojo. En uno de los relatos que se intercalan en el principal, aparece una ciudad a la que se refieren por el altisonante nombre que, según dicen, los mismos dioses le habían dado en la antigüedad, “cuando la ciudad ni siquiera existía, puesto que era una de las más recientes del país”. De esta forma la religión deforma la realidad a su antojo y nos impide ver el mundo tal cual es, pues tenemos que cargar con los prejuicios sobre él que se han instalado en nosotros. “No hay persona que no sea víctima de su propia versión de la Historia”, se llega a decir.

Pero quizá el mayor malestar con la religión aparezca en un párrafo que casi inevitablemente nos hace pensar en la primavera árabe y en el extremismo religioso que vino tras ella, con el actual terrorismo islámico como máximo representante, en el que hace una cruel burla llena de preocupación de los estudiosos de la religión: “Pero cuando la invasión extranjera fue repelida, lo que vino en su lugar fue todavía peor, una banda de asesinos ignorantes que se hacían llamar los Empollones, como si la simple palabra pudiera otorgarles estatus de verdaderos académicos. Lo que sí habían estudiado a fondo los Empollones era el arte de prohibir cosas, y en muy poco tiempo ya habían prohibido la pintura, la escultura, la música, el teatro, el cine, el periodismo, el hachís, votar, la elecciones, el individualismo, la discrepancia, el placer, la felicidad, las mesas de billar, las caras bien afeitadas (en los hombres), las caras de las mujeres, los cuerpos de las mujeres, la educación de las mujeres, los deportes femeninos y los derechos de la mujer. Les habría gustado prohibir a las mujeres directamente, pero hasta ellos se daban cuenta de que no era del todo factible, de forma que se contentaban con hacer las vidas de las mujeres tan desagradables como fuera posible”.

El otro gran tema de la novela son las historias en sí. No en vano su título hace referencia a otro que nos recuerda la magia de contar historias por antonomasia: Las mil y una noches. Y son muchos los relatos que se van mezclando en esta historia épica. El realismo mágico (no se me ocurre otra forma para llamarlo, la verdad) inunda todas esas historias entre las que el lector va saltando, hasta constatar hacia el final que todas pertenecen a miembros de la duniazada y por lo tanto forman parte de la misma historia, que es la de la humanidad. En una muy reveladora frase incluso se afirma: “Somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es”.

Pero una escena me llamó la atención por encima de todas las demás, por el perfecto reflejo que supone de nuestro mundo occidental abrazado al capitalismo. En ella miles de obreros están extrayendo materiales para la construcción de una gran máquina a la que llaman “la máquina del futuro”. Los trabajadores viven en condiciones de esclavitud, pero ninguno se queja, todos están trabajando para construir algo que les han dicho que es absolutamente necesario para que el mundo siga funcionando sin cuestionárselo, y las consecuencias de no construirla serían catastróficas. Hasta que un día uno de los trabajadores, cansado de que lo exploten sin ver jamás el fruto de su trabajo ni saber si ese trabajo sirve para algo decide preguntar para qué sirve esa máquina del futuro, qué es lo que produce, qué es eso tan importante para todos que está consumiendo sus vidas. El capataz, airado, se muestra tal y como muchas veces vemos comportarse a demasiados políticos, banqueros y grandes empresarios, y responde con una obviedad: la máquina del futuro produce el futuro. Pero el obrero insiste, alegando que el futuro no es ningún producto. Es entonces cuando el capataz le dedica una respuesta que podría englobar a toda la sociedad occidental actual, en la que nos hemos instalado en un estado de cosas en el que hay que aceptar la verdad oficial y toda réplica es un acto de rebelión antisistema y de odio a la patria: “¿Qué fabrica? —gritó el mandamás—. ¡Fabrica gloria! ¡La gloria es el producto! Gloria, honor y orgullo. La gloria es el futuro, pero tú acabas de demostrar que en ese futuro no hay sitio para ti. Llevaos a este terrorista. No pienso permitir que infecte a este sector con su mente enferma. Una mente así transmite la peste”. Un argumento idéntico al que demasiado a menudo veo expresar en prensa y televisión, y que ha calado preocupantemente hondo por lo que también puede leerse en Internet.

En conclusión, parece que Dos años, ocho meses y veintiocho noches bebe de la idea de la novela total pues, si bien se centra en la dicotomía razón-religión, pretende llegar a todos los ámbitos de la existencia humana: la fe, la política, el sentido de la existencia, la literatura… Y todo ello con una cantidad casi infinita de referencias a la cultura popular actual, las mitologías grecorromana, nórdica o asiática, referencias bíblicas y del Corán… la lista es casi interminable, y el hecho de identificar tantas cosas y de tan diversas procedencias durante la lectura hace suponer que muchas otras más habrán permanecido sin identificar por mi desconocimiento.

 

Anuncios

Paseando con Crimen y castigo (y 4)

9788420675947

FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la tercera parte de Crimen y castigo un joven estudiante arremete contra una idea del socialismo demasiado arraigada en nuestra sociedad actual, que, por otro lado, tanto suele denostar esa ideología. Lo que este estudiante, de nombre Razumijin, dice, es lo siguiente: “La discusión empezó con la teoría de los socialistas. Ya se sabe: el delito es una protesta contra la anormalidad de la estructura social… Y eso es todo, no se admite ninguna otra causa… ¡Nada más!”. Tras esta declaración viene toda una larga explicación de lo que quiere decir, con multitud de ramificaciones y consecuencias de esa manera de pensar, pero lo que me llamó la atención fue esa afirmación que supone el punto de partida. Si Ortega y Gasset nos dejó bastante claro aquello de que “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo que Razumijin achaca a los socialistas es que el “yo” no parece existir para ellos, que culpan de todos los males del mundo a la sociedad, como tampoco parece existir para nosotros hoy en día.

A pesar de que nuestra sociedad actual sea sin duda capitalista, tendemos a coger, introducir en ella y adoptar como cierto lo peor de cada ideología. Es el caso de esta afirmación del personaje de Crimen y castigo, que parece grabada a fuego en la mente de tanta gente. Siempre que alguien comete un crimen, sea del tipo que sea (si es de sangre, ya tenemos terreno abonado para esto), enseguida una horda de psicólogos y no tan psicólogos se lanzan a buscar los motivos por los que el criminal actuó así, convirtiéndolo casi por sistema en una víctima en el proceso. Parece que ninguno de ellos tuviera responsabilidad sobre sus actos, todos fueron abocados a ellos por una infancia difícil, una educación espartana, presiones sociales y una larga serie de etcéteras. El caso es que, tras su disección biográfica, es como si su capacidad de elección hubiera sido reducida a cero. Es un recurso usado ya hasta la saciedad en películas, novelas y demás productos policíacos, en los que no basta con dar con el asesino (el mayordomo), explicar cómo cometió el crimen (le abrió la cabeza con el atizador a su jefe) y por qué lo hizo (le pagaba poco y la vida está muy cara), sino que además hay que ir un paso más allá para saber qué lo convirtió en una persona violenta que responde de manera agresiva ante las adversidades y no puede escapar a ello de ninguna manera (como no quiso comerse las verduras de pequeño, su padre rompió delante de sus ojos aquel muñeco de acción que tanto le gustaba y además le dio una zurra para que aprendiera). Incluso tenemos una serie dedicada a esto último, Criminal Minds creo que se llama, nunca la he visto (ni ganas que tengo, con esa premisa).

Hoy en día está muy de moda también despotricar contra el cristianismo, pero incluso aquel que más lo denueste debe admitir que tiene muy oportunos valores para la formación del individuo. Lo que a todos los cristianos, antes de la idiotización actual, se les ha enseñado, es que existe una cosa llamada libre albedrío, que es algo que nos permite tomar nuestras propias decisiones al margen de todo estímulo exterior, que puede influirnos pero en modo alguno condicionarnos. Y esa capacidad para tomar nuestras propias decisiones nos hace también responsables, bien como cristianos que deben dar cuenta de ellas en un hipotético juicio final, bien como ateos que tienen una vida en este mundo que afrontar. Pero en nuestra sociedad parecemos empeñados en ser unos eternos niños siempre tutelados, sin responsabilidad de ninguno de nuestros actos, tal como se queja Razumijin que pretende el socialismo: si yo actúo mal es porque la sociedad está mal, no es culpa mía. Tantas veces hemos oído eso para exculpar a tantos que tienen una vida difícil, olvidando que otros que también la tienen nunca actuaron mal. Somos una sociedad capitalista en la que al parecer hay que pagar por todo excepto por nuestros actos. Porque de lo que hacemos (de lo malo, quiero decir, pues de lo bueno somos nosotros los únicos artífices) la culpa la tiene la sociedad, que no ha sabido mimarnos lo suficiente para que nunca nos portáramos mal.

Crónicas de Jerusalén

cronicas_a-300x336

GUY DELISLE, Crónicas de Jerusalén

Leí aquellos tres cómics de Guy Delisle (Pyongyang, Shenzhen y Crónicas birmanas) hace lo que parece ya una vida entera y, si bien el de Corea y el de China me gustaron mucho, el que versa sobre Birmania me dejó más bien frío, con la sensación de que el dibujante trataba de colar un cúmulo de chistecillos sin demasiado interés. Crónicas de Jerusalén, sin embargo, ha borrado aquella mala impresión, y constituye una historia como mínimo interesante y, por supuesto, muy disfrutable.

En ella Guy Delisle viaja a Jerusalén junto con sus dos hijos (ahora son dos) y su esposa, puesto que esta tiene trabajar en la franja de Gaza para Médicos Sin Fronteras. Nuevamente, al igual que en los tres tomos anteriores, hace una descripción a base de secuencias breves de las cosas que allí se va encontrando. Al igual que sucedía en los anteriores volúmenes, Delisle no pretende hacer un retrato complejo ni por supuesto completo de la situación del país, sino que se limita a contar con grandes dosis de humor (incluso en muchas escenas que de seguro ninguna gracia le harían en el momento de vivirlas) aquellas anécdotas interesantes que le iban sucediendo en un día a día que no tiene ningún afán de investigación social ni nada por el estilo, y que por eso mismo resulta tan interesante.

Lo más llamativo es la manera en que la imparcialidad se va perdiendo mientras avanza la historia (aunque tampoco tengamos una historia propiamente dicha), pero sin perder nunca la compostura ni la visión cómica de cuanto sucede. Eso sí, hay ocasiones en las que la comedia debe quedar aparcada, porque sería imposible aceptarla, pero jamás, ni por un leve instante, se permite caer en la ira, ni llevar a cabo un discurso a favor de unos o de otros.

¿Tienen un par de horas libres el fin de semana? Pues aparquen los dramones insoportables que suelen emitir en televisión después de comer y abran esta novela gráfica. Les aseguro que, como mínimo, se divertirán, y, quizá como consecuencia, dediquen la semana a buscar otra del mismo autor para el fin de semana siguiente.

Caballo de Troya 7

Caballo_de_Troya_7_Nahum_J.J._Benítez

J. J. BENÍTEZ, Caballo de Troya 7

Sí, la historia es más de lo mismo. Sí, su estilo literario no aporta nada que vaya a sorprendernos, atraparnos, ni tan siquiera interesarnos. Sí, son otras cuatrocientas páginas con un desarrollo argumental casi inexistente. Y sí, continúa utilizando los mismos recursos para mantener la “tensión” que ya utilizaba en la primera parte. Pero qué quieren que les diga, quizá es éste mi más preocupante placer culpable. La primera parte la leí allá por mis impresionables catorce años, y aunque no me esté dando mucha prisa que digamos, tengo por tozuda costumbre terminar toda aquella saga que comienzo (también parece que tengo por dicha costumbre hacerlo a lo largo de los años, porque ni se imaginan lo que me ha costado cerrar algunas de ellas, y muchas aún continúan su inconclusa lectura). Así que ya ven: hace veinte años leí un libro que arrebaté de las manos de mi madre y que por entonces contaba tan sólo con un par de continuaciones, me atrapó con una especie de magia que a día de hoy quizá tenga más que ver con nebulosos recuerdos de infancia que con méritos propios de la novela, y ahí sigo, tomando una de sus continuaciones cada dos o tres años desde entonces (y temo que cuando llegue a la última parte me dará pena, pues es ya muy largo el camino recorrido sabiendo que siempre me espera en algún lado un tomo más de la saga).

En aquella primera parte se nos contaba un nuevo testamento alternativo, salpicado de datos científicos y fabricando unos discursos de Jesucristo dignos del mejor orador de la historia (reconozco que ésta ha sido siempre la baza más fuerte de Caballo de Troya, el ser capaz de atrapar a su lector en aquellos discursos mesiánicos). En esta séptima parte se nos cuentan muy pocos “hechos” realmente interesantes (en realidad, aparecen al principio, desaparecen durante toda la novela y regresan al final, pero eso es algo a lo que ya estamos acostumbrados), y muchas anécdotas de relleno. El libro sólo contiene una brevísima conversación con Jesús y el encuentro de Juan el Bautista, algo que podría haber ocupado tan sólo unas veinte o veinticinco páginas, pues todo lo demás es paja, aunque, claro, si así hubiera sido, no sería Caballo de Troya. Porque seamos serios, se trata de una novela, todas sus partes, para leer sin prisa… y sin demasiada seriedad. Hay que tomársela como un juego en el que uno va a creerse todo lo que le cuentan y a disfrutar como un niño para el que relatan una historia fantástica: no se trata de creerse o no creerse la historia, como siempre parecen empeñarse todos en las discusiones sobre esta novela de Benítez (es una novela, por Dios, y Benítez un embaucador, uno muy bueno si se me permite decirlo), sino de dejarse engañar sin oponer resistencia, ya tendremos tiempo de despertar cuando devolvamos el libro a la estantería.

Como supongo que ya han adivinado, ésta no es una reseña seria sobre Caballo de Troya, pues ya he avisado previamente de su escaso nivel literario. Pero aún así y todo la recomiendo. Lean Caballo de Troya. Pero léanla como quien jamás ha leído un libro, con la inocencia de un niño al que le cuentan una historia fantástica y está dispuesto a creérselo todo. Luego ya podrán restregar por la cara a sus compañeros de pupitre que los dragones no existen, pero mientras se sumergen en el libro finjan que sí, que existieron y que podrían encontrarse evidencias de uno en cualquier momento. Así podrán disfrutar de esta historia (que sí es muy disfrutable) y, no lo olviden, si lo hacen “sus principios de tambalearán”.

>Viaje al Oeste (12)

>

En su camino hacia el oeste, Tripitaka y sus discípulos atraviesan un reino compuesto únicamente por mujeres, y su reina quedará prendada del monje, por lo que organizará de inmediato su boda con él. Tripitaka accederá con la intención de escapar antes de que se consume el matrimonio y no perder así ni una gota de su Yang. Todo este plan es urdido para poder salir del trance sin derramar la sangre de las muchachas del reino que, a fin de cuentas, son humanas y no demonios. Sin embargo, cuando se disponen a escapar, el monje cae en las manos de un demonio que pretende acostarse con él para robarle su Yang y convertirse así en inmortal, y al que el Rey Mono no tendrá inconveniente en matar para liberar a su maestro. Tras todo esto, Tripitaka bebe de las aguas de un río que tienen la propiedad de embarazar a quien las toma, por lo que queda en estado. Para acabar con su embarazo debe beber el agua de un estanque, único remedio capaz de provocar el aborto, pero un monstruo lo protege y no está dispuesto a permitir que se lleven tan preciado líquido.

Ante tan sorprendente historia para los tiempos que corren, sólo se me ocurre recapacitar sobre una serie de cosas. La primera es el abierto desprecio que el budismo (esa religión tan adorada por tanto iletrado que al mismo tiempo desprecia el cristianismo, cuyos principios me parecen infinitamente más dignos) hace del sexo femenino. No hace falta ningún estudio en profundidad para entender que el tan preciado Yang que proporciona virtud y que hay que atesorar a toda costa no es otra cosa que el esperma. Las mujeres no sólo son despojadas de toda virtud por carecer de él, sino que son degradadas aún más al ser ellas las no lo arrebatan, alejándonos de este modo de la perfección.

Dejando a un lado estas consideraciones místico-religiosas, pasemos a lo moral y cultural, que es lo que me interesa. Resulta (o me lo resulta a mí) sorprendente cómo coexisten en la misma historia una visión tan tradicional del amor y el sexo (tradicional para los católicos, al menos) y otra tan “progresista” del tratamiento de las consecuencias de este último. Mientras que lo que prima en el tiempo que Tripitaka pasa entre las mujeres es el amor que la reina siente por él, con el sexo como consecuencia lógica de ese amor, cuando es raptado por el monstruo, lo único que este último busca es sexo, quedando así convertido en un acto vil y reprobable (propio de monstruos), al ser despojado de su irrenunciable compañero. Pero no es esto tan cristiano como puede parecer, pues a pesar de ser presentadas ambas cosas como partes de un todo en el que el sexo no puede existir sin el amor (aunque sí el amor sin el sexo), al menos no sin mancillarse, ese sexo no da jamás indicaciones de estar dirigido a la procreación, sino que se presenta como un fin en sí mismo, lo cual resulta lógico si tenemos en cuenta que nos movemos en un ámbito en el que todo destino está escrito de antemano y dominado por la rueda de las reencarnaciones.

Quizá esta última afirmación que acabo de hacer pueda explicar por qué no se da mayor importancia a un acto como el aborto, que es enfocado con enorme naturalidad, sobre todo si tenemos en cuenta que quien pretende abortar es un monje sin tacha que lleva dedicado a la virtud durante diez reencarnaciones seguidas y que siempre actúa para seguir los designios de Buda y del bien supremo. Pero no es sólo la lógica tranquila con la que se trata el aborto lo que sorprende, sino el dilema que supone la historia en su conjunto. Como recuerdan, el monje Tang bebe de las aguas del Arroyo de la Fertilidad sin saber a qué se está exponiendo, por lo que queda embarazado “por accidente”. Y ese “accidente”, de haber llegado a término, podría haber acabado con su misión en la vida: recoger las escrituras de la mano de Buda. Es cierto que nosotros no tenemos misiones tan grandilocuentes, pero quién más, quién menos, quiere llevar a algún término su propia vida. Así que ¿es esa la justificación necesaria para tal acción? En realidad, en estas circunstancias el aborto no supone un gran problema, sólo el leve retraso de la colocación de ese espíritu en la rueda de las reencarnaciones (no olvidemos que los abortistas Tripitaka y sus discípulos son aquí los representantes del bien, mientras que es nada menos que un demonio quien quiere impedir el aborto), pero resulta agradable ver en estas tres historias tan antiguas una gradación ilustrativa de las prioridades vitales, que pueden ser razonadas cada vez y puestas en su lugar, y no el inamovible concepto de bueno y malo al que la moral católica nos tiene acostumbrados y acorde al cual hay que organizar todo discurso.

>Colón contra la iglesia

>

Voy a ser breve porque incluso yo me canso de quejarme de la iglesia católica y los ayuntamiento y gobierno de Madrid. El domingo, día dos de enero, pasaba yo a las siete de la mañana, más o menos, por la Plaza de Colón para ir a trabajar cuando, bajando por la calle Génova, descubrí aquello totalmente vallado y sin abertura ninguna para que la gente de bien pudiera cruzarla, mostrando un desprecio total y absoluto por aquellos de nosotros a los que bien poco nos importaba el anual baño de multitudes que ahí suele darse el señor Rouco Varela para sentirse más poderoso e importante. Supongo que, tal y como comenté hace dos años, éste también habrá habido unas cuantas sesiones de altavoces atronadores durante los preparativos, aunque, miren, me los he perdido, mis tímpanos han sufrido menos. Vaya por delante que entiendo que toda religión debe llevar a cabo una manifestación pública de la fe, en contra de lo que quieran defender algunos modernos progresistas tolerantes europeizados, pues uno de sus principios es el proselitismo, que los católicos llaman apostolado y no sé cómo denominan el resto de religiones. Lo que no entiendo tanto es 1) por qué esa manifestación pública debe hacerse molestando sistemáticamente a los conciudadanos, con una casi irrenunciable contaminación acústica y cortando las principales arterias de las ciudades para colapsar de esa manera el tráfico (cualquiera diría que Madrid no dispone de grandes explanadas para celebrar esa misa sin necesidad de cortar las grandes avenidas); 2) por qué debemos ser nosotros los que paguemos los caprichos megalómanos de la iglesia católica, tanto de manera indirecta, con todo el despliegue de medios públicos para la seguridad del evento, como directa, a través de la declaración de la renta (que quiten de una vez la casilla de la iglesia católica o que pongan otra para los musulmanes, otra para los budistas, otra para los adoradoradores del diablo y otra para quien haga falta); y 3) por qué esta manera de tomar las calles les parece tan perfecta a los mismos que pondrían el grito en el cielo (no me negarán que la expresión viene que ni pintada) si otra fe pretendiera llevar a cabo las mismas prácticas.

Pues eso, que al final tuve que saltar las vallas para cruzar la dichosa plaza, bajo la reprochadora mirada de los fans que a esa hora ya habían cogido sitio para el concierto (viendo el tamaño de los altavoces debía de tocar U2, por lo menos) y el temor de que la policía me fichara por violar el cordón de seguridad. Y es que, para los que no vivan en esta ciudad, aquí se acostumbra a cerrarles el paso a los peatones sin abrirles jamás otro camino alternativo.

>Hermosa retórica

>

Ayer El País publicaba un artículo inusualmente interesante, firmado por una tal Sinnead O’Connor, a quien desconozco por completo, al parecer una músico dublinesa. Ella se quejaba de la carta de falsa disculpa escrita por el Papa con respecto a los abusos sexuales cometidos en Irlanda y en la que, como todos ya sabemos, dice que le horroriza lo sucedido (o algo así), habla de perdón y de orar y esas cosas, pero hace también un vergonzoso ejercicio de caradura al tomarlo por un problema de la iglesia irlandesa y no asumir la responsabilidad que él tiene como jefe supremo de todos los obispos, estén donde estén. Por no mencionar que oculta que fue informado de todo esto cuando también él era obispo y no hizo nada al respecto, es más, también lo ocultó entonces. Y estamos hablando de ocultar un delito: ¿Hay alguna ley que impida juzgar al Papa?

Todo lo que dice está perfectamente razonado, así que, por favor, léanlo. De todos modos el párrafo que me ha llegado al alma es el siguiente:

El Vaticano está actuando como si no creyera en un Dios que todo lo ve. Quienes dicen ser los guardianes del Espíritu Santo se dedican a aplastar todo lo que el Espíritu Santo representa. Benedicto es culpable de dar una imagen falsa del Dios al que adoramos. Todos sabemos, en el fondo de nuestro corazón, que el Espíritu Santo es la verdad. Por eso sabemos que Cristo no está con esos que le invocan con tanta frecuencia.

Supongo que se habrán dado cuenta de porque me ha llamado tanto la atención está frase. Ni más ni menos que porque utiliza la misma retórica a la que tan acostumbrados nos tiene la iglesia, contra ella. Son verdades absolutas, inatacables y realizadas desde la fe. Como todas esas que tenemos que tragarnos, al menos en España, todas las semanas por parte de la Conferencia Episcopal. Qué maravillosas que son cuando se vuelven contra aquellos que las escupen habitualmente. Bueno señores, me voy a levitar un rato.