Crónicas asiáticas (8) Inspeccionando

El mundo cambia a gran velocidad, eso dicen, y ahora compruebo que es cierto, al menos en lo que respecta al mío. Aunque en realidad no es tanto el cambio, pues lo que observé me dejó un sabor agridulce (me pregunto qué sentido tendrá la frase que acabo de escribir en este país en el que tento abunda el “cùtáng” en las comidas).

El caso es que si el otro día expliqué que había visto la imposible imagen de un policía poniendo una multa, en este caso he asistido a la aún más inverosímil escena de un tipo realizando ¡una inspección de sanidad! Y veo que, al igual que lo hice en la anterior ocasión, tendré que ponerlos en antecedentes para que puedan comprenderlo. Aquí los restaurantes acostumbran muchas veces a ser cuartuchos en los que con suerte hay un aire acondicionado tipo “here lies Walt Disney” (esto es, un pie de unos dos metros de altura con una rejilla en su parte superior) y que acumula, sin que nadie lo limpie, la grasa de las últimas cinco mil comidas que han pasado por ahí, mesas más pegajosas de lo que nos gustaría, sin salidas de emergencia y con cocinas y baños que mejor no visitar si pretendemos comer ese día (aunque esto último se extiende también a muchas casas particulares). Los mercados son lugares en los que la carne se expone sin refrigeración de ningún tipo mientras el carnicero le espanta las moscas con la mano y otro tanto el pescado, que de vez en cuando sí que recibe un manguerazo para “mantenerlo fresco”, mientras que los puestos de frutas y verduras van arrojando sin piedad al suelo todo aquello que se va poniendo malo, creando unos charcos en los pasillos que a veces llegan a ser nauseabundos y con los uqe cohabitan vendedores, compradores y el resto de la mercancía. Eso cuando no se aprovecha cualquier puente de los muchos que hay en Pekín para extender bajo él, en el suelo, las hortalizas, y vendérselas a los viandantes o a los coches y bicicletas que paran en la calzada, a la altura del improvisado puesto, para comprar esos productos macerados por el humo de los tubos de escape que se acumulan en el interior del túnel.

Así que ya me contarán dónde, en medio de todo esto, cuadra una inspección de sanidad. Pero la inspección fue en una cafetería de Beijing nanzhan, y éstas al menos sí que guardan las formas.

La cosa es que entraron al local varios trabajadores de la estación uniformados y, tras ellos, un tipo con una libreta en la mano que se quedó mirando dos aparatos portátiles de aire acondicionado que había en la entrada: no, esta vez no era tipo Walt Disney, se trataba de unos aparatos sin instalación que en España no habrían pasado ninguna inspección pero que estaban limpios y cumplían con su cometido, así que perfecto. Pero entonces fue cuando el inspector señaló un tubo (un poco feo, pero nada más) que pasaba sobre mi cabeza y que era el encargado de hacer que los cables de la luz subieran hasta unas lámparas que colgaban del techo. Aquello tenían que arreglarlo, que daba muy mala imagen. Yo no salía de mi asombro. ¿Han leído lo que he escrito antes sobre las condiciones higiénicas de algunos lugares? ¿Y aquí les molestaba que un tubo fuera feo? Luego se marchó sin más.

Pero ya dije antes que en la China no hay control. La inspección la recibieron porque estaban en la más moderna estación de tren de Pekín y quieren dar imagen con ella, y porque era una cafetería perteneciente a una cadena. Porque si lo que quieren es sanidad que se pasen un día por mi anterior barrio (lo tienen bien cerca) donde encontrarán puestos de comida en la calle a todas horas, algunos de los cuales la esconden debajo de los coches aparcados, restaurantes que cocinan en la calle porque no tienen cocina, montañas de desperdicios de la gente que come, salas de juego (¡¡¡3!!!) en un país en el que el juego es ilegal, aceite negro de tantísimas veces como ha sido reutilizado, chatarreros rebuscando en las basuras y dejándolo todo después como un estercolero… Y todo esto ¡alrededor de una comisaría! Y todos ellos sin licencia de ningún tipo pero, claro, nadie tiene ganas de controlarlo.

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Crónicas asiáticas (6) Shijiazhuang (1)

Shijiazhuang es considerada como la ciudad más contaminada de la China, lo que podría equivaler a decir del mundo. Las calles allí no son un lugar agradable, ni tan siquiera aconsejable para pasear. En ocasiones las aceras se vuelven tan estrechas que resultan impracticables, muchas veces con una fila de árboles justo en su centro que lo obligan a uno a caminar como si se encontrara en la fase de mayor afectación de una terrible borrachera, o bien invadidas por los escombros de edificios a sus lados y que parece que jamás vayan a retirarse, las más de las veces con tapas de alcantarillado levantadas o en tan precario equilibrio que resulta del todo desaconsejable poner el pie sobre ellas, o con baldosas levantadas, hundidas o ausentes. Todo eso cuando nuestro camino no lo conforma una especie de sendero horadado en la tierra. A esto, además, hay que añadir el terrible tráfico de la China en general y del pueblo de las casas de piedra en particular. Porque si bien es cierto que en todo el país se conduce se conduce bastante mal, aquí se hace peor que, por ejemplo, en Beijing. Y es que coches, autobuses, taxis, bicis, motos y una larga serie de aparatos que no sé ni cómo llamar, circulan por las calles como un enjambre de abejas, sin chocar entre sí (las más de las veces) pero sin ningún tipo de orden (otro día se lo explico). En muchas ocasiones, por si eso fuera poco, los coches aparcan sobre las aceras, o bicis y motos las utilizan para circular, o éstas se transforman en descomunales aparcamientos para bicicletas.

Así que, como ven, las calles de Shijiazhuang no están pensadas para el esparcimiento de sus ciudadanos. Entonces… los habitantes de esta ciudad… ¿jamás salen a la calle? La cosa no es exactamente así. La ciudad está sembrada de parques a los que sólo las personas a pie tienen acceso. Aunque siempre se plantea el problema de tener que llegar hasta ellos. Y el mayor punto de ocio para los jóvenes parecen ser los centros comerciales, todos en el centro de la ciudad y todos eternamente llenos.

Pero el ocio también se desarrolla en la calle. La gente juega en las aceras, bien en el suelo o bien en pequeñas mesitas que apenas levantan medio metro, sobre todo al majiang y al ajedrez chino, por lo general a la sombra de un árbol que a mi modo de ver protege del calor poco o nada, créanme.

Así que encontramos aquí sólo dos tipos de ocio: gastar dinero en los centros comerciales u ocupar el tiempo sin gastarlo paseando o jugando en las calles o los parques. No esperemos dar aquí con cafetería o bares como estamos acostumbrados, pues los chinos no parecen tener excesivo gusto por beber en compañía, al menos no si esa bebida no está acompañada por una buena comida, lo que provoca una superpoblación de restaurantes por todas partes, que parecen funcionar sin descanso haciendo caso omiso de los horarios de las comidas, siempre con gente sentada en sus mesas; o meros puestos de comida en los que se compra algo y se come mientras se camina por la calle, o en pie o sentado en una acera por lo general llena de polvo, o barro o cosas peores que no merece la pena enumerar.

Pero si buscan un poco sí que podrán encontrar cafeterías, algunas hay, pensadas sobre todo para americanos y europeos. Aunque en ellas no podrán continuar con los precios medianamente bajos de los restaurantes y otros lugares de ocio, pues un café tiene un precio medio de unos 25 yuanes algo que se hace caro también para nuestros bolsillos. Así que aquí los McDonalds y KFC se convierten a su vez en cafeterías, donde puede observarse a los chinos pedir casi cualquier tipo de bebida excepto café.

Shijiazhuang (y toda la China en realidad) parece un lugar pensado para comer, perfecto si se quiere ir de restaurante en restaurante probando todo tipo de platos y mejor aún si se tiene un estómago capaz de resistir el picante en grandes dosis, o para disfrutar de sus parques, pero poco aconsejable si sólo se quiere disfrutas de un café, unas cervezas o bebida en general, o bien recorrerla a pie como buenos turistas.

>Hora de comer

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Si alguna vez comencé una dieta, ésta se fue definitivamente al carajo el sábado. Y es que no se nos ocurrió mejor idea que ir a uno de esos lugares llamados bufés libres, en los que la posibilidad de comer sin límite hace (al menos en mi caso) que uno quiera probar todos y cada uno de los platos que allí se encuentran. Adelanto que tal intención fue imposible de llevar a cabo debido a la desproporcionada cantidad de comida que allí había reunida: comida china, mariscos, sushi (un tipo hacía las bolitas de arroz y colocaba el pescado sobre ellas sin parar), comida española (con otro tipo preparando paellas a destajo), comida italiana, wok, pizzas, una parrilla de carnes argentinas en la que cocinaban todo en el acto, otra parrilla con pulpos, sepias y gambas, cinco tipos de tarta, panacottas (ni sé ni me interesa saber el plural en italiano), flanes, yogures y muchas frutas distintas, rematado todo esto por un tipo que hacía crepes sin parar.

Y ahora díganme si no es como para engordar 20 kilos en la misma comida, más aún con el afán que yo tengo por probar todos los platos en este tipo de sitios. Ni que decir tiene que no logré cumplir mi objetivo: ni pizza, ni ostras, ni lomo, ni chorizo criollo, ni pasta, ni wok… Y descartando así parece que no comí nada, pero no pueden hacer una idea de todo lo que entró en mi estómago: pollo crujiente, cangrejo, chopitos, sepia, langostinos, carne especiada, solomillo, sushi, calamares, tartas, crepes, fruta, flan y un largo etcétera.

Así que ya saben: si quieren la próxima cena la hacemos en Madrid, que me quedé con ganas de probar el resto.

P.D.: Y si el sábado tocaba la calidad (y la cantidad, para qué negarlo), el domingo lo castizo, que tampoco está mal: un bocata de calamares y una caña servidos sobre un mantel que acumulaba el aceite de generaciones en una tasca que jamás había conocido reforma alguna, y de postre un helado de mojito en una heladería italiana no muy lejana.

Y dejemos ya de hablar de comida, al menos en una buena temporada.

>Gastronomía coreana

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Este último sábado me vi envuelto en lo que creo que fue una de las cenas más extrañas de mi vida: casi llegó un punto en el que no sabía cómo hablar, o comer, o nada. Vamos por partes. La cena era en un restaurante coreano, yo nunca había estado en uno y por ello no tenía ni idea de lo que se come allí. Suponía, como creo que suponen muchos europeos, que al ser un restaurante asiático la comida sería similar a la de un chino, pues todos sabemos que chinos, japoneses, tailandeses y coreanos comen lo mismo: iluso.
El caso es que llegábamos a la cita con cinco minutos de retraso y mi acompañante me urgía sin cesar a darme prisa, repitiendo una y otra vez que los españoles siempre llegábamos tarde, y me lo decía a mí, que acostumbro a ser un ejemplo de puntualidad (con alguna excepción, claro, no conozco a nadie que nunca se haya apartado ni una sola vez de su propia norma). Pero es que habíamos quedado a las ocho de la tarde (porque en España las ocho siempre serán de la tarde por muy oscuro que sea) y esa es una hora extremadamente temprana para cenar.
Sin embargo no podía quejarme pues la compañía que allí me aguardaba era mayoritariamente china, y ellos habían retrasado en dos horas su hora habitual de cenar, para favorecernos a un italiano y a mí, que éramos los únicos elementos occidentales de aquel extraño grupo. Yo no había visto al italiano en mi vida, pero no me hacía falta para largar las siguientes obviedades, que parecían escapar al conocimiento de aquellos hijos del imperio eterno: “Los italianos cenan aún más tarde que los españoles, así que si para mí es pronto imagina para él,” o “¿A qué viene tanta prisa? Es un italiano: siempre llegan con al menos media hora de retraso a todas partes; de hecho, llegar con esa media hora de retraso es llegar puntual para ellos.” Pero ni caso. Fuimos a toda velocidad hasta el restaurante.
Una vez allí vimos que los otros tres chinos ya habían llegado (la puntualidad inglesa es una chorrada al lado de lo de esta raza), pero ni rastro del italiano. A las ocho y cuarto comenzaron las incursiones del camarero, preguntando qué íbamos a cenar, al tiempo que comenzaban nuestras explicaciones: “Todavía falta uno: ¿podría esperar a que llegue?” A las nueve menos veinte el camarero ya estaba visiblemente enojado porque llevábamos allí casi una hora y aún no habíamos pedido, y el italiano sin aparecer. Afortunadamente llegó justo entonces y comenzó el espectáculo.
Describo al grupo. Allí estábamos una china que hablaba alguna palabra suelta de español (y no sabéis lo cierto que es eso de alguna palabra suelta) y sólo chino, un chino que hablaba sólo español con bastante soltura (y chino, evidentemente, pero nada de inglés), una china que hablaba inglés perfectamente y sólo unas cuantas frases básicas en español, otra china que hablaba medianamente bien inglés y español sin ningún problema (con la salvedad de alguna que otra palabra), un italiano que se defendía bastante bien en español y guerreaba con el inglés, y yo (para los despistados, perfecto español y en incesante batalla con el inglés). Podéis imaginaros cómo era la conversación: no había una sola frase que empezara y acabara en el mismo idioma, no digamos la misma persona.
El caso es que por fin estábamos todos, y comenzamos a pedir. Bueno, comenzaron. Porque en semejante algarabía idiomática yo no me enteraba de nada y dejé que se ocupara la comunidad china (lo mismo hizo el italiano, pues estuvimos charlando -en español- mientras ellos pedían la cena y volvían loco al camarero coreano con no sé qué té de ginseng). Era para verlo: un montón de tipos con los ojos todos iguales y que no se entendían entre ellos. Alguno de los chinos parecía saber algo de coreano, pero evidenciaba no ser lo suficiente como para entenderse con el camarero que, por otra parte, hablaba un español más que aceptable, pero los chinos parecían empeñados en saberlo todo sobre la comida coreana antes de ordenar nada, lo que en castellano dificultaba bastante el proceso por razones evidentes.
Al fin consiguieron pedir y llegó la comida: creo que no había un solo plato que no llevara picante, de lo cual sólo parecíamos percatarnos el italiano y yo. He conocido a mexicanos que comían platos sumamente picantes, pero nada comparado con la cantidad de picante que es capaz de ingerir un chino. Me gustaría poner a un representante bien curtido de cada país en una mesa con los platos más picantes de cada uno y ver quién era el primero en abandonar: yo sin dudarlo apostaría por el chino (no en vano ha sido la gastronomía china la que ha plantado frente a mí un plato de pescado picante -algo inaudito para mí hasta entonces- y no he conseguido terminarlo debido al picante, record que no ostenta ningún plato mexicano hasta la fecha).
Hago un breve resumen de lo que ingerimos: una col fría cubierta de una sustancia roja que resultó ser pimentón picante; algo gelatinoso que según me informaron era pasta de arroz y de cuyo ataque a la punta de la lengua parecí darme sólo yo cuenta; unos calamares que no abandonaron el gusto por el picante que ya reinaba sobre la mesa; un plato de arroz típico de Corea, servido en un cuenco de piedra, también picante; carne cruda de todo tipo para asar en unas brasas que había sobre la mesa y que constituyó el único plato no picante de la cena; y sushi de lo que creo que era gamba, salmón y merluza. Evidentemente el sushi venía acompañado por washabi (espero haberlo escrito bien, no sé), que se reveló no tan picante como siempre me habían advertido, más bien con cierto parecido a un caramelo de menta muy fuerte (el vinagre de soja -eso creo que es lo que era- se impuso como mucho mejor acompañante para este plato).
La cena terminó y las idiosincrasias china y europea chocaron: todos los chinos querían regresar a sus casas, pues para ellos la cena suponía el ocio, mientras que para nosotros sólo era la parte previa a ese ocio. De todos modos, teniendo en cuenta mi situación económica actual y los ELEVADÍSIMOS precios de Madrid (Barcelona ya me parece de lo más barato) decidí unirme al bando chino y regresar a casa yo también. Eso sí, recomiendo a cualquiera que tenga un estómago fuerte y curiosidad por probar una comida asiática que en nada se parece a la china que se acerque por un coreano. Francamente bueno.