La mujer de Martin Guerre

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JANET LEWIS, La mujer de Martin Guerre

La mujer de Martin Guerre cuenta la historia de un célebre caso judicial acaecido en Francia en 1560, en el que tras varios años de ausencia, un marido regresa a su hogar visiblemente cambiado en su modo de ser y, al cabo del tiempo, es acusado por su mujer de ser un impostor que ha tomado el lugar de su verdadero marido. La historia sonará conocida a muchos, pues fue llevada al cine, con Gérard Depardieu en el papel de Arnaud du Tilh, y años más tarde en un drama romántico interpretado por Richard Gere, titulado Sommersby.

La verdad es que no hay escondido entre las líneas de esta novela breve ningún significado oculto, ni se critica ni se enjuicia la sociedad, tampoco hay una profunda reflexión sobre la condición humana… No hay, en suma, ninguna de esas cosas que siempre se empeñan en hacernos ver en las grandes historias, tan sólo la historia (la propia Janet Lewis ya nos indica en el prólogo que tan sólo había “intentado ser tan fiel a los acontecimientos históricos como permite la lejanía en el tiempo y en el espacio). Y sin embargo es magnífica. Una magnificencia construida con una profusión de detalles que remarcan tanto el paso del tiempo como el carácter y estado anímico de los personajes, y que evitan toda descripción que no tenga un claro objetivo en el desarrollo de la historia. Uno no puede evitar verse atrapado y estremecerse ante el duro carácter de messieu Guerre, guardar siempre una prudencial distancia anímica frente a Martin Guerre, sentir cierta simpatía por Arnaud du Tilh o tener la certeza, aún sin disponer de ninguna prueba para ello, de que Bertrande de Rols está en lo cierto.

Personalmente lo más sorprendente es que la escritora, Janet Lewis, sea estadounidense. Y digo que me sorprende, porque leyendo La mujer de Martin Guerre casi parece que hubiera nacido y crecido en una aldea pirenaica como esa en la que tiene lugar la historia. Los hechos se producen en una aldea llamada Artigue, cercana al río Garona, y las referencias al paisaje pirenaico en cada época del año no sólo hacen referencia al estado emocional de la protagonista, sino que resultan tan vívidas que alguien acostumbrado a esos paisajes no puede sino asentir ante la exactitud de lo que está leyendo. Casi parece que, cuando Lewis habla de fidelidad en su prólogo, no sólo buscara la fidelidad a los acontecimientos, tal como ella misma afirma, sino que persiguiera una fidelidad total: a los hechos, a las costumbres y al paisaje, puesto que sin estos últimos los primeros carecen en gran medida de sentido. Y toda esta fidelidad se lleva a cabo sin sacrificar ni un poquito una expresión que resulta profundamente poética y que sin duda hace mella en un lector que pasa por el mismo proceso de preocupación, alegría y angustia de Bertrande.

Merece un apunte especial la división casi cinematográfica de la historia en tres desiguales capítulos que provocan una sensación de que todo se nos ha acabado demasiado rápido, pues uno se queda con ganas de seguir leyendo, de seguir sabiendo qué viene detrás de ese final que le ha dejado tan insatisfecho como insatisfecha se ha quedado la protagonista (se trata de un final justo, aunque diste mucho de ser feliz ni de satisfacer a nadie). La novela tiene un largo primer capítulo de casi cien páginas en el que se nos cuenta toda la historia, desde la boda de Martin y Bertrande, poniéndonos en antecedentes de la relación entre las dos familias, hasta la acusación de ésta sobre su falso marido. Esa es la parte larga de la novela, en la que más tiempo pasamos. Los capítulos segundo y tercero tienen unas veinte páginas cada uno y cuentan el primero y el segundo juicios respectivamente. Esta disposición hace que todo se precipite hacia el final, pero también esto resulta de lo más natural, pues una vez iniciados los juicios, nada más necesitamos saber de los protagonistas, todo se nos ha contado en el primer capítulo: ahora toca el desarrollo histórico de los hechos. Sin demasiadas explicaciones, tratando al lector como un adulto, sin el exceso de explicaciones de los best-sellers actuales: “Los hermanos Arnaud, al verse confrontados a dos hombres tan extraordinariamente parecidos, dudaron y luego, dando la espalda tanto al preso como al soldado, imploraron al tribunal que los dispensara de prestar testimonio. El tribunal, con una humanidad infrecuente en aquel siglo, así lo hizo. Con su petición ya habían testificado más de lo que imaginaban”. Y ahí lo deja, jamás pasa a explicar por qué no era necesario su testimonio, ni a desmenuzar los motivos de esta acción como sin duda haría un escritor de intrigas judiciales hoy en día. No es necesario hacerlo, un lector despierto (un lector adulto) no necesita la información, y Janet Lewis nos trata como a lectores adultos, cosa que engrandece la parte de intriga de su novela tanto como su maravilloso desarrollo narrativo había engrandecido la parte más sentimental.

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La gitanilla

la gitanilla

MIGUEL DE CERVANTES, La gitanilla

La gitanilla es la primera de las Novelas ejemplares de Cervantes (a pesar de que una fecha en su trama haga pensar que pudo ser la última o de las últimas en escribirse), un tomo de doce novelas, como si se tratara de una parte de comedias, sobre cuya nomenclatura más seguro estaba Cervantes y más inseguros estamos todos los demás. Digo que él estaba más seguro, pues en su época la palabra novela no se ajustaba a lo que hoy entendemos por ella, y él nunca la utilizó para referirse a su Quijote o al Persiles, a los que se refería como “libro”. Pero siempre tuvo claro que esto eran novelas. Fue el apellidarlas como ejemplares lo que nos hace dudar a nosotros ahora, pues no tenemos forma de saber a qué se refería con tal adjetivo: no creemos al manchego tan pagado de sí mismo como para pretender que fueran un ejemplo de cómo debía novelarse, ni siquiera un ejemplo moral (a pesar de que muy buena nota podría tomarse de algunas de las cosas que en ellas suceden), así que la mayor parte de la crítica lo considera a día de hoy como una especie de salvoconducto frente a la censura para expresar que nada malo a las costumbres había en ellas. Pero nadie puede asegurar esto tampoco.

La gitanilla es una novela romántica, disfrazada de algo exótico en su forma externa, por la compañía de gitanos en la que todo sucede, pero que al final revela una trama bastante habitual. No pretendo menospreciarla, ni siquiera criticarla con estas palabras (jamás se me ocuririría), sino tan sólo dejar constancia de que en ella lo que vemos no es lo que parece. Un caballero se enamora de una joven gitana cuya hermosura supera la de las más nobles damas, y abandona su vida de noble para convertirse en gitano y poder así casarse con ella. Este comienzo es lo que resulta sorprendente, por dos motivos: la extraña belleza de un personaje de baja estofa, capaz de infundir tan elevados sentimientos en alguien tan, en principio, fuera de su alcance, y el abandono de buen grado de toda su nobleza y dignidad por parte de un noble, para ingresar en una comunidad de ladrones al margen de la sociedad.

Porque esa es otra, a los amantes de la corrección social la gitanilla les rechinará desde la primera frase: “Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones; nacen de padres ladrones, críanse ladrones, estudian para ladrones, y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo, y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como accidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte”. Y no es la única lindeza que el narrador les dedica, pues en el correr de la historia podemos encontrarnos alguna otra, como la siguiente: “Llegose a él Andrés y otro gitano caritativo –que aun entre los demonios hay unos peores que otros…” A pesar de lo cual no salen tan mal parados, pues si bien la voz del narrador se dedica a enunciar estos y otros tópicos sobre los gitanos, los acontecimientos parecen empeñados en desdecirlo, mostrándolos por sus palabras y acciones más nobles, en ocasiones, que aquellos de los que cabría esperar nobleza. Pero, a pesar de ello, resulta bien complicado que los dos protagonistas de una novela de amor, pudieran pertenecer a esta raza, cosa que se resolverá en la anagnórisis final.

La historia transcurre por los caminos de los amores imposibles, las falsas identidades, los secretos… algo típico de las historias románticas. Pero tiene un elemento muy especial que le permite poder transitar nuevos caminos: sus protagonistas. La excusa de hacer pasar a los dos amantes por gitanos, no sólo concede protagonismo a esta raza, algo bastante extraño y más para este tipo de juegos normalmente reservados a protagonistas nobles, sino que permite a Cervantes tratar a sus personajes con un estilo que en ocasiones se sale de los convencionalismos. Y es que, si bien los celos asaltan en varias ocasiones Andrés Caballero, nombre gitano que recibirá el protagonista masculino, Preciosa, la gitanilla, les pone freno de una manera que escandalizaría en una cortesana. Cervantes era casi revolucionario en su tratamiento de la mujer, y si bien en este tipo de historias, al igual que en las comedias de capa y espada, es normal que las damas tomen la iniciativa, no lo es tanto que lo hagan con ese desprecio de la convención social que demuestra Preciosa, quien no sólo afea sus celos a Andrés, sino que le pone las cartas sobre la mesa dejándole bien claro que no tiene derecho a tenerlos, que si los tiene no tiene nada que hacer con ella, que ella tratará con cuantos hombres le venga en gana, pues de su habilidad en el trato con la gente sale su sustento, y que él deberá confiar en ella y en que nunca le será infiel con ninguno. Y el caballero, para pasmo del lector, acepta. No será esta una novela en la que los amantes suspiran el uno por el otro sin cesar, pues los dos se han aceptado, y no hay impedimentos para su amor, con excepción de la condición de Preciosa, que es el período de dos años que deberán esperar antes de la boda, por si su relación no va todo lo bien que esperaban. Y si no funciona, antes de la boda la romperán y aquí paz y después gloria. Vamos, un noviazgo sin compromiso para ver cómo se amoldan el uno al otro antes de comprometerse, un concepto bastante revolucionario, si se me permite, y que da una gran libertad a la mujer, de la que no disponía en otras historias de la misma época.

Claro está que todo esto se lleva a cabo bajo el subterfugio de que son gitanos, y por lo tanto viven en una sociedad al margen, cuyas costumbres ni coinciden con las de la gente “respetable”, ni importan a esta gente “respetable”. Lo cual no quita para que esta forma de actuar, más que criticada se vea reforzada por los acontecimientos y, aventurándome más de la cuenta, me atrevería a decir que incluso reivindicada. Pero todo esto cambia tras la anagnórisis, cuando se da cuenta del verdadero origen de los amantes, y a partir de entonces todo ya se desarrollará de una manera mucho más normal, con artificio, emparejamiento y boda inmediata.

El amor duele

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KIRIKO NANANAN, El amor duele

En lo referente a los cómics, la editorial Ponent Moon suele ser indicativo de calidad en casi todo lo que publica. Quizá no de obras maestras (aunque sí en algunos casos), como lo pretende en los resúmenes de algunas de sus solapas, pero sí de calidad. Esto viene a ser lo que sucede en el caso de El amor duele. Si uno lee lo que dice su solapa, puede tener la impresión de encontrarse ante la gran obra maestra del cómic del siglo XX. Ahí nos sorprenden con afirmaciones como “en veintinco punzantes capitulos Kiriko Nananan explora el amor en todo su cruel explendor”, “la verdad invisible de lo visible” o “autora nipona doctorada en hurgar en lo más hondo de nuestros sentimientos y dejarlos expuestos a flor de piel”. Las expectativas ante esto se vuelven muy elevadas, quizá demasiado, y lo que encontramos dentro no es tan especial, ni tan revelador, ni tan relevante. Muchas veces lo hemos visto ya en otros cómics japoneses u occidentales románticos. Jovencitos que se enfrentan a sus primeras relaciones y sus primeros desengaños, un sentimiento exacerbado que se convierte en aquello alrededor de lo cual gira toda su vida, la relación del sexo con el amor o la independencia de uno con respecto del otro, las relaciones formales y supuestamente adultas frente a la libertad de la soltería en las edades tempranas… todo esto ya nos suena conocido y muchas son las veces que lo hemos visto en relatos adolescentes.

Porque esa es la clave: adolescentes. El amor como centro gravitatorio de todo sólo aparece en las historias adolescentes o de temprana juventud, cuando las perspectivas de vida remiten a la autorrealización, a encontrarse a uno mismo, y los problemas vitales son más bien de índole inmediata. Cuando en nuestra existencia se cruzan los problemas sociales, económicos, familiares, las perspectivas de futuro y demás, no es que el impulso romántico desaparezca, pero queda suavizado y asimilado al resto de elementos de nuestra vida. Ningún adulto vive supeditado a ese único impulso romántico que con tanta fuerza nos arrastraba en nuestra juventud. Y no es que ya no lo sintamos: es que hemos aprendido a manejarlo. Las verdaderas preocupaciones son aquellas que no dependen enteramente de nuestra voluntad.

Así que las palabras de gancho de la solapa se quedan en eso: en unas simples palabras de gancho. Vemos a esos adolescentes poseídos por sus emociones, pero estamos muy lejos de sentirnos arrastrados por ellas, pues reconocemos al instante la influencia del momento vital de los protagonistas y la impostura de la autora.

Lo que realmente destaca de la novela gráfica son sus viñetas, que sí logran modificar nuestra perspectiva. Ni una sola viñeta nos muestra una visión general de la situación que se nos está contando, sino que todas se acercan demasiado a los protagonistas, eliminando el entorno y enfocándolos desde lugares poco habituales y en ocasiones podría decirse que incluso incómodos, ofreciendo así una visión subjetiva. Pondré un par de ejemplos de esto. En un capítulo dos chicas conversan en una cafetería sobre sexo. Una defiende la libertad en el sexo, y nosotros siempre la vemos con viñetas enfocadas desde atrás, siempre laterales, en picados y contrapicados, casi como si no pudiéramos tener una visión clara de ella. Mientras tanto la otra chica defiende lo hermoso de una relación clásica y de que el sexo esté ligado al amor, y todas sus intervenciones vienen acompañadas de viñetas que la muestran de frente y con su rostro muy cercano, de manera que parece evidenciarse su franqueza inocente frente a la esquividad de la otra chica.

En otra ocasión hay dos chicos practicando sexo (adelantaré que no hay ni una sola imagen erótica en el cómic, todos los dibujos estan cortados en el sitio adecuado para que no veamos nada pero lo entenfamos todo, así que no es la lectura adecuada para quien busque un cómic erótico), y ni un solo dibujo los muestra a los dos al mismo tiempo, sino que mientras muestra el rostro de la chica de frente practicándole sexo oral a él (repito, no se ve nada), sus viñetas se alternan con otras de la cara del chico desde un ángulo diferente cada vez y nunca mirando al lector, intercambiando de esa manera los roles clásicos del chico seguro y la chica tímida, y otorgando más seguridad a la chica, que mira de frente, y más inseguridad al chico, que evade siempre la mirada a pesar de que el cambio constante de perspectiva parezca empeñado en buscarla.

En resumidas cuentas, no vamos a encontrar nada nuevo ni revelador sobre el amor en esta novela gráfica, pero sí que vamos a poder disfrutar de una curiosa y estimulante forma de tratar el sentimiento con unas técnicas bastante cercanas a lo cinematográfico.

Música para feos

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LORENZO SILVA, Música para feos

Mónica es una mujer atrapada en una vida repetitiva, soltera sin ganas de serlo pero sin edad para ir por ahí de ligoteo y anulada por un trabajo con el que siente que está echando a perder su vida. Pero tranquilos todos, que no se trata de ninguna novela anodina, sobre personajes anodinos con vidas anodinas. De ser así no habría pasado de las primeras veinte páginas y esta novela la he leído con entusiasmo. En realidad se trata de una novela de amor, y el escaso interés del principio es tan sólo el punto de partida, pues, a pesar de que apenas hay una sola anécdota alegre en todo el relato, se trata de una historia de optimismo y esperanza.

La historia comienza cuando, tras una breve presentación de la protagonista que se irá ampliando conforme vayamos leyendo, ella y una amiga suya van de bares a ligar. En uno de esos bares, Mónica, animada por el alcohol, se acerca a un hombre, Ramón, con el que comenzará una relación, aunque apenas sabrá nada de él durante todo el relato. Y así es como comienza un romance en desigualdad de condiciones, pues mientras Mónica cuenta y cuenta sin parar, deseosa de hacerlo para reforzar así el lazo con esa nueva persona, Ramón apenas dice nada de sí mismo, para poder así mantener la distancia y que ambos puedan cortar el lazo con facilidad en caso de que las cosas no salgan bien. Porque esa era una de las condiciones que él había puesto a su “noviazgo”, que sólo le contaría lo que él quisiera y cuando él lo considerara necesario, así que ella no tenía derecho insistir.

La situación se vuelve un tanto atípica, pues tenemos que entender como romance esta situación en la que una de las partes tiene todo el poder. Aunque quizá decir que tiene todo el poder sea demasiado decir, pues ese derecho de hablar o callar que él se reserva para sí, también se lo otorga a ella. Y es que cada vez que uno de los dos hable sobre sí mismo, sobre su vida, sus aficiones, sus miedos… lo que sea, ya no podrá echarse atrás sobre lo dicho, y con cada nueva información se pondrá un poco más en las manos del otro, hasta que llegue el momento en que ya será muy difícil salir de ahí. No es lo mismo cortar el contacto con alguien del que apenas sabemos nada que con alguien con quien nos une la confianza de saberlo todo de él y que él lo sepa todo de nosotros, y los dos vienen de relaciones que no salieron bien. Y aquí la novela deja claro cómo en las relaciones humanas nos ponemos en manos de los demás. Que el conocimiento es poder es una máxima tan repetida que apenas tiene ya significado para nosotros, pero así es, y en nuestras relaciones siempre buscamos ponernos en manos de aquellas personas a las que hemos elegido, pues no otra cosa es hablarles de nosotros mismos. Así sucede en esta historia en la que la verdadera intimidad de la pareja procede del conocimiento mutuo, no de una larga ni intensa historia de amor. Ramón no permite a Mónica saber, y ella ansía saber. Incluso le niega cosas que nos resultan elementales, como saber a qué se dedica. Y cuando él se abre a ella y se lo cuenta todo, tras tan sólo un par de semanas saliendo juntos, el compromiso que antes se mantenía tan alejado por la falta de información se vuelve absoluto, hasta el punto de que queda concertada la boda entre ambos.

Mientras leía esto no podía evitar acordarme de la obra magna de Javier Marías, Tu rostro mañana, que precisamente comienza con la frase “No debería uno decir nunca nada”, tras la que viene toda una explicación de cómo nos ponemos en manos de los demás cada vez que abrimos la boca (Marías siempre ha sido más de minuciosas explicaciones que de sutilezas). Con la diferencia de que aquí el objetivo es el opuesto al de la novela de Marías. Si bien él nos animaba a callar, porque aquello que digamos permanecerá en los oídos de quien lo oiga sin que nada podamos hacer ya para remediarlo, poniéndonos inevitablemente en sus manos, Silva, desde un punto de vista mucho menos belicoso, nos anima a hablar y a ponernos en manos de la otra persona, de quien nos escucha, asumiendo que en eso consisten las relaciones humanas.

Esa misma relación era la que Mónica tenía con su amiga Alba antes de conocer a Ramón. La dicharachera Alba hablaba y lo contaba todo sin freno, mientras que Mónica callaba y la mantenía alejada. Cuando la relación con Ramón comienza, las posiciones quedan invertidas en su contra. Incluso en una especie de acto de redención, al final Mónica cuanta a Alba toda su historia con Ramón, de la que la había mantenido al margen.

Una historia de amor que juega con todo aquello que la información supone en las relaciones humanas.

Un grito de amor desde el centro del mundo

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KYOICHI KATAYAMA, Un grito de amor desde el centro del mundo

El adolescente Sakutaro viaja con los padres de Aki, su novia muerta, para esparcir sus cenizas en Australia. Así comienza esta historia japonesa de amor adolescente, que les aseguro que merece la pena en cada una de las escasas páginas que ocupa. Quizá sea cosa mía, pero tengo la sensación de que las historias japonesas de amor siempre se producen entre adolescentes, gente que aún no ha tenido que sufrir los desengaños de la vida ni enfrentarse al hecho de tener que sacar adelante su propia existencia. Muy raras son las excepciones que me he encontrado a esto. Es como si supusieran que, una vez perdido el candor de la temprana juventud, los sentimientos ya no fueran puros, estuvieran condicionados por otros elementos, y las relaciones amorosas ya no tuvieran esa capacidad de transformar a uno por dentro, sino que se enmarcaran en el grupo de todas las demás relaciones personales, sin diferenciarse demasiado de ellas. Como si enamorarse sólo pudiera transformar el mundo de alguien sin experiencia en la vida, porque para alguien experimentado el amor es menos amor. O quizá se trate tan sólo de una estratagema, pues a nadie se le escapa que los adultos entramos mejor en ese juego romántico cuando nos evocan nuestra temprana juventud. Al evocar nuestra juventud, todo lo que de bueno hubo en ella suele aparecer maximizado y, si bien con nuestros actuales conocimientos de la vida no podemos entender demasiado bien aquellos que antes no hacía afligirnos o pasarlo mal, lo que nos afectaba positivamente viene a nuestra memoria magnificado, y lo en realidad pudo ser en su momento tan sólo una atracción provocada por la curiosidad de la novedad hacia un chico o una chica, regresa a nosotros como la experiencia casi mágica del primer amor. Y ante esos engaños de la memoria, un idilio adolescente acuna nuestra imaginación mucho mejor que un supuesto romance que acontece en nuestra realidad cotidiana, demasiado prosaica.

Así es como comienza este romance de novela, desvelándonos su trágico final, por lo que cuando estos dos chicos se conocen ya no nos preocupa a dónde les llevará su relación, pues lo sabemos de sobra: se harán novios y ella morirá. A pesar de ello resulta fácil sentirnos conmovidos por lo que sucede en la historia, pues los tópicos romanticoides a los que estamos acostumbrados están ausentes de ella, afortunadamente. El autor no se molesta en explicarnos cómo la pareja protagonista estrechó su relación y comenzaron a salir, sino que del momento en que se conocieron, que nos explica mediante una anécdota tan extravagante que roza lo fantástico, pasa directamente a otro en el que su relación ya está tan consolidada, que hablan entre ellos de manera abierta y directa de las cuestiones del amor, de su relación, e incluso de casarse, pero no de una manera infantil en un futuro lejano que en la juventud creemos que nunca llegará, sino de forma muy seria, con unas reflexiones capaces de hacer a los adultos recapacitar sobre sus propias motivaciones. Además, todo nos es contado, por medio de retrospectivas, desde un momento en que el narrador protagonista ya ha vivido la historia y sabe que su amor de juventud murió, lo que aporta el punto de vista del adulto y rompe con la idea de cómo el presente conforma toda nuestra vida, pues tras desaparecer aquello que configuraba su presente en su juventud, él ha seguido viviendo y es un presente diferente el de su existencia actual: el antiguo colegio ha sido sustituido por la universidad, su antigua ciudad por el lugar en el que vive ahora, e incluso hay una nueva mujer (esta vez ya mujer) en su vida, que no es su compañera sentimental, pero que nos recuerda bastante a cómo comenzaron las cosas entre él y Aki.

Pero, aunque sería absurdo pretender decir que esta no es una historia de amor, pues no otra cosa es el hilo conductor de toda la novela, hay algo más en ella. Y es que la mayor parte de las conversaciones y reflexiones no versan sobre el amor, sino sobre la existencia, con un carácter profundamente filosófico. Por un lado, el abuelo de Sakutaro le cuenta una historia de su juventud. Él tenía una novia, con la que iba a casarse, y de la que se vio separado a causa de la guerra. Pero a pesar de la separación, continuó amándola el resto de su vida, hasta que ella murió, así que pide ayuda a su nieto en una misión para que sus espíritus puedan volver a encontrarse después de la muerte, con una profunda convicción en que existirá algo tras nuestra existencia actual. Por otro, Sakutaro, mucho más pragmático, no puede creer en ninguna otra existencia tras ésta, lo que lo deja sin armas para enfrentarse a su pérdida, aferrado a una pequeña cajita con cenizas de Aki como lo último que queda de ella en este mundo, y sin valor para cumplir su última voluntad y dejarlas marchar.

En realidad no creo que la novela guste demasiado a quienes busquen una historia de amor con la que derramar lágrimas junto a un paquete de pañuelos, pues esa parte es tan sólo el armazón. Sin embargo se me antoja perfecta para aquellos lectores que buscan hacerse preguntas (casi de seguro no podrán leerla de un tirón a pesar de lo breve que es, pues en más de una ocasión se sorprenderán habiendo desviado la vista del libro y con la mirada perdida recapacitando sobre algo que acaben de leer), aquellos que buscan que les zarandeen un poco su esquema de ideas, y todo esto sin ser ni mucho menos pesada, más bien todo lo contrario, pues uno llega a identificarse con los protagonistas con gran facilidad y el estilo en que se cuentan las cosas es muy sencillo y de gran fluidez.

Las amistades peligrosas

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PIERRE CHODERLOS DE LACLOS, Las amistades peligrosas

Libro entregado con El País el 10 de mayo de 2015 en su colección de novela erótica de La sonrisa vertical.

La marquesa de Merteuil quiere vengarse de un amante que osó abandonarla, el conde de Gercourt, y para ello quiere seducir a su jovencísima y virgen prometida, Cecile de Volagnes, que acaba de salir del convento para casarse con él. Para ello pide ayuda la vizconde de Valmont, pero este se niega aduciendo que tiene otro reto más interesante entre manos que el de seducir a una jovecita inexperta: conseguir que madame de Tourvel, mujer casada y ejemplo de virtud en la sociedad parisina, acabe suspirando de amor por él de tal manera que le resulte imposible resistirse a lanzarse a sus brazos. Ante la negativa de Valmont, la marquesa de Merteuil decide intentar lanzar a la joven Cecile a los brazos de su joven profesor de canto, el caballero Danceny, que, igual de inexperto, suspira de amor por ella. Al mismo tiempo, divertida por lo que considera una peregrina ocurrencia amatoria de Valmont, decide apostar con él su propio cuerpo a que no conseguirá su objetivo. Sin embargo las cosas se tuercen para Valmont cuando descubre que madame de Volagnes ha advertido a madame de Tourvel sobre él, por lo que decidirá vengarse de ella aceptando el encargo de la marquesa de Merteuil de seducir a su hija.

No avanzaré más sobre el argumento, porque sería entrar en el crimen de destripar el final de la novela, aunque dudo que a estas alturas quede alguien todavía sin saber cómo acaba la cosa por alguna de sus adaptaciones cinematográficas, bien sea la magnífica Las amistades peligrosas de Stephen Frears, la algo sosa Valmont de Milos Forman, o la a ratos inverosímil Crueles intenciones de Roger Kumble.

Se trata de una novela epistolar, cuyo tono recuerda en ocasiones a las cartas que Mina Murray y Lucy Westenra se dirigen la una a la otra en Drácula, sobre todo las de carácter amoroso. Pero lo más interesante de las cartas es cómo nos permiten adentrarnos en la psicología de los personajes y sus muchas máscaras por nosotros mismos, sin un narrador intermediario que necesite explicarnos sus actos ni exponer sus pensamientos. Vemos cómo sus voces cambian dependiendo de sus objetivos y según sus interlocutores, y es sólo tras la suma de todas las conversaciones epistolares cuando podemos saber cómo es cada uno. Las cartas dirigidas a un solo personaje nos dan una visión engañosa de quien la escribe. Por ejemplo, si tan sólo leyéramos las cartas de Valmont a la marquesa de Merteuil, diríamos que son colegas de hazañas sin sentimientos, si leyéramos sólo las que escribe a madame de Tourvel, diríamos que es un romántico enamorado de esos que tanto sufren por amor, y si leyéramos las que escribe a Cecile de Volagnes o al caballero Danceny, diríamos que es una especie de justiciero tratando de ayudar siempre a sus semejantes. Sólo al leerlas todas y contrastar unas con otras podemos hacernos una imagen completa de Valmont, y no sólo eso, sino que podemos observar, sin que se nos diga explícitamente, cómo los intereses que lo movían en un principio van dejando paso a otros bien diferentes. Y lo mismo puede decirse del resto de personajes, cuya evolución es clara, aunque debamos deducirla a través de la lectura de aquello que ellos deciden dejar ver a quien escriben en cada ocasión, una imagen falsa de ellos mismos cada vez, que nosotros, como lectores, únicos con la información completa, podemos unir a las anteriores que ya hemos leído y conocer así con exactitud al personaje que todos los demás personajes en realidad desconocen.

Normalmente se hace, creo, un excesivo énfasis en la crítica que esta novela lleva a cabo sobre el libertinaje en la sociedad francesa de finales del siglo XVIII, pero a mí no me parece que exista una evidente intención de denunciar ningún estado de depravación sexual y libertinaje, pues eso supondría una defensa de los valores tradicionales, y tanto una cosa como la otra salen bastante mal paradas en la novela. Los libertinos no son los héroes, sino los villanos de esta historia y, al mismo tiempo, los puritanos no dejan de ser víctimas a las que deseamos ver caer en las garras de los primeros. Hacia donde realmente se dirige la crítica es hacia ese juego de falsas apariencias necesario para que todo esto se produzca, un juego de falsedades del que, al dejarse arrastrar por la historia, el lector también participa. Todos los personajes tienen dos caras, como mínimo, que muestran a su conveniencia, quedando la moralidad relegada a algo falso, puramente social, que no interesa al individuo en tanto que virtud personal, sino tan sólo como apariencia social: la rectitud de cada uno bien poco importa siempre y cuando nuestros deslices no lleguen a oídos de los demás. Algo que viene dándose a lo largo de toda la historia de nuestras sociedades y de lo que no estamos libres de culpa hoy en día.

El juego de la novela es muy sencillo en realidad. Lo normal es que veamos en nosotros mismos a actores sociales que se guían correctamente, ninguno de nosotros es un villano, y como personas rectas que somos vemos con facilidad la perversidad de Valmont y Merteuil y la censuramos. Pero al mismo tiempo, conforme avanzan los hechos, nos recreamos en sus victorias y disfrutamos cada vez que consiguen perder a uno de los “buenos”. No sólo eso, sino que además, a pesar de apoyarlos inconscientemente, nos alegramos cuando reciben finalmente su merecido, convirtiéndonos de ese modo, como lectores, en aquello que la novela crítica: la falsedad, el cinismo, la hipocresía. La cosa queda bastante clara con una burla que se hace de la marquesa de Merteuil al final de la novela, valiéndose de un juego con su doble rostro, y que nos deja con la duda de a cuántos podría serles aplicable (sin duda a quien lo dice), y hasta qué punto deberíamos aplicárnoslo a nosotros mismos: “El marqués de… que no desperdicia ocasión de lanzar un chiste, decía ayer que la enfermedad la había transformado, y que ahora es cuando tenía el alma en la cara”.

Hombres sin mujeres

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HARUKI MURAKAMI, Hombres sin mujeres

Haruki Murakami es un escritor al que, al parecer, se ama o se odia (lo digo por las opiniones encontradas que he tenido con otras personas), y yo me he enamorado. Esta es la segunda vez que tengo uno de sus libros entre mis manos, y la sensación de plácida soledad que produce su lectura es tan embriagadora que cuesta trabajo ser objetivo. Algunos lo acusan de ser pura fachada y creo que no les falta razón, pero tampoco creo que eso lo haga desmerecer. Hace poco tiempo leí la última novela de Luis Landero, El balcón en invierno, en la que él mismo advertía contra la impostura de sus relatos pasados en el primer capítulo, que comenzaba con una de esas imposturas, y debo decir que, aun estando sobre aviso en esa ocasión caí en su trampa (como supongo que muchos más), y que como lector está visto que me gusta que me engañen. La ficción novelesca me parece primordial, y si eso falla poco pueden importarme otras posibles virtudes del libro que estoy leyendo. Aún es más, no echo demasiado en falta esas otras posibles virtudes si la historia que se me ofrece está bien construida.

Murakami es un escritor japonés que constantemente utiliza referentes occidentales en sus narraciones. Creo que ese es el motivo principal por el que lo critican sus detractores, pues muchos buscan una lectura exótica oriental, y prácticamente lo único oriental que encuentran son los nombres de los personajes. Y con respecto a que sus historias son sólo fachada, pues me parece una fachada muy bien construida. La soledad, sentimiento que parece predominar siempre, no sólo es algo que asedia a sus protagonistas, sino que a las pocas páginas es el lector el que empieza a sentirla, y provoca en él (en mí) algo que siempre me ha fascinado: un sentimiento de nostalgia de un tiempo que no le ha tocado vivir. Esto sucede en las historias cuyos protagonistas son universitarios (algo bastante recurrente), en la que, además, una nube de erotismo lo envuelve todo, convirtiendo al sexo en un vehículo de esa soledad, al tiempo que lo muestra casi como la única vía de escape de ella. A pesar de que Murakami no se prodiga en describir las escenas eróticas, éstas suelen ser de una gran intensidad, con momentos previos al sexo propiamente dicho bastante prolongados, salpicados por conversaciones que pueden resultar chocantes, y resueltos siempre con una descripción del acto sexual que no suele ir más allá de las tres líneas, y que jamás ahonda en detalles.

En Hombres sin mujeres, una colección de siete relatos (algunos de los cuales parecen más bien una novela a la que le faltaron páginas para llegar a serlo), por supuesto la soledad y el sexo están siempre presentes. Todos ellos tratan sobre hombres que, o bien perdieron o bien no alcanzaron a la mujer de su vida, un campo perfecto para entrar en este juego de soledad y erotismo. De ellos mi favorito ha sido Yesterday, la historia de un estudiante universitario cuyo único amigo le pide que salga con su novia. Es el ejemplo perfecto de lo dicho anteriormente, pues la incomunicación producida entre el chico y su novia, y el rechazo voluntario del protagonista a salir con ella crean una sensación de soledad que embarga al lector, al mismo tiempo que, sin haber ninguna escena de sexo, el erotismo está siempre presente en forma de conversaciones, pensamientos y posibilidades.

¿Todo es una construcción hueca para provocar esto? Es posible, aunque no podrán negarme que, en el mundo en que vivimos, no resulta nada gratuito el alertar contra nuestra soledad autoimpuesta o proponer una sensualidad relajada frente a los fuertes estímulos sexuales que constantemente recibimos en todos los ámbitos.