La marea de San Pedro

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TOMEU PINYA, La marea de San Pedro

En un pueblo de pescadores aislado por las montañas, la hija del patrón se enamora de un joven pescador. Cuando el padre se entera, manda salir al joven durante la noche de la marea de San Pedro, una noche con un temporal tan violento que nunca nadie regresa de él. Como es de suponer, el joven no regresa, y la hija se suicida adentrándose en el mar.

Tal historia podría resolverse en unas veinte o treinta páginas, pero el dibujante parece haberse empeñado en que le diera para una novela gráfica completa, alcanzando las 92 páginas, y ahí radica su error. La historia se agranda con dibujos sin texto pero que tampoco apoyan argumental ni psicológicamente una historia en la que el lector nunca llega a entrar del todo. Asistimos a un romance de leyenda como meros espectadores, sin sufrir por ella ni temer por él. Al alargar la historia, lo lógico hubiera sido centrarse en la relación amorosa de los protagonistas, pero esta se solventa con un par de encuentros rápidos en los que apenas cruzan unas palabras, y el amor platónico y cortés ya nos queda demasiado lejos.

El dibujo en blanco y negro parece querer recordar al de los cómics japoneses y resulta bastante más atractivo que la historia, aunque repito que le falta la fuerza necesaria para convertirse en un componente productivo del relato que sirva para involucrar emocionalmente al lector.

Sin embargo, lo anteriormente dicho son mis propias impresiones, quizá erróneas, pues veo que este cómic fue nominado a Mejor Obra y Mejor Guión en el Expocómic 2010. A pesar de ello sigo creyendo que su espacio era el de una pieza breve y no el de una historia larga.

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Los locos de Valencia

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LOPE DE VEGA, Los locos de Valencia

Floriano está huyendo de la justicia por haber matado en una escaramuza al príncipe Reinero, y entra fingiéndose loco a la casa de los locos de Valencia para que nadie pueda verlo en sociedad. Al mismo tiempo Erifila, que ha huido de casa de sus padres por amor a su criado Leonato, es robada y abandonada por éste, y cuando la encuentran las autoridades la toman por loca y la ingresan en el manicomio. Una vez dentro, Erifilia levantará las pasiones de todos los hombres, al mismo tiempo que Floriano enamora a todas las locas. Pero ellos, que son los únicos que conocen la verdad el uno sobre el otro, también están enamorados. El problema se complica con la llegada del día de los inocentes, día en el que los locos salen a la calle, cosa que compromete el refugio de Floriano, y la aparición de un bando de búsqueda contra él.

Con todo este embrollo, Los locos de Valencia se presenta como una suerte de teatro dentro del teatro en varios niveles. Por un lado se trata de una representación teatral, con un público, en un teatro, o en un corral de comedias si nos trasladamos al momento de su estreno. Nada hay de reseñable en esto. Pero la cosa sorprende cuando, poco a poco, una gran parte de los personajes comienzan a volverse actores ante el resto de los personajes del reparto. Esto es lo que sucede con el tópico de los locos fingidos en esta historia, creando toda una confusión en torno a la verdadera personalidad de los personajes y trasladando también cierta sensación de locura a los espectadores. El primero de los personajes en comenzar a actuar como loco es Floriano, para esconder su identidad, algo que se explica al principio, y de lo que por lo tanto todos los espectadores están avisados, así que nada de lo que hace les pilla por sorpresa. La segunda es Erifila, que es tomada por loca e incomprensiblemente decide serlo, sembrando de ese modo la duda entre los espectadores, duda que es abonada por la locura de amor que muestra hacia Floriano. Pero no son los únicos, puesto que hay otras dos locas fingidas, Fedra y Laida, sobre las que no se nos pone sobre aviso, lo que va sumiendo en mayores engaños al espectador, que las toma como a verdaderas locas. Este cuadro se completa, además, con los verdaderos locos del lugar, dando lugar a toda una escala dentro de este microcosmos: los cuerdos, los locos fingidos de quienes tenemos conocimiento, los locos fingidos de los que no sabemos que están fingiendo y los verdaderos locos. Todo esto provoca una inmersión dramática que pasa de las carcajadas iniciales antes los evidentes fingimientos, a la confusión ante formas de actuar que ya nos resultan más difíciles de comprender, pues dentro de ese espacio especial todos actúan ante todos, aunque cada uno en distinto grado.

Esto nos lleva al siguiente nivel del teatro dentro del teatro, cuando va a producirse una boda fingida entre Floriano y Fedra para calmar la locura de esta última. Para entender cómo Lope nos atrapa con esta escena magistral, hay que ponerse en situación, primero dramática y después social. Dramáticamente hay que tener en cuenta que la boda se produce entre Floriano, un loco fingido del que sabemos que no está loco, y Fedra, una loca cuya única locura es la del amor, o sea que es otra loca fingida, pero eso los espectadores no lo saben. La boda crispa los nervios de Erifila, loca fingida de cuya situación tenemos conocimiento, pero que no se guía todo lo cuerdamente que debería, pues ha caído en la locura del amor. Asisten a la ceremonia los locos del manicomio (locos reales, estos), pero como a la novia le parece que son pocos, se invita a entrar a la gente de fuera (todos cuerdos), previo pago de una entrada, que es cobrada por uno de los locos. Toda esta falsa boda es ya en sí una representación llevada a cabo por los locos, que creen estar en una boda real, para deleite de los cuerdos, que saben que asisten a una farsa. Es ahora cuando debemos tener en cuenta la dimensión social del acto al que asistimos. En el siglo XVII no se andaba sobrado de distracciones, y el humor de la época se basaba principalmente en mofarse de las desgracias ajenas, por lo que todo tipo de desventuras y deformidades eran motivo de burla. En esta situación, uno de los entretenimientos de la época era visitar a los locos para reírse de ellos, y a este efecto se cobraban entradas a la puerta de los manicomios. Y ante eso es ante lo que estamos en esta boda fingida. Los cuerdos que acuden a ella, lo hacen a sabiendas de lo que van a ver, como quien acude al teatro. Ellos esperan una representación y cierran así un cuadro en el que tenemos a espectadores reales mirando una obra en el escenario de un corral, dentro del cual hay personajes-espectadores que han acudido para ver la representación de una falsa boda en la que intervienen locos-actores que no saben que están representando para un público, pero también locos fingidos que sí son conscientes de estar representando. Todas las capas de representación y fingimiento se van cerrando unas sobre otras hasta formar un conglomerado en el que resulta casi imposible discernir sus partes, de un barroquismo majestuoso.

Por otro lado, no podemos olvidar el ambiente en el que todo se desarrolla. Estamos ante una comedia cómica y urbana, pero bastante alejada de los estándares de la comedia de capa y espada. Para empezar, porque el espacio en el que se desarrolla toda la acción no es el habitual en este tipo de comedias, sino uno deliberadamente separado de la ciudad, un mundo aparte, podría decirse, con normas también diferentes a las que rigen las relaciones entre hombres y mujeres. Esto lo vemos enseguida: los dos protagonistas charlan juntos en el patio del manicomio sin temor a que nadie los vea, e incluso se escandalizan cuando pretenden separarlos, y las mujeres reclaman a sus amantes con violencia, una de ellas incluso ante su propio padre. Esto sería imposible en la comedia de capa y espada, que juega precisamente con la ocultación de esos sentimientos, que pueden llevar a la pérdida del honor. Pero aquí el amor no se muestra como la alta meta a alcanzar, sino como un motivo de locura, no en vano se establece en repetidas ocasiones la comparación con el Orlando Furioso.

Varios críticos, entre ellos la responsable de la edición que yo he leído, ponen de relieve el detalle y la minuciosidad con que Lope retrata este mundo aparte que es el de los manicomios de la época, aunque, y a riesgo de equivocarme, a mí no me ha parecido ver un excesivo empeño en la representación fidedigna de este microcosmos, sino más bien su utilización para conseguir los efectos deseados de humor e inmersión en el espectáculo (yo he leído la obra, pero no me cabe duda de que asistir a su representación multiplicará la experiencia metateatral de la que he hablado antes). Un humor que pasa aquí por los continuos fingimientos, debido a los cuales nadie sabe quién es quién realmente (incluidos los espectadores, como ya he dicho antes), hecho este que llevará a la resolución del conflicto con la anagnórisis final, que pondrá orden en la situación inicial que había provocado todos los fingimientos y permitirá que todos aquellos que estaban fingiendo se descubran y permitan, tanto a los otros personajes como al público, ver sus verdaderos rostros.

Los enamoramientos

JAVIER MARÍAS, Los enamoramientos

Marías anunció al publicar la última parte de Tu rostro mañana que necesitaba un tiempo para descansar de tan ardua tarea como había sido la escritura del abultado libro, que no estaba seguro de tener nada más que decir en el terreno de la novela y que iba a dedicarse a cultivar otro de sus placeres literarios: el cuento. Y en cierto modo no ha faltado a nada de lo que dijo al publicar hace ya algunos meses su nueva novela, Los enamoramientos.

Me explico. No cabe duda de que el tiempo que necesitaba se lo tomó, hace ya tres años de la publicación de la última parte de su no-trilogía y él mismo ha confesado en una entrevista que ha pasado grandes períodos sin escribir en esta última ocasión, aunque eso no fuera ni mucho menos por su voluntad de descansar. Que tuviera al menos una inicial intención de dedicarse al cuento parece evidenciarse en la manera de comenzar su relato, mucho más cercana al cuento, o al menos en el caso de Marías que siempre tiende a empezar sus novelas de una forma más ensayística para dar paso después a la trama, con la excepción, quizá, de Travesía de horizonte. Pero lo que sí está claro es que todavía le quedaban bastantes cosas por decir en el campo de la novela aunque no lo viera así, y para decirlas ha dado un giro sustancial, casi como empezando una nueva etapa dentro de su narrativa (aunque no me atreveré a decir tanto, me parece demasiado osado). Si bien su prosa no ha cambiado (sigue pareciendo más pulida y precisa cada día, con una sintaxis cada vez más hipnótica y perfecta), ni tampoco su forma de ordenar la ficción (con cuadros casi aislados que se dilatan en las reflexiones y casi menosprecian la acción), algo sí parece diferente, como iniciando un nuevo camino.

Pero iremos por partes. Los enamoramientos cuenta cómo María, la protagonista, ve todas las mañanas a una pareja desayunando en la misma cafetería que ella, pero un día se ausentan y días más tarde descubre que el marido ha sido asesinado. A partir de ese momento ella trabará una breve amistad con la viuda y conocerá al mejor amigo de su difunto marido, del que se enamorará, con lo que comenzará una trama de amores y novela policíaca al ir descubriendo María detalles sobre la muerte de Desvern. A lo largo de este conflicto amoroso-detectivesco, se irán sembrando reflexiones sobre el amor (el enamoramiento, prefiere llamarlo el narrador, haciendo hincapié en los detalles que esta distinción supone), la muerte, la confianza… Y en su lado más humorístico (cualidad que nunca falta en las novelas de Marías) sobre las ínfulas de grandeza, el mundo literario y político y social en general. En esto último hace el autor un retrato bastante bueno de los males de la literatura, algo que en realidad a nadie asombra, pues ya lo ha denunciado en muchas ocasiones en su faceta de columnista. Habla de los caprichos de los escritores que se creen grandes figuras históricas, de cómo mediocres novelistas en sus inicios dan coba a otros ya consagrados para que estos los introduzcan en el mundillo, y además estos aceptan entrar en ese juego que ya nada puede reportarles sino acrecentar su ya desmedido ego, incluso se permite burlarse de sí mismo al criticar a esos dinosaurios que aún pretenden seguir escribiendo con máquinas de escribir que obligan a los editores a hacer el trabajo extra de tener que escanear los textos y tirar de fax para enviar y recibir los documentos.

Mención especial dentro del aspecto humorístico de la novela merece la aparición del excesivamente admirado por Marías, Francisco Rico, descrito como alguien más preocupado por las cosas acaecidas en la Edad Media o el Siglo de Oro que por las que lo rodean a diario, hastiado del tiempo que le ha tocado vivir en el que la gente no tiene educación y parece querer molestarlo con trivialidades que lo sacan de lo verdaderamente importante. El propio Rico ha llamado en un artículo a su personaje: “el más interesante de los personajes episódicos”. En realidad sólo dos personajes secundarios, sin protagonismo real en la trama aparecen en la novela, ambos pertenecientes al mundo de la literatura y ambos opuestos. Por un lado Rico, despreciador del mundo contemporáneo y su autocomplaciente envanecimiento e ignorancia, representante de la gran literatura, la antigua, de otra época (“cualquiera tiempo pasado fue mejor”) y ajeno a lo que sus coetáneos puedan decir o pensar de él. Por el otro el señor Garay Fontina, nombre ridículo, en la cúspide de su carrera literaria, o al menos eso cree él, enfebrecido por la adulación ajena y el reconocimiento, perseguidor del Nobel y con delirios de grandeza literaria. No hace falta decir que quien sale favorecido en esta comparación es Rico, personaje (no creo que sea posible conocer jamás a la persona, quizá sólo unos pocos elegidos puedan hacerlo) por el que Marías siente cierta debilidad y que ya ha hecho aparecer con anterioridad en otras novelas, en ocasiones con su verdadero nombre, en ocasiones con uno ficticio. Pero no voy a dedicarme aquí a juzgar a la persona (que no es santa de mi devoción) sino al personaje en la novela, una especie de conjunto de virtudes que debería tener una persona, pero que se desvirtúan al llevarlo al punto de la comicidad, convirtiéndolo así en un personaje entrañable. Garay Fontina, por otro lado, es más bien un conjunto de defectos que a mí, llámenme exagerado, me recuerda mucho, muchísimo, a Camilo José Cela (tanto el hombre como su literatura nunca han sido muy apreciados por Javier Marías): ansioso de premios y reconocimiento. Pero hay una escena en la que Fontina pide a María (la protagonista) a horas intempestivas que le consiga objetos impensables, y eso me parece algo más propio de Francisco Rico; el autor se deja aquí llevar, no viendo en su amigo los defectos que caracterizan al tipo grotesco.

Marías nos tiene acostumbrados a novelas armadas sobre una única frase de Shakespeare o sobre un momento muy concreto de alguna de sus obras (en algunas ocasiones incluso dichas frases han conformado el título, como en Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí), y aquí sucede de nuevo, con una frase de MacBeth, “She should have died hereafter”, que, tal y como nos tiene acostumbrados, toma desde su significado original que va ampliando y modificando a medida que avanza la historia. Pero no es sobre esta frase sobre la que se arma la novela en realidad, sino que en esta ocasión toma como base otra novela, entera esta vez, no una única frase, y somete todo su argumento al mismo procedimiento. No llega a decir el título exacto de la novela pero resulta evidente, se trata de El coroner Chabert de Balzac. Y aquí es donde comienza la nueva andadura de la novela de Marías, que se torna mucho más social, algo inusitado en este autor que suele exponer siempre las relaciones personales pero que, al igual que su querido profesor Rico (quizá por eso aparezca él aquí), no presta demasiada atención a las relaciones sociales, quizá porque eso no sea algo realmente necesario porque estas siempre han estado marcadas por una serie de normas y pautas, lo que las hacía más sencillas y permitía que no hiciera falta tanta reflexión para ellas como para la intimidad nacida entre dos personas, un terreno en el que siempre hay que inventar normas nuevas. Pero en el mundo actual las normas sociales parecen estar perdiéndose (algo de lo que la narradora se lamenta) y eso lo hace todo más complicado, no es como antes que uno sabía lo que tocaba socialmente en cada momento, ahora hay que avanzar siempre sobre un terreno pantanoso, ya nada es tan evidente. Y El coronel Chabert es una novela llena de abogados, de peldaños sociales, de comportamientos públicos… un terreno perfectamente abonado para está nueva inquietud de Javier Marías, que lleva la obra en la que se basa siempre un poco más allá, casi manipulándola para que se acomode a lo que él quiere contar.

En una ocasión una de mis profesoras en la universidad nos dijo: “Todas la novelas de Javier Marías hablan sobre Javier Marías”. Cuando así lo mencionó, su frase tenía un marcado tono de crítica, pues para ella aquello rebaja en mucho el valor de su obra. De lo que siempre ha dicho el autor, que afirma que escribe para poner en orden sus ideas y sobre todo porque se divierte haciéndolo, podemos observar que no le faltaba razón a mi profesora al afirmar aquello. Pero lo que a ella le parecía un defecto, a mí me parece una virtud. Porque dejando a un lado su estilo o que hable de sí o no, es capaz de hacernos pensar con sus novelas, de que nos fijemos en cosas en las que jamás nos fijaríamos, de hacer volar nuestra imaginación a pesar de su aparente (sólo aparente) desprecio por la historia y, sobre todo, de atraparnos en su relato y de divertirnos con él, porque, si cuando tomamos una de sus novelas nos resistimos a dejar un capítulo, una página o una frase a la mitad, eso es sin duda porque nos estamos divirtiendo con ella, y siempre cuesta trabajo poner fin a la diversión.

*Gracias Miguel por facilitarme la posible lectura de esta novela.