Oscura

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Oscura

La segunda parte de la trilogía vampírica iniciada por Nocturna da el tradicional paso adelante con respecto a la primera: la lucha casi secreta que los protagonistas mantenían contra el Amo en la primera parte, ahora se vuelve una guerra, con más protagonistas implicados.

El Amo prepara un plan para hacerse, no con Nueva York, sino con el mundo. Pero él es el más joven de una estirpe muy antigua, conocidos como los ancianos, seis vampiros cuyo origen se pierde en la memoria y que llaman despectivamente al más joven “El Séptimo”. Al final del primer tomo los protagonistas comprobaron que de poco les sirvió exponer al Amo a la luz solar para destruirlo, así que emprenden la búsqueda de un libro con tapas de plata que contiene su verdadero nombre, en la creencia de que conocerlo les dará la clave para destruirlo. El vampiro también quiere hacerse con él, para lo que utiliza la fortuna de su aliado humano con la intención de conseguirlo en una subasta. Los protagonistas consiguen hacerse con el libro, pero al parecer ya es demasiado tarde, pues el Amo consigue eliminar a los ancianos que se encontraban en Nueva York, y dar comienzo a una suerte de apocalipsis nuclear que favorecerá la oscuridad sobre el planeta para que los vampiros se hagan con él.

Esta segunda parte se separa del camino tan fiel al Drácula de Bram Stoker que había tenido la primera, aunque sólo sea para arrimarse a otras fuentes. La guerra contra el virus que toma la ciudad no es nada nuevo, las historias de zombies que toman el planeta se cuentan últimamente por docenas, aunque tratándose de vampiros en este caso, podríamos pensar en un referente mucho más directo, como Soy leyenda, aunque de manera algo más salvaje en el caso que nos ocupa. Pero la comparación no es gratuita, pues el punto de vista de estos vampiros es bastante similar a los de la novela de Matheson. No en vano la argumentación que el Amo ofrece a Setrakian es bastante similar a la que aquellos vampiros ofrecían a Neville: no son monstruos, pues al igual que todas las demás criaturas del planeta ven a los humanos como monstruos, así ven los humanos a los vampiros. Se trata tan sólo de la visión que la presa tiene de su cazador, que pretende sobrevivir e imponerse. Si bien es cierto que esta especie cazadora tiene una deliberada intención de provocar dolor, pero, ¿acaso no ha brillado tantas veces esa deliberada intención también en los humanos?

Así pues, la acción ha salido del mundo soterrado para instalarse en la sociedad, en las altas esferas de la política y los negocios, en las casas de subasta y en última instancia en las calles de Nueva York. La existencia de los vampiros ya no es un secreto que impide que se crea en ellos, sino una realidad.

Y si en Nocturna las referencias a Stoker eran continuas, es otro el novelista que parece hacerse con el control referencial de Oscura. La continua referencia al gusano de sangre, a la entidad antigua cuyo origen se pierde en la distancia del pasado, varias insinuaciones de personajes (aunque desmentidas por otros personajes) de que ese ser no pertenece a este mundo, un misterioso libro con la capacidad de aparecer tan sólo cuando algo terrible está a punto de suceder y del que resulta imposible deshacerse por la bravas que contiene la identidad de este ser… Sólo faltan las consiguientes referencias a algún tipo de ritual milenario para que el nombre de Lovecraft llame con tal fuerza a nuestra cabeza que nos resulte imposible ignorarlo. Aunque todavía queda una novela, así que no descarto que aparezcan esos rituales e incluso el propio Cthulhu.

El secreto de la modelo extraviada

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EDUARDO MENDOZA, El secreto de la modelo extraviada

Esta es la quinta aventura del detective loco de Eduardo Mendoza, que sigue la estela de las anteriores novelas cómicas del novelista barcelonés, no sólo las de este detective, sino también las de Gurb, Horacio Dos y Pomponio Flato. En ella, nuestro detective, que sigue trabajando en el mismo restaurante chino en el que trabajaba al terminar la anterior, se cruza en la calle con un perro que le recuerda un caso en el que trabajó en su juventud, y al recordarlo con detalle se da cuenta de que algo quedó sin cerrar, así que decide ponerse a investigarlo de nuevo. Como sucede en las anteriores, la historia general está envuelta por una multitud de chistes y juegos que, si bien no nos harán soltar sonoras carcajadas sin parar (lo digo por mí, que no soy dado a reír a carcajadas con ninguna lectura) sí que nos tendrá con una perpetua sonrisa cómplice en los labios. Y quién sabe, quizá alguno sí que se ría con ganas.

Pero además de risas o sonrisas constantes, Mendoza siempre nos da un espejo del mundo actual en sus novelas cómicas, a las que parece haberse entregado por completo (cosa que en cierta medida me apena, pues a mí siempre me entusiasmaron aquellas más serias que escribía, y comienzo a echarlas de menos). Así pues, el independentismo en Cataluña, el regionalismo y las opiniones extremas de tertulianos televisivos, junto a la sensación de que Barcelona, poco a poco, se está echando a perder, no podían faltar aquí. Todo a través del filtro del humor, claro está, pero muy acertado. Así, vemos a unos jóvenes que gritan que si después de independizarse, España ya no les quiere comprar más cava, quitarán los viñedos y plantarán marihuana, que eso sí que tiene salida, lo cual no deja de recordar a las fantasías económicas del señor Mas. O por otro lado tenemos a un tertuliano televisivo de extrema derecha, anti independentista y ferozmente conservador, que cuando desparece de antena se descubre como un travesti de sueños malogrados que utiliza esa otra fachada para sentirse importante, a pesar de las enemistades que le granjea.

En un momento de la novela, el protagonista, despistado, se queda dormido mientras un camionero lo lleva al “centro ciudad”, y al despertar se encuentra que está frente a la Basílica del Pilar. Al ver esa enorme iglesia, cree que se trata de una de nueva construcción porque él no recuerda ninguna así en Barcelona. Aquí sí que me reí, pues pude imaginar perfectamente a quien presume de vivir en una ciudad cosmopolita, pero nunca ha ido más allá de donde acaban las vías de los trenes de cercanías, y por supuesto desconoce cualquier cosa que allí pueda encontrarse.

Pero la peor parada, en cierto modo, es la ciudad de Barcelona en sí, sobre la que tantas esperanzas tienen los personajes de la novela en la primera mitad de la historia, que se desarolla calculo que en los años ochenta, y ante la que tan decepcionados se encuentran en la segunda mitad, que transcurre en la actualidad. Aunque, tal y como deja entrever uno de ellos, quizá no se trate de que la ciudad se haya echado a perder, sino de que sus sueños eran demasiado elevados y recuerdan con nostalgia cómo era antes. “No sé…, a veces tengo la sensación de haberme hecho viejo sin madurar”, expresa al rememorar los tiempos en los que había sucedido la primera mitad de la historia.

Pero a pesar de lo serio que parezco haberme puesto, lo más importante en la novela es el humor, que se mantiene magistralmente desde la primera línea hasta la última, que casi da lástima que llegue.

Deadpool Kills Deadpool

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CULLEN BUNN, Deadpool Kills Deadpool

¿Son todos los cómics de Deadpool tan descerebrados? Me veo en la obligación de preguntarlo porque este es el primero que leo (junto a las dos primeras partes de esta saga, por supuesto). Tras haber acabado primero con todos los héroes y después con los personajes de las historias clásicas de la literatura, el mundo sigue existiendo, así que Deadpool decide que él es el creador de todo lo que existe y decide acabar de una vez con todo matando a todos los Deadpool de los diferentes universos. Y así es como comienza una historia demencial (y muy divertida) en la que todos los héroes son Deadpool en diferentes versiones de sí mismo: tenemos un Deadpool Lobezno, un Deadpool panda, un Deadpool dinosaurio e incluso un Deadpool Galactus (un tipo muy grande que come planetas, para los que estén tan perdidos como yo lo estaba). El caso es que la colección de personajes que van apareciendo es demencial, siendo el último de ellos el Deadpool de los dos cómics anteriores.

En este caso tenemos una guerra entre los Deadpool malos, que quieren destruir el universo, y los buenos, que quieren salvarlo. Y entre los dos ejércitos ni un solo personaje que podamos tomarnos en serio. La densidad de chistes y tonterías por centímetro de texto es tal que uno no puede detenerse a pensar seriamente lo que está leyendo. El único que no es Deadpool, un Vigilante (un tipo con la cabeza muy grande que observa todo lo que sucede en el universo), parece una caricatura de sí mismo de puro tonto, incluso aparece con una mano de esas de espuma gigantes con un dedo en alto y el logo del ¿héroe? que nos ocupa en ella, declarándose su fan número uno.

Entonces ¿hemos de suponer que esto es una tontería y que no merece la pena? Definitivamente… ¡NO! En lo personal, me reído más que mucho mientras lo leía. Todo, y digo todo, lo que sucede es tan loco y descerebrado que no tiene desperdicio. No intentaré hacer ninguna lectura profunda porque creo que eso sería tratar de dar al cómic una dimensión que en realidad no tiene, pero si en otra ocasión dije que estos cómics de superhéroes son como una película de acción cuya misión es la de entretener ofreciéndonos como único rasgo formal una historia correcta, éste cumple con creces: es divertido y nos ofrece un rato de pura diversión, con una lectura que no se vuelve ni pesada ni absurda (en el mal sentido del término, quiero decir, pues absurda por cómica lo es y mucho) ni por un momento.

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CULLEN BUNN, Deadpool Killustrated

¿He comentado alguna vez algo sobre mi afán completista? Seguro que sí: soy incapaz de comenzar una saga sin sentir un tremendo deseo de terminarla (Harry Potter es la excepción, no creo que pase jamás del primer volumen), y al parecer el cómic de Deadpool mata al universo Marvel tenía no una, sino cuatro continuaciones, así que me veo en la obligación de leerlos todos. Es cierto que tampoco me doy mucha prisa: algunas series de novelas tardo años en completarlas, otras continúan inconclusas, e incluso hay un tercer tipo del que de momento sólo he leído la primera novela. Por no hablar de las que ardo en deseos de comenzar. Supongo que al tratarse en esta ocasión de cómics que tampoco suponen demasiado tiempo de lectura, iré más rápido con ellos.

Antes de decir nada del cómic haré una confesión. El ánimo con el que suelo leer los cómics de Marvel y de DC es el mismo con el que me enfrento a una película de acción. Es decir, espero de ellos una acción bien contada: nada más. Si me ofrecen algo más bienvenido sea, pero no es la premisa. Pero tienen un atractivo más, y es que nos ofrecen historias de acción con muchas más posiblidades que las de las películas de Hollywood que, una y otra vez, se empeñan en empezar desde el principio las historias de sus personajes cada vez que les sale una película mala, y dada la increíble frecuencia con que eso sucede, si queremos historias de acción que no nos cuenten siempre la misma historia con estos personajes, pues tenemos que recurrir a los cómics. Dicho esto, procederé a contarles la historia de este descafeinado cómic, copia en cierta medida de otro muchísimo más interesante que ya firmó Alan Moore.

Deadpool, en su afán por asesinar a todos los héroes y villanos, y en su clarividencia, que le muestra que todos ellos son tan sólo personajes de cómic, se las ingenia para hacerse con una máquina que le permita viajar a voluntad entre universos, con lo que consigue llegar al que contiene a los personajes de las historias clásicas de la literatura (metiendo en el mismo saco a los personajes victorianos, con el Quijote, los mitos griegos y diversas mitologías nacionales). Una vez ahí decide matar a todos esos personajes porque son aquellos en los que se basan los superhéroes de su mundo, con la esperanza de que si los guionistas de Marvel no pueden basarse en ellos, jamás podrán inventarlos. Pero desde su mundo envían un aviso a Sherlock Holmes, que crea un equipo para detener a Deadpool.

Si bien creo que el primer cómic era una burla del funcionamiento del mundo de los cómics, este es una sencilla patochada, un chiste sin ningún tipo de pretensión a pesar de su argumento aparentemente más elaborado. Basta ver el subtítulo que acompaña a la portada: “¡Destrozando las historias de los mejores autores literarios!”. El esquema que sigue es el mismo que en la anterior parte: personaje que aparece es personaje que está camino del matadero. Sin embargo aquí los futuros muertos ofrecen una mayor resistencia, con lo que podemos hacernos una idea de que no estamos ante el Deadpool todopoderoso que nos mostraron en la primera parte. Este asesino sí que parece poder ser derrotado.

Por otro lado, se nos ofrece una introducción de la que carecía el cómic anterior (el absurdo discurso del Vigilante y presentación de cómo se crea al asesino no pasaban de ser una burda excusa para mostrar la muerte de otros dos personajes), aquí se nos explica en qué consiste la historia y cuáles son las bases que debemos asumir. No es que considere esto un defecto del primer volumen, sino que como aquel consistía en ir rompiendo sitemáticamente todas las reglas, era absurdo establecer unas.

El resto de la historia es una colección de personajes clásicos con los que se hacen continuos chistes burlándose de ellos a costa de las historias a las que pertenecen, caricaturizándolos y mostrando su lado más ridículo, tal como se hacía con los héroes en la historia anterior. Debo decir que ahora sí que conocía a los personajes, así que puedo entender aquello de que el autor quería burlarse de los fans. Pero es que en esta historia esa burla está completamente desautomatizada, pues si bien antes tenía por objeto criticar ese tipo de historias, ahora es tan sólo una reproducción de lo que antes ya se había hecho, para poder así continuar con el juego, pero sin un verdadero sentido de fondo.


 

Mary Poppins

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P. L. TRAVERS, Mary Poppins

Hace unos días vi la película Al encuentro de Mr. Banks, que narra las vicisitudes para conseguir llevar a la gran pantalla la novela de la escritora británica P. L. Travers, Mary Poppins, por parte de Walt Disney. En la película nos cuentan una versión un tanto edulcorada de cómo acabó el asunto, pues si bien la Travers de la película, a pesar de sus muchas negativas al principio y todavía más pegas durante la adaptación (que si no podía ser un musical, que si no podía haber animación, que si Mary Poppins era demasiado fantasiosa, que si Mr. Banks no se preocupaba por sus hijos… al parecer acabó perdiendo todas las discusiones), acaba por estar bastante contenta con el resultado final de la película que Walt Disney había basado en su novela. Y nada más lejos de la realidad, pues la película que todos conocemos no hizo ninguna gracia a la británica, hasta tal punto que se encargó de que Disney no pudiera rodar ninguna otra película con las otras novelas de la saga de la niñera mágica, cosa que, por otro lado, a los telespectadores nos vino de primera, pues permitió que la cosa acabara donde debía y no nos asaltaran con mil continuaciones, que ya hemos visto demasiadas veces cómo terminan.

El asunto es que tras ver la película me entraron ganas no sólo de volver a ver Mary Poppins, sino de leer la novela infantil en la que estaba basada, de cuya existencia, dicho sea de paso, ni siquiera sabía nada. Así que la leí, y tras leerla me alegré muchísimo de que Walt Disney no hiciera ni caso de las exigencias de la señora Travers: la historia con la que muchos nos entusiasmamos de niños habría salido muy perjudicada. La novela infantil (con mi afán completista presumo que tarde o temprano tendré que leer las cuatro restantes) resulta bastante sosa. La magia de la película de mi infancia no existe, y cuando aparece lo hace de una manera que podríamos decir que es bastante sosa. Durante toda la nueva película un Tom Hanks – Walt Disney nos cuenta lo muchísimo que su hija se había entusiasmado con la lectura de las aventuras de la niñera mágica de P. L. Travers, así que con la idea de la película de 1964 en la cabeza, comenzaba a arder en deseos de leerla. Pero la decepción fue bastante grande. No es que la novela sea mala, porque no lo es, pero no alcanza ni por asomo las cotas de ilusión experimentadas frente a la pantalla.

La verdad es que son bastantes los cambios introducidos en la película. Para empezar, y lo que más decepción produce (recordad que esta es la impresión de alguien que no conoció a Mary Poppins en el papel, sino en la pantalla), es que la niñera es bastante antipática. Es toda una institutriz inglesa, más parecida a la que renuncia a su trabajo en las primeras escenas de la película que a la que interpreta Julie Andrews, contratada más por sus bajos honorarios, pues la familia de la novela no es adinerada como la de la película (cosa que también molestó a Travers), que por… lo cierto es que en la película tampoco me queda muy claro por qué la contratan. Este personaje no es capaz de ganarse la simpatía de ningún lector, o al menos eso me parece, no entiendo cómo alcanzó tal repercusión cuando fueron publicadas sus aventuras.

Además, el maravilloso personaje del deshollinador interpretado en la película por Dick Van Dyke, del que tan grato recuerdo tenemos, no tiene ni de lejos la importancia que tenía en la película. Y los niños que Mary Poppins debe cuidar son cuatro, no dos. Y la casa es un adosado de ladrillo, de esos tan comunes entre las familias de clase media en Inglaterra, no una mansión. Por no hablar de ese soso final que ni siquiera parece un final en la novela.

La novela está organizada en capítulos que suponen aventuras individuales e independientes, muy al gusto de las novelas infantiles del momento, una estructura no muy diferente de la que nos ofrecía Guillermo el travieso de Richmal Crompton, o algunos de los libros de Enid Blyton. Con lo cual, lo que ofrece son eso, pequeñas aventuras, no una única y bien elaborada, que es lo que pedimos en estos tiempos, aunque esto es tan sólo un cambio en los gustos de la época.

Pero parece que, al contrario de lo que algunos suelen hacer a menudo, que es juzgar una película por sus diferencias con la novela, yo esté juzgando la novela por sus diferencias con la película. Nada más lejos de la realidad. Lo que me interesa es dejar claro ciertos puntos que me parecieron muy acertados en la adaptación cinematográfica, y que son precisamente los que no gustaron a la escritora. Es decir, todo aquello que se alejaba de lo que exactamente contaban las páginas de la novela y que para Travers suponían todo lo malo de la película, mientras que para mí, como espectador, supusieron todo lo bueno, todo lo que recordé una y otra vez durante mi infancia. Y es que este es un mal que aqueja a muchos escritores que venden sus historias a la industria cinematográfica, que no se dan cuenta de que lo que ellos escribieron era una novela y lo que ahora va a rodarse es una película, géneros que de ninguna manera pueden contar la historia de la misma manera, y la prueba está en que en muchos de los casos sus destinatarios no son los mismos, pues si lo fueran, el número de lectores sería exactamente el mismo que el de espectadores, y si acudimos a las encuestas sobre lectura que se publican todos los años está claro que esto no es así.

Un afán por tener controlada en todo momento la historia que ellos escribieron en un momento dado parece aquejar a casi todos los novelistas que venden sus novelas al cine. Y cuando lo consiguen padecemos auténticos plomazos y sinsentidos, como El guerrero número trece, en la que Michael Crichton llegó a echar al director McTiernan, la televisiva y carente de interés El resplandor, con Rebecca de Mornay, cuyo único punto a favor es que reproduce la novela casi letra a letra, o todas y cada una de las películas sobre las novelas de Harry Potter, que suponen un crimen contra el ritmo narrativo a favor de que aparezcan un montón de tonterías mágicas sobre el colegio ese de los magos. Los novelistas parecen no entender que si bien la novela era suya, era su obra de arte, la película no lo es, pertenece al director, que no sólo sabe mejor que ellos lo que cuadra en una película y lo que no, sino que además puede querer utilizarla para contar algo bien diferente de lo que su autor original tenía en mente. Hoy en día todos tenemos bien claro que El resplandor es una novela de Stephen King, pero es una película de Stanley Kubrick, de la que, en un ejercicio de infantilismo del que no creía capaz al casi siempre sensato escritor de Maine, King renegó, diciendo que aquello no era la novela que él había escrito. Y por supuesto que no lo era: como ya he dicho, aquello era la película de Kubrick, no la novela de King. No se trata de que la película adapte mejor o peor el mensaje de la novela, pues estos pueden ser radicalmente distintos como en el ejemplo mencionado, sino de que la película adapte bien la historia al género cinematográfico.

>Battlestar Galactica

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*Este texto contiene spoilers. Para leerlos basta con seleccionar la parte que aparece en blanco.

El otro día terminé de ver la serie Battlestar Galactica, y no podía resistirme a escribir algo sobre ella, pues la experiencia había sido casi como ver literatura en imágenes, en una historia que mezclaba una reflexión sobre el funcionamiento político de la sociedad, y la eterna búsqueda de la trascendencia humana, cimentada sobre las bases narrativas de la Eneida. Es sin duda placentero encontrar todavía apuestas de tan alto nivel entre la ciencia ficción, y además consecuentes, cerrada esta en su cuarta temporada, sin alargarla innecesariamente ante la buena respuesta de la audiencia para acabar convirtiéndose en una degeneración ajena a aquello que era en un principio, como les ha sucedido ya a tantas series.

En ella, una civilización humana de otro sistema solar (Troya) es aniquilada por una raza de máquinas llamada Cyllon (Grecia), que había introducido entre ellos a un espía para eliminar sus defensas (caballo de Troya). Los escasos supervivientes deberán comenzar un largo viaje a través del espacio, guiados por el coronel Adama (Eneas), para encontrar un nuevo hogar cuya existencia sólo suponen y cuya ubicación desconocen por completo: la Tierra (Roma).

Con esta premisa argumental, los supervivientes deberán crear en su viaje una nueva sociedad desde cero, lo que dará lugar a un estudio de las luchas por el poder, la relación entre política y ejército, las crisis políticas, las revoluciones, los golpes de estado y las distintas soluciones a todo esto, siempre experimentando sobre el caldo de cultivo de una población reducida, lo cual, a todas luces, no simplifica las cosas, pues acaban por darse los mismos problemas de siempre: racismo, diferencias sociales, corrupción, desconfianza, crisis religiosas… Casi dando por sentado que todo nuevo comienzo para la humanidad es una condena a repetir siempre los mismos errores (tesis que se verá reforzada, aunque con un rayo de esperanza, en el último minuto del último capítulo de la serie).

La búsqueda de la trascendencia humana está basada en una bastante bien elaborada evolución de las religiones. Así, los humanos que inician el viaje adoran a una serie de dioses que se identifican con estadios anímicos y naturales, y que enseguida descubriremos que son los dioses grecolatinos, incluso con sus nombres originales. Tenemos, pues, a una civilización de tecnología futurista, con una sociedad del siglo XX y una espiritualidad muy atrasada. Los Cyllon que casi los han destruido, en cambio, lo han hecho en nombre de un único Dios verdadero del que todos somos hijos, y están convencidos de que siguen un plan divino que todo lo justifica, así que perseguirán a los humanos supervivientes para exterminarlos y cumplir así la voluntad de Dios en su particular cruzada.

Pero estos planteamientos tan evidentes irán modificándose a lo largo de la serie, y al tiempo que evoluciona la visión de Dios, provocando un cisma entre los creyentes, la nueva religión comenzará a ganar adeptos entre los humanos supervivientes, creando nuevos enfrentamientos religiosos entre estos y los seguidores de los antiguos dioses de Kobol, encarnados en Zeus y compañía.

Sin embargo todo dará un giro bastante acertado, aunque un poco cruel si tenemos en cuenta cómo había ido evolucionando el espíritu religioso a lo largo de la serie. En la última temporada seremos informados de que todo eso ya había sucedido antes, y que la nueva civilización humana había sido un intento terminar con la espiral de violencia que había llevado a su fin a una civilización anterior, pero que había fracasado también, motivo por el cual fue destruida y condenada a vagar por el universo para buscar un nuevo hogar. Llegados a este punto, la destrucción de Kobol por los Cyllon se entiende como un diluvio universal, y el viaje a bordo de la Galactica es el que Noé tuvo que pasar hasta encontrar Tierra de nuevo. Incluso, tal y como Noé tuvo que convencer a Dios para que no destruyera lo poco que había sobrevivido, ellos deben convencer, hacia el final, a los Cyllon de que no destruyan a la humanidad superviviente. No sólo hemos asistido al cambio de la antigua religión por la nueva, sino que incluso la serie en sí ha cambiado el paganismo por el cristianismo, revelando al final una suerte de Dios dual sin sexo ni raza, que engloba en sí mismo todas las diferencias existentes entre nosotros.

En resumen, produce alegría encontrarse con tan excelentes productos, y reconozco que me he quedado con ganas de más (aunque aliviado por que terminara donde tenía que terminar y no se alargara innecesariamente), así que me pondré a ver Caprica, aunque con algunas reticencias, pues no es tan bueno lo que he oído sobre este spin off.