Lazarillo de Manzanares

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JUAN CORTÉS DE TOLOSA, Lazarillo de Manzanares

Creo que sólo con leer el título, por pocos conocimientos que uno tenga de literatura, todo el mundo se da cuenta de que estamos ante una novela picaresca. Resulta imposible no pensar inmediatamente en el Lazarillo de Tormes: mismo nombre y sólo cambia el río. Y el desarrollo de la historia tampoco transita caminos muy diferentes a los de su predecesora, si bien incurre en más tópicos burlescos de los que gustaban en el siglo XVII para mover a la risa. Esto es debido a que, a pesar de hacer esa clara referencia en su título a la novela fundacional (con permiso del Guzmán) del género, su vista está puesta en ella de manera meramente superficial, encajando mucho mejor en la narrativa barroca y recordando en su expresión mucho más a piezas de esta época, como El Buscón, por poner un ejemplo que no se salga de nuestro asunto.

Para ahondar un poco más en la miseria del pícaro protagonista, este Lázaro ni siquiera conoce cuáles son sus orígenes, pero sus padres adoptivos, una bruja y un ladrón, para no salirnos de la norma y que recuerdan bastante a los padres de Pablos, se preocuparán de que tenga estudios y, con ellos, un medio mejor de ganarse la vida, algo poco habitual en los pícaros, que tienden a sobrevivir sólo por su ingenio. Nuestro Lázaro sabe bien leer y escribir, y también sabe latín, virtudes con las que resulta difícil de creer que no pudiera conseguir un puesto de secretario de algún hombre importante, con el cual poder mantenerse con comodidad.

Pero ese no es su camino, pues se lanza a la vida de ir cambiando de amos, y lo hace refugiándose en uno de los tópicos de la época: en las ciudades no se conocen los unos a los otros. De modo que, huyendo de que lo relacionen con su madre adoptiva, condenada por brujería, marcha a Sevilla. No contaré la historia ni sus muchas aventuras: tiene varios amos, sufre varias desventuras y, en otra coincidencia con El Buscón de Quevedo, termina su historia embarcándose para las Indias.

Si hay algo que diferencia a esta novela del Lazarillo de Tormes, es que su complicado lenguaje la ha hecho envejecer bastante mal. Bueno, eso y que su propósito sea el mero entretenimiento, dejando al margen la denuncia social, aunque a veces se meta a censora, pero lo hace por medio de premáticas o de historias intercaladas destinadas a ese objetivo, lo que resta naturalidad a la crítica. Y esas historias intercaladas dificultan todavía más la lectura, pues en su afán por buscar la risa, las acciones se suceden muy rápido, y además se meten en ellas historias externas al núcleo central de la novela, y ese batiburrillo nos hace perder en ocasiones el hilo de la historia.

Pero si hay algo que acerca la historia a nuestros días es su protagonista en sí. Estamos acostumbrados a que los protagonistas de las novelas picarescas provengan de ambientes demasiado bajos, a que sean delincuentes, parias sociales… todas ellas figuras demasiado alejadas de nosotros mismos. Pero este Lázaro es un joven con estudios que, a pesar de sus conocimientos fruto de su estudio, no consigue alcanzar un estadio en el que poder ganarse la vida con holgura (más bien lo que consigue son muchos trabajos precarios y sin futuro), y eso es algo que hoy en día nos resulta demasiado común a muchos. En España se habla de que la generación más preparada tiene que huir del país para ganarse la vida. No sé si perteneceré o no a esa generación, y tengo por seguro que no soy de los más preparados, pero sin duda yo también he tenido que huir, y mi tiempo tuve que pasar también estudiando para no tener ningún futuro en mi propio país. Por una carambola del destino, este Lázaro resulta hoy en día más actual que su tocayo de Tormes, aunque su dificultoso lenguaje, amén de otros defectos, no vaya a permitir que se vuelva ni mucho menos tan popular.

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La tía fingida

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MIGUEL DE CERVANTES (atribuido), La tía fingida

La tía fingida es la decimotercera novela ejemplar, una historia de los bajos fondos, de ambiente prostibulario, algo bastante poco común en la narrativa de Cervantes, que cuando desciende a estos ambientes suele ser para usarlos como decorado de otras inquietudes narrativas, pero no como centro y guía de su historia. Claro que Cervantes podría haber sentido el gusanillo de escribir una de esas historias que no le seducían demasiado, pero sería como encontrar una novela puramente picaresca firmada por su pluma: algo bastante extraño. De todos modos, ni soy un experto en Cervantes ni voy a realizar ningún estudio textual para escribir una reseña. Baste decir que hasta la fecha los críticos aún no han sido capaces de pronunciarse con seguridad sobre la autoría de Cervantes.

La historia trata sobre unos estudiantes que rondan a una joven, pero son expulsados de su casa por su dueña. Piden ayuda a un caballero llamado don Félix, que se introduce a escondidas en la casa y descubre que la joven es una prostituta y que la dueña la remienda para volver a ofrecerla siempre como virgen. En estas llega la autoridad y se lleva a las mujeres a la cárcel, pero en el camino los jóvenes raptan (o liberan, según se mire) a la joven. Uno de ellos quiere gozarla en el acto, pero el otro se opone y se la lleva a su pueblo para casarse con ella con la bendición de su padre, mientras la dueña es acusada de brujería.

Como ven, se trata de una situación con un humor bastante corrosivo, más cercano al ámbito de La Celestina que a lo que Cervantes suele ofrecer. Tenemos engaños prostibularios minuciosamente explicados, dando detalles sobre la prostitución de la muchacha, el trabajo de la alcahueta, la reconstrucción del virgo… y termina con la escena de desprestigio de la boda.

Un detalle personal es que, a pesar de que me ha parecido una novela muy entretenida y divertida, no me ha parecido que haya nada que vaya más allá de la mera aventura, y eso sí que me parece poco habitual en Cervantes. Para que se hagan una idea, la edición en la que he leído las Novelas ejemplares es la de Crítica, que tiene unas introducciones a las novelas bastante extensas, pero en esta en concreto, sobre la novela en sí se limita a señalar que “no es más que un relato prostibular en la tradición de La Celestina”, y dedica el resto del texto a hacer disquisiciones sobre su autoría. Es bastante revelador que el editor tenga tanto que decir sobre la autoría y tan poco sobre el texto.

Y con esto creo que ha terminado mi paseo por las páginas de las Novelas ejemplares de Cervantes (que tenía leídas sólo a medias), algo que me había impuesto para este año cervantino en el que el Gobierno de España ha ninguneado a nuestro autor más importante mientras las representaciones de Shakespeare se suceden por todo el mundo, en todas las lenguas imaginables. Y mientras personas de todos los países conocen cada vez más al dramaturgo inglés, sobre Cervantes no se ha hecho absolutamente nada. Nada que pudiera viajar por el mundo, se entiende. Podrían haberse currado una serie de televisión (ahora que tan de moda está) con las Novelas ejemplares, a novela por capítulo (y una segunda temporada con los entremeses, ya que estamos). En China, al menos, puedo decirles que ni saben que hace 400 años que murió Cervantes (muchos no saben ni que vivió), no se ha visto su presencia fuera de las cuatro paredes de la biblioteca del Instituto Cervantes de Pekín. Eso sí, la payasada de que un grupito de famosetes (entre los que siempre se suele contar un desagradablemente alto número de políticos) lean fragmentos de El Quijote, que salta a la vista que su reducida capacidad lectora no les permite comprender, no habrá faltado. Y luego se extrañarán de que lo primero que piensan todos cuando oyen mencionar a Cervantes es que es aburrido. ¿Y todavía les sorprende con semejante escaparate?

El coloquio de los perros (y 2)

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MIGUEL DE CERVANTES, El coloquio de los perros

Pero no todo es artificio en El coloquio de los perros. Si así fuera, a pesar de sus virtudes también sería fácilmente olvidable. Cervantes conocía muy bien su tiempo y, una de dos, o no hemos cambiado nada o también conocía muy bien la condición humana en general (o ambas cosas). Porque muchos son los pasajes que nos recuerdan preocupantemente a nuestro momento actual, a cómo se conduce la gente en la calle, incluso a las noticias que vimos en la prensa la semana pasada. Empezando por las dos premisas que los perros ponen para contar sus vidas. La primera es que “mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que en procurar saber las vidas ajenas”, y no creo que haya que hacer ningún comentario al respecto, en una sociedad preocupada como lo está la nuestra por el chisme y los detalles ajenos, más aún si estos pueden hundir en el fango al otro, porque parece que disfrutamos de ellos, que nos hace sentir superiores (aunque sin duda no moralmente). Esta afición a las vidas ajenas quizá pudiera tener cierta justificación en épocas pretéritas en las que los entretenimientos eran escasos, pero en una en la que los métodos para entretener e incluso perder el tiempo son tan numerosos, no hay justificación posible, siempre existe un pasarratos alternativo. Pero parece que ha sucedido al contrario, cuantas más posibilidades tenemos, más las enfocamos en escudriñar lo que no pertenece a nuestro círculo, en escarbar más allá de lo que las personas nos dejan ver, hasta el punto en que hemos convertido una herramienta que nos facilita ofrecer información al mundo, como lo es Internet, en algo utilizado para reventar los secretos de la gente y exponerlos a ojos para los que no estaban pensados, y todos tenemos derecho a nuestros secretos, no hay ninguna ley que diga que tenemos que descubrir a todos hasta la última porción de nuestra alma, y espero que nunca la haya.

La otra premisa que ponen es no murmurar contra los demás, algo relacionado con lo anterior, pero no idéntico. Cuando Berganza advierte de que en su historia pretende filosofar, el segundo punto de vista encarnado en Cipión le advierte: “Consentiré que murmures un poco de luz y no de sangre; quiero decir que señales y no hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada: que no es buena la murmuración, aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te tendré por muy discreto”. Y ¿quién es hoy en día capaz de establecer una crítica social, o de armar un consejo, sin señalar los males que, a su parecer, existen en los demás? Es preocupante que una especie condenada a vivir en sociedad sea incapaz de dar ninguna opinión política sin hacer sangre en los demás. Hay excepciones a esto, claro, pero son demasiado escasas. En el caso de España en particular, quienes deberían tener las ideas más claras, pues se dedican al difícil oficio de guiar al país, parecen incapaces de dignificarse mínimamente evitando recurrir a lo mal que los demás lo hacen todo para defender su discurso. Ahora, tanto PSOE como Ciudadanos como Podemos como IU nos recuerdan a cada momento lo mal que ha hecho las cosas el PP de Rajoy, que a su vez no se cansó en su momento de repetir lo mal que lo había hecho el PSOE de Zapatero. A su vez, los simpatizantes del resto de partidos buscan con minuciosidad algo para criticar de Podemos, pues al ser nuevos no se les puede achacar aún lo mal que lo hicieron antes. Y así la política se convierte en una bola de críticas, en la que todos murmuran de sangre y nadie de luz, como pide Cipión.

Y hablando de política, casi parece que Cervantes tuviera conexión directa con el presente, para criticarlo de la manera tan certera en que lo hace. En una de las aventuras que pasa Berganza, como perro pastor, hay un lobo que se come las ovejas, y cada vez que esto sucede el dueño del rebaño culpa a los pastores y golpea a los perros por no cuidar bien de su propiedad. Berganza descubrirá que son los propios pastores quienes matan a las ovejas y hacen parecer que ha sido un lobo, para poder así quedarse con estupendas piezas de carne. Al descubrirlo se lamenta: “Vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. […] ¡Válame Dios! –decía entre mí–, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?”. Como estos pastores actúan sin duda nuestros políticos, corruptos en su mayoría, robando los bienes que tienen la obligación de proteger para nosotros, haciéndose los ciegos cuando son otros (allegados) los que roban, protegiéndose los unos a los otros, escudándose en los defectos de forma de las leyes en lugar de en esa otra cosa, tan antigua y pasada de moda, que era conocida como el espíritu de la ley.

Y para terminar, les dejo con un fragmento de conversación que me ha recordado dolorosamente a una realidad diaria de hoy en día:

“Berganza: Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no lo entienden que son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.

”Cipión: Por menos daño tengo ése que el que hacen los que verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes que, hablando con un zapatero o con un sastre, arrojan latines como agua.

”Berganza: Deso podremos inferir que tanto peca el que dice latines delante de quien los ignora, como el que los dice ignorándolos.

”Cipión: Pues otra cosa puedes advertir, y es que hay algunos que no les escusa el ser latinos de ser asnos”.

Y es que la conversación refleja dos actitudes habituales hasta la náusea hoy en día. La primera, incrementada sin medida desde que Internet entró en nuestras vidas, la de aquel que ve u oye algo (casi nunca lo lee), y va esgrimiendo lo visto u oído contra todo el mundo, como si fuera un argumento incontestable, seguro de lo inteligente que es por tener ese conocimiento que quizá sea tan sólo una opinión de algún otro y sobre el que por supuesto no se ha molestado en informarse adecuadamente, no digamos en discriminarlo, algo para lo que quizá ni esté capacitado. Y así tenemos a una legión de tipos con conocimientos “de oídas” que plantan cara a quienes quizá han estudiado el asunto, y que, a pesar de poder tener grandes conocimientos en la materia (la que sea), no pueden responder, pues saben que van a enfrentarse a un muro de ignorancia, o de terquedad, o de ambas cosas.

Estos son los latinistas que no saben ni declinar, pero por el otro lado están los verdaderos latinistas, los expertos en su oficio, con verdaderos conocimientos capaces de eclipsar a los de cualquier ciudadano común y corriente. Estos, en cuanto uno hace una observación errónea, lo toman al asalto, le afean no haberse dedicado al estudio del asunto con la profundidad con la que ellos lo han hecho, lo llaman ignorante y lo cubren de insultos velados o no tan velados.

Ahora más de uno se enfadará, pero es que el máximo exponente de esto lo tenemos hoy en día entre los historiadores (o quienes han estudiado historia en profundidad, bien por trabajo, bien por afición), que parecen exigir a todo el mundo que tenga sus mismos conocimientos sobre su materia (no todos, claro, pero los que lo hacen son demasiado públicos, y bastantes de ámbito más privado los imitan, haciendo padecer esta conducta a sus allegados). Y lo peor es que la historia parece ser la única ciencia con alguna validez para ellos: no suelen admitir razonamientos (y por supuesto no saben desmontarlos si se los dan, se limitan a negar la mayor con el consabido “¡ignorante!” en los labios) y repiten constantemente el latiguillo ese de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, sin advertir que si se repite un experimento modificando alguna de sus variables, necesariamente el resultado será distinto. Habría que recordarles que tan ignorante es quien no conoce los detalles sobre el transcurso de alguna batalla o algún acontecimiento político, como el que no los conoce sobre física de partículas o no sabe resolver una complicada ecuación. La verdad, no sé por qué no conocer cualquier episodio de la historia en sus detalles me convierte en un inculto, pero no lo hace el hecho de no saber cómo trazar, por ejemplo, la ruta de una nave por el sistema solar.

El coloquio de los perros (1)

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MIGUEL DE CERVANTES, El coloquio de los perros

El coloquio de los perros es la joya final que cierra las Novelas ejemplares de Cervantes. Y digo joya porque de verdad merece el apelativo. Se trata de una conversación entre dos perros que, por algún motivo que desconocemos, adquieren la capacidad de hablar durante dos noches, y que está integrada dentro del relato de la novela que la precede. Los dos perros se llaman Cipión y Berganza. Durante la primera noche Berganza contará su vida a Cipión y durante la segunda, será Cipión quien haga lo propio. Pero sólo conocemos la historia de la primera noche, pues la segunda quedaría para una improbable continuación. Digo improbable porque de darse tendríamos que asistir a una repetición de esquemas que convertirían a la segunda noche en un calco de la primera, provocando con toda probabilidad el aburrimiento y menoscabando la calidad de lo acontecido en la primera.

Sabemos que la historia completa la compondrían dos noches consecutivas, porque así nos lo dice el alférez, que es quien los escuchó, en El casamiento engañoso, y porque los propios perros lo apuntan en más de una ocasión durante su conversación. Incluso en un juego final, el licenciado le insta al alférez a escribir esa segunda parte, asegurándole que “aunque este coloquio sea fingido y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo”. Ese segundo coloquio del que nunca sabremos nada.

Y es que la cosa es evidente que no puede continuar, pues supone un cierre de la colección, no sólo por la unión con el relato anterior en busca de la unidad del conjunto de novelas, sino también por la inclusión en El coloquio, aunque sea de pasada, de algunos de los personajes que ya habían aparecido en las novelas anteriores, buscando así una suerte de relación interna entre las partes. Aunque esto no evita que las novelas puedan presentarse de manera totalmente independiente (con excepción de estas dos últimas), cosa por la que ya se criticó a la colección en el siglo XVII.

Pero las sorpresas no acaban en estos cruces con otras de las novelas. Si algo llama la atención es la dificultad para poner una etiqueta a El coloquio. Ya desde su título, Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, tenemos dudas sobre su género, pues se nos dice que es una novela y acto seguido un coloquio (hay que tener en cuenta que los diálogos eran un género bastante popular en la época, sobre todo en temas filosóficos, y estos dos perros no dejan de advertirnos, sobre todo Berganza, de su intención de filosofar). Si bien es cierto que lo que predomina es la narración, quedando el diálogo como una cuestión meramente formal y siendo atajadas las disquisiciones filosóficas rápidamente por Cipión, que no permite que Berganza se pierda en ellas. Y por su presentación, la novela (porque decidimos que es una novela, no un diálogo) parece por su forma un híbrido entre una fantasía lucianesca y una novela picaresca.

Berganza nos cuenta la historia de su vida, en la que ha servido a muchos amos, y que termina en el momento presente. De no ser porque Berganza es un perro que no puede fiar su destino a sus orígenes (pues ni él mismo los conoce muy bien), podríamos afirmar que, efectivamente, estamos ante una novela picaresca. Pero otros elementos la diferencian del género. Por ejemplo, ésta no está contada desde el final de su vida, sino desde un punto intermedio a partir del cual no sabemos qué sucederá. Los dos perros han adquirido la capacidad del habla y la aprovechan para contar sus vidas, pero no se encuentran al final de ellas, no se trata de una revisión de sus vidas que sirva como ejemplo de conducta. Tan sólo una parada en el camino. Por no decir que la vida de un perro no podría servir como ejemplo de conducta a nadie.

Además, Berganza no está sólo, no escribe su historia para el lector, como suele suceder en la picaresca, sino que se la cuenta de viva voz a Cipión, que intervendrá para dar su opinión o para moderar la de Berganza, introduciendo así un segundo punto de vista y rompiendo con el punto de vista único de la picaresca, algo que nunca gustó mucho a Cervantes.

Así pues, nos vemos ante una mezcla de géneros y una serie de artificios técnicos que buscan dar una apariencia de conjunto a la colección, cerrándola con la que, sin duda (igual me precipito al expresarlo así, pero ésta era una de esas novelas que no había leído todavía y, al hacerlo ahora por primera vez, todavía permanezco en éxtasis ante lo visto) es la mejor novela de la serie y un broche final perfecto.

El casamiento engañoso

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MIGUEL DE CERVANTES, El casamiento engañoso

Conviene hacer un par de distinciones antes de atreverse a decir nada sobre la penúltima de las Novelas ejemplares, y es que, técnicamente, podríamos incluso asegurar que las dos últimas novelas de la colección son una sola. En ella (o ellas) un alférez y un licenciado conversan, y el alférez le cuenta al licenciado dos historias que asegura le han acontecido: El casamiento engañoso y El coloquio de los perros. Más bien le cuenta sólo la primera, pues la segunda se la entrega escrita para que el licenciado la lea por sí mismo. Así pues, la historia del casamiento del alférez, que éste le cuenta de viva voz al licenciado, queda completa. Pero está incluida dentro de otra, la de la conversación entre ambos personajes, cuyo final no se produce aquí, pues se corta abruptamente cuando el licenciado comienza a leer el manuscrito de El coloquio. Se trata de la primera vez en toda la colección de novelas en que unas no son completamente independientes de las otras, quizá para darle una mayor unidad al conjunto. Aunque no es la primera vez que Cervantes integra unas novelas en otras, ya nos dio magistrales muestras de ello en El Quijote.

La historia del casamiento engañoso es bastante sencilla, pero nada simple. El alférez cuenta cómo cortejó y se casó con una dama rica, haciendo ver que él también disponía de una gran fortuna que en realidad era de atrezzo (joyas falsas y poco más), para al final descubrir que su mujer supuestamente rica era en realidad una criada que se había hecho pasar por dueña de las posesiones de su ama aprovechando un viaje de ésta, y que al enterarse el alférez del engaño, había huido llevando consigo las joyas falsas de su marido, creyendo que eran auténticas.

El licenciado lo escucha con calma, para concluir que no tenía de qué quejarse, pues en el engaño del que había sido objeto tenía el escarmiento de su propio engaño. Un tema muy típico, el del engañador engañado. Lo interesante es cómo, sin que lo sepamos todavía, se van a establecer ciertos paralelismos entre estos dos personajes y los dos perros que conversan en la siguiente novela, Berganza y Cipión, en la que Berganza cuenta su vida y Cipión lo censura, tal y como el alférez ha contado la suya y el licenciado lo ha censurado. Si bien la moralidad parece ser el objetivo casi único de El casamiento, mientras que El coloquio se adentra en varios otros temas.

Terminada su narración, el alférez quiere contar una nueva historia al licenciado, que asegura haberle pasado en verdad, pero éste desconfía incluso de la contada anteriormente al querer comenzar la nueva con dos perros que hablan como si fueran personas. Al final consigue que el licenciado acepte leer la historia, que ha puesto por escrito, y es ahí donde se produce la ruptura, con ese “abrió el licenciado el cartapacio, y en el principio vio que estaba puesto este título”, con el que termina la novela. Por supuesto, el título del que habla y que no llega a revelarnos, será el que abra la última de las Novelas ejemplares: El coloquio de los perros.

La señora Cornelia

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MIGUEL DE CERVANTES, La señora Cornelia

De nuevo tenemos a dos amigos, de nuevo universitarios y de nuevo viajando. Don Juan y don Antonio viajan a Bolonia, y en una noche don Juan recibe un bebé y toma parte en una pendencia en la que varios hombres atacaban a uno solo, intercambiando por error sus sombreros en el transcurso. Cuando llega a casa, descubre que don Antonio ha acogido a una dama que trae una singular historia y ambos comparten lo que a cada uno les ha sucedido. Pendencia, bebé y dama pertenecen todos al mismo conflicto, uno, a mi parecer, demasiado guiado por las casualidades, porque en verdad todo lo que sucede en esta novela sucede por casualidad, lo que me hace verla quizá como la más floja hasta el momento de las Novelas ejemplares.

En realidad poco tengo que decir de ella, pues si bien resultaba interesante seguir el sorpresivo transcurso de los acontecimientos narrados, con el interés puesto en el posible desenlace, nada que no fuera la mera historia me venía a la cabeza. Y así ha permanecido la cosa hasta ahora. Quizá se trate de la novela de la colección que menos me ha llamado la atención.

¿Quiere esto decir que la novela sea mala? En absoluto. Lo que sucede es que, entre tantas maravillas como componen el volumen de las Novelas ejemplares, no luce. O esa sensación me ha dado. Como se puede comprobar por el escaso resumen del argumento que he llevado a cabo (escaso porque si lo continúo creo que la novela perderá su principal atractivo, que es la aventura en sí), pueden ver ya en él bastantes tópicos acumulados: los dos amigos, los universitarios de viaje, el bebé entregado, la dama misteriosa, la pendencia entre embozados… demasiada acumulación para llegar a buen puerto.

De todos modos tampoco hace Cervantes aquí gala de los detalles a los que nos tiene acostumbrados (todo es muy típico, quizá demasiado), y quizá sea por eso que la novela parece una obra menor. Menor pero entretenida, eso sí, como aventura por la aventura, una historia en absoluto despreciable.

Las dos doncellas

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MIGUEL DE CERVANTES, Las dos doncellas

A medianoche llega a una posada un misterioso caballero que quiere una habitación para él sólo. El posadero le informa de que sólo le queda una, pero tiene dos camas, así que si llega otro viajero tendrá que compartirla. Ante ello el visitante le paga por las dos camas para no ser molestado. Sin embargo, el siguiente viajero en llegar, al conocer la historia, queda tan intrigado que consigue ser hospedado en la otra cama. Una vez ahí, el primer viajero le cuenta que en realidad es una mujer que viaja para encontrar al hombre que la sedujo, para obligarlo a casarse con ella. No será hasta la llegada de la mañana, con la entrada de luz en el aposento, que don Rafael, pues así se llama el segundo viajero, descubra que su compañero de habitación es Teodosia, su hermana.

Ante esta situación, Rafael determina no tomar venganza sobre su hermana, sino ayudarla a dar con Marco Antonio, pues ese es el nombre de su seductor. Parten, ella bajo el nombre de Teodoro, para ocultarse, y en el camino dan con unos hombres que han sido asaltados por unos bandoleros. Uno de ellos resulta ser otra mujer vestida de hombre, llamada Leocadia, enamorada del mismo Marco Antonio, y que también ha salido en su búsqueda, aunque ella nunca llegó a tener trato carnal con él. De ella se enamora perdidamente Rafael, que se ofrece a ayudarla a dar con él.

En esta situación, tenemos un enrevesado enredo amoroso propio de la mejor comedia de capa y espada. Teodosia busca a Marco Antonio disfrazada de Teodoro. Rafael la ayuda. Leocadia, también lo busca vestida de hombre, pero ella no sabe que Teodoro es una mujer. Así que Teodosia la odia, sin que Leocadia lo sepa, por pretender a su marido, al tiempo que Rafael la ayuda a encontrarlo, pero en realidad para su hermana, pues él está enamorado de Leocadia.

Lo encontrarán en trance de muerte, pero, dado el planteamiento de la novela, el final será necesariamente feliz, aunque no lo desvelaré.

Nuevamente Cervantes nos coloca ante una historia bastante típica de su época, pero con un tratamiento de la relación de los personajes femeninos con su entorno bastante atípico. Si bien es cierto que la mujer que se viste de hombre para ocultar su identidad mientras viaja sola es algo a lo que se echa mano bastante, resulta más extraño que su hermano, una vez descubierta la pérdida de la honra, no tome venganza. Es cierto que la presentación de la novela se asemeja a la de una comedia de capa y espada, y en este tipo de historias la dama siempre está al borde de ser descubierta y perder su honor, pero hay dos puntos que separan esa situación de la que tenemos en esta novela. Y es que allí nunca llegan a ser descubiertas, y aquí Teodosia es descubierta nada más comenzar el relato. Además, allí tampoco llegaban a ser deshonradas, y aquí Teodosia efectivamente lo está.

Pero comenzar la historia con un asesinato habría echado por tierra su carácter ingenioso y de misterio, que se le confiere casi desde la primera frase. En lugar de eso, Rafael mantiene el secreto, en la certeza de que si nadie conoce la deshonra, nadie podrá acusarlo de ella, y si logra solucionarla en privado será como si nunca hubiera existido. El razonamiento es lógico, pero no tanto el hecho de que un personaje noble se convierta en cómplice de su propia deshonra, poniendo por delante el amor hacia su hermana y ofreciendo soluciones más civilizadas a la constante de limpiar siempre la honra con sangre. Además, al final la cosa no queda tan secreta como le habría gustado a Rafael, de no ser porque en el lugar en el que todo se desarrolla no son conocidos de nadie.

He comparado la novela con una comedia de enredo, y lo es, pero Cervantes no se limita a seguir los esquemas de personajes de este tipo de comedias. De entrada, difiere en lo que ya he dicho, pero, además, en esta ocasión el peso de la acción recae sobre el galán en lugar de sobre la dama, pues las dos que aparecen no parecen tener el ingenio necesario para resolver su problema, es Rafael quien termina por encargarse de todo.

El argumento, al fin, se vuelve tan interesante como el de la novela anterior, superponiendo un misterio a otro hasta la resolución final.