La ilustre fregona

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MIGUEL DE CERVANTES, La ilustre fregona

Los mozos Carriazo y Avendaño parten de las casas de sus padres para ingresar en la universidad, pero a mitad del camino despiden a su criado y deciden conocer mundo (o más bien España), y en el primer lugar en el que paran, Toledo, en la fonda en la que se hospedan ocultos tras nombres falsos, descubren a una fregona tan hermosa que Avendaño queda prendado de ella. Para poder quedarse allí, Avendaño se convierte en mozo de la taberna y Carriazo en aguador. Pero existe una historia en torno a la bella joven que permanece oculta. El descubrimiento de lo que se oculta tras la identidad de la joven será la clave para que los amores de Avendaño lleguen a buen puerto y el hospedero pueda poner fin a la promesa que hace años hizo a una misteriosa mujer que dio a luz en su posada.

Muy misterioso parece el argumento de La ilustre fregona, pero un lector del siglo XVII ya podía hacerse una idea bastante acertada de lo que iba a encontrar ahí dentro tan sólo por el título. Pues si bien nosotros, hoy en día, no lo relacionamos muy bien, la palabra “ilustre” se refiere a la condición social de la dama en torno a la cual gira todo el problema. Seguramente ver en comunión las palabras “ilustre” y “fregona”, oficio bien poco ilustre, les chocaría mucho más que a nosotros en un principio, pero una vez iniciada la lectura, de seguro que daban con las pistas para resolver ese acertijo mucho antes que nosotros.

Pero al margen de los problema de época varios, llama la atención lo moderno del uso de los personajes en la narración. En la narrativa áurea generalmente son los protagonistas quienes llevan la voz cantante, mientras que los secundarios suelen aparecer, hacer su parte y desaparecer (muy someramente expuesto). Sin embargo, en esta novela, a parte de los dos protagonistas, Carriazo y Avendaño, y la inevitable fregona, todos los personajes que van apareciendo se van incorporando en cierta medida a la historia, conformando cada uno de ellos una pieza esencial en la resolución final del conflicto. Quizá la influencia de la literatura dramática, mucho más avanzada en el Siglo de Oro, tenga algo que ver con esto. La regla aristoteliana de la unidad de acción, reformulada por Lope de Vega como unicidad, hacía que los personajes que no se adaptaran a la resolución del conflicto desaparecieran de la escena, y eso parece encajar bastante bien en esta novela. Algunos de los personajes tienen información clave de la historia, como el tabernero, lo que los convierte de repente en actores fundamentales, otros ejercen de observador que une las diferentes partes al verse envuelto en la historia, como el corregidor. Incluso los padres, habitualmente usados como Deus ex machina en este tipo de situaciones, tienen aquí una implicación mayor, con lazos que los unen a varios de los otros personajes.

Quiero decir que no existen aquí los personajes que sólo pasaban por ahí, los personajes cuya única función es la aligeración cómica o los personajes que aparecen y desaparecen para resolver un problema (los tres tipos los vimos en El licenciado Vidriera), sino que todos ellos tienen una función narrativa más compleja que la mera resolución rápida de un problema, lo que convierte a La ilustre fregona no sólo en una novela moderna, sino en una novela muy interesante en la que el lector moderno no sentirá la necesidad de saltarse ni una sola de sus líneas, ni le ofrecerá ese aspecto acartonado que sentimos en las historias de otras épocas en ocasiones.

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El celoso extremeño

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MIGUEL DE CERVANTES, El celoso extremeño

El marido celoso suele ser un motivo de burla en la literatura áurea, aunque no sea esta su única función. Sobre el caen las consideraciones más crueles tanto por parte del narrador como del resto de personajes, y no suele salir muy bien parado. Pero éste no es el enfoque que recibe El celoso extremeño, una novela, que traslada el centro de su historia desde los habituales vecinos y gente de la ciudad que hacen mofa del celoso, hasta los habitantes de la casa, con menos libertad para sus lenguas, al estar a su servicio.

Un hidalgo de juventud disipada, llamado Felipo de Carrizales, una vez dilapidada su fortuna familiar, pasa a Indias para hacer fortuna. Allí las cosas le van bien y se hace rico, y cumplidos los setenta siente la necesidad de regresar a su tierra. Una vez allí, temeroso de que las mujeres lo hagan perder su fortuna, jura jamás enamorarse, justo tras lo cual verá a una moza, Leonora, en una ventana, y la pedirá en matrimonio, otorgándole una copiosa dote. Pero antes de casarse manda construir una casa con altos muros, varias puertas de entrada y ninguna ventana que dé a la calle, que convertirá en sepulcro en vida de su jovencísima esposa, por temor a que ésta le sea infiel con cualquier otro. Un galán llamado Loaysa alcanza a verla y prepara todo un plan en el que se ve obligado a involucrar mediante engaños a todos los criados de la casa, pues son los únicos, aparte de Carrizales, que tienen acceso a ella. Fingiendo ser un músico pobre, y con la principal colaboración del caballerizo, la dueña y la propia Leonora, conseguirá entrar en la casa y verse con Leonora.

La novela es un mundo perfectamente cerrado en el que nada está de más, y todos sus componentes establecen relaciones a varios niveles. Pero dejando aparte el tópico del marido celoso, o el del galán de alegre vida, resulta llamativa la manera en que la situación de Leonora está siempre ligada al entorno que la rodea. En su primera aparición es una joven sin obligaciones que aparece en una ventana, signo inequívoco de una mujer de vida, digamos, bastante alegre. Esta primera aparición anuncia bastante bien cuál será su relación con su futuro marido, un celoso enfermizo que ya puede añadir como carga a sus celos la manera en que ha conocido a su mujer, a pesar de que ella en ningún momento le da motivo para ellos. Es más, se muestra siempre absolutamente dedicada a su marido.

Una vez casados es encerrada en una casa que más se parece a una prisión, tomando de manera literal eso de “cárcel de amor”, que tiene por misión que nadie pueda llegar hasta Leonora y dejar a Carrizales sin honor. Más se parece la casa a un cinturón de castidad, pues el cometido de ambos elementos viene a ser el mismo (y sí, me doy cuenta del dislate cronológico). Y funciona, hasta que llega Loaysa y, poco a poco, con diversos intentos, va abriendo los cerrojos y penetrando en el interior del fortificado templo.

Pero, al parecer, o Leonora era muy virtuosa o a Cervantes no le pareció bien dar con la historia en adulterio, pues incluso con todos los obstáculos ya vencidos, los candados abiertos y penetradas las entradas a la prisión y virtud de Leonora, ésta aún resiste la insistencia de Loaysa, a quien lo único que permite hacer es quedarse dormido junto a ella, en una escena que, a mí, me resulta bastante inverosímil: “Pero con todo esto, el valor de Leonora fue tal, que en el tiempo que más le convenía, le mostró contra las fuerzas villanas de su astuto engañador, pues no fueron bastantes a vencerla, y él se cansó en balde, y ella quedó vencedora, y entrambos dormidos”. Más natural me parece la versión de Porras, en la que sí se insinúa que Leonora (a la que se llama Isabela) se ha acostado con Loaysa: “No estaba ya tan llorosa Isabela en los brazos de Loaysa…”.

(Hoy contaré el final, así que recomiendo no seguir a quien no quiera conocerlo).

A pesar de toda esta historia, parece haber más animadversión hacia la figura del galán Loaysa que hacia la del celoso Carrizales, pues éste parece redimirse a las puertas de la muerte, dejando una copiosa herencia para su mujer a modo de dote para que pudiera casarse con Loaysa, que por su parte se alegra de las noticias, y se ve con la recompensa de una fortuna por sus desmanes.

Sin embargo Leonora no saldrá de la sartén para caer en las brasas. Su paso de manos de un celoso viejo a otro joven, supondría la no existencia de cambio alguno para ella. A fin de cuentas Loaysa no es otra cosa que lo que Carrizales fue en su juventud, y no hay motivos para suponer que no habría sido otro marido celoso, sólo que más joven. La madurez parece haber llegado a ella a fuerza de palos, razón por la que prefiere dar un “final feliz” a esta historia, entrando a monja y dejando a Loaysa con dos palmos de narices. Parecería que el final feliz vendría dado por un matrimonio de Leonora con alguien de su edad, pero hay que tener en cuenta que Loaysa es un vividor, cualidad destacada más aún cuando cree tener su vida resuelta por la decisión de Carrizales, mostrándose dispuesto a vivir a costa de la fortuna heredada de su mujer, probablemente dilapidándola, como Carrizales dilapidó la que heredó de sus padres.

La fuerza de la sangre

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MIGUEL DE CERVANTES, La fuerza de la sangre

Mientras leía La fuerza de la sangre, como se trataba de una de las Novelas ejemplares de Cervantes que nunca antes había leído (no las había leído todas, cosa que estoy subsanando), tenía la impresión de estar ante una obra de teatro novelizada. No sólo se trataba de su extensión, más breve que las anteriores, sino de que la distribución de los hechos narrados, e incluso su resolución en el último segundo, encajaban perfectamente con los esquemas de algunas comedias españolas, como por ejemplo Los cabellos de Absalón, por poner un ejemplo del que hablé hace no mucho.

Rodolfo, cuando pasea con sus amigos, se cruza con Leocadia y su familia, de la que se encapricha, así que con la ayuda de sus compinches la rapta, se la lleva a casa y se acuesta con ella, dejándola marcharse al día siguiente. Leocadia, que ni siquiera sabe quién la ha violado, queda embarazada, y Rodolfo parte para Italia para conocer mundo y convertirse en un buen caballero. Cuando el niño que tiene Leocadia cumple siete años, es arrollado por un caballo y auxiliado por “un caballero anciano que estaba mirando la carrera”, que lo lleva a su casa y que resulta ser su abuelo, el padre de Rodolfo. Tras una serie de manejos hasta que se descubre la situación, los padres de Rodolfo lo harán llamar para que acuda a casarse con la que le han seleccionado como esposa, que no es otra que Leocadia.

Como ven, la primera parte perfectamente podría ocupar el primer acto de una comedia y, varios años después, la segunda parte ocupar el segundo y tercer actos. Además, en la segunda parte la tensión dramática va aumentando paulatinamente hasta que se resuelve por medio de la anagnórisis final en la última página. A pesar de ello hemos tenido la suerte de que Cervantes hiciera una novela con esta historia y no una comedia, pues en sus otras comedias sus versos no resultan muy fluidos, cosa que indudablemente sí es su prosa.

No entraré en lo acertado o no de su resolución final, sin que haya ni una sola censura de la violación de Leocadia o ninguna justicia, pues me parece una discusión fuera de lugar. Las cosas suceden conforme a la norma teatral, quedando resuelto el caso con el matrimonio, recuperando Leocadia así su honor, y todos felices. Cosas parecidas suceden en La vida es sueño, o Don Gil de las calzas verdes.

Una frase me ha llamado la atención, y me resultó bastante divertida por aparecer en un texto de Cervantes, tan ajeno a las cuestiones económicas y políticas actuales: “que siempre los ricos que dan en liberales hallan quien canonice sus desafueros y califique por buenos sus malos gustos”. No me digan que no tiene su guasa esta especie de predicción, hecha desde el siglo XVII, de nuestra sociedad actual, en la que un sinnúmero de obreros que parecen no saber serlo apoyan las decisiones de liberales ricos que no pueden sino ir en su contra. Antes de que ninguno se rasgue las vestiduras, ya sé que a la palabra “liberal” en Cervantes no se le puede aplicar el sentido actual, sino el de “generoso”, y que lo que viene a decir más bien es que esta gente apoya a quien le favorece sin importar la justicia de sus decisiones, siempre y cuando continúe favoreciéndoles (algo bastante aplicable hoy en día también, por otro lado), pero me resulta difícil ceder a la tentación de descontextualizar la frase para darle ese otro sentido más venenoso.

La historia funciona como un mecanismo de relojería (de comedia, en realidad), y el lenguaje es de lo más sencillo, convirtiéndola en una lectura tan interesante y cómoda que no encuentro motivos por los que nadie podría rechazarla.

El licenciado vidriera

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MIGUEL DE CERVANTES, El licenciado Vidriera

Quizá hayamos llegado a la menos interesante de la Novelas ejemplares para el lector moderno. El licenciado Vidriera se encuadra dentro de la literatura de apotegmas, muy común en la época, pero que puede resultarnos aburrida a las pocas páginas por repetitiva y falta de argumento.

La cosa empieza medianamente bien para un lector actual, dos estudiantes se encuentran en el camino a Salamanca con un joven llamado Tomás que busca un amo al que servir a cambio de que le dé estudios, y estos lo cogen a su servicio, lo que nos hace pensar en una novela picaresca. Cuando los amos terminan sus estudios al cabo de seis años, el protagonista se enrola en el ejército y va a servir a Italia, por lo que empezamos a pensar en una novela de aventuras. Tras un tiempo allí regresa a Salamanca, donde una dama se enamora de él, pero él la rechaza y ella recurre a un hechizo para conseguir su amor, por lo que, a estas alturas, podríamos empezar a pensar en una novela amorosa. Pero el hechizo resulta mal y da en la locura de Tomás, que a partir de ese momento tiene miedo de que lo toquen, porque cree que está hecho de vidrio y podrían romperlo, por lo que podríamos estar ante una novela… no sé, ¿de burlas? El caso es que, a pesar de estar loco, sólo lo está con respecto a su condición, por lo que las cosas que dice, gracias a sus estudios, son muy sensatas y sabias, con lo que la gente que en un principio quería reírse de él haciéndole creer que iban a romperlo, decide comenzar a escucharlo, porque sus razonamientos resultan mucho más interesantes.

Es ahora cuando realmente comienza la novela en sí, y se establece en lo que es, literatura de apotegmas: una serie de sentencias y discursos más o menos breves con una clara intencionalidad moral. Si bien es cierto que las enseñanzas que salen de la boca de Tomás están disfrazadas de agudezas y presentadas como sátiras y burlas, lo que debería convertir la novela en un relajado divertimento. Pero claro, los chistes tienden a envejecer mal, y la mayoría de ellos no podemos entenderlos hoy en día sin una edición bien anotada, lo que, por otro lado, también iría en contra del interés de la novela, pues tendríamos que pasar más tiempo leyendo las explicaciones al texto que el propio texto, con lo que el concepto de lectura ligera desaparece por completo.

El caso es que todos prestan mucha atención a las enseñanzas del loco Tomás, con las que se gana la vida. Hasta que un día un religioso lo cura de su locura. Habiendo recuperado la cordura, Tomás piensa que la gente, con razón, ahora hará más caso de sus consejos y podrá ganarse la vida aún mejor. Nada más lejos de la realidad: cada vez son menos los que acuden a él, hasta llegar el punto en que, para poder seguir ganándose la vida debe partir hacia Flandes.

Como pueden observar, la novela tiene muchos giros, quizá demasiados para atraer nuestra atención. Y su parte central y la más larga, supone un tipo de literatura que hoy en día ni siquiera identificamos como tal, así que, por primera vez, en las novelas que de momento hemos visto, debo admitir que quizá ésta no pueda entrar dentro del número de aquéllas con las que defender que, efectivamente, Cervantes es divertido. Con toda seguridad esta historia lo fue en su época, no en vano los chistes son constantes y no se detiene en ninguno, sino que rápidamente pasa al siguiente para mantener el ritmo. Si hubiera que poner un término de comparación, podríamos equipararla a los monólogos que tanto éxito tienen hoy en día, y que con seguridad nadie entenderá dentro de un par de siglos (a no ser con una edición profusamente anotada, pero, entonces, ¿dónde estará la gracia?).

Sin embargo, incluso en lo que podríamos catalogar como un pinchazo de Cervantes (pinchazo para el lector moderno, quizá, pues para el lector filólogo la cantidad de elementos que contiene no deja lugar al aburrimiento), hay que destacar su ojo clínico a la hora de evaluar al ser humano. Porque lo que le sucede a Tomás, es algo que todos nosotros vemos a diario. La necesidad del mundo como un espectáculo. En un episodio de los Simpsons, creo recordar (hablo de memoria, así que quizá patine) que Flanders daba a los niños unos cromos sobre la Biblia en los que se explicaba quiénes eran los personajes, y estos querían coleccionarlos pero al darse cuenta de la intencionalidad pedagógica reaccionaban con rechazo ufanos de haberse dado cuenta de que pretendían enseñarles algo y no habían caído en la trampa. Algo así le pasa a Tomás: todos lo siguen y lo escuchan porque lo tienen por loco y les parece divertido, pero cuando recupera la cordura y ya no ven un motivo de diversión, ya no les interesa. Y eso mismo sucede en nuestra sociedad, en la que aprender, culturizarse, está casi mal visto y hay que “engañar” a la gente para que aprenda. Incluso en los colegios vemos como los padres exigen a los profesores que sean divertidos, en lugar de exigir a sus hijos que sean aplicados (vale, que el profesor no tiene que ser un coñazo, pero tampoco tiene que ser un showman).

El último ejemplo de esto lo tenemos en el debate político en España. En los últimos dos años los “debates” políticos han proliferado por las cadenas de televisión, aderezados con presentadores partidistas que repiten lo imparciales que son sin cesar, pseudoperiodistas que se balancean entre la calumnia y la vergüenza ajena, y políticos soltando ingeniosidades que llevan bien pensadas de casa para que sean carne de Twitter. Y tienen audiencia. Mucha audiencia. Pero en todos los años anteriores nadie veía los debates del congreso, que siempre se han televisado, y me juego el cuello a que siguen sin verlos. Y sin embargo es ahí donde se exponen las leyes y normativas que luego nos afectarán a todos. Pero claro, sin toda la charanga que acompaña al nuevo e inútil formato, la política nos aburre. Sin la locura que acompaña a las sentencias y consejos de Tomás, no podemos reírnos y pasar el rato.

La española inglesa

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MIGUEL DE CERVANTES, La española inglesa

La española inglesa es la segunda de las novelas bizantinas que nos encontramos en la Novelas ejemplares, aunque también tiene bastante de novela amorosa, pues, a pesar de repetir género, Cervantes no repite el mismo esquema que ya nos ofreció en El amante liberal. El argumento resulta un poco más enrevesado, así que me tomaré mi espacio para explicarlo pormenorizadamente.

Clotaldo es un noble inglés que, tras el saqueo de Cádiz por parte de los ingleses, y en contra de la voluntad de la reina de Inglaterra, se lleva de la ciudad como sierva a una niña de belleza sin igual, prendado de su hermosura, llamada Isabel, a la que toma a su cargo y trata como a una hija, pues su familia es en secreto católica. Con el pasar de los años, Ricaredo, el hijo de Clotaldo, se enamora de la joven, a la que han cambiado el nombre por el de Isabela, y decide pedirla a sus padres en matrimonio. Sin embargo ellos habían concertado el matrimonio de su hijo con una dama escocesa cuya familia también era católica en secreto. A pesar de ello deciden anular el matrimonio y casar a su hijo con Isabela, pero antes de celebrarse la boda la reina descubre la existencia de la joven y la reclama a su presencia. Al verla, queda tan admirada de su belleza y discreción, que quiere que quede a su servicio, e impone a Ricaredo que se gane el derecho a hacerse merecedor de ella, por lo que el joven embarca en un barco de la armada inglesa para servir a su país. En la travesía tienen un encuentro con tres barcos turcos. En el enfrentamiento resulta muerto el capitán, convirtiéndose así Ricaredo en el nuevo capitán, y decide tener un acto de generosidad, liberando tanto a los católicos españoles que venían presos en los barcos, como a los derrotados turcos. Sin embargo entre los cautivos había un matrimonio de Cádiz, que Ricaredo adivina que se trata de los padres de Isabela. Tras esto, regresa a Inglaterra triunfante con los tesoros que cargaban las naves y los padres de Isabela para reclamarla.

Pero mientras estaba de viaje, Arnesto, un joven caballero, se ha enamorado de Isabela y también la pretende. Su madre, dama de compañía de la reina, intercede por él ante la gobernante, pero ésta argumenta que ha empeñado su palabra en darle Isabela a Ricaredo, por lo que, para que su hijo se olvide de ella, la envenena. El veneno está a punto de matar a Isabela, que consigue sobrevivir, pero queda terriblemente desfigurada, por lo que los padres de Ricaredo renuevan la promesa de matrimonio de su hijo con la noble escocesa. Sin embargo Ricaredo le ratifica su amor a Isabela, que parte con su familia a España, y le pide que lo espere por un espacio de dos años, pues va a pedir permiso para acudir a Roma, y tras hacerlo se reunirá con ella para casarse.

En Roma, Arnesto encuentra a Ricaredo y le dispara. Creyendo el criado de éste que ha muerto, regresa a Inglaterra con las noticias de su muerte, que llegarán por medio de una carta de Clotaldo a Isabela en Cádiz. Isabela, pues, decide entrar a un convento, pero antes de profesar aparece Ricaredo en el último momento, le cuenta lo sucedido, y puede casarse con Isabela, cuyo rostro ya ha sanado.

Visto las idas y venidas de la historia, y lo complicado del argumento, se entiende que haya tenido que contarlo en detalle, principalmente para dejar claro que se trata de una aventura, quizá la más emocionante de las que contiene el volumen. Y si bien había mencionado en la anterior novela bizantina que su lenguaje era bastante artificioso, todo lo contrario ocurre ahora, pues todo se nos cuenta de forma llana y sencilla, primando la historia sobre la retórica, algo que sin duda ayuda que podamos leerla de una manera fluida, disfrutando de la aventura.

Había dicho que tiene su parte de novela romántica, y lo es desde el punto de que vemos como un caballero tiene que enfrentarse a varias aventuras en las que pone en riesgo su vida para conseguir el amor de su dama. Si bien es cierto que, en esta ocasión, no es la propia dama la que impone sus pruebas al caballero, aunque igualmente debe superarlas. Resulta llamativo cómo el amor entre estos dos jóvenes es de lo más actual (con su punto caballeresco, pero actual), pues a pesar de que en un principio está supeditado a la belleza de la dama, cuando esta belleza desaparece, Ricaredo insiste en su amor, argumentando que es su alma y no su rostro la que lo ha enamorado. Algo bastante curioso para una época en la que se tomaba de manera literal (al menos en la literatura) eso de que el rostro es el espejo del alma, con lo que un rostro feo presuponía un alma fea. Pero ya hemos visto que las mujeres de Cervantes acostumbran a buscar resquicios por los que salir de los moldes en los que debía estar la mujer en la literatura de la época, y el reafirmar Ricaredo su intención de casarse con una mujer que ahora es fea, supone un punto de modernidad al que no creo que el lector estuviera muy acostumbrado. Claro que, al final, para que las cosas no sean demasiado impactantes, Isabela recupera su belleza, pero lo importante del asunto es que Ricaredo no espera a ese momento para reafirmarse en su amor, sino que lo hace cuando cree que la mujer con la que se casará tendrá el rostro deformado para el resto de su vida.

Otra cosa llama la atención en la historia: la religión. Para que las cosas vayan bien y no haya ningún conflicto, la familia de Clotaldo es una familia de católicos que lo mantiene en secreto en una Inglaterra protestante (de otro modo no habría podido llevarse a cabo la historia de amor). Lo llamativo es que Cervantes, a pesar de dejar claro en muchas ocasiones las preocupaciones de Ricaredo por no hacer ofensa a ningún católico, se guarda mucho de censurar el protestantismo de sus personajes ingleses (protestantismo que también hacía imposible el amor de Isabela con Arnesto), e incluso retrata a la reina de Inglaterra de una manera bastante simpática. Lo suyo habría sido que la reina fuera una gobernante injusta, pues es una renegada de la verdadera fe, pero no es así. Esta reina se mueve siempre con rectitud y el trato hacia ella parece esconder cierto cariño, aunque no tanto como para que pueda acusarse de anglofilia a Cervantes. De hecho todos los personajes ingleses y su forma de guiarse están bastante españolizados, empezando por sus nombres, convirtiendo el hecho de estar en un país tan identificable como Inglaterra en una equivalencia de estar en el extranjero. Supongo que Cervantes no podía llevarse la historia demasiado lejos, en primer lugar porque los viajes del protagonista deben ponerlo en contacto con españoles, y en segundo lugar para poder aprovecharse del hecho histórico de los saqueos de Cádiz para echar a andar su historia.

Por otro lado tampoco le habría ido tan mal de haber sido un poco más anglófilo y haberse marchado a los dominios de su graciosa majestad, visto el tremendo desprecio con el que se le está tratando en España a día de hoy, en comparación con los grandes fastos dedicados a Shakespeare en su patria. Porque una cosa es que en su día no tuviera el tratamiento merecido (a fin de cuentas siempre podemos ver eso con unos ojos mezquinos y apoyarnos en el desconocimiento de aquello en lo que Cervantes se convertiría), pero otra muy diferente es que, cuatrocientos años después, conociendo perfectamente su capital importancia en las letras universales, sigamos haciéndole el vacío, demostrando nuestra incapacidad como país para valorar aquello a lo que debemos dar importancia y actuar en consecuencia.

Nota: Esto no viene a cuento, pero no podía dejar de comentar lo lamentable del trabajo de edición de la Wikipedia, al menos en lo que respecta a su versión en español. Tras terminar de leer La española inglesa, y ante lo enrevesado de su argumento, sentí curiosidad por ver cómo trataban la novela en Internet. La primera página que visité fue la Wikipedia, y ante el horror de lo que encontré allí decidí desistir de mirar en ningún otro sitio (cómo echo de menos los tiempos en los que vivía en España y podía acudir a una biblioteca para buscar información sobre según qué cosas, en lugar de tener que contentarme con Internet, donde la información es, en la mayoría de los casos, como mínimo defectuosa). El caso es que me di con una página pésimamente escrita, en la que lo mejor que uno puede encontrarse es una falta de ortografía, y con una análisis que parece hecho por un estudiante de secundaria (hasta el punto de que dudo que no sea así), algo indigno de una publicación que se hace llamar a sí misma enciclopedia. Y sí, ya sé que mis análisis no son exhaustivos ni académicos, y que en algunos casos podría acusárseme de estar inventando cosas sin sentido, pero recuerden que yo aquí comento lo que los libros me evocan, los análisis filológicos los dejo para la universidad. O para las enciclopedias. Las de verdad, quiero decir.

Rinconete y Cortadillo

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MIGUEL DE CERVANTES, Rinconete y Cortadillo

Mi afición a la novela picaresca del Siglo de Oro, hace que, de entre las Novelas Ejemplares de Cervantes, sienta una especial debilidad por Rinconete y Cortadillo. Seguramente alguno ya estará torciendo el gesto por la comparación entre la novela de Cervantes y la picaresca, pero es que, si bien todos estamos de acuerdo en que ésta no es una novela picaresca, también deberemos estarlo en que hay ciertas similitudes, o más bien elementos que Cervantes no duda en tomar del género para obra.

Pedro del Rincón y Diego Cortado son dos jóvenes que se conocen en la venta del Molinillo y emprenden camino juntos a Sevilla para ganarse la vida como maleantes. Una vez allí, descubren que la vida de crimen no es tan libre como pretendían, y que, al igual que sucede con otras profesiones, no pueden ejercerla por su cuenta, sino que tienen que entrar a formar parte del gremio de los ladrones, dirigido por un extraño personaje llamado Monipodio. Una vez allí, los dos protagonistas reciben los nombres que se les da en el título, pasan a ser aprendices de la cofradía de ladrones, sobre cuyo funcionamiento veremos algunos episodios, y adquieren las responsabilidades de su pertenencia a ella.

He puesto en comparación esta novela con una picaresca, porque los dos protagonistas, que abandonan sus respectivos hogares para buscarse la vida con malas artes, son a todas luces pícaros. Aunque bien es cierto que hay diferencias, siendo la principal de ellas el hecho de que haya dos pícaros, proporcionando de ese modo dos puntos de vista diferentes en lugar del habitual único en la picaresca. Pero la principal diferencia está en la intencionalidad. Mientras que la picaresca es más bien una representación directa de los problemas de la sociedad que caen como losas sobre sus protagonistas, el mundo de Rinconete y Cortadillo es más bien una especie de metáfora que evoca otras situaciones sociales que no son necesariamente las que estamos viendo.

Lo primero que llama la atención es el funcionamiento de la cofradía de ladrones, que tiene un líder, cuyos miembros pagan un impuesto, que protege a sus miembros ayudándolos cuando están enfermos o no pueden “trabajar”, y al margen de la cual no se puede “trabajar”, exactamente igual que en cualquier gremio de la época. Los dos protagonistas descubren que ese mundo de extrema libertad del hampa no es tal, sino que está sujeto a un gran número de normas sociales. Pero me quedaré tan sólo con dos aspectos destacables, que son los que más me llaman la atención a mí, por lo actuales que aún resultan.

Un cliente había pedido a la cofradía que diera un navajazo de 14 dedos a un enemigo suyo, pero el encargado de hacerlo, al ver que su rostro era demasiado pequeño para que cupieran en él 14 dedos de navajazo, decide dárselo al rostro de su criado. Cuando el cliente dice que no pagará porque no han cumplido con su parte del negocio, los delincuentes replican, con un refrán, que “quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can”, alegando de esa manera que, como la venganza ha sido realiza contra una propiedad apreciada por aquel contra el que iba dirigida, debe darse por satisfecha. Lo curioso del caso es que los ladrones son conscientes de que han obrado de manera fraudulenta, pero buscan lo que podríamos llamar resquicios legales para justificar su manera de actuar. De entrada ya son gente de la que uno no debe fiarse, pero ellos hacen alarde de estar regulados por unas normas y en consecuencia de estar “dentro de la ley”, aunque se trate de una ley distinta de la que afecta al resto. Asimismo, quien ha solicitado su servicio tampoco parece ser consciente de su forma de actuar, y también parece querer acogerse a esas leyes al margen de la ley, o como mínimo al margen de la moralidad.

Ahora estamos en plena “moda” de los Papeles de Panamá, y todos los que ahí aparecen intentan evadir sus responsabilidades de una u otra manera. La más común es alegar que tener allí su dinero no era ilegal, esto es, utilizan resquicios legales, como los ladrones de Monipodio, para justificarse. No veo mucha diferencia entre todos esos tipos y los miembros de la cofradía de ladrones que Cervantes nos presenta. Ninguno son de fiar, ninguno va a actuar de buena fe, todos te engañarán si tienen la oportunidad, y hay que ser igual de desvergonzado que ellos (igual que el cliente de Monipodio) para hacer negocio con ellos o tan sólo defenderlos. Pero esto no es algo nuevo en España, no hemos tenido que esperar a los Papeles de Panamá para redescubrir lo que hace 400 años ya era tan evidente en nuestro país, pues desde la llegada de la democracia casi no tenemos ejemplos de partidos políticos que hayan estado varios años ejerciendo el poder y no hayan acabado enfangados de corrupción, ni de empresarios que tras varios años ejerciendo no hayan cometido acciones ilegales o censurables, ni de grandes empresas y bancos que no provoquen vergüenza, asco y rechazo.

Sin embargo, en el patio de Monipodio, todos creen su alma a salvo por una suerte de religiosidad falsa, que se expresa sólo en las formas y sin conocimiento profundo de lo que se hace o dice. Así pues, a pesar de ser ladrones y asesinos, esgrimen una suerte de superioridad moral sobre aquellos a los que violentan, igual que en nuestra sociedad aquellos que nos roban esgrimen una superioridad moral cuando les vienen mal dadas. Hasta el punto de que el debate nacional de los últimos tiempos se ha convertido en un cruce de tonterías en el que no se argumenta nada, sino que todos tratan de exhibir su alteza moral como si eso los invistiera de alguna especie de razón absoluta (“Lecciones morales al PSOE, ninguna”, llegó a soltar Pedro Sánchez en un mitin), y la bobada con la que todos creen haber ganado irrefutablemente una discusión consiste en dudar de la “catadura moral” del adversario, demostrando con eso que tenemos un país cada vez más infantil (si por lo menos fuera cada vez más tonto aún podríamos al menos presumir de ser adultos).

Así que la narrativa y la capacidad de análisis del mundo de Cervantes continúan siendo de lo más actual y, por desgracia, eso que engrandece al escritor, pesa como una losa sobre un país incapaz de dejar atrás sus más vergonzantes características.

El amante liberal

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MIGUEL DE CERVANTES, El amante liberal

El amante liberal supone una novela mucho más convencional que La Gitanilla, con la que Cervantes había abierto muy inteligentemente sus Novelas ejemplares. No quiero decir con esto que sea mala, pues si mezclamos en una frase novela y Cervantes, tal adjetivo no tiene cabida. Pero frente a todo lo novedoso que habíamos encontrado antes (los gitanos como protagonistas, la libertad femenina…) lo que tenemos ahora lo hemos visto ya antes en muchas otras novelas bizantinas. Protagonistas que emprenden largos viajes por mar, naufragios, secuestros, amantes separados que se creen muertos el uno al otro, artificios para moverse en ese mundo exótico, batallas… Todo eso ya lo conocemos de antes, no hay ningún elemento novedoso (tampoco podemos pedir a Cervantes que sorprenda sin parar). Pero tampoco es una novela bizantina más, pues su acierto radica en haber sido capaz de incluir todo lo que anteriormente he mencionado en una única y breve novela. Y funciona. No hay sensación de precipitación, ni de ir dando saltos agigantados para lograr incluirlo todo. La historia encaja y avanza con total naturalidad. Bueno, con la naturalidad propia de este tipo de historias, en las que hay que aceptar que en un naufragio todos se mueren menos el protagonista, que entre todos los esclavos, son precisamente los protagonistas los que enamoran a sus amos, que casualmente son personas de gran importancia, que casualmente van a coincidir en un lugar, que casualmente se van a servir de ellos para establecer relaciones haciendo que casualmente se encuentren (pero bueno, si le permitimos este tipo de casualidades a la última peli de Star Wars, no veo por qué no vamos a permitírselas a Cervantes).

La historia nos cuenta los amores de Ricardo y Leonisa a través de todas estas aventuras que ya he referido. Lo primero que habría que dejar claro, por temor a suscitar equivocaciones, es que Ricardo es en todo momento fiel a su amada Leonisa. El “liberal” del título debemos entenderlo por “generoso”, así que no se trata de nadie disoluto que va por ahí libando de flor en flor (y por supuesto tampoco de ningún empresario que exija la no injerencia de los gobiernos en sus actividades). Nuestro protagonista es generoso, frente al egoísmo de su rival amoroso, Cornelio, al que se presenta de forma tan apocada que ni siquiera se le da voz en toda la novela.

El asunto comienza in medias res, con Ricardo hecho cautivo y contando a su amigo Mahamut las desventuras de sus amores y cómo ha ido a parar a ese lugar. A partir de esa historia inicial, se llegará al momento presente del relato, en el que los acontecimientos dejarán de ser contados por Ricardo y el narrador tomará las riendas de su historia. Cosa que en cierta medida nos alegra, pues el hecho de que Ricardo cuente su historia da lugar a un convencionalismo, el de los largos, elaborados y complicados discursos, que convierten a esta novela en una lectura más pesada de lo que había sido La gitanilla, con su sencilla y fluida prosa. Por el contrario, la prosa de El amante liberal resulta mucho más artificiosa, lo que obliga al lector actual a dar marcha a atrás en algún que otro momento, y eso siempre resulta un inconveniente.

A pesar de ello, una gran respuesta para dar a todos aquellos que osan decir que Cervantes es aburrido, pues más aventuras no pueden caber en tan pocas páginas.