Desde la sombra

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Desde la sombra

No se hacen una idea de lo que daría por poder ver a través de un agujerito lo que esconde la cabeza de Juan José Millás, porque sus protagonistas, incluso cuando él mismo es el protagonista en sus columnas, parecen tener siempre algún tipo de problema mental, o como mínimo alguna rareza. La historia se repite en Desde la sombra, la historia de un tipo algo retraído (muy retraído, en realidad) que, tras ser despedido de su trabajo, roba un pisacorbatas en un mercadillo y, al ser sorprendido por la policía, se esconde en el interior de un armario que será trasladado, con él en su interior, al domicilio de sus compradores.

Si están pensando que la historia no tiene ni pies ni cabeza, están en lo cierto: no los tiene. Y sin embargo resulta verosímil. Si están pensando que resulta imposible identificarse con semejante personaje, también están en lo cierto: pero luego resulta que a uno no le cuesta gran esfuerzo entenderlo e incluso verse algo reflejado. El planteamiento es descerebrado, pero más aún su continuidad. Pues al verse atrapado por el azar en casa de unos extraños, lo lógico habría sido buscar la manera de escapar. Pero no, lo que nuestro protagonista, Damián Lobo, hace, es quedarse a vivir en la casa, como un fantasma, en el hueco de un armario empotrado del que sólo sale cuando la familia sale y deja la casa vacía.

Pero… ¿por qué Damián prefiere quedarse allí, como un fantasma, en lugar de regresar a su existencia normal? Porque no siente ningún interés por esa existencia. Damián es una de esas personas que nunca se han sentido incluidas en la sociedad, y encontrar la manera de vivir una vida en la que casi parece no existir es una bendición para él. Hasta ahora había vivido recluido en la soledad que le proporcionaba su trabajo, pero, al perderlo, tiene que enfrentarse al mundo para buscar uno nuevo, y eso parece ser más de lo que puede soportar. Incluso parece incapaz de establecer relaciones normales con otras personas, lo que ha hecho que los amigos imaginarios de la infancia lo hayan acompañado hasta la edad adulta. Todo lo que le sucede se lo cuenta a un ficticio presentador de televisión llamado Sergio O’Kane que, con el estilo de las parodias de los presentadores americanos de los sesenta, consigue grandes datos de audiencias imaginarias con cada entrevista que realiza a Damián. De este modo, Damián consigue no sólo tener alguien con quien comunicarse, sino también satisfacer su necesidad de atención gracias a la fama que adquiere ante la ficticia audiencia.

Pero poco a poco Damián va perdiendo el control sobre los personajes creados por su imaginación, al tiempo que gana lo que él considera fama en el mundo real. Claro que ese mundo real no es sino Internet, ese espejo que nos ofrece una imagen distorsionada del mundo que muchos confunden con la real (no de otro modo se entiende que tanta gente se sorprendiera de que Trump ganara las elecciones de los Estados Unidos, o de que Podemos no sólo no ganara fuerza, sino que incluso la perdiera en las segundas elecciones generales a las que se presentó). Y ese es el gran error de Damián: conceder carta de realidad a lo que sucede en Internet, creer que eso es más real que lo que sucede en su propia cabeza sólo por estar fuera de ella. Mientras prestaba atención a sus propias fantasías, era consciente de qué era lo real y qué no lo era. A pesar de que aquella fama ficticia satisfacía su necesidad de atención, sabía que era una fama inventada. Pero cuando comienza a escribir en un foro de Internet y todo el mundo comienza a hablar de él, y su pseudónimo salta de la red a la radio y la televisión, Damián siente que la atención que se le presta es real, que de verdad se ha hecho famoso, sensación que crece por la existencia de fantasma que ha decidido llevar en esa casa que no es la suya. Y realmente empieza a creerse un fantasma (incluso su pseudónimo es el Mayordomo Fantasma) y a perder todo contacto con la realidad, lo que lo llevará al desenlace de la novela, que no voy a revelar.

A pesar de las rarezas de Damián, de toda esa cobertura que lo aleja de nosotros, cualquier lector que se haya adentrado en el mundo de las redes sociales, los foros y demás laberintos de Internet, puede sentirse identificado con esa falta de conexión con la realidad (a no ser uno muy tonto). En muy pocos años las redes sociales se han convertido en nuestro día a día (para algunos aún muy jóvenes lo han sido siempre) y tendemos a creer que lo que sucede ahí dentro es la realidad, cuando la realidad es algo muy diferente. Cuando nos movemos en el mundo estamos obligados, queramos o no, a relacionarnos con todo aquel que se cruza en nuestro camino, nos caiga bien, nos resulte indiferente o nos de asco. Esto no sucede en Internet, donde bloqueamos todo aquello que no nos gusta, creando microcosmos en los que todo lo que existe nos da la razón. Así, por seguir con el ejemplo de las elecciones de los Estados Unidos, aquellos que detestaban a Trump estaban convencidos de que Hillary Clinton iba a salir vencedora, y aquellos que la aborrecían a ella lo estaban de que Donald Trump sería el vencedor (al final parece que fueron estos últimos los que se llevaron el gato al agua). Pero ninguno de los dos bandos parecía darse cuenta de que existía otro al que jamás veían en Internet porque lo tenían completamente bloqueado, y ese mundo que permanece bloqueado en nuestros dispositivos, y que a menudo es mucho mayor que aquel en el que nosotros nos movemos, también existe, hay que tenerlo en cuenta. Incluso existe otro, todavía mucho mayor, aunque con los años se irá reduciendo, que ni siquiera existe en Internet. Gente demasiado mayor para engancharse a las nuevas tecnologías, otros a lo que sencillamente no les gustan, otros de zonas rurales o remotas en las que no tienen demasiada importancia, o algunos que sencillamente prefieren el mundo real.

Yo, por mi parte, cuando veo una página que no me agrada, trato de prestarle también atención: salir, aunque sólo sea de tanto en tanto, de mi propia burbuja en Internet, para no verme digerido por ella. Incluso a veces me armo de valor e intento discutir (en el sentido de discrepar, por favor, no en el de pelear) con la gente que la administra o visita, lo que no siempre me ha ido demasiado bien, pero que a uno le den siempre la razón también llega a aburrir. Y les recomiendo probarlo, pues si bien algunas veces sale uno escaldado, otras aparece gente que, paciente y razonadamente, le hace a uno replantearse algunas cosas. Y replantearse las cosas siempre es bueno.

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Fábrica

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NICOLAS PRESL, Fábrica

Voy a intentar resumir el argumento de lo que creo que es una fábula sobre la necesidad de la unidad, con ciertas referencias al nazismo y yo diría que a 1984. Digo que voy a intentarlo, porque en esta novela gráfica (creo que en esta ocasión sí merece el pomposo nombre) no aparece escrita ni una sola palabra. Bueno, casi ninguna. Todo el texto se ve reducido a dos números, el 171 y el 03, a los números romanos del I al VI, y a las palabras Cervantes, Ovidio y Anatomía.

El protagonista trabaja en una fábrica, en el puesto 171. Al parecer, los músicos en esta extraña sociedad tienen seis dedos, y las autoridades deciden que son peligrosos, por lo que son todos apresados (no se sabe qué sucede con ellos) y los instrumentos musicales quemados. El protagonista encuentra al hijo de uno de los músicos, también con seis dedos, y lo oculta en la fábrica, en el interior de la maquinaria de su puesto de trabajo. Cada mañana lo saca de la maquinaria para que la fábrica de armas pueda funcionar, y por la noche lo vuelve a ocultar en su interior. Un día compra dos filetes para poder dar de comer al niño, pero el vendedor da el soplo a la policía de que ha comprado dos filetes en lugar de uno, la policía registra su casa sin encontrar nada y le advierte de que sólo puede comprar un filete.

Tras esto, los libros se vuelven también peligrosos y comienzan a quemarlos, pero el protagonista salva algunos para llevárselos al niño, que no da crédito a lo que lee en ellos (El Quijote, Las Metamorfosis y un libro de anatomía).

El protagonista será cambiado de puesto de trabajo sin previo aviso (degradado) y no podrá sacar al niño de la maquinaria antes de que la fábrica comience a funcionar, por lo que quedará atrapado entre la maquinaria y se asimilará a las armas que allí se fabrican y que servirán para segar vidas en otros lugares.

Supongo que adivinarán por qué he dicho que la novela recuerda al nazismo, con la exclusión de toda una sección de la sociedad, los músicos, que se asemeja bastante a los judíos, y la quema de libros e instrumentos musicales. Pero esta referencia es más bien burda y podría ser obviada, pues creo que a donde hace realmente referencia es a 1984 y a Farenheit 451, dos novelas en las que los individuos se veían completamente aislados de sus semejantes, incluso de los más cercanos a ellos (recordemos el niño que denuncia a sus padres en 1984, o cómo es la propia mujer del protagonista de Farenheit 451 la que denuncia a su marido a las autoridades). Aquí no se refleja esa desconfianza familiar, pero el protagonista también padece un acoso social que no le permite entablar una amistad, lo que queda reflejado en la denuncia del carnicero o en que no fuera capaz de avisar a su compañero para que no pusiera en marcha la máquina cuando le cambian de puesto de trabajo.

Son muchos, sin embargo, los interrogantes que quedan al concluir la historia, debido a que su mejor baza resulta ser también su mayor hándicap. Me refiero a la ausencia total de texto, que hace que centremos nuestra atención en cada detalle de las viñetas, además de conseguir con ese deliberado silencio una atmósfera  muy opresiva. Aunque lo que gana en expresividad lo pierde en precisión, lo que podría dejarnos con la mala sensación de una historia a medias.

Por poner un punto de comparación, creo que el resultado final, salvando las distancias, se asemeja a las viñetas de El Roto. Hubo una temporada en que se puso de moda la absurda afirmación de el único que había hecho denuncia social en España era El Roto, que todos los demás articulistas se habían vendido (ya es bastante despropósito comparar a un viñetista con un articulista, pero bueno). Pues bien, a pesar de que de vez en cuando El Roto nos sorprende con una viñeta magistral, lo habitual no es eso, sino un simple esbozo de alguno de los males de nuestra sociedad, un dibujo que señala lo que está mal pero ni lo explica, ni lo desarrolla, ni articula una opinión razonada, ni medita sobre el origen del mal ni sobre sus posibles soluciones. Sencillamente porque el medio elegido no lo permite. Y eso le sucede a las viñetas mudas de Fábrica, que su silencio no les permite dar ese paso más allá, el que supera la crítica y la razona. Porque todos podemos señalar lo malo: lo verdaderamente difícil y al alcance de sólo algunos es explicarlo, argumentarlo y crear conciencia mediante el uso de la razón.

Rinconete y Cortadillo

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MIGUEL DE CERVANTES, Rinconete y Cortadillo

Mi afición a la novela picaresca del Siglo de Oro, hace que, de entre las Novelas Ejemplares de Cervantes, sienta una especial debilidad por Rinconete y Cortadillo. Seguramente alguno ya estará torciendo el gesto por la comparación entre la novela de Cervantes y la picaresca, pero es que, si bien todos estamos de acuerdo en que ésta no es una novela picaresca, también deberemos estarlo en que hay ciertas similitudes, o más bien elementos que Cervantes no duda en tomar del género para obra.

Pedro del Rincón y Diego Cortado son dos jóvenes que se conocen en la venta del Molinillo y emprenden camino juntos a Sevilla para ganarse la vida como maleantes. Una vez allí, descubren que la vida de crimen no es tan libre como pretendían, y que, al igual que sucede con otras profesiones, no pueden ejercerla por su cuenta, sino que tienen que entrar a formar parte del gremio de los ladrones, dirigido por un extraño personaje llamado Monipodio. Una vez allí, los dos protagonistas reciben los nombres que se les da en el título, pasan a ser aprendices de la cofradía de ladrones, sobre cuyo funcionamiento veremos algunos episodios, y adquieren las responsabilidades de su pertenencia a ella.

He puesto en comparación esta novela con una picaresca, porque los dos protagonistas, que abandonan sus respectivos hogares para buscarse la vida con malas artes, son a todas luces pícaros. Aunque bien es cierto que hay diferencias, siendo la principal de ellas el hecho de que haya dos pícaros, proporcionando de ese modo dos puntos de vista diferentes en lugar del habitual único en la picaresca. Pero la principal diferencia está en la intencionalidad. Mientras que la picaresca es más bien una representación directa de los problemas de la sociedad que caen como losas sobre sus protagonistas, el mundo de Rinconete y Cortadillo es más bien una especie de metáfora que evoca otras situaciones sociales que no son necesariamente las que estamos viendo.

Lo primero que llama la atención es el funcionamiento de la cofradía de ladrones, que tiene un líder, cuyos miembros pagan un impuesto, que protege a sus miembros ayudándolos cuando están enfermos o no pueden “trabajar”, y al margen de la cual no se puede “trabajar”, exactamente igual que en cualquier gremio de la época. Los dos protagonistas descubren que ese mundo de extrema libertad del hampa no es tal, sino que está sujeto a un gran número de normas sociales. Pero me quedaré tan sólo con dos aspectos destacables, que son los que más me llaman la atención a mí, por lo actuales que aún resultan.

Un cliente había pedido a la cofradía que diera un navajazo de 14 dedos a un enemigo suyo, pero el encargado de hacerlo, al ver que su rostro era demasiado pequeño para que cupieran en él 14 dedos de navajazo, decide dárselo al rostro de su criado. Cuando el cliente dice que no pagará porque no han cumplido con su parte del negocio, los delincuentes replican, con un refrán, que “quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can”, alegando de esa manera que, como la venganza ha sido realiza contra una propiedad apreciada por aquel contra el que iba dirigida, debe darse por satisfecha. Lo curioso del caso es que los ladrones son conscientes de que han obrado de manera fraudulenta, pero buscan lo que podríamos llamar resquicios legales para justificar su manera de actuar. De entrada ya son gente de la que uno no debe fiarse, pero ellos hacen alarde de estar regulados por unas normas y en consecuencia de estar “dentro de la ley”, aunque se trate de una ley distinta de la que afecta al resto. Asimismo, quien ha solicitado su servicio tampoco parece ser consciente de su forma de actuar, y también parece querer acogerse a esas leyes al margen de la ley, o como mínimo al margen de la moralidad.

Ahora estamos en plena “moda” de los Papeles de Panamá, y todos los que ahí aparecen intentan evadir sus responsabilidades de una u otra manera. La más común es alegar que tener allí su dinero no era ilegal, esto es, utilizan resquicios legales, como los ladrones de Monipodio, para justificarse. No veo mucha diferencia entre todos esos tipos y los miembros de la cofradía de ladrones que Cervantes nos presenta. Ninguno son de fiar, ninguno va a actuar de buena fe, todos te engañarán si tienen la oportunidad, y hay que ser igual de desvergonzado que ellos (igual que el cliente de Monipodio) para hacer negocio con ellos o tan sólo defenderlos. Pero esto no es algo nuevo en España, no hemos tenido que esperar a los Papeles de Panamá para redescubrir lo que hace 400 años ya era tan evidente en nuestro país, pues desde la llegada de la democracia casi no tenemos ejemplos de partidos políticos que hayan estado varios años ejerciendo el poder y no hayan acabado enfangados de corrupción, ni de empresarios que tras varios años ejerciendo no hayan cometido acciones ilegales o censurables, ni de grandes empresas y bancos que no provoquen vergüenza, asco y rechazo.

Sin embargo, en el patio de Monipodio, todos creen su alma a salvo por una suerte de religiosidad falsa, que se expresa sólo en las formas y sin conocimiento profundo de lo que se hace o dice. Así pues, a pesar de ser ladrones y asesinos, esgrimen una suerte de superioridad moral sobre aquellos a los que violentan, igual que en nuestra sociedad aquellos que nos roban esgrimen una superioridad moral cuando les vienen mal dadas. Hasta el punto de que el debate nacional de los últimos tiempos se ha convertido en un cruce de tonterías en el que no se argumenta nada, sino que todos tratan de exhibir su alteza moral como si eso los invistiera de alguna especie de razón absoluta (“Lecciones morales al PSOE, ninguna”, llegó a soltar Pedro Sánchez en un mitin), y la bobada con la que todos creen haber ganado irrefutablemente una discusión consiste en dudar de la “catadura moral” del adversario, demostrando con eso que tenemos un país cada vez más infantil (si por lo menos fuera cada vez más tonto aún podríamos al menos presumir de ser adultos).

Así que la narrativa y la capacidad de análisis del mundo de Cervantes continúan siendo de lo más actual y, por desgracia, eso que engrandece al escritor, pesa como una losa sobre un país incapaz de dejar atrás sus más vergonzantes características.

Martín Zarza

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MIGUEL GARCÍA, Martín Zarza, Tomo I

NOTA: Tras casi tres semanas sin poderme conectar a casi nada debido a las dos reuniones de la Asamblea Nacional Popular, consigo por fin volver a entrar en sitios web no ubicados en China. Sin embargo cada vez resulta más difícil conectarse, por lo que de seguro el ritmo de actualizaciones se resentirá bastante.

Martín Zarza es la primera novela del sevillano Miguel García, y ya desde su título uno puede adivinar sin demasiado lugar para el error qué tipo de novela tenemos entre manos. El hecho de que tome por título el nombre de su protagonista ya nos entronca con un género que ha sido muy popular en España desde su aparición en el siglo XVI, y que desde entonces se ha ido difuminando en su incesante mezcla con muchos otros, dentro y fuera de nuestras fronteras. Hablo, cómo no, de la picaresca, y es que este Martín Zarza, tiene mucho de pícaro, si uno se para a pensarlo un minuto.

La historia de la novela picaresca es más que peculiar si la comparamos con cualquier otro subgénero novelístico. Nace con el Lazarillo de Tormes en 1554, pero ni la novela tiene reedición ni el género continuidad de ningún tipo hasta la aparición, en 1599, del Guzmán de Alfarache. Lo interesante del género es que gran parte de la crítica (con una actitud absurdamente purista, a mi entender), considera esta segunda novela de Mateo Alemán como la única verdadera novela picaresca, dejando así fuera de su número tanto al Lazarillo, como al Buscón, como a muchas otras que vendrán después. Sin embargo resulta difícil entender todas esas novelas posteriores que nos cuentan cómo sus protagonistas sobreviven desde su infancia hasta su edad adulta (o desde un estado de inocencia a otro en el que ya han recibido los palos y las enseñanzas de la vida) por medio de su ingenio, no siempre igual de efectivo y, en ocasiones (sobre todo al principio de su periplo), casi adorable por lo inocente.

Y Martín es sin duda un pícaro de los tiempos actuales: un muchacho inocente que cree tener la capacidad para mejorar su situación y que para ello se muda de ciudad, a otra en la que nadie lo conoce, pero en la que las cosas no le irán tan bien como él esperaba, para mejorar lo cual hará uso de su astucia y también caerá en los engaños de otros. Incluso tenemos la típica escena tan repetida en la picaresca en la que el pícaro se encuentra, donde nadie debería conocerlo, con alguien de su pasado que sabe quién es e intenta pasar desapercibido. Si bien es cierto que en esta novela, la cosa no pasa a mayores, como sí sucede en otras novelas del género.

Martín pasa por los tres estadios de todo pícaro: la inocencia, las dificultades y el entendimiento de la crueldad del mundo, siendo este último el final de la novela en lugar de un estado intermedio, debido a que, como bien indica el título, estamos en el tomo uno. Esto quizá se me ha antojado lo más flojo de la novela, ese final abrupto fruto de su división en dos partes (estoy dando por hecho que no hay una tercera, aunque no puedo saberlo), en forma de gancho para el siguiente capítulo, pero que en realidad no lleva a ningún sitio. Tengo la sensación de que la novela debería haber continuado hasta su final natural, con lo que habría ganado enteros: ni es tan larga que necesite ser cortada (200 páginas), ni el final aparenta ser un intermedio natural en el relato, más allá del gancho para hacer que el lector se interese por la segunda parte.

Pero regresando al principio, la novela está contada a través de su protagonista Martín, mediante el uso de dos personas narrativas, que no perspectivas, pues sólo tenemos una. Me explico. Cada capítulo está dividido entre una narración en tercera persona y un diario que el protagonista va escribiendo en primera persona. La parte del diario es otra concesión a la picaresca, todo se nos cuenta ahí desde el punto de vista único del pícaro, todo lo vemos a través de sus ojos. Pero es que la cosa no cambia en la narración en tercera persona, pues el cambio de perspectiva es ficticio, los ojos que nos muestran el mundo siguen siendo los mismos, la forma de verlo sigue siendo la misma. A veces se utiliza el diario para darnos más información, la que pasa por la cabeza de Martín, sobre hechos que habían sucedido en lo que el narrador en tercera persona nos había contado, pero el prisma a través del cual se ve el mundo es el mismo, lo cual nos lleva a un falso juego de perspectivas. Aunque se pretenda con el cambio de persona narrativa dar la apariencia de estar observando la misma situación desde dos ángulos distintos, en realidad esto no es así. La narración en tercera persona no es más adulta ni más clarividente que la realizada en primera persona por el joven protagonista: la ceguera de juventud de Martín también está presente en el narrador externo, ambas voces narrativas comparten la misma visión del mundo y razonan de la misma manera. Y ni siquiera el hecho de tener una voz narrativa en tercera persona aleja a la novela del mundo de la picaresca, pues nada nuevo resulta esto en el género, ya lo habíamos visto en pleno siglo XVII en La desordenada codicia de los bienes ajenos.

Quizá, a pesar de alguna que otra imprecisión gramatical, el punto más fuerte de la novela radique en su lenguaje, joven y desenfadado, capaz de hacernos participar de la historia sin afecciones y con naturalidad. Martín utiliza constantemente expresiones vulgares que naturalizan su discurso y lo acercan a la manera de expresarse de un veinteañero con estudios superiores en la época en la que transcurre la acción. Es capaz de elaborar razonamientos bajo la superficialidad del día a día, pero no puede evitar usar para ello ese lenguaje con un punto gamberro, fruto del deseo de la juventud de brillar por el propio ingenio, bastante influenciado en la juventud desde hace veinte años hasta ahora por los artículos de Arturo Pérez-Reverte. Y es que Reverte tendrá muchos defectos y muchos lo denostarán, pero su influencia entre todos aquellos que pretenden escribir dos líneas o ser de chascarrillo ingenioso, y que hayan cumplido su mayoría de edad después de 1995 es incuestionable. Y eso son, a día de hoy, tres generaciones de jóvenes.

Pero ese lenguaje jamás baja a lo soez ni insiste demasiado en una de sus ingeniosidades, y así nos tiene saltando de la introspección al chascarrillo, a la crítica social y al chascarrillo de nuevo, a los problemas filosóficos y al chascarrillo otra vez, creando de ese modo un discurso tan fluido como ameno.

Sólo su exagerada capacidad de observación hace a Martín un tanto irreal, volviéndose en un par de ocasiones más cercano a un agente secreto que a un universitario en paro. Será precisamente esa capacidad de observación fuera de lo común la que lo lleve a descubrir el grave engaño que debería abrirle los ojos a la crueldad del mundo al final de la novela, un engaño del que, por supuesto, no hablaré aquí.

Hindies, hipsters y gafapastas (2)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas (2)

La introducción de Nacho Vegas a Indies, hipsters y gafapastas merece una mención aparte, pues casi supone un ensayo en sí mismo, con sus quince páginas, más o menos. El músico indie empieza contando cómo, en una conversación informal con sus amigos en una cafetería sale el tema de los hipsters, de los que poco o nada sabe nadie en el grupo (como, por otro lado, nos sucede a casi todos), y una voz se eleva para pedir que Nacho explique qué son, pues “está escribiendo algo sobre el asunto”. Explica que aún no ha leído siquiera la primera versión del libro que tiene que prologar, pero se anima a explicar que cree que los hipsters son una especie de derivación de lo indie pero parapetada en el glamour y el cinismo, como una especie de elite del buen gusto. Tras semejante explicación recibe una rotunda simplificación: “Vamos, los modernos de toda la vida, ¿no?”.

Lo gracioso de la escena es que nos han vendido tal imagen de los hipsters para que formemos parte de ellos pero sin identificarnos con ellos, que ni siquiera quien se supone que sabe sobre ellos, y al que de hecho le han encargado que escriba sobre el asunto, tiene muy claro qué o quiénes son.

A partir de ahí, Vegas echa marcha atrás para tratar de discernir cómo se ha ido formando este grupo social de tanta importancia en nuestro mundo actual. Y como no podía ser de otro modo, lo hace desde su experiencia personal, que se sitúa en el mundo de la música. A modo de paréntesis, debo decir que, a pesar de que fue el hecho de ver que estaba prologado por Nacho Vegas lo que me llevó a leer el libro, el prólogo habría sido más enriquecedor de haber sido escrito por otra persona, de otro ámbito diferente. Digo esto porque ya el cuerpo del libro está escrito por alguien muy involucrado en el mundo de la música, y es justo ahí donde mayor hincapié hace, e insistir aún más sobre ese mundo resulta redundante. Quiero dejar claro que me encanta la introducción de Vegas, pero si se trataba de hacer este recorrido de lado del mundo cultural, habría sido más variado y podría haber ampliado nuestra visión una introducción escrita por alguien que nos ilustrara el tema desde la perspectiva del mundo de la literatura, o de las artes plásticas, o del cine.

Como decía, Vegas hace un repaso al mundo de la música desde que él era joven hasta la actualidad, haciendo especial hincapié en que, a partir de los noventa, los músicos parecieron perder contacto con la realidad social, escribiendo canciones intimistas o más bien egoístas, o de tipo festivo únicamente, encerrándose en la premisa del “sexo, drogas y rock’n’roll”, lo que los hacía vivir en un mundo irreal, con la canción protesta prácticamente enterrada, en un momento social en el que se estaban dando terribles hachazos a nuestro sistema mientras nos hacían creer con sorprendente efectividad que nos encontrábamos en un momento idílico, casi inmejorable. No le falta razón, pues cuando la gente habla ahora de la crisis siempre hace referencia a cuando las cosas iban bien, fechando esa vaporosa situación en los momentos previos al estallido de la crisis, cuando conseguir un trabajo bien pagado era casi milagroso, no digamos uno estable, cuando incluso compañías estatales hacían trampas para no tener que contratar personal fijo (Correos, por ejemplo, tenía a la mitad de su plantilla con contratos temporales, y muchos tenían que firmar un contrato nuevo cada lunes, que terminaba el viernes, para no tener que pagar el fin de semana), la vivienda había alcanzado unos precios tan altos que las hipotecas iban en muchos casos mucho más allá de la edad de jubilación, los alquileres eran imposibles de pagar sin compartir piso con varias personas, la gente permanecía en casa de sus padres hasta pasados los 35 años, el salario mínimo era ridículo, la prestación por desempleo se había recortado en repetidas ocasiones… Y, a pesar de todo esto, los españoles estaban convencidos de que vivían una época de fabulosa prosperidad. Hay que decir que los equipos de marketing de los respectivos gobiernos se merecían un diez.

Vegas indica que los cantantes estaban tan alienados que, por primera vez, no fue la música la que sirvió de punta de lanza, como es habitual, para las protestas, sino que fueron las mismas protestas las que hicieron despertar a los músicos y darse cuenta de frente a qué estaban. Fue el 15M lo que hizo a muchos músicos volver a tomar conciencia de la realidad y salir del proceso de individualismo y hipsterización en el que, poco a poco, se habían ido metiendo. Afortunadamente, al menos de momento, no ha habido revueltas como otras bandas más despiertas de otros lugares se habían atrevido a predecir.

Nota: Nacho Vegas puede caer mal a muchos por su posicionamiento firmemente de izquierdas, irreconciliable con cualquier actitud de derechas o capitalista, pero hay que admitir que es consecuente con sus ideas como pocos. Digo esto porque acabo de ver el vídeo en el que, tras aceptar tocar en un festival patrocinado por Banco Sabadell (y sorprendido, como él mismo reconocía, de no haber recibido ninguna crítica por haberlo hecho), llevaba a cabo una acción de denuncia contra dicho banco a pesar de las presiones en contra de los organizadores al comenzar su concierto, al tiempo que anunciaba que los beneficios netos de su concierto irían destinados a ayudar a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca en Asturias.

Indies, hipsters y gafapastas (1)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas

Cuando vi aquel anuncio que el PP hizo sobre que los hipsters los votaban no daba crédito a lo que veían mis ojos (ni a lo que escuchaban mis oídos, dicho sea de paso). O yo no me enteraba de nada o los que no se enteraban de nada eran los publicistas del Partido Popular, para los que un hipster parece ser un tipo con barba y una ropa que lo convierte en una especie de cruce de leñador con amish. Eso me hizo pensar que su único contacto con ellos había sido a través de fotografías, pues, al menos externamente, esa es la imagen que han proyectado durante los últimos cinco años (año arriba, año abajo). Pero antes ya estaban ahí, aunque no se hubiera popularizado la nomenclatura hipster. Hace diez años llevaban perilla y un peinado perfecto, y hace quince barba de dos días y una melenita de aspecto cuidadamente descuidado. Los hipsters llevan entre nosotros desde que el capitalismo se adueñó del mundo occidental: gente con aspiraciones de clase media-alta que se esfuerzan en hacer visible mediante su vestimenta y sus accesorios, y con una absurda preocupación por el individualismo y la exclusión cultural de quienes no están a su nivel. En los hipsters nada es real, todo es maquillaje, chapa y pintura, y si obviamos el tipo de moda, todos, tengamos la edad que tengamos, hemos tenido que tratar en nuestra juventud con gente con esas características que conformaban un grupo con sus semejantes al tiempo que negaban pertenecer a ningún grupo social.

El anuncio del PP los presentaba, sin embargo, como una especie de hippies modernos, como alguien comprometido con su entorno, cuando son todo lo contrario. Indies, hipsters y gafastas, un libro del que nada sabía y que me llamó la atención cuando lo vi en Internet por el hecho de estar prologado por Nacho Vegas, me vino a dar la razón en esto (creo, pues es una conclusión propia) y me confirmó que no andaba completamente desnortado.

Me sinceraré con respecto al libro. Yo siempre he sido una persona de izquierdas, y creo que en mis últimos años viviendo en China (que nada tiene ni de comunista, ni tan siquiera de izquierdas), y con las noticias y desprecios que me han ido llegando desde mi país, me he radicalizado quizá demasiado en mis posiciones, pero comparado con las opiniones del autor del libro yo parezco de extrema derecha. El libro carga contra la hipsterización del mundo, con cómo en los últimos años la cultura se ha ido aislando de la problemática social, creando “movimientos culturales” que mantienen al gran público, y por lo tanto a la sociedad, ajeno a los problemas que se producen. Defiende el compromiso que la cultura debe tener con la sociedad, cosa que comparto, aunque creo que es algo que no condiciona necesariamente a la expresión artística. Habla mucho sobre música, sobre cine, sobre documentales, sobre ensayos, muy poco sobre las artes plásticas, pero hay una carencia importante, muy reveladora del porqué de su obsesión militante: ni una novela, ni un cuento, aparecen referenciados en sus páginas. Como si nunca se hubiera detenido en leer uno o, peor aún, como si considerara que su presencia social es marginal, muy distante de la eminente presencia de lo audiovisual (lo que lo volvería a él también bastante hipster). Supongo que al tratarse de ficción las considera puro escapismo y no les otorga valor dentro del verdadero arte que es aquel comprometido y militante.

Todo esto resulta demasiado exagerado, aunque creo que guarda un fondo de verdad, sin necesidad de llegar a las posiciones tan radicales del autor. Además, la lectura resulta una enciclopedia privilegiada para hacerse con una lista musical de los últimos veinte años, al menos del panorama rock indie.

Por otro lado, el ensayo está tan seccionado que, incluso para aquellos no acostumbrados a leer este género, resulta de una lectura muy amena. No hay larguísimas disertaciones ni extensas exposiciones que van ocupando capítulos y capítulos hasta llegar a una conclusión final, sino que todo es mucho más ligero, sin renunciar por ello a la precisión ni a la documentación. Los diferentes capítulos son casi independientes y están a su vez divididos por títulos que los convierten en conjuntos de mini artículos que comparten tema. Con esta estructura uno avanza en la lectura de un libro que, por otro lado, tampoco es muy extenso, casi sin darse cuenta. Luego se podrá estar a favor o en contra de sus propuestas, pero no se le puede negar que éstas estén argumentadas y documentadas. Eso sí, ni son objetivas ni parecen pretenderlo, sino que más bien suponen el punto de vista de una posición social determinada.