Eterna

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Eterna

Llegamos al final de la trilogía vampírica propuesta por Guillermo del Toro, y con el final descubrimos por qué en las historias que amenazan con desencadenar el apocalipsis al final siempre terminan ganando los buenos. Para no ofrecer un panorama tan descafeinado como éste: una suerte de París ocupado por los nazis, con colaboracionistas, una pequeña resistencia oculta y el añadido tan “americano” de los grupos que sólo se preocupan por sí mismos. O la segunda temporada de la antigua serie televisiva V, si lo prefieren. El terrible vampiro de origen incierto y oscuro, al final no pasa de ser un dictador con ansia de poder que quiere que todos le obedezcan, bien como vampiros, bien como humanos, y que monta sus propios campos de concentración, en este caso de exprimido de humanos para tener siempre sobre la mesa su ración de sangre a la hora de la comida. Así que el apocalipsis no es tal, sino una situación de gobierno opresivo, por mucho que el dictador, en este caso, se literalmente un monstruo.

El ambiente en el que todo se desarrolla es el típico de la tierra después del desastre que tantas veces hemos visto, y que en los últimos tiempos está bastante de moda, con títulos en el cine como La carretera, Hijos del hombre, el regreso de Mad Max y un largo etcétera, y en televisión con otros como Revolution o Los 100. Ahora hay un nuevo orden y los protagonistas tratan de luchar contra él, todo muy terrenal. El único personaje que entroncaba con esa sensación de misticismo de las dos primeras entregas, Abraham Setrakian, ya no aparece en ésta, y es sustituido por un vampiro que, la verdad, no da la talla, pues no es lo mismo que alguien se adentre en los misterios de lo incomprensible, a que alguien te lo cuente porque mira, lo ha vivido y sabe de qué va el tema. Lo único que el señor Quinlan, el sustituto de Setrakian, no sabe es el origen del amo, que por una retorcida relación de ideas ha decidido que es su padre (y si lo expreso así es porque llamar a esto paternidad me parece excesivo).

Y aquí viene donde se remata el asunto, en el origen del amo, y ahora voy a reventar el final (más o menos) así que no sigan leyendo si no quieren. Y es que, después de haber insistido tanto en el funcionamiento del vampirismo como una enfermedad, después de haber detallado la existencia de los parásitos y el proceso de infección, después de haber puesto tanto énfasis en hacerlo todo tan científico, a pesar de esa sombra de misterio y misticismo que siempre había estado detrás de todo, resulta que ni ciencia ni misterio sobrenatural: todo se soluciona leyendo la Biblia, porque el amo es un ángel caído, rebelado contra Dios. Y si el sol le hace daño es porque se parece al rostro de Dios. Uno se había hecho ilusiones con la cantidad de referencias al mundo de Lovecraft que inundaban las páginas de Oscura, para que al final suceda esto.

¡Ojo! No estoy diciendo que la resolución final sea mala per se, sino que no se pueden estar dejando pistas en una dirección durante todo un relato para al final dar una solución completamente diferente a la que habías estado dejando germinar en la mente de tus lectores. Si nos hubieran llevado por el camino de Dios y la Biblia y sus ángeles y la guerra celestial, uno podría aceptar esta resolución, pero así no. Es una rueda de molino demasiado grande. También, digo yo, los autores podían haber acabado diciendo que todo había sido un sueño de Ephraim, el que en un principio se perfilaba como principal protagonista de la historia.

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Oscura

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Oscura

La segunda parte de la trilogía vampírica iniciada por Nocturna da el tradicional paso adelante con respecto a la primera: la lucha casi secreta que los protagonistas mantenían contra el Amo en la primera parte, ahora se vuelve una guerra, con más protagonistas implicados.

El Amo prepara un plan para hacerse, no con Nueva York, sino con el mundo. Pero él es el más joven de una estirpe muy antigua, conocidos como los ancianos, seis vampiros cuyo origen se pierde en la memoria y que llaman despectivamente al más joven “El Séptimo”. Al final del primer tomo los protagonistas comprobaron que de poco les sirvió exponer al Amo a la luz solar para destruirlo, así que emprenden la búsqueda de un libro con tapas de plata que contiene su verdadero nombre, en la creencia de que conocerlo les dará la clave para destruirlo. El vampiro también quiere hacerse con él, para lo que utiliza la fortuna de su aliado humano con la intención de conseguirlo en una subasta. Los protagonistas consiguen hacerse con el libro, pero al parecer ya es demasiado tarde, pues el Amo consigue eliminar a los ancianos que se encontraban en Nueva York, y dar comienzo a una suerte de apocalipsis nuclear que favorecerá la oscuridad sobre el planeta para que los vampiros se hagan con él.

Esta segunda parte se separa del camino tan fiel al Drácula de Bram Stoker que había tenido la primera, aunque sólo sea para arrimarse a otras fuentes. La guerra contra el virus que toma la ciudad no es nada nuevo, las historias de zombies que toman el planeta se cuentan últimamente por docenas, aunque tratándose de vampiros en este caso, podríamos pensar en un referente mucho más directo, como Soy leyenda, aunque de manera algo más salvaje en el caso que nos ocupa. Pero la comparación no es gratuita, pues el punto de vista de estos vampiros es bastante similar a los de la novela de Matheson. No en vano la argumentación que el Amo ofrece a Setrakian es bastante similar a la que aquellos vampiros ofrecían a Neville: no son monstruos, pues al igual que todas las demás criaturas del planeta ven a los humanos como monstruos, así ven los humanos a los vampiros. Se trata tan sólo de la visión que la presa tiene de su cazador, que pretende sobrevivir e imponerse. Si bien es cierto que esta especie cazadora tiene una deliberada intención de provocar dolor, pero, ¿acaso no ha brillado tantas veces esa deliberada intención también en los humanos?

Así pues, la acción ha salido del mundo soterrado para instalarse en la sociedad, en las altas esferas de la política y los negocios, en las casas de subasta y en última instancia en las calles de Nueva York. La existencia de los vampiros ya no es un secreto que impide que se crea en ellos, sino una realidad.

Y si en Nocturna las referencias a Stoker eran continuas, es otro el novelista que parece hacerse con el control referencial de Oscura. La continua referencia al gusano de sangre, a la entidad antigua cuyo origen se pierde en la distancia del pasado, varias insinuaciones de personajes (aunque desmentidas por otros personajes) de que ese ser no pertenece a este mundo, un misterioso libro con la capacidad de aparecer tan sólo cuando algo terrible está a punto de suceder y del que resulta imposible deshacerse por la bravas que contiene la identidad de este ser… Sólo faltan las consiguientes referencias a algún tipo de ritual milenario para que el nombre de Lovecraft llame con tal fuerza a nuestra cabeza que nos resulte imposible ignorarlo. Aunque todavía queda una novela, así que no descarto que aparezcan esos rituales e incluso el propio Cthulhu.

Nocturna

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Nocturna

Hace ya algunos años fue publicada esta novela, que venía precedida por la rúbrica de Guillermo del Toro, director de cine mejicano que se encontraba en un gran momento tras haber rodado hacía no mucho El laberinto del fauno y Hellboy 2 y haber producido El orfanato, y cuyo nombre se erigía como principal reclamo de ventas. Por entonces ver el nombre de del Toro, un director que me gustaba, no fue suficiente para adentrarme en la lectura de una novela de la que sólo sabía que era de terror. Más adelante me comentaron que se trataba de una historia de vampiros. Y me aclararon: pero no de estos vampiros cursis que ahora están de moda, sino de unos vampiros sangrientos.

Dos fueron las ideas que me vinieron a la cabeza ante esta descripción. La primera, que ésta debía de ser en cierto modo una manera de corregir el error cometido con la espantosa Blade II, la peor de las entregas de una pésima trilogía (sólo la pelea de videojuego con los focos al fondo para que no se notara tanto lo mal hecho que estaba ya daba ganas de salir corriendo). La segunda, que si los vampiros romanticones y de buen corazón que se habían puesto de moda ya cansaban bastante, los monstruos asesinos de unos años antes también me producían bastante hartazgo, y eso, al parecer, era lo que ofrecía la recién salida novela. Echo de menos vampiros como Drácula, rodeados de misterio, que inspiran terror e inseguridad.

Hace ya menos tiempo, la novela se convirtió en una serie de televisión. Al aparecer la serie descubrí que, en un principio, lo que habíamos conocido como una novela debería haber sido en realidad una película, lo cual confería más sentido al asunto. Pero al ser rechazada, decidieron convertirla en una serie de novelas (no me explico todavía cuál sería el proceso de escritura entre los dos autores de esta aventura, aunque me imagino a del Toro más bien como el artífice de las líneas generales de la historia que luego escribiría Hogan y revisaría de nuevo del Toro para modificar lo conveniente, aunque esto son sólo imaginaciones mías). Tras ver la primera temporada, la cosa me pareció bastante interesante. Una especie de remake moderno y salvaje de Drácula, pero interesante al fin y al cabo. Me quedé con ganas de que llegara la segunda temporada, que en mi cabeza se asimilaba a la segunda novela (ahora veo que esto no era así exactamente), y cuando lo hizo, mi sensación fue diferente: quería ver una tercera temporada para averiguar cómo acabaría la historia, pero la segunda me había parecido aburrida, repetitiva y sin gracia. Carecía de misterio, y una historia de vampiros sin misterio es un fracaso.

A pesar del interés que la serie despertó en mí, no me animé tampoco a leer la novela, no lo creí necesario. Como he dicho en alguna ocasión por aquí, leo tremendamente despacio, lo que me hace ser medianamente selectivo con mis lecturas. Y si bien una película (o serie, en este caso) no es igual a la novela de la que puede proceder, sí que tiene los suficientes elementos para permitir a un observador decente discernir si el material de origen puede o no merecer la pena. Y por muy interesante que la historia pareciera, no juzgué que lo mereciera, pues suponía un corta y pega de otras historias de vampiros, con algún que otro elemento novedoso.

Pero al final topé con la novela, en ese maravilloso formato de audio al que me estoy aficionando. En esta ocasión maravillosamente no leído, sino incluso interpretado, por un tal Mariano Osorio, que le da una increíble emoción a la lectura con su entonación.

Y, efectivamente, Nocturna resulta estimulante porque nos ofrece una típica historia de misterio, de esas en las que las sucesivas revelaciones le van poniendo a uno sobre el camino de algo mucho mayor, porque ofrece escenas de acción que saben acelerar el ritmo cuando es necesario, y porque nos remite, a pesar de sus vampiros sanguinarios, a la novela de Drácula y a las muchas historias que con el tiempo nos hemos inventado sobre ella.

La historia comienza relatándonos una historia que una abuela cuenta a principios del siglo XX a su nieto en Rumanía, sobre un joven en principio admirado pero sobre el que comenzó a formarse toda una leyenda de misterio y terror. No podemos evitar pensar, por un lado, en el primer capítulo de Drácula, cuando los lugareños hablan al joven Jonathan Harker sobre el conde (o más bien sobre el castillo), y por añadidura en todas las variopintas historias que hasta la fecha nos hemos inventado sobre el origen de Drácula. Y es que esta historia supone una nueva reinvención sobre el vampiro, aunque en esta ocasión el personaje que hace las veces de Drácula no es más que un accidente, un huésped, convirtiendo al verdadero origen del vampiro en algo más antiguo que el origen de la leyenda. Así las cosas, la historia empieza bien, pues sobre el misterio ya existente del origen del vampiro y que tantas veces nos han contado (incluso nos los sitúa en la misma región y época en las que situaríamos a Drácula), extiende otro velo, más inexplicable (de momento) sobre el inicio de todo.

Tras esto tenemos otra escena en la que un avión “muerto” (utiliza esta misma palabra, lo cual no deja género de dudas sobre la referencia) llega al aeropuerto de Nueva York. Todos sus ocupantes han fallecido y no hay ninguna pista sobre qué los ha matado, y no podemos evitar establecer la debida correspondencia con el barco guiado por las “manos de un hombre muerto” que llega a Yorkshire en Drácula. Y ¿saben qué hay en la bodega del avión? Exacto: un cajón de tierra (sí, en este caso sólo uno).

Pero quizá estas referencias que tanto pueden emocionar al antiguo lector de la novela de Stoker sean una de las losas de la novela. Como ya dije en El misterio de Salem’s Lot, la novela estaba tan ocupada en referenciar sus fuentes que olvidaba que tenía que volar por sí misma. Algo de esto sucede también aquí, aunque en menor medida. Si bien las referencias al material original son más numerosas que en la novela de King (la historia sobre el origen, el avión, la caja de madera, el grupo de amigos que se enfrenta a la amenaza aislado aunque en medio de una populosa ciudad, la mujer de uno de ellos convertida en vampiro para atraerlos, el hombre, mayor que el resto, que tiene un conocimiento superior sobre la amenaza a la que se enfrentan, el médico cuyos conocimientos resultan insuficientes para hacer frente a la amenaza, el ayudante humano que espera ser recompensado, la búsqueda del vampiro…), Nocturna sí alza el vuelo como una historia diferenciada. Y en eso le ayuda el enfoque que ofrece de la invasión vampírica como una epidemia vírica que deben controlar en la ciudad para que no se extienda por el mundo, convirtiendo así el ritmo y la emoción en algo más propio de un thriller que de una novela de terror.

Esta primera novela termina con una escena en la guarida del vampiro, de la que conseguirá escapar, que nos recuerda también a la escena en la que los aventureros ingleses se encuentran por primera vez cara a cara con Drácula en la casa que éste había alquilado en Londres. Si aquello era la mitad de la historia en Drácula, está claro que también lo será en este relato que tantos parecidos guarda con la novela inglesa.

Pero, incluso con sus varios aciertos, dudo mucho que la novela hubiera tenido la repercusión que ha tenido de no ser por el nombre que figura en ella como autor, pues a pesar de sus virtudes y de ser un entretenimiento más que aceptable, tampoco destaca sobremanera sobre otras muchas novelas parecidas que existen a la venta. Es de agradacer que en ocasiones como ésta, sin embargo, un nombre famoso haya servido no para que una porquería haya podido publicarse (y venderse bien en muchos casos, por desgracia), sino para que hayamos podido conocer una historia que, si bien no es una obra maestra, tiene un atractivo que no merece tampoco ser ignorado.

El misterio de Salem’s Lot (y 2)

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STEPHEN KING, El misterio de Salem’s Lot

El misterio de Salem’s Lot es una historia de vampiros entretenida, sin demasiada trascendencia. King cuenta cómo su agente, antes de publicarla, le advirtió de que con ella lo encasillarían como escritor de novelas de terror, y está claro que acertó. El asunto está en que si en otras ocasiones he dicho que King es más bien un escritor costumbrista que incluye monstruos en sus cuadros de los pequeños pueblos del interior de los Estados Unidos, en este caso sí que se trata de un escritor de historias de terror.

El protagonista de la historia es un novelista que regresa al pueblo en el que vivió de niño, Jerusalem’s Lot, para inspirarse para escribir su próxima novela, y al mismo tiempo llega al pueblo un vampiro con el propósito de iniciar en él su reinado. Si lo que en otras ocasiones sobresale en las historias de King es el ambiente de los pueblos del interior, con los personajes rurales que los habitan, alrededor de los cuales se va gestando la historia de miedo, en esta ocasión todo eso parece un mero decorado para contar una historia de vampiros, con un pueblo que se asemeja más a un decorado teatral y unos personajes bastante estereotipados: el forastero cultivado con una vida o trabajo que escandaliza a los pueblerinos, la chica rebelde con una madre chapada a la antigua que la agobia, los varios habitantes locales que miran con malos ojos al recién llegado, el novio de pueblo furioso por la llegada de competencia… todo esto lo hemos visto ya demasiadas veces. Sólo un personaje se aleja del estereotipo y resulta más atractivo, y se trata del cura del pueblo, el padre Callaghan. No se trata del fanático iletrado que a las primeras de cambio empieza a gritar que el fin está cerca y que hay que arrepentirse, y que, viendo el resto de personajes, es lo que me esperaba. En realidad me pareció el único personaje con algo de fondo, un tipo que se toma su fe de forma seria y sensata, pero que en el momento de la verdad cede a la tentación y flaquea, ha cometido un error en el momento más importante y no sabe cómo remediarlo. Algo bastante humano. Su tratamiento, con referencias bíblicas, pues tras su pecado se lo compara con Caín al ser marcado por Barlow, el vampiro principal de la historia, para que ningún otro vampiro ponga su mano sobre él, se vuelve casi irónico, pues es aquí un demonio el que lo condena, y no Dios (más irónico aún tratándose como se trata de un siervo de Dios), estableciendo una relación entre ambos (Dios y este demonio), bastante reveladora. De hecho, en otros libros de King, Dios tampoco suele ser un referente de bondad, y no puede ser de otro modo, teniendo en cuenta el carácter de sus historias.

Pero la profundidad de una novela que, por otro lado, funciona de maravilla como un divertimento, termina con este personaje. El propio King ha reconocido lo mucho que Drácula le influyó a la hora de escribir El misterio de Salem’s Lot, pero la admiración hacia la obra de partida se vuelve aquí una carga, pues para ser la gran historia que, por otro lado, no parece pretender ser, necesita alejarse de su fuente, a la que se ciñe como un calco. Tenemos aquí todos los elementos que conocemos de Drácula, tomados y presentados de uno en uno con una pátina de actualidad: Ben, el protagonista, se presenta como una suerte de Jonathan Harker, tenemos la llegada del vampiro mediante ayuda humana que desconoce su existencia, tenemos la casa misteriosa en la que reposa el vampiro, tenemos el cajón de tierra, tenemos al siervo humano del vampiro, tenemos las insinuaciones de la antigüedad del vampiro y su origen incierto, tenemos a la joven tomada por el vampiro y su dolorosa ejecución (Susan parece acometer tanto el papel de Mina como el de Lucy)… Casi el único punto de divergencia es que aquí no hay tantos supervivientes. Y esto es una losa para la novela de King, porque a pesar de ser muy entretenida, que lo es, nunca llega a tener una entidad propia, el lector no puede dejar de pensar a cada momento, con cada elemento nuevo que va apareciendo, en su evidente lugar de procedencia (eso si conoce Drácula, aunque tampoco puedo imaginarme a un lector que no lo conozca), y empezar a pensar en lo que el relato le ofrece, en lugar de recordar lo que otro relato le ofreció hace ya tiempo.

En definitiva, El misterio de Salem’s Lot puede gustar más o menos, y tanto una opción como la otra me parecerán legítimas, pues por un lado la novela está perfectamente organizada y tacharla de mala novela me parecería un acto de temeridad, pero por otro resulta vacía y no puedo evitar pensar que una relectura de Drácula habría resultado más apasionante.

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STEPHEN KING, El misterio de Salem’s Lot

Antes de decir nada sobre El misterio de Salem’s Lot, me gustaría contar algo sobre una cosa que no tiene nada que ver con la novela en particular, pero que para mí ha quedado íntimamente ligado a ella. Todos los días realizo un trayecto en bici de una hora y pico de ida y otra hora y pico de vuelta, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Al principio empecé a ponerme música para amenizar el trayecto, pero más adelante probé con un audiolibro, y la experiencia me gustó. Hasta el punto de que ya son varios los libros que he “leído” con este método, en mis trayectos diarios entre mi casa y mi trabajo. Suelo evitar los libros leídos por máquinas, pues ya lo intenté en una ocasión con uno de ellos y abandoné la experiencia por insoportable.

El método es cómodo, pues satisface con una historia la necesidad de aislarse hasta cierto punto de los constantes gritos y bocinazos de las calles de Pekín. El problema es que de vez en cuando uno pierde los nervios ante alguna de las infracciones de tráfico que tiene que sortear (que suelen ir a razón de una cada cinco segundos), y se pierde parte del relato porque involuntariamente pone todos sus sentidos en ciscarse en la madre de alguien.

Sin embargo el cambio de canal para hacernos llegar la historia hace que intervenga un elemento muy importante, que podría incluso llegar a estropearla: el lector. Y algo de esto me ha sucedido con Salem’s Lot, cuyo lector incurría en una manía espantosa de muchos hispanohablantes en la actualidad, y que resultaba no sólo molesta en sí misma, sino que también estorbaba al correcto discurrir de las frases. Me refiero a ese desagradable empeño en pronunciar a la perfección toda palabra en inglés que haya en el texto, y pueden imaginar que en una novela de Stephen King, con nombres de personajes, geográficos y referentes culturales en inglés, son muchas. El lector está tan preocupado en pronunciar con un inglés perfecto que asesina la prosodia de la frase, su cadencia y su ritmo. Así nos encontramos con cosas como “¿Es la señorita… (pausa)… (pero pausa larga)… Coogan?”, o “Buscó a… (pausa)… (me enciendo un cigarrillo)… (le doy una calada)… Norris Varney… (pausa)… (expulso el humo del cigarrillo)…, que en ese momento era el policía”, o incluso “Volvieron a casa en el… (miro a mi alrededor y guardo unos segundos de silencio para tener tiempo de concentrarme antes de lanzarme a pronunciar la siguiente palabra)… Chevrolet de Norris… (hago un gesto que dura un par de segundos, orgulloso de mi pronunciación en inglés)… y en la camioneta de correos de… (venga, sin prisas, que es la última palabra de la frase; me preparo, me tomo mi tiempo, y)… Larry”. Y así toda la novela, lo cual puede llegar a desesperar. Incluso, en un intento de ser el tipo que mejor pronuncia en inglés a este lado del Mississippi, pronuncia el nombre de Fred Astaire algo así como “[astá:ir]”. Algo totalmente ridículo, si no bastaba ya con lo anterior.

Pero ¿a qué viene esta obsesión con pronunciar con tanto esmero cualquier palabra en inglés en detrimento de la lengua en la que realmente está hablando? ¿Por qué no le muestra a la lengua que está utilizando para comunicarse el mismo respeto que parece mostrarle al inglés? Al parecer, mantener la cadencia de las frases y hacer que el discurso sea fácilmente entendible carece de importancia, siempre y cuando se pueda mostrar una especie de malentendida pleitesía hacia la lengua inglesa. No digo que haya que pronunciar mal el inglés, pero si una palabra en otra lengua se adentra en un discurso en español, no podemos echar todo por tierra con el único objetivo de pronunciarla con total corrección. No en vano la norma culta del español admite leer estas palabras extranjeras tal como se escriben, con nuestra pronunciación, para evitar precisamente interferencias extrañas en la transmisión de nuestro mensaje, que podrían dificultar su comprensión.

Además, si se me permite hacer un poco de patria (y no suelo hacerlo nunca), hace no mucho hubo un revuelo en los Estados Unidos porque una presentadora de informativos de origen hispano pronunció un apellido español en español, y cientos de televidentes estadounidenses inundaron el correo de la cadena exigiendo que si estaba en los Estados Unidos pronunciara los nombres en español como ellos los pronunciaban. Hasta el punto de que tuvo que explicarse por lo sucedido en el siguiente informativo. Así que no veo a qué viene tanto miramiento con una lengua tan invasiva.

Pero repito. No digo que haya que pronunciar mal en inglés porque sí (yo mismo trato de hacerlo bien cuando se cruza una palabra en esa lengua en mi discurso), pero la correcta pronunciación de un término extranjero no puede condicionar bajo ningún concepto la correcta enunciación de nuestro discurso en español.

La mujer de la habitación oscura

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MINETARO MOCHIZUKI, La mujer de la habitación oscura

Este cómic es sin duda uno de los precedentes de esas historias de terror japonesas sobre fantasmas con largas melenas negras, enmarcados en un ambiente de leyenda urbana. A mi modo de ver ese fue su gran acierto. Las leyendas japonesas de fantasmas, a pesar de ser misteriosas y muy interesantes, le quedaban ya un poco lejos al espectador actual para poder provocarle miedo. Su inclusión en un mundo urbano en el que la creencia o no en hechos sobrenaturales se mueve en forma de rumores les dio una nueva vitalidad que hizo que llenaran las pantallas de occidente a principios de siglo. Pero los occidentales nos aburrimos en seguida de las cosas, cada vez más rápido, y necesitamos de constantes novedades, así que la moda quedó atrás enseguida. Aquello comenzó en Japón en el año 1998, con el estreno en cines de Ringu, aquí conocida como The Ring, o La señal, y el estreno en una serie televisiva de dos cortometrajes televisivos, que un par de años más tarde tomarían forma en la conocida Ju-On, llamada en España La maldición, y en sus magníficas secuelas (si obviamos el horrible directo a vídeo de The Grudge 3, cuya “gran ocurrencia” es usar a Mr. Potato como elemento terrorífico).

Pero La mujer de la habitación oscura fue publicada en 1993 y hasta la llegada de este tipo de cine parece que no triunfó en occidente (no al menos en España, en donde su primera edición es de 2005). ¿Por qué? Más de uno querrá darme una colleja correctiva, porque tras buscarlo en Internet he visto que el señor Mochizuki, es un reconocido dibujante de historias de terror, pero creo que sus dibujos son el principal motivo por el que el éxito del cómic no sea tan elevado. Muchos hablan de un dibujo extraño y atrevido, de trazo deliberadamente hosco, lo cual no deja de ser cierto y además tendría cierto sentido, pues parece adecuado para volver extraño ese mundo en el que el lector tiene que asustarse, pero a mí me da la sensación de que sencillamente está mal dibujado. Al menos en lo que respecta a las expresiones faciales. Las viñetas están llenas de expresiones casi desencajadas ante las que el lector se queda más tiempo intentando averiguar qué es lo que pretenden expresar que disfrutando de la lectura. De esta manera, sucede algo que me parece un serio problema en un cómic: los dibujos suponen un problema para la lectura. En lugar de ser vehículo de la narración, la frenan y la dificultan.

Pero no todo es malo, pues si bien el dibujo le hace un flaco favor a la historia, ésta, por sí misma, tiene la fuerza suficiente para atrapar al lector, a pesar de la velocidad de los acontecimientos. Y también la suficiente habilidad como para engañarnos, haciéndonos creer durante casi toda la historia que se trata de una venganza personal, para que todo desemboque al final en una historia de fantasmas. Una adaptada, muy acertadamente, a ese entorno urbano que la convierte de pronto en algo muy próximo a nosotros. Algo que, pensamos sobreestimulados por la reciente lectura, podría pasarnos a nosotros.

 

Revival

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STEPHEN KING, Revival

Leí mi primera novela de Stephen King a los 15 años, atraído por esa aura de historias que dan mucho miedo que tanto atraían a los adolescentes, y yo no era una excepción. La novela, El pasillo de la muerte, se publicaba por entregas y aún faltaban por publicarse las dos últimas, así que me lancé, atraído también en parte por esta curiosa forma de publicar un libro. No me entusiasmó. Por entonces estaba en boga la serie de televisión Expediente X, y la historia se me antojo uno más de los capítulos de la serie, aunque sin el interés que estos tenían. Pero tampoco me desagradó, así que cuando ese mismo año se publicaron, en una un tanto extraña jugada de marketing, dos libros que compartían argumento de dos supuestos diferentes autores, Desesperación, de Stephen King, y Posesión, de un tal Richard Bachman, decidí leer el primero. Ambos autores eran en realidad el mismo, y la cosa habría tenido sentido si se hubiera mantenido el secreto sobre su identidad, pero recuerdo que, mientras en el libro de Bachman se nos hablaba en la solapa de la afinidad de sus historias con las de Stephen King, en la solapa del de King se nos decía abiertamente que Richard Bachman era uno de sus pseudónimos. Ya entonces no entendía a qué venía el juego de los pseudónimos si nos los revelaban de esa manera.

El caso es que en esta ocasión el libro de King sí que me disgustó, y por lo tanto jamás leí el del supuesto Bachman. No sólo eso, sino que no volví a leer otra novela de Stephen King hasta más de diez años después, cuando un amigo me regaló el primer volumen de La torre oscura, en una edición con ilustraciones en color en el centro, que provocaba ir corriendo a la librería a comprar el resto de los tomos aunque sólo fuera para contemplar aquellas ilustraciones fantasiosas. Pero, a pesar de lo llamativo de la premisa de La torre oscura, tampoco este libro me entusiasmó demasiado, se me antojó un largo prólogo que nunca entraba en materia. Ahí terminó mi relación con la literatura del señor King, que nunca llegó a atraerme demasiado sobre el papel a pesar de las virtudes que acostumbro a ver en sus adaptaciones cinematográficas.

Hace no demasiado tiempo comenzó a emitirse en televisión una serie basada en una de sus últimas novelas: La cúpula. Y lo que ahí adivinaba me gustaba tanto que me entraron verdaderas ganas de leer la novela y retomar la escasa relación que había tenido con su literatura. Pero la relación no la he recuperado hasta que ha caído en mis manos la que creo que es la última novela publicada en español de Stephen King: Revival (no sé si Finders Keepers ha sido ya publicada en español o no).

Y por primera vez he disfrutado, y mucho, con una novela de Stephen King, hasta el punto de que ya tengo ganas de leer otra más. Hay algo que tiene en común con las anteriores que ya había leído, y que también puede observarse en las adaptaciones cinematográficas de otras de sus novelas: King no escribe historias de terror, escribe historias costumbristas con monstruo. Y es que tengo la sensación de que ese mundo fantástico o terrorífico que acaba siendo de lo que todos hablamos al final, es una mera excusa para mostrar cómo es la vida, las costumbres, las creencias, los miedos, las obsesiones, la sencillez, el carácter… de todos aquellos que viven en unos Estados Unidos alejados de las grandes ciudades, que es lo que estamos demasiado acostumbrados a ver en las películas de Hollywood.

Eso sucede en Revival, que es la historia de la vida de Jamie desde los seis hasta los setenta años, en la que tendrá gran importancia la figura del pastor de la iglesia a la que su familia acudía siendo él niño, y con el que volverá a encontrarse varias veces a lo largo de su vida, suponiendo cada una de esas veces un punto de inflexión. Las diferentes etapas de la vida de cualquier persona (de cualquier persona de clase media del interior de los Estados Unidos, quiero decir, aunque seguramente muchos se verán reflejados en más de una etapa) aparecen expuestas en la vida del protagonista. Una infancia marcada por los juegos con amigos y hermanos, la visión de los padres como esas dos personas que forman casi parte de la casa, o esas figuras de autoridad fuera del hogar que nos marcan cuando aún somos jóvenes, y que aquí es el pastor de la iglesia, aunque en España podamos estar más acostumbrados a que se trate de un profesor. Una adolescencia con el ansia de encajar en un grupo y las tentaciones de drogas blandas (como el tabaco y el alcohol) que eso conlleva y, cómo, no, el primer amor. Una juventud y primera vida adulta que muestra aquí dos vertientes: la del protagonista, alguien que no supo enderezar su camino y que aparece, quizá de forma exagerada, como un drogadicto, y la de su hermano, alguien que aceptó sus responsabilidades hasta convertirse en alguien con éxito, diferencia que se acentúa una vez llegados a la vida adulta propiamente dicha, en la que uno vive de lo que sabe hacer, mientras que el otro recoge los frutos de aquello para lo que se estuvo preparando.

Por otro lado está la vida del pastor, que pierde su fe y cada vez se va volviendo más cínico con respecto a ella. No sólo eso, sino que, de ser una persona dedicada a salvar las almas de la gente, pasa a dedicarse casi a destruirlas, en un principio negándose a sí mismo que eso es lo que está haciendo, pero al final sin importarle si esa es la consecuencia de sus acciones. El mismo que antes consagraba su vida a ayudar a los demás, a que fueran por el buen camino, poco a poco va cosificando a todos a su alrededor, primero no queriendo establecer lazos con nadie, después utilizando a quien le conviene durante el tiempo que le conviene (vemos cómo explica a Jamie que piensa librarse de su ayudante, que al parece le guarda una gran lealtad, cuando considera que ya no le es útil), y por último dañando a quien sea necesario para conseguir sus objetivos, que disfraza de avance para la humanidad a pesar de lo evidente que resulta que son una búsqueda egoísta de poder personal.

Y aunque no haya monstruo al final de Revival, sí que tenemos un final fantástico y bastante oscuro que no desvelaré para no acabar con ese deseo de llegar a la parte de la fantasía y el terror que inevitablemente uno espera cuando lee una novela de Stephen King.

Creo que por primera vez tengo ganas de leer su siguiente novela. El gusanillo ya me ha picado, ahora habrá que ver en qué acaba.