Crimen y castigo

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

Aunque bien es cierto que todo lo que he escrito anteriormente no tenía tanto que ver con Crimen y castigo como con lo que algunos pasajes de la novela me evocaban, poco más me queda que añadir, puesto que de lo que yo hablo aquí es de lo que los libros me parecen, sin pretender llegar a hacer ninguna crítica literaria seria. Aunque en realidad sólo he comentado aquí cuatro pasajes de la novela, cuando muchos otros más me llamaron la atención de forma independiente, algo que no me sucedía desde que leí Viaje al oeste, hace ya bastante tiempo. Y recordando aquella ocasión con lo que iba leyendo en ésta, me daba la sensación de que eso es lo que hace a las grandes novelas, esa capacidad para que veamos nuestro mundo reflejadas en ellas al tiempo que nos ofrecen un irrenunciable entretenimiento. Porque Crimen y castigo es en primer lugar entretenida, una de esas lecturas que en cuanto pasas las cinco primeras páginas te hace perder la noción del tiempo y priva de importancia a cualquier cosa que no aparezca ahí escrita. Son un cúmulo de acontecimientos que se encadenan uno con otro, haciéndonos saltar no sólo en la trama, sino también en la temática de la novela, que al final no sabemos si es social, filosófica o policíaca. O todo junto, que es lo que la hace tan interesante.

La historia gira en torno al asesinato cometido por Raskólnikov para llevar a cabo un robo, aunque amparado por motivos que él considera de justicia social. Él no tiene dinero y para conseguirlo mata y roba a una vieja usurera que previamente se ha presentado al lector de manera que no sienta ningún afecto por ella, al contrario que por Raskólnikov, con quien sí se siente identificado. Raskólnikov es un estudiante pobre que está a punto de ser desahuciado. Su madre y su hermana tampoco tienen dinero, por lo que él, que pretende cuidarlas aun sin tener ningún medio para ello, tampoco está dispuesto a pedírselo. Además, sus ideales sociales son muy elevados y cree en una sociedad justa que con tristeza vislumbra como imposible. ¿Cómo no va el lector a sentir debilidad por este soñador sediento de justicia e igualdad? Por otro lado, está la vieja, que se gana la vida haciéndose a precios ridículos con las pertenencias de gente como él que se ve obligada a vender lo poco que tiene para subsistir. En este orden de cosas, el protagonista no se limita a matarla para hacerse con el botín y salir de la miseria, sino que mantiene una lucha interior en la que a cada motivo para llevar a cabo la terrible acción contrapone otro para no hacerlo. Pero finalmente comete el crimen y por un breve momento el lector puede ponerse en su contra. Sin embargo la historia no termina ahí. Raskólnikov no acaba de convertirse en un asesino y ya, sino que continúa viviendo y actuando y, a pesar de estar algo trastornado por lo que acaba de hacer, sus acciones siguientes son todas buenas y justas, y siempre busca el bien de sus semejantes y liberarlos de aquellos que suponen una lacra.

Por todo esto, porque vemos seguir su vida adelante, el lector puede llegar a desear que su crimen quede sin castigo, que nunca lo pillen. Pero a pesar de todas sus buenas acciones, a pesar de que lo que hizo lo hizo por un “bien mayor”, su actuación no puede permitirse, pues como bien le recuerda otro personaje desde una edad ya más avanzada, no es así como se cambian las cosas. Para cambiar algo malo no podemos hacer algo peor, pues ese pensamiento maquiavélico es propio de una juventud sin experiencia en la vida, aunque hoy en día tanta gente nada joven lo defienda, lo que, entre otras muchas cosas, me hace pensar que la población de las sociedades actuales está compuesta por eternos adolescentes. Empezando por quienes desempeñan cargos de máxima responsabilidad.

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Paseando con Crimen y castigo (1)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

(Este artículo y los siguientes los escribí hace ya unos tres meses, cuando leía la novela, así que me disculpo por algunas afirmaciones sobre la efímera actualidad, que pueden estar ya un tanto desactualizadas)

En el segundo capítulo de la primera parte de Crimen y castigo, Marmeládov, un borracho más que lúcido, expresa algo sobre lo que no deberíamos tener ninguna duda. “La pobreza no es un vicio”, son sus palabras. Algo que buena parte de la sociedad tanto española como europea no parece tener demasiado claro a día de hoy. La pobreza no es un vicio. Suena extraño tener que defender estas palabras, pero no queda más remedio cuando un partido político propone una renta básica en España porque estamos llegando a una situación en la que no va a quedar más remedio que imponerla si no queremos ver unos niveles de esclavismo y delincuencia a los que ojalá no lleguemos, y tantas voces se levantan para protestar contra eso con el más estúpido de los “argumentos”, que es el de asegurar que eso hará que la gente no trabaje porque, total, ya tiene dinero. Lo dicen así y se quedan tan anchos, obviando deliberadamente que la renta básica propuesta alcanza a lo sumo para malvivir en la pobreza, sin poder salir jamás adelante únicamente con ella, que es una mínima cantidad de dinero destinada tan sólo a la supervivencia. Y es que cuando llaman vagos a quienes podrían recibirla, parece que están hablando de un sueldo de clase media y todo.

Pero nada más lejos de la realidad. Seguro que alguno lo hay, pero el común de los mortales no se contenta con pasar toda la vida dependiendo de esa ínfima cantidad de dinero, precisamente porque “la pobreza no es un vicio”. Lo mismo podría aplicarse a los griegos, ahora que todas las semanas leo en algún periódico cómo los ciudadanos (no los gobernantes, ¡ojo!, ¡los ciudadanos!) de tantos países europeos se descuelgan diciendo sin empacho que son unos vagos, que lo que quieren es vivir de las ayudas y no pagarlas.

Pero la lucidez de Marmeládov va más allá, pues su discurso continúa: “Pero la miseria, caballero, la miseria sí es un vicio. En la pobreza conserva uno todavía la dignidad de sus sentimientos congénitos; en la miseria, jamás la conserva nadie. A un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana, sino que lo barren a escobazos, para que sea más humillante aún. Y bien hecho, pues en la miseria, uno es el primero en humillarse”.

Está claro que el vicio, la miseria, no es más que la aceptación de la pobreza, esa situación que nos es impuesta desde fuera y contra la que, sin dudarlo, hay que rebelarse. Su aceptación nos convierte en seres miserables que no merecen tener un lugar en la sociedad. Y nos volvemos miserables cuando aceptamos no sólo la condición de pobreza, sino cualquier condición que nos disminuya como individuos. Nos volvemos miserables cuando aceptamos, como pretenden las voces insultantes, que somos unos vagos que no sólo necesitan esa renta básica, sino que nos conformamos con ella. Nos volvemos miserables cuando aceptamos que nuestra voz no vale nada y, en lugar de alzarla para reclamar aquello que nos arrebatan, callamos y dejamos que leyes cada vez más injustas nos nieguen derechos alcanzados con la sangre de nuestros padres y abuelos (con lo que flaco favor hacemos a su memoria), como lo son la libertad de expresión, el derecho de reunión o la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, por poner tres ejemplos que han quedado gravemente mermados con la llamada ley mordaza. Nos volvemos miserables cuando hemos aceptado (y lo hemos aceptado durante muchos años aunque ahora tantos pongan en grito en el cielo por ello) que nos robaran y que para postre se rieran en nuestras caras. Y, por supuesto, nos hemos vuelto unos miserables al aceptar durante tantos años que para poder tener un techo bajo el que vivir teníamos que hipotecar nuestras vidas al completo, pagando precios que requerían casi la totalidad de lo que íbamos a ganar el resto de nuestras vidas, y que para colmo eso nos pareciera lo normal.

Ante todo eso hemos callado, y como bien avisa Marmeládov, “a un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana”, pues para que se molesten en darle los palos tiene éste primero que levantar su voz y reclamar lo que es suyo, aunque tenga poco con lo que hacerse valer, “sino que lo barren a escobazos”, como a la basura, pues no más consideración merece. Y eso es lo que merecen todos los que aceptan esos insultos por parte del poder, y los abusos de autoridad, y los callejones sin salida a los que conducen nuestras vidas: que los barran como a basura, pues no pueden ser tenidos en mucha más estima que cualquier deshecho sobrante. Y no me refiero a quienes los sufren, sino a quienes los justifican.

“En la miseria, uno es el primero en humillarse”, remata, y si uno mismo ya se ha humillado, ¿qué consideración puede tener por parte de los demás? Y eso es lo que nuestros gobernantes, ayudados por unos cuantos de sus voceros, parecen querer de nosotros, que vivamos humillados, con la cabeza agachada y sin molestarlos, llamando vagos a los que quieren trabajar dignamente (cada vez que oigo eso de “mejor eso que nada” referido a trabajos en condiciones de esclavitud desearía poder dar dos bofetadas al imbécil que lo dice), llamando delincuentes a quienes quieren hacer valer sus derechos, llamando mentirosos a quienes dicen la verdad, multando y enjuiciando a quienes no quieren verse aplastados por el peso de leyes totalitarias…

Esto lo escribió Dostoievski hace ya bastante tiempo. Al parecer, en la historia los problemas son siempre los mismos. Más les valdría a los gobernantes y a todo aquel que ostente poder en algún grado abrir los ojos, no vaya a ser que las soluciones terminen por ser también siempre las mismas.

La Celestina

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FERNANDO DE ROJAS, La Celestina

Si tenemos en cuenta que la perfección dramática debería acompañar a toda obra maestra del género, no podríamos nunca incluir dentro de su número a La Celestina, debido a los varios rápidos cambios de dirección en su argumento. Sin embargo, ¿de verdad puede cortarse una obra iniciática de la literatura en una lengua por los mismos patrones que aplicamos al teatro moderno? Dos son los posibles atentados contra la maestría de la obra: en primer lugar, el velocísimo cambio de actitud de Melibea con respecto a las pretensiones de Calisto y, en segundo, la extraña intrusión de los cinco actos que conforman el llamado Tratado de Centurio, y que parecen encaminados a un mero alargamiento del entretenimiento.

Con respecto al primero de los fallos, para verlo como tal hemos de asumir que Melibea no estaba enamorada de Calisto desde el primer instante, que verdaderamente lo desdeñaba y que es Celestina quien la hace cambiar de opinión. Rechazar esta idea sin duda restaría fuerza al personaje de la alcahueta como aquel que mueve todos los hilos en la obra, alguien con un conocimiento tan profundo de la condición humana que todos quedan atrapados en sus redes. Esto la convertiría en una oportunista a la que acompaña la suerte pero… ¿no puede acaso ser así? Creo yo que Celestina es más viva que sabia, y que su astucia reside más en saber aprovechar la situación que en una verdadera manipulación de quienes la rodean. No creo que ella mueva al amor a Melibea pues, ¿no dice ella, animando a su enamorado, nada más comenzar la obra, “aún más igual galardón te daré yo si perseveras”, animándolo de esta manera en sus labores amorosas? Melibea, pues, no cae en las redes de Celestina, tan sólo ve el momento adecuado para dejarse llevar por su pasión amorosa. ¿Por qué. si no, habría introducido el autor del primer acto una manifestación de su pasión tan temprana que roza el ridículo dentro de la convención, si no era para volver adestaparla más adelante? Por desgracia esto no pasa de ser una suposición, pero, si hemos de creer la versión de Rojas sobre la concepción y escritura de la obra, parece que él también opinó así, pues tarda bien poco en sacar a la luz la buena disposición de la dama.

No olvidemos que la presentación de todo cuanto sucede está llena de ambigüedades, lo que hace tan interesante la obra. Vayamos con los problemas que estas ambigüedades producen, principalmente con los personajes de Celestina y Melibea. Tenemos tres opciones para entender el cambio en la actitud de la dama. La primera, por la que yo me decanto, que ella ya estaba enamorada de Calisto, pero se debía a la convención de resistencia proveniente del amor cortés, resistencia que enseguida abandona al ser más proclive al disfrute que a la virtud. La segunda, que la labia y el saber hacer en su oficio de Celestina vence su resistencia, dejando esto a Melibea como una tonta, aunque de esto último no tenemos ninguna duda, así que la no aceptación de esta posibilidad no implica que no lo sea. La tercera implica magia. Celestina es presentada como una bruja y la descripción que se hace de su laboratoria es muy seria y pormenorizada. No cabe duda de que ella se toma muy en serio su condición de bruja pero, ¿también lo hace así Rojas? No es ninguna locura asumir que Fernando de Rojas fuera supersticioso y que tuviera por bien reales la existencia de las brujas y de sus tratos con el demonio, y si es así también es probable que Celestina de verdad hechizara a Melibea. El rápido cambio de Melibea y todo el proceso del hechizo ha hecho a muchos críticos desdecir de La Celestina como una obra maestra al necesitarse de tal Deus Ex Machina para echar todo a rodar desde un principio. No creo yo que esto le quite maestría la obra. Si así fuera habría que echar por tierra la mitad de las tragedias de Shakespeare: el fantasma del padre pidiendo venganza a su hijo en Hamlet, las brujas diciendo qué debe hacer a MacBeth, Ricardo III contando al auditorio lo malo que es…

El segundo de los fallos antes comentado sí me parece que debe tenerse en cuenta para la inclusión o no de La Celestina dentro del número de las obras maestras. Hemos de tener en cuenta que en la primera redacción de la obra Calisto moría justo después del primer encuentro sexual de los amantes, y en esa situación tiene más sentido la queja de Melibea: “¡Tan tarde alcanzado el placer, tan presto venido el dolor!” Así pues, tras todo el proceso para alcanzar el objetivo de los dos amantes, y recién acontecidas las muertes de Celestina, Pármeno y Sempronio, la tragedia se precipita de modo inevitable. Sin embargo, con la introducción, años después, del llamado Tratado de Centurio, se producen dos fallos dramáticos de vital importancia. El primero de ellos consiste en que la resolución en tragedia de todo lo acontecido queda aplazada, haciendo de ese modo que la acción dramática se resienta, para aportar unos capítulos sin los que la obra habría pasado perfectamente. Esta costumbre de añadir fragmentos extra a una obra teatral para dar mayor contento al público estaba muy extendida en la época, pero resulta extraño que sea el propio autor quien lo haga. Durante el Siglo de Oro, solían ser los propios autores de comedias (quienes dirigían las compañías teatrales) quienes aumentaban la extensión de las partes que más gustaban al público, para así obtener mayores beneficios. Estas acciones, si bien solían ser monetariamente beneficiosas, no lo eran tanto en la versión artística del negocio, pues solían dañar en gran medida las obras. Y eso es lo que sucede con La Celestina: los capítulos añadidos muestran escenas de las que gusta el público que, tomadas de forma aislada son divertidas y muy interesantes, e incluso revisten gran interés para entender la psicología de los personajes secundarios, pero en el conjunto de la obra la hacen perder fuerza.

El segundo consiste en la introducción del propio personaje de Centurio, que nada aporta a la trama, pues tan sólo repite patrones que ya habíamos observado con anterioridad en los otros personajes, por no hablar de que queda aislado de todo el argumento principal, lo que atenta contra su unicidad.

Pero… ¿hace todo lo dicho que La Celestina pierda su categoría de obra maestra. Yo creo que no, o al menos no si tomamos los capítulos de Centurio como un añadido. La obra sin este extra resulta perfecta, se tome como se tome el rápido giro de Melibea: resulta difícil apearla del su escalón en el podio que ha sabido ganarse con el paso del tiempo.

En la ardiente oscuridad

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ANTONIO BUERO VALLEJO, En la ardiente oscuridad

Poco tengo que decir de esta obra de Buero Vallejo que no resulte evidente para todo el mundo: un grupo de ciegos, que evidentemente tiene unas condiciones de vida diferentes a las del resto de la gente debido a su discapacidad, se empeñan en vivir en el interior de un colegio exclusivo para ellos negando su descapacidad e ignorando lo que hay fuera, empeñados en que su situación es lo normal en cualquier lugar y que nada tienen que envidiar a quienes pueden ver. La relación con la España de la dictadura en que la obra se escribió es evidente, con una población empeñada en que la situación del país era de absoluta normalidad y negándose a ver que no era así, que en el extrajero la vida era diferente y se disfrutaba de una serie de derechos con los que ni podía soñarse disfrutar en la España franquista. Entre el elenco de personajes, y siendo muy básicos, los tenemos de cuatro tipos. Están los que viven felices negando la realidad, que vendrían a ser todos los ciegos del internado, incluyendo a su director, quien se empeña en mantenerlos en el engaño (Carlos), quien intuye que su situación no es en absoluto de normalidad (este sería Ignacio), y quien conociendo ese otro mundo que es el de la verdadera normalidad en el que viven todos los que están fuera de ahí, permanece en él y además no hace nada para sacarlos de su error (doña Pepita).

Las implicaciones filosóficas de la obra son evidentes, pues no basta quedarse en la exposición, hay que echarle un ojo al desarrollo. Todo es idílico en el colegio de ciegos hasta que alguien postula algo diferente, y ese algo no sólo hace que los ciegos ya no se sientan tan cómodos con su situación como antes lo estaban, sino que hace tambalearse el poder establecido. Hasta ese momento había un gobernante casi en la sombra (el director), pues poco intervenía en la vida de los ciegos, aunque es curioso ver cómo el artífice de todo eso tampoco es capaz de ver que existe un mundo más allá que ese que él ha creado (parece que para poder gobernar de forma injusta hay que creerse la propia injusticia). Sin embargo su filosofía de vida era convenientemente aplicada por Carlos, que era quien ejercía el mando, quien se veía en la necesidad de mantener el sistema para no perder la situación privilegiada en la que se encontraba. Cuando alguien se da cuenta del engaño del mundo en el que viven y pretende hacerlo público, el primer paso es hacer notar su error, el segundo ridiculizarlos para intentar que sus ideas no prosperen y el tercero eliminarlo.

Doña Pepita, al tanto de todo, jamás hará nada al respecto, como fiel reflejo de tantos supuestos intelectuales, gente supuestamente instruida, incapaces de cumplir con su obligación de alzar la voz, viviendo a expensas del poder establecido, se me ocurren unos cuantos nombres aunque no daré ninguno, estoy seguro de que todos tienen los suyos propios en la cabeza.

No menos interesante resulta el desarrollo dramático de la obra, construido a base de simetrías entre las escenas y apoyado por los recursos de luz y oscuridad que ese universo de ciegos proporciona.

Pero lo que en realidad me interesa es una lectura profundamente personal, aplicada a la realidad en la que vivo. Hace poco tuve la oportunidad de releer En la ardiente oscuridad con un grupo de universitarios chinos. Llevé la obra a la clase, para comentarla, de manera muy intencionada, aunque me abstuve de dar ninguna interpretación que no señalara directamente a la dictadura franquista. Pero la obra de Buero Vallejo no es tan exclusiva de una época y un país determinados, sino mucho más universal, y mis alumnos, despiertos ellos y también críticos (afortunadamente, pues es difícil dar con un grupo que practique la autocrítica como éste lo hizo), en seguida pusieron sobre la mesa el paralelismo que esta historia mostraba con la situación actual de China (menos mal que en las aulas de la universidad hay cámaras pero no micrófonos). De hecho lo que yo les conté en un principio sobre la dictadura en España y la visión del exterior que se tenía era sólo teoría para ellos, pero todo cuadraba demasiado exactamente con el mundo en que vivían (con excepción de la palabra dictadura, que no encaja en su manera de ver el gobierno del partido comunista, aunque no voy a entrar en eso, pues habría que explayarse mucho). Todos reconocían en los ciegos a la población china, en Carlos a los intelectuales del partido (me dieron varios nombres que no he sido capaz de retener), y en doña Pepita a una gran cantidad de población joven despreocupada de la política y a la que sólo le interesa su propio bienestar. Y es que China no difiere mucho del colegio de ciegos propuesto por Buero Vallejo, pues cuenta con una mayoría de población que no sólo no ve que la situación social dista mucho de ser normal, sino que además tiene voluntad de no verlo.

¿Podría decirse que los ciegos son también como los chinos ahora?, fue la pregunta que desató la discusión. También fue la última obra que discutimos durante el curso, y me alegró que profundizaran más allá de la mera historia o de la interpretación literaria, aportando una visión personal del asunto.

Don Álvaro o la fuerza del sino

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DUQUE DE RIVAS, Don Álvaro o la fuerza del sino

Tras concluir la lectura de Don Álvaro… cabe hacerse una pregunta: ¿Debemos admirar esta tragedia por ser una obra maestra o por haber sabido disfrazarse de obra maestra a nuestros ojos? Me explico. Pocos nos atreveremos a restar mérito a esta historia que de forma tan profunda forma parte ya de nosotros, pero deberíamos al menos planteárnoslo: ¿Qué objetivo tienen en esta tragedia las jornadas segunda, tercera y cuarta, que nos presentan unos dilatadísmos acontecimientos que bien podrían haberse despachado con un breve diálogo al comienzo de la quinta jornada? A mi modo de ver, esta pregunta es la que engloba todo juicio que podamos hacer sobre Don Álvaro…, y de la respuesta que ofrezcamos dependerá enteramente nuestra valoración positiva o negativa.

¿Parece absurdo este planteamiento? ¿Dejar a nuestro capricho la supuesta calidad de la obra que nos traemos entre manos? Pues no lo es tanto, y sólo nuestra sensibilidad puede juzgarla. Si nos pegamos a la materia puramente dramática, está claro que Don Ávaro… presenta graves problemas. La primera jornada lleva a cabo una presentación de los acontecimientos bastante clásica, poniéndonos sobre aviso de los antecedentes de la historia y preparándonos para lo que vendrá a continuación, y todo sucede a buen ritmo, excepto al final, cuando todo se apresura en exceso y tiene lugar una escena que podría tildarse de ridícula, que provoca una cantidad tremenda de acciones en apenas unas líneas, y que desemboca en un final quizá demasiado abrupto.

Nada que achacar, de todos modos, a esta primera jornada. El problema empieza ahora. En toda la segunda jornada la ausencia de don Álvaro es absoluta: nuestro protagonista ha desaparecido, y se nos obliga a asistir a una relación de hechos por parte de unos desconocidos que jamás volverán a aparecer, seguidos de unos demasiado prolongados lamentos de Leonor, cuya sustancia podría resumirse en apenas ocho versos. Y para completar el cuadro, las siguientes dos jornadas nos muestran de nuevo otra historia aislada del resto y demasiado prolongada, de la que cualquier otro personaje nos podría haber dado relación a posteriori. La historia a la que asistimos no vuelve a su cauce hasta el comienzo de la jornada quinta, de una forma un tanto misteriosa.

Entonces, ¿qué es lo que tenemos entre manos? Podríamos pensar. ¿Una historia de dos actos con unos cuentecillos en medio para rellenar y completar así el tiempo de representación? Si tenemos en cuenta sólo la acción dramática, sí. Y por eso repito: nuestro criterio subjetivo es el que deberá juzgar esta historia, que es pobre y grandiosa a un mismo tiempo. Los tres actos intermedios son de una densidad más ideológica que dramática. En ellos se nos insiste en la idea del sino como fuerza inexorable que lo arrastra todo, y se nos presenta la religión como incapaz de hacerle frente: a lo largo de estos tres actos los dos protagonistas terminarán por acogerse a sagrado, pero ni la protección divina podrá librarlos de su destino impuesto por el hado. La insistencia en los motivos religiosos es constante, pero el hado vence. O al menos ésta es la interpretación que viene dándose, pero, ¿de verdad la religión se muestra tan incapaz frente al sino? Es extraño que esto suceda y no creo que así sea, pues mientras ellos cumplen con su responsabilidad religiosa nada malo les sucede, permanecen a salvo del sino; cierto que en una situación de irónica cercanía y desconocimiento, y renunciando a su amor, pero a salvo dentro de la religión. Cierto que don Alonso encuentra a don Álvaro, pero no osa tocarlo mientras éste mantenga sus votos (es un religioso), a pesar de sus insultos y provocaciones (¿no forma esto, acaso, parte de su penitencia?). Creo, más bien, que todo lo que aquí sucede viene a mostrarnos la debilidad de carácter de los protagonistas y cómo ellos, y no la incapacidad de la religión, que, mientras hace acto de presencia, mantiene su poder protector sobre la humanidad, son los últimos responsables de su recaída en las garras del sino.

Estas jornadas, en suma, nos vienen a mostrar no la tan repetida impotencia de la religión, sino su capacidad para mantener a salvo a los hombres de todo mal, y cómo nos perdemos al traicionarla. Nada malo le sucede a don Álvaro mientras mantiene sus votos; es al recoger el desafío de don Alonso cuando se pierde, al igual que fue al recoger el desafío de don Carlos cuando se perdió antes y dio al traste con su carrera militar traicionando su comportamiento de recto caballero. También Leonor se mantuvo a salvo durante seis años mientras cumplió su penitencia, e incluso habría alcanzado el grado de la santidad, pero rompe su promesa de dar la espalda al mundo y a cuanto en él suceda para dedicarse a la vida contemplativa de Dios al abrir la puerta de su ermita y desencadenar de ese modo la tragedia.

Pero siempre cabrá preguntarnos si, a pesar de que estas escenas sí tengan un propósito real en la obra, ¿no podría haberse presentado de una forma más integrada en el conjunto? La respuesta es burda por evidente: por supuesto que sí. Pero Saavedra prefirió no hacerlo, prefirió ralentizar hasta el punto de casi detener la acción de la obra para trabajar estos motivos y dudo mucho que fuera por impericia. No podemos averiguar ya sus motivos, pero estos produjeron una historia que (y aquí de nuevo nuestra subjetividad), mientras para unos flaquea por mostrar una línea de acción tan irregular, para otros funciona y nos acerca a los personajes y a su historia.

>La estrella de Sevilla

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Se trata de una comedia española más breve de lo que podemos estar acostumbrados lo que la convierte en una excelente elección para estos tiempos de prisa perpetua. La he leído y visto representar en un plazo de un par de días entre una cosa y otra. Poco puedo decir de la lectura: la trama es equiparable a los trabajos más perfectos de Lope (no voy a ponerme a discutir si la obra es o no suya) aunque por desgracia el texto está lleno de ripios y de versos cuya acentuación no se adecúa demasiado bien al texto. He de reconocer, por otro lado, que ante mi imposibilidad por hacerme con la obra original, lo que he leído es una versión de repesentación.
Pero lo que me interesa en esta ocasión es la representación, de la que salí bastante desencantado a pesar de la excelente impresión que me había dejado la obra. Se trata de una de esas versiones en las que se empeñan en que los hechos, tan supeditados a la época en la que fueron escritos, sucedan en el momento actual. Se trata también de una de esas obras en las que, cuando los actores no están actuando no desaparecen de escena, sino que se sientan al fondo de esta y se quedan con cara de palo viendo cómo actúan sus compañeros. Pero lo que más me dolió fue (las dos cosas anteriores son manías personales) fue el brutal tijeretazo recibido por el texto: el telón cayó a la hora y media escasa y yo no podía creer que hubiera asistido a una comedia española de tan breve repesentación (se habían cargado, por ejemplo, el que a mí me pareció el mejor soliloquio de la obra). Por último diré que fue bastante triste ver a Arturo Querejeta, que ya tiene sus añitos, haciendo del jovencísimo hermano de Estrella, que sólo busca protegerla. Más bien parecía un padre sermoneando a una hija díscola.