Crónicas asiáticas (7) La bicicleta de Pekín

Hoy mis ojos se han detenido sobre algo que de tan improbable en este extraño país rallaba en lo imposible: un policía multaba a una de esas bicicletas con motor eléctrico que tanto (tantísimo) abundan por aquí. Lo extraño del caso no radica en que se multe a una bicicleta, sino en la multa en sí misma. Estaba ya convencido de que el sistema chino no recurría a esta antipática pero necesaria fórmula para poner orden en el imposible tráfico del país.

Por la posición en que la bici estaba detenida, juraría que la infracción cometida había sido circular en sentido contrario por la carretera. Tras leer esto, ustedes estarán pensando que sí, que a una bici que va por ahí cruzándose entre coches que van directos hacia ella es lógico que la multen, pero si en realidad opinan eso es porque todavía no pisaron esta tierra. Aquí las bicis circulan por los muy amplios carriles bici, por la calzada, por las aceras, en un sentido o en el otro, sorteándose unas a otras, haciendo complicadísimos zigzags entre los coches, sin parar jamás ante un semáforo esté del color que esté, no digamos ya ante un peatón, con una, dos o tres personas sobre ellas, con cargas con las que dudaría en martirizar a un coche familiar, con bultos bajo el brazo o cruzados sobre las piernas sin importar su longitud, lo que hace que algunas ocupen el mismo ancho de carretera que ocuparía un autobús (he visto alguna transportar una puerta en estas condiciones). Pero nunca había visto que se multara a ninguna por estas actuaciones, y esto me ha sorprendido agradablemente, porque si existe un país que necesita un buen reparto de multas para escarmentar a los conductores, sin lugar a dudas es este.

Aunque mi alegría no ha durado demasiado, pues enseguida me he fijado en la expresión del multado y me he dado cuenta de que la multa en cuestión era un simple desperdicio de papel, pues su importe jamás iba a ser abonado. El policía rellenaba su libretita con esmero mientras el otro sujeto, al que le calculaba unos veinte años, lo miraba con una media sonrisa en la que el primero no se fijaba o no parecía fijarse o quizá sólo simulaba no hacerlo, sabedor él, mejor que yo, de lo que suele ocurrir en estos casos, en la que se reflejaba, mejor que en una oración perfectamente construida, su escasa, o más bien nula, intención de pagar.

¿Qué se puede hacer, pues, para imponer el orden en un país cuya población sólo entiende el lenguaje del dinero, pero tan dada a la estafa y el pillaje que cualquier actuación en ese sentido resulta inútil? La respuesta es tan evidente como desagradable: todo pasa por el control de la población. Pero no nos engañemos: tal control no existe en la China como algunos medios pretenden. Es más, la población española o de cualquier país europeo está más controlada que la china, pero eso mejor lo dejo para otro momento, porque he visto poner una multa en la China y eso abre un rayo de esperanza con respecto al riesgo que supone en un lugar como éste el solo hecho de cruzar la calle.

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Vaga y mentirosa

Si ustedes son capaces de recordarlo, hace un par de meses un periodista de El País preguntaba a Esperanza Aguirre por qué el metro de Madrid no tenía más opciones de facturación reducida que el bono de transporte de 10 viajes y por qué en la capital no se unificaban los diferentes transportes públicos como ocurre, por ejemplo, en Barcelona con el metro, los autobuses de TMB y los Ferrocarrils de la Generalitat, pudiéndose realizar transbordos entre ellos sin necesidad de pagar por un nuevo billete. La presidenta, como acostumbra a hacer, utilizó la parte que más le interesaba de lo expresado por su interlocutor para irse por los cerros de Úbeda y no responder a la pregunta, pero nos dejó al hacerlo una muestra más de su carácter burlón, despreciativo y mentiroso (sobre todo esto último, pues se me antoja imposible que no tuviera entonces ni idea de lo que iba a hacer apenas dos semanas después). Lo que ella manifestó con orgullo y desvergüenza era que Madrid había mantenido congelado el precio del billete sencillo durante mucho tiempo y que por eso ahora el metro costaba en la capital un euro, mientras que en Barcelona su precio estaba en un euro y treinta y cinco céntimos. No mencionó, por supuesto, el muy superior servicio del metro de la ciudad condal, ni se molestó en responder a la pregunta sobre los distintos billetes de varios viajes que lo hacen más barato que el de Madrid, y por supuesto que no dijo que, mientras que el billete de 10 viajes de Madrid cuesta 9,70 euros, el de Barcelona cuesta 8,45 euros (o costaban).

Lo que pasó dos semanas más tarde fue que el billete de metro de Madrid subió a 1,50, porque “era necesario”, porque “el metro no podía mantenerse con ese precio”. Y digo yo: con esa brutal subida (el 50%, ¿a quién le suben el sueldo un 50%, sobre todo ahora que parece que está de moda bajarlos?) ¿dónde queda esa defensa del pueblo expresada con tanta chulería por la señora Aguirre? (Lo de señora es un decir, pues a mí me enseñaron que las señoras debían aparentar y demostrar serlo).

Después de mentirnos a todos de esta manera y tomarnos por estúpidos, ahora les ha llegado el turno a los profesores de su comunidad. Olvidando que ella no tiene ni una sola hora lectiva a la semana (su vida laboral se limita a despacho y reuniones), ha decidido que este gremio debe tener dos horas lectivas más a la semana y de paso se ha despachado a gusto llamándolos vagos. Ahora todos los periódicos titulan que ha pedido disculpas y esto me preocupa, pues no sé si dichos titulares se deben a la incapacidad de los periodistas para escuchar y redactar o a la de los periódicos para exigir a los políticos lo que deben exigirles.

Lo que la “señora” dijo fue: “Puede que mis declaraciones fueran desafortunadas y por ello pido disculpas”. Pues bien, ni sus declaraciones fueron desafortunadas ni eso es una disculpa. Sus declaraciones fueron mentira y fueron un insulto al profesorado, y si la “señora” es capaz de disculparse por eso, disculpas aceptadas, pero hasta entonces no. Desafortunado es decir “no trabajan lo suficiente” en lugar de “necesitamos que trabajen más en estos tiempos de crisis”. Desafortunado es decir “trabajan poco”, “deberían trabajar más”, “su jornada laboral es insuficiente”… Pero “vago” es un insulto para quien está ahí trabajando a diario, muchas veces sin el reconocimiento ni de padres ni de políticos (en este caso está claro que no tienen el de los políticos, al menos no el de su jefa en Madrid), y es por el insulto por lo que debe disculparse. Porque los políticos son el único colectivo que no tiene derecho a despreciar a los demás nunca, puesto que los demás dependen de su buen hacer y está claro que últimamente no hacen muchas cosas bien. Y esto es evidente, pues si en cualquier sitio se mide la calidad del trabajo de uno por sus resultados y el de los políticos es dirigir y administrar la sociedad, la crisis es la prueba de que nuestros políticos (todos ellos) son unos incapaces por no saber sacarnos de ella y unos vagos por no haber querido prevenirla todos los años anteriores. Inútiles y vagos, por no decir ladrones y mentirosos. Y yo no me retracto.

>Declaración de intenciones

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A partir de ahora intentaré hacer aquí lo que tenía intenciones de hacer en El salón áureo y nunca llegué a hacer: reseñar todo aquello que voy leyendo. En realidad las intenciones aquí son mucho menos ambiciosas, puesto que no pienso hacer ni una sola crítica en profundidad de nada (suelen ser siempre demasiado cargantes y aburridas), sino que me limitaré a señalar las cosas que creo que merecen la pena o las que creo que son patinazos en la obra. Dicho esto, está claro que serán entradas muy breves: quizá con cinco o diez líneas sea suficiente o, si se me antoja, con una me planto.
Trataré de comentar los libros leídos durante el 2009 (no creo que todos), además de los que vaya leyendo a partir de ahora. Repito, no haré críticas, hay demasiados críticos sueltos por ahí, y si creo que algo lo merece, la crítica la publicaré en El salón áureo.
Veamos ahora qué tal rumbo toma esto y lo que dura.