Las máquinas del tiempo

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Hace poco he leído El Anacronópete, la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo. Descubrí su existencia por casualidad, y me llamó la atención que, en primer lugar, La máquina del tiempo de H. G. Wells no fuera la primera novela que explotara el tema y, en segundo lugar, que la novela iniciadora de tan sugerente subgénero fantástico fuera obra de un español, siendo la literatura española un terreno en el que los escritores, tradicionalmente, se han dedicado a asuntos mucho más realistas y de índole social, suponiendo el terreno de las aventuras y las fantasías algo marginal e incluso tenido en poca consideración.

Lo primero que a uno le llama la atención al comenzar la lectura de tan singular novela es una sensación de que, si bien entre los escritores españoles no estaba muy bien visto el dejarse arrastrar por las fantasías literarias, no parece que tales ideas tuvieran el mismo arraigo entre los lectores (algo curioso, pues los primeros necesitan de los últimos siempre). Pero un escritor siempre es en primera instancia un lector, y en los primeros capítulos de la novela de Enrique Gaspar puede verse con total nitidez lo mucho que le atraían las aventuras salidas de la imaginación de Jules Verne. De hecho, esos primeros capítulos podrían haber sido firmados perfectamente por el novelista francés de no ser por cierto tufillo nacionalista (o patriotero, que viene a ser lo mismo) que emanan. Una presentación en sociedad con grandes personalidades, una explicación detallada del ingenio científico que será centro de la historia, una declaración de intenciones sobre la aventura que se pretende llevar a cabo… todo muy de Verne.

Bien diferente resulta, en cambio, el inicio de La máquina del tiempo, en una reunión social pero privada a fin de cuentas, con un viajero temporal que no se molesta en explicar los entresijos de su invención y que centra nuestra atención en los detalles que la rodean. En otras palabras, mientras que El Anacronópete coloca como centro de la historia la máquina, La máquina del tiempo coloca como centro de la historia el viaje en sí, creando de ese modo un punto de partida más potente, pues en la novela de Wells la aventura comienza ya con la presentación, mientras que en la de Gaspar deberemos esperar a que la presentación termine para que comience la aventura, lo que supone una ralentización de la narración por un peor manejo de los elementos narrativos. Más de lo mismo podemos observar en los elementos que acompañan al viaje. Wells nos cuenta con detalle en qué consiste el viaje y qué hechos se suceden en él, implicando al lector desde que el viajero acciona la palanca de su máquina. Todo lector de la máquina del tiempo o espectador de alguna de sus dos adaptaciones cinematográficas recuerda como todo adquiere una velocidad de movimientos cada vez mayor durante el viaje, algo que en la novela de Gaspar sólo es mencionado casi de pasada durante la Batalla de Tetuán, pues prefiere dedicar sus esfuerzos a describir la máquina.

Y este sencillo hecho viene a explicar la gran diferencia entre las dos novelas, que partiendo de la misma base resultan tan desiguales: mientras que la novela española se queda en el armazón y le hace responsable del éxito o fracaso de su historia, pues más allá de eso nada de novedoso hay en sus páginas, la novela inglesa utiliza ese armazón como punto de partida para contar su historia. Una historia que nos arrastra muy inteligentemente a través de varias etapas para ponernos frente a un final, si no desolador, sí al menos muy poco esperanzador. La máquina del tiempo comienza con los preparativos, con ese cientifismo optimista de la época, con una serie de sucesos encadenados que nos hacen entusiasmarnos ante los avances científicos que todo lo pueden y que llevarán al hombre a la grandeza. Pero en una segunda instancia, al llegar al año 802.701, las cosas no son así, y aquellos avances han llevado al hombre a la degradación en una suerte de lucha de clases ganada por la clase social más baja, la que no innova, a la que ni siquiera se presenta ya como humana, y por tanto perdida por la humanidad en su conjunto. Sin embargo su relación con uno de los descendientes humanos nos hace tener cierta esperanza en el futuro, una esperanza que queda erradicada en la tercera etapa, cuando el viajero salta a una etapa en la que cualquier sueño de grandeza de la humanidad no es ni tan siquiera humo, pues ya no es que no quede rastro de que alguna vez nuestra civilización pisara la Tierra, sino que ni siquiera la misma Tierra que el viajero observa es aquella que habitó el hombre. El pesimismo que encierra la novela nos hace preguntarnos hacia dónde conducen nuestros pasos y aplasta nuestras pretensiones como especie, no digamos los absurdos orgullos nacionalistas.

La novela de Gaspar, mucho más tradicional, toma el camino contrario y se pierde, primero en comentarios de exaltación patriótica (hemos de alabarle el gusto, al menos, de no articular discursos), y después en colocar frente a frente al grupo de viajeros, una representación de la sociedad española, y los otros dos grandes imperios a los que viajan, el chino y el romano. Porque está claro que su concepción de España es todavía la de un imperio, no de otra manera se pueden entender las dos paradas que realizan durante su viaje, una en una victoria militar española y otra frente a Isabel la Católica, justo antes de terminar la reconquista y del descubrimiento de América, en el nacimiento del imperio.

Así pues, dos novelas que parten exactamente de la misma premisa, son tan diferentes como el día y la noche, pues mientras una se queda en lo conocido, lo tradicional y lo patriótico, vistiéndolo con un llamativo ropaje fantástico, la otra decide adentrarse en el sentido de nuestra existencia como especie y en nuestro futuro y nuestra función en el universo, aunque sus conclusiones no sean las que al siglo del progreso le hubieran gustado.

New York, The Big City

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WILL EISNER, New York, The Big city

Eisner reúne en New York, The Big City, una gran cantidad de microhistorias ambientadas en la ciudad de Nueva York, aunque tal y como ya anuncia en el prólogo, no se trata de reflejar cómo es Nueva York, sino cualquier gran ciudad, pues en esencia todas son iguales, todas contienen las mismas historias o similares.

Pero el reflejo que Eisner da de la gran ciudad es sesgado, pues parece haber sólo en su gran ciudad gente de clase baja. Todos los barrios reflejados por Eisner son barrios obreros, relegando a los barrios de clase alta (en las escasas ocasiones en las que aparecen) a falsos escenarios a los que los obreros acuden a hacerse pasar por algo que no son. Y esa, a fin de cuentas, ha sido la principal característica de las grandes ciudades desde hace mucho tiempo: la posibilidad de poder moverse en ellas sin que nadie sepa quién es uno, un tópico que, por otro lado, ha sido explotado al máximo en la literatura desde el siglo XVI con el surgimiento de las grandes urbes. Prueba de ello es que casi no hay pícaro que haya pasado por una gran ciudad y no haya pretendido ser otro del que todos conocen en su pueblo natal.

Pero dentro de esa ciudad de desconocidos, hay una sección, a la que más atención parece también prestar Eisner, en la que todo el mundo se conoce: el barrio. Y de tal manera coexisten estas dos realidades, que mudarse de barrio implica casi lo mismo que mudarse de una ciudad más pequeña a otra, o marcharse del pueblo. Esta realidad nos permite ver cómo un hombre regresa al barrio de su infancia. No a su ciudad, sino a su barrio, lo que nos hace entender que la ciudad en realidad nunca la abandonó, pero al barrio es evidente que no había regresado. También vemos como, camuflados en la noche, gente de barrios pobres se hace pasar por grandes ricos, fingiendo ser acaudalados y soportando su embuste con un coche de alquiler mientras toman el metro a escondidas. Se dibuja así un espacio único pero muy heterogéneo y con divisiones que permanecen aisladas unas de otras.

Pero también están los espacios comunes, esos por los que pasa gente de toda condición, y que en el cómic aparecen magistralmente representados por una rejilla de ventilación en la calle, sobre la que suceden todo tipo de historias, con todo tipo de personajes: historias de amor, de delincuencia, juegos de niños, la aventura de la ciudad para quien es de fuera… Todos pasan por el mismo sitio, todos comparten ese mismo lugar, pero sus historias no se cruzan, permanecen aisladas unas de otras, convirtiendo a la ciudad en sí misma en el único observador de las vidas de todos sus habitantes

Una vida en China 3 – El tiempo del dinero

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del dinero

Con este tomo terminan la comiqueras memorias e Li Kunwu, y he de decir que lo que en los dos volúmenes anteriores se me había antojado un acierto, ahora se me presenta como el mayor defecto que arrastra la novela. Estoy hablando, por supuesto, de su ánimo por contarlo todo de manera testimonial, de su afán por mantenerse al margen, pues ahora semejante pretensión se vuelve falsa al silenciar determinadas características de la sociedad china actual, ofrecer excusas para no hablar de acontecimientos capitales y terminar con un alegato que de ningún modo puede estar en boca del narrador puramente objetivo que nos había vendido.

Las estructuras narrativas que habíamos visto en los dos primeros tomos desaparecen aquí para dar paso a una narración más abierta que no responde a los modelos anteriores. Ya no hay un fin de ciclo ni se nos remite a momentos anteriores que crean estructuras en anillo: la historia se nos presenta ahora como un continuo avanzar sin detenerse, que a fin de cuentas es la ilusión que planea sobre la sociedad china actual. La historia puede dividirse claramente en dos partes: una primera que cuenta los hechos acontecidos antes de la primera salida al extranjero, a París, del protagonista, que muestra una China en rápida evolución en la que los valores revolucionarios se han cambiado por la posibilidad de hacer negocio, y una segunda que se inicia al regreso de ese viaje y que muestra una sociedad china actual altamente competitiva pero situada en un limbo que sugiere que no ha llegado aún a su destino.

No hay ninguna recriminación formal que hacerle al cómic, su forma de contarnos la historia sigue siendo tan correcta y estimulante como en los dos tomos anteriores. El problema está en su manía de no tomar partido, no porque no lo tome, sino porque ahora así lo dice abiertamente, y sin embargo es mentira. Ahora habla de la apertura de China al mundo, pero ni una sola pincelada hay sobre la relación real de China con los extranjeros, sobre el racismo de tantos ciudadanos chinos alimentado por el gobierno chino… la presentación que se hace de la nueva situación no responde a la nueva situación, sino que permanece anclada en una visión revolucionaria de obediencia al partido y camaradería social, cuando esos ya no son los valores imperantes.

Además, todo lector de la obra espera encontrar aquí algo sobre la revuelta estudiantil de Tian’anmen, y no sólo no encuentra nada, sino que además el autor cae en justificaciones que contradicen otras partes de su obra. La excusa para no decir nada (ni una palabra) sobre Tian’anmen es que él no estuvo allí, estaba muy lejos en el interior de China y sólo le llegaron algunas noticias. “Lo poco que sabía de Tian’anmen lo escuchaba por la radio”, dice. Pero tampoco estuvo presente en la muerte de Mao y sí que explica cómo le llegó aquella noticia. Ésta no es menos importante, sólo más incómoda de contar. Tampoco estuvo presente cuando se conocieron sus padres y nos lo cuenta, ni estuvo presente en la formación y crecimiento de los negocios de sus amigos y conocidos y también nos lo cuenta. Utiliza también una llamada a evitar todo aquello malo para el progreso, muy en la línea de lo que exige el Partido Comunista Chino: “China, por encima de todo, necesita orden y estabilidad para su desarrollo. Lo demás, en mi opinión, es secundario”. Pero lo que más me escama es que de pasada, en el discurso para evitar mencionar este suceso, lo trata como un enfrentamiento y lo compara con otros sucedidos en la historia de China, entre los que cuenta la revolución cultural, como si pudiera establecerse el más leve parecido entre unos estudiantes que se levantaban para reclamar sus derechos y otros que lo hicieron para aplastar los derechos ajenos. Termina el alegato de la siguiente manera: “Me gustaría dejar este debate para las generaciones venideras”. Claro, para aquellas a las que les resultará ya demasiado lejano, y si alguien intenta reabrirlo le dirán eso de que no hay que remover el pasado. Enterrar las injusticias, en suma, para que no se hable de ellas. Una actitud bastante cobarde.

Por último está el gran discurso final, en el que se hace un rápido recorrido por toda la historia china, para mostrar cuánto se ha desarrollado, y terminar diciendo que aún tiene que avanzar mucho más, haciéndose así eco de ese sueño chino de que su país puede continuar desarrollándose sin parar, con el latiguillo de “aunque todavía no sea perfecto”, tantas veces escuchado en esta tierra para terminar con cualquier crítica que pueda hacerse hacia el país. Evidentemente, nada de objetivo tiene este discurso, resulta más bien una arenga que otra cosa.

En conclusión, un final que, a pesar de ser narrativamente tan bueno como lo que había venido antes, resulta más bien decepcionante, al convertirse en un discurso político encubierto que no sólo evita cualquier tipo de crítica, sino que defiende las políticas oficiales y que se introduce siempre en los momentos más emotivos para que sea asimilado sin más.

Una vida en China 2 – El tiempo del partido

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del partido

La historia de este segundo tomo de Una vida en China, abarca desde la muerte del Gran Timonel Mao, hasta que ya se adivina que Deng Xiaoping se hará cargo del Partido Comunista Chino, es decir, que termina justo en el momento en el que comenzará a forjarse la China actual. Eso en cuanto a la historia externa, porque en cuanto al tiempo narrativo interno, finaliza con otro fin de época personal de vital importancia para el protagonista. Durante todo el primer tomo vimos cómo se identificaba a Mao con el padre de la patria, y cómo se repetía a los niños la enseñanza de que el amor del padre no era tan grande como el amor de Mao, y cómo ese mantra repetido provocaba que toda una nación, incluido nuestro protagonista, se sintiera huérfana con la muerte de su héroe, padre y guía. Pues bien, este segundo tomo se cierra con la muerte del padre del protagonista, que ahora queda sólo ante su futuro, sin nadie que lo guíe, habrá llegado el momento de tomar sus propias decisiones. Había desaparecido la casi divina guía de Mao, y ahora ha desaparecido la guía paterna. Todo lo que lo unía al pasado ya no existe, por lo que a partir de ahora (ya veremos qué sucede en el tercer y último volumen) es cuando comienza la nueva China, no sólo históricamente (Deng Xiaoping está a punto de alcanzar la dirección del partido), sino también personalmente (ya no hay guías, ahora Li es el único timonel de su destino).

Pero he empezado por el final y no sólo final tiene este cómic. Si en la primera parte vimos cómo Li crecía y se educaba en la China revolucionaria, ahora veremos su carrera por intentar entrar en el Partido Comunista Chino. Para ello primero se hará soldado, no sin problemas en un principio, pues su abuelo era un terrateniente y por lo tanto enemigo de la revolución. Sin embargo convencerá al alistador de que es un buen dibujante, una habilidad muy útil para extender el mensaje revolucionario, que es uno de los deberes del ejército. De esa manera se convertirá en dibujante de propaganda para el Partido. Todo esto no será suficiente para entrar al Partido, por lo que pedirá que lo trasladen a un destino muy duro de trabajo por el pueblo, en donde deberá cultivar él solo unos campos para entregar toda la producción al ejército revolucionario. Cuando las cosas se caldeen de nuevo, será reclamado por el ejército para ayudarlos dibujando carteles de propaganda, con lo que, ya al final del tomo, conseguirá su entrada en el Partido.

En medio de todo esto, su padre estará en un campo de reeducación por el delito de haber sido un alto cargo durante la revolución cultural, y es precisamente la situación del padre la que hace que no podamos comprender cómo Li ama tanto al Partido y jamás flaquea en su dedicación a él, ni se cuestiona nada de lo que hace. Pero no sólo él, sino también el propio padre que, tras diez años en el campo de reeducación, asume que la culpa de su cautiverio fue de los enemigos de Mao, pero como el Partido ya los ha castigado, hay que olvidar todo el daño sufrido.

Y así continúa todo, sin una sola crítica a la situación, y eso es lo que escama. Se trata de una población que avanza por inercia, sin realizar jamás una crítica, eso ya lo sabíamos, pero la pasividad con la que lo relata el autor, reduce una serie de hechos que fueron provocados con toda la intención a meros errores del pasado. No hay un análisis de esos errores, ni una crítica que busque que no se repitan. Todo aquello sólo sucedió, era la época, y ya está. Eso es lo que echo en falta en esta por otro lado fabulosa narración: un poco de implicación por parte del narrador-autor, algo que pueda animar al lector a ponerse del lado del pueblo chino en sus anhelos, pues esa falta de autocrítica al final sólo produce indiferencia hacia cualquiera que sea la suerte que pueda correr.

Una vida en China 1 – El tiempo del padre

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LI KUNWU, Una vida en China. El tiempo del padre

Li Kunwu, que en su juventud pintó carteles de propaganda para el Partido Comunista Chino, nos cuenta en esta novela gráfica cómo fue su infancia y las circunstancias que la rodearon. Y lo cuenta de una manera puramente descriptiva, sin hacer ningún tipo de crítica contra el momento que le tocó vivir, ni tampoco ningún discurso para ensalzarlo. Sólo nos muestra cómo fue, con las cosas que le pasaban entonces por su cabeza, sin juzgar nada desde el presente.

Esto, que puede parecer una manera de tomar distancia frente a cualquier tipo de reivindicación, se convierte en estas páginas en la crítica más dura que podría hacerse de la historia china, por lo fuera de lugar que resulta todo cuanto aparece ante nuestros ojos a lo largo de la novela gráfica. Los personajes que aparecen en ella son revolucionarios convencidos, todos están del lado de la revolución y ninguna crítica se hace a su manera de pensar. Es más, podríamos creer incluso que se apoya esa manera de pensar, y no nos faltaría razón. Pero por desgracia parece que la revolución no está de su lado y tarde o temprano se vuelve contra ellos.

La historia comienza con lo que podríamos considerar un pequeño prólogo en el que vemos cómo se conocen los padres del protagonista. El padre es un joven mando revolucionario que se detiene en la aldea de la madre para dar un discurso de enardecimiento revolucionario, lo que él llama instruir al pueblo, y allí ve a una jovencita cuya mano pide. Lo primero que llama la atención al lector occidental es la relación entre la pareja, pues a pesar de que se les supone amor al uno por el otro, siempre se dirigen a su cónyuge como “camarada”, y su vida en común parece más basada en preceptos revolucionarios que en ningún tipo de intimidad.

Una de esas cosas que se muestran sin posicionarse ni a favor ni en contra es el adoctrinamiento que se lleva a cabo sobre la población, principalmente sobre los más pequeños, aunque no sólo. El tomo se divide en tres capítulos, y cada uno de ellos va precedido por una canción infantil de las que se cantaban en los colegios que no tienen desperdicio. Transcribo la primera de todas, pues creo que impresiona por lo terrorífico de inculcar una cosa así en una mente que se está formando:

La grandeza del cielo y de la tierra
no superan la grandeza de
la buena voluntad del Partido.
El amor de la madre y del padre
no supera el amor del presidente Mao.
La profundidad de los ríos y de los mares
no supera la profundidad
de la fraternidad de las clases.
Mil o diez mil cosas buenas
no igualan al socialismo.
El pensamiento de Mao Zedong
Es la joya de la revolución.
El que se opone a él,
ese es nuestro enemigo.

 

Además asistimos a la deificación de la figura de Mao, cuyas palabras hay que dar por ciertas sin cuestionárselas y no sólo eso, sino que el conocimiento de esas palabras se convierte en el único válido, el único que debe enseñarse. Ni que decir tiene que esto favorece la revolución cultural, pues a todos esos guardias rojos les enseñaron desde niños que las palabras de Mao eran la única guía válida, y se lo enseñaron precisamente sus profesores y mayores, los mismos que luego tuvieron que padecer esas enseñanzas.

Asistimos a cómo los chinos padecen una hambruna que no comprenden, pues su presidente les dice que están teniendo las mejores cosechas en años y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a un empobrecimiento del país que tampoco entienden, pues su presidente les dice que han superado en producción de acero a cualquier país del mundo y si él lo dice tiene que ser cierto, asistimos a la incomprensible caída en la ignorancia del país, pues sólo se preocupan de las palabras de Mao que… evidentemente tienen que ser ciertas.

La historia de este primer tomo termina con el anuncio de la muerte del presidente Mao, y con la perspectiva de un pueblo que ha perdido a su guía, y sin el cual no puede seguir adelante. El tiempo de la revolución de Mao ha terminado, y se abre un nuevo comienzo aunque, claro, para una población educada en la deificación de su líder, del que seguro que creían que iba a guiarlos por toda la eternidad, el nuevo comienzo es muy difícil de ver y el tomo cierra con una gran cantidad de rostros sumidos en la desesperación que van a alejándose cada vez más, hasta quedar como una mancha de la que sólo distinguimos su lamento en el bocadillo del texto.

Todos estábamos a la espera

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ÁLVARO CEPEDA SAMUDIO, Todos estábamos a la espera

Resulta difícil comentar algo coherente de esta colección de cuentos, y lo digo porque en realidad no sé qué decir de ella. Lo seguro es que me ha encantado, pero expresar de forma lógica el porqué se me hace más difícil.

Nunca había leído a Samudio y, tras hacerlo, la verdad es que no sé muy bien por qué no lo había hecho, pues ha supuesto algo más que una muy grata sorpresa. El libro es una colección de cuentos organizados de una manera un tanto especial, con dedicatorias y frases ajenas que, si bien habitualmente suelen ser algo decorativo, que pretenden darnos alguna pista sobre el tema de lo que vamos a leer o sobre las fuentes de las que bebe lo escrito, aquí forman parte de lo que se cuenta, contribuyen a crear cierta atmósfera, por lo que, si pueden leerse en el inglés original en el que aparecen, muchos mejor que leer sus traducciones. De ese modo la colección de cuentos se convierte en algo escrito en dos lenguas. Los cuentos propiamente dichos en español (aunque un español salpicado de anglicismos), y los textos formados por citas y extractos que aparecen a veces sí y a veces no entre ellos en inglés.

Pero entrar en las historias que narra resulta complicado, porque si bien la ambientación en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX resulta maravillosa (casi puede sentir uno que está viendo una película urbana en blanco y negro de aquella época), seguir el hilo de lo narrado no es tan sencillo. Y no por una retórica complicada, más bien por todo lo contrario. Su estilo es sencillo, pero la búsqueda de la sencillez lo lleva a eliminar todo aquello que no sea absolutamente necesario. Desaparecen todas las descripciones innecesarias, y por innecesarias me refiero a todas aquellas que pudieran dar información que no se ajustara con exactitud a la acción que se nos presenta: no necesitamos saber el pasado de alguien si no se trata de algún momento puntual irrenunciable para la historia, no necesitamos conocer su físico si este no va a funcionar como motor de la acción, no necesitamos saber cómo viste alguien si su ropa no es un factor relevante, no necesitamos conocer el escenario en que los personajes se mueven con detalle, sino tan sólo aquellos elementos que intervienen en el cuento. Todo lo demás puede suponerse, el lector puede rellenar unos huecos que, de escribirse, sólo servirían para rellenar líneas y que no aportarían nada decisivo. También desaparecen los narradores que saben más de lo que sucede (no sólo los omniscientes, sino de cualquier tipo que pudiera aportar más información de la dada), puesto que sólo importa lo que sucede.

El afán parece puesto en ofrecer una narración desnuda, desprovista de toda arquitectura exagerada, pero aún así y todo muy cuidada, sin resultar tosca en absoluto. He de reconocer que en los primeros relatos pasaba más tiempo concentrado en no perderme nada por el camino (porque, puesto que nada sobra, un segundo de despiste supone perder el hilo de la historia), pero lo cosa cambió a partir de Un cuento para Saroyan, mi favorito de entre los que componen el volumen. El cuento trata sobre la literatura, o más bien sobre los libros, sobre ese afán coleccionista que algunos tenemos y sobre nuestra necesidad de poseerlos, cómo no nos basta un volumen prestado en una biblioteca porque, como dice el protagonista el autor “agrega páginas y personajes a sus novelas cuando uno no lo está viendo”, y ese es el motivo de que al leer un libro por segunda vez uno encuentra cosas nuevas, diferentes a las que había encontrado la primera vez. Ese es el motivo de que no nos gusten los libros de la biblioteca: en un libro que no podemos conservar el autor no se va a molestar en agregar cosas nuevas, puesto que no vamos a volver sobre él. Personalmente creo que nuestro afán coleccionista tiene bastante que ver con esto, con volver sobre los libros que ya leímos una vez, a pesar de saber cuán pocas posibilidades hay de que lo hagamos. Pero tampoco hace falta releer el libro entero: todos tenemos fragmentos a los que volvemos una y otra vez, y cada vez que lo hacemos nos proporcionan una sensación diferente.

Dicho lo dicho, este es un libro para releer, al menos una vez, pues difícil me parece exprimirlo del todo en la primera lectura.

La gobernación y administración de China

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XI JINPING, La gobernación y administración de China

La verdad es que no ha habido grandes sorpresas en la lectura del libro de Xi Jinping: frases extraídas de los textos chinos cuya aplicación real a la política actual nunca llega a desarrollarse en ninguno de los discursos, una forma de etérea propia de quienes no tienen nada sólido que decir y un buenismo exagerado que presenta a China como un país que parece que jamás hubiera tenido ningún conflicto generado por él mismo y que lo convierte en adalid de la paz y en el amigo dispuesto a llevar al planeta al desarrollo. Un discurso, en definitiva, que funciona en China pero no en el exterior, donde tendemos a, de entrada, poner en duda cualquier cosa que salga de la boca de un político, y no a verlos como a maestros de los que hay que aprender, situación ésta más próxima a lo que sucede en China.

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En general todo en los discursos de Xi JInping son buenas palabras (y de atenernos a ellas, sería sin duda el mejor presidente del mundo, el más humano, el más preocupado por sus conciudadanos y el más atento y agradecido con los demás países), pero jamás baja al terreno de la práctica, todo es muy teórico y puede significar muchas cosas sin concretar nunca ninguna (y en comparación todos los partidos políticos en España concretan al máximo, desde el mentiroso PP hasta el muy difuso Podemos). Es como si un día entrara el jefe a la oficina y dijera: “Como sabéis, la situación en el mercado no es buena, pero nosotros somos una empresa fuerte y unida que nunca dará de lado a ninguno de sus miembros productivos, aunaremos esfuerzos para protegerlos a todos y tratar de mejorar siempre su situación. Por eso debemos esforzarnos ahora más que nunca, porque nuestro futuro es prometedor y debemos estar unidos para llegar a él todos juntos”. A partir de ahí, esto puede querer decir que todos van a ver reducidos su sueldo por el mejor funcionamiento de la empresa, o que habrá que hacer horas extras que nadie pagará, o que no se admitirán discrepancias con el jefe porque eso significa que no estás dispuesto a apoyar a tu familia empresarial, o que hay que asumir nuevas responsabilidades sin ningún tipo de nueva gratificación… Las posibilidades son inmensas, pero ese es el tipo de retórica que utiliza, no sólo Xi Jinping, sino los políticos chinos en su conjunto.

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No voy a ponerme a criticar su discurso, pues creo que no estoy de acuerdo con ninguno de sus puntos, pues todos ellos ocultan algo que no mencionan, y supondría criticar la política china en su conjunto. Les dejo algunos de ellos, tal como están expresados, para que sean ustedes mismos, si quieren, quienes decidan cuáles son esas partes que se ocultan tras cada uno.

El partido y sus miembros han sido elegidos por el pueblo y por lo tanto debe trabajar para el pueblo, haciendo siempre lo mejor para este. Deben enseñarse los valores del socialismo con peculiaridades chinas desde la infancia para que la persona no crezca desviada; de pequeños no los entienden, así que tendrán que memorizarlos, y conforme ganen en experiencia en la vida irán comprendiendo lo que habían memorizado de niños. China no crece apoyándose injustamente en otros países, sino junto con ellos, siguiendo un camino en el que todos juntos se desarrollan. Internet debe estar protegido, porque si la red no es segura la patria tampoco puede serlo. Los chinos deben seguir el camino de estudiar de manera patriótica en el extranjero, para luego llevar de vuelta esos conocimientos adquiridos a la patria. La parte continental de China (sic) y Taiwán deben trabajar unidos por el bien común de la nación china de la que todos forman parte.

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Pero lo más interesante del libro son las fotos de Xi Jinping que lo acompañan, pues a mi modo de ver dicen más que todos sus discursos juntos. Y de entre ellas, creo que las más interesantes son las primeras, las que se encuentran tras el sumario, las cuatro primeras, las que muestran a un Xi Jinping todavía joven.

La primera fotografía, en blanco y negro, muestra a un Xi Jinping muy joven, en 1972, con ropas sencillas y un bolso al hombro. Mira a la cámara como miran los jóvenes, con ganas de avanzar, y muestra una sonrisa auténtica que ya no vamos a poder volver a apreciar en todo el libro. No sólo parece un joven simpático, sino que dan ganas de confiar en él. Si este chico emprendiera cualquier tarea, de seguro muchos lo seguirían, casi puedo asegurar que yo lo seguiría, porque muestra la actitud de alguien convencido de su tarea y que anima a uno a trabajar con él. Su actitud es desenfadada y no se encuentra firme para salir bien en la foto, sino que parece algo improvisado, lo que aumenta la confianza en él y casi provoca ganas de conocerlo para ser su amigo. Es sin duda una imagen llena de posibilidades, mi favorita de todo el libro, la que muestra el momento en el que todavía todo está por llegar y el camino puede ser magnífico, con múltiples oportunidades para hacer demasiadas cosas (y se le adivina la energía para hacerlas) y capacidad para animar a la gente a unirse a él a su paso. No parece un futuro presidente, pero sí un presente con ganas de fabricarse un futuro. Es por eso que contrasta tanto con lo que vendrá después, unas fotos de un Xi Jinping ya adulto en las que no logro ver nada más allá que otro chino acomodado en una situación sostenida tan sólo por consignas, o en las actuales, donde ya sólo puedo ver fachada y la persona prometedora del principio se ha diluido por completo.

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Las fotos segunda y tercera, a pesar de ser ya fotos de estudio con un fin exhibitorio, muestran a alguien que todavía conserva una expresión sincera, ya más estudiada pero sincera. En la primera mira al infinito con un compañero de la universidad, también con ropa informal aunque ahora ya evidencia ser un uniforme, las manos con los dedos entrelazados en una actitud de reposo pero con un pie adelantado que muestra un calzado sencillo (todo en la vestimenta lo equipara al pueblo), mientras es arropado por su compañero, que le pone la mano en el hombro como protección y apoyo. Sin duda se trata de alguien que ya ha empezado a destacar, y él lo sabe, pero que parece prestarse a la composición fotográfica como un trámite, con la mente puesta en cosas más elevadas. Algo que sigue presente en la siguiente foto de orla, donde aparece perfectamente vestido y peinado (parece que ha ascendido), y donde aún puede apreciarse ese futuro prometedor en su mirada.

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Han pasado ya cuatro años desde la foto de orla en la siguiente imagen, que ya es en color, y esa mirada y esa media sonrisa que antes embaucaban por su sinceridad se han convertido en algo estudiado, los sueños de futuro parecen haberse cambiado por un trabajo concreto. Este joven ya está desempeñando un papel. Su ropa está perfectamente estudiada para parecer alguien importante, con su camisa clara, su corbata y su peinado perfecto, pero al mismo tiempo alguien de la comunidad, con su chaqueta de trabajo, muy similar a la que otro chico lleva a su espalda. Mientras una anciana le cuenta algo, él se inclina para así escucharla mejor mientras sonríe aprobatoriamente y mira al infinito como meditando las palabras de la anciana como debe hacer un cargo dirigente siempre que el pueblo comparte con él sus cuitas. Aún transmite ese deseo de trabajar, pero todo se ha vuelto demasiado estudiado, ya no es esa persona a la que uno seguiría sino el político en ciernes al que han enseñado cómo actuar.

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Tras esto llegan las fotos de un Xi adulto que parece ya satisfecho de sí mismo, ha perdido las ganas de buscar un futuro, y si las conserva ya no lo aparenta. Los ojos vivos de antes ya no lo parecen tanto. Aparenta ser un hombre de negocios al que las cosas le van bien y eso ya es suficiente: su actitud recuerda a la de quien lleva a cabo sus negocios (sean estos personales o políticos, poco importa), y se siente satisfecho cuando cumple con su agenda. En eso consiste su labor y eso es suficiente. Son tres fotos, las que siguen, que parecen hechas porque tocaba hacerlas, falsas en la actitud y falsas en la situación. En la primera de ellas se lo ve probablemente sobre una embarcación en un río navegable, con un fondo nada atractivo a sus espaldas, pero del que él parece sentirse orgulloso. En la segunda lo vemos azada al hombre yendo al campo, con unos cuantos campesinos tras él que lo siguen a distancia, haciendo de líder, pero su actitud es impostada, su ropa no es para nada adecuada para las labores del campo y resulta poco creíble que vaya a ponerse a trabajar al llegar al final del camino. Lo que se ve de forma mucho más exagerada en la tercera, en la que maneja una pala y no podemos dejar de observar algo raro tanto en él como en el otro hombre que también está en primer término en la foto. Se trata de sus zapatos negros limpísimos y su ropa impecablemente planchada, ni lo uno ni lo otro han pasado por las vicisitudes de un día de trabajo en el campo. Sólo están posando en una falsa actitud de trabajo, algo que jamás habría podido pensar viendo al joven de la primera foto del libro.

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Tras esto ya llegan las fotos del presidente o futuro presidente Xi, que podrían resumirse bajo el mismo epígrafe: actuación. Todo es impostado, nada es real, hasta el punto de ser todas iguales. En todas aparece haciendo lo que se supone que debe hacer. Ni sabemos ni podemos saber cómo es este hombre, pues no hay naturalidad en ninguno de sus actos. Tras ver estas fotos cobra más fuerza la idea de lo que pudo ser, pues ahora tenemos plena constancia de que nunca fue. El hombre ha llegado al nivel más alto al que podía haber llegado, pero el soñador que vislumbrábamos en las fotos de juventud parece haberse perdido para siempre. Nunca sabremos si Xi Jinping podría haber sido un buen presidente para su país (personalmente creo que es una de las peores cosas que le podría haber pasado a China) pero, al menos en un principio, sí que aparentaba que podía serlo. Aquel joven que daba la sensación de que iba a ir siempre hacia adelante, ha supuesto (y expreso sólo mi opinión personal) un enorme paso atrás para un país que alardea de una cultura milenaria que la mayoría de su población desconoce (porque repetir ritos y lugares comunes no es conocer la propia cultura) y que parece empeñado en no dejarla evolucionar.

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