Crónicas asiáticas (8) Inspeccionando

El mundo cambia a gran velocidad, eso dicen, y ahora compruebo que es cierto, al menos en lo que respecta al mío. Aunque en realidad no es tanto el cambio, pues lo que observé me dejó un sabor agridulce (me pregunto qué sentido tendrá la frase que acabo de escribir en este país en el que tento abunda el “cùtáng” en las comidas).

El caso es que si el otro día expliqué que había visto la imposible imagen de un policía poniendo una multa, en este caso he asistido a la aún más inverosímil escena de un tipo realizando ¡una inspección de sanidad! Y veo que, al igual que lo hice en la anterior ocasión, tendré que ponerlos en antecedentes para que puedan comprenderlo. Aquí los restaurantes acostumbran muchas veces a ser cuartuchos en los que con suerte hay un aire acondicionado tipo “here lies Walt Disney” (esto es, un pie de unos dos metros de altura con una rejilla en su parte superior) y que acumula, sin que nadie lo limpie, la grasa de las últimas cinco mil comidas que han pasado por ahí, mesas más pegajosas de lo que nos gustaría, sin salidas de emergencia y con cocinas y baños que mejor no visitar si pretendemos comer ese día (aunque esto último se extiende también a muchas casas particulares). Los mercados son lugares en los que la carne se expone sin refrigeración de ningún tipo mientras el carnicero le espanta las moscas con la mano y otro tanto el pescado, que de vez en cuando sí que recibe un manguerazo para “mantenerlo fresco”, mientras que los puestos de frutas y verduras van arrojando sin piedad al suelo todo aquello que se va poniendo malo, creando unos charcos en los pasillos que a veces llegan a ser nauseabundos y con los uqe cohabitan vendedores, compradores y el resto de la mercancía. Eso cuando no se aprovecha cualquier puente de los muchos que hay en Pekín para extender bajo él, en el suelo, las hortalizas, y vendérselas a los viandantes o a los coches y bicicletas que paran en la calzada, a la altura del improvisado puesto, para comprar esos productos macerados por el humo de los tubos de escape que se acumulan en el interior del túnel.

Así que ya me contarán dónde, en medio de todo esto, cuadra una inspección de sanidad. Pero la inspección fue en una cafetería de Beijing nanzhan, y éstas al menos sí que guardan las formas.

La cosa es que entraron al local varios trabajadores de la estación uniformados y, tras ellos, un tipo con una libreta en la mano que se quedó mirando dos aparatos portátiles de aire acondicionado que había en la entrada: no, esta vez no era tipo Walt Disney, se trataba de unos aparatos sin instalación que en España no habrían pasado ninguna inspección pero que estaban limpios y cumplían con su cometido, así que perfecto. Pero entonces fue cuando el inspector señaló un tubo (un poco feo, pero nada más) que pasaba sobre mi cabeza y que era el encargado de hacer que los cables de la luz subieran hasta unas lámparas que colgaban del techo. Aquello tenían que arreglarlo, que daba muy mala imagen. Yo no salía de mi asombro. ¿Han leído lo que he escrito antes sobre las condiciones higiénicas de algunos lugares? ¿Y aquí les molestaba que un tubo fuera feo? Luego se marchó sin más.

Pero ya dije antes que en la China no hay control. La inspección la recibieron porque estaban en la más moderna estación de tren de Pekín y quieren dar imagen con ella, y porque era una cafetería perteneciente a una cadena. Porque si lo que quieren es sanidad que se pasen un día por mi anterior barrio (lo tienen bien cerca) donde encontrarán puestos de comida en la calle a todas horas, algunos de los cuales la esconden debajo de los coches aparcados, restaurantes que cocinan en la calle porque no tienen cocina, montañas de desperdicios de la gente que come, salas de juego (¡¡¡3!!!) en un país en el que el juego es ilegal, aceite negro de tantísimas veces como ha sido reutilizado, chatarreros rebuscando en las basuras y dejándolo todo después como un estercolero… Y todo esto ¡alrededor de una comisaría! Y todos ellos sin licencia de ningún tipo pero, claro, nadie tiene ganas de controlarlo.

Anuncios

Crónicas asiáticas (6) Shijiazhuang (1)

Shijiazhuang es considerada como la ciudad más contaminada de la China, lo que podría equivaler a decir del mundo. Las calles allí no son un lugar agradable, ni tan siquiera aconsejable para pasear. En ocasiones las aceras se vuelven tan estrechas que resultan impracticables, muchas veces con una fila de árboles justo en su centro que lo obligan a uno a caminar como si se encontrara en la fase de mayor afectación de una terrible borrachera, o bien invadidas por los escombros de edificios a sus lados y que parece que jamás vayan a retirarse, las más de las veces con tapas de alcantarillado levantadas o en tan precario equilibrio que resulta del todo desaconsejable poner el pie sobre ellas, o con baldosas levantadas, hundidas o ausentes. Todo eso cuando nuestro camino no lo conforma una especie de sendero horadado en la tierra. A esto, además, hay que añadir el terrible tráfico de la China en general y del pueblo de las casas de piedra en particular. Porque si bien es cierto que en todo el país se conduce se conduce bastante mal, aquí se hace peor que, por ejemplo, en Beijing. Y es que coches, autobuses, taxis, bicis, motos y una larga serie de aparatos que no sé ni cómo llamar, circulan por las calles como un enjambre de abejas, sin chocar entre sí (las más de las veces) pero sin ningún tipo de orden (otro día se lo explico). En muchas ocasiones, por si eso fuera poco, los coches aparcan sobre las aceras, o bicis y motos las utilizan para circular, o éstas se transforman en descomunales aparcamientos para bicicletas.

Así que, como ven, las calles de Shijiazhuang no están pensadas para el esparcimiento de sus ciudadanos. Entonces… los habitantes de esta ciudad… ¿jamás salen a la calle? La cosa no es exactamente así. La ciudad está sembrada de parques a los que sólo las personas a pie tienen acceso. Aunque siempre se plantea el problema de tener que llegar hasta ellos. Y el mayor punto de ocio para los jóvenes parecen ser los centros comerciales, todos en el centro de la ciudad y todos eternamente llenos.

Pero el ocio también se desarrolla en la calle. La gente juega en las aceras, bien en el suelo o bien en pequeñas mesitas que apenas levantan medio metro, sobre todo al majiang y al ajedrez chino, por lo general a la sombra de un árbol que a mi modo de ver protege del calor poco o nada, créanme.

Así que encontramos aquí sólo dos tipos de ocio: gastar dinero en los centros comerciales u ocupar el tiempo sin gastarlo paseando o jugando en las calles o los parques. No esperemos dar aquí con cafetería o bares como estamos acostumbrados, pues los chinos no parecen tener excesivo gusto por beber en compañía, al menos no si esa bebida no está acompañada por una buena comida, lo que provoca una superpoblación de restaurantes por todas partes, que parecen funcionar sin descanso haciendo caso omiso de los horarios de las comidas, siempre con gente sentada en sus mesas; o meros puestos de comida en los que se compra algo y se come mientras se camina por la calle, o en pie o sentado en una acera por lo general llena de polvo, o barro o cosas peores que no merece la pena enumerar.

Pero si buscan un poco sí que podrán encontrar cafeterías, algunas hay, pensadas sobre todo para americanos y europeos. Aunque en ellas no podrán continuar con los precios medianamente bajos de los restaurantes y otros lugares de ocio, pues un café tiene un precio medio de unos 25 yuanes algo que se hace caro también para nuestros bolsillos. Así que aquí los McDonalds y KFC se convierten a su vez en cafeterías, donde puede observarse a los chinos pedir casi cualquier tipo de bebida excepto café.

Shijiazhuang (y toda la China en realidad) parece un lugar pensado para comer, perfecto si se quiere ir de restaurante en restaurante probando todo tipo de platos y mejor aún si se tiene un estómago capaz de resistir el picante en grandes dosis, o para disfrutar de sus parques, pero poco aconsejable si sólo se quiere disfrutas de un café, unas cervezas o bebida en general, o bien recorrerla a pie como buenos turistas.

Crónicas asiáticas (5) Con la lengua por bandera

                           .

En la China parece entenderse que sólo existen dos lenguas en el mundo: el chino, la que hablan ellos, y la que hablan los extranjeros, el inglés. Esta afirmación resulta exagerada, sin lugar a dudas, pues es absurdo suponer el desconocimiento de cualquier otra lengua, pero en la práctica cotidiana así es. Hay en la céntrica Avenida Wanfujing, en Pekín, una enorme librería de cuatro o cinco pisos, con un enorme rótulo que reza: “Beijing Bookstore of Foreign Languages”. Cualquiera puede suponer que en una librería cuyo tamaño empequeñece a cualquiera de los Fnac que tenemos en España, y que está dedicada en exclusiva a las lenguas extranjeras, encontraremos libros escritos en la más variada cantidad de lenguas. Nada más lejano a la realidad, pues una vez allí dentro sólo pude dar con novelas escritas en inglés (miento, pues olvidado entre cinco plantas de palabras impresas en esa lengua, se hallaba un pequeño estante de literatura en lengua francesa). Y esa es la visión que la China parece tener del mundo: los que hablan hanyu y los que hablan inglés. El resto de lenguas parecen ser tenidas en la misma consideración en que los antiguos romanos tenían a todo aquello que no fuese latín o griego: bárbaros sistemas de comunicación empleados por pueblos igualmente bárbaros. Y esta última suposición no es tan exagerada como les pueda parecer, basta con echar un vistazo al equipaje de un chino que vaya a pasar una temporada más o menos larga en cualquier país extranjero que no sean los Estados Unidos. En ella encontraremos, por miedo a que no existan en los países de destino, los objetos más elementales: pañuelos de papel, compresas (si es una chica, por la extraña idea de que en Europa sólo existen los tampones), palillos (esto es lo único que puedo entender), un hacha de carnicero (los chinos están convencidos de que aquí no existen, lo juro), chicles (¿?)… no llevan helados porque se les derriten en el viaje.

          .

Pero la división del mundo entre estas dos lenguas no ha hecho que todos los chinos aprendan inglés, ni mucho menos. Es más, el nivel de conocimiento de dicho idioma está muy por debajo del que tenemos en España (que ya es decir bastante), aunque si le preguntamos a un chino nos dirá que toda la gente joven lo habla, aunque eso no sea en absoluto cierto. La diferencia entre ellos y los españoles estriba en su relación con esa lengua. Mientras que cuando un español se topa con alguien de habla inglesa sin entender una palabra, rebusca por toda su memoria hasta dar con el cajón de las clases de inglés del instituto, para acabar diciendo cuatro palabras sueltas de incomprensible significado para el extranjero, un chino a lo sumo hace un gesto de extrañeza y continúa hablando en chino. No seré yo quien critique esta actitud, al fin y al cabo es la lengua de su país, no tienen por qué sentirse avergonzados por no hablar la universal inglesa, como tantas veces hacemos nosotros con espantoso ridículo. ¿Cuántas veces hemos visto a un inglés o a un estadounidense avergonzados por no hablar ninguna otra lengua? Pues es lo mismo. Si en Francia a los franceses hay que dirigirse en francés, ¿por qué a nosotros un extranjero nos habla nos habla siempre en inglés, sin molestarse siquiera en preguntarnos si lo hablamos o no? Aquí eso no sucede. La prepotencia del inglés está subyugada por un pueblo que entiende que el chino es su lengua y que por lo tanto en la China se habla chino, que no es ninguna vergüenza no hablar inglés y que lo pueden hablar, pero que en absoluto están obligados a ello.

                                         .

El otro día en el metro me sucedió algo increíble en este lugar del mundo. Yo iba leyendo un libro de Luis Landero y una señora a mi lado se percató de que no estaba escrito en inglés. En ningún momento se le ocurrió que fuera español, pero ella quería despejar la incógnita. Casi metiendo su cabeza entre la mía y el libro para poder leer algo y así averiguarlo, al final me preguntó en una mezcla entre inglés y francés, hecha para aproximarse lo más posible a la lengua en la que creía que yo estaba leyendo, lo cual fue un detalle que agradecí: Yu parlé fransé? Así lo dijo, sin avergonzarse lo más mínimo por su pronunciación tan china, cuándo aprenderemos nosotros. Xibanyayu, fue mi respuesta. Llevo desde entonces pensando en ella, una persona que sabe de la existencia de otras lenguas además del chino y del inglés y que reconoce en los extranjeros a personas que quizá no hablen esta última.

                             .

P.S.: Las sorpresas son continuas. Ya son varias las veces que hemos ido a comprar pan al lugar menos parecido a una panadería que jamás he visto y, tras nuestra conversación en español, el “panadero” se ha dirigido a mi novia felicitándola por lo bien que hablaba inglés. Como ya he dicho más arriba, la “única” lengua de los extranjeros.

La incultura de la industria (epílogo)

Hace un rato charlaba con una amiga sobre la posibilidad de alquilar una sala de cine para ver Eternal Beloved con el respeto que esa película merece. Claro que no hemos mencionado ciertos detalles que deberíamos haber tenido en cuenta. El más importante es que se trata de una película china sin distribución española de la que, debido a esto, sólo disponemos de una copia pirata bajada de Internet con subtítulos realizados por una fan, de modo que ningún cine va a permitirnos proyectar eso. Pero ¿qué otra forma tenemos de ver películas de esta clase? La mayoría del cine asiático ni siquiera asoma su cabeza por aquí, y con la ley Sinde ya no tendremos la posibilidad de ver jamás muchas de esas películas. Pueden contarse con los dedos de las manos los directores asiáticos cuyas películas llegan a distribuirse en España, y no son ni mucho menos los mejores. Pero a la ministra de cultura le importa le importa bien poco el acceso a la cultura de sus compatriotas mientras el cine español saque más pasta (en otras palabras, se allana el camino para cuando el gobierno al que pertenece caiga y tenga que volver al cada vez más antipático mundo del cine patrio). ¿Qué otra manera tenemos, si no es Internet, de ver películas como Eternal Beloved (China), Aftershock (China), My Sassy Girl (Corea), Confessions (Japón) o Enthiran the Robot (India)? Por cierto, todas geniales, den uso a su banda ancha antes de que sea demasiado tarde.

De modo que se me ocurren dos preguntas. La primera: ¿Hay que proteger la industria? Pues sí, pero sólo cuando se trate de una industria adaptada a las exigencias sociales; el gobierno no debe gastar ni un minuto de su tiempo, ni un céntimo de nuestro dinero en realizar los deseos de una industria que pretende que toda la sociedad se pliegue a sus exigencias. La segunda: ¿Hay que proteger al consumidor? Sí y siempre sí. Y esa es la gran vergüenza de nuestro ministerio de cultura; que da la espalda a los ciudadanos particulares, que es por los que tiene que velar.

Tenemos un ministerio de cultura que ignora tanto la cultura como sus posibilidades económicas reales (durante los últimos tres años SÓLO se ha preocupado del canon y la piratería), con una representante oficial a la que sólo importa su propia imagen (vergonzosa la intentona de que Alex de la Iglesia no presentara los Goya porque no le había dado la razón en lo de su ley). Y repito por enésima vez: esta mujer es tan inútil que no hubo representación española en la feria del libro que Pekín dedicó a España, y no me negarán que con 1.300 millones de hablantes es, sin duda, el mayor mercado editorial del mundo.

Funcionarios sin función

 

 

Voy a generalizar. Y voy a hacerlo porque en todos mis tratos (o choques, más bien) con los organismos del estado sólo ha habido una excepción, así que me veo con el derecho y la obligación incluso de generalizar y de insultar si es necesario (y créanme que la ocasión lo merece).

 

Por todos es sabido que pretender que un funcionario trabaje con la diligencia y eficacia que cualquier empresa privada exige a sus trabajadores es un inútil desperdicio de energías, pero hasta hace un par de días esperaba que aunque hicieran las cosas lento y mal, al menos las hicieran y no demostraran el absoluto desprecio por los demás que acaban de demostrarme. Y, cómo no, desde Madrid, principal foco español del desprecio al prójimo, hasta el punto de que parece que reciben algún tipo de entrenamiento especial.

 

Hace dos años (¡¡¡DOS AÑOS!!!) depositamos en el ministerio de educación (no merece que se le otorguen sus mayúsculas del mismo modo que cuando escribimos “casa de putas” tampoco se las damos) los papeles pertinentes para la convalidación de un título extranjero por uno español para poder cursar así unos estudios de máster. Suena fácil dicho así, rápido, y no voy a glosar la multitud de veces que tuvimos que regresar porque esos inútiles eran (y lo seguirán siendo, no me cabe duda) incapaces de indicar todos los papeles que hacían falta de una sola vez. El caso es que eso sucedió hace dos años, y desde entonces varias han sido las veces en las que hemos pasado por ahí para interesarnos por el estado de la solicitud debido a la falta de noticias, y hemos sido recibidos con silencio y grosera indiferencia.

 

Ahora, cuando falta mes y medio para abandonar el país, responden, y lo hacen con su habitual desconsideración (y pésimo sentido del humor si tenemos en cuenta las circunstancias económicas mundiales). El título presentado era una Licenciatura en Economía y Comercio Internacional expedido por la Universidad de Hebei. El título solicitado, una Licenciatura en Economía. Nada exagerado, creo yo. Pero parece que sí. Por lo visto la titulación china, a pesar de comprender un marco más amplio que la española, es tan pobre, que no alcanza los niveles de la española (como ustedes saben, nuestros economistas están tan bien preparados que ahora mismo España es una de las primeras potencias económicas mundiales y, ni que decir tiene, la China, ese país con titulaciones de mercadillo, no está comprando el nuestro prácticamente por piezas), así que deniegan la convalidación y proponen otra, Diplomatura en Ciencia Empresariales, “más adecuada” y, por supuesto, previo nuevo pago de todas las tasas. Por supuesto que para acceder al nuevo título propuesto las cosas no son tan simples: todavía faltan dos asignaturas que habrá que aprobar, bien mediante un examen, bien mediante un curso.

 

Llegados a este punto da la sensación de que hacer una carrera en la China consiste en tirarse cuatro años tirado en una hamaca, pues convalide uno lo que convalide siempre le faltan asignaturas. Pero es que ahora es cuando el cabreo se vuelve monumental porque, dicen, y cito textualmente: “La solicitante no aporta documento o información sobre los programas de las materias que ha cursado, por lo que la equivalencia entre las materias cursadas en el extranjero y las diferentes troncales de la titulación española solicitada han podido establecerse, únicamente, sobre la base de las denominaciones de unas y otras”. Lo que traducido a un español menos idiótico viene a significar que hay en el ministerio un departamento que se dedica únicamente a convalidar títulos pero no se molesta en hacer su trabajo, porque ni una base de datos de universidades tienen para ver los programas por asignaturas, y cuando llega el momento se limitan a decir: pues parece que los títulos de estas dos asignaturas se parecen así que se la convalidamos. Y al contrario: en esta asignatura pone introducción y en esta otra pone aproximación, así que nada. Así es como tienen el descaro de decir (y además por escrito) que trabajan (o más bien no trabajan) estos señores. Y además lo hacen con descaro, se ríen de nosotros y nos restriegan por la cara que no dan un palo al agua. Dos años dicen cuando uno entrega los papeles que van a tardar en llevar a cabo la convalidación (lo que indica que toda esta burla está premeditada), y uno piensa que claro, llevarán a cabo una investigación exhaustiva para que no les cuelen títulos falsos y todo eso. Pues no. Lo que hacen en esos dos años es tirarse a la bartola. Comenzaba el año 2009 cuando entregamos la documentación, y en la carta que acaban de enviar el sello indica que el resultado de la convalidación ha sido expedido el día 31/03/2011. Hasta ahí todo bien, han avisado rápido. Pero es que unas hojas más atrás bien el sello de entrada a trámite de la documentación: 17 MAR. 2011. ¿Alguien puede explicarme que ha pasado desde comienzos del 2009 hasta el 17 de marzo de 2011? ¿Qué manera de burlarse es esta? ¿Te dicen dos años y luego resulta que en realidad basta con 15 días? ¿Reciben estos funcionarios algún sobresueldo por hacernos perder el tiempo y la paciencia? ¿Si reclamamos, se molestarán en solventar todo antes de que salgamos de España, dentro de mes y medio, para no hacernos perder más tiempo y dinero (ya sé que no)? Cada vez que me topo con este funcionariado veo con mejores ojos que se produjera un ERE a lo bestia en el sector público para sanearlo de una vez por todas.

 

 

La incultura de la industria

 

 

Voy a empezar enunciando algo que debería ser evidente para todos pero que parece no serlo para muchos: industria y cultura no son sinónimos. Se pongan como se pongan. Tomen la palabra cultura y díganme si no les evoca una biblioteca laberíntica, o algún bucólico paisaje, o una abarrotada sala de teatro, incluso un sobrecogedor concierto de música clásica. Tomen ahora la palabra industria y no me nieguen que les evoca fábricas, producción en cadena, mecanizada, deshumanizada y puede que hasta suciedad. Ahora díganme: ¿Se imaginan a un artista (no sólo los creadores son artistas por más que traten de hacérnoslo creer, y por cierto que muy pocos creativos lo son), un novelista, por ejemplo, escribiendo 40 palabras por minuto porque ese es el sistema y así llega a la producción exigida de dos novelas por año? Espero que la imagen les resulte tan grotesca como a mí y que coincidan conmigo en que lo que pueda salir de ahí no es ni mucho menos arte, por supuesto nada que bajo ningún concepto pueda convertirse en cultura. Porque esa es otra: la cultura no es de consumo inmediato, la cultura se convierte en tal a posteriori, no nos corresponde a nosotros juzgar las producciones artísticas actuales, sino tan sólo aventurar opiniones sobre ellas, quizá con mucha menos soberbia de lo que acostumbramos.

 

Así pues, no entiendo como tanto particulares como instituciones pueden prestar tanta atención (y les prestan demasiada) a todos esos imbéciles (esa es la palabra adecuada, porque o son eso o caraduras) que hablan sin parar de la industria de la cultura. Úlceras sangrantes me produce en los oídos escuchar semejante expresión de boca de personajes que, como poco, deben de despreciar dicha cultura. Ellos siempre esgrimen que con lo que llaman pirateo (muy exagerado adjetivo para aquello a lo que se refieren) vamos a matarla. Dicen que con cada copia pirata que hacemos por Internet de un disco damos un paso más para que la música desaparezca, e ignoran deliberadamente que dijeron lo mismo cuando aparecieron los casetes y la música sigue existiendo. Dicen que ahora, con el e-book, el mismo peligro corre la literatura e ignoran, por su propia incultura (qué irónica), que a Cervantes ya le piratearon El Quijote allá por el siglo XVII (y muchos otros más, de ejemplos está llena la Biblioteca Nacional) y se siguen escribiendo libros.

 

Ellos parecen entender la cultura sólo como medio de amasar dinero y olvidan que a lo largo de la historia quienes creaban lo hacían por una suerte de necesidad interior (Miguel Hernández, Rimbaud, Gauguin…) o para conseguir otros laureles más accesibles (Quevedo, Velázquez, Homero…); y que quienes lo hacían sólo por dinero trabajaban a destajo (Balzac, Lope de Vega…) y, por supuesto, tratando de convencer a su público mediante su calidad y no al amparo de abusivas sociedades privadas de gestión que llaman ladrones e insolidarios a los mismos que les permiten llevar la vida que llevan (morder la mano que te da de comer, se llama eso).

 

Lo que sucede aquí es que ellos han cogido el mejor asiento en un juego hecho a su medida y ahora que las reglas cambian (porque las reglas cambian siempre, por fortuna) no quieren bajarse de él y harán lo que sea por conservarlo: promover leyes dudosamente democráticas, mentir e insultarnos es lo que mejor parece dárseles. Por otro lado es normal: todo aquel que vive el mejor momento posible para él mismo se resiste a perder sus privilegios. Esto ha pasado ya muchas veces antes y nunca los han entregado, siempre ha habido que arrebatárselos, porque no olvidemos que los privilegios de unos pocos suelen provenir del tributo de muchos otros. Además, ahora se ha puesto de moda entre ellos (entre los “músicos” sobre todo) el recuerdo nostálgico de otros tiempos, de lo bonito que era ahorrar la paga de la semana e ir a la tienda lleno de emoción para comprar un disco casi por intuición (John Bon Jovi  dixit), pero se han vuelto bien desmemoriados si lo que tienen que recordar es que la posibilidad de vivir en exclusiva de lo que uno escribe o compone (si es que alguno de estos compone) es una realidad más bien reciente y que lo normal es que aquellos que querían aportar su granito de arena a la historia de la cultura tuvieran también alguna otra ocupación: Quevedo trabajaba para el Duque de Osuna, Góngora cobraba de su cargo eclesiástico, Cervantes era soldado… y podríamos seguir con personalidades mucho más importantes que los que ahora reclaman.

 

Resulta también curioso que esto sólo moleste a quienes triunfaron antes de Internet, gente sin vergüenza que no duda en mentir en su propio beneficio cuando nos aseguran que con la desaparición de los antiguos métodos de producción y edición de libros, discos y películas la cultura va a desaparecer, mientras ignoran que ya no hay cajistas, ni contables de los que no sabían usar un ordenador, ni casi proyeccionista y, sin embargo, sigue habiendo libros, gestorías y salas de cine. Así que de acuerdo: luchen por sus privilegios, luchen contra nuestras libertades pero, por favor, no nos tomen por idiotas.

 

 

>Crónicas asiáticas (4) Jiaozi y Mahjong

>

Tras haber dormido toda la noche y haber recuperado (es un decir) el ciclo día noche, me tocaba enfrentarme a una prueba de fuego. Había dormido hasta la una, con lo que creía haberme librado de la hora de la comida de ese día, que había sido hacía ya una hora, pero nada más lejos de la realidad. El desayuno del día anterior en un restaurante de carretera me había infundido cierto temor hacia la comida china: había allí demasiadas cosas imposibles de identificar por mis conocimientos enciclopédicos, y otras, identificables, resultaban demasiado raras para lo que se suponía que era un desayuno. Lo más normal para lo que correspondería a aquella comida en “mi mundo”, unos huevos duros. Entre los platos identificables, sopas de diversa índole, el tofu con peor aspecto que había visto nunca, soja germinada, noodles, verduras, algas…nada parecido a un desayuno, y menos a esas trasnochadas dos de la madrugada que transcurrían con un furioso sol sobre nuestras cabezas en mi todavía dislocado horario. Entre las comidas irreconocibles se contaban algunos alimentos que después he descubierto en qué consistían: unos conos amarillos y de una espantosa sequedad (sí, los probé, aún no sé por qué) que estaban hechos de maís, un baozi que yo confundía con jiaozi en mi sonambulismo y que prefiero seguir sin saber de qué verdura o alga estaban rellenos… En realidad los desayunos chinos no se distinguen en gran cosa de cualquier otra comida, no tiene nada de raro desayunar arroz, carne o pescado, pero la voz de alarma fue falsa, pues aquel lugar era en realidad nefasto, incluso comparado con los restaurantes de más bajo nivel en los que he estado después o los puestos de comida de la calle (los hay a montones).

Lo cierto es que aquel día teníamos que comer en casa de la abuela de mi novia, nos estaban esperando, éramos los invitados, así que nos duchamos rápido y fuimos para allá, aunque no logramos llegar antes de las dos, una hora excesivamente tardía para la comida. Además, si bien ahora ya sabía cuándo debía dormir y cuándo permanecer despierto, mi estómago aún no había aprendido cuándo debía comer y yo no tenía nada de hambre. Pero alguien le había dicho a la abuela que me gustaba el jiaozi y ella había preparado muchísimo, así que tenía que comer.

La comida se componía de seis platos (algo bastante moderado en comparación con lo que ha venido después). Aparte del consabido jiaozi, había tiras de tofu seco con algas, patas de cerdo, carne de cerdo, costillas de cerdo (créanme si les digo que el cerdo es la comida más extendida aquí y que se le saca aún más provecho que en España) y pepino con algas. Es costumbre ofrecer agua caliente, sobre todo porque beber agua directamente del grifo en China es exponerse a demasiadas cosas, así que la hierven primero. Como no es que me entusiasme beber agua caliente me decanté por una cerveza (de las que ya hablaremos en otro momento).

Tras la comida llegó el momento del mahjong. Yo quería aprender a jugar y decidieron enseñarme en lo que fue una auténtica encerrona. Tres jugadoras “profesionales” de las que yo no entendía ni una palabra me iniciaron en los misterios de aquellas piezas (sólo me iniciaron, pues no he vuelto a jugar desde entonces, y es como un juego de cartas, que a mí no me entusiasman). Ellas parecía que querían seguir jugando para siempre y yo no veía el momento de dejar de hacerlo. También me gustaría aprender a jugar al ajedrez chino, pero después de esto no sé si preguntar. A fin de cuentas parece que salvé el día (comí, aunque me costó) en que me tocaba ser el invitado de honor de una gente con la que no podía conversar, a pesar del empeño que todos ponían en hablarme.