>Viaje al Oeste (7)

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Estamos tan acostumbrados a enfrentarnos a folios impresos y encuadernados que a veces olvidamos que la literatura ha sido, a lo largo de su historia, eminentemente oral. No comprendemos la literatura como algo escuchable y es por ello que raras veces identificamos el teatro con ella. Incluso hemos relegado el que nos lean una historia como una actividad más bien propia de niños. También el cine es literatura aunque no nos demos cuenta, sólo que más evolucionada y con sus propias normas para contar historias (si me preguntaran a mí por el futuro de la literatura, diría que está en la novela y en el cine).

Bien es cierto que poco tiene que ver todo esto con las aventuras y enseñanzas del Rey Mono, pero no he podido evitar que me llame la atención el final de cada capítulo de esta descomunal historia: “No sabemos que ocurrió después. Quien quiera descubrirlo tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el siguiente capítulo.” Con sus variaciones.

Y la clave está en la palabra “escuchar”, porque no dice leer, dice escuchar. Así que lo que ahora nos planteamos (yo me planteo) como miles de páginas de concentrada lectura, habría que entenderlo más bien como numerosas horas de paciente escucha. Es lógico si tenemos en cuenta la época en la que fue plasmado por escrito; si bien eso sucedió en el siglo XVI, se trata de la unión y novelización de historias muy anteriores, y no hace falta insistir en el altísimo porcentaje de analfabetismo que había, más aún en un país como la China, cuya escritura ideográfica (sin ninguna indicación de la fonética) y sus más de cinco mil caracteres complejos (bien es cierto que muchos de ellos formados a partir de la unión de otros más sencillos), ha provocado que el analfabetismo llegara hasta bien entrado el siglo XX, e incluso muchas personas mayores continúan sin saber leer ni escribir a día de hoy.

Pero hoy ni siquiera queremos escuchar y se hace alarde de la incultura que antes provocaba vergüenza o, cuando menos, comedimiento. ¿Cúantas veces hemos oído a otros decir que de eso “ni sé ni me interesa” o despreciar los conocimientos de otros por facilones o por inútiles? ¿Cuántas veces hemos oído aplicar el estúpido refrán de que sobre gustos no hay nada escrito a las artes por gente que las desconoce totalmente?

Quizá el problema sea nuestra forma de adquirir conocimientos, porque lo hacemos leyendo en privado y eso nos imposibilita compartirlos. Porque escuchar es una actividad que suele hacerse en grupo. Y quizá si todos esos adoradores de su propia ciencia infusa se hubieran dedicado a escuchar más, y hubieran escuchado con atención lo que se decía en el siguiente capítulo, ahora tendríamos un mundo menos idiota del que tenemos.
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>Viaje al Oeste (6) Citas

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Tú no eres más que una bestia que ha obtenido en esta reencarnación un envoltorio humano. ¿Cómo te atreves, entonces, a aspirar a lo que nunca podrás alcanzar y está totalmente por encima de tus posibilidades? Tu actitud constituye una pura blasfemia.

>Viaje al Oeste (5)

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Generalmente es el héroe protagonista de una aventura quien debe cruzar los infiernos para regresar al hogar y no un personaje secundario, pero el efecto dramático resultante es el mismo. O similar. En realidad este infierno no se parece tanto al de Odiseas o Eneidas, pero supone también el paso que debe atravesarse con éxito para llegar a la patria. Pongámonos en antecedentes:

El emperador Tai-Chung había prometido al Rey Dragón del Río Ching proteger su vida, ya que éste había sido condenado a muerte por desobedecer las órdenes del Emperador de Jade. Tai-Chung llama a su presencia a Wei-Cheng, el juez encargado de ejecutar la sentencia, y comienza una partida de ajedrez con él para distraerlo de la ejecución de su cometido. Wei-Cheng se duerme durante la partida, lo que tranquiliza al emperador. Pero al despertar aquél, los guardias de palacio aparecen con la cabeza de un dragón y Wei-Cheng explica que ha acudido en sueños a decapitarlo. Por lo sucedido, Tai-Chung ha incumplido su promesa, así que el Rey Dragón exige su presencia en el Infierno para ser juzgado, por lo que el emperador muere, su espíritu acude al juicio en el infierno, es absuelto y al tercer día regresa a la vida.

No hablaré de lo recurrente del tercer día como motivo literario en esto de las resurrecciones, ni de los motivos para acudir al infierno, sino del tránsito por él. Lo que salva la vida a Tai-Chung no es el juicio en sí, sino el haberse sabido conducir con sabiduría y rectitud, pues esas dos cualidades son las que permiten primero que se celebre un juicio que no tenía por qué celebrarse, y segundo que sea absuelto en él. Y aquí viene la enseñanza, porque Tai-Chung no es un hombre sabio y, consciente de ello, acata los consejos de Wei-Cheng y eso le permite salir con bien. Este último es la figura de la autoridad moral, tan difusa en estos días, cuya palabra debe escucharse y debe creerse cuando desconocemos algo, es el maestro a quien debe respetarse porque sus conocimientos estánmuy por encima de los nuestros. ¡Qué raro resulta tal sometimiento al estudio en nuestro tiempo! El camino del hombre sabio exige estudio, pero en su carencia reclama que escuchemos y aprendamos de quien estudió antes que nosotros; algo incomprensible hoy, cuando quien no sabe se inventa sus propias teorías y se encierra en ellas, poniendo su ignorancia al mismo nivel de los conocimientos de otros.

El segundo elemento de salvación para Tai-Chung es la sinceridad, algo despreciado hoy en día en favor de la astucia. Cuando le preguntan en el juicio, él no busca la respuesta más adecuada para su salvación, sino que ofrece la verdadera, dejando así al descubierto sus carencias y defectos. Pero eso no importa, pues ya ha puesto de manifiesto su predisposición hacia el aprendizaje, que es el camino para solventar los errores cometidos.

Así pues, esa jerarquización entre maestros y buenos discípulos es la que hace al mundo funcionar correctamente, y su ruptura la que hace a una sociedad entrar en proceso de decadencia. Recemos para que estos antepasados se equivocaran, porque si esto es cierto estamos en pleno proceso de batacazo universal.

>Viaje al Oeste (4)

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Es curioso ver cómo los mismos temas e historias casi paralelas se repiten en las distintas literaturas, por alejadas que parezcan sus respectivas culturas. Un héroe libera un arma de la prisión en la que permanecía encerrada, y ésta, de poderes invencibles, recibirá un mal uso por parte de su dueño, lo que finalmente provocará su caída.

¿Les suena de algo? Seguro que todos están ya pensando en Excalibur; pero bien podría tratarse de la Barra Complaciente de los Extremos de Oro de Sun Wu-Kung. Les pondré en antecedentes. Cuando el Rey Mono pide un arma y ninguna de las que le presentan le agrada, el Rey Dragón del Océano Oriental lo lleva hasta la barra que mide la profundidad del Río Celeste. El Rey Mono será el único inmortal que consiga empuñar la barra, que se convertirá en su arma a partir de ese momento. Por desgracia, las acciones que con ella acometerá no serán las más adecuadas: obligar al Rey Dragón a proporcionarle una armadura y un casco, borrar su nombre del libro de la muerte, exigir un título entre los dioses, devorar los melocotones de la inmortalidad, arrasar las estancias de Lao-Tse y declarar la guerra al Emperador de Jade (la más alta autoridad en los cielos, algo así como Zeus para los griegos). Por todos esos crímenes será finalmente derrotado por el maestro budista Tathagata, que lo encerrará bajo la Montaña de las Cinco Fases con un anuncio: “Una vez que se hubiera cumplido el tiempo de su castigo, acudiría a liberarle un enviado del cielo. […] Si algún día logra obtener la libertad, se pondrá al servicio de Buda y emprenderá un larguísimo viaje hacia el Oeste.”

Y ahí tengo detenida la lectura, a la espera de que Sun Wu-Kung sea liberado. No pueden negarme que, con ciertas diferencias, las dos hitorias son, digamos, similares: ambas son la historia del instrumento divino de justicia cuyo uso se pervierte. Pero lo sorprendente es que la historia se repite en casi todos sus pasos. Aunque a partir de ahora las historias se separarán, pues si la del Rey Arturo es de destrucción, del hombre que sucumbe a sus pasiones y de cómo la sociedad utópica es destruida por el afán de poder, la del Rey Mono es, en cambio, una historia de superación en la que el espíritu debe elevarse por encima de las pasiones (a nadie se le escapa que Wu-Kung no acaba muerto como Arturo, sino encerrado a la espera de su liberación y su redención). Sun Wu-Kung comenzó en las alturas y cayó por no atender a lo que todo el orden celestial le indicaba. Ahora deberá tomar el camino de Buda (el hombre sabio) y emprender su Viaje al Oeste para purgar sus culpas y alcanzar la iluminación, porque la historia del Rey Mono no es la historia de un reino, sino de la individualidad que debe aprender a superarse como camino de aprendizaje.

>Viaje al oeste (3) Citas

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Siempre debe huirse de la astucia, porque la fortuna y la fama están prefijadas de antemano. La verdad y un obrar recto son producto de la virtud y a veces llegan a alcanzar la edad misma del cosmos. La arrogancia, por el contrario, atrae la cólera del Cielo. No importa que su reacción parezca tarda en producirse; siempre termina dándose. Su implacabilidad es tan cierta como la de la venganza.

Viaje al oeste, Cap. VII

>Viaje al oeste (2) Citas

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-Cuando los inmortales desean volar por las nubes -explicó el patriarca- lo primero que hacen es dar un fuerte pisotón sobre la tierra y en seguida se elevan. Tú, por el contrario, das un salto. Así que, para enseñarte a dar vueltas de campana por las nubes, tendré que acomodarme a tu peculiar forma de obrar.

Viaje al oeste, Cap. II

>Viaje al oeste (1)

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En vista de que el libro en cuestión (Viaje al oeste) calza la friolera de tres mil páginas y su material narrativo es inmenso, he decidido que cada vez que encuentre algo en él que me llame la atención lo trasladaré a esta página. Son sólo dos los capítulos que llevo leídos pero me han recordado mucho a algo que leí en mi tierna juventud: me refiero al Señor de los anillos. Si bien la historia en la novela de Tolkien tiene un tiempo lineal al que todos estamos acostumbrados, las historias anteriores de sus protagonistas no pertenecían a un tiempo que se caracterizase por su linealidad, cosa que habrán podido comprobar todos aquellos que tuvieron el acierto de acercarse al Silmarillion o al Libro de los cuentos perdidos (del que hace unos añitos nos colaron como una novela inédita, hace falta ser caradura, Los hijos de Hurin). En esas historias el tiempo no era una sucesión lineal de acontecimientos, era otra cosa en la que los personajes se movían por los dictados de lo que había de suceder y no siempre apoyados en sus propios actos anteriores, que podían incluso llegar a ser borrados.

Esa concepción casi mística del tiempo de la que hacía uso Tolkien nos fascinó a muchos, los que éramos capaces de ver más allá de elfos y de orcos y, a mí al menos, me parecía tremendamente original. Pero amigos, no hay nada nuevo bajo el sol, y a día de hoy descubro de dónde salió todo aquello, que no sólo la teñía de magia, sino que además daba viveza a la narración: de la literatura clásica china. En Viaje al oeste aparecen muchas de las cosas a las que, leyendo a Tolkien, nos habíamos acostumbrado: una narración rápida llena de acción y un tiempo que rompe su linealidad (es deudora también de esto la famosísima Cien años de soledad), esos personajes mágicos que irrumpen en nuestro mundo, acciones guiadas por una enseñanza pero meramente ilustrativas y en absoluto moralizantes… Y ese cambio de nombre en los personajes que tanto molesta a algunos del autor inglés.

En efecto, Viaje al oeste ofrece los secretos de los nombres de sus protagonistas, y el principal de estos protagonistas, en tan sólo dos capítulos que llevo leídos ya lleva tres nombres puestos: en primer lugar él nace de una piedra, por lo que es llamado el mono de piedra; tras eso logra un reino para los monos y los gobierna, por lo que pasa a ser conocido como el hermoso rey de los monos; por último al aprender los misterios del Tao, su nombre pasa a ser Sun Wu-Kung. Y, por supuesto al igual que nos sucedía con los personajes de Tolkien, cada vez que regresa a un lugar visitado anteriormente recupera el nombre que allí utilizaba, puesto que es por el que lo conocieron los habitantes de esa región.

Queda así cerrado literariamente el círculo de un mundo que viaja en un tiempo más circular de lo que nos parece y que recupera constantemente formas pasadas tiñéndolas de novedad, o más bien de un tiempo difuso en el que hace mil años en China ya se escribía según los cánones triunfantes en Tolkien o en Cien años de soledad.