Las máquinas del tiempo

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Hace poco he leído El Anacronópete, la primera novela publicada sobre una máquina para viajar en el tiempo. Descubrí su existencia por casualidad, y me llamó la atención que, en primer lugar, La máquina del tiempo de H. G. Wells no fuera la primera novela que explotara el tema y, en segundo lugar, que la novela iniciadora de tan sugerente subgénero fantástico fuera obra de un español, siendo la literatura española un terreno en el que los escritores, tradicionalmente, se han dedicado a asuntos mucho más realistas y de índole social, suponiendo el terreno de las aventuras y las fantasías algo marginal e incluso tenido en poca consideración.

Lo primero que a uno le llama la atención al comenzar la lectura de tan singular novela es una sensación de que, si bien entre los escritores españoles no estaba muy bien visto el dejarse arrastrar por las fantasías literarias, no parece que tales ideas tuvieran el mismo arraigo entre los lectores (algo curioso, pues los primeros necesitan de los últimos siempre). Pero un escritor siempre es en primera instancia un lector, y en los primeros capítulos de la novela de Enrique Gaspar puede verse con total nitidez lo mucho que le atraían las aventuras salidas de la imaginación de Jules Verne. De hecho, esos primeros capítulos podrían haber sido firmados perfectamente por el novelista francés de no ser por cierto tufillo nacionalista (o patriotero, que viene a ser lo mismo) que emanan. Una presentación en sociedad con grandes personalidades, una explicación detallada del ingenio científico que será centro de la historia, una declaración de intenciones sobre la aventura que se pretende llevar a cabo… todo muy de Verne.

Bien diferente resulta, en cambio, el inicio de La máquina del tiempo, en una reunión social pero privada a fin de cuentas, con un viajero temporal que no se molesta en explicar los entresijos de su invención y que centra nuestra atención en los detalles que la rodean. En otras palabras, mientras que El Anacronópete coloca como centro de la historia la máquina, La máquina del tiempo coloca como centro de la historia el viaje en sí, creando de ese modo un punto de partida más potente, pues en la novela de Wells la aventura comienza ya con la presentación, mientras que en la de Gaspar deberemos esperar a que la presentación termine para que comience la aventura, lo que supone una ralentización de la narración por un peor manejo de los elementos narrativos. Más de lo mismo podemos observar en los elementos que acompañan al viaje. Wells nos cuenta con detalle en qué consiste el viaje y qué hechos se suceden en él, implicando al lector desde que el viajero acciona la palanca de su máquina. Todo lector de la máquina del tiempo o espectador de alguna de sus dos adaptaciones cinematográficas recuerda como todo adquiere una velocidad de movimientos cada vez mayor durante el viaje, algo que en la novela de Gaspar sólo es mencionado casi de pasada durante la Batalla de Tetuán, pues prefiere dedicar sus esfuerzos a describir la máquina.

Y este sencillo hecho viene a explicar la gran diferencia entre las dos novelas, que partiendo de la misma base resultan tan desiguales: mientras que la novela española se queda en el armazón y le hace responsable del éxito o fracaso de su historia, pues más allá de eso nada de novedoso hay en sus páginas, la novela inglesa utiliza ese armazón como punto de partida para contar su historia. Una historia que nos arrastra muy inteligentemente a través de varias etapas para ponernos frente a un final, si no desolador, sí al menos muy poco esperanzador. La máquina del tiempo comienza con los preparativos, con ese cientifismo optimista de la época, con una serie de sucesos encadenados que nos hacen entusiasmarnos ante los avances científicos que todo lo pueden y que llevarán al hombre a la grandeza. Pero en una segunda instancia, al llegar al año 802.701, las cosas no son así, y aquellos avances han llevado al hombre a la degradación en una suerte de lucha de clases ganada por la clase social más baja, la que no innova, a la que ni siquiera se presenta ya como humana, y por tanto perdida por la humanidad en su conjunto. Sin embargo su relación con uno de los descendientes humanos nos hace tener cierta esperanza en el futuro, una esperanza que queda erradicada en la tercera etapa, cuando el viajero salta a una etapa en la que cualquier sueño de grandeza de la humanidad no es ni tan siquiera humo, pues ya no es que no quede rastro de que alguna vez nuestra civilización pisara la Tierra, sino que ni siquiera la misma Tierra que el viajero observa es aquella que habitó el hombre. El pesimismo que encierra la novela nos hace preguntarnos hacia dónde conducen nuestros pasos y aplasta nuestras pretensiones como especie, no digamos los absurdos orgullos nacionalistas.

La novela de Gaspar, mucho más tradicional, toma el camino contrario y se pierde, primero en comentarios de exaltación patriótica (hemos de alabarle el gusto, al menos, de no articular discursos), y después en colocar frente a frente al grupo de viajeros, una representación de la sociedad española, y los otros dos grandes imperios a los que viajan, el chino y el romano. Porque está claro que su concepción de España es todavía la de un imperio, no de otra manera se pueden entender las dos paradas que realizan durante su viaje, una en una victoria militar española y otra frente a Isabel la Católica, justo antes de terminar la reconquista y del descubrimiento de América, en el nacimiento del imperio.

Así pues, dos novelas que parten exactamente de la misma premisa, son tan diferentes como el día y la noche, pues mientras una se queda en lo conocido, lo tradicional y lo patriótico, vistiéndolo con un llamativo ropaje fantástico, la otra decide adentrarse en el sentido de nuestra existencia como especie y en nuestro futuro y nuestra función en el universo, aunque sus conclusiones no sean las que al siglo del progreso le hubieran gustado.

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Fuguruma Memories

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KEI TOUME, Fuguruma Memories

Ian es una muñeca que vive con un fotógrafo. Sí, he dicho que vive con él, no que le pertenece, pues Ian tiene alma, como por otro lado también la tienen todos los demás objetos en la historia. Además, terminaremos por descubrir que Yoh, el fotógrafo, no es su legítimo dueño, al menos no el legítimo dueño del alma de la muñeca.

La mayor parte de los clientes de Yoh también son objetos, con cuyas almas parece que este singular fotógrafo puede relacionarse, generalmente objetos cuya vida útil, aquella para la que fueron ideados, ya ha terminado, o bien sus dueños han desaparecido ya del mundo, y acuden a él para solicitarle una fotografía. Porque Yoh no fotografía aquello que puede verse, sino el alma, los sentimientos, y en ocasiones el pasado de estos objetos, y eso es lo que ellos buscan, una imagen de su pasado para recordar lo que una vez fueron, cuál fue su función en este mundo.

Ian, sin embargo es un objeto singular, pues parece haber perdido su memoria, no puede recordar su pasado, para qué fue concebida, lo que la hace autoconvencerse de que Yoh es su propósito. Y es que ninguno de esos objetos parece poder seguir adelante sin su propósito en el mundo, como tampoco las personas pueden hacerlo. Sin embargo, para estar completos, no necesitan metas gloriosas, como en ocasiones se empeñan las personas. Hay un paraguas triste porque cree que su dueño se libró de él y ya no puede protegerlo de la lluvia, un tapón con forma de hada cuya misión era sencillamente guardar el perfume de su dueña y una muñeca cuya labor era dar compañía, y por lo tanto felicidad, a alguien. Sus misiones son sencillas y podrían parecer poca cosa, pero aún así son de vital importancia, no sólo por el servicio que prestan a los demás, sino porque es lo que los realiza.

Las fotografías, a su vez, suponen un recordatorio de eso cuando los objetos llegan a su vejez y se sienten inútiles: un recuerdo de que su existencia no es superflua, pues hubo un momento en que cumplieron con su función. Pero ahí no acaba su historia, pues el paraguas es recuperado por su dueño, el tapón pasa a hacer feliz a la hija de su dueña y la muñeca es rediseñada para acompañar a otra persona. Su función, su sentido en la vida, no termina al llegar a su vejez, como tampoco termina el de las personas. Si estos objetos pueden alcanzar un nuevo objetivo dado que sus circunstancias han cambiado, también pueden hacerlo las personas. El ejemplo perfecto es el del tapón del frasco de perfume, separado de su frasco y con las alas del hada rotas. Ya no puede tapar ningún recipiente porque este ya no existe, y el tiempo lo ha mellado. Pero ahora reconforta a la hija de su dueña, pues le sirve de recuerdo de ésta.

No nos volvemos inútiles con el tiempo, es sólo que nuestra utilidad cambia. Nuestras capacidades ya no son las mismas, puede que las sintamos más reducidas pero no es así, han cambiado, nada más.

Los propios dioses

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ISAAC ASIMOV, Los propios dioses

Un científico descubre que uno de los elementos de su laboratorio ha cambiado y ha comenzado a emitir radiación. Alguien desde otro universo ha realizado la proeza y enseñará a los humanos cómo construir una máquina a la que llamarán la bomba de electrones, que permitirá la transferencia de materia entre los dos universos y, con ella, energía ilimitada y sin coste para ambos. ¿Sin coste? Bueno, no tanto, pues se cree que la continua transferencia de energía hará explotar el sol y destruirá el Sistema Solar. Algo que está en los planes de los seres del otro universo, que esperan que eso suceda para poder recoger así cuanta energía les plazca.

Este es a muy grandes rasgos el argumento de Los propios dioses, una novela que bien podría ser entendida como una trilogía de tres relatos extensos, o tres novelitas cortas, pues está dividida en tres partes que, si bien dependen unas de otras para entender el sentido global de la historia, cada una de ellas tiene entidad propia.

En la primera parte asistimos a la construcción de la bomba y al posterior descubrimiento de sus peligros, contra los que nadie parece dispuesto a hacer nada. Hallam, un científico mediocre, ha conseguido ser reconocido como inventor del artefacto que ha liberado a la humanidad de su dependencia energética, y no está dispuesto a soltar la gallina de los huevos de oro. Acallará cualquier voz que quiera advertir sobre los peligros de la bomba en su beneficio personal. Al mismo tiempo la humanidad tampoco está dispuesta a escuchar las advertencias sobre dichos peligros, pues viven demasiado bien con la energía que les proporciona la bomba. Las relaciones con nuestro estado actual de cosas son evidentes. Cualquier político o gran empresario podría equipararse con facilidad a Hallam, del mismo modo que todos nosotros, ciegos deliberados ante nuestro actual problema climático, no somos muy diferentes de la humanidad que muestra la novela. Ojalá lo fuéramos. En la novela hay un final feliz por los descubrimientos de un solo hombre. La pregunta es: ¿tendremos nosotros la inmensa fortuna de que alguien comprometido dé con la perfecta solución que nos salve del mundo al que nos encaminamos y que al mismo tiempo satisfaga a quienes quieren ganar dinero y producir sin parar? Temo que las cosas no son tan sencillas en el mundo real como en la ficción.

La segunda parte transcurre en el universo paralelo. En él existen dos tipos de seres, los seres duros (una especie de casta científica) y los seres blandos, y los seres blandos se subdividen a su vez en racionales, emocionales y paternales, que serían algo así como los tres sexos de la especie. Estos tres tipos suelen conformar una suerte de matrimonio llamado tríade, del que a su vez nacerán otros tres como ellos, cada uno de un tipo. La historia se centra en un tríade algo particular, formado por Odeen (uno), Dua (dos) y Tritt (tres). Su mundo se está apagando, y los seres duros, ayudados por sus discípulos, los racionales, no dudan en enseñar a unos seres de otro mundo a montar un dispositivo para intercambiar materia entre ambos universos, con el objetivo final de que la máquina haga estallar el sol del otro universo para poder así obtener ellos toda la energía que se les antoje. La actitud de los seres duros no es muy diferente de la de las grandes corporaciones que tan sólo piensan en sus beneficios y jamás en los lugares o personas con las que tengan que acabar para conseguirlo. Cada cierto tiempo vemos en las noticias como una empresa explota a sus trabajadores en alguna planta de producción deslocalizada en el otro lado del mundo (léase Apple, Nike o Zara), o cómo destruyen ecosistemas enteros del planeta para hacerse con sus materias primas (léase Dove o cualquiera de las marcas que componen Unilever), y no hay mucha diferencia entre esto y lo que los seres duros pretenden hacer con los seres humanos.

Por otro lado se nos explica, de manera detallada, el ciclo de vida de estos seres, cómo deben juntarse en tríades para tener a sus tres vástagos, y como finalmente los tres se fusionarán para convertirse en un ser duro, su última etapa de crecimiento. Un sistema caduco que los condena a la extinción, cosa que no quieren ver, porque los seres duros tienen su visión concentrada en su único objetivo de conseguir más energía. Si esto no es una crítica nada velada al capitalismo no me explico qué puede ser, parece que Asimov no está muy contento con el mundo que le ha tocado vivir.

La tercera parte transcurre en la Luna, colonizada desde hace ya bastante tiempo, y con habitantes ya nacidos allí y a los que les es imposible regresar a la tierra por las condiciones gravitatorias. En esta tercera parte se insiste de nuevo en lo que ya había aparecido en la primera y, además, se muestra cómo, por si no fuera poco con la amenaza exterior, también hay enfrentamientos internos bajo la bandera del nacionalismo. La luna quiere independizarse de la Tierra, y el adalid de la cuestión quiere hacerlo incluso físicamente, convirtiendo a la Luna en una suerte de nave espacial y llevándola fuera del Sistema Solar. Cuando es interrogado acerca de si eso es lo que quieren todos los habitantes de la Luna, éste da por respuesta un absoluto desinterés en lo que los demás quieran, pues él ya ha decidido el destino del satélite. La sola visión de la Tierra le molesta, y habla y decide por todos los selenitas. Además, la Luna está más avanzada que la Tierra y no necesita a esta última. La historia de siempre, vamos.

La novela transmite un sentimiento bastante pesimista en su conjunto. En ambos universos parece darse una incapacidad para la nobleza, tanto humanos como seres duros permanecen ciegos a las consecuencias de sus actos, una ceguera deliberada que los conduce hacia el abismo y, aun cuando ya se están asomando a él, continúan afirmando su superioridad y negando el peligro. “Contra la estupidez los propios dioses luchan en vano”, una frase del Guillermo Tell de Schiller, es la premisa que sobrevuela toda la novela y que encabeza, de manera fragmentada, cada una de sus tres partes. El propio Asimov se encarga de ilustrarnos acerca de su procedencia y de que la tengamos muy presente mientras leemos: no hay espacio para el optimismo. O casi. Porque tanto en la tierra como el universo paralelo hay alguien que nada contra corriente. En la Tierra, Lamont y Denison, en el universo paralelo, Dua. Estos personajes responden al compromiso con el planeta y con la sociedad de algunas personas, pero también nos recuerdan, en su soledad contra la corriente general, que no son los suficientes, que para cambiar las cosas hacen falta más, muchos más.

Nota: Ahora toca hacer un poquito de patria, abandonar estas tierras orientales y regresar a mi tierra durante una temporada, y lo haré sin ordenador, por lo que el blog quedará suspendido durante algo más de un mes, hasta después de la fiesta del día nacional de China. Quizá me dé por publicar algo desde el móvil en este tiempo, pero resulta bastante incómodo utilizar el móvil para publicar en el blog. Así pues, nos leemos en octubre, si es que todavía queda alguien por aquí.

El juego lúgubre

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PACO ROCA, El juego lúgubre

La historia de El juego lúgubre se nos presenta como un hecho real mediante la ya clásica argucia del material encontrado. Mediante un prólogo sin firmar pero que precisamente por ser el prólogo asumimos que se trata de las palabras del propio Roca (o de un autor ficticio, en su caso), se nos pone en antecedentes acerca de “un extraño y macabro facsímil” que lleva por título el mismo de la novela gráfica que tenemos entre manos. En él, un joven llamado Jonás Arquero cuenta su “siniestra vivencia” en casa de un artista en el pueblo de Cadaqués, poco antes de comenzar la Guerra Civil Española. Roca nos adapta en versión cómic el facsímil (nótese que ni siquiera se trata del original, para volver así aún más difusas las fuentes de la historia) del diario de Jonás. Sólo se permite una licencia, que es la de dar un pseudónimo tanto al artista que allí vive como a su amante, a los que se referirá por los nombres de Salvador Deseo y Galatea.

Asumiendo lo poco logrado del jueguecito de los nombres, hay que reconocer también que el resto de la historia es de lo más sugerente, y sigue el guión de una buena historia de terror clásica. Todo comienza en Madrid, un espacio urbano sin misterio, donde el protagonista recibe el encargo de ir a trabajar con un famoso pintor. Acto seguido se desplaza hasta Cadaqués, un aislado pueblo pesquero al que resulta difícil llegar por carretera, de gentes supersticiosas. Una vez allí tendrá que llegar a la casa del pintor, lugar al que nadie quiere acercarse y de cuyo dueño tampoco nadie quiere saber nada, que se encuentra en una playa alejada del pueblo y a la que se tiene acceso a través del cementerio. La verdad es que ante tal presentación, en cierto punto me sentí como releyendo El invitado de Drácula.

De sobra es conocida la excentricidad de Dalí, que él mismo se encargaba de hacer pública y exagerar al máximo, cosa que hizo hasta el momento mismo de su muerte. También es asumido por todos que se trataba de pura fachada, con la que el egocéntrico pintor trataba de dar una imagen mística ante el mundo. Pues lo que esta historia hace es tomar la pretendida fachada de Dalí como algo real, situar al artista en un mundo mágico, arropado por el ambiente de aislamiento que lo rodeaba y la publicidad que él hacía de sí mismo. Para ello nos presentan una casa en la que todos están permanentemente drogados, lo que hace al protagonista ver una serie de escenas que duda de si han sucedido realmente o han sido fruto de las alucinaciones provocadas por las drogas.

Sólo una cosa he echado en falta en la historia, y es que, para estar basada en la obra de Dalí, dicha obra tiene un protagonismo bastante escaso, casi inexistente.

Eterna

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Eterna

Llegamos al final de la trilogía vampírica propuesta por Guillermo del Toro, y con el final descubrimos por qué en las historias que amenazan con desencadenar el apocalipsis al final siempre terminan ganando los buenos. Para no ofrecer un panorama tan descafeinado como éste: una suerte de París ocupado por los nazis, con colaboracionistas, una pequeña resistencia oculta y el añadido tan “americano” de los grupos que sólo se preocupan por sí mismos. O la segunda temporada de la antigua serie televisiva V, si lo prefieren. El terrible vampiro de origen incierto y oscuro, al final no pasa de ser un dictador con ansia de poder que quiere que todos le obedezcan, bien como vampiros, bien como humanos, y que monta sus propios campos de concentración, en este caso de exprimido de humanos para tener siempre sobre la mesa su ración de sangre a la hora de la comida. Así que el apocalipsis no es tal, sino una situación de gobierno opresivo, por mucho que el dictador, en este caso, se literalmente un monstruo.

El ambiente en el que todo se desarrolla es el típico de la tierra después del desastre que tantas veces hemos visto, y que en los últimos tiempos está bastante de moda, con títulos en el cine como La carretera, Hijos del hombre, el regreso de Mad Max y un largo etcétera, y en televisión con otros como Revolution o Los 100. Ahora hay un nuevo orden y los protagonistas tratan de luchar contra él, todo muy terrenal. El único personaje que entroncaba con esa sensación de misticismo de las dos primeras entregas, Abraham Setrakian, ya no aparece en ésta, y es sustituido por un vampiro que, la verdad, no da la talla, pues no es lo mismo que alguien se adentre en los misterios de lo incomprensible, a que alguien te lo cuente porque mira, lo ha vivido y sabe de qué va el tema. Lo único que el señor Quinlan, el sustituto de Setrakian, no sabe es el origen del amo, que por una retorcida relación de ideas ha decidido que es su padre (y si lo expreso así es porque llamar a esto paternidad me parece excesivo).

Y aquí viene donde se remata el asunto, en el origen del amo, y ahora voy a reventar el final (más o menos) así que no sigan leyendo si no quieren. Y es que, después de haber insistido tanto en el funcionamiento del vampirismo como una enfermedad, después de haber detallado la existencia de los parásitos y el proceso de infección, después de haber puesto tanto énfasis en hacerlo todo tan científico, a pesar de esa sombra de misterio y misticismo que siempre había estado detrás de todo, resulta que ni ciencia ni misterio sobrenatural: todo se soluciona leyendo la Biblia, porque el amo es un ángel caído, rebelado contra Dios. Y si el sol le hace daño es porque se parece al rostro de Dios. Uno se había hecho ilusiones con la cantidad de referencias al mundo de Lovecraft que inundaban las páginas de Oscura, para que al final suceda esto.

¡Ojo! No estoy diciendo que la resolución final sea mala per se, sino que no se pueden estar dejando pistas en una dirección durante todo un relato para al final dar una solución completamente diferente a la que habías estado dejando germinar en la mente de tus lectores. Si nos hubieran llevado por el camino de Dios y la Biblia y sus ángeles y la guerra celestial, uno podría aceptar esta resolución, pero así no. Es una rueda de molino demasiado grande. También, digo yo, los autores podían haber acabado diciendo que todo había sido un sueño de Ephraim, el que en un principio se perfilaba como principal protagonista de la historia.

Oscura

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Oscura

La segunda parte de la trilogía vampírica iniciada por Nocturna da el tradicional paso adelante con respecto a la primera: la lucha casi secreta que los protagonistas mantenían contra el Amo en la primera parte, ahora se vuelve una guerra, con más protagonistas implicados.

El Amo prepara un plan para hacerse, no con Nueva York, sino con el mundo. Pero él es el más joven de una estirpe muy antigua, conocidos como los ancianos, seis vampiros cuyo origen se pierde en la memoria y que llaman despectivamente al más joven “El Séptimo”. Al final del primer tomo los protagonistas comprobaron que de poco les sirvió exponer al Amo a la luz solar para destruirlo, así que emprenden la búsqueda de un libro con tapas de plata que contiene su verdadero nombre, en la creencia de que conocerlo les dará la clave para destruirlo. El vampiro también quiere hacerse con él, para lo que utiliza la fortuna de su aliado humano con la intención de conseguirlo en una subasta. Los protagonistas consiguen hacerse con el libro, pero al parecer ya es demasiado tarde, pues el Amo consigue eliminar a los ancianos que se encontraban en Nueva York, y dar comienzo a una suerte de apocalipsis nuclear que favorecerá la oscuridad sobre el planeta para que los vampiros se hagan con él.

Esta segunda parte se separa del camino tan fiel al Drácula de Bram Stoker que había tenido la primera, aunque sólo sea para arrimarse a otras fuentes. La guerra contra el virus que toma la ciudad no es nada nuevo, las historias de zombies que toman el planeta se cuentan últimamente por docenas, aunque tratándose de vampiros en este caso, podríamos pensar en un referente mucho más directo, como Soy leyenda, aunque de manera algo más salvaje en el caso que nos ocupa. Pero la comparación no es gratuita, pues el punto de vista de estos vampiros es bastante similar a los de la novela de Matheson. No en vano la argumentación que el Amo ofrece a Setrakian es bastante similar a la que aquellos vampiros ofrecían a Neville: no son monstruos, pues al igual que todas las demás criaturas del planeta ven a los humanos como monstruos, así ven los humanos a los vampiros. Se trata tan sólo de la visión que la presa tiene de su cazador, que pretende sobrevivir e imponerse. Si bien es cierto que esta especie cazadora tiene una deliberada intención de provocar dolor, pero, ¿acaso no ha brillado tantas veces esa deliberada intención también en los humanos?

Así pues, la acción ha salido del mundo soterrado para instalarse en la sociedad, en las altas esferas de la política y los negocios, en las casas de subasta y en última instancia en las calles de Nueva York. La existencia de los vampiros ya no es un secreto que impide que se crea en ellos, sino una realidad.

Y si en Nocturna las referencias a Stoker eran continuas, es otro el novelista que parece hacerse con el control referencial de Oscura. La continua referencia al gusano de sangre, a la entidad antigua cuyo origen se pierde en la distancia del pasado, varias insinuaciones de personajes (aunque desmentidas por otros personajes) de que ese ser no pertenece a este mundo, un misterioso libro con la capacidad de aparecer tan sólo cuando algo terrible está a punto de suceder y del que resulta imposible deshacerse por la bravas que contiene la identidad de este ser… Sólo faltan las consiguientes referencias a algún tipo de ritual milenario para que el nombre de Lovecraft llame con tal fuerza a nuestra cabeza que nos resulte imposible ignorarlo. Aunque todavía queda una novela, así que no descarto que aparezcan esos rituales e incluso el propio Cthulhu.

Nocturna

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GUILLERMO DEL TORO, CHUCK HOGAN, Nocturna

Hace ya algunos años fue publicada esta novela, que venía precedida por la rúbrica de Guillermo del Toro, director de cine mejicano que se encontraba en un gran momento tras haber rodado hacía no mucho El laberinto del fauno y Hellboy 2 y haber producido El orfanato, y cuyo nombre se erigía como principal reclamo de ventas. Por entonces ver el nombre de del Toro, un director que me gustaba, no fue suficiente para adentrarme en la lectura de una novela de la que sólo sabía que era de terror. Más adelante me comentaron que se trataba de una historia de vampiros. Y me aclararon: pero no de estos vampiros cursis que ahora están de moda, sino de unos vampiros sangrientos.

Dos fueron las ideas que me vinieron a la cabeza ante esta descripción. La primera, que ésta debía de ser en cierto modo una manera de corregir el error cometido con la espantosa Blade II, la peor de las entregas de una pésima trilogía (sólo la pelea de videojuego con los focos al fondo para que no se notara tanto lo mal hecho que estaba ya daba ganas de salir corriendo). La segunda, que si los vampiros romanticones y de buen corazón que se habían puesto de moda ya cansaban bastante, los monstruos asesinos de unos años antes también me producían bastante hartazgo, y eso, al parecer, era lo que ofrecía la recién salida novela. Echo de menos vampiros como Drácula, rodeados de misterio, que inspiran terror e inseguridad.

Hace ya menos tiempo, la novela se convirtió en una serie de televisión. Al aparecer la serie descubrí que, en un principio, lo que habíamos conocido como una novela debería haber sido en realidad una película, lo cual confería más sentido al asunto. Pero al ser rechazada, decidieron convertirla en una serie de novelas (no me explico todavía cuál sería el proceso de escritura entre los dos autores de esta aventura, aunque me imagino a del Toro más bien como el artífice de las líneas generales de la historia que luego escribiría Hogan y revisaría de nuevo del Toro para modificar lo conveniente, aunque esto son sólo imaginaciones mías). Tras ver la primera temporada, la cosa me pareció bastante interesante. Una especie de remake moderno y salvaje de Drácula, pero interesante al fin y al cabo. Me quedé con ganas de que llegara la segunda temporada, que en mi cabeza se asimilaba a la segunda novela (ahora veo que esto no era así exactamente), y cuando lo hizo, mi sensación fue diferente: quería ver una tercera temporada para averiguar cómo acabaría la historia, pero la segunda me había parecido aburrida, repetitiva y sin gracia. Carecía de misterio, y una historia de vampiros sin misterio es un fracaso.

A pesar del interés que la serie despertó en mí, no me animé tampoco a leer la novela, no lo creí necesario. Como he dicho en alguna ocasión por aquí, leo tremendamente despacio, lo que me hace ser medianamente selectivo con mis lecturas. Y si bien una película (o serie, en este caso) no es igual a la novela de la que puede proceder, sí que tiene los suficientes elementos para permitir a un observador decente discernir si el material de origen puede o no merecer la pena. Y por muy interesante que la historia pareciera, no juzgué que lo mereciera, pues suponía un corta y pega de otras historias de vampiros, con algún que otro elemento novedoso.

Pero al final topé con la novela, en ese maravilloso formato de audio al que me estoy aficionando. En esta ocasión maravillosamente no leído, sino incluso interpretado, por un tal Mariano Osorio, que le da una increíble emoción a la lectura con su entonación.

Y, efectivamente, Nocturna resulta estimulante porque nos ofrece una típica historia de misterio, de esas en las que las sucesivas revelaciones le van poniendo a uno sobre el camino de algo mucho mayor, porque ofrece escenas de acción que saben acelerar el ritmo cuando es necesario, y porque nos remite, a pesar de sus vampiros sanguinarios, a la novela de Drácula y a las muchas historias que con el tiempo nos hemos inventado sobre ella.

La historia comienza relatándonos una historia que una abuela cuenta a principios del siglo XX a su nieto en Rumanía, sobre un joven en principio admirado pero sobre el que comenzó a formarse toda una leyenda de misterio y terror. No podemos evitar pensar, por un lado, en el primer capítulo de Drácula, cuando los lugareños hablan al joven Jonathan Harker sobre el conde (o más bien sobre el castillo), y por añadidura en todas las variopintas historias que hasta la fecha nos hemos inventado sobre el origen de Drácula. Y es que esta historia supone una nueva reinvención sobre el vampiro, aunque en esta ocasión el personaje que hace las veces de Drácula no es más que un accidente, un huésped, convirtiendo al verdadero origen del vampiro en algo más antiguo que el origen de la leyenda. Así las cosas, la historia empieza bien, pues sobre el misterio ya existente del origen del vampiro y que tantas veces nos han contado (incluso nos los sitúa en la misma región y época en las que situaríamos a Drácula), extiende otro velo, más inexplicable (de momento) sobre el inicio de todo.

Tras esto tenemos otra escena en la que un avión “muerto” (utiliza esta misma palabra, lo cual no deja género de dudas sobre la referencia) llega al aeropuerto de Nueva York. Todos sus ocupantes han fallecido y no hay ninguna pista sobre qué los ha matado, y no podemos evitar establecer la debida correspondencia con el barco guiado por las “manos de un hombre muerto” que llega a Yorkshire en Drácula. Y ¿saben qué hay en la bodega del avión? Exacto: un cajón de tierra (sí, en este caso sólo uno).

Pero quizá estas referencias que tanto pueden emocionar al antiguo lector de la novela de Stoker sean una de las losas de la novela. Como ya dije en El misterio de Salem’s Lot, la novela estaba tan ocupada en referenciar sus fuentes que olvidaba que tenía que volar por sí misma. Algo de esto sucede también aquí, aunque en menor medida. Si bien las referencias al material original son más numerosas que en la novela de King (la historia sobre el origen, el avión, la caja de madera, el grupo de amigos que se enfrenta a la amenaza aislado aunque en medio de una populosa ciudad, la mujer de uno de ellos convertida en vampiro para atraerlos, el hombre, mayor que el resto, que tiene un conocimiento superior sobre la amenaza a la que se enfrentan, el médico cuyos conocimientos resultan insuficientes para hacer frente a la amenaza, el ayudante humano que espera ser recompensado, la búsqueda del vampiro…), Nocturna sí alza el vuelo como una historia diferenciada. Y en eso le ayuda el enfoque que ofrece de la invasión vampírica como una epidemia vírica que deben controlar en la ciudad para que no se extienda por el mundo, convirtiendo así el ritmo y la emoción en algo más propio de un thriller que de una novela de terror.

Esta primera novela termina con una escena en la guarida del vampiro, de la que conseguirá escapar, que nos recuerda también a la escena en la que los aventureros ingleses se encuentran por primera vez cara a cara con Drácula en la casa que éste había alquilado en Londres. Si aquello era la mitad de la historia en Drácula, está claro que también lo será en este relato que tantos parecidos guarda con la novela inglesa.

Pero, incluso con sus varios aciertos, dudo mucho que la novela hubiera tenido la repercusión que ha tenido de no ser por el nombre que figura en ella como autor, pues a pesar de sus virtudes y de ser un entretenimiento más que aceptable, tampoco destaca sobremanera sobre otras muchas novelas parecidas que existen a la venta. Es de agradacer que en ocasiones como ésta, sin embargo, un nombre famoso haya servido no para que una porquería haya podido publicarse (y venderse bien en muchos casos, por desgracia), sino para que hayamos podido conocer una historia que, si bien no es una obra maestra, tiene un atractivo que no merece tampoco ser ignorado.