Crimen y castigo

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OSAMU TEZUKA, Crimen y castigo

Esta versión de Crimen y castigo de Osamu Tezuka está muy simplificada, lo cual no deja de tener sentido, teniendo en cuenta que se trata de una versión infantil. Aunque el hecho de que su principal objetivo sea resultar atractiva al público infantil, uno que no es el mismo de nuestros días por otro lado, no es un impedimento para que resulte también atractivo para un público adulto que sea un poco observador.

Como punto en contra, he de admitir que la simplificación de la historia lleva a la eliminación de algunos personajes, haciendo que sus funciones sean asimiladas por otros, lo que reduce en gran medida la exposición de los problemas sociales y éticos que representan, aunque entiendo que poco ganaríamos machacando a un niño excesivamente con todo eso. Pero algo sí que hay que no me gusta, y es la simplificación de su final. Recordamos cómo en la obra de Dostoyevski, Raskólnikov, tras confesar, tenía que purgar sus culpas en la cárcel y no podía reincorporarse a la sociedad hasta haber “pagado su deuda”, reconvirtiéndose de esa manera en un ciudadano más dentro del orden social y abandonando aquellas ideas por las que un individuo (un genio, decía él) podía estar por encima de unas leyes que no eran más que una serie de convenciones sin valor establecidas por mediocres, que eran las que lo habían llevado a cometer el crimen. Todo muy correcto y muy dentro del orden social establecido. Podríamos decir que incluso muy democrático. Aquí todo termina con una confesión a gritos entre la multitud que nadie oye, con la que se libera toda la tensión interna del protagonista, y ahí acaba la cosa. Una moralina para niños (di siempre la verdad, admite si has hecho algo malo) que resulta preocupante como enseñanza, porque basa la redención en la propia confesión. Una idea tan cristiana que llevo ya un rato preguntándome por las convicciones religiosas de Tezuka.

Pero hay sobre todo un par de detalles que me han llamado mucho la atención. El primero de todos es la magistral forma en que construye la escena del crimen. Con un escenario único (las escaleras de la casa) que se repite a lo largo de muchas viñetas y en el que va cambiando la posición de los personajes, que se van moviendo de arriba a abajo por las tres plantas que se nos muestran, como si el lector estuviera ante una obra de teatro. Todo esto con los sucesos del crimen ocultos tras la puerta y sin mostrar sangre, que estamos en una historia infantil. El segundo es el episodio del carro, increíblemente alegórico para un cómic infantil y muy bien hilado con lo que vendrá después. Las cargas que se van imponiendo al pueblo que no puede soportarlas, quedan perfectamente representadas en la figura de ese pobre burro enflaquecido que debe tirar de una carreta en la que cada vez van subiendo más personajes gordos y bien vestidos que, para colmo, no dejan de burlarse de él. Además, y debido a la economía de espacio necesaria por ser esto un cómic, la revuelta estudiantil contra el poder no tardará en hacer acto de presencia.

Así pues, la necesaria simplificación para presentar una historia como Crimen y castigo al público infantil está perfectamente equilibrada con, por un lado, el ofrecimiento de un relato de calidad bien construido y, por otro, la presentación de una enseñanza para formar una conciencia.

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Mary Poppins

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P. L. TRAVERS, Mary Poppins

Hace unos días vi la película Al encuentro de Mr. Banks, que narra las vicisitudes para conseguir llevar a la gran pantalla la novela de la escritora británica P. L. Travers, Mary Poppins, por parte de Walt Disney. En la película nos cuentan una versión un tanto edulcorada de cómo acabó el asunto, pues si bien la Travers de la película, a pesar de sus muchas negativas al principio y todavía más pegas durante la adaptación (que si no podía ser un musical, que si no podía haber animación, que si Mary Poppins era demasiado fantasiosa, que si Mr. Banks no se preocupaba por sus hijos… al parecer acabó perdiendo todas las discusiones), acaba por estar bastante contenta con el resultado final de la película que Walt Disney había basado en su novela. Y nada más lejos de la realidad, pues la película que todos conocemos no hizo ninguna gracia a la británica, hasta tal punto que se encargó de que Disney no pudiera rodar ninguna otra película con las otras novelas de la saga de la niñera mágica, cosa que, por otro lado, a los telespectadores nos vino de primera, pues permitió que la cosa acabara donde debía y no nos asaltaran con mil continuaciones, que ya hemos visto demasiadas veces cómo terminan.

El asunto es que tras ver la película me entraron ganas no sólo de volver a ver Mary Poppins, sino de leer la novela infantil en la que estaba basada, de cuya existencia, dicho sea de paso, ni siquiera sabía nada. Así que la leí, y tras leerla me alegré muchísimo de que Walt Disney no hiciera ni caso de las exigencias de la señora Travers: la historia con la que muchos nos entusiasmamos de niños habría salido muy perjudicada. La novela infantil (con mi afán completista presumo que tarde o temprano tendré que leer las cuatro restantes) resulta bastante sosa. La magia de la película de mi infancia no existe, y cuando aparece lo hace de una manera que podríamos decir que es bastante sosa. Durante toda la nueva película un Tom Hanks – Walt Disney nos cuenta lo muchísimo que su hija se había entusiasmado con la lectura de las aventuras de la niñera mágica de P. L. Travers, así que con la idea de la película de 1964 en la cabeza, comenzaba a arder en deseos de leerla. Pero la decepción fue bastante grande. No es que la novela sea mala, porque no lo es, pero no alcanza ni por asomo las cotas de ilusión experimentadas frente a la pantalla.

La verdad es que son bastantes los cambios introducidos en la película. Para empezar, y lo que más decepción produce (recordad que esta es la impresión de alguien que no conoció a Mary Poppins en el papel, sino en la pantalla), es que la niñera es bastante antipática. Es toda una institutriz inglesa, más parecida a la que renuncia a su trabajo en las primeras escenas de la película que a la que interpreta Julie Andrews, contratada más por sus bajos honorarios, pues la familia de la novela no es adinerada como la de la película (cosa que también molestó a Travers), que por… lo cierto es que en la película tampoco me queda muy claro por qué la contratan. Este personaje no es capaz de ganarse la simpatía de ningún lector, o al menos eso me parece, no entiendo cómo alcanzó tal repercusión cuando fueron publicadas sus aventuras.

Además, el maravilloso personaje del deshollinador interpretado en la película por Dick Van Dyke, del que tan grato recuerdo tenemos, no tiene ni de lejos la importancia que tenía en la película. Y los niños que Mary Poppins debe cuidar son cuatro, no dos. Y la casa es un adosado de ladrillo, de esos tan comunes entre las familias de clase media en Inglaterra, no una mansión. Por no hablar de ese soso final que ni siquiera parece un final en la novela.

La novela está organizada en capítulos que suponen aventuras individuales e independientes, muy al gusto de las novelas infantiles del momento, una estructura no muy diferente de la que nos ofrecía Guillermo el travieso de Richmal Crompton, o algunos de los libros de Enid Blyton. Con lo cual, lo que ofrece son eso, pequeñas aventuras, no una única y bien elaborada, que es lo que pedimos en estos tiempos, aunque esto es tan sólo un cambio en los gustos de la época.

Pero parece que, al contrario de lo que algunos suelen hacer a menudo, que es juzgar una película por sus diferencias con la novela, yo esté juzgando la novela por sus diferencias con la película. Nada más lejos de la realidad. Lo que me interesa es dejar claro ciertos puntos que me parecieron muy acertados en la adaptación cinematográfica, y que son precisamente los que no gustaron a la escritora. Es decir, todo aquello que se alejaba de lo que exactamente contaban las páginas de la novela y que para Travers suponían todo lo malo de la película, mientras que para mí, como espectador, supusieron todo lo bueno, todo lo que recordé una y otra vez durante mi infancia. Y es que este es un mal que aqueja a muchos escritores que venden sus historias a la industria cinematográfica, que no se dan cuenta de que lo que ellos escribieron era una novela y lo que ahora va a rodarse es una película, géneros que de ninguna manera pueden contar la historia de la misma manera, y la prueba está en que en muchos de los casos sus destinatarios no son los mismos, pues si lo fueran, el número de lectores sería exactamente el mismo que el de espectadores, y si acudimos a las encuestas sobre lectura que se publican todos los años está claro que esto no es así.

Un afán por tener controlada en todo momento la historia que ellos escribieron en un momento dado parece aquejar a casi todos los novelistas que venden sus novelas al cine. Y cuando lo consiguen padecemos auténticos plomazos y sinsentidos, como El guerrero número trece, en la que Michael Crichton llegó a echar al director McTiernan, la televisiva y carente de interés El resplandor, con Rebecca de Mornay, cuyo único punto a favor es que reproduce la novela casi letra a letra, o todas y cada una de las películas sobre las novelas de Harry Potter, que suponen un crimen contra el ritmo narrativo a favor de que aparezcan un montón de tonterías mágicas sobre el colegio ese de los magos. Los novelistas parecen no entender que si bien la novela era suya, era su obra de arte, la película no lo es, pertenece al director, que no sólo sabe mejor que ellos lo que cuadra en una película y lo que no, sino que además puede querer utilizarla para contar algo bien diferente de lo que su autor original tenía en mente. Hoy en día todos tenemos bien claro que El resplandor es una novela de Stephen King, pero es una película de Stanley Kubrick, de la que, en un ejercicio de infantilismo del que no creía capaz al casi siempre sensato escritor de Maine, King renegó, diciendo que aquello no era la novela que él había escrito. Y por supuesto que no lo era: como ya he dicho, aquello era la película de Kubrick, no la novela de King. No se trata de que la película adapte mejor o peor el mensaje de la novela, pues estos pueden ser radicalmente distintos como en el ejemplo mencionado, sino de que la película adapte bien la historia al género cinematográfico.

Luis va a esquiar

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GUY DELISLE, Luis va a esquiar

Hoy les recomiendo un cómic que no tiene edición española. Yo lo he leído en una edición alemana, y les aseguro que no sé ni una palabra de alemán. Puede parecerles esto extraño, pero leer quizá sea también demasiado decir, pues ni una sola palabra salpica las viñetas.

En una secuencia de viñetas mudas, con bastante fantasía y mucho humor, Delisle nos cuenta las aventuras de su hijo pequeño durante un día en las pistas de esquí. No hay nada que leer, pero a cambio tenemos una gran cantidad de viñetas cuadradas, bastante pequeñas pero perfectamente visibles, que cuentan al detalle todo lo que sucede. El autor va a esquiar con un amigo y los hijos de ambos, con edades demasiado distanciadas, se van por su cuenta. No tardarán los dos niños en distanciarse y comenzará a verse envuelto el pequeño en una serie de situaciones sin duda aumentadas por su imaginación. La estructura es como un capítulo de aquellos de dibujos animados que, al menos yo, veía en mi niñez: padre pierde de vista a niño y al niño comienza a pasarle de todo, en una secuencia muda repleta de sonidos onomatopéyicos. Podría servirnos también para hacernos una idea un capítulo de Tom y Jerry.

A lo que le he estado dando vueltas durante toda la “lectura” es si la historia se la inventó Delisle o si se trata de una adaptación de lo que pudo contarle su hijo que había hecho mientras estaba en la nieve. Personalmente, y aunque pueda no ser cierto, yo me decanto por la segunda idea, no por probable, sino porque resulta mucho más estimulante imaginar al niño contándole al padre todo lo que había hecho durante ese día, entre situaciones absurdamente exageradas por su imaginación. Lo que nos da una idea de cuán poco sabemos de lo que hacen los niños cuando ningún ojo adulto los vigila. De lo que sí estoy seguro es de que, cuando esto sucede, sin duda viven en un mundo mucho más emocionante que el mío.

Charlie y la fábrica de chocolate

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ROAL DALH, Charlie y la fábrica de chocolate

Me pilla ya un poco lejos mi infancia para leer Charlie y la fábrica de chocolate, pero qué quieren que les diga, siento cierta debilidad por las novelas infantiles, quizá porque no leí demasiadas cuando me tocaba, mi placer por la lectura me llegó un poco tarde. Por otro lado, la mayoría de las novelas supuestamente para adultos que la gente lee hoy en día son también novelas infantiles, unas mejor disfrazadas que otras, así que…

No creo que haga falta referir la historia de Charlie ni su significación, todo está tan meridianamente claro que de poco tengo que hablar aquí. El chocolatero Willy Wonka se hace viejo sin descendencia y quiere dejar su fábrica a alguien e invita a visitarla a cinco niños, cuatro de los cuales representan los diferentes vicios maleducados del mundo moderno y, el último, Charlie, es un chaval al que todo le ha ido mal pero esa adversidad con ha conseguido acabar con su natural bondad ni ha hecho mella en una correctísima educación de la que carecen los otros cuatro niños. Parece claro que Charlie y la fábrica de chocolate es una novela hija de su tiempo. Fue publicada en 1975 y en aquella época (en España íbamos algo más retrasados) los padres ya habían entrado en la dinámica de querer dar a sus hijos todo aquello que ellos no habían tenido de niños (no sé donde leí o escuche en una ocasión que se les olvidó darles aquello que sí habían tenido), lo que ha ido degenerando hasta llegar a la actual satisfacción de todos sus caprichos que observamos hoy.

En este panorama, Charlie es un superhombre, aunque uno tratado con bastante ingenuidad, todo hay que decirlo. Dalh lo enfrenta a los otros cuatro niños, los cuales han recibido satisfacción a todos sus deseos, y a su lado, un niño que no ha recibido esa constante atención debido a su pobreza, es mucho más sensato y está mejor educado. Dalh se excedió al pintarnos un Charlie tan pobre, pues a nadie se le escapa que esas situaciones de pobreza extrema en medio de una sociedad pudiente, no acostumbran a crear buenas personas, sino más bien lo contrario: somos en general bastante revanchistas, y un niño que crece en la pobreza rodeado de abundancia que no puede alcanzar, lo más normal es que se convierta en un delincuente para apropiarse de ella, o como mínimo que no mire a los que nadan en la abundancia con tan buenos ojos como Charlie lo hace.

La metáfora está clara y la enseñanza se puede extrapolar a nuestra sociedad sin dificultad, y es que ser bueno tiene su recompensa. Pero lo que me llama la atención, o más bien el motivo que me desagrada, es el motivo por el que Wonka lleva a cabo este experimento. Lo explica claramente al llegar al final de la historia: “Claro que hay miles de hombres muy hábiles que darían cualquier cosa por la oportunidad de encargarse de todo esto, pero yo no quiero esa clase de personas. No quiero para nada una persona mayor. Una persona mayor no me haría caso; no querría aprender. Intentaría hacer las cosas a su manera y no a la mía”. No parece muy dispuesto el señor Dalh, por estas palabras que pone en boca de Wonka, a entender la educación (que no han recibido los cuatro niños malcriados pero sí ha recibido Charlie) como la formación del pensamiento crítico, sino más bien como el mero adoctrinamiento. De ahí que los niños no sean castigados cuando exhiben su egoísmo y poca educación (aunque sí quede claro lo malo de su comportamiento), sino cuando desobedecen directamente las órdenes del chocolatero. Charlie es el único que no lo hace, el único que siempre cumple al pie de la letra las instrucciones de Wonka. Y él también tiene su tentación, al igual que los otros cuatro, pero no se deja llevar: el caramelo eterno sería perfecto para él, tal como lo explica Wonka: “Los estoy inventando para los niños que reciben una escasa paga semanal”. Esa es la tentación de Charlie. Pero justo antes ya había sido advertido: “¡No quiero que toquéis nada una vez que estemos dentro! ¡No podéis tocar, ni fisgonear, ni probar nada! ¿De acuerdo?”. Y Charlie cumple; es el único que lo hace y por eso sale vencedor.

Así pues, parece que la educación que busca Dalh radica en la obediencia a los mayores y en poco más. Algo con lo que no estoy del todo de acuerdo, pero que en absoluto hace desmerecer a una novela infantil que me parece muy superior a muchas de las que hoy en día pueblan nuestras librerías.