Cinco esquinas

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MARIO VARGAS LLOSA, Cinco esquinas

Cinco esquinas es el título de la última novelita que Vargas Llosa nos ha lanzado, y ese retorno a su Perú natal que parece estar viviendo en su mundo de ficción, se deja ver esta vez ya desde el título. Cinco esquinas es el nombre de un barrio obrero limeño, no en el que transcurre toda la novela, pero sí en el que se produce el evento que supone el centro de su trama.

La historia, ambientada al final del gobierno de Fujimori, gira en torno a dos matrimonios adinerados y un periodista amarillista que dirige una revista que se dedica a destapar o inventar las miserias del mundo del espectáculo, amén de algún otro personaje que sirve al desarrollo del argumento. El periodista Rolando Garro se hará con las fotos del empresario Enrique Cárdenas en una orgía, y las usará para chantajearlo. Poco imaginará él que la utilización de ese material será mucho más peligrosa de lo que había supuesto.

Lo cierto es que poco hay que comentar de la novela aparte de que es entretenidilla. Tiene una parte, en la que el periodista chantajea al adinerado empresario Enrique Cárdenas, que es interesante y que engancha, y otra, la historia de amor lésbico entre las dos mujeres de los dos matrimonios, que aburre y no llama la atención ni como intervalo erótico.

Entre medias asistimos a lo inseguro que es el Perú en esa época, a los desmanes del gobierno de Fujimori, lo difícil que resulta ganarse la vida honestamente en una sociedad tan corrupta… En realidad uno pasa por encima de la novela sin que ésta le resulte molesta, pero con la seguridad de que pronto olvidará su contenido, pues sus dos mayores virtudes son la de ser una lectura ligera y la de que se lee casi de un tirón. Una lectura para un domingo que uno no tenga planes, que nos resultará agradable, aunque también es fácilmente sustituible por cualquier otra.

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Indies, hipsters y gafapastas (1)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas

Cuando vi aquel anuncio que el PP hizo sobre que los hipsters los votaban no daba crédito a lo que veían mis ojos (ni a lo que escuchaban mis oídos, dicho sea de paso). O yo no me enteraba de nada o los que no se enteraban de nada eran los publicistas del Partido Popular, para los que un hipster parece ser un tipo con barba y una ropa que lo convierte en una especie de cruce de leñador con amish. Eso me hizo pensar que su único contacto con ellos había sido a través de fotografías, pues, al menos externamente, esa es la imagen que han proyectado durante los últimos cinco años (año arriba, año abajo). Pero antes ya estaban ahí, aunque no se hubiera popularizado la nomenclatura hipster. Hace diez años llevaban perilla y un peinado perfecto, y hace quince barba de dos días y una melenita de aspecto cuidadamente descuidado. Los hipsters llevan entre nosotros desde que el capitalismo se adueñó del mundo occidental: gente con aspiraciones de clase media-alta que se esfuerzan en hacer visible mediante su vestimenta y sus accesorios, y con una absurda preocupación por el individualismo y la exclusión cultural de quienes no están a su nivel. En los hipsters nada es real, todo es maquillaje, chapa y pintura, y si obviamos el tipo de moda, todos, tengamos la edad que tengamos, hemos tenido que tratar en nuestra juventud con gente con esas características que conformaban un grupo con sus semejantes al tiempo que negaban pertenecer a ningún grupo social.

El anuncio del PP los presentaba, sin embargo, como una especie de hippies modernos, como alguien comprometido con su entorno, cuando son todo lo contrario. Indies, hipsters y gafastas, un libro del que nada sabía y que me llamó la atención cuando lo vi en Internet por el hecho de estar prologado por Nacho Vegas, me vino a dar la razón en esto (creo, pues es una conclusión propia) y me confirmó que no andaba completamente desnortado.

Me sinceraré con respecto al libro. Yo siempre he sido una persona de izquierdas, y creo que en mis últimos años viviendo en China (que nada tiene ni de comunista, ni tan siquiera de izquierdas), y con las noticias y desprecios que me han ido llegando desde mi país, me he radicalizado quizá demasiado en mis posiciones, pero comparado con las opiniones del autor del libro yo parezco de extrema derecha. El libro carga contra la hipsterización del mundo, con cómo en los últimos años la cultura se ha ido aislando de la problemática social, creando “movimientos culturales” que mantienen al gran público, y por lo tanto a la sociedad, ajeno a los problemas que se producen. Defiende el compromiso que la cultura debe tener con la sociedad, cosa que comparto, aunque creo que es algo que no condiciona necesariamente a la expresión artística. Habla mucho sobre música, sobre cine, sobre documentales, sobre ensayos, muy poco sobre las artes plásticas, pero hay una carencia importante, muy reveladora del porqué de su obsesión militante: ni una novela, ni un cuento, aparecen referenciados en sus páginas. Como si nunca se hubiera detenido en leer uno o, peor aún, como si considerara que su presencia social es marginal, muy distante de la eminente presencia de lo audiovisual (lo que lo volvería a él también bastante hipster). Supongo que al tratarse de ficción las considera puro escapismo y no les otorga valor dentro del verdadero arte que es aquel comprometido y militante.

Todo esto resulta demasiado exagerado, aunque creo que guarda un fondo de verdad, sin necesidad de llegar a las posiciones tan radicales del autor. Además, la lectura resulta una enciclopedia privilegiada para hacerse con una lista musical de los últimos veinte años, al menos del panorama rock indie.

Por otro lado, el ensayo está tan seccionado que, incluso para aquellos no acostumbrados a leer este género, resulta de una lectura muy amena. No hay larguísimas disertaciones ni extensas exposiciones que van ocupando capítulos y capítulos hasta llegar a una conclusión final, sino que todo es mucho más ligero, sin renunciar por ello a la precisión ni a la documentación. Los diferentes capítulos son casi independientes y están a su vez divididos por títulos que los convierten en conjuntos de mini artículos que comparten tema. Con esta estructura uno avanza en la lectura de un libro que, por otro lado, tampoco es muy extenso, casi sin darse cuenta. Luego se podrá estar a favor o en contra de sus propuestas, pero no se le puede negar que éstas estén argumentadas y documentadas. Eso sí, ni son objetivas ni parecen pretenderlo, sino que más bien suponen el punto de vista de una posición social determinada.

Crimen y castigo

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

Aunque bien es cierto que todo lo que he escrito anteriormente no tenía tanto que ver con Crimen y castigo como con lo que algunos pasajes de la novela me evocaban, poco más me queda que añadir, puesto que de lo que yo hablo aquí es de lo que los libros me parecen, sin pretender llegar a hacer ninguna crítica literaria seria. Aunque en realidad sólo he comentado aquí cuatro pasajes de la novela, cuando muchos otros más me llamaron la atención de forma independiente, algo que no me sucedía desde que leí Viaje al oeste, hace ya bastante tiempo. Y recordando aquella ocasión con lo que iba leyendo en ésta, me daba la sensación de que eso es lo que hace a las grandes novelas, esa capacidad para que veamos nuestro mundo reflejadas en ellas al tiempo que nos ofrecen un irrenunciable entretenimiento. Porque Crimen y castigo es en primer lugar entretenida, una de esas lecturas que en cuanto pasas las cinco primeras páginas te hace perder la noción del tiempo y priva de importancia a cualquier cosa que no aparezca ahí escrita. Son un cúmulo de acontecimientos que se encadenan uno con otro, haciéndonos saltar no sólo en la trama, sino también en la temática de la novela, que al final no sabemos si es social, filosófica o policíaca. O todo junto, que es lo que la hace tan interesante.

La historia gira en torno al asesinato cometido por Raskólnikov para llevar a cabo un robo, aunque amparado por motivos que él considera de justicia social. Él no tiene dinero y para conseguirlo mata y roba a una vieja usurera que previamente se ha presentado al lector de manera que no sienta ningún afecto por ella, al contrario que por Raskólnikov, con quien sí se siente identificado. Raskólnikov es un estudiante pobre que está a punto de ser desahuciado. Su madre y su hermana tampoco tienen dinero, por lo que él, que pretende cuidarlas aun sin tener ningún medio para ello, tampoco está dispuesto a pedírselo. Además, sus ideales sociales son muy elevados y cree en una sociedad justa que con tristeza vislumbra como imposible. ¿Cómo no va el lector a sentir debilidad por este soñador sediento de justicia e igualdad? Por otro lado, está la vieja, que se gana la vida haciéndose a precios ridículos con las pertenencias de gente como él que se ve obligada a vender lo poco que tiene para subsistir. En este orden de cosas, el protagonista no se limita a matarla para hacerse con el botín y salir de la miseria, sino que mantiene una lucha interior en la que a cada motivo para llevar a cabo la terrible acción contrapone otro para no hacerlo. Pero finalmente comete el crimen y por un breve momento el lector puede ponerse en su contra. Sin embargo la historia no termina ahí. Raskólnikov no acaba de convertirse en un asesino y ya, sino que continúa viviendo y actuando y, a pesar de estar algo trastornado por lo que acaba de hacer, sus acciones siguientes son todas buenas y justas, y siempre busca el bien de sus semejantes y liberarlos de aquellos que suponen una lacra.

Por todo esto, porque vemos seguir su vida adelante, el lector puede llegar a desear que su crimen quede sin castigo, que nunca lo pillen. Pero a pesar de todas sus buenas acciones, a pesar de que lo que hizo lo hizo por un “bien mayor”, su actuación no puede permitirse, pues como bien le recuerda otro personaje desde una edad ya más avanzada, no es así como se cambian las cosas. Para cambiar algo malo no podemos hacer algo peor, pues ese pensamiento maquiavélico es propio de una juventud sin experiencia en la vida, aunque hoy en día tanta gente nada joven lo defienda, lo que, entre otras muchas cosas, me hace pensar que la población de las sociedades actuales está compuesta por eternos adolescentes. Empezando por quienes desempeñan cargos de máxima responsabilidad.

Paseando con Crimen y castigo (y 4)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la tercera parte de Crimen y castigo un joven estudiante arremete contra una idea del socialismo demasiado arraigada en nuestra sociedad actual, que, por otro lado, tanto suele denostar esa ideología. Lo que este estudiante, de nombre Razumijin, dice, es lo siguiente: “La discusión empezó con la teoría de los socialistas. Ya se sabe: el delito es una protesta contra la anormalidad de la estructura social… Y eso es todo, no se admite ninguna otra causa… ¡Nada más!”. Tras esta declaración viene toda una larga explicación de lo que quiere decir, con multitud de ramificaciones y consecuencias de esa manera de pensar, pero lo que me llamó la atención fue esa afirmación que supone el punto de partida. Si Ortega y Gasset nos dejó bastante claro aquello de que “Yo soy yo y mi circunstancia”, lo que Razumijin achaca a los socialistas es que el “yo” no parece existir para ellos, que culpan de todos los males del mundo a la sociedad, como tampoco parece existir para nosotros hoy en día.

A pesar de que nuestra sociedad actual sea sin duda capitalista, tendemos a coger, introducir en ella y adoptar como cierto lo peor de cada ideología. Es el caso de esta afirmación del personaje de Crimen y castigo, que parece grabada a fuego en la mente de tanta gente. Siempre que alguien comete un crimen, sea del tipo que sea (si es de sangre, ya tenemos terreno abonado para esto), enseguida una horda de psicólogos y no tan psicólogos se lanzan a buscar los motivos por los que el criminal actuó así, convirtiéndolo casi por sistema en una víctima en el proceso. Parece que ninguno de ellos tuviera responsabilidad sobre sus actos, todos fueron abocados a ellos por una infancia difícil, una educación espartana, presiones sociales y una larga serie de etcéteras. El caso es que, tras su disección biográfica, es como si su capacidad de elección hubiera sido reducida a cero. Es un recurso usado ya hasta la saciedad en películas, novelas y demás productos policíacos, en los que no basta con dar con el asesino (el mayordomo), explicar cómo cometió el crimen (le abrió la cabeza con el atizador a su jefe) y por qué lo hizo (le pagaba poco y la vida está muy cara), sino que además hay que ir un paso más allá para saber qué lo convirtió en una persona violenta que responde de manera agresiva ante las adversidades y no puede escapar a ello de ninguna manera (como no quiso comerse las verduras de pequeño, su padre rompió delante de sus ojos aquel muñeco de acción que tanto le gustaba y además le dio una zurra para que aprendiera). Incluso tenemos una serie dedicada a esto último, Criminal Minds creo que se llama, nunca la he visto (ni ganas que tengo, con esa premisa).

Hoy en día está muy de moda también despotricar contra el cristianismo, pero incluso aquel que más lo denueste debe admitir que tiene muy oportunos valores para la formación del individuo. Lo que a todos los cristianos, antes de la idiotización actual, se les ha enseñado, es que existe una cosa llamada libre albedrío, que es algo que nos permite tomar nuestras propias decisiones al margen de todo estímulo exterior, que puede influirnos pero en modo alguno condicionarnos. Y esa capacidad para tomar nuestras propias decisiones nos hace también responsables, bien como cristianos que deben dar cuenta de ellas en un hipotético juicio final, bien como ateos que tienen una vida en este mundo que afrontar. Pero en nuestra sociedad parecemos empeñados en ser unos eternos niños siempre tutelados, sin responsabilidad de ninguno de nuestros actos, tal como se queja Razumijin que pretende el socialismo: si yo actúo mal es porque la sociedad está mal, no es culpa mía. Tantas veces hemos oído eso para exculpar a tantos que tienen una vida difícil, olvidando que otros que también la tienen nunca actuaron mal. Somos una sociedad capitalista en la que al parecer hay que pagar por todo excepto por nuestros actos. Porque de lo que hacemos (de lo malo, quiero decir, pues de lo bueno somos nosotros los únicos artífices) la culpa la tiene la sociedad, que no ha sabido mimarnos lo suficiente para que nunca nos portáramos mal.

Paseando con Crimen y castigo (3)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

En el capítulo quinto de la segunda parte de Crimen y Castigo, Piotr Petróvich lanza un discurso de carácter marcadamente capitalista y convenientemente caricaturizado. Pero la crítica no parece ir contra el capitalismo en sí mismo, sino contra la hipocresía y pérdida de valores que conlleva, hasta tal punto que temo que la inclusión del capitalismo en él venga favorecida por mi subconsciente y no por el personaje de la novela, que perfectamente puede representar tan sólo una crítica a la pérdida de valores de las nuevas generaciones, dejando ideologías aparte.

Su discurso comienza explicando en qué consistía la antigua educación, la que según él no ha llevado a la sociedad más que a la miseria, y que fue la que sus padres trataron de inculcarle a él, basada en ayudarse unos a otros y en la solidaridad social. “Si a mí, pongamos por ejemplo, me decían hasta ahora ‘ama a tu prójimo’ y yo así lo hacía, ¿qué resultaba?”, dice. “Pues resultaba que yo partía mi levita dos para darle la mitad al prójimo, con lo cual nos quedábamos ambos a medio vestir”. Que viene a ser lo mismo que decir que no merece la pena ayudar a nadie económicamente pues, tras hacerlo, uno tiene menos dinero y el otro no tiene lo suficiente, una caricaturización de los preceptos solidarios del cristianismo, que alegremente aplican hoy en día quienes pretenden defenderlo.

Tras esto, continúa aplicando fórmulas del discurso cristiano a las teorías de la evolución, para resaltar la pérdida de humanidad de la sociedad: “La ciencia, en cambio, dice: ámate a ti mismo antes que a nadie porque, en este mundo, todo se basa en el interés personal. Si te amas sólo a ti mismo, sacarás a flote tus asuntos y conservarás entera la levita. La verdad económica, por su parte, agrega que cuanto más a flote marchen los asuntos personales dentro de la sociedad, o sea, cuantas más levitas enteras haya, mayor número de puntales firmes tendrá esa sociedad y, por ende, mejor organizada estará la causa común. De modo que dedicándome única y exclusivamente a mi prosperidad es como contribuyo a la prosperidad de todos y a que mi prójimo obtenga una parte algo mayor de la levita.” No es este un procedimiento muy diferente al que en la actualidad pretenden imponer los grandes empresarios. El problema radica en que preocuparse únicamente de los asuntos personales no mejora la sociedad, no puede hacerlo, pues se basa en la muy ingenua idea de que quien se preocupa sólo por sí mismo siempre llevará a cabo acciones destinadas a su propio beneficio, pero jamás al perjuicio de los demás. Y eso es mentira, pruebas de ello tenemos a montones y a diario: todos, en el mundo capitalista, hacen lo que sea, sin importar cuánto daño puedan causar, para conseguir más dinero. Cuando uno mira sólo por sí mismo, no le importan los demás, y si los demás no le importan, tampoco va a cuidar de ellos. No sólo acumulará cinco levitas y no dará ninguna a quien lo necesite, sino que le arrebatará su pobre camisa para confeccionarse con ella los bolsillos de su última levita.

Pero esto sólo es una historieta. ¿Qué supone en nuestra sociedad aplicar esta teoría de cuidar tan sólo de uno mismo, suponiendo que así a todos nos irá mejor y por lo tanto la sociedad prosperará? Pues supone la eliminación de la sanidad pública, que la pagan los unos para los otros, supone la evasión fiscal, pues mi dinero lo he ganado yo y debe ser sólo para mí, supone, por supuesto, la no colaboración con ninguna causa social ni humanitaria (que trabajen si tienen hambre, esos vagos), supone la no existencia de movimientos sociales, que necesitan del apoyo y la colaboración de todos para conseguir algo que será para todos y no para uno solo… Supone, en fin, una sociedad egoísta en la que todos sus habitantes están desamparados, situación que ya se ha dado otras veces en el pasado y todos sabemos cómo siempre ha terminado.

El problema es que eso nos empuja a una sociedad sin valores, hacia la que hace ya tiempo que vamos encaminados. Seguro que el siguiente ejemplo de Dostoievski les suena a muchos en España y a muchísimos más en China: “¿Qué contesto ese profesor de Moscú cuando le preguntaron por qué falsificaba bonos? Pues contestó: ‘Todo el mundo se hace rico de una manera o de otra. Y también yo he querido enriquecerme cuanto antes’”. Pues sí, ese es el camino que llevamos, la veneración del dinero sin importar cómo éste haya sido conseguido. Vale que ahora todos critican las malas artes para hacerse con él, pero es curioso que hace tan sólo unos años la opinión general (demasiado general, casi sin ninguna oposición) era excusarlos a la voz de: “Normal que haya trincado si podía. Yo también lo habría hecho”. Y eso que lo de “trincar” sería una forma no demasiado maligna de conseguir más dinero. El problema viene cuando (y esto sucede sin parar) no nos detenemos ante nada. En España parece ya olvidado el asunto del aceite de colza, pero en China salen casos nuevos casi a diario de gentuza que hace lo impensable para conseguir mayores beneficios, gobierno incluido: el caso de la leche infantil justo antes de las olimpiadas, hace tres años miles de cerdos enfermos que habían enterrado para mantener la enfermedad oculta y poder vender la carne de los que no habían muerto, hace poco la mujer a la que engulleron unas escaleras mecánicas por defectos de calidad y mantenimiento… Y esto, por mucho que les moleste a los que demonizan todos los demás sistemas, se llama capitalismo: sacar el máximo rendimiento a toda costa sin importar nada ni nadie que no sea yo mismo. Porque el capitalismo no es lo que nos han vendido, lo que yo mismo creí y di por bueno durante mucho tiempo: un sistema en el que se puede avanzar por el valor personal. No, esas posibilidades y los derechos de los que disfrutamos en los países capitalistas vienen, precisamente, de las barreras que le ponen freno desde los gobiernos.

Paseando con Crimen y castigo (1)

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FIODOR DOSTOYEVSKI, Crimen y castigo

(Este artículo y los siguientes los escribí hace ya unos tres meses, cuando leía la novela, así que me disculpo por algunas afirmaciones sobre la efímera actualidad, que pueden estar ya un tanto desactualizadas)

En el segundo capítulo de la primera parte de Crimen y castigo, Marmeládov, un borracho más que lúcido, expresa algo sobre lo que no deberíamos tener ninguna duda. “La pobreza no es un vicio”, son sus palabras. Algo que buena parte de la sociedad tanto española como europea no parece tener demasiado claro a día de hoy. La pobreza no es un vicio. Suena extraño tener que defender estas palabras, pero no queda más remedio cuando un partido político propone una renta básica en España porque estamos llegando a una situación en la que no va a quedar más remedio que imponerla si no queremos ver unos niveles de esclavismo y delincuencia a los que ojalá no lleguemos, y tantas voces se levantan para protestar contra eso con el más estúpido de los “argumentos”, que es el de asegurar que eso hará que la gente no trabaje porque, total, ya tiene dinero. Lo dicen así y se quedan tan anchos, obviando deliberadamente que la renta básica propuesta alcanza a lo sumo para malvivir en la pobreza, sin poder salir jamás adelante únicamente con ella, que es una mínima cantidad de dinero destinada tan sólo a la supervivencia. Y es que cuando llaman vagos a quienes podrían recibirla, parece que están hablando de un sueldo de clase media y todo.

Pero nada más lejos de la realidad. Seguro que alguno lo hay, pero el común de los mortales no se contenta con pasar toda la vida dependiendo de esa ínfima cantidad de dinero, precisamente porque “la pobreza no es un vicio”. Lo mismo podría aplicarse a los griegos, ahora que todas las semanas leo en algún periódico cómo los ciudadanos (no los gobernantes, ¡ojo!, ¡los ciudadanos!) de tantos países europeos se descuelgan diciendo sin empacho que son unos vagos, que lo que quieren es vivir de las ayudas y no pagarlas.

Pero la lucidez de Marmeládov va más allá, pues su discurso continúa: “Pero la miseria, caballero, la miseria sí es un vicio. En la pobreza conserva uno todavía la dignidad de sus sentimientos congénitos; en la miseria, jamás la conserva nadie. A un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana, sino que lo barren a escobazos, para que sea más humillante aún. Y bien hecho, pues en la miseria, uno es el primero en humillarse”.

Está claro que el vicio, la miseria, no es más que la aceptación de la pobreza, esa situación que nos es impuesta desde fuera y contra la que, sin dudarlo, hay que rebelarse. Su aceptación nos convierte en seres miserables que no merecen tener un lugar en la sociedad. Y nos volvemos miserables cuando aceptamos no sólo la condición de pobreza, sino cualquier condición que nos disminuya como individuos. Nos volvemos miserables cuando aceptamos, como pretenden las voces insultantes, que somos unos vagos que no sólo necesitan esa renta básica, sino que nos conformamos con ella. Nos volvemos miserables cuando aceptamos que nuestra voz no vale nada y, en lugar de alzarla para reclamar aquello que nos arrebatan, callamos y dejamos que leyes cada vez más injustas nos nieguen derechos alcanzados con la sangre de nuestros padres y abuelos (con lo que flaco favor hacemos a su memoria), como lo son la libertad de expresión, el derecho de reunión o la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, por poner tres ejemplos que han quedado gravemente mermados con la llamada ley mordaza. Nos volvemos miserables cuando hemos aceptado (y lo hemos aceptado durante muchos años aunque ahora tantos pongan en grito en el cielo por ello) que nos robaran y que para postre se rieran en nuestras caras. Y, por supuesto, nos hemos vuelto unos miserables al aceptar durante tantos años que para poder tener un techo bajo el que vivir teníamos que hipotecar nuestras vidas al completo, pagando precios que requerían casi la totalidad de lo que íbamos a ganar el resto de nuestras vidas, y que para colmo eso nos pareciera lo normal.

Ante todo eso hemos callado, y como bien avisa Marmeládov, “a un hombre en la miseria, ni siquiera lo echan a palos de la sociedad humana”, pues para que se molesten en darle los palos tiene éste primero que levantar su voz y reclamar lo que es suyo, aunque tenga poco con lo que hacerse valer, “sino que lo barren a escobazos”, como a la basura, pues no más consideración merece. Y eso es lo que merecen todos los que aceptan esos insultos por parte del poder, y los abusos de autoridad, y los callejones sin salida a los que conducen nuestras vidas: que los barran como a basura, pues no pueden ser tenidos en mucha más estima que cualquier deshecho sobrante. Y no me refiero a quienes los sufren, sino a quienes los justifican.

“En la miseria, uno es el primero en humillarse”, remata, y si uno mismo ya se ha humillado, ¿qué consideración puede tener por parte de los demás? Y eso es lo que nuestros gobernantes, ayudados por unos cuantos de sus voceros, parecen querer de nosotros, que vivamos humillados, con la cabeza agachada y sin molestarlos, llamando vagos a los que quieren trabajar dignamente (cada vez que oigo eso de “mejor eso que nada” referido a trabajos en condiciones de esclavitud desearía poder dar dos bofetadas al imbécil que lo dice), llamando delincuentes a quienes quieren hacer valer sus derechos, llamando mentirosos a quienes dicen la verdad, multando y enjuiciando a quienes no quieren verse aplastados por el peso de leyes totalitarias…

Esto lo escribió Dostoievski hace ya bastante tiempo. Al parecer, en la historia los problemas son siempre los mismos. Más les valdría a los gobernantes y a todo aquel que ostente poder en algún grado abrir los ojos, no vaya a ser que las soluciones terminen por ser también siempre las mismas.

La gobernación y administración de China

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XI JINPING, La gobernación y administración de China

La verdad es que no ha habido grandes sorpresas en la lectura del libro de Xi Jinping: frases extraídas de los textos chinos cuya aplicación real a la política actual nunca llega a desarrollarse en ninguno de los discursos, una forma de etérea propia de quienes no tienen nada sólido que decir y un buenismo exagerado que presenta a China como un país que parece que jamás hubiera tenido ningún conflicto generado por él mismo y que lo convierte en adalid de la paz y en el amigo dispuesto a llevar al planeta al desarrollo. Un discurso, en definitiva, que funciona en China pero no en el exterior, donde tendemos a, de entrada, poner en duda cualquier cosa que salga de la boca de un político, y no a verlos como a maestros de los que hay que aprender, situación ésta más próxima a lo que sucede en China.

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En general todo en los discursos de Xi JInping son buenas palabras (y de atenernos a ellas, sería sin duda el mejor presidente del mundo, el más humano, el más preocupado por sus conciudadanos y el más atento y agradecido con los demás países), pero jamás baja al terreno de la práctica, todo es muy teórico y puede significar muchas cosas sin concretar nunca ninguna (y en comparación todos los partidos políticos en España concretan al máximo, desde el mentiroso PP hasta el muy difuso Podemos). Es como si un día entrara el jefe a la oficina y dijera: “Como sabéis, la situación en el mercado no es buena, pero nosotros somos una empresa fuerte y unida que nunca dará de lado a ninguno de sus miembros productivos, aunaremos esfuerzos para protegerlos a todos y tratar de mejorar siempre su situación. Por eso debemos esforzarnos ahora más que nunca, porque nuestro futuro es prometedor y debemos estar unidos para llegar a él todos juntos”. A partir de ahí, esto puede querer decir que todos van a ver reducidos su sueldo por el mejor funcionamiento de la empresa, o que habrá que hacer horas extras que nadie pagará, o que no se admitirán discrepancias con el jefe porque eso significa que no estás dispuesto a apoyar a tu familia empresarial, o que hay que asumir nuevas responsabilidades sin ningún tipo de nueva gratificación… Las posibilidades son inmensas, pero ese es el tipo de retórica que utiliza, no sólo Xi Jinping, sino los políticos chinos en su conjunto.

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No voy a ponerme a criticar su discurso, pues creo que no estoy de acuerdo con ninguno de sus puntos, pues todos ellos ocultan algo que no mencionan, y supondría criticar la política china en su conjunto. Les dejo algunos de ellos, tal como están expresados, para que sean ustedes mismos, si quieren, quienes decidan cuáles son esas partes que se ocultan tras cada uno.

El partido y sus miembros han sido elegidos por el pueblo y por lo tanto debe trabajar para el pueblo, haciendo siempre lo mejor para este. Deben enseñarse los valores del socialismo con peculiaridades chinas desde la infancia para que la persona no crezca desviada; de pequeños no los entienden, así que tendrán que memorizarlos, y conforme ganen en experiencia en la vida irán comprendiendo lo que habían memorizado de niños. China no crece apoyándose injustamente en otros países, sino junto con ellos, siguiendo un camino en el que todos juntos se desarrollan. Internet debe estar protegido, porque si la red no es segura la patria tampoco puede serlo. Los chinos deben seguir el camino de estudiar de manera patriótica en el extranjero, para luego llevar de vuelta esos conocimientos adquiridos a la patria. La parte continental de China (sic) y Taiwán deben trabajar unidos por el bien común de la nación china de la que todos forman parte.

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Pero lo más interesante del libro son las fotos de Xi Jinping que lo acompañan, pues a mi modo de ver dicen más que todos sus discursos juntos. Y de entre ellas, creo que las más interesantes son las primeras, las que se encuentran tras el sumario, las cuatro primeras, las que muestran a un Xi Jinping todavía joven.

La primera fotografía, en blanco y negro, muestra a un Xi Jinping muy joven, en 1972, con ropas sencillas y un bolso al hombro. Mira a la cámara como miran los jóvenes, con ganas de avanzar, y muestra una sonrisa auténtica que ya no vamos a poder volver a apreciar en todo el libro. No sólo parece un joven simpático, sino que dan ganas de confiar en él. Si este chico emprendiera cualquier tarea, de seguro muchos lo seguirían, casi puedo asegurar que yo lo seguiría, porque muestra la actitud de alguien convencido de su tarea y que anima a uno a trabajar con él. Su actitud es desenfadada y no se encuentra firme para salir bien en la foto, sino que parece algo improvisado, lo que aumenta la confianza en él y casi provoca ganas de conocerlo para ser su amigo. Es sin duda una imagen llena de posibilidades, mi favorita de todo el libro, la que muestra el momento en el que todavía todo está por llegar y el camino puede ser magnífico, con múltiples oportunidades para hacer demasiadas cosas (y se le adivina la energía para hacerlas) y capacidad para animar a la gente a unirse a él a su paso. No parece un futuro presidente, pero sí un presente con ganas de fabricarse un futuro. Es por eso que contrasta tanto con lo que vendrá después, unas fotos de un Xi Jinping ya adulto en las que no logro ver nada más allá que otro chino acomodado en una situación sostenida tan sólo por consignas, o en las actuales, donde ya sólo puedo ver fachada y la persona prometedora del principio se ha diluido por completo.

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Las fotos segunda y tercera, a pesar de ser ya fotos de estudio con un fin exhibitorio, muestran a alguien que todavía conserva una expresión sincera, ya más estudiada pero sincera. En la primera mira al infinito con un compañero de la universidad, también con ropa informal aunque ahora ya evidencia ser un uniforme, las manos con los dedos entrelazados en una actitud de reposo pero con un pie adelantado que muestra un calzado sencillo (todo en la vestimenta lo equipara al pueblo), mientras es arropado por su compañero, que le pone la mano en el hombro como protección y apoyo. Sin duda se trata de alguien que ya ha empezado a destacar, y él lo sabe, pero que parece prestarse a la composición fotográfica como un trámite, con la mente puesta en cosas más elevadas. Algo que sigue presente en la siguiente foto de orla, donde aparece perfectamente vestido y peinado (parece que ha ascendido), y donde aún puede apreciarse ese futuro prometedor en su mirada.

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Han pasado ya cuatro años desde la foto de orla en la siguiente imagen, que ya es en color, y esa mirada y esa media sonrisa que antes embaucaban por su sinceridad se han convertido en algo estudiado, los sueños de futuro parecen haberse cambiado por un trabajo concreto. Este joven ya está desempeñando un papel. Su ropa está perfectamente estudiada para parecer alguien importante, con su camisa clara, su corbata y su peinado perfecto, pero al mismo tiempo alguien de la comunidad, con su chaqueta de trabajo, muy similar a la que otro chico lleva a su espalda. Mientras una anciana le cuenta algo, él se inclina para así escucharla mejor mientras sonríe aprobatoriamente y mira al infinito como meditando las palabras de la anciana como debe hacer un cargo dirigente siempre que el pueblo comparte con él sus cuitas. Aún transmite ese deseo de trabajar, pero todo se ha vuelto demasiado estudiado, ya no es esa persona a la que uno seguiría sino el político en ciernes al que han enseñado cómo actuar.

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Tras esto llegan las fotos de un Xi adulto que parece ya satisfecho de sí mismo, ha perdido las ganas de buscar un futuro, y si las conserva ya no lo aparenta. Los ojos vivos de antes ya no lo parecen tanto. Aparenta ser un hombre de negocios al que las cosas le van bien y eso ya es suficiente: su actitud recuerda a la de quien lleva a cabo sus negocios (sean estos personales o políticos, poco importa), y se siente satisfecho cuando cumple con su agenda. En eso consiste su labor y eso es suficiente. Son tres fotos, las que siguen, que parecen hechas porque tocaba hacerlas, falsas en la actitud y falsas en la situación. En la primera de ellas se lo ve probablemente sobre una embarcación en un río navegable, con un fondo nada atractivo a sus espaldas, pero del que él parece sentirse orgulloso. En la segunda lo vemos azada al hombre yendo al campo, con unos cuantos campesinos tras él que lo siguen a distancia, haciendo de líder, pero su actitud es impostada, su ropa no es para nada adecuada para las labores del campo y resulta poco creíble que vaya a ponerse a trabajar al llegar al final del camino. Lo que se ve de forma mucho más exagerada en la tercera, en la que maneja una pala y no podemos dejar de observar algo raro tanto en él como en el otro hombre que también está en primer término en la foto. Se trata de sus zapatos negros limpísimos y su ropa impecablemente planchada, ni lo uno ni lo otro han pasado por las vicisitudes de un día de trabajo en el campo. Sólo están posando en una falsa actitud de trabajo, algo que jamás habría podido pensar viendo al joven de la primera foto del libro.

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Tras esto ya llegan las fotos del presidente o futuro presidente Xi, que podrían resumirse bajo el mismo epígrafe: actuación. Todo es impostado, nada es real, hasta el punto de ser todas iguales. En todas aparece haciendo lo que se supone que debe hacer. Ni sabemos ni podemos saber cómo es este hombre, pues no hay naturalidad en ninguno de sus actos. Tras ver estas fotos cobra más fuerza la idea de lo que pudo ser, pues ahora tenemos plena constancia de que nunca fue. El hombre ha llegado al nivel más alto al que podía haber llegado, pero el soñador que vislumbrábamos en las fotos de juventud parece haberse perdido para siempre. Nunca sabremos si Xi Jinping podría haber sido un buen presidente para su país (personalmente creo que es una de las peores cosas que le podría haber pasado a China) pero, al menos en un principio, sí que aparentaba que podía serlo. Aquel joven que daba la sensación de que iba a ir siempre hacia adelante, ha supuesto (y expreso sólo mi opinión personal) un enorme paso atrás para un país que alardea de una cultura milenaria que la mayoría de su población desconoce (porque repetir ritos y lugares comunes no es conocer la propia cultura) y que parece empeñado en no dejarla evolucionar.

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