Desde la sombra

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JUAN JOSÉ MILLÁS, Desde la sombra

No se hacen una idea de lo que daría por poder ver a través de un agujerito lo que esconde la cabeza de Juan José Millás, porque sus protagonistas, incluso cuando él mismo es el protagonista en sus columnas, parecen tener siempre algún tipo de problema mental, o como mínimo alguna rareza. La historia se repite en Desde la sombra, la historia de un tipo algo retraído (muy retraído, en realidad) que, tras ser despedido de su trabajo, roba un pisacorbatas en un mercadillo y, al ser sorprendido por la policía, se esconde en el interior de un armario que será trasladado, con él en su interior, al domicilio de sus compradores.

Si están pensando que la historia no tiene ni pies ni cabeza, están en lo cierto: no los tiene. Y sin embargo resulta verosímil. Si están pensando que resulta imposible identificarse con semejante personaje, también están en lo cierto: pero luego resulta que a uno no le cuesta gran esfuerzo entenderlo e incluso verse algo reflejado. El planteamiento es descerebrado, pero más aún su continuidad. Pues al verse atrapado por el azar en casa de unos extraños, lo lógico habría sido buscar la manera de escapar. Pero no, lo que nuestro protagonista, Damián Lobo, hace, es quedarse a vivir en la casa, como un fantasma, en el hueco de un armario empotrado del que sólo sale cuando la familia sale y deja la casa vacía.

Pero… ¿por qué Damián prefiere quedarse allí, como un fantasma, en lugar de regresar a su existencia normal? Porque no siente ningún interés por esa existencia. Damián es una de esas personas que nunca se han sentido incluidas en la sociedad, y encontrar la manera de vivir una vida en la que casi parece no existir es una bendición para él. Hasta ahora había vivido recluido en la soledad que le proporcionaba su trabajo, pero, al perderlo, tiene que enfrentarse al mundo para buscar uno nuevo, y eso parece ser más de lo que puede soportar. Incluso parece incapaz de establecer relaciones normales con otras personas, lo que ha hecho que los amigos imaginarios de la infancia lo hayan acompañado hasta la edad adulta. Todo lo que le sucede se lo cuenta a un ficticio presentador de televisión llamado Sergio O’Kane que, con el estilo de las parodias de los presentadores americanos de los sesenta, consigue grandes datos de audiencias imaginarias con cada entrevista que realiza a Damián. De este modo, Damián consigue no sólo tener alguien con quien comunicarse, sino también satisfacer su necesidad de atención gracias a la fama que adquiere ante la ficticia audiencia.

Pero poco a poco Damián va perdiendo el control sobre los personajes creados por su imaginación, al tiempo que gana lo que él considera fama en el mundo real. Claro que ese mundo real no es sino Internet, ese espejo que nos ofrece una imagen distorsionada del mundo que muchos confunden con la real (no de otro modo se entiende que tanta gente se sorprendiera de que Trump ganara las elecciones de los Estados Unidos, o de que Podemos no sólo no ganara fuerza, sino que incluso la perdiera en las segundas elecciones generales a las que se presentó). Y ese es el gran error de Damián: conceder carta de realidad a lo que sucede en Internet, creer que eso es más real que lo que sucede en su propia cabeza sólo por estar fuera de ella. Mientras prestaba atención a sus propias fantasías, era consciente de qué era lo real y qué no lo era. A pesar de que aquella fama ficticia satisfacía su necesidad de atención, sabía que era una fama inventada. Pero cuando comienza a escribir en un foro de Internet y todo el mundo comienza a hablar de él, y su pseudónimo salta de la red a la radio y la televisión, Damián siente que la atención que se le presta es real, que de verdad se ha hecho famoso, sensación que crece por la existencia de fantasma que ha decidido llevar en esa casa que no es la suya. Y realmente empieza a creerse un fantasma (incluso su pseudónimo es el Mayordomo Fantasma) y a perder todo contacto con la realidad, lo que lo llevará al desenlace de la novela, que no voy a revelar.

A pesar de las rarezas de Damián, de toda esa cobertura que lo aleja de nosotros, cualquier lector que se haya adentrado en el mundo de las redes sociales, los foros y demás laberintos de Internet, puede sentirse identificado con esa falta de conexión con la realidad (a no ser uno muy tonto). En muy pocos años las redes sociales se han convertido en nuestro día a día (para algunos aún muy jóvenes lo han sido siempre) y tendemos a creer que lo que sucede ahí dentro es la realidad, cuando la realidad es algo muy diferente. Cuando nos movemos en el mundo estamos obligados, queramos o no, a relacionarnos con todo aquel que se cruza en nuestro camino, nos caiga bien, nos resulte indiferente o nos de asco. Esto no sucede en Internet, donde bloqueamos todo aquello que no nos gusta, creando microcosmos en los que todo lo que existe nos da la razón. Así, por seguir con el ejemplo de las elecciones de los Estados Unidos, aquellos que detestaban a Trump estaban convencidos de que Hillary Clinton iba a salir vencedora, y aquellos que la aborrecían a ella lo estaban de que Donald Trump sería el vencedor (al final parece que fueron estos últimos los que se llevaron el gato al agua). Pero ninguno de los dos bandos parecía darse cuenta de que existía otro al que jamás veían en Internet porque lo tenían completamente bloqueado, y ese mundo que permanece bloqueado en nuestros dispositivos, y que a menudo es mucho mayor que aquel en el que nosotros nos movemos, también existe, hay que tenerlo en cuenta. Incluso existe otro, todavía mucho mayor, aunque con los años se irá reduciendo, que ni siquiera existe en Internet. Gente demasiado mayor para engancharse a las nuevas tecnologías, otros a lo que sencillamente no les gustan, otros de zonas rurales o remotas en las que no tienen demasiada importancia, o algunos que sencillamente prefieren el mundo real.

Yo, por mi parte, cuando veo una página que no me agrada, trato de prestarle también atención: salir, aunque sólo sea de tanto en tanto, de mi propia burbuja en Internet, para no verme digerido por ella. Incluso a veces me armo de valor e intento discutir (en el sentido de discrepar, por favor, no en el de pelear) con la gente que la administra o visita, lo que no siempre me ha ido demasiado bien, pero que a uno le den siempre la razón también llega a aburrir. Y les recomiendo probarlo, pues si bien algunas veces sale uno escaldado, otras aparece gente que, paciente y razonadamente, le hace a uno replantearse algunas cosas. Y replantearse las cosas siempre es bueno.

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Fábrica

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NICOLAS PRESL, Fábrica

Voy a intentar resumir el argumento de lo que creo que es una fábula sobre la necesidad de la unidad, con ciertas referencias al nazismo y yo diría que a 1984. Digo que voy a intentarlo, porque en esta novela gráfica (creo que en esta ocasión sí merece el pomposo nombre) no aparece escrita ni una sola palabra. Bueno, casi ninguna. Todo el texto se ve reducido a dos números, el 171 y el 03, a los números romanos del I al VI, y a las palabras Cervantes, Ovidio y Anatomía.

El protagonista trabaja en una fábrica, en el puesto 171. Al parecer, los músicos en esta extraña sociedad tienen seis dedos, y las autoridades deciden que son peligrosos, por lo que son todos apresados (no se sabe qué sucede con ellos) y los instrumentos musicales quemados. El protagonista encuentra al hijo de uno de los músicos, también con seis dedos, y lo oculta en la fábrica, en el interior de la maquinaria de su puesto de trabajo. Cada mañana lo saca de la maquinaria para que la fábrica de armas pueda funcionar, y por la noche lo vuelve a ocultar en su interior. Un día compra dos filetes para poder dar de comer al niño, pero el vendedor da el soplo a la policía de que ha comprado dos filetes en lugar de uno, la policía registra su casa sin encontrar nada y le advierte de que sólo puede comprar un filete.

Tras esto, los libros se vuelven también peligrosos y comienzan a quemarlos, pero el protagonista salva algunos para llevárselos al niño, que no da crédito a lo que lee en ellos (El Quijote, Las Metamorfosis y un libro de anatomía).

El protagonista será cambiado de puesto de trabajo sin previo aviso (degradado) y no podrá sacar al niño de la maquinaria antes de que la fábrica comience a funcionar, por lo que quedará atrapado entre la maquinaria y se asimilará a las armas que allí se fabrican y que servirán para segar vidas en otros lugares.

Supongo que adivinarán por qué he dicho que la novela recuerda al nazismo, con la exclusión de toda una sección de la sociedad, los músicos, que se asemeja bastante a los judíos, y la quema de libros e instrumentos musicales. Pero esta referencia es más bien burda y podría ser obviada, pues creo que a donde hace realmente referencia es a 1984 y a Farenheit 451, dos novelas en las que los individuos se veían completamente aislados de sus semejantes, incluso de los más cercanos a ellos (recordemos el niño que denuncia a sus padres en 1984, o cómo es la propia mujer del protagonista de Farenheit 451 la que denuncia a su marido a las autoridades). Aquí no se refleja esa desconfianza familiar, pero el protagonista también padece un acoso social que no le permite entablar una amistad, lo que queda reflejado en la denuncia del carnicero o en que no fuera capaz de avisar a su compañero para que no pusiera en marcha la máquina cuando le cambian de puesto de trabajo.

Son muchos, sin embargo, los interrogantes que quedan al concluir la historia, debido a que su mejor baza resulta ser también su mayor hándicap. Me refiero a la ausencia total de texto, que hace que centremos nuestra atención en cada detalle de las viñetas, además de conseguir con ese deliberado silencio una atmósfera  muy opresiva. Aunque lo que gana en expresividad lo pierde en precisión, lo que podría dejarnos con la mala sensación de una historia a medias.

Por poner un punto de comparación, creo que el resultado final, salvando las distancias, se asemeja a las viñetas de El Roto. Hubo una temporada en que se puso de moda la absurda afirmación de el único que había hecho denuncia social en España era El Roto, que todos los demás articulistas se habían vendido (ya es bastante despropósito comparar a un viñetista con un articulista, pero bueno). Pues bien, a pesar de que de vez en cuando El Roto nos sorprende con una viñeta magistral, lo habitual no es eso, sino un simple esbozo de alguno de los males de nuestra sociedad, un dibujo que señala lo que está mal pero ni lo explica, ni lo desarrolla, ni articula una opinión razonada, ni medita sobre el origen del mal ni sobre sus posibles soluciones. Sencillamente porque el medio elegido no lo permite. Y eso le sucede a las viñetas mudas de Fábrica, que su silencio no les permite dar ese paso más allá, el que supera la crítica y la razona. Porque todos podemos señalar lo malo: lo verdaderamente difícil y al alcance de sólo algunos es explicarlo, argumentarlo y crear conciencia mediante el uso de la razón.

El licenciado vidriera

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MIGUEL DE CERVANTES, El licenciado Vidriera

Quizá hayamos llegado a la menos interesante de la Novelas ejemplares para el lector moderno. El licenciado Vidriera se encuadra dentro de la literatura de apotegmas, muy común en la época, pero que puede resultarnos aburrida a las pocas páginas por repetitiva y falta de argumento.

La cosa empieza medianamente bien para un lector actual, dos estudiantes se encuentran en el camino a Salamanca con un joven llamado Tomás que busca un amo al que servir a cambio de que le dé estudios, y estos lo cogen a su servicio, lo que nos hace pensar en una novela picaresca. Cuando los amos terminan sus estudios al cabo de seis años, el protagonista se enrola en el ejército y va a servir a Italia, por lo que empezamos a pensar en una novela de aventuras. Tras un tiempo allí regresa a Salamanca, donde una dama se enamora de él, pero él la rechaza y ella recurre a un hechizo para conseguir su amor, por lo que, a estas alturas, podríamos empezar a pensar en una novela amorosa. Pero el hechizo resulta mal y da en la locura de Tomás, que a partir de ese momento tiene miedo de que lo toquen, porque cree que está hecho de vidrio y podrían romperlo, por lo que podríamos estar ante una novela… no sé, ¿de burlas? El caso es que, a pesar de estar loco, sólo lo está con respecto a su condición, por lo que las cosas que dice, gracias a sus estudios, son muy sensatas y sabias, con lo que la gente que en un principio quería reírse de él haciéndole creer que iban a romperlo, decide comenzar a escucharlo, porque sus razonamientos resultan mucho más interesantes.

Es ahora cuando realmente comienza la novela en sí, y se establece en lo que es, literatura de apotegmas: una serie de sentencias y discursos más o menos breves con una clara intencionalidad moral. Si bien es cierto que las enseñanzas que salen de la boca de Tomás están disfrazadas de agudezas y presentadas como sátiras y burlas, lo que debería convertir la novela en un relajado divertimento. Pero claro, los chistes tienden a envejecer mal, y la mayoría de ellos no podemos entenderlos hoy en día sin una edición bien anotada, lo que, por otro lado, también iría en contra del interés de la novela, pues tendríamos que pasar más tiempo leyendo las explicaciones al texto que el propio texto, con lo que el concepto de lectura ligera desaparece por completo.

El caso es que todos prestan mucha atención a las enseñanzas del loco Tomás, con las que se gana la vida. Hasta que un día un religioso lo cura de su locura. Habiendo recuperado la cordura, Tomás piensa que la gente, con razón, ahora hará más caso de sus consejos y podrá ganarse la vida aún mejor. Nada más lejos de la realidad: cada vez son menos los que acuden a él, hasta llegar el punto en que, para poder seguir ganándose la vida debe partir hacia Flandes.

Como pueden observar, la novela tiene muchos giros, quizá demasiados para atraer nuestra atención. Y su parte central y la más larga, supone un tipo de literatura que hoy en día ni siquiera identificamos como tal, así que, por primera vez, en las novelas que de momento hemos visto, debo admitir que quizá ésta no pueda entrar dentro del número de aquéllas con las que defender que, efectivamente, Cervantes es divertido. Con toda seguridad esta historia lo fue en su época, no en vano los chistes son constantes y no se detiene en ninguno, sino que rápidamente pasa al siguiente para mantener el ritmo. Si hubiera que poner un término de comparación, podríamos equipararla a los monólogos que tanto éxito tienen hoy en día, y que con seguridad nadie entenderá dentro de un par de siglos (a no ser con una edición profusamente anotada, pero, entonces, ¿dónde estará la gracia?).

Sin embargo, incluso en lo que podríamos catalogar como un pinchazo de Cervantes (pinchazo para el lector moderno, quizá, pues para el lector filólogo la cantidad de elementos que contiene no deja lugar al aburrimiento), hay que destacar su ojo clínico a la hora de evaluar al ser humano. Porque lo que le sucede a Tomás, es algo que todos nosotros vemos a diario. La necesidad del mundo como un espectáculo. En un episodio de los Simpsons, creo recordar (hablo de memoria, así que quizá patine) que Flanders daba a los niños unos cromos sobre la Biblia en los que se explicaba quiénes eran los personajes, y estos querían coleccionarlos pero al darse cuenta de la intencionalidad pedagógica reaccionaban con rechazo ufanos de haberse dado cuenta de que pretendían enseñarles algo y no habían caído en la trampa. Algo así le pasa a Tomás: todos lo siguen y lo escuchan porque lo tienen por loco y les parece divertido, pero cuando recupera la cordura y ya no ven un motivo de diversión, ya no les interesa. Y eso mismo sucede en nuestra sociedad, en la que aprender, culturizarse, está casi mal visto y hay que “engañar” a la gente para que aprenda. Incluso en los colegios vemos como los padres exigen a los profesores que sean divertidos, en lugar de exigir a sus hijos que sean aplicados (vale, que el profesor no tiene que ser un coñazo, pero tampoco tiene que ser un showman).

El último ejemplo de esto lo tenemos en el debate político en España. En los últimos dos años los “debates” políticos han proliferado por las cadenas de televisión, aderezados con presentadores partidistas que repiten lo imparciales que son sin cesar, pseudoperiodistas que se balancean entre la calumnia y la vergüenza ajena, y políticos soltando ingeniosidades que llevan bien pensadas de casa para que sean carne de Twitter. Y tienen audiencia. Mucha audiencia. Pero en todos los años anteriores nadie veía los debates del congreso, que siempre se han televisado, y me juego el cuello a que siguen sin verlos. Y sin embargo es ahí donde se exponen las leyes y normativas que luego nos afectarán a todos. Pero claro, sin toda la charanga que acompaña al nuevo e inútil formato, la política nos aburre. Sin la locura que acompaña a las sentencias y consejos de Tomás, no podemos reírnos y pasar el rato.

Rinconete y Cortadillo

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MIGUEL DE CERVANTES, Rinconete y Cortadillo

Mi afición a la novela picaresca del Siglo de Oro, hace que, de entre las Novelas Ejemplares de Cervantes, sienta una especial debilidad por Rinconete y Cortadillo. Seguramente alguno ya estará torciendo el gesto por la comparación entre la novela de Cervantes y la picaresca, pero es que, si bien todos estamos de acuerdo en que ésta no es una novela picaresca, también deberemos estarlo en que hay ciertas similitudes, o más bien elementos que Cervantes no duda en tomar del género para obra.

Pedro del Rincón y Diego Cortado son dos jóvenes que se conocen en la venta del Molinillo y emprenden camino juntos a Sevilla para ganarse la vida como maleantes. Una vez allí, descubren que la vida de crimen no es tan libre como pretendían, y que, al igual que sucede con otras profesiones, no pueden ejercerla por su cuenta, sino que tienen que entrar a formar parte del gremio de los ladrones, dirigido por un extraño personaje llamado Monipodio. Una vez allí, los dos protagonistas reciben los nombres que se les da en el título, pasan a ser aprendices de la cofradía de ladrones, sobre cuyo funcionamiento veremos algunos episodios, y adquieren las responsabilidades de su pertenencia a ella.

He puesto en comparación esta novela con una picaresca, porque los dos protagonistas, que abandonan sus respectivos hogares para buscarse la vida con malas artes, son a todas luces pícaros. Aunque bien es cierto que hay diferencias, siendo la principal de ellas el hecho de que haya dos pícaros, proporcionando de ese modo dos puntos de vista diferentes en lugar del habitual único en la picaresca. Pero la principal diferencia está en la intencionalidad. Mientras que la picaresca es más bien una representación directa de los problemas de la sociedad que caen como losas sobre sus protagonistas, el mundo de Rinconete y Cortadillo es más bien una especie de metáfora que evoca otras situaciones sociales que no son necesariamente las que estamos viendo.

Lo primero que llama la atención es el funcionamiento de la cofradía de ladrones, que tiene un líder, cuyos miembros pagan un impuesto, que protege a sus miembros ayudándolos cuando están enfermos o no pueden “trabajar”, y al margen de la cual no se puede “trabajar”, exactamente igual que en cualquier gremio de la época. Los dos protagonistas descubren que ese mundo de extrema libertad del hampa no es tal, sino que está sujeto a un gran número de normas sociales. Pero me quedaré tan sólo con dos aspectos destacables, que son los que más me llaman la atención a mí, por lo actuales que aún resultan.

Un cliente había pedido a la cofradía que diera un navajazo de 14 dedos a un enemigo suyo, pero el encargado de hacerlo, al ver que su rostro era demasiado pequeño para que cupieran en él 14 dedos de navajazo, decide dárselo al rostro de su criado. Cuando el cliente dice que no pagará porque no han cumplido con su parte del negocio, los delincuentes replican, con un refrán, que “quien bien quiere a Beltrán, bien quiere a su can”, alegando de esa manera que, como la venganza ha sido realiza contra una propiedad apreciada por aquel contra el que iba dirigida, debe darse por satisfecha. Lo curioso del caso es que los ladrones son conscientes de que han obrado de manera fraudulenta, pero buscan lo que podríamos llamar resquicios legales para justificar su manera de actuar. De entrada ya son gente de la que uno no debe fiarse, pero ellos hacen alarde de estar regulados por unas normas y en consecuencia de estar “dentro de la ley”, aunque se trate de una ley distinta de la que afecta al resto. Asimismo, quien ha solicitado su servicio tampoco parece ser consciente de su forma de actuar, y también parece querer acogerse a esas leyes al margen de la ley, o como mínimo al margen de la moralidad.

Ahora estamos en plena “moda” de los Papeles de Panamá, y todos los que ahí aparecen intentan evadir sus responsabilidades de una u otra manera. La más común es alegar que tener allí su dinero no era ilegal, esto es, utilizan resquicios legales, como los ladrones de Monipodio, para justificarse. No veo mucha diferencia entre todos esos tipos y los miembros de la cofradía de ladrones que Cervantes nos presenta. Ninguno son de fiar, ninguno va a actuar de buena fe, todos te engañarán si tienen la oportunidad, y hay que ser igual de desvergonzado que ellos (igual que el cliente de Monipodio) para hacer negocio con ellos o tan sólo defenderlos. Pero esto no es algo nuevo en España, no hemos tenido que esperar a los Papeles de Panamá para redescubrir lo que hace 400 años ya era tan evidente en nuestro país, pues desde la llegada de la democracia casi no tenemos ejemplos de partidos políticos que hayan estado varios años ejerciendo el poder y no hayan acabado enfangados de corrupción, ni de empresarios que tras varios años ejerciendo no hayan cometido acciones ilegales o censurables, ni de grandes empresas y bancos que no provoquen vergüenza, asco y rechazo.

Sin embargo, en el patio de Monipodio, todos creen su alma a salvo por una suerte de religiosidad falsa, que se expresa sólo en las formas y sin conocimiento profundo de lo que se hace o dice. Así pues, a pesar de ser ladrones y asesinos, esgrimen una suerte de superioridad moral sobre aquellos a los que violentan, igual que en nuestra sociedad aquellos que nos roban esgrimen una superioridad moral cuando les vienen mal dadas. Hasta el punto de que el debate nacional de los últimos tiempos se ha convertido en un cruce de tonterías en el que no se argumenta nada, sino que todos tratan de exhibir su alteza moral como si eso los invistiera de alguna especie de razón absoluta (“Lecciones morales al PSOE, ninguna”, llegó a soltar Pedro Sánchez en un mitin), y la bobada con la que todos creen haber ganado irrefutablemente una discusión consiste en dudar de la “catadura moral” del adversario, demostrando con eso que tenemos un país cada vez más infantil (si por lo menos fuera cada vez más tonto aún podríamos al menos presumir de ser adultos).

Así que la narrativa y la capacidad de análisis del mundo de Cervantes continúan siendo de lo más actual y, por desgracia, eso que engrandece al escritor, pesa como una losa sobre un país incapaz de dejar atrás sus más vergonzantes características.

Indies, hipsters y gafapastas (1)

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VÍCTOR LENORE, Indies, hipsters y gafapastas

Cuando vi aquel anuncio que el PP hizo sobre que los hipsters los votaban no daba crédito a lo que veían mis ojos (ni a lo que escuchaban mis oídos, dicho sea de paso). O yo no me enteraba de nada o los que no se enteraban de nada eran los publicistas del Partido Popular, para los que un hipster parece ser un tipo con barba y una ropa que lo convierte en una especie de cruce de leñador con amish. Eso me hizo pensar que su único contacto con ellos había sido a través de fotografías, pues, al menos externamente, esa es la imagen que han proyectado durante los últimos cinco años (año arriba, año abajo). Pero antes ya estaban ahí, aunque no se hubiera popularizado la nomenclatura hipster. Hace diez años llevaban perilla y un peinado perfecto, y hace quince barba de dos días y una melenita de aspecto cuidadamente descuidado. Los hipsters llevan entre nosotros desde que el capitalismo se adueñó del mundo occidental: gente con aspiraciones de clase media-alta que se esfuerzan en hacer visible mediante su vestimenta y sus accesorios, y con una absurda preocupación por el individualismo y la exclusión cultural de quienes no están a su nivel. En los hipsters nada es real, todo es maquillaje, chapa y pintura, y si obviamos el tipo de moda, todos, tengamos la edad que tengamos, hemos tenido que tratar en nuestra juventud con gente con esas características que conformaban un grupo con sus semejantes al tiempo que negaban pertenecer a ningún grupo social.

El anuncio del PP los presentaba, sin embargo, como una especie de hippies modernos, como alguien comprometido con su entorno, cuando son todo lo contrario. Indies, hipsters y gafastas, un libro del que nada sabía y que me llamó la atención cuando lo vi en Internet por el hecho de estar prologado por Nacho Vegas, me vino a dar la razón en esto (creo, pues es una conclusión propia) y me confirmó que no andaba completamente desnortado.

Me sinceraré con respecto al libro. Yo siempre he sido una persona de izquierdas, y creo que en mis últimos años viviendo en China (que nada tiene ni de comunista, ni tan siquiera de izquierdas), y con las noticias y desprecios que me han ido llegando desde mi país, me he radicalizado quizá demasiado en mis posiciones, pero comparado con las opiniones del autor del libro yo parezco de extrema derecha. El libro carga contra la hipsterización del mundo, con cómo en los últimos años la cultura se ha ido aislando de la problemática social, creando “movimientos culturales” que mantienen al gran público, y por lo tanto a la sociedad, ajeno a los problemas que se producen. Defiende el compromiso que la cultura debe tener con la sociedad, cosa que comparto, aunque creo que es algo que no condiciona necesariamente a la expresión artística. Habla mucho sobre música, sobre cine, sobre documentales, sobre ensayos, muy poco sobre las artes plásticas, pero hay una carencia importante, muy reveladora del porqué de su obsesión militante: ni una novela, ni un cuento, aparecen referenciados en sus páginas. Como si nunca se hubiera detenido en leer uno o, peor aún, como si considerara que su presencia social es marginal, muy distante de la eminente presencia de lo audiovisual (lo que lo volvería a él también bastante hipster). Supongo que al tratarse de ficción las considera puro escapismo y no les otorga valor dentro del verdadero arte que es aquel comprometido y militante.

Todo esto resulta demasiado exagerado, aunque creo que guarda un fondo de verdad, sin necesidad de llegar a las posiciones tan radicales del autor. Además, la lectura resulta una enciclopedia privilegiada para hacerse con una lista musical de los últimos veinte años, al menos del panorama rock indie.

Por otro lado, el ensayo está tan seccionado que, incluso para aquellos no acostumbrados a leer este género, resulta de una lectura muy amena. No hay larguísimas disertaciones ni extensas exposiciones que van ocupando capítulos y capítulos hasta llegar a una conclusión final, sino que todo es mucho más ligero, sin renunciar por ello a la precisión ni a la documentación. Los diferentes capítulos son casi independientes y están a su vez divididos por títulos que los convierten en conjuntos de mini artículos que comparten tema. Con esta estructura uno avanza en la lectura de un libro que, por otro lado, tampoco es muy extenso, casi sin darse cuenta. Luego se podrá estar a favor o en contra de sus propuestas, pero no se le puede negar que éstas estén argumentadas y documentadas. Eso sí, ni son objetivas ni parecen pretenderlo, sino que más bien suponen el punto de vista de una posición social determinada.